| II.
LOS AÑOS 50 Y 60
On the Road, una novela escrita
por Jack Kerouac (1922-69) en 1951 pero que no alcanzó a ver la
publicación hasta seis años más tarde, es sin lugar
a dudas el libro que más influyó en una generación
de jóvenes norteamericanos que, todavía en los años
cincuenta, ansiaban ya un cambio político. La obra de Kerouac revive
el viejo gusto que la tradición norteamericana tiene por el motivo
del viaje, el “Go West” de los pioneros que colonizaron el país
y que en sí mismo suponía una plasmación del sueño
americano. Los años cincuenta representaban además el despegue
económico de una sociedad de postguerra donde se había desarrollado
sustancialmente la red de carreteras y autopistas del país, y no
pasó mucho tiempo antes de que el espíritu de libertad de
los grandes espacios abiertos que predominan en la geografía de
los Estados Unidos se asociase al viejo motivo del viaje, un viaje legendario
donde el nuevo héroe se ha transformado ahora en el “drifter,” en
el joven que busca en el viaje y el continuo movimiento una espiritualidad
que le lleve a librarse de la opresión de la conservadora sociedad
norteamericana. William Burroughs, el otro líder junto con Kerouac
de la Beat Generation (gracias especialmente a su famosa novela Naked
Lunch, de 1959), convertiría su propia vida en prototipo del
“drifter,” siempre viajando, tomando drogas y huyendo de la policía
y de las represivas normas del status quo.
La juventud comenzaba a rebelarse
en los años cincuenta como nunca lo hubiera hecho antes en los Estados
Unidos: los hijos de una burguesía conservadora y de una clase trabajadora
desarraigada se habían convertido en una facción social que
sistemáticamente evaluaba y rechazaba los valores sociales que sus
padres querían transmitirles. Los beat, el impacto del rock-and-roll,
el consumo de marijuana, los trabajos de Andy Warhol, las protestas por
las guerras de Corea y, especialmente, Vietnam o el fenómeno hippie
fueron todos síntomas de una necesidad de cambio que, en nuestro
objeto de análisis, iba a llevar también a la creación
de la novela postmodernista. Hacia finales de los cincuenta jóvenes
autores como John Barth o Thomas Pynchon estaban ya sentando las bases
de un tipo de obra de carácter claramente experimental, tanteando
con estrategias parecidas a las ya empleadas por otros autores, como John
Hawkes en 1949 con The Cannibal, o como el mismo Burroughs haría
con el mencionado Naked Lunch al final de la década.
En los años sesenta se consolidaron
y adquirieron gran fuerza otros dos frentes de crítica social que
llegarían a conmocionar los cimientos del país y cuyo impacto
se extiende hasta nuestros días, dando pie a la esperanza de que
la sociedad norteamericana pueda ir gradualmente transformándose
en una sociedad más justa para todos. Tanto el movimiento feminista
como la lucha de los afroamericanos para conseguir la implantación
definitiva de los derechos civiles serían factores fundamentales
en la consolidación de la revolución sociocultural de los
años sesenta. Eventos como las marchas sobre Washington por parte
de los activistas del Civil Rights Movement, la aparición del grupo
terrorista afroamericano de los Panteras Negras, la intensificación
de la lucha por la igualdad femenina o las protestas estudiantiles por
la guerra del Vietnam marcarían una década caracterizada
por la continua crítica del status quo y de los valores hasta entonces
calificados como “tradicionales,” “naturales” o, incluso, “universales”:
la maquinaria política que, en un principio, solo supo responder
con cargas policiales y asesinatos, se vería finalmente forzada
a hacer concesiones legales, estructurales y políticas, concesiones
con las que se gestaría una nueva manera de evaluar la sociedad
norteamericana: la “political correctness” surgió como un método
de autocontrol para garantizar, al menos superficialmente, iguales derechos
para las minorías oprimidas en un país dominado por los WASPs
(“White Anglo-Saxon Protestants”). Los derechos de las mujeres y de las
minorías étnicas comenzaron a ser reconocidos tanto legal
como institucionalmente, unos derechos que en el sistema educativo se plasmaron
en la creación de programas específicos en los que estudiar
la historia, la cultura y la problemática que afectaba a las diversas
minorías que tradicionalmente habían sido marginadas por
razones de género, raza u opción sexual. Estaba claro que
la revolución postmodernista, con su crítica de las estructuras
y valores sociopolíticos tradicionales, había hecho posible
el comienzo de un importante cambio en los Estados Unidos, cambio que,
además de plasmarse en la nueva novela de mujeres y de minorías
étnicas, contaba asimismo con un importante soporte ideológico
y profundamente intelectual venido de Europa, los Postestructuralismos,
y a ellos me referiré como último hito cultural que investigar
antes de analizar específicamente la novela norteamericana postmodernista.
