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Literatura Española



 
 

El grupo del 27 (1 / 4)

Óscar Barrero Pérez
Coordinador de Literatura Moderna y Contemporánea

ISBN: 84-9714-055-9

 

1. La poesía pura.

El estudio de la obra literaria del grupo o generación del 27 es inseparable del concepto de poesía pura. La publicación, en 1926, por el sacerdote francés Henri Bremond de un libro que en su título recogía dicho concepto extendió en los medios literarios españoles la discusión sobre esa forma de entender la lírica. Una forma que, por otra parte, ya tenía su ejemplificación en la poesía de Juan Ramón Jiménez. En un ejemplo más de la prontitud con la que entonces España se acercaba a las manifestaciones culturales de otros países, fue en ese mismo año 1926 cuando el concepto de poesía pura llegó con claridad a nuestro país, a raíz de un texto de Fernando Vela, secretario de redacción de la Revista de Occidente.

Bremond asociaba, en términos casi místicos, la poesía pura a la inspiración, pero los escritores españoles la identificaron más bien, como habría de hacer Jorge Guillén, con la que en Francia cultivaron poetas como Stéphane Mallarmé y, sobre todo, Paul Valéry, cuyo Cementerio marino tradujo el propio Guillén. La concepción que de la poesía pura representaba Valéry prestaba la máxima atención a la pureza de la forma del poema, a su elaboración. La poesía pura, tal como la entendieron nuestros escritores de los años veinte, se desarrolló aproximadamente entre 1922 (fecha de la aparición de la Segunda antolojía poética de Juan Ramón Jiménez) y 1928, año en el que el Cántico de Guillén llevó a la cima más alta esa concepción de la lírica (Blanch, 1976). Hacia 1930 empezaría a ser desplazada por el empuje de dos enemigos a los que rendirían sus fuerzas también casi todos los poetas del 27: el surrealismo y el compromiso político.

Aplicado a la literatura de la época, dicho concepto tiene un significado que apunta a la práctica de una poesía independiente de la realidad; es decir: no estrictamente realista. Dicho así, tan poesía pura podría ser la de las vanguardias como la del 27 y, naturalmente, la de Juan Ramón Jiménez. Y, efectivamente, el concepto de poesía pura pareció a los escritores de la época sumamente escurridizo. En una carta de Guillén a Vela, aparecida en 1926 en la revista Verso y Prosa y reproducida como "Poética" en la antología (firmada por Gerardo Diego) Poesía española. Antología. 1915-1931 (1932), el escritor rechazaba la poesía pura tal como la definía Brémond:
 

Pesía pura es matemática y es química --y nada más--, en el buen sentido de esa expresión lanzada por Valéry, y que han hecho suya algunos jóvenes, matemáticos o químicos, entendiéndola de modo muy diferente, pero siempre dentro de esa dirección inicial y fundamental. El mismo Valéry me lo repetía, una vez más, cierta mañana en la rue de Villejust. Poesía pura es todo lo que permanece en el poema después de haber eliminado todo lo que no es poesía. Pura es igual a simple, químicamente.


"Poesía bastante pura, ma non troppo", resumía en el mismo texto Guillén, en una frase perfectamente aplicable al que habría de ser su libro capital, y uno de los más hermosos de la lírica española del siglo XX: Cántico. En un sentido más amplio, ese podría ser el punto de partida para explicar la poesía del grupo del 27 en su fase inicial.
 

2. Cronología del grupo del 27.

La primera referencia al conjunto al que hoy conocemos con el nombre de generación o grupo del 27 es de una revista de París, Intentions, y data de la primavera de 1924 (n.º 23-24), aunque se habla ahí de la joven literatura y no, naturalmente, de una generación aún sin reconocer como tal. Figuraban ya en esa primera lista, entre otros escritores menos conocidos hoy, los nombres de Dámaso Alonso, José Bergamín, Juan Chabás, Gerardo Diego, Antonio Espina, Federico García Lorca y Pedro Salinas.

