Thesaurus:
Literatura norteamericana,
narrativa, novela, siglo XX, postmodernismo, modernismo, experimentación,
metaficción, metaficción historiográfica, realismo,
realismo postmodernista, raza, género, clase social, opción
sexual, discurso científico, teoría del caos, postguerra,
discurso, semiótica, postestructuralismo.
I. INTRODUCCIÓN
Hablar de novela postmodernista en los
Estados Unidos supone, en primera instancia, la necesidad de acometer una
tarea doblemente compleja, porque complejo y ambiguo es en sí mismo
el término “postmodernismo” y muy complejo es, y ha sido siempre,
el panorama de la novela en los Estados Unidos, un país que es una
mezcla de pequeños países, sus Estados, y de múltiples
etnias que han contribuido a enriquecer la cultura más variopinta
y fragmentada del planeta.
De hecho, es fácil metaforizar
la condición social de los EE.UU. como típicamente “postmodernista”:
multi-etnicidad, fragmentación, complejidad, inestabilidad o pluralidad
son todos rasgos que, como señala la crítica cultural contemporánea,
definen el carácter postmodernista; pero son también términos
que podrían haberse aplicado a la condición total del país
americano desde el siglo XIX. No ha de sorprendernos, por consiguiente,
que el carácter postmodernista aparezca frecuentemente ligado a
los EE.UU. como el fenómeno cultural contemporáneo más
representativo de aquel país.
Pero ¿qué es, en definitiva,
el postmodernismo y cómo se reflejan sus valores en la novela norteamericana?
Libros al respecto se han escrito muchos y muy variados, si bien los críticos
suelen coincidir al menos en dos factores a la hora de interpretar el vocablo:
lo postmodernista está, de alguna manera, ligado al modernismo,
y además supone la deslegitimación de los valores tradicionales
o universales.
Si trasladamos el primer factor al campo
de la novela, podemos entender que lo postmodernista supone o bien una
reacción contra la novela modernista o bien su continuación
y desarrollo en medio de las nuevas condiciones socio-políticas
generadas desde el final de la Segunda Guerra Mundial. La crítica
más integradora no rehuye ninguna de estas dos interpretaciones
sino que las aglutina en una sola: la novela postmodernista sería
un intento de avanzar desde los postulados de la novela psicológica
y de introspección que caracterizó al modernismo hacia formas
nuevas que permitan interpretar una realidad cuyo significado se nos escapa
aún más que a principios del siglo XX. Esta argumentación
se basa en el entendimiento de que la novela anglosajona se divide históricamente
en tres importantes fases: la primera correspondería al nacimiento
de la novela inglesa en el siglo de la Ilustración y vendría
definida por el interés de autores y público en que este
género literario reflejase una visión del mundo tal como
éste aparece ante nuestros sentidos, es decir, este tipo de obra
narrativa se fundamentaría en el concepto de mimesis. En
una segunda fase, hacia finales del siglo XIX y durante el período
modernista, el mundo ya no sería considerado un ente transparente
y comprensible de manera clara por nuestros sentidos, y se cuestionaría
la capacidad del ser humano para entender la realidad externa a su consciencia,
entrándose en una fase de introspección basada en el “conócete
a ti mismo” como paso previo para llegar a un conocimiento del sentido
de la vida; surgiría así la novela psicológica y el
interés modernista en llegar a experiencias “epifánicas”
en las que el protagonista de la obra recibe, aunque brevemente, un acto
de revelación vital. En la tercera fase, que caracterizaría
el espíritu de postguerra, la duda lo ha invadido todo, tanto la
realidad externa como la confianza del sujeto consciente para conocerse
a sí mismo: el mundo aparece ya como algo muy complejo que no está
controlado por las leyes naturales y “racionales” que promulgase Newton,
y el sujeto humano de conocimiento comprende su propia inestabilidad psíquica
y la futilidad de sus intentos por llegar a cualquier tipo de verdad definitiva
o permanente: en consecuencia la novela de postguerra se sitúa en
una encrucijada epistemológica desde la que se llega incluso a predicar
su propia muerte, entrados ya en los años sesenta, junto con la
muerte del autor, y es desde esa encrucijada desde donde parte la necesidad
de crear el nuevo tipo de obra narrativa, compleja, difusa y variopinta
que se ha dado en llamar “novela postmodernista.”
Entender las razones que llevan a la vertiente
aparentemente nihilista del postmodernismo –es decir, a la deslegitimación
de los valores tradicionales y universales–, lo que a su vez explicaría
ese sentimiento de muerte literaria de la novela en los años sesenta,
exige una reflexión más detallada sobre distintos campos
del saber y su transformación desde finales del siglo XIX. Nuestra
reflexión podría comenzar, una vez más, en el proyecto
de la Ilustración y en los postulados de la física clásica
o newtoniana. En el siglo XVIII se fue gestando la creencia de que el ser
humano, con su racionalidad, estaba abocado a terminar comprendiendo todo
lo existente en un Universo que se concebía, gracias a los Principia
de Isaac Newton, como un mecanismo de relojería en el que solo
nos faltaba descubrir la totalidad de leyes gracias a las cuales se producía
su movimiento. Los ilustrados, en buena medida burgueses y aristócratas
adinerados, creían tener la puerta abierta a una vida en donde las
enfermedades y el mal podrían ser finalmente erradicados y consecuentemente
intentaron poner orden en una sociedad, la de la Revolución Industrial,
que cada vez parecía ser más desordenada y caótica.
