| III.
2. La “metaficción historiográfica.”
Es precisamente en esta concepción
del lenguaje como creador y protector de las ideologías donde cabe
encontrar la razón de ser del segundo tipo de narrativa contemporánea
antes mencionada: la “metaficción historiográfica.” Alejándose
de lo que algunos entendieron como mero juego sobre el carácter
artificial de la lengua, existen autores también claramente tipificados
como “postmodernistas” de la talla de los escritores blancos Thomas Pynchon,
Kurt Vonnegut, Gore Vidal o Don DeLillo, del afroamericano Ishmael Reed,
de los judíos Joseph Heller o E.L. Doctorow, o de mujeres de varias
etnias como Toni Morrison, Pamela Sargent o Bharati Mukherjee. La narrativa
de estos autores se caracteriza, en líneas generales, por haber
heredado el interés de sus predecesores por el simbolismo y la metaficción,
estrategias que, sin embargo, utilizan en sus obras para desarrollar una
reflexión crítica de las estructuras sociales norteamericanas.
La historia de los Estados Unidos, las costumbres de la sociedad de consumo
o la marginación social son elementos que se agolpan en las mejores
novelas de estos escritores junto con estrategias textuales que pretenden
hacer reflexionar a los lectores sobre el carácter artificial y
discursivo que tienen los supuestos valores tradicionales norteamericanos
sobre los que se ha erigido la sociedad actual, una sociedad que comienza
a percatarse ya a partir de la postguerra del hecho de que el ser humano
se ha convertido en una víctima del sistema capitalista. En su vida
y sus acciones los protagonistas de este tipo de narrativa parodian ampliamente
la tradición burguesa-realista hasta el punto de que ya no cabe
calificarlos como “héroes” sino como seres neuróticos, temperamentalmente
inestables, perdidos en un universo que se encuentra sumido en el caos
y donde cualquier tipo de orden es sospechoso de ser un mecanismo del sistema
para controlar al individuo. En otras palabras, la tradición y la
versión oficial de la Historia estadounidense se “desconstruyen”
progresivamente en este tipo de novela que, a la vez, insiste en desconstruir
la propia credibilidad de su discurso por medio de técnicas metaficcionales
donde se cuestiona la validez ideológica del mismo texto que estamos
leyendo. Esta modalidad literaria fue ya catalogada en 1988 por Linda Hutcheon,
en su libro A Poetics of Postmodernism, como una categoría
de obras que “are both intensely self-reflexive and yet paradoxically also
lay claim to historical events and personages,” subvirtiendo de esta manera
tanto la “verdad” discursiva de la novela en sí como de los acontecimientos
y personajes históricos, y por tanto aparentemente verdaderos, que
en ella se presentan.
Esta corriente de “metaficción
historiográfica” es también fácilmente perceptible
en la novela europea contemporánea representada por escritores como
el italiano Umberto Eco, los españoles Torrente Ballester y Pérez-Reverte,
o los británicos Lawrence Durrell, John Fowles y Peter Ackroyd,
y responde claramente a esa revisión y crítica de los valores
tradicionales que constituye uno de los grandes pilares sobre los que se
erigió el postmodernismo. Sin embargo, si bien los escritores europeos
han ido frecuentemente a investigar el lejano pasado histórico de
sus países respectivos, en el caso del país americano el
período objeto de análisis suele estar muy cercano en el
tiempo. Dentro de esta vertiente narrativa sobresalen en especial los nombres
de Thomas Pynchon (1937– ) y de Kurt Vonnegut (1922– ), virtualmente dos
de los grandes “padres” de la novela postmodernista norteamericana y ambos
muy interesados además en la nueva concepción del mundo que
las teorías científicas del siglo XX han producido. Todas
las novelas del primero de ellos pueden ser fácilmente calificadas
como productos de metaficción historiográfica. Desde V. (1961)
hasta Mason & Dixon (1997), su última obra, el interés
por la historia y los historiadores es más que evidente en la narrativa
pynchoniana. Fallidos héroes que acaban por desaparecer literalmente
de las páginas del libro, mujeres investigadoras que parodian tanto
a héroes clásicos como al detective de la novela californiana,
personajes históricos como los cartógrafos Mason y Dixon
o seres marginados producidos por la sociedad de consumo se agolpan en
las páginas de Pynchon para dibujar la transformación implacable
del viejo Sueño Americano de libertar y felicidad en la Pesadilla
Americana contemporánea, poblada de seres paranoicos que se sienten
las marionetas de fuerzas desconocidas –“They”– que han existido desde
el principio de la Historia para controlar el destino de los seres humanos.
