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Reproducimos un fragmento del
canto VI, testimonio del rasgo quizás más típico de la poesía
verdagueriana, que va de lo grandioso a lo intimista; fusión que se consigue
con plenitud en Canigó. Veamos algunos cánticos de las hadas que, del Ampurdán
al Pirineo, ofrecen dones a los protagonistas,
quienes desde su carroza van contemplando el mágico panorama:
“LA DE BANYOLES
Tota
la nit he filat
vora l’estany de Banyoles,
al cantar del rossinyol,
al refilar de les goges.
Mon fil era d’or,
D’argent la filosa,
Los boscos vehins
M’han pres per
l’aurora.
Per devanar lo meu fil
tinch belles devanadores,
les montanyes de Bagur,
les de Bagur y
Armen-Roda,
les serres de Puigneulós,
les del Mon y Rocacorva.
La plana de l’Empordà
may ha duyt millor corona,
corona de raigs de llum
trenats
ab lliris y roses;
semblava
un pago real
obrint sa florida roda.
Mon fil era d’or...
Com lo fil era daurat,
les madexes eren rosses,
hermosos cabells del sol
encastats de boyra en
boyra.
De les Estunes al fons
lo texíen quatre aloges,
llur teler es de cristall,
d’evori la llançadora.
Veusaquí’l vel que han
texit
Tot exprés per una boda.
CHOR DE GOGES
Montanyes regalades
son les de Canigó,
elles tot l’any florexen,
primavera y tardor.
LA FADA DE ROSES
¡Que bonica n’es la mar,
que bonica en nit serena!
De tant mirar lo cel blau
Los ulls li blavegen.”
La
dualidad verdagueriana además de corresponderse con los estilos ciclópeo y
miniaturista, responde a una profunda escisión en las que el autor se ve
desdoblado: las dos tradiciones entre las que oscila, la clasicista y la
cristiana.
La
pretensión de fundir ambas –así la de incorporar lo mitológico y lo bíblico
en un intento de armonía- le lleva en el primer gran poema a una pirueta
dificilísima, que ejecuta con maestría. Intento armonizador que no era el
primero en efectuarlo en la literatura catalana, pero cuyo precedente no fue
tampoco conocido por nuestro autor, dado el desconocimiento del propio bagaje,
hecho al que nos hemos referido ya (cfr. n. 17 supra). Pues Bernat Metge, como
bien revelan sus fuentes clandestinas,
había realizado en su diálogo clasicista Lo somni un maridaje entre la
tradición clásica y la cristiana, fundándose en el renovado acercamiento
recién iniciado por los trecentistas italianos; pero lo hizo apoyado
indiscutiblemente en el lado de los clásicos. Verdaguer, "un cas de
simbiosi perfecta d'unes essències populars molt ben assimilades ... i un
superstrat de cultura",
se apoyaba muy principalmente en el folklore legendario.
El
contraste mencionado no hace más que destacar vivamente el peso tradicional
hacia el que Verdaguer se fue decantando, muy a pesar de los temas y estilo
bebido en los clásicos; procedente de la preceptiva clásica desde sus
estudios en el seminario, primó en él el espíritu de su época,
profundamente embebido por sus necesidades.
Ampliando
el marco de referencia, en las letras romances no era la primera vez que se
conjugaban ambos extremos: he ahí ya a Boccaccio, quien también se inspiró
en la vida popular y admirababa la preceptiva clásica. O -también dentro de
los saltos que alienta el comparatismo- Góngora, quien escribía letrillas
junto a grandes poemas cultos; quizás se diferencian principalmente del catalán,
en que éste tiene un punto de partida clasicista pero se afianza
progresivamente en lo popular, mientras que el cordobés combinó ambas
influencias a lo largo de su vida y, en el caso del certaldés, su dirección
fue la inversa, del Decamerón a la Genealogiae deorum.[8]
Convendría también matizar un
aspecto en cuanto a la relación de Verdaguer y su entorno temporal, ya que
respecto al lema “Patria, Fe y Amor“, se suele considerar que su creación
literaria falla en el último puntal; pero, evidentemente, la carga amorosa
verdagueriana no se concreta, como ocurría generalmente, sobre las diferentes
gamas del hecho sentimental –amor de pareja, familiar...-, sino que es una
carga que se proyecta y pesa, extraordinariamente, sobre los otros puntales e
incluso los determina; como ocurre –efectuando otro enlace hacia el pasado-
con un autor que le ha influido claramente y que es característico
representante de la metafísica amorosa en la literatura catalana: Ramón
Llull (cfr. n. 7 supra). Enlazando este matiz con el comentario anterior,
recogemos de los estudios de Carles Miralles cómo, en su uso de los mitos clásicos,
Verdaguer, por ejemplo, cristianiza el sentido del amor.
Hoy
por hoy, la imposición progresiva del racionalismo nos hace más próximas la
estética del Novecentismo –baste pensar en las prosas irónicas de Carner-
o incluso las novelas modernistas, movimientos que –hemos aludido a ello- se
superponían y desplazaron a la Renaixença; estas otras fueron tendencias que
convivieron en el tiempo pero que resultan mucho más cercanas a nuestra
sensibilidad actual. Sin embargo, los autores de más valía de una u otra
corriente no influyeron como lo hizo Verdaguer, cuyo entierro fue
multitudinario, cuyas obras se estudian y reeditan en la actualidad,
y que alcanza todavía en nuestros días el radio de las superestructuras
culturales a modo de símbolo.
Es
lógico que sea así cuando su aportación culmina una etapa; de hecho, la
Edad Moderna catalana. Se da el mismo fenómeno con figuras que ejercen esta
función frente a la Edad Media: en las letras italianas es muy claro con el
caso de Dante, quien representa una cúspide y un umbral. De una manera u
otra, son autores que quedan desfasados frente a las nuevas tendencias, a las
que precisamente ellos mismos han dado cauce. Finiquitan, consolidan y agotan,
pero son quienes han abierto nuevas puertas.
A
pesar de ello, Verdaguer encierra también rasgos modernos. Recientemente
Joaquim Molas
ha concretado unas notas en esta dirección: la conciencia de escritor
(documentación, reelaboración de sus escritos...); práctica del
fragmentarismo poético; su visión de la ciudad a través de los nuevos géneros
de la sociedad industrial (la prensa, el dietario o la literatura de viajes) y
su reflexión sobre el yo por medio de la escritura.
Desde la
faceta viajera se le ha puesto de lado recientemente a Josep Pla,
pues este rasgo en Verdaguer no sólo ha influido en los libros que pertenecen
por su propia naturaleza a la literatura de viajes -como Dietari d’un pelegrí
a Terra Santa o Excursions i viatges-,
sino que el mismo L’Atlàntida es un fruto viajero, resultado de sus
dieciocho travesías del Atlántico –con ida y vuelta-, ya que realizaba
esta ruta como capellán del “Guipúzcoa”entre 1874 y 1877. Fecha en que
presentó el poema a los Juegos Florales. Poema que marcaría el zenit de la
Renaixença.
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