| 7.
El papel de las revistas literarias.
La actividad del grupo del 27 se desplegó
en las abundantes revistas poéticas de la época, desperdigadas
por toda la geografía española a partir de 1926 (Geist, 1980).
No solo publicaron en ellas, sino que también las fundaron o dirigieron
en varios casos. La más madrugadora fue Litoral, el primero
de cuyos nueve números apareció en 1926, y el último
en 1929. Fundada en Málaga por Prados y Altolaguirre, colaboró
en el homenaje a Góngora con un número triple (el 5-7). También
en Andalucía se publicaron los dos números de Gallo,
creada en Granada en 1928, bajo la inspiración de Lorca; Mediodía,
que publicó en Sevilla los catorce números de su primera
etapa, desde 1926 hasta 1929 (conoció otras dos, en 1933 y 1939);
y Papel de Aleluyas, cuyos siete números se imprimieron en
Huelva (los cuatro primeros) y Sevilla (los tres siguientes) entre 1927
y 1928.
En Gijón, Gerardo Diego fue el inspirador,
en 1927, de los siete números (impresos en Santander) de Carmen,
así como de su suplemento, Lola. La primera tenía
un espíritu serio que la llevó, por ejemplo, a homenajear
a Fray Luis de León; la segunda era su contrapunto festivo y polémico.
En Valladolid se publicaron Meseta (seis números entre 1928
y 1929), A la Nueva Ventura y DDOOSS, que únicamente
alcanzó dos números, fechados en 1931. En Murcia llegó
a los doce (entre 1927 y 1928) Verso y Prosa, en la que apareció
otro homenaje a Góngora.
A este muy diversificado panorama de la
periferia contribuían otras publicaciones de la época: en
Burgos, Parábola (1927-28); en Segovia, Manantial (1928-29);
en Canarias, La Rosa de los Vientos (1927-28). Aunque Madrid fue
la referencia urbana fundamental, no se trata de la única, como
permite advertir la enumeración anterior. Por lo que se refiere
a la historia del 27, la revista fundamental anterior a este año
es Índice, cuyos cuatro números (1921-22) impulsó
Juan Ramón Jiménez, que acogió ahí los textos
de estos poetas, como habría de hacer en Sí, que únicamente
lanzó el número de 1925. Otra revista coetánea al
grupo, La Gaceta Literaria, nacida precisamente en 1927, se convirtió
en un foro de discusión de los problemas culturales suscitados por
los nuevos lenguajes, pero no puede decirse que fuera el espacio natural
de los poetas del grupo, entre otros motivos porque, a partir de un determinado
momento, las simpatías fascistas de su máximo responsable,
Ernesto Giménez Caballero, lo distanciaron de aquellos, obligándolo
al final a escribir la revista en solitario (123 números hasta 1932).
Párrafo aparte merece la Revista
de Occidente. Si la madrileña Residencia de Estudiantes se convirtió
en un elemento aglutinante del grupo del 27, el apoyo de Ortega a través
de dicha publicación no fue menos relevante. El público al
que se dirigían estos escritores era, a fin de cuentas, el mismo
en el que pensaba Ortega: una minoría selecta, culta, que no imponía
condicionamientos económicos que restringieran la libertad del artista.
En la Revista de Occidente o en su grupo editorial se publicaron
muchos textos del 27. Así, en la colección Nova Novorum
aparecieron el Romancero gitano, de Lorca, Cántico,
de Guillén, Cal y canto, de Alberti, y Seguro azar,
de Salinas.
8. La influencia de la tradición
literaria española.
Se ha convertido ya en un tópico
crítico hablar, refiriéndose a los poetas del 27, de la fusión
entre vanguardia y tradición. Percibían como algo lejano
aquella inquietud españolista de los escritores del 98, porque
desde finales del siglo XIX hasta los años veinte habían
cambiado muchas cosas en España y en el mundo, y tanto ellos como
los vanguardistas que los habían precedido en el foro literario
tenían una sensibilidad distinta, más próxima a las
preocupaciones de sus coetáneos del resto de Europa que a las que
habían manifestado sus predecesores noventayochistas. Dicho de otra
forma: los jóvenes de los años veinte (y, en primera fila,
los del grupo del 27) se sentían partícipes de la común
aventura europea de esos años.
El mundo del 27 se presenta, pues, más
abierto e internacional que el representado por los escritores noventayochistas.