Es también en los años
sesenta cuando ciertas teorías provenientes de distintos campos
del saber hacen sentir su impacto en la cultura primero europea y después
norteamericana. Son especialmente tres los nombres de los teóricos
a partir de cuyas ideas arranca la influencia de las escuelas postestructuralistas:
el psicoanalista Jacques Lacan, el historiador Michel Foucault y el filósofo
Jacques Derrida. En los tres –a pesar de sus discrepancias de pensamiento–
cabe señalar un fenómeno que caracterizaría también
al postmodernismo: la disolución de los campos de conocimiento,
hasta tal punto que hoy en día cabe catalogar a todos ellos como
“críticos culturales,” con independencia de la disciplina específica
de la que cada uno provenía. Y ello ocurre debido precisamente al
interés que los tres pensadores muestran por el lenguaje, instrumento
que todos coinciden en señalar como una herramienta de conocimiento
que ni es aséptica ni transparente sino que conforma la ideología
del sujeto, hasta tal punto que se convierte en una verdadera prisión
que nos atrapa con sus reglas y normas sociales. Lacan señala que
el inconsciente tiene también su lenguaje, que entra en conflicto
con la Ley del Padre o estadio de lo Simbólico, la etapa que caracteriza
la vida consciente del ser humano. Éste es un ser atrapado por las
estructuras y usos de la lengua, sin los cuales el sujeto ni siquiera existiría
como tal. Desde su propia perspectiva, Michel Foucault entiende que la
lengua es un instrumento básico en la generación de poder;
poder y conocimiento están íntimamente ligados hasta el punto
que el saber solo cabe entenderse como un poder para definir los otros
poderes, es decir, como un poder superior a los demás. A partir
de sus redefiniciones de poder y conocimiento, Foucault se empeñó
durante buena parte de su vida en rastrear la aparición de ciertas
instituciones y usos discursivos (la clínica, la prisión,
el sexo...) especialmente en el período en que comenzó a
desarrollarse el proyecto de la modernidad, es decir, en torno al siglo
XVIII. Su método de análisis, una “arqueología del
conocimiento,” se centraría en un intento de levantar un “mapa de
la realidad” que trataría de explicar el porqué de las apariciones,
desapariciones y cambios efectuados sobre el objeto histórico de
conocimiento. Y también la lengua fue –y sigue siendo– el objeto
básico de estudio de Jacques Derrida quien, a partir principalmente
de los postulados del estructuralismo, se convertiría en el heredero
de la vertiente antimetafísica que había caracterizado a
los filósofos del lenguaje y del positivismo en las primeras décadas
del siglo XX. Si de alguna manera se puede resumir su inmensa tarea para
explicar el funcionamiento del lenguaje como factoría ideológica,
es diciendo que Derrida lo desmitifica: muestra que al ser humano le atrapa
la impresión de que la lengua comporta la presencia de lo que se
habla cuando en realidad la lengua no es más que re-presentación
de lo que está ausente; e igualmente analiza el carácter
binario del lenguaje, las divisiones categóricas en que se han organizado
los conceptos y las jerarquías lingüísticas que se han
formado en torno a la noción de “presencia.” Pares binarios como
hombre/mujer, razón/locura, blanco/negro o heterosexual/homosexual
han supuesto el privilegio o “centralización” tradicionalmente del
primer elemento de cada par, en tanto que el segundo ha permanecido en
una situación “marginal” o suplementaria, y ello, Derrida argumenta,
porque el primer término se ha concebido como más cercano
a un hipotético Logos último o estado originario a partir
del cual se generarían las diferencias existentes en la estructura
lingüística. El ser humano, en su uso de la lengua, aspira
continuamente al Logos o verdad última, a la transcendencia metafísica
sobre la que también se articulan las religiones, una transcendencia
imposible que, sin embargo, ha permitido la construcción lingüística
como trampa ideológica a partir de la cual se establecen valores
supuestamente naturales o universales gracias a los que, a su vez, se construyen
las jerarquías sociales y el predominio de lo masculino sobre lo
femenino, de lo heterosexual sobre lo homosexual, de lo civilizado sobre
lo natural, o de lo blanco sobre lo negro, privilegios que, gracias a la
crítica derrideana, ahora comienzan ya a entenderse como construcciones
artificiales e ideológicamente perversas que en ningún caso
son justificables por una supuesta universalidad o naturalidad nunca implícita
en ellas.
