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18. Realismo y determinismo en la novela y la poesía de Thomas Hardy (1840-1928).2/5
José Luis Caramés Lage, Universidad de Oviedo.
ISBN- 84-9714-031-1
 

Contexto.

 Tradicionalmente se ha tomado el año 1867 como la fecha de conveniencia consensuada que nos señala que el viejo sistema victoriano comienza a resquebrajarse. Esta fecha influirá en los próximos 33 años, hasta el final de la década de los años 1890. 
Hasta 1867, se había producido un incremento y una mejor distribución de la riqueza a lo largo de toda Gran Bretaña. Las personas acomodadas se habían multiplicado y esperaban que sus fortunas aumentasen debido al optimismo que se respirara en las dos o tres décadas precedentes a la fecha señalada.

Los no conformistas habían aparecido en las elecciones del año 1868 como consecuencia del Acta de 1867 en la que se seguía sin redistribuir los números de parlamentarios habidos hasta ese momento en la Cámara de los Comunes. De todas maneras en el Acta de 1867 se habían producido algunos cambios. El primero, era que se aceptaba el principio de democracia y, el segundo, que habría que mover la pirámide rígida de la división de clases sociales que sustentaba el viejo régimen. El incremento de la riqueza, de la consciencia individual y de la confianza en uno mismo estaba creando un nuevo grupo social que iba a constituir el centro de la pirámide económica y social del país. Con ello, se estaba desplazando el poder político del Partido Liberal para dejárselo al Partido Laborista, constituido por la clase trabajadora baja y media. Esto dará lugar al comienzo de la reforma del Partido Conservador que se fue renovando hasta finales del siglo XIX.

Si Londres se llena de carruajes y de una vida bastante elegante, no es menos cierto que en el campo siguen vibrando los palacios y las grandes casas, así como las vicarías y las rectorías, lugares que parece mantener toda la vida igual que antes. Pero, la realidad es otra, dado que mucha de la prosperidad agrícola se ha evaporado, lo mismo que un sin fin de jóvenes que han abandonado el campo y el mundo agrícola para irse a la ciudad o a la aventura. De aquí que surja un radicalismo agrícola que es recogido por autores como Thomas Hardy.

El país nota este ataque a sus bases económicas, dado que además, Gran Bretaña dependía bastante de sus rentas de la agricultura y, aunque la nobleza sigue situada en un lugar muy privilegiado de la pirámide social, está surgiendo la gentry.  Esta clase social que, podría equivaler al terrateniente acomodado que no sólo hace sus inversiones en la agricultura, sino que las realiza en la industria y, aún, a través del matrimonio, entre gentes acomodadas no rurales, da lugar a una nueva mentalidad de fin de siglo que, también, es recogida por Thomas Hardy.
La gentry  va a buscar el reparto de sus inversiones entre el mundo del campo y el de la ciudad, algo que podrá hacer, sobre todo, con la aparición del automóvil que hace que las personas puedan vivir en el campo y trabajar en algunos asuntos en la ciudad.

En la última década del siglo XIX la sociedad se encuentra dentro de un cambio rápido y complejo. En esta transformación el concepto de caballero sufre modificaciones puesto que ahora se comienza a mirar, no sólo la riqueza o el poder de tal o cual persona, sino sus cualidades mentales y morales. La educación empieza a aflorar como un camino que posee una importancia cada vez mayor. De aquí que el concepto de gentleman  vaya a implicar refinamiento, cierta libertad de espíritu y de educación. Esto puede comprobarse en el aumento del número de estudiantes en universidades como Cambridge y Oxford que van a consolidar una especie de casta que implica, no sólo el concepto de caballero en los modales y costumbres, sino también en cuanto a la profesionalidad de abogados, arquitectos, médicos, militares o políticos. Estas profesiones acabarán formando sociedades, sobre todo a partir de la década de los años 1860, como la del British Medical Council  o la Law Society. 

Pese a todo, una sensación de vaguedad, incoherencia y falta de dirección empapará la década de los años 1890. Los cambios internos se están produciendo en Gran Bretaña producto de la crítica constante que se hace de las estructuras sociales que, por supuesto, dejan de estar bajo la protección divina para secularizarse.  El cambio es social pero también lo es estético . De la misma manera, se observa una mayor atención e interés hacia los problemas de la pobreza que ocurren en Londres, sobre todo a partir de la Reform  de 1885. También, se puede hablar de la emigración que se produce del campo a la ciudad, algo que empieza a relacionar a las provincias con la, hasta ese momento, intocable ciudad de Londres.