Lo que no significa que, a diferencia de lo que sucedió con las
vanguardias, los poetas del 27 rompieran con la tradición. Ni siquiera
lo hicieron con la literatura inmediatamente anterior. Ahí quedan,
como ejemplos de respeto a la tradición literaria, los muchos sonetos
escritos por ellos y las fuentes populares de las que beben no pocos de
sus poemas.
Los poetas del 27 se interesan por o escriben
sobre el Poema de Mio Cid, la lírica tradicional, los cancioneros,
el romancero, Berceo, Gil Vicente, San Juan de la Cruz, Fray Luis de León,
Cervantes. Los homenajes son, en muchos casos, explícitos. Sirvan
estos cuatro ejemplos: el título de La voz a ti debida, de
Salinas, está tomado de la tercera égloga de Garcilaso (el
cáustico Juan Ramón Jiménez no dejaría de recordar
la deuda de Salinas con él: "La voz a mí debida",
quiso puntualizar el autor de Platero y yo); en el poema "Con él",
de Marinero en tierra, Alberti escribe: "Si Garcilaso volviera /
yo sería su escudero; / qué buen caballero era…"; a Bécquer
dedica el mismo Alberti Sobre los ángeles; y Cernuda toma
el título de su libro Donde habite el olvido del penúltimo
verso de la rima LXVI del poeta romántico.
El interés por Góngora merece
una explicación más detenida. Trescientos años después
de su muerte, se trataba de un poeta prácticamente olvidado, porque
su conocimiento venía seriamente dificultado por la oscuridad de
su escritura. Y ello pese a que los simbolistas franceses ya habían
mostrado su interés por él. 1927 parecía fecha idónea
para redescubrir a Góngora; más aún: para interpretarlo,
labor de la que se encargaría Dámaso Alonso, aunque ya en
1924 Guillén le había dedicado su tesis doctoral.
De Góngora admiran estos poetas
su capacidad técnica, aprecian su hermetismo y valoran muy positivamente
su habilidad para manejar la palabra y, sobre todo, la imagen. Pero, fundamentalmente,
los atrae de él su actitud de artista transformador de la realidad.
Esta subyugación es al mismo tiempo rechazo de una estética
realista que había marginado hasta entonces el combate por la palabra
que venía a representar el poeta barroco. Es el mismo propósito
de excelencia, idéntico afán de perfección lo que
los aproxima a la figura del escritor barroco. La poesía de este
no es, evidentemente, la realidad, pero sí es la realidad
poética a que aludía Lorca en su conferencia "La imagen
poética de don Luis de Góngora": "La originalidad de don
Luis de Góngora, aparte de lo puramente gramatical, está
en su método de cazar las imágenes". Góngora
contempla la realidad como lo haría un artista, y en esa actitud
coincide con los autores del 27.
Por entonces, este ensalzamiento de Góngora
parecería a los más una extravagancia. En una encuesta publicada
en 1927 por La Gaceta Literaria, dos relevantes miembros de la generación
del 98, Valle-Inclán y Unamuno, mostraban su distanciamiento del
poeta homenajeado por los más jóvenes. Es un ejemplo claro
de la distancia estética que media entre un grupo y otro. Hay que
puntualizar, de todas formas, que Góngora fue más un pretexto
que un ejemplo seguido en sus obras por los poetas del 27.
En términos cuantitativos, quizá
resulte más visible en sus textos la huella de un Lope de Vega inserto
en esa tradición popular que recorre tantas páginas del 27.
El llamado neopopularismo se transmite en ellas por una doble vía:
la oral y la literaria. La primera, derivada de las canciones y romances
del pueblo, se advierte claramente en, por ejemplo, un Lorca que tomó
referencias escuchadas a las criadas de su infancia. La segunda procede
de autores concretos, como Lope, pero también de la poesía
cancioneril y del Romancero. Charlas como la citada de Lorca sobre el cante
jondo o la de Alberti acerca de "La poesía popular en la lírica
española contemporánea" son manifestaciones de este interés.
Se trata, en cualquier caso, de un popularismo que se transforma en elaboración
culta, de tal manera que al lector medio puede no resultarle fácil
descubrir el origen.
