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Nómina del grupo del 27.
Los seis poetas fundacionales del grupo
son Alberti, Alonso, Diego, Lorca Guillén y Salinas. Fueron ellos
quienes establecieron los primeros lazos de amistad a principios de los
años veinte, quienes vivían en Madrid y quienes participaron
en el citado acto de homenaje a Góngora, estampando sus nombres
al pie de las invitaciones.
En el prólogo escrito para una edición
de Obras completas de Lorca (1955), Guillén evoca la formación
del grupo, concediendo, al igual que Dámaso Alonso unos años
antes, más importancia a la amistad que a cualquier otro elemento
de carácter literario como configurador de un grupo con personalidad
propia en las letras de los años veinte. Ahí se proporciona
una lista útil como punto de partida:
Mi nostalgia de aquellos días
se complace en rememorar los coloquios entre aquellos amigos. Éramos
amigos, y con una comunidad de afanes y gustos que me ha hecho conocer
por vía directa la unidad llamada generación. Pedro
Salinas y yo, Gerardo Diego, Federico García Lorca, Dámaso
Alonso, Vicente Aleixandre, Rafael Alberti. Y Pepe Bergamín, y Melchor
Fernández Almagro… Menciono a los sentados tantas veces alrededor
de mesas más amistosas aún que intelectuales.
Unos párrafos más abajo,
Guillén completa la enumeración:
Otros nombres relevantes habría
que subrayar --de Juan Larrea a Pedro Garfias-- si esta enumeración,
limitada a ciertos momentos gratísimos de mesa y sobremesa, se convirtiese
en manual de Historia. No sería posible dejar fuera del cuadro a
tres ausentes de algunas de aquellas reuniones en Madrid: Luis Cernuda,
Emilio Prados, Manuel Altolaguirre.
Diríase que ya tenemos el grupo
al completo, incluido algún añadido que habitualmente no
figura en las nóminas del 27 más severas. El hecho de que,
como se advierte en este texto de Guillén, las relaciones de amistad
y las reuniones de grupo tuvieran tanta importancia ha impuesto una cierta
selección de nombres acaso no enteramente justificada. De ahí
que en los estudios obligados, por razones de espacio, a la simplificación
acostumbre a manejarse los nombres de los ocho poetas fundamentales del
grupo (Alberti, Aleixandre, Alonso, Cernuda, Diego, Lorca, Guillén
y Salinas) más, si acaso, otros dos considerados menores
(Altolaguirre y Prados).
Esta es la nómina básica.
Pero, si se quiere tener una visión más completa, parece
conveniente contar con otros nombres un tanto marginales, pero no ajenos
a la aventura estética del grupo. Los diez poetas citados figuraban
ya en la citada Antología de Diego, pero en este libro se
concedía espacio también a otros dos jóvenes, Fernando
Villalón y Larrea (además, dando voz a los mayores, se recogían
poemas de Unamuno, los Machados, Juan Ramón Jiménez y José
Moreno Villa). La selección fue fruto de una operación de
amigos y la lista de poetas incluidos fue consensuada entre casi todos,
como se deduce de las palabras del prólogo:
Salvo una excepción, la
de Emilio Prados, que reiteradamente me manifestó y manifestó
a sus amigos, a nuestros amigos intercesores en el pleito, su firme voluntad
de no participar con ningún género de colaboración
activa en este libro, aparece con la conformidad explícita de todos,
solicitada por mí, y con la ayuda, el consejo y en muchos casos
el fervor participante de mis compañeros. […] En general, mi gusto
lo he consultado, siempre que me ha sido posible, con los autores respectivos,
y aparece así la selección, aunque hecha esencialmente por
mí, con el beneplácito y colaboración de todos.
He ahí, pues, el núcleo
básico de la poesía del 27. Cualquier ampliación de
esta nómina seguirá dejando fuera nombres que, asumiendo
un criterio menos restrictivo que el inicial y aceptando la existencia
de una prosa del 27, podrían adicionarse a los ya enumerados.
