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“LA NOVELA POSTMODERNISTA EN LOS ESTADOS UNIDOS: FICCIÓN, REALIDAD, COMPLEJIDAD” 2/4
Francisco Collado Rodríguez,
Universidad de Zaragoza
ISBN- 84-9714-039-7
 

II. LOS AÑOS 50 Y 60

 On the Road, una novela escrita por Jack Kerouac (1922-69) en 1951 pero que no alcanzó a ver la publicación hasta seis años más tarde, es sin lugar a dudas el libro que más influyó en una generación de jóvenes norteamericanos que, todavía en los años cincuenta, ansiaban ya un cambio político. La obra de Kerouac revive el viejo gusto que la tradición norteamericana tiene por el motivo del viaje, el “Go West” de los pioneros que colonizaron el país y que en sí mismo suponía una plasmación del sueño americano. Los años cincuenta representaban además el despegue económico de una sociedad de postguerra donde se había desarrollado sustancialmente la red de carreteras y autopistas del país, y no pasó mucho tiempo antes de que el espíritu de libertad de los grandes espacios abiertos que predominan en la geografía de los Estados Unidos se asociase al viejo motivo del viaje, un viaje legendario donde el nuevo héroe se ha transformado ahora en el “drifter,” en el joven que busca en el viaje y el continuo movimiento una espiritualidad que le lleve a librarse de la opresión de la conservadora sociedad norteamericana. William Burroughs, el otro líder junto con Kerouac de la Beat Generation (gracias especialmente a su famosa novela Naked Lunch, de 1959), convertiría su propia vida en prototipo del “drifter,” siempre viajando, tomando drogas y huyendo de la policía y de las represivas normas del status quo. 

 La juventud comenzaba a rebelarse en los años cincuenta como nunca lo hubiera hecho antes en los Estados Unidos: los hijos de una burguesía conservadora y de una clase trabajadora desarraigada se habían convertido en una facción social que sistemáticamente evaluaba y rechazaba los valores sociales que sus padres querían transmitirles. Los beat, el impacto del rock-and-roll, el consumo de marijuana, los trabajos de Andy Warhol, las protestas por las guerras de Corea y, especialmente, Vietnam o el fenómeno hippie fueron todos síntomas de una necesidad de cambio que, en nuestro objeto de análisis, iba a llevar también a la creación de la novela postmodernista. Hacia finales de los cincuenta jóvenes autores como John Barth o Thomas Pynchon estaban ya sentando las bases de un tipo de obra de carácter claramente experimental, tanteando con estrategias parecidas a las ya empleadas por otros autores, como John Hawkes en 1949 con The Cannibal, o como el mismo Burroughs haría con el mencionado Naked Lunch al final de la década.

 En los años sesenta se consolidaron y adquirieron gran fuerza otros dos frentes de crítica social que llegarían a conmocionar los cimientos del país y cuyo impacto se extiende hasta nuestros días, dando pie a la esperanza de que la sociedad norteamericana pueda ir gradualmente transformándose en una sociedad más justa para todos. Tanto el movimiento feminista como la lucha de los afroamericanos para  conseguir la implantación definitiva de los derechos civiles serían factores fundamentales en la consolidación de la revolución sociocultural de los años sesenta. Eventos como las marchas sobre Washington por parte de los activistas del Civil Rights Movement, la aparición del grupo terrorista afroamericano de los Panteras Negras, la intensificación de la lucha por la igualdad femenina o las protestas estudiantiles por la guerra del Vietnam marcarían una década caracterizada por la continua crítica del status quo y de los valores hasta entonces calificados como “tradicionales,” “naturales” o, incluso, “universales”: la maquinaria política que, en un principio, solo supo responder con cargas policiales y asesinatos, se vería finalmente forzada a hacer concesiones legales, estructurales y políticas, concesiones con las que se gestaría una nueva manera de evaluar la sociedad norteamericana: la “political correctness” surgió como un método de autocontrol para garantizar, al menos superficialmente, iguales derechos para las minorías oprimidas en un país dominado por los WASPs (“White Anglo-Saxon Protestants”). Los derechos de las mujeres y de las minorías étnicas comenzaron a ser reconocidos tanto legal como institucionalmente, unos derechos que en el sistema educativo se plasmaron en la creación de programas específicos en los que estudiar la historia, la cultura y la problemática que afectaba a las diversas minorías que tradicionalmente habían sido marginadas por razones de género, raza u opción sexual. Estaba claro que la revolución postmodernista, con su crítica de las estructuras y valores sociopolíticos tradicionales, había hecho posible el comienzo de un importante cambio en los Estados Unidos, cambio que, además de plasmarse en la nueva novela de mujeres y de minorías étnicas, contaba asimismo con un importante soporte ideológico y profundamente intelectual venido de Europa, los Postestructuralismos, y a ellos me referiré como último hito cultural que investigar antes de analizar específicamente la novela norteamericana postmodernista.

