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Literatura Española



 
 

Trazos comparatistas sobre Verdaguer, el gran autor de la Renaixença catalana. 2

Artículo publicado en la Revista Liceus N°2  Meses Mayo-Junio 2002- ISSN- 1578-4709

Julia Butiñá

Profesora de Filología Catalana (Universidad Nacional de Educación a Distancia). Correspondiente en Madrid de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona.

 

    Reproducimos un fragmento del canto VI,  testimonio del rasgo quizás más típico de la poesía verdagueriana, que va de lo grandioso a lo intimista; fusión que se consigue con plenitud en Canigó. Veamos algunos cánticos de las hadas que, del Ampurdán al Pirineo, ofrecen dones a los protagonistas[1], quienes desde su carroza van contemplando el mágico panorama:

“LA DE BANYOLES

Tota la nit he filat

vora l’estany de Banyoles,

al cantar del rossinyol,

al refilar de les goges.

                        Mon fil era d’or,

                        D’argent la filosa,

                        Los boscos vehins

                        M’han pres per l’aurora.

            Per devanar lo meu fil

            tinch belles devanadores,

            les montanyes de Bagur,

            les de Bagur y Armen-Roda,

            les serres de Puigneulós,

            les del Mon y Rocacorva.

            La plana de l’Empordà

            may ha duyt millor corona,

            corona de raigs de llum

            trenats ab lliris y roses;

            semblava un pago real

            obrint sa florida roda.

                        Mon fil era d’or...[2]      

            Com lo fil era daurat,

            les madexes eren rosses,

            hermosos cabells del sol

            encastats de boyra en boyra.

            De les Estunes al fons

            lo texíen quatre aloges,

            llur teler es de cristall,

            d’evori la llançadora.

            Veusaquí’l vel que han texit

            Tot exprés per una boda.[3]

                                    CHOR DE GOGES

                        Montanyes regalades

                        son les de Canigó,

                        elles tot l’any florexen,

                        primavera y tardor.

LA FADA DE ROSES

¡Que bonica n’es la mar,

que bonica en nit serena!

De tant mirar lo cel blau

            Los ulls li blavegen.”[4]

La dualidad verdagueriana además de corresponderse con los estilos ciclópeo y miniaturista, responde a una profunda escisión en las que el autor se ve desdoblado: las dos tradiciones entre las que oscila, la clasicista y la cristiana.

La pretensión de fundir ambas –así la de incorporar lo mitológico y lo bíblico en un intento de armonía- le lleva en el primer gran poema a una pirueta dificilísima, que ejecuta con maestría. Intento armonizador que no era el primero en efectuarlo en la literatura catalana, pero cuyo precedente no fue tampoco conocido por nuestro autor, dado el desconocimiento del propio bagaje, hecho al que nos hemos referido ya (cfr. n. 17 supra). Pues Bernat Metge, como bien revelan sus fuentes clandestinas[5], había realizado en su diálogo clasicista Lo somni un maridaje entre la tradición clásica y la cristiana, fundándose en el renovado acercamiento recién iniciado por los trecentistas italianos; pero lo hizo apoyado indiscutiblemente en el lado de los clásicos. Verdaguer, "un cas de simbiosi perfecta d'unes essències populars molt ben assimilades ... i un superstrat de cultura"[6], se apoyaba muy principalmente en el folklore legendario.[7]

El contraste mencionado no hace más que destacar vivamente el peso tradicional hacia el que Verdaguer se fue decantando, muy a pesar de los temas y estilo bebido en los clásicos; procedente de la preceptiva clásica desde sus estudios en el seminario, primó en él el espíritu de su época, profundamente embebido por sus necesidades.

Ampliando el marco de referencia, en las letras romances no era la primera vez que se conjugaban ambos extremos: he ahí ya a Boccaccio, quien también se inspiró en la vida popular y admirababa la preceptiva clásica. O -también dentro de los saltos que alienta el comparatismo- Góngora, quien escribía letrillas junto a grandes poemas cultos; quizás se diferencian principalmente del catalán, en que éste tiene un punto de partida clasicista pero se afianza progresivamente en lo popular, mientras que el cordobés combinó ambas influencias a lo largo de su vida y, en el caso del certaldés, su dirección fue la inversa, del Decamerón a la Genealogiae deorum.[8]