Poco a poco la sociedad europea –y en breve la norteamericana– comenzaría
a comprender, desde mediados del siglo XIX, que había poco sitio
ya para la esperanza de que su optimista sueño de racionalidad total
llegase a cumplirse algún día. Por el contrario, teorías
científicas como las de Charles Darwin sobre la evolución
de las especies o como la formulación, en el campo de la termodinámica,
de su segunda ley o Ley de la Entropía, serían síntomas
culturales claros de que el pesimismo se iba imponiendo a ambos lados del
Atlántico. Nuevos campos del saber, sin embargo, estaban apareciendo
para intentar explicar tanto la condición del mundo como el extraño
comportamiento de los seres humanos. La revolución en la industria
había supuesto también una revolución científico-tecnológica
y el predominio de un “método científico” que gradualmente
llevaría al nacimiento de nuevas parcelas científicas, como
la nueva psicología, la antropología moderna, el estructuralismo,
o la física subatómica, a los que hay que unir otros campos
del saber que, en curiosa paradoja, en lugar de aclarar el conocimiento
del ser y del mundo llevaron ya a principios del siglo XX a la asombrosa
conclusión de que el ser humano no está plenamente capacitado
para llegar a una comprensión última de la verdad ni sobre
sí mismo (de ahí las dificultades del psicoanálisis)
ni sobre el mundo (teoría de la relatividad y física cuántica).
Esta duda epistemológica
modernista se extendería asimismo al terreno de la política
cuando, por efecto de la Primera Guerra Mundial, muchos intelectuales que
habían participado en la contienda o que habían perdido familiares
y amigos en ella se cuestionaron la validez moral de una guerra que la
vieja generación de políticos aliados había presentado
como un acto moral para preservar la cultura de Occidente de la barbarie
militarista alemana. El velo de la hipocresía se rasgó ya
en obras célebres como The Waste Land de Eliot para poner
al descubierto que detrás de la verborrea de los políticos
no se escondían más que intereses económicos y coloniales.
Esta pérdida de confianza en los dirigentes políticos se
vería incrementada, en el caso de los Estados Unidos, por las desacertadas
actuaciones en el terreno de la economía de las tres presidencias
republicanas que el país tuvo en la mal denominada década
de los “felices años veinte,” década que desembocaría
en el hundimiento de la Bolsa de Nueva York en 1929 y en los once años
que duró la Gran Depresión, un caos socio-económico
del que el país solo comenzó a salir a raíz de su
implicación en la Segunda Guerra Mundial: guerra y prosperidad económica
estaban lamentablemente ligados. Tras la gran contienda comenzó,
sin embargo, otra guerra por la supremacía del mundo que iba a ser
mucho más larga: la Guerra Fría, que llevaría a la
“caza de brujas” efectuada por el infame senador McCarthy y por el Comité
senatorial sobre Actividades Antiamericanas (H.U.A.C.). No es de extrañar,
por consiguiente, que el conservadurismo político imperante en los
años cincuenta supusiese la represión de la intelectualidad
de izquierdas; de manera voluntaria o forzados por el espíritu político
reinante, los intelectuales se movieron hacia la derecha del espectro político
o recurrieron a la simbología y a otras técnicas de ocultación
para expresar sus ideas. Famoso es el caso de la obra de Miller The
Crucible, que su autor tuvo que presentar como una tragedia histórica
pero que, sin embargo, escondía una dura crítica contra el
proceso de represión ideológica que se había desatado
en el país.
Este cúmulo de teorías
sobre la incapacidad humana para conocer el mundo y el ser, de desastres
socio-económicos, guerras brutales y persecuciones políticas
no ofrecía ciertamente un panorama muy positivo de lo que el siglo
XX estaba siendo, aun ya mediado, para las sociedades occidentales: la
necesidad de un cambio tanto político como cultural se estaba gestando
a pasos agigantados. La contracultura irrumpiría con fuerza en los
años sesenta, pero su aparición no fue de naturaleza abrupta.
Otros indicadores del cambio sociocultural eran perceptibles tanto en Europa
como en los Estados Unidos ya en los años cincuenta. El Teatro del
Absurdo o el neorrealismo europeos vieron su contrapartida en la cultura
norteamericana del “Pop Art” o, específicamente en el terreno literario,
en la “Beat Generation,” cuya impronta es fácilmente observable
en la narrativa de algunos de los escritores que habían de ser considerados
como los “padres” del postmodernismo norteamericano.

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