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Literatura Española



 
 

El modernismo literario español, hoy. 2/3

Artículo publicado en la Revista Liceus N°2  Meses Mayo-Junio 2002- ISSN- 1578-4709

Óscar Barrero Pérez

Universidad Autónoma de Madrid

 

Modernismo y romanticismo bohemio

En 1902 se tradujo en España, se leyó y se comentó ampliamente Degeneración, un libro publicado en Alemania diez años antes por Max Nordau. Su contenido dejaba traslucir el temor al futuro de una civilización occidental sumida en la decadencia y el recreo en la morbosidad. De ello eran responsables, según se exponía en la obra en cuestión, aquellos escritores modernos víctimas de una cierta degeneración mental. De hecho, las censuras al modernismo frecuentemente lo asociaban a los conceptos de degeneración y decadencia. Decadentes, por ejemplo, se llamó a algunos poetas baudelerianos de los años ochenta en Francia. Para ellos, Los paraísos artificiales (1860), de Baudelaire, fue una obra de referencia, como debió de serlo para Verlaine, Rimbaud y Mallarmé. Es el malditismo de fin de siglo, con sus conductas asociales derivadas: alcoholismo, drogadicción, homosexualidad. Una novela del escritor francés Joris-Karl Huysmans, Al revés (1885), pasa por ser el libro de creación literaria que mejor representó ese espíritu decadentista.

Y es que el fin de siglo es un tiempo de profundo cambio. Si el creador realista y naturalista creía en el progreso material, el modernista ha perdido la fe en esos valores. Si en el tiempo positivista los nombres más reconocidos eran los de Darwin, Taine y Comte, en la encrucijada del nuevo siglo es el turno de Kierkegaard, Nietzsche y Schopenhauer: al racionalismo ha sucedido el irracionalismo subjetivista. Zola, el adalid del naturalismo narrativo, era para nuestros escritores de finales del siglo XIX recuerdo de otro tiempo, porque en este nuevo la literatura europea exploraba vías por las que transitaban o habían transitado Tolstoi, Ibsen, Leconte de Lisle, Maeterlinck, Poe, D'Annunzio o Whitman, representantes, junto con los escritores citados en el párrafo anterior, de la modernidad con la que los jóvenes escritores repudiaban la lírica realista de Núñez de Arce y Campoamor y el teatro melodramático de Echegaray. Si estos últimos autores representan la conformidad con el sistema y la aceptación del orden, los nuevos creadores se sitúan, al menos en principio, en oposición a él. Es la resurrección de la bohemia que ya había sido avanzada por el romanticismo. De su marginalidad negadora del orden social el artista romántico había hecho profesión de fe existencial, aunque se tratara de una marginalidad casi siempre ficticia, como en el caso de un Espronceda de ideas revolucionarias pero cómodamente mantenido en Londres por el dinero enviado por sus padres. Las vidas de no pocos modernistas se situaron en ese límite propio de la bohemia: abundan los amores fatales y no escasean los suicidios o muertes violentas de escritores: José Asunción Silva, Leopoldo Lugones, Alfonsina Storni, Delmira Agustini.

Una de las frases más repetidas por la crítica es esta de Octavio Paz en Los hijos del limo: "El modernismo fue nuestro verdadero romanticismo". Sin duda, el modernismo tiene mucho de romántico y bastaría para certificarlo la pregunta de Rubén Darío en su "Canción de los pinos" (1906): "¿Quién que es, no es romántico?". Romanticismo y modernismo coinciden en su apuesta por la pasión, en detrimento de la razón; en su rechazo del acomodaticio orden burgués, de la mediocridad, de la vulgaridad y de la mezquindad; en su búsqueda de ficticios ambientes en los que evadirse. Al igual que en el romanticismo, en el modernismo se le concede a la mujer un papel relevante como símbolo de aspiraciones idealistas. Se impone así un nuevo modelo de mujer, distinto del de las novelas realistas y que también habrá de ser diferente del deportivo y masculinizado que encarnará años después la fémina de la vanguardia. La mujer tan bella como perversa, tan voluptuosa como cruel, tan sugestiva como astuta se adueña de la iconografía decadentista retratada por el pintor francés Gustave Moreau. En la provocadora figura de Salomé se fusionan erotismo y religión: la Salomé literaria de Oscar Wilde fue únicamente la primera de una nutrida lista que podría cerrar la musical de Richard Strauss.