En 1927, el crítico Fernández Almagro, uno de los puntales
más firmes con los que contaron los nuevos poetas, publicó
en los dos primeros números (enero y febrero de 1927) de la revista
Verso
y Prosa una "Nómina incompleta de la joven literatura" en la
que figuraban los seis poetas fundacionales del grupo, pero también
José Bergamín, Chabás, Espina, Benjamín Jarnés,
Antonio Marichalar y Claudio de la Torre, todos ellos más conocidos
por su faceta de prosistas. También como prosistas podrían
sumarse al grupo, por razones de edad, Rosa Chacel, Francisco Ayala, Max
Aub y Alejandro Casona, por no hablar de lo que José López
Rubio, en su discurso de recepción en la Real Academia Española,
llamó la otra generación del 27, que estaría
integrada por los humoristas de aquella época: Enrique Jardiel Poncela,
Edgar Neville y él mismo. Como se ve, la configuración de
la nómina depende del criterio que se adopte: el amplio que daría
cabida a todos los escritores próximos en edad y que compartieron
el mismo tiempo histórico, o el restrictivo, que es el que está
más cercano a las palabras de Alonso o de Guillén reproducidas
arriba.
Lo más habitual es referirse a la
generación o grupo del 27 adoptando este segundo criterio restrictivo
y pensar, cuando se utiliza dicha denominación, exclusivamente en
el bloque de los poetas amigos (Díez de Revenga, 1987). Dicho de
otra forma: en los ocho nombres más importantes y un espacio añadido
que dé cabida a "otros poetas del 27", singularmente Altolaguirre
y Prados, aunque pueden no faltar Hinojosa, Juan José Domenchina,
Moreno Villa, Mauricio Bacarisse, Espina o Chabás. Incluso sería
posible, para algunos, añadir a un Miguel Hernández difícilmente
ubicable y, quizá por ello, candidato idóneo para la plaza
de epígono del 27.
No obstante, es posible encontrar en fechas
recientes ejemplos de empleo del primer criterio en el sentido más
amplio posible. Así, la antología de Víctor García
de la Concha fechada en 1998 y titulada Poetas del 27. La generación
y su entorno comprende poemas de los diez nombres más o menos
canónicos, pero se añade a ellos hasta un total de 18 poetas,
dos de ellos mujeres y no pocos prácticamente desconocidos fuera
del ámbito regional. La palabra entorno del título
es, evidentemente, lo que permite y justifica la presencia de muchos de
ellos. No hace falta decir que una selección de esas características
tan holgadas dificulta en grado sumo la aplicación de los criterios
manejados arriba en la consideración de la existencia del grupo
como tal. Si nos fijamos, por ejemplo, en las fechas, veremos que Villalón
nació en 1881, diez años antes que Salinas, el poeta de más
edad dentro del grupo de los ocho o diez más importantes.
5. Historia del grupo del
27.
En los dos primeros números (diciembre
1927-enero 1928) de la revista Lola, Gerardo Diego escribió
una crónica (algo ficcionalizada, según señaló
posteriormente Dámaso Alonso) de las conmemoraciones preparadas
por este grupo de amigos como homenaje a Góngora. 1927 era un año
de conmemoraciones importantes, como el cuarto centenario del nacimiento
de Fray Luis de León y el centenario de la muerte de Francisco de
Goya. Pero lo que a los escritores del 27 les interesaba más era
el hecho de que el 23 de mayo de 1927 se celebraba el tricentenario de
la muerte de Góngora. Los preparativos de estos poetas que querían
llamarse nietos de Góngora empezaron, siguiendo dicha crónica,
en abril de 1926, en una tertulia de café en la que intervinieron,
entre otros, Alberti, Diego y Salinas, nombres a los que se unieron luego
Alonso, Bergamín, Lorca, Hinojosa y Moreno Villa, entre otros.
Las invitaciones en las que se solicitaban
colaboraciones fueron respondidas afirmativamente por pintores como Salvador
Dalí, Juan Gris y Pablo Ruiz Picasso y músicos como Óscar
Esplá y Manuel de Falla, además de diferentes escritores.
No faltaron, ciertamente, las respuestas negativas y los silencios, pero
el homenaje se puso en marcha. Por lo que se refiere a la filología,
se proyectó una edición de las poesías de Góngora,
que habría de distribuirse en seis tomos: Dámaso Alonso se
encargaría de las Soledades; Salinas, de los sonetos; Guillén,
de las octavas; el crítico José María de Cossío,
de los Romances; el escritor mexicano Alfonso Reyes, de las Letrillas;
el erudito Miguel Artigas, de las canciones, décimas y tercetos.
