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Desde
mi celda.
Las ocho cartas que componen Desde mi
celda fueron publicadas en la sección de “Variedades” de El
Contemporáneo de Madrid entre el tres de mayo y el diecisiete
de julio de 1864. La estancia en el monasterio de Veruela, donde Bécquer
las escribe, cubre desde finales de 1863 hasta mediados de 1864. Este monasterio
está en las estribaciones del Moncayo, en tierras de Aragón,
y no muy lejos del pueblo soriano de Noviercas, tierra natal de su mujer,
Casta Esteban. Cuando él acude a Veruela, el monasterio, como consecuencia
de la desamortización de 1835 y tras haber sido abandonado dos veces
por la comunidad religiosa, había pasado a manos privadas. Ahora
servía como lugar de residencia para turistas y curiosos.
Bécquer no va solo, sino que le
acompañan su mujer, su hermano Valeriano y sus respectivos hijos.
Antes de ellos había pasado allí una larga estancia Augusto
Ferrán, como ya se ha señalado. La excusa para esta huida
de Madrid es el restablecimiento de su salud, siempre deficiente. La carta
III, quizás la más hermosa, aparece con retraso debido precisamente
a problemas de salud. Acaso las reflexiones que en ella se dan sobre la
propia tumba no deban desligarse de esos problemas.
Desde otro punto de vista, la estancia
en Veruela serviría para alejarse de la rutina frenética
de las redacciones, de la que se queja en la primera y en la segunda carta.
Al final de la primera observa:
En efecto, en el fondo del melancólico
y silencioso valle, al pie de las últimas ondulaciones del Moncayo,
que levantaba sus aéreas cumbres coronadas de nieve y de nubes,
medio ocultas entre el follaje oscuro de sus verdes alamedas y heridas
por la última luz del sol poniente, vi las vetustas murallas y puntiagudas
torres del monasterio en donde, ya instalado en una celda, y haciendo una
vida mitad por mitad literaria y campestre, espera vuestro compañero
y amigo recobrar la salud, si Dios es servido de ello, y ayudaros a soportar
la pesada carga del periódico en cuanto la enfermedad y su natural
propensión a la vagancia se lo permitan (ed. Villanueva, 104).
Porque estas cartas no son en ningún
momento, como se ha visto, cartas privadas, sino colaboraciones que el
periodista envía a El Contemporáneo para ser publicadas.
Tampoco quiere decir esto que no haya lugar para la expresión de
la intimidad. Todo lo contrario: en pocos momentos de su labor periodística
ha hecho Bécquer mayor uso de su propia persona, de sus sensaciones,
de sus recuerdos.
Aun así, el material que compone
estos textos es especialmente heterogéneo, desde las anotaciones
autobiográficas al cuadro costumbrista, desde la crónica
artística al relato legendario, desde el artículo de viajes
al esbozo folclórico. Interesa especialmente la reaparición
del interés por el mundo de las artes, presente en un primerísimo
plano en la anterior Historia de los templos de España. Esta
preocupación tiene también una vertiente social, como es
el interés por la protección del patrimonio artístico
español. Recuérdese que la beca que disfrutará Valeriano
apunta también a la conservación gráfica de tipos
y costumbres españoles. Y por otra parte, esa preocupación
va a ser también el justificante de buena parte de las revistas
ilustradas del XIX, caso por ejemplo de El Museo Universal, donde
colaboran ambos hermanos. Todo esto tiene cabida en los materiales de las
cartas. En la carta IV escribe, por ejemplo:
No pueden ustedes figurarse el
botín de ideas e impresiones que, para enriquecer la imaginación
he recogido en esta vuelta por un país virgen aún y refractario
a las innovaciones civilizadoras. Al volver al monasterio, después
de haberme detenido aquí para recoger una tradición oscura
de boca de una aldeana, allá para apuntar los fabulosos datos sobre
el origen de un lugar o la fundación de un castillo, trazar ligeramente
con el lápiz el contorno de una casuca medio árabe, medio
bizantina, un recuerdo de las costumbres o un tipo perfecto de los habitantes,
no he podido menos de recordar el antiguo y manoseado símil de las
abejas que andan revoloteando de flor en flor y vuelven a su colmena cargadas
de miel. Los escritores y los artistas debían hacer con frecuencia
algo de esto mismo. Sólo así podríamos recoger la
última palabra de una época que se va, de la que solo quedan
hoy algunos rastros en los más apartados rincones de nuestras provincias
y de la que apenas restará mañana un recuerdo confuso (ed.
