|
Modernismo
y romanticismo bohemio
En
1902 se tradujo en España, se leyó y se comentó ampliamente Degeneración,
un libro publicado en Alemania diez años antes por Max Nordau. Su
contenido dejaba traslucir el temor al futuro de una civilización occidental
sumida en la decadencia y el recreo en la morbosidad. De ello eran
responsables, según se exponía en la obra en cuestión, aquellos escritores
modernos víctimas de una cierta degeneración mental. De hecho, las censuras
al modernismo frecuentemente lo asociaban a los conceptos de degeneración
y decadencia. Decadentes, por ejemplo, se llamó a algunos poetas baudelerianos de
los años ochenta en Francia. Para ellos, Los
paraísos artificiales (1860), de Baudelaire, fue una obra de referencia,
como debió de serlo para Verlaine, Rimbaud y Mallarmé. Es el malditismo de
fin de siglo, con sus conductas asociales derivadas: alcoholismo, drogadicción,
homosexualidad. Una novela del escritor francés Joris-Karl Huysmans, Al
revés (1885), pasa por ser el libro de creación literaria que mejor
representó ese espíritu decadentista.
Y
es que el fin de siglo es un tiempo de profundo cambio. Si el creador realista
y naturalista creía en el progreso material, el modernista ha perdido la fe
en esos valores. Si en el tiempo positivista los nombres más reconocidos eran
los de Darwin, Taine y Comte, en la encrucijada del nuevo siglo es el turno de
Kierkegaard, Nietzsche y Schopenhauer: al racionalismo ha sucedido el
irracionalismo subjetivista. Zola, el adalid del naturalismo narrativo, era
para nuestros escritores de finales del siglo XIX recuerdo de otro tiempo,
porque en este nuevo la literatura europea exploraba vías por las que
transitaban o habían transitado Tolstoi, Ibsen, Leconte de Lisle, Maeterlinck,
Poe, D'Annunzio o Whitman, representantes, junto con los escritores citados en
el párrafo anterior, de la modernidad con la que los jóvenes escritores
repudiaban la lírica realista de Núñez de Arce y Campoamor y el teatro
melodramático de Echegaray. Si estos últimos autores representan la
conformidad con el sistema y la aceptación del orden, los nuevos creadores se
sitúan, al menos en principio, en oposición a él. Es la resurrección de la
bohemia que ya había sido avanzada por el romanticismo. De su marginalidad
negadora del orden social el artista romántico había hecho profesión de fe
existencial, aunque se tratara de una marginalidad casi siempre ficticia, como
en el caso de un Espronceda de ideas revolucionarias pero cómodamente
mantenido en Londres por el dinero enviado por sus padres. Las vidas de no
pocos modernistas se situaron en ese límite propio de la bohemia: abundan los
amores fatales y no escasean los suicidios o muertes violentas de escritores:
José Asunción Silva, Leopoldo Lugones, Alfonsina Storni, Delmira Agustini.
Una
de las frases más repetidas por la crítica es esta de Octavio Paz en Los
hijos del limo: "El modernismo fue nuestro verdadero
romanticismo". Sin duda, el modernismo tiene mucho de romántico y bastaría
para certificarlo la pregunta de Rubén Darío en su "Canción de los
pinos" (1906): "¿Quién que es, no es romántico?".
Romanticismo y modernismo coinciden en su apuesta por la pasión, en
detrimento de la razón; en su rechazo del acomodaticio orden burgués, de la
mediocridad, de la vulgaridad y de la mezquindad; en su búsqueda de ficticios
ambientes en los que evadirse. Al igual que en el romanticismo, en el
modernismo se le concede a la mujer un papel relevante como símbolo de
aspiraciones idealistas. Se impone así un nuevo modelo de mujer, distinto del
de las novelas realistas y que también habrá de ser diferente del deportivo
y masculinizado que encarnará años después la fémina de la vanguardia. La
mujer tan bella como perversa, tan voluptuosa como cruel, tan sugestiva como
astuta se adueña de la iconografía decadentista retratada por el pintor
francés Gustave Moreau. En la provocadora figura de Salomé se fusionan
erotismo y religión: la Salomé
literaria de Oscar Wilde fue únicamente la primera de una nutrida lista que
podría cerrar la musical de Richard Strauss.
