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La poesía pura.
El estudio de la obra literaria del grupo
o generación del 27 es inseparable del concepto de poesía
pura. La publicación, en 1926, por el sacerdote francés
Henri Bremond de un libro que en su título recogía dicho
concepto extendió en los medios literarios españoles la discusión
sobre esa forma de entender la lírica. Una forma que, por otra parte,
ya tenía su ejemplificación en la poesía de Juan Ramón
Jiménez. En un ejemplo más de la prontitud con la que entonces
España se acercaba a las manifestaciones culturales de otros países,
fue en ese mismo año 1926 cuando el concepto de poesía
pura llegó con claridad a nuestro país, a raíz
de un texto de Fernando Vela, secretario de redacción de la Revista
de Occidente.
Bremond asociaba, en términos casi
místicos, la poesía pura a la inspiración, pero los
escritores españoles la identificaron más bien, como habría
de hacer Jorge Guillén, con la que en Francia cultivaron poetas
como Stéphane Mallarmé y, sobre todo, Paul Valéry,
cuyo Cementerio marino tradujo el propio Guillén. La concepción
que de la poesía pura representaba Valéry prestaba la máxima
atención a la pureza de la forma del poema, a su elaboración.
La poesía pura, tal como la entendieron nuestros escritores de los
años veinte, se desarrolló aproximadamente entre 1922 (fecha
de la aparición de la Segunda antolojía poética
de Juan Ramón Jiménez) y 1928, año en el que el Cántico
de Guillén llevó a la cima más alta esa concepción
de la lírica (Blanch, 1976). Hacia 1930 empezaría a ser desplazada
por el empuje de dos enemigos a los que rendirían sus fuerzas
también casi todos los poetas del 27: el surrealismo y el compromiso
político.
Aplicado a la literatura de la época,
dicho concepto tiene un significado que apunta a la práctica de
una poesía independiente de la realidad; es decir: no estrictamente
realista. Dicho así, tan poesía pura podría ser la
de las vanguardias como la del 27 y, naturalmente, la de Juan Ramón
Jiménez. Y, efectivamente, el concepto de poesía pura
pareció a los escritores de la época sumamente escurridizo.
En una carta de Guillén a Vela, aparecida en 1926 en la revista
Verso
y Prosa y reproducida como "Poética" en la antología
(firmada por Gerardo Diego) Poesía española. Antología.
1915-1931 (1932), el escritor rechazaba la poesía pura tal como
la definía Brémond:
Pesía pura es matemática
y es química --y nada más--, en el buen sentido de esa expresión
lanzada por Valéry, y que han hecho suya algunos jóvenes,
matemáticos o químicos, entendiéndola de modo muy
diferente, pero siempre dentro de esa dirección inicial y fundamental.
El mismo Valéry me lo repetía, una vez más, cierta
mañana en la rue de Villejust. Poesía pura es todo lo que
permanece en el poema después de haber eliminado todo lo que no
es poesía. Pura es igual a simple, químicamente.
"Poesía bastante pura, ma non
troppo", resumía en el mismo texto Guillén, en una frase
perfectamente aplicable al que habría de ser su libro capital, y
uno de los más hermosos de la lírica española del
siglo XX: Cántico. En un sentido más amplio, ese podría
ser el punto de partida para explicar la poesía del grupo del 27
en su fase inicial.
2. Cronología del
grupo del 27.
La primera referencia al conjunto al que
hoy conocemos con el nombre de generación o grupo del 27
es de una revista de París, Intentions, y data de la primavera
de 1924 (n.º 23-24), aunque se habla ahí de la joven literatura
y no, naturalmente, de una generación aún sin reconocer como
tal. Figuraban ya en esa primera lista, entre otros escritores menos conocidos
hoy, los nombres de Dámaso Alonso, José Bergamín,
Juan Chabás, Gerardo Diego, Antonio Espina, Federico García
Lorca y Pedro Salinas.
