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Literatura Española



 
 

Trazos comparatistas sobre Verdaguer, el gran autor de la Renaixença catalana.

Artículo publicado en la Revista Liceus N°2  Meses Mayo-Junio 2002- ISSN- 1578-4709

Julia Butiñá

Profesora de Filología Catalana (Universidad Nacional de Educación a Distancia). Correspondiente en Madrid de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona.

 

El panorama literario, en la juventud de Verdaguer –nacido en 1845-, lo dominaban los Juegos Florales, bajo cuyo lema “Patria, Fe y Amor”, se consumían cantidades homogéneas de producción versificada, anacrónica desde su comienzo solemne, en 1859. Esta reverberación literaria, más multitudinaria que exquisita, tenía lugar tras tres siglos de escaso cultivo literario, que significaron un corte con la espléndida etapa humanista, que entonces prácticamente se ignoraba[1]. Se trata, pues, de un resurgir que se fundamentaba directamente en el modelo trovadoresco y se conectaba estrechamente con el resurgimiento occitano.[2]

 El conjunto predominante de la producción literaria de Verdaguer, escritor de formación clasicista y rico bagaje cultural, hay que situarlo en la línea del populismo romántico, con la cual llegó a sintonizar plenamente. La obra, pues, de mossèn Cinto       -como es conocido todavía hoy en Cataluña- responde a un clamor, propio de su tiempo y del cual se hizo intérprete.[3]

Ahora bien, al margen de que la creación de Verdaguer pudiera englobarse en gran parte bajo aquella consigna floralesca, su obra, gracias al sello de su marcada personalidad y como fruto de unas vivencias muy auténticas, manifestadas con evidente superioridad de expresión, ha alcanzado la categoría indiscutible de clásico en la literatura catalana. Su aportación, en cuanto a las letras que le preceden y las inmediatas, supone un salto sólo comparable al que diera Ausiàs March respecto a la abundante poesía de ascendencia trovadoresca, ya trasnochada tras varios siglos de cultivo; en coyuntura dispar y con muy distinta temática, March también supo desentrañar su intimidad y elevarse dentro de tan homogéneo conjunto poético, bajo coordenadas que no desentonaban de las generales de su tiempo, el culto entorno valenciano del siglo XV salpicado de toques humanistas.

Aquí, recordando a Verdaguer, pretendemos simplemente, con una tónica –no con una estricta metodología- comparatista, explicar un poco el título que hemos dado   -que a él se deben los principales textos del movimiento literario que supuso el renacer catalán decimonónico-, a fin de contribuir al conocimiento de su obra con ocasión del centenario de su muerte. Más aún interesa recordar su figura cuando su repercusión no se limitó estrictamente al ámbito literario, pues se convirtió en verdadero vate de una cultura que se estaba afirmando, desde la vertiente lingüística a la religiosa y política, en un abanico tan vasto como complejo.

Si intentamos relacionar a Verdaguer desde la perspectiva de las literaturas hispánicas de su época, no sería útil acudir a la española[4]; mientras que podría ser fructífero hacerlo con la gallega, donde caminaron asimismo de lado Juegos Florales y Rexurdimento[5]; el contraste mental -ya transitado- con Rosalía de Castro, a grandes rasgos, es válido en cuanto ambos autores, bajo el característico sello romántico, identifican sentimientos y paisaje. La Naturaleza, filtrada por el yo o por el recuerdo, es un elemento de peso en su obra; al igual, en los dos casos, en las fechas de su apogeo, se entrecruzan ya otros aires contrarios a los que tan genuinamente representaban, los de origen floralesco[6]. Ambos autores también dieron una solución a la lengua, dignificando la viva al hacerla literaria, con lo cual deshacían el dilema entre la opción arcaizante o culta y la coloquial o vulgar[7].