Además, se publicarían otros volúmenes, como antologías
y homenajes de carácter musical, poético y prosístico,
y se celebrarían representaciones teatrales, conciertos, conferencias,
lecturas…
Los obstáculos acumulados impidieron
que el proyecto, avalado por la Revista de Occidente, se llevara
a cabo en su totalidad. Solo las ediciones de Alonso y Cossío vieron
la luz, y de los restantes libros únicamente apareció la
antología en honor de Góngora preparada por Diego. La primera
de las ediciones citadas se convertiría en un hito histórico
en el proceso de recuperación y comprensión de Góngora.
El homenaje a este escritor de los Siglos
de Oro tuvo también su componente lúdico. Un pintoresco auto
de fe con un tribunal integrado por poetas del 27 adecuadamente uniformados
para la ocasión habría de emitir su veredicto. Diego cuenta
la quema de monigotes y (según él) hasta de libros como parte
de la teatralización del homenaje; entre ellos, obras de los enemigos
de Góngora, Lope de Vega y Quevedo, e historias de la literatura
y antologías consideradas por los preparadores de los actos injustas
con el homenajeado. Una misa a la que asistieron únicamente una
docena de los convocantes fue la culminación de los actos con los
que pretendían restaurar la memoria de Góngora, poeta al
que, por cierto, dedicaron un apreciable número de poemas. La parte
irreverente del homenaje corrió a cargo de quienes descargaron sus
micciones sobre las paredes de la venerable Real Academia Española.
Dámaso Alonso, en su artículo
"Góngora entre sus dos centenarios", publicado en Cuatro poetas
españoles (1962), ha explicado de la siguiente forma el interés
de los poetas del grupo por Góngora:
El centenario de Góngora,
en 1927, fue una explosión de entusiasmo juvenil. Los jóvenes
de entonces nos sentíamos cerca de algunos de los problemas estéticos
que habían ocupado a Góngora. Estaba en el ambiente europeo
la cuestión de la pureza literaria: se trataba de eliminar del poema
toda ganga, todo elemento no poético. Nos preocupaba también
la imagen: en la imagen íbamos detrás del movimiento ultraísta
--en el que alguno, Gerardo Diego, había participado ya--. Ese movimiento
había sido estridentista. Y ahora, en los años inmediatamente
anteriores a 1927, nada de estridentismo: se trataba de trabajar perfectamente,
en pureza y fervor, de eliminar del poema elementos reales y dejar todos
los metafóricos, pero de tal modo que estos satisficieran a la inteligencia
con el sello de lo logrado.
En realidad, hay motivos para suponer
que, al margen de la parte reivindicativa de la conmemoración, había
en ella también una presentación en sociedad, con ciertas
notas características de los actos de afirmación de todo
grupo que desea darse a conocer. Después de 1927, Góngora
pasaría al capítulo de los buenos recuerdos del pasado.
En cualquier caso, el año terminó
de la forma brillante que recogen los libros de historia de la literatura
española, en los que no suele faltar la célebre foto en la
que casi todos los poetas del 27 están presentes, y que registró
su presencia en Sevilla, invitados por el Ateneo de la ciudad. Los actos
de esta comparecencia casi en bloque se celebraron en la Sociedad de Amigos
del País, el 16 y el 17 de diciembre de 1927, y en ellos tuvo un
papel destacado (aunque no parece que el de la financiación fuera
uno de ellos) el torero Ignacio Sánchez Mejías, al que Lorca
inmoretalizaría en un célebre poema. Este fue el momento
culminante de la configuración del grupo como tal.
6. Características
del grupo del 27.
No es fácil trazar una evolución
del grupo que permita diferenciar claramente etapas estéticas sucesivas.
Cernuda lo intentó al hablar, en el libro citado, de cuatro fases
distintas: "1.ª) predilección por la metáfora; 2.ª)
actitud clasicista; 3.ª) influencia gongorina […]; 4.ª) contacto
con el superrrealismo". Lo habitual es simplificar este esquema y hablar
de dos grandes etapas, a grandes rasgos correspondientes, respectivamente,
a los años veinte y a los treinta: deshumanización y rehumanización.
A fin de cuentas, esa evolución es idéntica a la que se registra
en el conjunto de la literatura española anterior a 1936.