Pero los poetas del grupo se habían
dado a conocer varios años atrás: los primeros esbozos literarios
de Lorca, publicados en los años noventa del siglo XX, son, como
los de Vicente Aleixandre, anteriores a 1920, y la primera fecha registrada
en el Cántico guilleniano es 1919. Se trataba, en cualquier
caso, de textos entonces desconocidos, porque la primera aparición
pública de un escritor del 27 data de 1918, cuando Lorca editó
su libro Impresiones y paisajes. Una fecha más relevante
es 1920, año en que el mismo Lorca estrenó su obra teatral
El
maleficio de la mariposa y Gerardo Diego publicó su Romancero
de la novia.
A partir de ahí, y hasta finales
de los años veinte, la actividad literaria de los poetas del grupo
se centra en la poesía. En 1921 se publican el Libro de poemas
de Lorca y los Poemas puros. Poemillas de la ciudad, de Alonso.
En 1922, otro libro de Diego, Imagen, y en 1923, el siguiente del
mismo autor, Soria, más el primero de Salinas, Presagios,
confirman la existencia de unas voces literarias nuevas, que ya no son
ni modernistas ni ultraístas, aunque aún no se hayan configurado
en torno a lo que luego habría de ser el grupo del 27. Otro
libro de Diego, Manual de espumas, es el acontecimiento literario
más importante de 1924 por lo que afecta a la evolución del
grupo.
La consagración de dos de los poetas
del 27 les llega a edad temprana: en 1925, año en que se concede
el Premio Nacional de Literatura a Diego, por sus Versos humanos,
y a Rafael Alberti, por Marinero en tierra. También aparece
en esa fecha Tiempo, de Emilio Prados. Alberti publica un nuevo
libro en 1926, La amante, acompañándolo otro importante
que en ese mismo año da a luz Emilio Prados: Las islas invitadas.
En 1927 aparecen El alba del alhelí, de Alberti, el primer
libro de Luis Cernuda, Perfil del aire, y otro de Lorca, Canciones.
Pero si 1927 es trascendental en la historia del grupo es, naturalmente,
por otro motivo sobre el que será obligado volver después.
Queda claro, pues, que, ya sea con textos publicados, ya sea con otros
entonces inéditos, como el Poema del cante jondo, de Lorca,
los poetas del 27 habían mostrado toda su potencia creadora antes
de ese 1927 que da nombre al grupo.
1928 es también un año muy
importante para la historia del grupo. Ámbito, de Aleixandre,
y el Romancero gitano, de Lorca, se publican en este año
que, sin embargo, pasaría a la historia literaria española
por la aparición de Cántico, libro en el que Guillén
recogió muchas de las poesías que había ido publicando
en revistas. No se trataba, por tanto, de un poeta desconocido en los medios
literarios. Esta impresionante obra representa bastante bien el espíritu
del 27 y, si se quiere, incluso la traslación poética de
esa deshumanización del arte propugnada por el filósofo
José Ortega y Gasset y tan mal entendida e interpretada. Habría
que puntualizar, en cualquier caso, que de Ortega aceptaron estos poetas
más su magisterio intelectual y su padrinazgo editorial que sus
ideas estéticas.
1929 es quizá el último
año que podríamos considerar común en la aventura
de los escritores del grupo: Seguro azar, de Salinas, y Cal y
canto y Sobre los ángeles, de Alberti, son los libros
más importantes aparecidos en ese año y firmados por poetas
del 27. A partir de 1930, el número de obras publicadas por estos
autores se reduce, al mismo tiempo que se advierte una mayor diversificación
de géneros. El Lorca de los años treinta, por ejemplo, dedica
lo mejor de sus esfuerzos al teatro, aunque no deje de escribir poesía,
y Guillén esperará a 1936 para publicar su segundo Cántico.
Empezaba la segunda parte de la historia del grupo del 27, quizá
porque también España iniciaba un nuevo ciclo político
(el de la República) que terminaría conduciendo a una guerra
civil.
3. El concepto de generación
del 27. Denominaciones.
En un tiempo como el actual, tan dado
a la remoción de tópicos, seguir hablando de generación,
y más en un caso como este, parece a muchos críticos improcedente.
En realidad, se trata de una cuestión puramente terminológica
que no afecta a lo sustancial: la existencia de un grupo de escritores
con muy estrechos lazos entre sí, y cuya producción alcanza,
en su conjunto, la más alta cota alcanzada por la poesía
española del siglo XX. Llamar a este conjunto de escritores de una
u otra forma no es una cuestión de especial relevancia. De todos
modos, denominaciones más asépticas y menos comprometedoras,
como grupo del 27 o poetas del 27, sirven desde hace tiempo
para que los más reticentes al empleo del concepto de generación
solventen sus dudas terminológicas.