El alcance de estas teorías
ha sido tremendo en las últimas décadas del siglo XX. Los
postestructuralismos han supuesto un gran apoyo intelectual a la impresión
ya generalizada en los años sesenta de que los valores tradicionales
no tenían justificación ni razón de ser per se.
Al impacto de estas teorías –en sí muy complejas de entender–
contribuyó también, sin duda, el hecho de que en las últimas
décadas del segundo milenio la educación universitaria tanto
en Europa como en Norteamérica se había desarrollado muy
rápidamente, abarcando a millones de estudiantes que provenían
de muy distintas clases sociales, un hecho que quedó claramente
reflejado en las protestas estudiantiles que se llevaron a cabo tanto en
Francia como en varias universidades estadounidenses (especialmente la
de California en Berkley) en torno a 1968.
Los valores tradicionales, ya analizados
como meras construcciones lingüísticas, se desmoronaban gracias
al efecto combinado de la disidencia social y de los nuevos pensadores
culturales pero ¿qué hacían, entretanto, los novelistas
del país americano?
III. LA NOVELA NORTEAMERICANA
La novela estadounidense, constituida
definitivamente en el género literario favorito del público,
iba a experimentar tras la etapa de postguerra un florecimiento tal que
le llevaría a desplazar en importancia a la narrativa europea tanto
por su calidad como por su complejidad y grado de experimentación
formal. En un país asaltado por el relativismo ideológico,
la pluralidad étnica, el consumismo, los conflictos sociales y un
deseo generalizado de cambio, habría de surgir necesariamente un
tipo de novela compleja y variopinta, donde la crítica social,
el existencialismo o el interés por el discurso científico
contemporáneo iban a coexistir con la metaficción, con la
necesidad de renovación del género y con las grandes diferencias
de todo tipo existentes entre los distintos estados de la Unión.
Aunque imponer fronteras y clasificaciones en un panorama tan complejo
es tarea condenada a la inescapable generalización, siquiera sea
a grandes rasgos podemos apreciar en la novela norteamericana contemporánea
la existencia de variantes en función del mayor o menor compromiso
social de los autores y del mayor o menor grado de experimentación
formal, o metaficción, utilizado. Siguiendo estos dos grandes ejes,
cabe considerar, en principio, las siguientes variantes narrativas: Hay
que mencionar en primer lugar la existencia de una novela claramente experimental,
sin aparente compromiso social, que alcanzó su etapa más
importante en los años sesenta y principios de los setenta. En segundo
lugar cabe hablar de otro tipo de novela, también experimental donde,
sin embargo, se observa un interés claro por factores ideológicos
y sociales; esta variante podría denominarse, siguiendo las teorías
de la crítica canadiense Linda Hutcheon, “metaficción historiográfica.”
Cabría entender también la existencia de cierto tipo de novelas
donde el simbolismo puede imperar pero la experimentación formal
no es tan evidente como en las variantes anteriores, postulándose
una comprensión del mundo aparentemente realista y ello al servicio
de la causa de alguna de las minorías discriminadas por razones
de género, raza u opción sexual que señalábamos
más arriba; aun siendo un tipo de literatura claramente comprometida
algunos críticos dudan en calificarla como postmodernista precisamente
por el fuerte componente mimético que presenta. Una cuarta variante
la ofrecerían distintas revisiones del realismo narrativo tradicional,
revisiones que llegarían a plasmarse, sobre todo a partir de la
década de los ochenta, en un paradójico “realismo postmodernista”
muy alejado ya del intento de mimesis tal como lo abordaron los grandes
escritores realistas del XIX. Por supuesto, a estas cuatro variantes de
límites imprecisos habría que sumar otra serie de factores
que recorren todo el espectro narrativo, tales como el género o
la raza del autor, el interés por la gran ciudad o por la pequeña
comunidad, por rasgos regionales específicos, por clases sociales
o tribus urbanas determinadas, por la guerra o –algo muy frecuente en la
novela actual– por la relación entre narrativa y discurso científico,
existiendo un especial énfasis en la construcción del sujeto
humano de conocimiento y su gradual transformación en un sujeto
post-humanista o, incluso, post-humano. A continuación abordaremos
en más detalle las variantes mencionadas, señalando los autores
más característicos en cada una de ellas y la relación
que sus obras guardan con los grandes motivos narrativos aquí esbozados.
III.1. Novela Experimental.
El primer tipo señalado sería
el resultado de una revisión de la historia de la novela por parte
de unos nuevos escritores caracterizados por su afán de llevar a
cabo una resurrección del género a partir de grandes dosis
de experimentación formal. Una de las figuras más representativas
de esta tendencia es el escritor John Barth (Cambridge, Mass., 1930– ),
quien en su propia persona reúne rasgos que también caracterizan
a otros practicantes de esta narrativa metaficcional: Barth es blanco,
hombre, ha compaginado su trabajo creativo con la de profesor universitario,
ha escrito también teoría literaria, entre sus grandes influjos
se encuentran los modernista tardíos Jorge Luis Borges y Vladimir
Nabokov, y es fácil percibir en su obra las secuelas del existencialismo.