Si difícil resulta diseñar
una trayectoria cronológica clara del grupo, no más sencillo
parece ensayar una propuesta de caracterización formal que no reconozca
demasiadas peculiaridades como para resultar válida. Se trata de
un conjunto con unas individualidades tan perfiladas y con unas influencias
tan variadas que apenas cabe otra posibilidad que enunciar una serie de
características generales, al frente de las cuales podría
situarse una sólida cultura, proporcionada por su profundo conocimiento
de los clásicos y, al mismo tiempo, de la literatura coetánea
extranjera.
No ayuda precisamente a la tarea de la
caracterización general el hecho de que estos poetas, a diferencia
de los vanguardistas que los precedieron, no articularan su pensamiento
en un manifiesto común. Tampoco ilustran demasiado los textos que
precedieron a los poemas de cada uno de ellos reproducidos en la citada
antología de Diego Poesía española, en cuya
preparación intervinieron, en realidad, los demás autores
del grupo.
De los fragmentos de Alberti y Cernuda,
por ejemplo, es difícil, por no decir imposible, extraer alguna
conclusión sobre lo que los autores opinan del ejercicio lírico.
Pero tampoco los restantes integrantes del grupo son más claros.
Para Salinas, "la poesía existe o no existe; eso es todo"; y "se
explica sola; si no, no se explica". Para Alonso, "la Poesía es
un fervor y una claridad". Aleixandre afirma: "No sé lo que es la
poesía. Y desconfío profundamente de todo juicio de poeta
sobre lo siempre inexplicable". Según Lorca, "un poeta no puede
decir nada de la Poesía". Para Altolaguirre, "la poesía puede
ser, como toda manifestación amorosa, un deseo y una creación".
El rizo lo riza, en un ejercicio casi creacionista-ultraísta, Diego
con sus palabras: "La Poesía es el sí y el no; el sí
en ella y el no en nosotros"; es "la encrucijada del Norte-Sur = Imaginación-Inteligencia,
con el Este-Oeste = Sensibilidad-amor"; "no es álgebra. Es aritmética,
aritmética pura"; "es la creación por la palabra mediante
la oración, la efusión amorosa, la libre invención
imaginativa o el pensamiento metafísico"; es, en fin, "la luminosa
sombra divina del hombre". Nada parecido a un hipotético programa
o manifiesto sería posible redactar sobre la base de declaraciones
tan
imprecisas, cuando no divagatorias.
La teoría poética del
27 podría rastrearse, mejor que en la creación literaria
de estos autores, en los trabajos filológicos de un Dámaso
Alonso por entonces más interesado en la crítica literaria
que en la invención poética. Y es que, como él mismo
escribió en el texto suyo citado, acompañó a esta
generación "como crítico, apenas como poeta", porque "las
doctrinas estéticas de hacia 1927, que para otros fueron tan estimables,
a mí me resultaron heladoras de todo impulso creativo". La adscripción
de Alonso al grupo debe entenderse, pues, desde un punto de vista humano
(por la vía de la amistad) y, si se quiere, teórico, más
que por el de la práctica literaria.
El del 27 es un grupo básicamente
poético y, en mucha menor medida, teatral, pero también dedicado
a las tareas de erudición, en las que sobresalió precisamente
Dámaso Alonso. Él y otros componentes de este conjunto de
amigos escribieron estudios literarios que hoy siguen siendo considerados
como clásicos del género. Esos libros y artículos
proporcionan interesantes claves sobre los aspectos de la historia de la
literatura que más les interesaron y que más influyeron sobre
ellos.
En un plano estrictamente textual, el rasgo
más notable de la poesía del 27, frente a la escasez de comparaciones
y símbolos, es el uso de la imagen y la metáfora como recursos
literarios. Cabe recordar que en ese texto capital para entender el arte
nuevo de la época que es La deshumanización del arte
(1925) Ortega había definido la metáfora como "probablemente
la potencia más fértil que el hombre posee". De hecho, el
eco estilístico orteguiano se deja oír en no pocas páginas
del 27.
Al poeta del 27 le interesa crear una nueva
realidad a partir de otra distinta, y la imagen le parece el recurso idóneo
para poner en contacto los elementos disímiles: Imagen (1922)
era precisamente el título de uno de los primeros libros de Diego.