Las denominaciones que los críticos
han utilizado para designar a este grupo literario han sido varias y se
han utilizado con mayor o menor justificación. Entre otras, se han
barajado las siguientes:
a) Generación de la
Dictadura, por el hecho de haberse dado a conocer sus integrantes durante
el régimen político del General Primo de Rivera; se trata
de una denominación utilizada por Max Aub, coetáneo de ellos.
b) De Guillén-Lorca, denominación
propuesta por el crítico Joaquín González Muela: dichos
poetas representarían los dos extremos estilísticos del grupo
(intelectualismo / popularismo) y, además, un cierto liderazgo compartido.
c) De los años 20 o de fechas
más precisas: generación del 24-25 (Debicki, 1968),
del
25 (denominación preferida, en 1957, por Cernuda [1972]) y,
naturalmente, del 27; la primera engloba el decenio en el que aparece
el grupo y se desarrolla la fase más conocida de su producción,
y las restantes registran momentos concretos en su historia.
d) De la República, denominación
defendida por García Posada (1999, contradiciendo posturas suyas
anteriores a esta fecha) y que alude a la vinculación más
o menos intensa de estos autores con la nueva propuesta política
que representó el régimen político que derribó
la monarquía.
e) De la Revista de Occidente,
por el apoyo que desde esta publicación y otras en la órbita
regida por Ortega se dio a los autores del 27, que publicaron con regularidad
en ellas.
f) De la vanguardia, denominación
defendida por Juan Manuel Rozas (1986), por representar estos poetas una
fórmula literaria nueva frente a planteamientos más tradicionales.
g) De los poetas-profesores, denominación
inventada por Juan Ramón Jiménez, por el hecho de que varios
de ellos se dedicaron a la docencia: Guillén, Salinas y Cernuda
en universidades españolas y extranjeras; Alonso en la Cátedra
de Filología Románica de la Universidad Central de Madrid;
Diego en la Enseñanza Media.
h) De la amistad, denominación
utilizada por Cano (1973), por ser esta la palabra que mejor define la
relación mantenida entre los poetas del grupo.
Algunas de estas denominaciones son
parcialmente acertadas; todas, en último término, resultan
incompletas, dado que:
1) no parece razonable una etiqueta
política, cualquiera que sea, porque las posturas ideológicas
de estos escritores fueron muy variadas;
2) reducir la generación a dos
nombres, por representativos que sean, supone minusvalorar injustamente
a los restantes;
3) estos autores publicaron en muchas
revistas, por lo que no es razonable poner por delante el papel de una
de ellas;
4) a la vanguardia creacionista-ultraísta
solo se aproximó Diego con algunos de sus primeros libros (Imagen,
Manual de espumas), y a la surrealista se acercaron otros autores del
27 (Lorca, Cernuda, Alberti, Aleixandre), pero en libros aislados y sin
que prácticamente ninguno de ellos reconociera esa posible influencia;
5) únicamente una parte de ellos
tuvo como ocupación profesional la enseñanza;
6) una denominación basada en un
concepto abstracto, como lo es amistad, poco o nada dice desde el
punto de vista científico.
Aplicando el conocido esquema diseñado
por el alemán Julius Petersen, resulta que la mayor parte
de los requisitos necesarios para la formación de un grupo generacional
se cumple en el caso de los poetas del 27 (Siebenmann, 1973):
1) Hay proximidad en las fechas
de nacimiento. El mayor del grupo, Salinas, nació en 1891, mientras
que los más jóvenes, Cernuda y Alberti, lo hicieron en 1902.
Solo once años, por tanto, separan los dos extremos del abanico
de edades; catorce si ampliamos la nómina a otros poetas (por ejemplo,
Manuel Altolaguirre nació en 1905).
2) La educación recibida por los
autores, como la herencia cultural y literaria de que son deudores, e incluso
la extracción social acomodada que comparten, es similar.