 Es también en los años sesenta cuando ciertas teorías provenientes de distintos campos del saber hacen sentir su impacto en la cultura primero europea y después norteamericana. Son especialmente tres los nombres de los teóricos a partir de cuyas ideas arranca la influencia de las escuelas postestructuralistas: el psicoanalista Jacques Lacan, el historiador Michel Foucault y el filósofo Jacques Derrida. En los tres –a pesar de sus discrepancias de pensamiento– cabe señalar un fenómeno que caracterizaría también al postmodernismo: la disolución de los campos de conocimiento, hasta tal punto que hoy en día cabe catalogar a todos ellos como “críticos culturales,” con independencia de la disciplina específica de la que cada uno provenía. Y ello ocurre debido precisamente al interés que los tres pensadores muestran por el lenguaje, instrumento que todos coinciden en señalar como una herramienta de conocimiento que ni es aséptica ni transparente sino que conforma la ideología del sujeto, hasta tal punto que se convierte en una verdadera prisión que nos atrapa con sus reglas y normas sociales. Lacan señala que el inconsciente tiene también su lenguaje, que entra en conflicto con la Ley del Padre o estadio de lo Simbólico, la etapa que caracteriza la vida consciente del ser humano. Éste es un ser atrapado por las estructuras y usos de la lengua, sin los cuales el sujeto ni siquiera existiría como tal. Desde su propia perspectiva, Michel Foucault entiende que la lengua es un instrumento básico en la generación de poder; poder y conocimiento están íntimamente ligados hasta el punto que el saber solo cabe entenderse como un poder para definir los otros poderes, es decir, como un poder superior a los demás. A partir de sus redefiniciones de poder y conocimiento, Foucault se empeñó durante buena parte de su vida en rastrear la aparición de ciertas instituciones y usos discursivos (la clínica, la prisión, el sexo...) especialmente en el período en que comenzó a desarrollarse el proyecto de la modernidad, es decir, en torno al siglo XVIII. Su método de análisis, una “arqueología del conocimiento,” se centraría en un intento de levantar un “mapa de la realidad” que trataría de explicar el porqué de las apariciones, desapariciones y cambios efectuados sobre el objeto histórico de conocimiento. Y también la lengua fue –y sigue siendo– el objeto básico de estudio de Jacques Derrida quien, a partir principalmente de los postulados del estructuralismo, se convertiría en el heredero de la vertiente antimetafísica que había caracterizado a los filósofos del lenguaje y del positivismo en las primeras décadas del siglo XX. Si de alguna manera se puede resumir su inmensa tarea para explicar el funcionamiento del lenguaje como factoría ideológica, es diciendo que Derrida lo desmitifica: muestra que al ser humano le atrapa la impresión de que la lengua comporta la presencia de lo que se habla cuando en realidad la lengua no es más que re-presentación de lo que está ausente; e igualmente analiza el carácter binario del lenguaje, las divisiones categóricas en que se han organizado los conceptos y las jerarquías lingüísticas que se han formado en torno a la noción de “presencia.” Pares binarios como hombre/mujer, razón/locura, blanco/negro o heterosexual/homosexual han supuesto el privilegio o “centralización” tradicionalmente del primer elemento de cada par, en tanto que el segundo ha permanecido en una situación “marginal” o suplementaria, y ello, Derrida argumenta, porque el primer término se ha concebido como más cercano a un hipotético Logos último o estado originario a partir del cual se generarían las diferencias existentes en la estructura lingüística. El ser humano, en su uso de la lengua, aspira continuamente al Logos o verdad última, a la transcendencia metafísica sobre la que también se articulan las religiones, una transcendencia imposible que, sin embargo, ha permitido la construcción lingüística como trampa ideológica a partir de la cual se establecen valores supuestamente naturales o universales gracias a los que, a su vez, se construyen las jerarquías sociales y el predominio de lo masculino sobre lo femenino, de lo heterosexual sobre lo homosexual, de lo civilizado sobre lo natural, o de lo blanco sobre lo negro, privilegios que, gracias a la crítica derrideana, ahora comienzan ya a entenderse como construcciones artificiales e ideológicamente perversas que en ningún caso son justificables por una supuesta universalidad o naturalidad nunca implícita en ellas.