De los prodigios fantásticos a las teorías científicas,
del servicio postal a la cartografía o de California a la Alemania
de la postguerra, pasando por el humor, la metaficción y la duda
epistemológica modernista, la obra de Thomas Pynchon cabe ser definida,
además de como postmodernista, como verdaderamente enciclopédica
y, en ocasiones, difícil de entender por los lectores, hecho éste
que, sin embargo, se ve compensado por su gran prestigio tanto nacional
como internacional.
El otro de los grandes “dinosaurios”
literarios que hay que mencionar en esta segunda variante de la novela
postmoderna, Kurt Vonnegut, tardó muchos años en encontrar
un reconocimiento tanto crítico como de público. Tras veinte
años en la profesión, fue su novela Slaughterhouse 5,
publicada en 1969, la que le aupó sobre los hombros de la fama.
Es ésta una obra claramente metaficcional e historiográfica
donde el autor pudo conjurar por fin los fantasmas de su pasado como soldado
de infantería en la Segunda Guerra Mundial. En 1944 Vonnegut había
sido apresado por los alemanes y llevado a la ciudad de Dresde, donde fue
recluido en las instalaciones del matadero de la ciudad, a falta de mejor
prisión. Fue este hecho el que salvó la vida tanto al futuro
autor como a sus compañeros de presidio cuando los aliados bombardearon
Dresde, reduciéndolo literalmente a cenizas y matando a un mayor
número de civiles que los que habrían de perecer en los bombardeos
de Iroshima o de Nagasaki. El bombardeo fue una acción claramente
de castigo psicológico contra los alemanes pues Dresde era una ciudad
abierta donde no existía objetivo militar alguno y el hecho fue
oficialmente silenciado por la historiografía oficial durante muchos
años. A partir de este vergonzoso acto llevado a cabo por las potencias
“democráticas” occidentales, Vonnegut compuso una obra maestra caracterizada
por el humor negro, la parodia y la desconstrucción implacable de
la “verdad histórica” de los informes oficiales, una gran novela
que reforzaba postulados similares planteados años antes en otra
de las grandes obras antimilitaristas de la década de los sesenta,
Catch-22 (1961), del escritor de origen judío Joseph Heller,
y que junto con el musical de Broadway Hair constituyen sin duda la gran
tríada cultural que más influencia tuvo en la mentalidad
colectiva del pueblo norteamericano para poner fin a una ideología
oficial que todavía defendía la guerra como método
para hacer valer los supuestos principios de libertad y democracia que
caracterizarían la sociedad norteamericana.
Tras los años sesenta la
existencia real de estos dos principios, por supuesto, ya no se la creía
nadie más que los fundamentalistas cristianos, los ignorantes y
los miembros de las clases que dirigían el país económica
y políticamente, y entre los mejores escritores de las minorías
étnicas no faltaron voces, como las de la que habría de ser
laureada con el Nobel Toni Morrison o la de Ishmael Reed, que progresivamente
fueron desarrollando una literatura “no blanca” muy cercana en sus planteamientos
a aquellos de los autores arriba mencionados. Mención especial merece
en la novela de metaficción historiográfica, además,
alguien también “blanco” pero que pertenece a una tradición
muy específica dentro de la cultura norteamericana: el escritor
de origen judío E.L. Doctorow (1931– ), un autor que a su continua
querencia por la ciudad de Nueva York suma un gran interés por desconstruir
la validez de la historiografía convencional. Novelas como su conocida
Ragtime (1975) o, más recientemente, The Waterworks (1994)
y City of God (2000) hacen de su obra una lectura necesaria para
todos aquellos que quieran comprender los límites y la perfección
intelectual a que un novelista puede llegar en su lucha para subvertir
los valores obsoletos e hipócritas de la supuesta democracia norteamericana.
