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Literatura Española



 
 
Etelvina BALAGUER: La realidad de las pequeñas cosas.

       Lorenzo OLIVÁN, Puntos de fuga (XIII Premio Internacional de Poesía, Fundación Loewe), Madrid: Visor Libros (Colección Visor de Poesía, 453), 2001, 89 pp., 800 pts.

 

El nombre de Lorenzo Oliván no resultará desconocido al gran público: colaborador del suplemento literario del periódico ABC, traductor de John Keats y de Emily Dickinson, codirector de la revista Ultramar... Tampoco al lector habitual de poesía, pues desde hace una decena larga de años viene publicando poemarios con cierta regularidad en lugares de no poco prestigio (La eterna novedad del mundo, Granada: La Veleta, 1993; Único norte, Valencia: Pre-Textos, 1995; Visiones y revisiones, Sevilla: Qüásyeditorial, 1995;  El mundo hecho pedazos, Valencia: Pre-Textos, 1999). Y, ciertamente, su nombre sonará familiar a los lectores de algunas de las últimas antologías poéticas, pues ha sido incluido en el Parnaso por críticos tan distintos y distantes como José Luis García Martín (La Generación del 99) o Basilio Rodríguez Cañada (Milenio. Ultimísima poesía española).

Oliván ha recibido ahora por Puntos de fuga el XIII Premio Internacional de Poesía de la Fundación Loewe, un breve poemario dividido en cuatro partes, la última de las cuales sirve para titular todo el volumen. Se trata por lo general de composiciones breves, muy breves en ocasiones, tanto que se acercan al aforismo, género ya cultivado por el autor en otros momentos. Un buen ejemplo de ello es Imagen de tus manos: “Hay manos que acarician/ y casi casi ven./ Ven y acaríciame y haz que yo sea/ la imagen que de mí tienen tus manos” (p. 36). Junto a esas formas breves hay otras más dilatadas, y más clásicas, como el soneto Centro, que no parece un soneto, o la mezcla de heptasílabos y endecasílabos de otros poemas. Por eso se ha dicho del poeta que es un conocedor de la técnica del verso, lo que acredita con Puntos de fuga.

El poema citado da bien el tono de los versos de Oliván, dominados por la búsqueda de la imagen aunada con la reflexión. En sus propias palabras, le gustan los poemas que revelan la vida, y no los que la presentan desde un realismo plano, con óptica fotográfica. En la poética escrita para el volumen colectivo La generación del 99, aseguraba que le gustaría tratar los temas como si lo hiciese con un ojo que piensa. Es lo que ofrece en Puntos de fuga: cualquier detalle insignificante para otra persona se convierte ahora en motivo de reflexión. Una reflexión que con cierta frecuencia cae en la desolación. Ahora ya no se trata de la eterna novedad del mundo, sino que, como reza otro de sus títulos, ese mundo se ha hecho pedazos. De la contemplación reflexiva de esos trozos sale la poesía, como sucede en La huella:

Manchado en tinta, el índice
escribió en un impreso reducido
la detallada historia de quién eres.

Tu historia es, a esa luz, muy semejante
a la de las montañas vueltas mapas,
a la del hondo tronco con anillos,
a la del mineral que aguarda, oculto,
y la cifró en tu piel un tiempo ignoto
muy superior al tiempo en el que vives.

Ahí la tienes, borrosa y transparente,
sencilla y, a la vez, indescifrable.

Un dios burlón en ti lee entre líneas.


Una imagen puntual propicia, pues, el pensamiento, la reflexión sobre un aspecto de la realidad: unas manos, un barco encerrado en una botella, un pez, unos espejos...

El poemario, en fin, tiene un carácter algo heterogéneo. A la división en partes hay que sumar las distintas formas poéticas empleadas, que le dan un cierto aire de cuaderno de ejercicios: van desde el verso libre hasta el alejandrino, pasando por el  heptasílabo, en ocasiones combinado sabiamente con el endecasílabo. Es en este último precisamente donde se podrían presentar algunas objeciones, pues cae con frecuencia en el verso agudo (pp. 61, 67, 69, etc.), alterando así la cadencia natural de este metro desde el siglo XVI, que rechaza la terminación oxítona como algo rancio. Ese aire primerizo se descubre también en ciertas influencias que quizá resultan demasiado claras: La subida a la torre, p. 20, recuerda mucho a Antonio Colinas; Plaza medieval, p. 37, tiene un sabor bien parecido al Plaza mayor de Jorge Guillén; y Variaciones, p. 38 y ss., lleva inmediatamente a Pablo Neruda (“Me gustas cuando duermes...”). Todo lo cual no obsta la recomendación de la lectura de este libro, superior casi siempre a la media poética nacional de nuestros jóvenes poetas, lo que le ha hecho sin duda acreedor, merecido, del premio otorgado.