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El marchante internacional Míchel Vedrano recordaba muy bien
la proposición que le hizo su cliente Luis Bastos aquella noche:
“Quiero que te acuestes con Julia. Le quedan sólo tres meses de
vida. ¿Puedes hacerme ese favor?” Así comienza
La
novia de Matisse, la última novela de Manuel Vicent (Madrid:
Alfaguara, 2000). A tenor de este inicio, y al saber que el resto del relato
se desarrollará en las grandes ciudades del arte internacional (Nueva
York, París, Madrid) y que tendrá por protagonistas
a un marchante de arte –Míchel Vedrano- y una pareja de compradores
–Luis Bastos y Julia Varela-, todo parece indicar que Vicent abandona ese
mundo mediterráneo pleno de sensaciones y sentidos en el que tan
bien se mueve, y que tan buen resultado narrativo le ha venido dando en
los últimos años, no sólo en el campo de la novela
(Tranvía a la Malvarrosa, Son de mar), sino también
en el del columnismo (esa zona derecha de la última página
de El País sin la que resulta difícil concebir el
ejemplar dominical de ese diario).
De hecho, a medida que avanza la narración,
cada vez se tiene una mayor certeza de ello, pues las alusiones a los cinco
sentidos, esa sinestesia intelectual a la que Vicent tiene ya acostumbrado
a su público, van desapareciendo de las páginas de la novela.
El olfato, que sirve en principio para caracterizar Nueva York:
las boñigas de caballo de Central Park (pp. 21, 27, 31); ese “hedor
dulce de especias, pinchos morunos y de vapor de la calefacción
que emana del asfalto” de Manhattan (p. 83); el olor característico,
mezcla de sudor ácido y melaza, del negro neoyorkino que se acuesta
con Bettina (p.89). El gusto, que caracteriza la comida española:
los salmonetes del Ampurdán con salsa de verduras que preparan en
el restaurante El Bulli (p. 23), el Vega-Sicilia del 76 (p. 25),
unir el paladar con la memoria (p. 26). El oído: los ruidos
de Nueva York, reducidos a la nada por el trino de un pájaro urbano
(p. 86). La vista: el placer que proporciona la luz de media tarde
(p. 66). Todas esas alusiones se concentran en el primer tercio de la novela,
para desaparecer casi totalmente a partir de entonces.
Y, si hay una depuración del papel
de los sentidos a medida que se desarrolla la acción, los personajes
sufren un proceso parecido. Cabe agrupar estos en tres tipos: los meramente
circunstanciales (Luis Miguel Dominguín, Franco...) que aparecen
ligados de una u otra manera a la vida de Míchel Vedrano; los acompañantes
de este último en el mundo del arte (Betina, la pintora Beppo, otros
marchantes de arte como el señor Segermann...); y el trío
protagonista. Basta fijarse en los nombres de estos tres últimos
para obtener algunas claves de la novela. Luis Bastos, el marido
de Julia, un empresario enriquecido y convertido en comprador de arte sin
tener ni idea del asunto (aunque él cree que sí la tiene);
Julia Varela, la esposa burguesa, preparada familiarmente para satisfacer
a su hombre por la boca (prepara unos excelentes chipirones, entre otras
delicias gastronómicas) y gravemente enferma de leucemia aguda desde
el inicio del relato; Míchel Vedrano, el marchante de arte,
verdadero hilo conductor y con un claro papel anunciado desde su mismo
apellido (“vedranno” es la tercera persona de plural del futuro simple
en italiano, ‘ellos verán’).
La novela se desarrolla en el tiempo
de unos pocos meses, los que median entre el comienzo citado y la última
semana de octubre. Pero ese desarrollo temporal tan estricto, el del proceso
médico de Julia, se abre hacia atrás por la vía del
marchante Medrano, que labra su prestigio y su fortuna en los años
setenta a causa de un error ajeno en el mundo del arte, que le lanza al
estrellato. De hecho, Julia y Vedrano serán los únicos personajes
con entidad en la novela, pues los demás pasan a un segundo plano,
bien por su relativamente escasa importancia (Beppo, Betina, el señor
Segermann), bien por su carácter plano (Luis Bastos). La gran transformación,
lo que convierte La novia de Matisse en una buena novela, es la
de Julia, operada por el mesiánico Míchel Vedrano.
He dicho más arriba que Vicent abandonaba
el mundo de los sentidos al que nos tiene acostumbrados. Era una verdad
a medias, porque la desaparición de las alusiones sensoriales que
forman parte de su prosa habitual se sustituyen a partir de entonces por
toda una teoría estética íntimamente relacionada
con lo sensorial: el poder curativo del arte. El asunto aparece de alguna
manera ya en las primeras páginas de la novela, cuando el trío
queda a la puerta de la Fundación Miró “para purificarse”
(p. 24), y lo sugiere la pintora bohemia Beppo, cuando asevera que “Matisse
era un señor. Le llamaban el Doctor por su prestigio y porque pintaba
cuadros que parecían quitar las penas a los espectadores. Eran cuadros
curativos” (p. 47). A ese coro de declarantes se une bien pronto Míchel
Vedrano, que expondrá a Betina sus teorías sobre el alma
de los cuadros (p. 82), y que bien pronto piensa en la enfermedad de Julia,
condenada a morir, y a la que el dibujo de Matisse puede ayudar: “No está
todo perdido si uno muere contemplando tanta belleza” (p. 99).
A partir de ese momento, la lucha contra
la enfermedad no se librará con la quimioterapia (que no aparece
en la novela, como tampoco apenas los hospitales –tan sólo para
el resultado de los análisis), sino a través del arte.
Es un proceso lento, apenas perceptible hasta el final de la novela, y
en el que Vedrano ejerce de pigmalión. Julia es la primera en notar
esa transformación que se ha operado en ella en pocos meses (p.
182), y acabará teniendo la certeza física y moral de su
curación artística (pp. 243, 252). Tras ella lo sospechará
Vedrano (p. 198), quien se confirma bien pronto (p. 208) en las teorías
que, al parecer de forma teórica, había estado exponiendo
hasta entonces. A partir de entonces, asumirá su papel de experto
(pp. 233, 236) frente al médico. Tal es la tesis (estética,
como no podía ser de otra manera en Manuel Vicent) de la novela.
Y es que, en definitiva, como aseguraba
un marchante de arte llamado Míchel Vedrano, conviene medirse a
uno mismo con un principio riguroso del arte: “no hay que dar ninguna importancia
al dinero ni a la moral frente a la belleza”.

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