Las del 27 son imágenes y metáforas que apelan no al sentimiento,
sino al intelecto. Esto no significa, naturalmente, que el primero esté
ausente de sus obras. Lo que sucede es que aparece controlado por la conciencia.
En sintonía con la divulgación
del concepto de poesía pura, los autores del 27 se distancian
de la idea tópica sobre la inspiración creadora, que queda
pospuesta al ideal de perfección del oficio lírico. No se
trata de desterrar la inspiración, sino de alejarla de las exaltaciones
posrománticas y de las languideces modernistas. En una conferencia
pronunciada en 1922 sobre "Arquitectura del cante jondo", Lorca hablaba
de la tarea de los nuevos poetas, que no era otra, a su juicio, que "la
poda y cuidado del demasiado frondoso árbol lírico que nos
dejaron los románticos y los postrománticos". Vida y poesía,
pues, ya no son términos prácticamente equivalentes, como
sucedía en el arte romántico o en sus herederos.
No es solo el pathos heredado del
romanticismo el desfavorecido en la poesía del 27. También
la inmersión en problemas de carácter histórico y
el registro de anécdotas de carácter particular se consideran
inapropiados. Se busca el rigor en la escritura, la proximidad a un modelo
de perfección no muy distante, en último término,
del anhelado por Juan Ramón Jiménez. En este sentido debe
interpretarse el supuesto intelectualismo de la lírica del 27: se
propone reducir el papel de lo emocional en la creación literaria,
para dar más importancia al componente cerebral.
Los poetas del 27 desdeñan, por
consiguiente, el fácil sentimentalismo y la retórica grandilocuente,
pero también la interpretación lógica de un concepto,
poesía,
que entienden que es en sí mismo misterioso. Al menos en la etapa
inicial de su producción, se sienten en armonía con un mundo
retratado de forma optimista, como sucede en el Cántico de
Guillén. A diferencia del artista romántico o posromántico,
que vierte sobre el papel sus inquietudes más íntimas, el
poeta del 27 se abre a la realidad exterior, pero no para retratarla con
una fría pincelada realista, sino para transformarla en otra realidad
de carácter literario.
El lenguaje de los poetas del 27 no se
caracteriza, sin embargo, por su dificultad léxica. En él,
el adjetivo ya no tiene una función meramente ornamental, sino que
adquiere valor por sí mismo. Atrás quedan los tecnicismos
ultraístas, pero también el rebuscamiento modernista: sobre
un célebre verso del "Responso a Verlaine" de Rubén Darío,
"Que púberes canéforas te ofrenden el acanto", Lorca comentaba,
con humor, que únicamente entendía el "Que" inicial.
Salinas podría ser el ejemplo más
notable de esta depuración en busca de la sencillez expresiva, que
no necesariamente conceptual. Pero el autor que de manera más clara
evidencia la concepción que de la poesía podía tener
el grupo durante los años veinte es Guillén, que se abstiene
de utilizar palabras de difícil comprensión, pero que, al
emplear en abundancia términos abstractos, parece cargar de ideas
sus páginas.
La métrica del 27 es variada, con
una cierta tendencia al verso libre, aunque no falten estructuras tan tradicionales
como el soneto, empleado por el Alberti de Marinero en tierra, el
Lorca de los Sonetos del amor oscuro, el Guillén de Cántico,
el Salinas de Presagios o el Diego de Alondra de verdad.
El romance es utilizado prácticamente por todos los poetas del grupo,
pero también se dan otras formas, a las que ellos dan nuevas formulaciones.
Sucede así con la décima, cultivada por varios de ellos,
pero de forma singular por Cernuda y, de manera algo más heterodoxa,
por Guillén.
Por encima de intentos unificadores más
útiles en el plano didáctico que en el de la realidad se
alzan unas personalidades muy definidas, cada de las cuales admite una
precisión estilística que acentúa las notas propias
de su creación, pero sin distanciarla por completo de las restantes
del grupo. Es, por ello, factible hablar, en términos muy generales,
del surrealismo de Aleixandre, del intelectualismo de Guillén, del
popularismo de Lorca y Alberti (surrealistas, sin embargo, en muchos de
sus textos), de la escasa simpatía que por el mismo manifestaba
Cernuda… En definitiva, variedad dentro de una cierta unidad.
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