Londres era la capital más ordenada y con más tradición del momento. Solamente se habían producido manifestaciones en el año 1866 en Hyde Park, contestaciones sociales que más bien parecían procesiones religiosas que algo más. Pero, a partir de la década de los 1880, Trafalgar Square se convirtió en un lugar de grandes escenas y concentraciones que elevaron a la plaza a un nivel mítico y popular. Así, antes de que la policía pudiese llegar a la plaza, en el año 1886, las gentes enfadadas se habían apropiado de mercancía de las tiendas por valor de 50.000 libras esterlinas. Se producirán atentados en Westminster Hall, en la Cámara de los Comunes, en tres estaciones de ferrocarril londinenses, en la Torre de Londres, en el Puente de Londres y en el Obelisco de Nelson. Parece que algunos extranjeros, eso se dijo, habían participado en tales actos dada la futilidad de los objetivos escogidos, aunque otras personas señalaron a las sufragistas como responsable de ellos (G. M. Young, 1983: 147). El último atentado se produjo en el año 1895 en el Observatorio Real algo que dió pié a una critica generalizada pero, al mismo tiempo, a un movimiento de comprensión hacia la pobreza que se extendía por Londres.

Son momentos en los que la gentry  atrincherada en el Parlamento, en la Iglesia y en las Universidades, no desea perder ni un ápice de su poder, dinero y forma de vivir. Además, la burguesía productiva se está convirtiendo en una plutocracia financiera que puede utilizar a una clase de ejecutivos, algo que, parece chocar con los intereses de la gentry  que tenía en mente el poder seguir controlando la administración del Estado y, por supuesto, la del Imperio. 

Por otro lado, dentro de la cultura se están produciendo cambios en sus diversas manifestaciones. Así, de la lógica de los filósofos radicales se está pasando a una preocupación por la psicología individual y colectiva basada en una mayor observación de la persona y del mundo que le rodea. La Ciencia es empujada, cada vez más, por un riguroso escrutinio de la evidencia que se va imponiendo en todo análisis en el que pueden mezclarse ideas de autores extranjeros. Esto se manifiesta en las influencias que ejercen Mazzini, Tolstoi, el internacionalismo con Engels y Marx o, aún, el anarquismo. Además, a esta fuente de ideas habría que añadirles, ya desde la década de los años 1850, las que surgen de la actividad de los socialistas cristianos y de Robert Owen.

En la década de los años 1890 la inestabilidad de todo el sistema británico parece una realidad. Los conceptos de libertad y de confort  se hacen cada vez menos precisos y se modifican los otras nociones que tienen que ver más con la seguridad, la protección contra las contingencias o el apoyo a la tercera edad, asuntos que nos trasladarán, otra vez a la década de los años 1990 del siglo pasado. Esta inseguridad es la que va a hacer que el Parlamento británico reaccione con una serie de Actas sobre la Educación, en el año 1902 y sobre los Seguros en 1911.

La introducción al contexto británico del siglo XIX y a una de sus décadas, 90´s, nunca estaría completo sin una referencia al Imperialismo. En 1870, el imperialismo significaba un modo de gobernar que se asociaba a Napoleón III o al Zar de las Rusias y un gran concepto de empresa. En la década de los años 1890, las emociones y cierta preocupación religiosa invaden la idea británica sobre el imperialismo, debido a ciertas concepciones que van apareciendo como las del “pueblo elegido” o la explotación de los demás humanos por “el poder superior”. Al mismo tiempo, el concepto de misión , adaptado del deber que tenían los profetas de enseñar las Escrituras, es popularizado por Carlyle, que pensaba que las naciones tenían misiones que cumplir como la de Gran Bretaña en la India, a la que se le impuso la East India Company, la educación británica en institutos y universidades y la concepción económica del ya anciano J. S. Mill, que pensaba, como otros británicos, que en compensación por los agravios producidos por la autoridad de los conquistadores, los jóvenes indios podían ser preparados para cubrir algunos puestos de la administración colonial.

En la India colonizada nunca hubo asentamientos blancos en gran cantidad, algo que si sucedió en Australia, por ejemplo, en donde el aborigen no fue tomado en consideración por el colonialista. Por otro lado, en Canadá, las Indias Occidentales y Nueva Zelanda, las relaciones con la metrópoli se habían suavizado y mejorado con el paso del tiempo, estabilizando a esas regiones del mundo. En cambio, el nuevo imperio en el Pacífico o en Africa, se estaba construyendo a través de empresas deshumanizadas y explotadores que arrasaron a gentes y tierras en una guerra de fronteras continua. De este proceso surgirán personajes casi míticos como el cazador, comerciante fronterizo, pionero, misionero y constructor de ferrocarril que juntamente con conceptos como el de raza, color, diferencia o del “otro” forman las bases de lo que, en la última década del siglo XX, se entiende como postcolonialismo   y todas sus teorías. 

