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deja de ser irónico que el coordinador de Literatura española
de Liceus.com haya encargado una recensión de un libro como el de
Raffaele Simone, que versa precisamente sobre la muerte de la lectura y
del conocimiento tal y como lo hemos conocido durante siglos en Occidente.
Así formulado, lo dicho resulta
un tanto categórico. En realidad, el libro de Simone promete desde
su título hablar de la Tercera Fase, aunque en el subtítulo
acota el verdadero alcance de su trabajo: “Formas de saber que estamos
perdiendo”. Digo que acota, porque la parte del león de este estudio
abunda en las dos primeras fases, mientras que sólo muy tangencialmente
se analiza esa Tercera Fase. Pero ¿cuáles son esas fases?
Es bien sencillo.
La Primera Fase coincidió
con la invención de la escritura, que permitió fijar un texto
por escrito, liberando así a la memoria de esa función que
había ejercido durante siglos. La Segunda comenzó
veinte siglos después, con la invención del aparato de Gutenberg,
que permitió al público amplio acercarse a un texto en forma
de libro, cuando hasta entonces sólo había podido en la mayor
parte de los casos “escuchar” lo que decían los libros. En los últimos
veinte años del siglo XX hemos entrado en una Tercera Fase,
dominada por los nuevos medios de comunicación (desde el teléfono
móvil hasta el ordenador, con la sombra omnipresente
de Internet y de la televisión
y el cine).
Lo peculiar de esta Tercera Fase
(sobre la que resulta difícil teorizar por el escaso lapso temporal
transcurrido desde su aparición) es la variación que introduce
con respecto a las dos anteriores. Y es que, si las etapas anteriores habían
basado todo su poder en el poder de la lectura, de la inteligencia de tipo
secuencial, la Tercera Fase aparece dominada por la omnipresencia de la
imagen, que introduce una nueva lógica del conocimiento, basada
en la simultaneidad: no podemos leer una novela si no es de forma lineal,
mientras que un cuadro, una imagen, sólo podemos apreciarlos en
su totalidad.
Un análisis somero de los nuevos
medios citados permite calibrar lo enunciado con suma facilidad. La conversación
(la charla de café, para entendernos) denostada por la cultura tradicional,
ha pasado a ser uno de los nuevos pilares en la sociedad de la Tercera
Fase. Piénsese, por ejemplo, en las interminables conversaciones
mantenidas por nuestros jóvenes a través del móvil,
verdadero emblema de la juventud actual, a tenor de las estadísticas:
la mayor parte de los poseedores andan entre los 15 y los 29 años.
Piénsese, por citar otro caso, en los chats de Internet, tan difundidos
y tan cultivados por ese mismo sector de público. O las páginas
web de Internet, o las series televisivas destinadas a los mismos que hablan
por los móviles.
Por eso, a finales del siglo XX, la vieja
polémica medieval entre la vista y el oído cobra fuerza de
nuevo (a favor, claro, de la primera). Y es que hay una evidente pérdida
de habilidades lingüísticas en los miembros más
activos de esa Tercera Fase: su pobreza de vocabulario es algo observado
hace ya tiempo, pero también les cuesta leer, prefieren las imágenes
del cine, de la televisión, o de Internet; han derivado en un sociolecto
de abreviaturas válido sólo para la comunicación con
mensajes cortos a través del móvil... En definitiva, que
como quiere Simone, estamos perdiendo esas formas de saber que podríamos
llamar tradicionales. Pero no sólo el lingüista italiano. Hace
un mes escaso, Juan Goytisolo publicaba en el diario El País
(3 de marzo del 2001, p. 13) un artículo titulado “El declive de
la cultura verbal” donde manejaba argumentos bien parecidos.
Es verdad que la postura de Simone es un
tanto más aséptica que la de Goytisolo. Mientras que el español,
creador, se duele de la muerte de la literatura, Simone levanta acta como
lingüista, describe una situación y rehúsa valorarla.
Quizá esa sea la mayor falla del libro reseñado: se detiene
demasiado en las dos primeras fases, que conocemos de sobra, y analiza
la tercera de forma un tanto superficial, limitándose casi a señalar
los datos objetivos, sin entrar a hacer una valoración en profundidad
de esta nueva manera de conocimiento y los cambios que sin duda acarreará
en los sistemas de enseñanzas del milenio que comienza. En cualquier
caso, la lectura del libro resulta estimulante para cualquier lector
preocupado por la muerte de la escritura y de la lectura, y por los hábitos
de nuestros jóvenes, pues los españoles no difieren en absoluto
de sus primos italianos.

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