Convendría también matizar un aspecto en cuanto a la relación de Verdaguer y su entorno temporal, ya que respecto al lema “Patria, Fe y Amor“, se suele considerar que su creación literaria falla en el último puntal; pero, evidentemente, la carga amorosa verdagueriana no se concreta, como ocurría generalmente, sobre las diferentes gamas del hecho sentimental –amor de pareja, familiar...-, sino que es una carga que se proyecta y pesa, extraordinariamente, sobre los otros puntales e incluso los determina; como ocurre –efectuando otro enlace hacia el pasado- con un autor que le ha influido claramente y que es característico representante de la metafísica amorosa en la literatura catalana: Ramón Llull (cfr. n. 7 supra). Enlazando este matiz con el comentario anterior, recogemos de los estudios de Carles Miralles cómo, en su uso de los mitos clásicos, Verdaguer, por ejemplo, cristianiza el sentido del amor.[9]

 Hoy por hoy, la imposición progresiva del racionalismo nos hace más próximas la estética del Novecentismo –baste pensar en las prosas irónicas de Carner- o incluso las novelas modernistas, movimientos que –hemos aludido a ello- se superponían y desplazaron a la Renaixença; estas otras fueron tendencias que convivieron en el tiempo pero que resultan mucho más cercanas a nuestra sensibilidad actual. Sin embargo, los autores de más valía de una u otra corriente no influyeron como lo hizo Verdaguer, cuyo entierro fue multitudinario, cuyas obras se estudian y reeditan en la actualidad[10], y que alcanza todavía en nuestros días el radio de las superestructuras culturales a modo de símbolo.

Es lógico que sea así cuando su aportación culmina una etapa; de hecho, la Edad Moderna catalana. Se da el mismo fenómeno con figuras que ejercen esta función frente a la Edad Media: en las letras italianas es muy claro con el caso de Dante, quien representa una cúspide y un umbral. De una manera u otra, son autores que quedan desfasados frente a las nuevas tendencias, a las que precisamente ellos mismos han dado cauce. Finiquitan, consolidan y agotan, pero son quienes han abierto nuevas puertas.[11]

A pesar de ello, Verdaguer encierra también rasgos modernos. Recientemente Joaquim Molas[12] ha concretado unas notas en esta dirección: la conciencia de escritor (documentación, reelaboración de sus escritos...); práctica del fragmentarismo poético; su visión de la ciudad a través de los nuevos géneros de la sociedad industrial (la prensa, el dietario o la literatura de viajes) y su reflexión sobre el yo por medio de la escritura.[13]

Desde la faceta viajera se le ha puesto de lado recientemente a Josep Pla[14], pues este rasgo en Verdaguer no sólo ha influido en los libros que pertenecen por su propia naturaleza a la literatura de viajes -como Dietari d’un pelegrí a Terra Santa o Excursions i viatges-[15], sino que el mismo L’Atlàntida es un fruto viajero, resultado de sus dieciocho travesías del Atlántico –con ida y vuelta-, ya que realizaba esta ruta como capellán del “Guipúzcoa”entre 1874 y 1877. Fecha en que presentó el poema a los Juegos Florales. Poema que marcaría el zenit de la Renaixença.[16] 



[1] Desde la dinámica comparatista con las letras catalanas anteriores podríamos traer a colación el “viaje vital” de Curial e Güelfa, viaje que informa esta novela caballeresca (puede verse Tras los orígenes del Humanismo: El “Curial e Güelfa”, UNED, Madrid 3ª ed. 2001). Esta obra, que también combina rasgos clasicistas, cuenta sin embargo con otros modernos, como el desenfado y el humor; pero fue obra que tampoco alcanzó a conocer Verdaguer, lo cual ratifica que los autores de este movimiento desconocían los orígenes humanistas de su propia cultura. La interrupción secular, a la que hemos aludido desde el principio, no supuso sólo una falta de ductilidad y pobreza lingüísticas, sino un olvido en toda regla.

[2] Suprimo la repetición de la estrofa.

[3] Suprimo la segunda repetición de la estrofa: “Mon fil era d’or”. La estrofa siguiente asimismo se repite varias veces a lo largo de esta sinfonía coral de las hadas –fades o goges-, que se incluye en este canto del Nuviatge.

[4] Vol. V de la Edició Popular, 86-87.

[5] Véanse las fuentes conocidas hasta 1959 en la edición de Martín de Riquer, Obras de Bernat Metge, Universidad de Barcelona; las propuestas hasta nuestros días pueden seguirse en mi estudio En los orígenes del Humanismo: Bernat Metge, UNED, Madrid 2002.

[6] Albert Hauf, “La seducció de Gentil en el Canigó de Verdaguer i el romanç de ‘El infante Arnaldos’”, Caplletra, 5, 73-74.