Dentro ya del mundo literario de la última década del XIX se puede señalar que el Naturalismo llegó al final del siglo a Gran Bretaña. El escritor naturalista sería el que actuando como un científico baconiano, recoge, reconstruye y alinea los datos obtenidos en su exploración de la realidad que le rodea y que debe ser directamente observada. El escritor naturalista parece escanear la realidad contemporánea dentro de un mundo que no semeja tener historia. Al naturalismo se le compara con el pesimismo y el determinismo, tres términos que van paralelos dentro de cualquier narración novelada que, a finales del siglo XIX, busca luchar por la supervivencia de sus personajes principales. En casi todas las obras que se escriben en esta última década aparecerán subrayados conceptos como el de los conflictos sociales, la moralidad hipócrita, lucha por la supervivencia, tanto en el campo como en la ciudad, dureza para el prójimo, todos términos que parecen brotar de una biología evolucionista que elimina al débil. 

El naturalista piensa que sus personajes creen en el determinismo de clase social, genes o sangre, en la venganza, en lo poco auténtico, en el pesimismo, en la imposibilidad de cambios sociales o personales, en la desesperanza, en el comportamiento poco escrupuloso para conseguir un triunfo o en la sociedad como el “enemigo común”. Todas estas ideas parecen estar empapadas en una especie de Humanismo que tiene, como base ideológica, a una especie de positivismo en el que la idea del progreso histórico debe excluir cualquier posibilidad de conflicto y, que todo debe ser conducido hacia una doctrina del altruismo que moverá al mundo. 

Parece que las teorías sobre la Historia del liberalismo y del positivismo corren parejas, a lo largo del siglo XIX, sobre todo en cuanto a conceptos tales como el progreso, que es visto como fundamental pero poco lineal y, al que es mejor no aplicarle directrices extremas para así poder promover el bien general. De todas maneras, a finales de la década de los años 1880, esto no parece corresponderse con la realidad, puesto que el progreso no garantiza ya la promoción del bien en general y, la esperanza en el altruismo se convierte en el descubrimiento inevitable del egoísmo humano en todas sus facetas. De aquí que el pesimismo reemplace al optimismo dando paso al cinismo y, que el realismo se convierta en una naturalismo cada vez más extremo y todo ello envuelto en los últimos años del siglo XIX en un claro darvinismo que se aplicaba ya a la vida y que ahora se va a utilizar en el Arte ( Ian Fletcher, 1979: 139).

En el mundo naturalista británico tenemos a Moore y a Gissing como sus máximas manifestaciones aunque no perderemos de vista a Hardy que también creemos es tocado por la barita no mágica del naturalismo, sobre todo, en lo que se refiere a ver el determinismo que produce un contexto concreto que influye de manera poderosa en los personajes de sus obras. Hardy conoció e invitó a su casa Max Gate  a Gissing y también se relacionó con Moore aunque con éste la relación no fue tan amistosa ( R. Chapman, 1990: 24). 

Thomas Hardy nació cuando Charles Dickens comienza a hacerse un nombre y cuando autoras como las hermanas Brontë o George Eliot aún no habían publicado. En cambio, fallece en la cúspide de autores como Virginia Woolf, T. S. Eliot o James Joyce. Vive cuando se está asentando la invención del automóvil o del avión y cuando se producen los cambios ideológicos que provienen de  estudiosos de la magnitud de Darwin, Marx y Freud.

Thomas Hardy escribió con una gran nostalgia del pasado y un sentimiento histórico que va a ocupar toda la historia anglosajona. Va a rechazar muchos de los cambios que se producen en su tiempo, especialmente la desaparición de la forma de vida rural que se había mantenido sin fisuras a lo largo de toda la historia inglesa. Por otro lado, aceptó nuevas formas de desarrollo que le convirtieron, en principio, en un victoriano para, después acercarlo, poco a poco, al naturalismo y a las nuevas formas de vida del siglo XX. 

Su obra puede considerarse realista, naturalista, sórdida y sombría a la manera de los naturalistas Gissing y Moore; sensacionalista y misteriosa a la manera de Reade y Collins;  de crítica moral  e intelectual a la forma de Eliot y Maredith pero, principalmente poética, en cuanto que, además de ser poeta, escribe contando con la historia de la poesía en inglés y con un concepción muy pensada y razonada de lo que significa la Historia que, para él, posee un sentido del pasado y de la continuidad del tiempo, de la memoria y de lo regional que lo han colocado como un artista mediador entre el siglo XIX y XX.