| Contexto.
Tradicionalmente se ha tomado el
año 1867 como la fecha de conveniencia consensuada que nos señala
que el viejo sistema victoriano comienza a resquebrajarse. Esta fecha influirá
en los próximos 33 años, hasta el final de la década
de los años 1890.
Hasta 1867, se había producido
un incremento y una mejor distribución de la riqueza a lo largo
de toda Gran Bretaña. Las personas acomodadas se habían multiplicado
y esperaban que sus fortunas aumentasen debido al optimismo que se respirara
en las dos o tres décadas precedentes a la fecha señalada.
Los no conformistas habían aparecido
en las elecciones del año 1868 como consecuencia del Acta de 1867
en la que se seguía sin redistribuir los números de parlamentarios
habidos hasta ese momento en la Cámara de los Comunes. De todas
maneras en el Acta de 1867 se habían producido algunos cambios.
El primero, era que se aceptaba el principio de democracia y, el segundo,
que habría que mover la pirámide rígida de la división
de clases sociales que sustentaba el viejo régimen. El incremento
de la riqueza, de la consciencia individual y de la confianza en uno mismo
estaba creando un nuevo grupo social que iba a constituir el centro de
la pirámide económica y social del país. Con ello,
se estaba desplazando el poder político del Partido Liberal para
dejárselo al Partido Laborista, constituido por la clase trabajadora
baja y media. Esto dará lugar al comienzo de la reforma del Partido
Conservador que se fue renovando hasta finales del siglo XIX.
Si Londres se llena de carruajes y de
una vida bastante elegante, no es menos cierto que en el campo siguen vibrando
los palacios y las grandes casas, así como las vicarías y
las rectorías, lugares que parece mantener toda la vida igual que
antes. Pero, la realidad es otra, dado que mucha de la prosperidad agrícola
se ha evaporado, lo mismo que un sin fin de jóvenes que han abandonado
el campo y el mundo agrícola para irse a la ciudad o a la aventura.
De aquí que surja un radicalismo agrícola que es recogido
por autores como Thomas Hardy.
El país nota este ataque a sus
bases económicas, dado que además, Gran Bretaña dependía
bastante de sus rentas de la agricultura y, aunque la nobleza sigue situada
en un lugar muy privilegiado de la pirámide social, está
surgiendo la gentry. Esta clase social que, podría equivaler
al terrateniente acomodado que no sólo hace sus inversiones en la
agricultura, sino que las realiza en la industria y, aún, a través
del matrimonio, entre gentes acomodadas no rurales, da lugar a una nueva
mentalidad de fin de siglo que, también, es recogida por Thomas
Hardy.
La gentry va a buscar el reparto
de sus inversiones entre el mundo del campo y el de la ciudad, algo que
podrá hacer, sobre todo, con la aparición del automóvil
que hace que las personas puedan vivir en el campo y trabajar en algunos
asuntos en la ciudad.
En la última década del
siglo XIX la sociedad se encuentra dentro de un cambio rápido y
complejo. En esta transformación el concepto de caballero sufre
modificaciones puesto que ahora se comienza a mirar, no sólo la
riqueza o el poder de tal o cual persona, sino sus cualidades mentales
y morales. La educación empieza a aflorar como un camino que posee
una importancia cada vez mayor. De aquí que el concepto de gentleman
vaya a implicar refinamiento, cierta libertad de espíritu y de educación.
Esto puede comprobarse en el aumento del número de estudiantes en
universidades como Cambridge y Oxford que van a consolidar una especie
de casta que implica, no sólo el concepto de caballero en los modales
y costumbres, sino también en cuanto a la profesionalidad de abogados,
arquitectos, médicos, militares o políticos. Estas profesiones
acabarán formando sociedades, sobre todo a partir de la década
de los años 1860, como la del British Medical Council o la
Law Society.
Pese a todo, una sensación de vaguedad,
incoherencia y falta de dirección empapará la década
de los años 1890. Los cambios internos se están produciendo
en Gran Bretaña producto de la crítica constante que se hace
de las estructuras sociales que, por supuesto, dejan de estar bajo la protección
divina para secularizarse. El cambio es social pero también
lo es estético . De la misma manera, se observa una mayor atención
e interés hacia los problemas de la pobreza que ocurren en Londres,
sobre todo a partir de la Reform de 1885. También, se puede
hablar de la emigración que se produce del campo a la ciudad, algo
que empieza a relacionar a las provincias con la, hasta ese momento, intocable
ciudad de Londres.