La
conexión entre el mundo romántico y el modernista no puede sorprender, ni en
este punto ni en ningún otro, porque cada ismo, como cada generación, tiene
la costumbre de saltar por encima del padre al que repudian, pero, impulsado
por la necesidad de un asidero que lo salve del vacío de la nada, respeta
habitualmente la figura del abuelo. El modernismo, fiel a la costumbre, salta
por encima del padre realista para abrazar al abuelo romántico, al que tanto
debe. Como casi todo movimiento estético, el modernismo niega lo anterior. En
lo literario, el realismo; en lo político, el canovismo de la Restauración;
en lo religioso, los corsés institucionales; en lo filosófico, el
positivismo. Se trata de la lógica reacción de quienes desean disfrutar de
las prerrogativas hasta entonces al alcance sólo de sus progenitores. En
definitiva, la sempiterna lucha por el espacio vital. Pero no todas las críticas
de los jóvenes tenían fundamento: gracias a la novela realista España había
recuperado un pulso literario perdido desde mediados del siglo XVII; gracias
al turno de partidos acordado por un brillante político conservador, Cánovas
del Castillo, y un sensato político liberal, Sagasta, España vivía por fin
en paz y daba los primeros pasos hacia la modernidad; la misma Iglesia Católica
comenzaba a ser consciente de la necesidad de dar respuesta al problema
social, como había hecho en la trascendental encíclica de León XIII Rerum
Novarum (1891). Vista con la perspectiva que proporciona el tiempo, la
propuesta, si así cabe llamarla, de los intelectuales críticos tenía casi
todo de destructiva y prácticamente nada de constructiva. Ni siquiera el
llamado Desastre del 98, al que se engancharon sus protestas, había sido
tal. No, al menos, en una magnitud que justificara tan apocalíptico
sustantivo, dado que casi toda América estaba perdida desde hacía décadas y
lo que España se vio obligada a entregar en 1898 fue una parte insignificante
de lo que mucho tiempo atrás había dejado de ser un Imperio. Además, España
no fue, ni mucho menos, el único país que por aquellas fechas sufrió
derrotas militares.
Pero
la bohemia modernista necesitaba la confrontación con lo establecido. De ahí,
de lo establecido, parten las sátiras antimodernistas, que retratan un modelo
de poeta flaco, desaseado, estrafalario, pesimista, neurasténico y melenudo.
Noctambulismo, alcoholismo, drogadicción, erotismo y ocultismo son
componentes que se asocian a esta variante modernista poco respetuosa con el
orden social, que terminó convirtiéndose, en la mayor parte de los casos, en
un simple rasgo de negación inicial, sin alcanzar el grado de una actitud
asumida como sincero rasgo existencial: las luengas barbas de Valle-Inclán,
el desaliño de Baroja, los exabruptos revolucionarios de Maeztu terminaron no
siendo otra cosa que marcas dejadas por la juventud. Muy atrás, por ejemplo,
quedarían textos tan feroces como el artículo de Azorín titulado
"Somos iconoclastas", aparecido en 1904 en la revista Alma
Española. Concluido el rito iniciático, Azorín se convertirá en
diputado conservador, Maeztu evolucionará hacia las ideas derechistas por
cuya defensa fue asesinado y Baroja se refugiará en un radical escepticismo
que le servía para todo. De la bohemia quedarán testimonios literarios como
el Max Estrella de Luces de bohemia
(1920-24), la más conocida obra teatral de Valle-Inclán, para la que se
inspiró en el escritor marginal Alejandro Sawa. En fin, la bohemia terminará
no siendo otra cosa que el refugio de escritores de medio pelo como los
retratados en la exitosa* novela de Juan Manuel de Prada Las
máscaras del héroe (1996): escritores interesantes únicamente para
especialistas en el buceo en las cloacas sociales.
Modernismo
y misticismo religioso
El
nuevo creador modernista se siente
atraído por la rareza y la exquisitez y tiende al aislamiento en un universo
propio en el que el arte es el valor más digno de aprecio. Es un hombre
desilusionado que ha dejado de creer en ideales colectivos y que dirige su
mirada a dos extremos. Por un lado, al radical subjetivismo interior, al
individualismo más rotundamente afirmador de su yo. Por otro, a la huida a
mundos exóticos, perdidos en la imaginación o en la Historia.
Frecuentemente, y en la misma obra, esa mirada se dirige a los dos espacios,
como sucede, por ejemplo, en la última novela de Pardo Bazán, Dulce Dueño (1911), en la que la antigua simpatizante del
naturalismo se desentiende de la realidad exterior para interesarse por lo más
íntimo del ser humano, la creencia religiosa, pero ambientando una parte de
la historia en la Antigüedad: en
los dos tiempos se buscan el amor y la belleza y se siente interés por el
lujo, el misterio y el sentimiento religioso. La metamorfosis de Pardo hacia
el decadentismo se remontaba a 1889, cuando publicó Insolación,
novela ya muy alejada del modelo realista. Su ejemplo es uno más entre otros
de sus compañeros de generación (y alguno, como Blasco Ibáñez, posterior),
en casi todos los cuales se percibe similar evolución desde la simpatía por
la técnica naturalista hacia el espiritualismo modernista:
Galdós desde Miau (1888); Clarín,
en Su único hijo (1890); Palacio Valdés desde El
origen del pensamiento (1893); Blasco Ibáñez desde Entre naranjos (1900).