Rastreando en pronunciamientos escritos
de diferentes poetas del 27 pueden enumerarse otros nombres menos visibles
en sus páginas, pero no por ello ausentes: Jorge Manrique, Francisco
de Aldana, Quevedo, Calderón. En suma, es toda la tradición
de la literatura clásica española la que impregna las páginas
del 27. Entrando ya en el siglo XX, el modelo español más
próximo es, sin duda, el magisterio de Juan Ramón Jiménez.
De él atraía a estos poetas algo parecido a lo que les hizo
interesarse por Góngora: el virtuosismo verbal, la búsqueda
de la perfección, el afán de belleza por encima de cualquier
otra consideración.
Pero las buenas relaciones iniciales de
Juan Ramón con sus ahijados del 27 se tornaron en tirantez,
quizá porque la egocéntrica personalidad del poeta andaluz
no admitía fácilmente competencia, o tal vez porque los poetas
del 27 firmaron un texto de homenaje a Pablo Neruda, hacia quien Juan Ramón
Jiménez profesaba una profunda antipatía. El episodio más
conocido de este distanciamiento es su ruptura con Guillén, acaecida
en 1933 al ver Juan Ramón Jiménez postergado su nombre al
de Unamuno en el número dos de la revista Los Cuatro Vientos,
en la que estaba prevista su colaboración, y enviar al escritor
castellano un telegrama en el que retiraba "trabajo y amistad". Guillén
le parecería desde entonces un poeta carente de individualidad,
si bien cargado "de otras riquezas y excelencias", según escribía
en 1949, en un artículo publicado en la revista argentina Nosotros.
La mordacidad de Juan Ramón Jiménez no se paró en
barras. Tras haber figurado en la antología realizada por Diego
en 1932 y tenerse todo dispuesto para que sus poemas formaran parte de
la de 1934, negó a última hora su permiso, con la excusa
de que no deseaba que su nombre se asociara nunca más a ninguna
antología. Aún cabe señalar un ejemplo más
radical de este distanciamiento: en sus Cartas literarias, "Salinas
es el oportunista, el pícaro mayor de las letras españolas
contemporáneas. Un chulo. Guillén y Dámaso no hacen
sino apoyarle y aprender de él hipocresía y sofisma".
En cuanto a la literatura más próxima
cronológicamente a ellos, y al margen de Juan Ramón Jiménez,
del respeto profesado a Gabriel Miró y del repudio de los excesos
del modernismo y sus epígonos, la figura de Rubén Darío
fue merecedora de la admiración de, por ejemplo Diego, que cerró
con este autor su Antología poética en honor de Góngora,
uno de los libros publicados al socaire de la conmemoración del
tricentenario de la muerte del poeta barroco. Es en este libro donde puede
leerse un juicio radicalmente negativo de Diego sobre la poesía
del "páramo 1850-1900, época de la más triste indigencia,
triunfo de la gongorafobia oficial y del verso en paños menores,
vestido vergonzantemente por Campoamor y los suyos". A esa situación
de decadencia vino a poner solución, de acuerdo con el mismo texto,
la llegada de Rubén Darío.
9. La relación con
las vanguardias.
La relación del 27 con las vanguardias
es uno de los capítulos más conflictivos y sujetos a discusión
ante los ojos de la crítica. Las discrepancias en el seno de esta
se extienden desde los orígenes del 27 hasta su fase última,
antes del estallido de la guerra civil. O, dicho de otra forma, desde las
presuntas conexiones de la lírica inicial del 27 con el ultraísmo
y el creacionismo hasta la supuesta aproximación al surrealismo,
ya en la intersección de las décadas de los veinte y los
treinta.
Con la vanguardia creacionista y ultraísta
mantuvieron estos poetas un escaso contacto que, pese a ello, se hace notar
en algunas de sus páginas y hasta en libros enteros, como sucede
en el caso de Diego. A fin de cuentas, el 27 y el ultraísmo compartían
el mismo deseo de superar lo cotidiano e idéntico gusto por la imagen
y la metáfora como posibilidades de crear un mundo autónomo,
desvinculado de la realidad. La diferencia es que los poetas del 27 utilizan
el recurso de una forma más intelectual, más meditada que
la que encontramos en el fogonazo imaginativo característico de
la vanguardia radical, tan propensa al mero ejercicio lúdico.
