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El panorama literario, en la
juventud de Verdaguer –nacido en 1845-, lo dominaban los Juegos Florales,
bajo cuyo lema “Patria, Fe y Amor”, se consumían cantidades homogéneas
de producción versificada, anacrónica desde su comienzo solemne, en 1859.
Esta reverberación literaria, más multitudinaria que exquisita, tenía lugar
tras tres siglos de escaso cultivo literario, que significaron un corte con la
espléndida etapa humanista, que entonces prácticamente se ignoraba.
Se trata, pues, de un resurgir que se fundamentaba directamente en el modelo
trovadoresco y se conectaba estrechamente con el resurgimiento occitano.
El
conjunto predominante de la producción literaria de Verdaguer, escritor de
formación clasicista y rico bagaje cultural, hay que situarlo en la línea
del populismo romántico, con la cual llegó a sintonizar plenamente. La obra,
pues, de mossèn Cinto
-como es conocido todavía hoy en Cataluña- responde a un clamor,
propio de su tiempo y del cual se hizo intérprete.
Ahora bien, al margen de que la
creación de Verdaguer pudiera englobarse en gran parte bajo aquella consigna
floralesca, su obra, gracias al sello de su marcada personalidad y como fruto
de unas vivencias muy auténticas, manifestadas con evidente superioridad de
expresión, ha alcanzado la categoría indiscutible de clásico en la
literatura catalana. Su aportación, en cuanto a las letras que le preceden y
las inmediatas, supone un salto sólo comparable al que diera Ausiàs March
respecto a la abundante poesía de ascendencia trovadoresca, ya trasnochada
tras varios siglos de cultivo; en coyuntura dispar y con muy distinta temática,
March también supo desentrañar su intimidad y elevarse dentro de tan homogéneo
conjunto poético, bajo coordenadas que no desentonaban de las generales de su
tiempo, el culto entorno valenciano del siglo XV salpicado de toques
humanistas.
Aquí, recordando a Verdaguer,
pretendemos simplemente, con una tónica –no con una estricta metodología-
comparatista, explicar un poco el título que hemos dado
-que a él se deben los principales textos del movimiento literario que
supuso el renacer catalán decimonónico-, a fin de contribuir al conocimiento
de su obra con ocasión del centenario de su muerte. Más aún interesa
recordar su figura cuando su repercusión no se limitó estrictamente al ámbito
literario, pues se convirtió en verdadero vate de una cultura que se estaba
afirmando, desde la vertiente lingüística a la religiosa y política, en un
abanico tan vasto como complejo.
Si intentamos relacionar a Verdaguer desde la perspectiva de las
literaturas hispánicas de su época, no sería útil acudir a la española;
mientras que podría ser fructífero hacerlo con la gallega, donde caminaron
asimismo de lado Juegos Florales y Rexurdimento;
el contraste mental -ya transitado- con Rosalía de Castro, a grandes rasgos,
es válido en cuanto ambos autores, bajo el característico sello romántico,
identifican sentimientos y paisaje. La Naturaleza, filtrada por el yo o por el
recuerdo, es un elemento de peso en su obra; al igual, en los dos casos, en
las fechas de su apogeo, se entrecruzan ya otros aires contrarios a los que
tan genuinamente representaban, los de origen floralesco.
Ambos autores también dieron una solución a
la lengua, dignificando la viva al hacerla literaria, con lo cual deshacían
el dilema entre la opción arcaizante o culta y la coloquial o vulgar.
La
lengua, entonces, aparte de constituir un problema de expresión tras el
letargo de cultivo culto, por encima de todo era un símbolo patrio, por lo
que de hecho devino una cruzada su restauración. Así pues, a través de
la dignificación de la lengua había ido haciendo mella en Cataluña la idea
de regenerarse el pueblo;
idea que, aplicada a las costumbres y a la religión, se convirtió en un
reclamo del catalanismo tradicional.
Tras este apunte ambiental, nos
centraremos en el hecho literario verdagueriano. Principalmente hay que
valorar su obra poética, por la que es conocido como el poeta por antonomasia
de la Renaixença. Su producción abarca el dominio de extremo a extremo, del
lirismo más puro al épico de mayor grandiosidad.
De las piezas líricas vamos a
recordar aquí una que ofrece un punto comparatista con la literatura gallega
a causa de la métrica (estructura paralelística y parecido de la tornada),
El Noi de la Mare, conocida como el Tam-pa-tan-tam:
“Mentres
María breçava y vestía
son
ros y tendre Fillet que no dorm,
per
que no plore, ni en terra s’anyore,
dolça
li canta dolceta cançó.
No plores, nó,
manyaguet de la Mare,
no plores, nó,
que jo canto d’amor.