Un
fragmento del capítulo XVIII de uno de los hitos del decadentismo
finisecular, la novela Allá lejos
(1891), de Huysmans, testimonia la nueva sensibilidad mística:
--¡Qué
época tan extraña! Precisamente en el momento en que el positivismo está en
todo su apogeo, se despierta el misticismo y comienzan las locuras del
ocultismo.
--Pues
siempre ha ocurrido así; los finales de siglo se asemejan. Todos vacilan y se
turban. Cuando el materialismo se sobreexcita, se alza la magia. Este fenómeno
reaparece cada cien años.
El
modernismo es por esencia antimaterialista. Al hablar de él suele olvidarse
que con este mismo nombre se conoció una tendencia religiosa reformista que
apostó por una renovación profunda de la Iglesia Católica, intentando
armonizar el dogma religioso con las nuevas aportaciones científicas. En España
la polémica generada por el modernismo religioso no tuvo la importancia que
alcanzó en otros lugares, sobre todo a partir de la promulgación por el Papa
San Pío X de una encíclica, la Pascendi Dominici Gregis (1907),
en la que se condenaba el modernismo como peligrosa desviación de las
directrices ortodoxas marcadas por la Iglesia.
Y
es que en tiempos de crisis y duda como lo es cualquier fin de siglo, la
religión es situada en la primera línea de fuego, como baluarte defensivo
para unos, como bastión que abatir para otros. Nuestros escritores
finiseculares la utilizaron como munición literaria en su batalla a favor del
nuevo tiempo. Si la cuestión religiosa había sido tratada en muchas novelas
realistas como tema social, la nueva literatura optó por la interiorización
(piénsese en Unamuno) o la transformación en elemento literario, como en el
poema de Rubén Darío "Ite, missa est" (Prosas
profanas) o en varios de Antonio Machado, en los que el autor recurre a imágenes
religiosas.
Los
espacios modernistas
Los
movimientos literarios franceses (parnasianismo y simbolismo, pero también
romanticismo) estuvieron en el origen de un modernismo hispanoamericano
fuertemente influido por la novedad que representaban y, quizá por eso, no
excesivamente interesado por su propia tierra, aunque, naturalmente, no la
dejara por completo de lado. París fue durante todo el siglo XIX el centro de
la actividad cultural europea, el escaparate artístico al que deseaba
asomarse cualquier creador español. Allí estaban, por ejemplo, los orígenes
de nuestro teatro romántico (Don Álvaro
o la fuerza del sino, del Duque de Rivas) y de nuestra novela más o menos
naturalista. En la encrucijada finisecular, la Ciudad de la Luz sigue
ambientando los sueños del creador moderno:
la peregrinación a París resultaba obligada para cualquier escritor que
quisiera presumir de modernidad. Las frecuentes evocaciones que los
modernistas realizan de Versalles son la conexión entre el interés por épocas
pasadas y el deslumbramiento parisino.
Los
modernistas se sienten atraídos por espacios lejanos, más imaginados que
vividos: China, Japón. El que define mejor el decadentismo de la literatura
modernista es la civilización grecolatina en la que se encuentran nuestros orígenes
culturales y en la que muchos escritores finiseculares localizan sus visiones
de creadores. Baste recordar la publicación, en 1895, de Quo
vadis?, la novela más leída del polaco Henryk Sienkiewicz. En éste y
otros libros similares encontrarían inspiración muchas páginas modernistas
que poetizaron la decadencia de un tiempo histórico empeñado en agotar sus
últimos cartuchos en lujos, fiestas y sensualidades varias, como las de la época
bizantina, última trinchera de la civilización romana y, quizá por ello,
preferida de muchas páginas modernistas.
La
posmodernidad ante el modernismo
Espoleado
por las críticas que su libro mereció a Juan Ramón Jiménez, Díaz-Plaja
escribió, en el prólogo a la segunda edición del mismo (1966):
Lo
que entre los años 1895 y 1915 funcionó en Europa y América es susceptible
de precisarse y el deber del crítico es llegar a estas precisiones en la
medida de lo posible, es decir, admitiendo la complejidad de los fenómenos,
la evidencia incluso, de ciertos contagios entre producciones sincrónicas,
pero al mismo tiempo estableciendo la presencia de actitudes predominantes que
configuran de modo preciso claras situaciones estéticas. […] Destruir un
concepto perfectamente precisado por la historiografía anterior, alegando que
se trata de "esquemas profesorales", no tiene sentido cuando la misión
de la crítica es, justamente, la de establecer las agrupaciones derivadas de
ciertas coherencias estéticas.
|