3) Existe un intenso contacto personal
entre ellos. En esa relación siempre primó la amistad por
encima de cualquier otra consideración, incluidos el alejamiento
físico y la ideología. En las filas del 27 convivieron armónicamente
comunistas como Alberti, conservadores como Diego y liberales como Guillén.
Los trágicos extremos de esta dispersión ideológica
están representados por Lorca y José María de Hinojosa,
cada uno de ellos asesinado por un bando distinto de los combatientes en
la guerra de 1936. Los lazos de amistad fueron intensos en muchos casos:
Salinas y Guillén, Guillén y Lorca, Lorca y Prados, Prados
y Altolaguirre, Prados y Aleixandre, Aleixandre y Alonso. Incluso Salinas
fue, en Sevilla, profesor de literatura de Cernuda.
4) Sus registros lingüísticos
son parecidos, al menos en los años veinte.
5) Y, sobre todo, se unen en torno a un
acontecimiento destinado a pasar a la historia: la conmemoración
(diciembre de 1927), en el Ateneo de Sevilla, del tricentenario de la muerte
del escritor barroco Luis de Góngora.
Otras dos características enumeradas
por Petersen no son, sin embargo, fácilmente discernibles. No puede
decirse, por ejemplo, que cuando se configuró el grupo la generación
anterior padeciera claramente de aletargamiento o anquilosamiento. La presencia
en el panorama literario de los autores del 98 y los del grupo del 14 (con
Ortega a la cabeza), la supervivencia del modernismo y la figura de Juan
Ramón Jiménez son referencias suficientes como para descartar
la idea.
Tampoco los autores del 27 precisaron
de un guía al que seguir y aceptar como caudillo de la nueva tendencia.
No deja de ser cierto que Guillén, quizá por su apariencia
doctoral y por la pronta aceptación de los poemas que habrían
de constituir Cántico, parecía mostrar ante los demás
la imagen más venerable, pero, como mucho, cabría hablar
en su caso de un primus inter pares. Porque igualmente cierto es
que el escritor del grupo que concitaba en torno a sí más
adhesiones emocionales era Lorca, a quien resultaba extraordinariamente
fácil, a juzgar por las evocaciones de sus amigos, convertirse en
el centro de cualquier reunión que lo tuviera como asistente.
Si el término generación
ha
sido y es muy discutido, la referencia del año (1927) que lo acompaña
admite menos discusiones. Fue en esa fecha cuando se realizó el
homenaje a Góngora, pero también fue entonces cuando empezaron
a publicarse algunas de las revistas en las que aparecieron las colaboraciones
de estos escritores. Y, aunque no puede decirse que esta consideración
sea relevante para quienes rechazan de plano la idea de la sucesión
cronológica de las generaciones, se da la circunstancia de que 1927
es un año que se ajusta bastante bien al esquema temporal admitido
por los defensores de la misma: entre la generación del 98 y la
del 14 hay dieciséis años, y entre la del 14 y la del 27,
trece. Cifras ambas bastante próximas a esos quince años
que vendrían a marcar el cambio de promociones.
Sea filológicamente válido
o no, lo cierto es que el sintagma generación del 27 ha sido
utilizado, al menos desde que Dámaso Alonso lo hiciera en 1948 (1969),
como marbete agrupador de un conjunto de escritores que presentan unos
rasgos comunes que explican la pervivencia del concepto. Frente a planteamientos
posteriores que se esforzarían en defender argumentos de carácter
histórico o filológico, Alonso optó por consideraciones
de carácter emocional, que son las que, a fin de cuentas, han terminado
prevaleciendo:
Quien haya leído hasta
aquí ha sacado, sin duda, la idea de que no empleamos el vocablo
debido cuando hablamos de generación. Sí; puede parecer que
estamos usando esa palabra en un sentido flojo y vulgar, y no con la precisión
científica que desde hace ya muchos años le están
queriendo dar sabios varones. Sobre esos cientificismos (que cada vez me
asustan menos) habría mucho que hablar. Esquivo toda discusión.
Lo que quiero es, simplemente, afirmar que esos escritores no formaban
un mero grupo, sino que en ellos se daban las condiciones mínimas
de lo que entiendo por generación: coetaneidad, compañerismo,
intercambio, reacción similar ante excitantes externos.
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