En efecto, es su orientación más filosófica que social
lo que le ha valido, a él y a otros autores de esta variante metaficcional,
la crítica de otros intelectuales que estiman que este tipo de novela,
por su aparente carencia de compromiso social, no es más que un
juego formal y, a menudo, ininteligible que no lleva a la novela más
que a un punto muerto. Curiosamente, Barth es también conocido en
el campo de la crítica literaria por su autoría de dos influyentes
ensayos sobre la narrativa contemporánea: “The Literature of
Exhaustion” (1967) y “The Literature of Replenishment” (1980),
textos en los que analiza con sutileza la encrucijada en que se encuentra
la historia de la novela tras los experimentos que sobre este género
hicieron realistas y modernistas. La vieja novela, como afirmarán
también otros colegas metaficcionales por las mismas fechas, está
muerta, y su resurrección pasa por esta fase donde el realismo (incluyendo
el psicológico) se reaviva por medio de técnicas experimentales,
técnicas que otro escritor de este grupo, William Gass, denominaría
como “metaficcionales.” Este tipo de metaficción, con su insistencia
en los comentarios sobre el mismo acto de narrar, con sus saltos entre
niveles narrativos (frecuente es que el “autor” baje a la historia, a hablar
con los personajes, por ejemplo) o con su postulado de que la vida es,
en sí misma, un texto en el que todos somos escritos, no viene sino
a revitalizar (o a radicalizar) prácticas ya existentes en el modernismo
o que incluso se encuentran en períodos literarios anteriores, como
es el célebre caso de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha,
una de las obras que el mismo John Barth señala como el arranque
de la literatura metaficcional moderna. Entre las obras de este autor cabe
destacar, tras una primera fase aparentemente realista (pero que no era
tal, por ejemplo, en The End of the Road, de 1958), grandes textos
metaficcionales como Giles, Goat-Boy (1966) o su célebre
colección de historias cortas Lost in the Funhouse (1969),
epítome metaficcional de este escritor y de este tipo de narrativa
en el que también se agrupan las obras de otros autores como el
ya mencionado William Gass, William Gaddis, Raymond Federman o Gilbert
Sorrentino, algunos de los cuales serían criticados por unas obras
(como Mulligan Stew o Imaginative Qualities of Actual Things, de
este último escritor) calificadas como demasiado extravagantes desde
el punto de vista formal, o vacías de todo contenido ideológico,
críticas a menudo un tanto excesivas pero que, sin duda, reflejan
el escaso interés popular que –salvo en contados casos– este tipo
de narrativa ha levantado. Por el contrario, puede afirmarse que esta variante
altamente metaficcional de la novela norteamericana contemporánea
ha sido mejor aceptada por la crítica universitaria, incluyendo
la europea, antes que por el público en general de su propio país
de origen. Es interesante destacar asimismo que este tipo de novela, que
vio sus mejores días hacia finales de los años sesenta y
principios de los setenta, ha sido continuada en ocasiones por autores
más jóvenes, de entre los que destaca la figura de Paul Auster
(1947– ), especialmente con su obra New York Trilogy (1988), un
curioso texto de claras raíces borgianas donde la creación
literaria se asocia al acto de investigar un dominio de la realidad en
donde, como el mismo Auster escribe, “the writer and the detective are
interchangeable,” un dominio donde el acto de escribir y la vida se amalgaman
en el mismo plano ontológico en el que aparece, en su papel de detective,
un personaje ficticio que se llama Paul Auster. Inunda las páginas
de esta trilogía la pregunta borgiana de si el autor es un creador
poderoso y omnipotente en su mundo literario o meramente un personaje más
que desconoce quién o qué controla las leyes de su propia
creación. Sin embargo, queda claro en todo caso que la concepción
del ser que se atisba en la producción narrativa de escritores como
Barth, Sorrentino o Auster es la del ente atrapado en las redes del discurso,
de los códigos semióticos que constituyen el límite
último de conocimiento a que el ser humano puede aspirar: el postmodernismo
–y los postestructuralismos– nos han hecho pasar de la noción del
ser humano como animal racional a la comprensión de éste
como “animal textual.” El lenguaje y, por extensión, los códigos
semióticos se constituyen así en el gran concepto objeto
de análisis literario pues éstos son los que, en última
instancia, explican la creación y mantenimiento de las ideologías.

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