 El alcance de estas teorías ha sido tremendo en las últimas décadas del siglo XX. Los postestructuralismos han supuesto un gran apoyo intelectual a la impresión ya generalizada en los años sesenta de que los valores tradicionales no tenían justificación ni razón de ser per se. Al impacto de estas teorías –en sí muy complejas de entender– contribuyó también, sin duda, el hecho de que en las últimas décadas del segundo milenio la educación universitaria tanto en Europa como en Norteamérica se había desarrollado muy rápidamente, abarcando a millones de estudiantes que provenían de muy distintas clases sociales, un hecho que quedó claramente reflejado en las protestas estudiantiles que se llevaron a cabo tanto en Francia como en varias universidades estadounidenses (especialmente la de California en Berkley) en torno a 1968. 
 Los valores tradicionales, ya analizados como meras construcciones lingüísticas, se desmoronaban gracias al efecto combinado de la disidencia social y de los nuevos pensadores culturales pero ¿qué hacían, entretanto, los novelistas del país americano?

III. LA NOVELA NORTEAMERICANA

 La novela estadounidense, constituida definitivamente en el género literario favorito del público, iba a experimentar tras la etapa de postguerra un florecimiento tal que le llevaría a desplazar en importancia a la narrativa europea tanto por su calidad como por su complejidad y grado de experimentación formal. En un país asaltado por el relativismo ideológico, la pluralidad étnica, el consumismo, los conflictos sociales y un deseo generalizado de cambio, habría de surgir necesariamente un tipo de  novela compleja y variopinta, donde la crítica social, el existencialismo o el interés por el discurso científico contemporáneo iban a coexistir con la metaficción, con la necesidad de renovación del género y con las grandes diferencias de todo tipo existentes entre los distintos estados de la Unión. Aunque imponer fronteras y clasificaciones en un panorama tan complejo es tarea condenada a la inescapable generalización, siquiera sea a grandes rasgos podemos apreciar en la novela norteamericana contemporánea la existencia de variantes en función del mayor o menor compromiso social de los autores y del mayor o menor grado de experimentación formal, o metaficción, utilizado. Siguiendo estos dos grandes ejes, cabe considerar, en principio, las siguientes variantes narrativas: Hay que mencionar en primer lugar la existencia de una novela claramente experimental, sin aparente compromiso social, que alcanzó su etapa más importante en los años sesenta y principios de los setenta. En segundo lugar cabe hablar de otro tipo de novela, también experimental donde, sin embargo, se observa un interés claro por factores ideológicos y sociales; esta variante podría denominarse, siguiendo las teorías de la crítica canadiense Linda Hutcheon, “metaficción historiográfica.” Cabría entender también la existencia de cierto tipo de novelas donde el simbolismo puede imperar pero la experimentación formal no es tan evidente como en las variantes anteriores, postulándose una comprensión del mundo aparentemente realista y ello al servicio de la causa de alguna de las minorías discriminadas por razones de género, raza u opción sexual que señalábamos más arriba; aun siendo un tipo de literatura claramente comprometida algunos críticos dudan en calificarla como postmodernista precisamente por el fuerte componente mimético que presenta. Una cuarta variante la ofrecerían distintas revisiones del realismo narrativo tradicional, revisiones que llegarían a plasmarse, sobre todo a partir de la década de los ochenta, en un paradójico “realismo postmodernista” muy alejado ya del intento de mimesis tal como lo abordaron los grandes escritores realistas del XIX. Por supuesto, a estas cuatro variantes de límites imprecisos habría que sumar otra serie de factores que recorren todo el espectro narrativo, tales como el género o la raza del autor, el interés por la gran ciudad o por la pequeña comunidad, por rasgos regionales específicos, por clases sociales o tribus urbanas determinadas, por la guerra o –algo muy frecuente en la novela actual– por la relación entre narrativa y discurso científico, existiendo un especial énfasis en la construcción del sujeto humano de conocimiento y su gradual transformación en un sujeto post-humanista o, incluso, post-humano. A continuación abordaremos en más detalle las variantes mencionadas, señalando los autores más característicos en cada una de ellas y la relación que sus obras guardan con los grandes motivos narrativos aquí esbozados.

III.1. Novela Experimental.