La conexión entre el mundo romántico y el modernista no puede sorprender, ni en este punto ni en ningún otro, porque cada ismo, como cada generación, tiene la costumbre de saltar por encima del padre al que repudian, pero, impulsado por la necesidad de un asidero que lo salve del vacío de la nada, respeta habitualmente la figura del abuelo. El modernismo, fiel a la costumbre, salta por encima del padre realista para abrazar al abuelo romántico, al que tanto debe. Como casi todo movimiento estético, el modernismo niega lo anterior. En lo literario, el realismo; en lo político, el canovismo de la Restauración; en lo religioso, los corsés institucionales; en lo filosófico, el positivismo. Se trata de la lógica reacción de quienes desean disfrutar de las prerrogativas hasta entonces al alcance sólo de sus progenitores. En definitiva, la sempiterna lucha por el espacio vital. Pero no todas las críticas de los jóvenes tenían fundamento: gracias a la novela realista España había recuperado un pulso literario perdido desde mediados del siglo XVII; gracias al turno de partidos acordado por un brillante político conservador, Cánovas del Castillo, y un sensato político liberal, Sagasta, España vivía por fin en paz y daba los primeros pasos hacia la modernidad; la misma Iglesia Católica comenzaba a ser consciente de la necesidad de dar respuesta al problema social, como había hecho en la trascendental encíclica de León XIII Rerum Novarum (1891). Vista con la perspectiva que proporciona el tiempo, la propuesta, si así cabe llamarla, de los intelectuales críticos tenía casi todo de destructiva y prácticamente nada de constructiva. Ni siquiera el llamado Desastre del 98, al que se engancharon sus protestas, había sido tal. No, al menos, en una magnitud que justificara tan apocalíptico sustantivo, dado que casi toda América estaba perdida desde hacía décadas y lo que España se vio obligada a entregar en 1898 fue una parte insignificante de lo que mucho tiempo atrás había dejado de ser un Imperio. Además, España no fue, ni mucho menos, el único país que por aquellas fechas sufrió derrotas militares.

Pero la bohemia modernista necesitaba la confrontación con lo establecido. De ahí, de lo establecido, parten las sátiras antimodernistas, que retratan un modelo de poeta flaco, desaseado, estrafalario, pesimista, neurasténico y melenudo. Noctambulismo, alcoholismo, drogadicción, erotismo y ocultismo son componentes que se asocian a esta variante modernista poco respetuosa con el orden social, que terminó convirtiéndose, en la mayor parte de los casos, en un simple rasgo de negación inicial, sin alcanzar el grado de una actitud asumida como sincero rasgo existencial: las luengas barbas de Valle-Inclán, el desaliño de Baroja, los exabruptos revolucionarios de Maeztu terminaron no siendo otra cosa que marcas dejadas por la juventud. Muy atrás, por ejemplo, quedarían textos tan feroces como el artículo de Azorín titulado "Somos iconoclastas", aparecido en 1904 en la revista Alma Española. Concluido el rito iniciático, Azorín se convertirá en diputado conservador, Maeztu evolucionará hacia las ideas derechistas por cuya defensa fue asesinado y Baroja se refugiará en un radical escepticismo que le servía para todo. De la bohemia quedarán testimonios literarios como el Max Estrella de Luces de bohemia (1920-24), la más conocida obra teatral de Valle-Inclán, para la que se inspiró en el escritor marginal Alejandro Sawa. En fin, la bohemia terminará no siendo otra cosa que el refugio de escritores de medio pelo como los retratados en la exitosa* novela de Juan Manuel de Prada Las máscaras del héroe (1996): escritores interesantes únicamente para especialistas en el buceo en las cloacas sociales.

Modernismo y misticismo religioso

El nuevo creador modernista se siente atraído por la rareza y la exquisitez y tiende al aislamiento en un universo propio en el que el arte es el valor más digno de aprecio. Es un hombre desilusionado que ha dejado de creer en ideales colectivos y que dirige su mirada a dos extremos. Por un lado, al radical subjetivismo interior, al individualismo más rotundamente afirmador de su yo. Por otro, a la huida a mundos exóticos, perdidos en la imaginación o en la Historia. Frecuentemente, y en la misma obra, esa mirada se dirige a los dos espacios, como sucede, por ejemplo, en la última novela de Pardo Bazán, Dulce Dueño (1911), en la que la antigua simpatizante del naturalismo se desentiende de la realidad exterior para interesarse por lo más íntimo del ser humano, la creencia religiosa, pero ambientando una parte de la historia en la Antigüedad:  en los dos tiempos se buscan el amor y la belleza y se siente interés por el lujo, el misterio y el sentimiento religioso. La metamorfosis de Pardo hacia el decadentismo se remontaba a 1889, cuando publicó Insolación, novela ya muy alejada del modelo realista. Su ejemplo es uno más entre otros de sus compañeros de generación (y alguno, como Blasco Ibáñez, posterior), en casi todos los cuales se percibe similar evolución desde la simpatía por la técnica naturalista hacia el espiritualismo modernista: Galdós desde Miau (1888); Clarín, en Su único hijo (1890); Palacio Valdés desde El origen del pensamiento (1893); Blasco Ibáñez desde Entre naranjos (1900).