Londres era la capital más ordenada
y con más tradición del momento. Solamente se habían
producido manifestaciones en el año 1866 en Hyde Park, contestaciones
sociales que más bien parecían procesiones religiosas que
algo más. Pero, a partir de la década de los 1880, Trafalgar
Square se convirtió en un lugar de grandes escenas y concentraciones
que elevaron a la plaza a un nivel mítico y popular. Así,
antes de que la policía pudiese llegar a la plaza, en el año
1886, las gentes enfadadas se habían apropiado de mercancía
de las tiendas por valor de 50.000 libras esterlinas. Se producirán
atentados en Westminster Hall, en la Cámara de los Comunes, en tres
estaciones de ferrocarril londinenses, en la Torre de Londres, en el Puente
de Londres y en el Obelisco de Nelson. Parece que algunos extranjeros,
eso se dijo, habían participado en tales actos dada la futilidad
de los objetivos escogidos, aunque otras personas señalaron a las
sufragistas como responsable de ellos (G. M. Young, 1983: 147). El último
atentado se produjo en el año 1895 en el Observatorio Real algo
que dió pié a una critica generalizada pero, al mismo tiempo,
a un movimiento de comprensión hacia la pobreza que se extendía
por Londres.
Son momentos en los que la gentry
atrincherada en el Parlamento, en la Iglesia y en las Universidades, no
desea perder ni un ápice de su poder, dinero y forma de vivir. Además,
la burguesía productiva se está convirtiendo en una plutocracia
financiera que puede utilizar a una clase de ejecutivos, algo que, parece
chocar con los intereses de la gentry que tenía en mente el
poder seguir controlando la administración del Estado y, por supuesto,
la del Imperio.
Por otro lado, dentro de la cultura se
están produciendo cambios en sus diversas manifestaciones. Así,
de la lógica de los filósofos radicales se está pasando
a una preocupación por la psicología individual y colectiva
basada en una mayor observación de la persona y del mundo que le
rodea. La Ciencia es empujada, cada vez más, por un riguroso escrutinio
de la evidencia que se va imponiendo en todo análisis en el que
pueden mezclarse ideas de autores extranjeros. Esto se manifiesta en las
influencias que ejercen Mazzini, Tolstoi, el internacionalismo con Engels
y Marx o, aún, el anarquismo. Además, a esta fuente de ideas
habría que añadirles, ya desde la década de los años
1850, las que surgen de la actividad de los socialistas cristianos y de
Robert Owen.
En la década de los años
1890 la inestabilidad de todo el sistema británico parece una realidad.
Los conceptos de libertad y de confort se hacen cada vez menos precisos
y se modifican los otras nociones que tienen que ver más con la
seguridad, la protección contra las contingencias o el apoyo a la
tercera edad, asuntos que nos trasladarán, otra vez a la década
de los años 1990 del siglo pasado. Esta inseguridad es la que va
a hacer que el Parlamento británico reaccione con una serie de Actas
sobre la Educación, en el año 1902 y sobre los Seguros en
1911.
La introducción al contexto británico
del siglo XIX y a una de sus décadas, 90´s, nunca estaría
completo sin una referencia al Imperialismo. En 1870, el imperialismo significaba
un modo de gobernar que se asociaba a Napoleón III o al Zar de las
Rusias y un gran concepto de empresa. En la década de los años
1890, las emociones y cierta preocupación religiosa invaden la idea
británica sobre el imperialismo, debido a ciertas concepciones que
van apareciendo como las del “pueblo elegido” o la explotación de
los demás humanos por “el poder superior”. Al mismo tiempo, el concepto
de misión , adaptado del deber que tenían los profetas de
enseñar las Escrituras, es popularizado por Carlyle, que pensaba
que las naciones tenían misiones que cumplir como la de Gran Bretaña
en la India, a la que se le impuso la East India Company, la educación
británica en institutos y universidades y la concepción económica
del ya anciano J. S. Mill, que pensaba, como otros británicos, que
en compensación por los agravios producidos por la autoridad de
los conquistadores, los jóvenes indios podían ser preparados
para cubrir algunos puestos de la administración colonial.
En la India colonizada nunca hubo asentamientos
blancos en gran cantidad, algo que si sucedió en Australia, por
ejemplo, en donde el aborigen no fue tomado en consideración por
el colonialista. Por otro lado, en Canadá, las Indias Occidentales
y Nueva Zelanda, las relaciones con la metrópoli se habían
suavizado y mejorado con el paso del tiempo, estabilizando a esas regiones
del mundo. En cambio, el nuevo imperio en el Pacífico o en Africa,
se estaba construyendo a través de empresas deshumanizadas y explotadores
que arrasaron a gentes y tierras en una guerra de fronteras continua. De
este proceso surgirán personajes casi míticos como el cazador,
comerciante fronterizo, pionero, misionero y constructor de ferrocarril
que juntamente con conceptos como el de raza, color, diferencia o del “otro”
forman las bases de lo que, en la última década del siglo
XX, se entiende como postcolonialismo y todas sus teorías.