 El primer tipo señalado sería el resultado de una revisión de la historia de la novela por parte de unos nuevos escritores caracterizados por su afán de llevar a cabo una resurrección del género a partir de grandes dosis de experimentación formal. Una de las figuras más representativas de esta tendencia es el escritor John Barth (Cambridge, Mass., 1930– ), quien en su propia persona reúne rasgos que también caracterizan a otros practicantes de esta narrativa metaficcional: Barth es blanco, hombre, ha compaginado su trabajo creativo con la de profesor universitario, ha escrito también teoría literaria, entre sus grandes influjos se encuentran los modernista tardíos Jorge Luis Borges y Vladimir Nabokov, y es fácil percibir en su obra las secuelas del existencialismo. En efecto, es su orientación más filosófica que social lo que le ha valido, a él y a otros autores de esta variante metaficcional, la crítica de otros intelectuales que estiman que este tipo de novela, por su aparente carencia de compromiso social, no es más que un juego formal y, a menudo, ininteligible que no lleva a la novela más que a un punto muerto. Curiosamente, Barth es también conocido en el campo de la crítica literaria por su autoría de dos influyentes ensayos sobre la narrativa contemporánea: “The Literature of Exhaustion” (1967) y “The Literature of Replenishment” (1980), textos en los que analiza con sutileza la encrucijada en que se encuentra la historia de la novela tras los experimentos que sobre este género hicieron realistas y modernistas. La vieja novela, como afirmarán también otros colegas metaficcionales por las mismas fechas, está muerta, y su resurrección pasa por esta fase donde el realismo (incluyendo el psicológico) se reaviva por medio de técnicas experimentales, técnicas que otro escritor de este grupo, William Gass, denominaría como “metaficcionales.” Este tipo de metaficción, con su insistencia en los comentarios sobre el mismo acto de narrar, con sus saltos entre niveles narrativos (frecuente es que el “autor” baje a la historia, a hablar con los personajes, por ejemplo) o con su postulado de que la vida es, en sí misma, un texto en el que todos somos escritos, no viene sino a revitalizar (o a radicalizar) prácticas ya existentes en el modernismo o que incluso se encuentran en períodos literarios anteriores, como es el célebre caso de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha, una de las obras que el mismo John Barth señala como el arranque de la literatura metaficcional moderna. Entre las obras de este autor cabe destacar, tras una primera fase aparentemente realista (pero que no era tal, por ejemplo, en The End of the Road, de 1958), grandes textos metaficcionales como Giles, Goat-Boy (1966) o su célebre colección de historias cortas Lost in the Funhouse (1969), epítome metaficcional de este escritor y de este tipo de narrativa en el que también se agrupan las obras de otros autores como el ya mencionado William Gass, William Gaddis, Raymond Federman o Gilbert Sorrentino, algunos de los cuales serían criticados por unas obras (como Mulligan Stew o Imaginative Qualities of Actual Things, de este último escritor) calificadas como demasiado extravagantes desde el punto de vista formal, o vacías de todo contenido ideológico, críticas a menudo un tanto excesivas pero que, sin duda, reflejan el escaso interés popular que –salvo en contados casos– este tipo de narrativa ha levantado. Por el contrario, puede afirmarse que esta variante altamente metaficcional de la novela norteamericana contemporánea ha sido mejor aceptada por la crítica universitaria, incluyendo la europea, antes que por el público en general de su propio país de origen. Es interesante destacar asimismo que este tipo de novela, que vio sus mejores días hacia finales de los años sesenta y principios de los setenta, ha sido continuada en ocasiones por autores más jóvenes, de entre los que destaca la figura de Paul Auster (1947– ), especialmente con su obra New York Trilogy (1988), un curioso texto de claras raíces borgianas donde la creación literaria se asocia al acto de investigar un dominio de la realidad en donde, como el mismo Auster escribe, “the writer and the detective are interchangeable,” un dominio donde el acto de escribir y la vida se amalgaman en el mismo plano ontológico en el que aparece, en su papel de detective, un personaje ficticio que se llama Paul Auster. Inunda las páginas de esta trilogía la pregunta borgiana de si el autor es un creador poderoso y omnipotente en su mundo literario o meramente un personaje más que desconoce quién o qué controla las leyes de su propia creación. Sin embargo, queda claro en todo caso que la concepción del ser que se atisba en la producción narrativa de escritores como Barth, Sorrentino o Auster es la del ente atrapado en las redes del discurso, de los códigos semióticos que constituyen el límite último de conocimiento a que el ser humano puede aspirar: el postmodernismo –y los postestructuralismos– nos han hecho pasar de la noción del ser humano como animal racional a la comprensión de éste como “animal textual.” El lenguaje y, por extensión, los códigos semióticos se constituyen así en el gran concepto objeto de análisis literario pues éstos son los que, en última instancia, explican la creación y mantenimiento de las ideologías.