Cada
gronxada’t daré una abraçada,
cada
abraçada un beset amorós;
mes
roses trenes seràn tes cadenes,
niu
y arcobeta les ales del cor.
¡Que
n’es de bella ta galta en poncella!
¡Que’n
són de dolços tos llavis en flor!
són
una rosa que’ls meus han desclosa
sols
per xuclarne la mel de l’amor.
Fèuli,
aurenetes, cançons d’amoretes;
fésli
musica, gentil rossinyol;
si
t’es poch fina ma falda de nina,
bàxen
los Angels del Cel un breçol.
Síen
ses ales glasser de tes gales,
síen
sos braços coxins de ton còs;
jo
per tos polsos ne tinch de més dolços;
per
embolcarte, les teles del cor.
Síen
ta faxa, si’l Cel no te’n baxa,
quatre
palletes de sèch poliol,
quatre
palletes tojust floridetes
que’t
serviríen de faxa y llençol.
Guarníumel,
Angels, breçàumel, Arcàngels,
d’ayre
bon ayre, tot fentli l’amor;
mística
bresca lo Cel li servesca
si
en llet de Verge no troba dolçor.
Dels
Reys l’estrella claríssima y bella
n’es
baxadeta a postrarse en ton front;
quan
ells te miren gelosos, se’m giren:
‘¡Quina
faldada de perles y flors!’
Totes
s’esfloren les flors que t’anyoren,
fèyales
nàxer ton riure tan dolç;
tornen
reviure si’ls tornes a riure,
mes
¡ay! sols beuen rosada de plors.
Quan
se n’adonen los Angels, entonen
càntichs
de festa que’s tornen de dol:
‘Ab
Tu abans d’hora clareja l’aurora,
ab
Tu abans d’hora s’ha de pondre’l sol’.
Mentres
María’l breçava y vestía,
veu
ses manetes creuades al cor;
prou
l’endevina d’amor la joguina,
que
Fill y Mare barregen ses plors.
No plores, nó,
manyaguet de la Mare,
Qu’en la creu dura morirèm tots dos.”
El seguir motivos populares no
era algo exclusivo de él; incluso hubo alguna composición inspirada en la
misma nadala.
Sin embargo, por lo general las otras imitaciones no tuvieron mayor
trascendencia, mientras que su versión llegó a adquirir tal popularidad que
desplazó incluso a la añeja y tradicional.
Daremos a continuación unas
breves notas acerca de sus dos grandes composiciones poéticas, L’Atlàntida
y Canigó. En la primera, el autor, guiado por una firme intuición poética,
a pesar de la amplia y dispar inspiración, que abarca del mito griego al
descubrimiento de América, consigue una unidad de sentido. Carles Miralles
explica esta coherencia entendiendo la obra como un poema cosmogónico
–sobre la acción divina- y como un poema etiológico, acerca del orden de
la Península Ibérica; en este sentido, además, hay que orientar su lectura
como metáfora del resurgir de la lengua después de su profundo hundimiento,
paralelo al del mítico continente.
A efectos de contrastar el
tratamiento de los mitos en las letras catalanas anteriores, tomaríamos dos
muestras relevantes: el de Joan Roís de Corella y el de Bernat Metge; y
observamos que en el primer caso –como se reconoce en el estudio
introductorio a la traducción de su Prosa profana-,
a pesar del lucido ropaje clasicista, el talante es medievalizante sobre todo
por su sentido terapéutico de la ética como escarmiento. Mientras que el
mito ovidiano de Orfeo, en el diálogo Lo somni, aparece desnudo de moralización
alguna, claramente despojado de las adherencias moralizantes, tan propias de
los tiempos medios; aquí, los héroes del mito del amor son inocentes. Ello
evidencia distintos grados en la recepción del Humanismo en estas letras.
Y si volvemos a nuestro poeta
bajo el mismo concepto del tratamiento mítico, observamos que es éste también
un ángulo expresivo de su talante. Pues “L’Atlàntida resulta
maniqueament escindida entre dos extrems –que representen, òbviament, el bé
i el mal-“;
escisión que responde a la dicotomía de culpa y castigo, que también marcará
el segundo gran poema, Canigó, éste ya de temática tradicional.
No
exento de resonancias clasicistas –como quizás pudiera advertirse en la técnica
coral y con seguridad en las referencias a pasajes e imágenes mitológicas-,
pero en la vertiente de la tradición, el poema Canigó mitifica el paisaje y
la historia en una conjugación con elementos folklóricos que ennoblecen los
orígenes de Cataluña. Se estaba proponiendo, pues, mirarse en ese espejo, en
su actualidad derruido; así lo avala el famoso diálogo entre los dos
campanarios con los cuales se cierra el poema.
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