Villanueva: 135).
La carta I apunta a la tradición costumbrista,
especialmente al tema tan repetido de los malos transportes que, por otra
parte, ayudan a la conservación de lo peculiar. A medida que el
narrador se acerca a su destino, pasando en cada etapa a un medio de transporte
más primitivo, también va emergiendo con más fuerza
lo pintoresco, lo ajeno al presente uniformador.
La carta II sitúa en un primer plano
el contraste entre la vida de Madrid, centrada en la agitación del
periódico, y el sosiego del monasterio, con especial atención
a la descripción del paisaje. El hilo articulador es el paseo del
narrador para recoger su ejemplar de El Contemporáneo.
La carta III gira alrededor del tema de
la muerte, pero de la muerte personal, no sentida como algo terrible, sino
más bien con una mezcla de lirismo y melancolía. El punto
de arranque de las meditaciones es el paseo hasta el cementerio de Trasmoz.
Aquellas tumbas llevan al narrador a imaginarse sus propias posibles tumbas.
La carta IV es la más periodística
y donde se desarrollan, en un tono ensayístico, las reflexiones
acerca del progreso, que, aunque no lo considere en sí negativo,
con demasiada frecuencia aparece como enemigo de la tradición.
La carta V nos lleva al mercado de Tarazona
y es como la concreción pintoresquista de lo que se ha defendido,
en un plano teórico, en la carta anterior.
La carta VI se aproxima al mundo de las
Leyendas.
El narrador marcha a Trasmoz sobre una mula para recoger datos sobre un
suceso ocurrido unos años antes, la muerte de una supuesta bruja.
Igual que en las Leyendas, el relato –incompleto– pasa a realizarse
por un narrador secundario, un pastor, lo cual posibilita el típico
contraste entre el testigo escéptico y el narrador crédulo.
La carta VII se anuncia como el cumplimiento
de lo prometido en la anterior, con la indicación de que “va de
cuento”. Pero en vez de narrar la historia de la bruja de Trasmoz se narra
la fundación de su castillo.
En la carta VIII, la última, se
cumplirá por fin lo prometido. Viene a ser en realidad una fusión
del relato legendario con el de terror, enmarcado en una perfecta creación
de ambiente:
Queridos amigos: En una de mi
cartas anteriores dije a ustedes en qué ocasión y por quién
me fue referida la estupenda historia de las brujas, que a mi vez he prometido
repetirles. La muchacha que accidentalmente se encuentra a mi servicio,
tipo perfecto del país, con su apretador verde, su saya roja y sus
medias azules, había colgado el candil en un ángulo de mi
habitación, débilmente alumbrada, aun con este aditamento
de luz, por una lamparilla, a cuyo escaso resplandor escribo. Las diez
de la noche acababan de sonar en el antiguo reloj de pared, único
resto del mobiliario de los frailes, y solamente se oían, con breves
intervalos de silencio profundo, esos ruidos, apenas perceptibles y propios
de un edificio deshabitado e inmenso, que producen el aire que gime, los
techos que crujen, las puertas que rechinan y los animaluchos de toda calaña
que vagan a su placer por los sótanos, las bóvedas y las
galerías del monasterio, cuando, después de contarme la leyenda
que corre más válida acerca de la fundación del castillo,
y que ya conocen ustedes, prosiguió su relato, no sin haber hecho
antes un momento de pausa, como para calcular el efecto que la primera
parte de la historia me había producido y la cantidad de fe con
que podía contar en su oyente para la segunda (ed. Villanueva: 189-190).
No podemos considerar como carta IX un texto
posterior, titulado “La virgen de Veruela”, escrito en circunstancias diferentes
y para una lectora concreta. En ella se narra la leyenda de la fundación
del monasterio. |