La conexión con el surrealismo es
un tema que los propios integrantes del grupo del 27 parecen haberse esforzado
en sumir en la penumbra. Negaron casi en bloque (Alberti, Alonso, Guillén)
esa vinculación que, sin embargo, resulta evidente si se toman como
referencias, por ejemplo, Pasión de la tierra y La destrucción
o el amor, de Aleixandre, Sobre los ángeles de Alberti,
Los
placeres prohibidos, de Cernuda, o Poeta en Nueva York, de Lorca,
por no hablar del teatro más difícil de este (El público,
Así que pasen cinco años). Hablar de poetas españoles
surrealistas es más complicado que citar unos pocos libros de esa
orientación. Al margen de los citados, pero en una órbita
próxima al 27, es razonable mencionar, cuando menos, a Larrea e
Hinojosa, que pasa por ser el autor del texto capital de nuestro surrealismo,
La
flor de Californía.
En cualquier caso, no hay en España
nada parecido a lo que representó el surrealismo francés
de André Breton. Nada tampoco que se pareciese a los manifiestos
surrealistas del país vecino. La existencia o no de un surrealismo
específicamente español, la nómina de autores y obras
que habría que manejar, la proximidad de algunos nombres del 27
a dicha corriente, la credibilidad que debe concederse a sus declaraciones
de parte, siguen siendo asuntos sometidos hoy a discusión crítica.
Debe tenerse en cuenta, además, que ninguna lectura del surrealismo
en España puede hacerse desde la óptica exclusiva de la literatura,
porque precisamente nuestro surrealismo más internacional es el
que han dado a conocer otras artes. Concretamente, la pintura y el cine,
cuyos máximos exponentes surrealistas españoles, Dalí
y Luis Buñuel, respectivamente, se acercaron ocasionalmente a la
literatura.
Lo cierto es que los poetas del 27 no tuvieron
nada que ver con uno de los presupuestos básicos del surrealismo,
la escritura automática, que chocaría frontalmente no solo
con la idea de la creación intelectualmente controlada, sino también
con otras igualmente importantes, como la depuración artística
y el rechazo de la efusión emocional. Y es que, en último
término, el surrealismo bien podría considerarse como una
variante del romanticismo combatido por los poetas del 27. El acuerdo absoluto
con el surrealismo, pues, era prácticamente imposible. La cuestión,
inevitablemente, pasa por el criterio particular del crítico, y
no tanto por la opinión emitida por el escritor. Quizá lo
más apropiado sea reconocer la existencia de elementos literarios
tomados del surrealismo, pero insuficientes para configurar todo un sistema
estético y, menos aún, una cosmovisión literaria y
existencial.
Si se considera lo que de protesta social
hay en la revolución estética del surrealismo, quizá
pueda entenderse mejor cómo aquella poesía pura inicial terminó
orientándose, en algunos casos, por la senda del compromiso ideológico.
Pero también nos acercaremos a esa comprensión partiendo
de la base de que un buen número de los textos surrealistas españoles
fue compuesta en fases existenciales especialmente complicadas para los
poetas que los escribieron.
Guillén reconoció que la
reducción que de la realidad a la imagen proponían el ultraísmo
y el creacionismo tenía no poco que ver con su poesía. Pero,
al margen de esta modesta herencia y de los cuestionados ecos surrealistas,
hay otra figura de la vanguardia cuya mención resulta insoslayable,
aunque solo sea porque fue uno de los poetas del 27, Cernuda quien la situó
en un lugar relevante: Ramón Gómez de la Serna. Muchas de
las greguerías de este son una fórmula extremadamente condensada
de poesía que se sustenta en la imagen y la metáfora, precisamente
las bases expresivas de la poesía del 27. Además, siguiendo
la idea de Cernuda, la literatura de dicho escritor vanguardista se emparienta
con la culterana de Góngora.
Las referencias poéticas extranjeras
a las que remite la poesía del 27 son las de la modernidad: Mallarmé,
Charles Baudelaire, Guillaume Apollinaire, Jean Cocteau y, naturalmente,
Valéry. Sin salir de Francia, pero sin llegar al surrealismo, sería
posible rastrear los ecos de vanguardias como el cubismo, cuya preocupación
por la imagen conecta con las inquietudes y los propósitos de renovación
de nuestros poetas. El repaso a las referencias extranjeras en que, de
una u otra forma, se inspiran estos quedaría incompleto si se omitiera
el nombre del padre de la novela moderna del siglo XX, el irlandés
James Joyce, de cuyo Retrato del artista adolescente Dámaso
Alonso hizo una célebre traducción.
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