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Literatura Española



 
 
 Víctor Alonso de Paredes: ¿Por qué a los jóvenes no les gusta leer?

        Raffaele SIMONE: La Tercera Fase. Formas de saber que estamos perdiendo, Madrid: Taurus (Pensamiento), 2001, 165 pp., 1950 pts.

 

No deja de ser irónico que el coordinador de Literatura española de Liceus.com haya encargado una recensión de un libro como el de Raffaele Simone, que versa precisamente sobre la muerte de la lectura y del conocimiento tal y como lo hemos conocido durante siglos en Occidente.

Así formulado, lo dicho resulta un tanto categórico. En realidad, el libro de Simone promete desde su título hablar de la Tercera Fase, aunque en el subtítulo acota el verdadero alcance de su trabajo: “Formas de saber que estamos perdiendo”. Digo que acota, porque la parte del león de este estudio abunda en las dos primeras fases, mientras que sólo muy tangencialmente se analiza esa Tercera Fase. Pero ¿cuáles son esas fases? Es bien sencillo.

La Primera Fase coincidió con la invención de la escritura, que permitió fijar un texto por escrito, liberando así a la memoria de esa función que había ejercido durante siglos. La Segunda comenzó veinte siglos después, con la invención del aparato de Gutenberg, que permitió al público amplio acercarse a un texto en forma de libro, cuando hasta entonces sólo había podido en la mayor parte de los casos “escuchar” lo que decían los libros. En los últimos veinte años del siglo XX hemos entrado en una Tercera Fase, dominada por los nuevos medios de comunicación (desde el teléfono móvil hasta el ordenador, con la sombra omnipresente
de Internet y de la televisión y el cine).

Lo peculiar de esta Tercera  Fase (sobre la que resulta difícil teorizar por el escaso lapso temporal transcurrido desde su aparición) es la variación que introduce con respecto a las dos anteriores. Y es que, si las etapas anteriores habían basado todo su poder en el poder de la lectura, de la inteligencia de tipo secuencial, la Tercera Fase aparece dominada por la omnipresencia de la imagen, que introduce una nueva lógica del conocimiento, basada en la simultaneidad: no podemos leer una novela si no es de forma lineal, mientras que un cuadro, una imagen, sólo podemos apreciarlos en su totalidad.

Un análisis somero de los nuevos medios citados permite calibrar lo enunciado con suma facilidad. La conversación (la charla de café, para entendernos) denostada por la cultura tradicional, ha pasado a ser uno de los nuevos pilares en la sociedad de la Tercera Fase. Piénsese, por ejemplo, en las interminables conversaciones mantenidas por nuestros jóvenes a través del móvil, verdadero emblema de la juventud actual, a tenor de las estadísticas: la mayor parte de los poseedores andan entre los 15 y los 29 años. Piénsese, por citar otro caso, en los chats de Internet, tan difundidos y tan cultivados por ese mismo sector de público. O las páginas web de Internet, o las series televisivas destinadas a los mismos que hablan por los móviles.

Por eso, a finales del siglo XX, la vieja polémica medieval entre la vista y el oído cobra fuerza de nuevo (a favor, claro, de la primera). Y es que hay una evidente pérdida de habilidades lingüísticas en los miembros más activos de esa Tercera Fase: su pobreza de vocabulario es algo observado hace ya tiempo, pero también les cuesta leer, prefieren las imágenes del cine, de la televisión, o de Internet; han derivado en un sociolecto de abreviaturas válido sólo para la comunicación con mensajes cortos a través del móvil... En definitiva, que como quiere Simone, estamos perdiendo esas formas de saber que podríamos llamar tradicionales. Pero no sólo el lingüista italiano. Hace un mes escaso, Juan Goytisolo publicaba en el diario El País (3 de marzo del 2001, p. 13) un artículo titulado “El declive de la cultura verbal” donde manejaba argumentos bien parecidos.

Es verdad que la postura de Simone es un tanto más aséptica que la de Goytisolo. Mientras que el español, creador, se duele de la muerte de la literatura, Simone levanta acta como lingüista, describe una situación y rehúsa valorarla. Quizá esa sea la mayor falla del libro reseñado: se detiene demasiado en las dos primeras fases, que conocemos de sobra, y analiza la tercera de forma un tanto superficial, limitándose casi a señalar los datos objetivos, sin entrar a hacer una valoración en profundidad de esta nueva manera de conocimiento y los cambios que sin duda acarreará en los sistemas de enseñanzas del milenio que comienza. En cualquier caso, la lectura del libro resulta estimulante para cualquier lector preocupado por la muerte de la escritura y de la lectura, y por los hábitos de nuestros jóvenes, pues los españoles no difieren en absoluto de sus primos italianos.