 La lengua, entonces, aparte de constituir un problema de expresión tras el letargo de cultivo culto, por encima de todo era un símbolo patrio, por lo que de hecho devino una cruzada su restauración[8]. Así pues, a través de la dignificación de la lengua había ido haciendo mella en Cataluña la idea de regenerarse el pueblo[9]; idea que, aplicada a las costumbres y a la religión, se convirtió en un reclamo del catalanismo tradicional.

Tras este apunte ambiental, nos centraremos en el hecho literario verdagueriano. Principalmente hay que valorar su obra poética, por la que es conocido como el poeta por antonomasia de la Renaixença. Su producción abarca el dominio de extremo a extremo, del lirismo más puro al épico de mayor grandiosidad.

De las piezas líricas vamos a recordar aquí una que ofrece un punto comparatista con la literatura gallega a causa de la métrica (estructura paralelística y parecido de la tornada[10]), El Noi de la Mare, conocida como el Tam-pa-tan-tam:

 

“Mentres María breçava y vestía

son ros y tendre Fillet que no dorm,

per que no plore, ni en terra s’anyore,

dolça li canta dolceta cançó.

No plores, nó, manyaguet de la Mare,

no plores, nó, que jo canto d’amor.

 

Cada gronxada’t daré una abraçada,

cada abraçada un beset amorós;

mes roses trenes seràn tes cadenes,

niu y arcobeta les ales del cor.

 

¡Que n’es de bella ta galta en poncella!

¡Que’n són de dolços tos llavis en flor!

són una rosa que’ls meus han desclosa

sols per xuclarne la mel de l’amor.

 

Fèuli, aurenetes, cançons d’amoretes;

fésli musica, gentil rossinyol;

si t’es poch fina ma falda de nina,

bàxen los Angels del Cel un breçol.

 

Síen ses ales glasser de tes gales,

síen sos braços coxins de ton còs;

jo per tos polsos ne tinch de més dolços;

per embolcarte, les teles del cor.

 

Síen ta faxa, si’l Cel no te’n baxa,

quatre palletes de sèch poliol,

quatre palletes tojust floridetes

que’t serviríen de faxa y llençol.

 

Guarníumel, Angels, breçàumel, Arcàngels,

d’ayre bon ayre, tot fentli l’amor;

mística bresca lo Cel li servesca

si en llet de Verge no troba dolçor.

 

Dels Reys l’estrella claríssima y bella

n’es baxadeta a postrarse en ton front;

quan ells te miren gelosos, se’m giren:

‘¡Quina faldada de perles y flors!’

 

Totes s’esfloren les flors que t’anyoren,

fèyales nàxer ton riure tan dolç;

tornen reviure si’ls tornes a riure,

mes ¡ay! sols beuen rosada de plors.

 

Quan se n’adonen los Angels, entonen

càntichs de festa que’s tornen de dol:

‘Ab Tu abans d’hora clareja l’aurora,

ab Tu abans d’hora s’ha de pondre’l sol’.

 

Mentres María’l breçava y vestía,

veu ses manetes creuades al cor;

prou l’endevina d’amor la joguina,

que Fill y Mare barregen ses plors.

No plores, nó, manyaguet de la Mare,

Qu’en la creu dura morirèm tots dos.”[11]

 

El seguir motivos populares no era algo exclusivo de él; incluso hubo alguna composición inspirada en la misma nadala[12]. Sin embargo, por lo general las otras imitaciones no tuvieron mayor trascendencia, mientras que su versión llegó a adquirir tal popularidad que desplazó incluso a la añeja y tradicional.