Un fragmento del capítulo XVIII de uno de los hitos del decadentismo finisecular, la novela Allá lejos (1891), de Huysmans, testimonia la nueva sensibilidad mística:

--¡Qué época tan extraña! Precisamente en el momento en que el positivismo está en todo su apogeo, se despierta el misticismo y comienzan las locuras del ocultismo.

--Pues siempre ha ocurrido así; los finales de siglo se asemejan. Todos vacilan y se turban. Cuando el materialismo se sobreexcita, se alza la magia. Este fenómeno reaparece cada cien años.

El modernismo es por esencia antimaterialista. Al hablar de él suele olvidarse que con este mismo nombre se conoció una tendencia religiosa reformista que apostó por una renovación profunda de la Iglesia Católica, intentando armonizar el dogma religioso con las nuevas aportaciones científicas. En España la polémica generada por el modernismo religioso no tuvo la importancia que alcanzó en otros lugares, sobre todo a partir de la promulgación por el Papa San Pío X de una encíclica, la Pascendi Dominici Gregis (1907), en la que se condenaba el modernismo como peligrosa desviación de las directrices ortodoxas marcadas por la Iglesia.

Y es que en tiempos de crisis y duda como lo es cualquier fin de siglo, la religión es situada en la primera línea de fuego, como baluarte defensivo para unos, como bastión que abatir para otros. Nuestros escritores finiseculares la utilizaron como munición literaria en su batalla a favor del nuevo tiempo. Si la cuestión religiosa había sido tratada en muchas novelas realistas como tema social, la nueva literatura optó por la interiorización (piénsese en Unamuno) o la transformación en elemento literario, como en el poema de Rubén Darío "Ite, missa est" (Prosas profanas) o en varios de Antonio Machado, en los que el autor recurre a imágenes religiosas.

Los espacios modernistas

Los movimientos literarios franceses (parnasianismo y simbolismo, pero también romanticismo) estuvieron en el origen de un modernismo hispanoamericano fuertemente influido por la novedad que representaban y, quizá por eso, no excesivamente interesado por su propia tierra, aunque, naturalmente, no la dejara por completo de lado. París fue durante todo el siglo XIX el centro de la actividad cultural europea, el escaparate artístico al que deseaba asomarse cualquier creador español. Allí estaban, por ejemplo, los orígenes de nuestro teatro romántico (Don Álvaro o la fuerza del sino, del Duque de Rivas) y de nuestra novela más o menos naturalista. En la encrucijada finisecular, la Ciudad de la Luz sigue ambientando los sueños del creador moderno: la peregrinación a París resultaba obligada para cualquier escritor que quisiera presumir de modernidad. Las frecuentes evocaciones que los modernistas realizan de Versalles son la conexión entre el interés por épocas pasadas y el deslumbramiento parisino.

Los modernistas se sienten atraídos por espacios lejanos, más imaginados que vividos: China, Japón. El que define mejor el decadentismo de la literatura modernista es la civilización grecolatina en la que se encuentran nuestros orígenes culturales y en la que muchos escritores finiseculares localizan sus visiones de creadores. Baste recordar la publicación, en 1895, de Quo vadis?, la novela más leída del polaco Henryk Sienkiewicz. En éste y otros libros similares encontrarían inspiración muchas páginas modernistas que poetizaron la decadencia de un tiempo histórico empeñado en agotar sus últimos cartuchos en lujos, fiestas y sensualidades varias, como las de la época bizantina, última trinchera de la civilización romana y, quizá por ello, preferida de muchas páginas modernistas.

La posmodernidad ante el modernismo

Espoleado por las críticas que su libro mereció a Juan Ramón Jiménez, Díaz-Plaja escribió, en el prólogo a la segunda edición del mismo (1966):

Lo que entre los años 1895 y 1915 funcionó en Europa y América es susceptible de precisarse y el deber del crítico es llegar a estas precisiones en la medida de lo posible, es decir, admitiendo la complejidad de los fenómenos, la evidencia incluso, de ciertos contagios entre producciones sincrónicas, pero al mismo tiempo estableciendo la presencia de actitudes predominantes que configuran de modo preciso claras situaciones estéticas. […] Destruir un concepto perfectamente precisado por la historiografía anterior, alegando que se trata de "esquemas profesorales", no tiene sentido cuando la misión de la crítica es, justamente, la de establecer las agrupaciones derivadas de ciertas coherencias estéticas.