| El
nombre de Lorenzo Oliván no resultará desconocido al gran
público: colaborador del suplemento literario del periódico
ABC,
traductor de John Keats y de Emily Dickinson, codirector de la revista
Ultramar... Tampoco al lector habitual de poesía, pues desde
hace una decena larga de años viene publicando poemarios con cierta
regularidad en lugares de no poco prestigio (La eterna novedad del mundo,
Granada: La Veleta, 1993; Único norte, Valencia: Pre-Textos,
1995; Visiones y revisiones, Sevilla: Qüásyeditorial,
1995; El mundo hecho pedazos, Valencia: Pre-Textos, 1999).
Y, ciertamente, su nombre sonará familiar a los lectores de algunas
de las últimas antologías poéticas, pues ha sido incluido
en el Parnaso por críticos tan distintos y distantes como José
Luis García Martín (La Generación del 99) o
Basilio Rodríguez Cañada (Milenio. Ultimísima poesía
española).
Oliván ha recibido ahora por Puntos
de fuga el XIII Premio Internacional de Poesía de la Fundación
Loewe, un breve poemario dividido en cuatro partes, la última de
las cuales sirve para titular todo el volumen. Se trata por lo general
de composiciones breves, muy breves en ocasiones, tanto que se acercan
al aforismo, género ya cultivado por el autor en otros momentos.
Un buen ejemplo de ello es Imagen de tus manos: “Hay manos que acarician/
y casi casi ven./ Ven y acaríciame y haz que yo sea/ la imagen que
de mí tienen tus manos” (p. 36). Junto a esas formas breves hay
otras más dilatadas, y más clásicas, como el soneto
Centro,
que no parece un soneto, o la mezcla de heptasílabos y endecasílabos
de otros poemas. Por eso se ha dicho del poeta que es un conocedor de la
técnica del verso, lo que acredita con Puntos de fuga.
El poema citado da bien el tono de los
versos de Oliván, dominados por la búsqueda de la imagen
aunada con la reflexión. En sus propias palabras, le gustan los
poemas que revelan la vida, y no los que la presentan desde un realismo
plano, con óptica fotográfica. En la poética escrita
para el volumen colectivo La generación del 99, aseguraba
que le gustaría tratar los temas como si lo hiciese con un ojo que
piensa. Es lo que ofrece en Puntos de fuga: cualquier detalle insignificante
para otra persona se convierte ahora en motivo de reflexión. Una
reflexión que con cierta frecuencia cae en la desolación.
Ahora ya no se trata de la eterna novedad del mundo, sino que, como reza
otro de sus títulos, ese mundo se ha hecho pedazos. De la contemplación
reflexiva de esos trozos sale la poesía, como sucede en La huella:
Manchado en tinta, el índice
escribió en un impreso reducido
la detallada historia de quién
eres.
Tu historia es, a esa luz, muy semejante
a la de las montañas vueltas mapas,
a la del hondo tronco con anillos,
a la del mineral que aguarda, oculto,
y la cifró en tu piel un tiempo
ignoto
muy superior al tiempo en el que vives.
Ahí la tienes, borrosa y transparente,
sencilla y, a la vez, indescifrable.
Un dios burlón en ti lee entre líneas.
Una imagen puntual propicia, pues,
el pensamiento, la reflexión sobre un aspecto de la realidad: unas
manos, un barco encerrado en una botella, un pez, unos espejos...
El poemario, en fin, tiene un carácter
algo heterogéneo. A la división en partes hay que sumar las
distintas formas poéticas empleadas, que le dan un cierto aire de
cuaderno de ejercicios: van desde el verso libre hasta el alejandrino,
pasando por el heptasílabo, en ocasiones combinado sabiamente
con el endecasílabo. Es en este último precisamente donde
se podrían presentar algunas objeciones, pues cae con frecuencia
en el verso agudo (pp. 61, 67, 69, etc.), alterando así la cadencia
natural de este metro desde el siglo XVI, que rechaza la terminación
oxítona como algo rancio. Ese aire primerizo se descubre también
en ciertas influencias que quizá resultan demasiado claras: La
subida a la torre, p. 20, recuerda mucho a Antonio Colinas; Plaza
medieval, p. 37, tiene un sabor bien parecido al Plaza mayor
de Jorge Guillén; y Variaciones, p. 38 y ss., lleva inmediatamente
a Pablo Neruda (“Me gustas cuando duermes...”). Todo lo cual no obsta la
recomendación de la lectura de este libro, superior casi siempre
a la media poética nacional de nuestros jóvenes poetas, lo
que le ha hecho sin duda acreedor, merecido, del premio otorgado.

|