Daremos a continuación unas breves notas acerca de sus dos grandes composiciones poéticas, L’Atlàntida y Canigó. En la primera, el autor, guiado por una firme intuición poética, a pesar de la amplia y dispar inspiración, que abarca del mito griego al descubrimiento de América, consigue una unidad de sentido. Carles Miralles explica esta coherencia entendiendo la obra como un poema cosmogónico –sobre la acción divina- y como un poema etiológico, acerca del orden de la Península Ibérica; en este sentido, además, hay que orientar su lectura como metáfora del resurgir de la lengua después de su profundo hundimiento, paralelo al del mítico continente.[13]

A efectos de contrastar el tratamiento de los mitos en las letras catalanas anteriores, tomaríamos dos muestras relevantes: el de Joan Roís de Corella y el de Bernat Metge; y observamos que en el primer caso –como se reconoce en el estudio introductorio a la traducción de su Prosa profana[14]-, a pesar del lucido ropaje clasicista, el talante es medievalizante sobre todo por su sentido terapéutico de la ética como escarmiento. Mientras que el mito ovidiano de Orfeo, en el diálogo Lo somni, aparece desnudo de moralización alguna, claramente despojado de las adherencias moralizantes, tan propias de los tiempos medios; aquí, los héroes del mito del amor son inocentes. Ello evidencia distintos grados en la recepción del Humanismo en estas letras.

Y si volvemos a nuestro poeta bajo el mismo concepto del tratamiento mítico, observamos que es éste también un ángulo expresivo de su talante. Pues “L’Atlàntida resulta maniqueament escindida entre dos extrems –que representen, òbviament, el bé i el mal-“[15]; escisión que responde a la dicotomía de culpa y castigo, que también marcará el segundo gran poema, Canigó, éste ya de temática tradicional.

No exento de resonancias clasicistas –como quizás pudiera advertirse en la técnica coral y con seguridad en las referencias a pasajes e imágenes mitológicas-, pero en la vertiente de la tradición, el poema Canigó mitifica el paisaje y la historia en una conjugación con elementos folklóricos que ennoblecen los orígenes de Cataluña. Se estaba proponiendo, pues, mirarse en ese espejo, en su actualidad derruido; así lo avala el famoso diálogo entre los dos campanarios con los cuales se cierra el poema.[16]



[1] De esta etapa, puede seguirse un resumen a través de tres ciudades, “Barcelona, Nápoles y Valencia: tres momentos del Humanismo en la Corona de Aragón”, en mi aportación al Seminario Interuniversitario La ciudad como espacio plural: historia y poética de lo urbano, dir. por E. Popeanga, UCM-UNED-CEU, 2000, Madrid 2001, pp. 73-88, en prensa.

[2] Cabe recordar que Frédéric Mistral, aglutinador del felibrismo, alabó la primera contribución de Verdaguer a los Juegos Florales, en 1868, L’Espanya naixent, poema no premiado pero que fue el germen de L’Atlàntida (véase el estudio de Maria Condeminas, La gènesi de “L’Atlàntida”, ed. Curial, Barcelona 1978).

[3] Junto al talante popular, de todos modos, convivía el erudito. El XIX catalán goza de un importante caudal de figuras de estudiosos, que asentaron unas bases cientifistas; para una perspectiva plural y social son todavía muy útiles los dos volúmenes de Un segle de vida catalana, dir. por F. Soldevila, ed. Alcides, Barcelona 1961.

[4] Sobre esta interacción y su distinción respecto al proceso de castellanización, puede verse: Joan Ribera, “Decadències i regeneracions en les literatures peninsulars no castellanes”, en Actes del vuitè Col.loqui Internacional de Llengua i Literatura Catalanes, II, Tolosa de Llenguadoc 1988, 207-220.

[5] Puede interesar reseñar un dato ejemplar de este clímax literario entrecruzado: las noticias que de los certámenes literarios da, desde Cataluña, Josefa Pujol de Collado en la efímera Revista de Galicia, dirigida por Dª Emilia Pardo Bazán; entre ellas comenta una carta de Mistral a Víctor Balaguer, a propósito de su discurso en los Juegos Florales de Valencia (I, 19, 1880, 326-328; puede consultarse la edición facsímil de la Fundación Pedro Barrié de la Maza, 1999, a cargo de Ana Mª Freire).

[6] Sobre esta cronología y corrientes, remitimos a Joan Ribera, “El cambio de siglo en las letras catalanas”, en Literatura catalana, II, coord. por J. Butiñá, UNED, Madrid 1998, 335-366.