Dentro ya del mundo literario de la última
década del XIX se puede señalar que el Naturalismo llegó
al final del siglo a Gran Bretaña. El escritor naturalista sería
el que actuando como un científico baconiano, recoge, reconstruye
y alinea los datos obtenidos en su exploración de la realidad que
le rodea y que debe ser directamente observada. El escritor naturalista
parece escanear la realidad contemporánea dentro de un mundo que
no semeja tener historia. Al naturalismo se le compara con el pesimismo
y el determinismo, tres términos que van paralelos dentro de cualquier
narración novelada que, a finales del siglo XIX, busca luchar por
la supervivencia de sus personajes principales. En casi todas las obras
que se escriben en esta última década aparecerán subrayados
conceptos como el de los conflictos sociales, la moralidad hipócrita,
lucha por la supervivencia, tanto en el campo como en la ciudad, dureza
para el prójimo, todos términos que parecen brotar de una
biología evolucionista que elimina al débil.
El naturalista piensa que sus personajes
creen en el determinismo de clase social, genes o sangre, en la venganza,
en lo poco auténtico, en el pesimismo, en la imposibilidad de cambios
sociales o personales, en la desesperanza, en el comportamiento poco escrupuloso
para conseguir un triunfo o en la sociedad como el “enemigo común”.
Todas estas ideas parecen estar empapadas en una especie de Humanismo que
tiene, como base ideológica, a una especie de positivismo en el
que la idea del progreso histórico debe excluir cualquier posibilidad
de conflicto y, que todo debe ser conducido hacia una doctrina del altruismo
que moverá al mundo.
Parece que las teorías sobre la
Historia del liberalismo y del positivismo corren parejas, a lo largo del
siglo XIX, sobre todo en cuanto a conceptos tales como el progreso, que
es visto como fundamental pero poco lineal y, al que es mejor no aplicarle
directrices extremas para así poder promover el bien general. De
todas maneras, a finales de la década de los años 1880, esto
no parece corresponderse con la realidad, puesto que el progreso no garantiza
ya la promoción del bien en general y, la esperanza en el altruismo
se convierte en el descubrimiento inevitable del egoísmo humano
en todas sus facetas. De aquí que el pesimismo reemplace al optimismo
dando paso al cinismo y, que el realismo se convierta en una naturalismo
cada vez más extremo y todo ello envuelto en los últimos
años del siglo XIX en un claro darvinismo que se aplicaba ya a la
vida y que ahora se va a utilizar en el Arte ( Ian Fletcher, 1979: 139).
En el mundo naturalista británico
tenemos a Moore y a Gissing como sus máximas manifestaciones aunque
no perderemos de vista a Hardy que también creemos es tocado por
la barita no mágica del naturalismo, sobre todo, en lo que se refiere
a ver el determinismo que produce un contexto concreto que influye de manera
poderosa en los personajes de sus obras. Hardy conoció e invitó
a su casa Max Gate a Gissing y también se relacionó
con Moore aunque con éste la relación no fue tan amistosa
( R. Chapman, 1990: 24).
Thomas Hardy nació cuando Charles
Dickens comienza a hacerse un nombre y cuando autoras como las hermanas
Brontë o George Eliot aún no habían publicado. En cambio,
fallece en la cúspide de autores como Virginia Woolf, T. S. Eliot
o James Joyce. Vive cuando se está asentando la invención
del automóvil o del avión y cuando se producen los cambios
ideológicos que provienen de estudiosos de la magnitud de
Darwin, Marx y Freud.
Thomas Hardy escribió con una gran
nostalgia del pasado y un sentimiento histórico que va a ocupar
toda la historia anglosajona. Va a rechazar muchos de los cambios que se
producen en su tiempo, especialmente la desaparición de la forma
de vida rural que se había mantenido sin fisuras a lo largo de toda
la historia inglesa. Por otro lado, aceptó nuevas formas de desarrollo
que le convirtieron, en principio, en un victoriano para, después
acercarlo, poco a poco, al naturalismo y a las nuevas formas de vida del
siglo XX.
Su obra puede considerarse realista, naturalista,
sórdida y sombría a la manera de los naturalistas Gissing
y Moore; sensacionalista y misteriosa a la manera de Reade y Collins;
de crítica moral e intelectual a la forma de Eliot y Maredith
pero, principalmente poética, en cuanto que, además de ser
poeta, escribe contando con la historia de la poesía en inglés
y con un concepción muy pensada y razonada de lo que significa la
Historia que, para él, posee un sentido del pasado y de la continuidad
del tiempo, de la memoria y de lo regional que lo han colocado como un
artista mediador entre el siglo XIX y XX.
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