Pero los poetas del grupo se habían dado a conocer varios años atrás: los primeros esbozos literarios de Lorca, publicados en los años noventa del siglo XX, son, como los de Vicente Aleixandre, anteriores a 1920, y la primera fecha registrada en el Cántico guilleniano es 1919. Se trataba, en cualquier caso, de textos entonces desconocidos, porque la primera aparición pública de un escritor del 27 data de 1918, cuando Lorca editó su libro Impresiones y paisajes. Una fecha más relevante es 1920, año en que el mismo Lorca estrenó su obra teatral El maleficio de la mariposa y Gerardo Diego publicó su Romancero de la novia

A partir de ahí, y hasta finales de los años veinte, la actividad literaria de los poetas del grupo se centra en la poesía. En 1921 se publican el Libro de poemas de Lorca y los Poemas puros. Poemillas de la ciudad, de Alonso. En 1922, otro libro de Diego, Imagen, y en 1923, el siguiente del mismo autor, Soria, más el primero de Salinas, Presagios, confirman la existencia de unas voces literarias nuevas, que ya no son ni modernistas ni ultraístas, aunque aún no se hayan configurado en torno a lo que luego habría de ser el grupo del 27. Otro libro de Diego, Manual de espumas, es el acontecimiento literario más importante de 1924 por lo que afecta a la evolución del grupo.

La consagración de dos de los poetas del 27 les llega a edad temprana: en 1925, año en que se concede el Premio Nacional de Literatura a Diego, por sus Versos humanos, y a Rafael Alberti, por Marinero en tierra. También aparece en esa fecha Tiempo, de Emilio Prados. Alberti publica un nuevo libro en 1926, La amante, acompañándolo otro importante que en ese mismo año da a luz Emilio Prados: Las islas invitadas. En 1927 aparecen El alba del alhelí, de Alberti, el primer libro de Luis Cernuda, Perfil del aire, y otro de Lorca, Canciones. Pero si 1927 es trascendental en la historia del grupo es, naturalmente, por otro motivo sobre el que será obligado volver después. Queda claro, pues, que, ya sea con textos publicados, ya sea con otros entonces inéditos, como el Poema del cante jondo, de Lorca, los poetas del 27 habían mostrado toda su potencia creadora antes de ese 1927 que da nombre al grupo.

1928 es también un año muy importante para la historia del grupo. Ámbito, de Aleixandre, y el Romancero gitano, de Lorca, se publican en este año que, sin embargo, pasaría a la historia literaria española por la aparición de Cántico, libro en el que Guillén recogió muchas de las poesías que había ido publicando en revistas. No se trataba, por tanto, de un poeta desconocido en los medios literarios. Esta impresionante obra representa bastante bien el espíritu del 27 y, si se quiere, incluso la traslación poética de esa deshumanización del arte propugnada por el filósofo José Ortega y Gasset y tan mal entendida e interpretada. Habría que puntualizar, en cualquier caso, que de Ortega aceptaron estos poetas más su magisterio intelectual y su padrinazgo editorial que sus ideas estéticas. 

1929 es quizá el último año que podríamos considerar común en la aventura de los escritores del grupo: Seguro azar, de Salinas, y Cal y canto y Sobre los ángeles, de Alberti, son los libros más importantes aparecidos en ese año y firmados por poetas del 27. A partir de 1930, el número de obras publicadas por estos autores se reduce, al mismo tiempo que se advierte una mayor diversificación de géneros. El Lorca de los años treinta, por ejemplo, dedica lo mejor de sus esfuerzos al teatro, aunque no deje de escribir poesía, y Guillén esperará a 1936 para publicar su segundo Cántico. Empezaba la segunda parte de la historia del grupo del 27, quizá porque también España iniciaba un nuevo ciclo político (el de la República) que terminaría conduciendo a una guerra civil.

3. El concepto de generación del 27. Denominaciones.

En un tiempo como el actual, tan dado a la remoción de tópicos, seguir hablando de generación, y más en un caso como este, parece a muchos críticos improcedente. En realidad, se trata de una cuestión puramente terminológica que no afecta a lo sustancial: la existencia de un grupo de escritores con muy estrechos lazos entre sí, y cuya producción alcanza, en su conjunto, la más alta cota alcanzada por la poesía española del siglo XX. Llamar a este conjunto de escritores de una u otra forma no es una cuestión de especial relevancia. De todos modos, denominaciones más asépticas y menos comprometedoras, como grupo del 27 o poetas del 27, sirven desde hace tiempo para que los más reticentes al empleo del concepto de generación solventen sus dudas terminológicas.