[7] En catalán, este modelo de lengua se aprecia también en poesías tempranas de Marià Aguiló, cuya obra poética se publicó póstuma, pero quien había mantenido relación con Verdaguer desde época temprana (véase Rosalia Guilleumas, Ramon Llull en l’obra de Jacint Verdaguer, ed. Barcino, Barcelona 1988, 25-27); fue además  probablemente quien le aproximó a la poesía luliana, con cuyo carácter místico la verdagueriana tanto se iba a identificar.

[8] Una selección de textos que explicitan este carácter se reunió, con motivo de la conmemoración de La pàtria de Aribau –poema considerado el punto de partida del movimiento-, en Els cent-cinquanta anys de la Renaixença, Generalitat de Catalunya 1983.

[9] Esta ideología, que se percibe desde inicios de siglo en obras gramaticales, etc., se había vehiculado a través de traducciones europeas al español; así, el influjo de F. Schlegel, introducido en 1843-44, resuena en la Historia de la lengua y la literatura catalana desde su origen hasta nuestros días de M. Pers i Ramona: “Las lenguas nacen, viven y mueren con los pueblos que las hablan” (Barcelona 1857, 43).

[10] Se trata de ello en la Història de la Literatura Catalana, IV, dir. por Antoni Comas, ed. Ariel, Barcelona 1964, 263.

[11] Càntichs, vol. XXVII, Edició Popular, Barcelona, 11-13. A pesar de contarse con 7 ediciones de sus Obras Completas, se suele considerar ésta como el conjunto más cuidado; aparecieron aproximadamente entre 1913-25, en 30 volúmenes.

[12] F. X. Butinyà publicó una en La Renaxensa, 12 (15 junio 1871), 154, titulada Al peu del bressol (“Dorm, angelet, estimat de la mare; / Dorm, nin hermós, vera imatge de Déu./”); la de Verdaguer se había publicado “en forma de  goigs y amb el títol Cansons de Nadal, a Vich, en les derreries del any 1871, venentse al preu d’un quarto en las iglésies y hermites” (Ars 6, Barcelona, junio 1902); la reseña del poema verdagueriano se recogió en la Bibliografia del nº 23 de La Renaxensa (23 diciembre 1871).

Hay que hacer constar que los dos poemas citados coinciden además –respecto a la composición tradicional- en añadir el elemento dramático –en Verdaguer, con cariz místico; en el otro, humano-. Que ello era un rasgo típicamente romántico lo confirman –en la primera línea, la religiosa- otra Cansó de Nadal, ésta de Víctor Balaguer, escrita entre 1861-67 y publicada en Poesías catalanas (Madrid 1892, 319), y otra más, anterior a todas ellas, una canción de cuna -que se refiere a la muerte, como la de Butinyà-, y cuyo autor es el también jesuita P. Vinader: Lo bressolet, recogida en Los trobadors nous por Bofarull (Barcelona 1858, 312-313).

[13] C. Miralles, “El catasterisme d’Hesperis i la mort d’Anteu”, en Miscel·lània Antoni M. Badia i Margarit, 5, Publicacions de l’Abadia de Montserrat 1986, 224-225.

[14] A cargo de Vicent Martines, ed. Gredos, “Clásicos Medievales” 21, Madrid 2001.

[15] Carles Miralles, “L’arbre i la lira”, en Homenatge a Antoni Comas, Universitat de Barcelona 1985, 291.

[16] Según Miralles, “el món contemporani, la vida com és ara, en temps del poeta, ha arruïnat aquell gran triomf. Per això l’epíleg del poema ha de ser elegíac (‘Los dos campanars’) i el poeta recorda que aquell triomf és per sempre, durarà com la muntanya que el significa i que dóna nom al poema, el Canigó”, “Del matí del dia abans a la nit del dia. (Per començar a llegir Canigó)”, en Miscel·lània Joan Bastardas, 4, Publicacions de l’Abadia de Montserrat 1990, 168.