[7] Cabe observar que en cuanto a la génesis de esta obra, si bien se cuenta con el espléndido trabajo comparatista de Albert Hauf, recién citado, quedan interrogantes sobre las leyendas que le suministraron sus amigos de Bañolas, a los que les dedica poemas, a los que recuerda en prosas y epistolarios, y a los que parece que leyó los primeros versos del gran poema, todavía en trance de composición, ya que convivió con ellos una semana en julio de 1884 y el libro no apareció hasta 1886.

[8] Me parece significativa sobre estos comentarios acerca del encuadre de la sombra clasicista, la estrofa que cierra el poema La Via Làctea, donde tras haberse expresado distintos pareceres -tras el platónico, el de Aristóteles, Demócrito y Teofrasto- sobre ese “riu d’estrelles”, dice el poeta:

 

                Demaní’l seu a un vell pastor de Nuria,

                y’m digué qu’es la via de Sant Jaume,

                                per h’ont, a son exemple,

                les ànimes se’n pugen a la Gloria.

 

                No sabía més lletra que ses cabres,

                                lo vell pastor de Nuria,

                mes posí sa contesta lluminosa

                                damunt la d’Aristòtil

                y la de tots los sabis de la Grecia.

 

Recogido entre sus últimas poesías publicadas (cit. de Al cel, Edició Popular, vol. XXIII, p. 30).

 

[9] Art. cit: 1986, 222.

[10] Citamos los 11 volúmenes del Epistolari Jacint Verdaguer, en la “Biblioteca Verdagueriana” de ediciones Barcino, o la reciente publicación de En defensa pròpia, a cargo de Narcís Garolera, en editorial Tusquets, que incorpora artículos manuscritos inéditos que se añaden a los que publicara él mismo desde 1895 en la prensa y se recogieron en el vol. XVII de la Edició Popular. Podríamos contraponer una vez más su caso con el de Bernat Metge, pues -si el “caso Verdaguer” ya se había comparado con el de Zola a la hora de relacionar una obra literaria y la defensa por parte del interesado-, puede interesar remitirse a aquél, en las propias letras catalanas, ya que constituye un valioso precedente. El sacerdote, víctima de conspiraciones –como el notario barcelonés (también famoso y gran escritor), cinco siglos antes-, fue calumniado y se vio implicado en turbios procesos de fuerte resonancia social. La imagen de ambos, por tanto, se vio seriamente afectada por hechos graves y lamentables de la vida real, de los que ellos mismos se exculparon a través de su obra. Si la rehabilitación del primero tuvo lugar tempranamente y volvió a ocupar honores y cargos de responsabilidad en la casa real, la sombra de la duda se refleja en todas las ediciones y la gran mayoría de estudios metgianos de la segunda mitad del siglo XX. Es muy oportuna, pues, la reedición de Verdaguer En defensa pròpia con ocasión de celebrar su centenario.

[11] Acerca de este vaivén y efecto óptico de los valores en relación con los tiempos, remito a las reflexiones del Coloquio Internacional, recogidas por Jaume Pont y Josep Mª Sala-Valldaura en Cànon literari: ordre i subversió (Institut d’Estudis Ilerdencs 1998).

[12] En la inauguración oficial del “Año Verdaguer”, que tuvo lugar en el Palau de la Generalitat; recojo la referencia de La Vanguardia, 16 febrero 2002.

[13] Cabe observar, a la luz de nuestro trabajo, que se trata de un yo romántico -de abundancia (o sobreabundancia) de sentimientos-; muy alejado, sin embargo, del yo que ya imponía en el siglo XIV un Bernat Metge –desde la intimidad de su conciencia y más allá del dogmatismo-. Yo –este último- que empezó a resonar en Petrarca y que nos lleva al hombre occidental a reconocernos hoy en la modernidad de los albores de los Humanismos.

[14] Narcís Garolera, L’escriptura itinerant. Verdaguer, Pla i la literatura de viatges, ed. Pagès, Lérida 1998.

[15] La popularidad de estas obras no fue menor que la poética; me permito aportar al respecto un dato familiar: en la biblioteca de mis antepasados –oriundos de Bañolas-, estos volúmenes están tanto o más desvencijados que los otros.

[16] Recordar a Verdaguer en pocas páginas era tarea difícil, pero hemos aceptado el reto por unirnos a las voces que lo harán en este año de 2002. Aunque la Bibliografía es muy amplia, puede ser útil dar también la referencia del “Anuari Verdaguer”, editado desde 1992. Y valga como último punto de conexión este par de direcciones de Internet:

 http//www.anyverdaguer.com/AV/cat

 http//www.uoc.es/lletra/nom/jverdaguer/index.html

Agradezco la oportunidad que me ha brindado aquí el profesor Emilio Blanco, quien sin duda alguna aprovechó bien mis lecciones de “Literatura Catalana”en la Universidad Autónoma de Madrid.