Las denominaciones que los críticos han utilizado para designar a este grupo literario han sido varias y se han utilizado con mayor o menor justificación. Entre otras, se han barajado las siguientes: 

a) Generación de la Dictadura, por el hecho de haberse dado a conocer sus integrantes durante el régimen político del General Primo de Rivera; se trata de una denominación utilizada por Max Aub, coetáneo de ellos.

b) De Guillén-Lorca, denominación propuesta por el crítico Joaquín González Muela: dichos poetas representarían los dos extremos estilísticos del grupo (intelectualismo / popularismo) y, además, un cierto liderazgo compartido.

c) De los años 20 o de fechas más precisas: generación del 24-25 (Debicki, 1968), del 25 (denominación preferida, en 1957, por Cernuda [1972]) y, naturalmente, del 27; la primera engloba el decenio en el que aparece el grupo y se desarrolla la fase más conocida de su producción, y las restantes registran momentos concretos en su historia.

d) De la República, denominación defendida por García Posada (1999, contradiciendo posturas suyas anteriores a esta fecha) y que alude a la vinculación más o menos intensa de estos autores con la nueva propuesta política que representó el régimen político que derribó la monarquía.

e) De la Revista de Occidente, por el apoyo que desde esta publicación y otras en la órbita regida por Ortega se dio a los autores del 27, que publicaron con regularidad en ellas.

f) De la vanguardia, denominación defendida por Juan Manuel Rozas (1986), por representar estos poetas una fórmula literaria nueva frente a planteamientos más tradicionales.

g) De los poetas-profesores, denominación inventada por Juan Ramón Jiménez, por el hecho de que varios de ellos se dedicaron a la docencia: Guillén, Salinas y Cernuda en universidades españolas y extranjeras; Alonso en la Cátedra de Filología Románica de la Universidad Central de Madrid; Diego en la Enseñanza Media.

h) De la amistad, denominación utilizada por Cano (1973), por ser esta la palabra que mejor define la relación mantenida entre los poetas del grupo.


Algunas de estas denominaciones son parcialmente acertadas; todas, en último término, resultan incompletas, dado que: 

1) no parece razonable una etiqueta política, cualquiera que sea, porque las posturas ideológicas de estos escritores fueron muy variadas;

2) reducir la generación a dos nombres, por representativos que sean, supone minusvalorar injustamente a los restantes;

3) estos autores publicaron en muchas revistas, por lo que no es razonable poner por delante el papel de una de ellas;

4) a la vanguardia creacionista-ultraísta solo se aproximó Diego con algunos de sus primeros libros (Imagen, Manual de espumas), y a la surrealista se acercaron otros autores del 27 (Lorca, Cernuda, Alberti, Aleixandre), pero en libros aislados y sin que prácticamente ninguno de ellos reconociera esa posible influencia;

5) únicamente una parte de ellos tuvo como ocupación profesional la enseñanza;

6) una denominación basada en un concepto abstracto, como lo es amistad, poco o nada dice desde el punto de vista científico.
 

Aplicando el conocido esquema diseñado por el  alemán Julius Petersen, resulta que la mayor parte de los requisitos necesarios para la formación de un grupo generacional se cumple en el caso de los poetas del 27 (Siebenmann, 1973):
1) Hay proximidad en las fechas de nacimiento. El mayor del grupo, Salinas, nació en 1891, mientras que los más jóvenes, Cernuda y Alberti, lo hicieron en 1902. Solo once años, por tanto, separan los dos extremos del abanico de edades; catorce si ampliamos la nómina a otros poetas (por ejemplo, Manuel Altolaguirre nació en 1905).

2) La educación recibida por los autores, como la herencia cultural y literaria de que son deudores, e incluso la extracción social acomodada que comparten, es similar.

3) Existe un intenso contacto personal entre ellos. En esa relación siempre primó la amistad por encima de cualquier otra consideración, incluidos el alejamiento físico y la ideología. En las filas del 27 convivieron armónicamente comunistas como Alberti, conservadores como Diego y liberales como Guillén. Los trágicos extremos de esta dispersión ideológica están representados por Lorca y José María de Hinojosa, cada uno de ellos asesinado por un bando distinto de los combatientes en la guerra de 1936. Los lazos de amistad fueron intensos en muchos casos: Salinas y Guillén, Guillén y Lorca, Lorca y Prados, Prados y Altolaguirre, Prados y Aleixandre, Aleixandre y Alonso. Incluso Salinas fue, en Sevilla, profesor de literatura de Cernuda.

4) Sus registros lingüísticos son parecidos, al menos en los años veinte.

5) Y, sobre todo, se unen en torno a un acontecimiento destinado a pasar a la historia: la conmemoración (diciembre de 1927), en el Ateneo de Sevilla, del tricentenario de la muerte del escritor barroco Luis de Góngora.
 

Otras dos características enumeradas por Petersen no son, sin embargo, fácilmente discernibles. No puede decirse, por ejemplo, que cuando se configuró el grupo la generación anterior padeciera claramente de aletargamiento o anquilosamiento. La presencia en el panorama literario de los autores del 98 y los del grupo del 14 (con Ortega a la cabeza), la supervivencia del modernismo y la figura de Juan Ramón Jiménez son referencias suficientes como para descartar la idea.

Tampoco los autores del 27 precisaron de un guía al que seguir y aceptar como caudillo de la nueva tendencia. No deja de ser cierto que Guillén, quizá por su apariencia doctoral y por la pronta aceptación de los poemas que habrían de constituir Cántico, parecía mostrar ante los demás la imagen más venerable, pero, como mucho, cabría hablar en su caso de un primus inter pares. Porque igualmente cierto es que el escritor del grupo que concitaba en torno a sí más adhesiones emocionales era Lorca, a quien resultaba extraordinariamente fácil, a juzgar por las evocaciones de sus amigos, convertirse en el centro de cualquier reunión que lo tuviera como asistente.

Si el término generación ha sido y es muy discutido, la referencia del año (1927) que lo acompaña admite menos discusiones. Fue en esa fecha cuando se realizó el homenaje a Góngora, pero también fue entonces cuando empezaron a publicarse algunas de las revistas en las que aparecieron las colaboraciones de estos escritores. Y, aunque no puede decirse que esta consideración sea relevante para quienes rechazan de plano la idea de la sucesión cronológica de las generaciones, se da la circunstancia de que 1927 es un año que se ajusta bastante bien al esquema temporal admitido por los defensores de la misma: entre la generación del 98 y la del 14 hay dieciséis años, y entre la del 14 y la del 27, trece. Cifras ambas bastante próximas a esos quince años que vendrían a marcar el cambio de promociones.

Sea filológicamente válido o no, lo cierto es que el sintagma generación del 27 ha sido utilizado, al menos desde que Dámaso Alonso lo hiciera en 1948 (1969), como marbete agrupador de un conjunto de escritores que presentan unos rasgos comunes que explican la pervivencia del concepto. Frente a planteamientos posteriores que se esforzarían en defender argumentos de carácter histórico o filológico, Alonso optó por consideraciones de carácter emocional, que son las que, a fin de cuentas, han terminado prevaleciendo:
 

Quien haya leído hasta aquí ha sacado, sin duda, la idea de que no empleamos el vocablo debido cuando hablamos de generación. Sí; puede parecer que estamos usando esa palabra en un sentido flojo y vulgar, y no con la precisión científica que desde hace ya muchos años le están queriendo dar sabios varones. Sobre esos cientificismos (que cada vez me asustan menos) habría mucho que hablar. Esquivo toda discusión. Lo que quiero es, simplemente, afirmar que esos escritores no formaban un mero grupo, sino que en ellos se daban las condiciones mínimas de lo que entiendo por generación: coetaneidad, compañerismo, intercambio, reacción similar ante excitantes externos.