Similares intentos de desconstrucción
de la historiografía tradicional pueden encontrarse en la obra del
afroamericano Ishmael Reed (1938– ), a quien la crítica ha llegado
a calificar como el “James Joyce negro” por su insistente uso asimismo
de técnicas experimentales. En su obra, por razones obvias, el intento
desconstructor de los valores tradicionales se centra en aquellos que más
caracterizan el predominio social y cultural del hombre blanco. Humor,
absurdo, descontextualización histórica, utilización
de personajes extrapolados de la Historia norteamericana, inclusión
de poemas y canciones dentro de la narración, la sátira o
las más grotescas parodias son todos factores que se agolpan en
novelas como Flight to Canada (1976) o en sorprendente y altamente
experimental Yellow Back Radio Broke-Down (1969). Las técnicas
de Reed que, como en el caso de esta última novela, rayan la alegoría
humorístico-política hacen que podamos establecer conexiones
entre su narrativa y la de otros practicantes blancos de la metaficción
historiográfica que también incorporan un componente de humor
y descontextualización a sus críticas contra el sistema norteamericano
o contra los modos de comportamiento humano, novelistas postmodernistas
tan conocidos como Donald Barthelme (The King, 1989) o Robert Coover
(The Public Burning, 1969).
III. 3. Narrativa de minorías
Si, por un lado, cabe caracterizar
a Ishmael Reed como escritor altamente experimental pero también
comprometido con la lucha mantenida por la minoría afroamericana
contra la patriarquía blanca de Norteamérica, el caso de
Toni Morrison (1931– ) nos permite un paso más fluido hacia la tercera
variante de novela norteamericana contemporánea arriba mencionada.
Morrison es fructífera heredera de un tipo de narrativa norteamericana
que tiene en el uso del símbolo el elemento más notable para
motivar al lector a la reflexión sobre la cultura del país.
En su agenda literaria destaca principalmente, junto con un aparente realismo
que disimula sus técnicas de metaficción historiográfica,
su interés por recrear, sacar a la luz o, incluso, inventar descaradamente,
la historia silenciada de los afroamericanos desde su llegada como esclavos
a tierras americanas. El pasado, su ocultamiento oficial, las leyendas
y los usos y ritos de una tradición afroamericana oral se re-escriben
en las historias de Morrison y de otras escritoras pertenecientes tanto
a la minoría negra como a la asiática, a la chicana o a la
de los indios norteamericanos. Los textos de estas escritoras oscilan entre
un aparente realismo mimético que esconde una gran carga simbólica
y una experimentalidad que puede llegar a producir dificultades de comprensión
en los lectores; por lo que respecta a su temática, cabe destacar
la denuncia sistemática contra la doble opresión a que se
ven expuestas las mujeres que pertenecen a una minoría étnica
por razones tanto de género como de raza, situación ésta
que frecuentemente lleva a una triple opresión si consideramos que
los otros dos factores suponen casi con toda probabilidad la pertenencia
a una clase social baja, sujeta por consiguiente a penurias económicas.
Desde el punto de vista de la denuncia social, el espectro de este tipo
de narración es muy extenso, al recorrer situaciones referidas a
la raza, el género, la clase social y, en ocasiones, también
la opción sexual, además de la necesidad arriba señalada
de plantear una re-escritura de la historia de la minoría marginada
y, dentro de ella, de la subsiguiente marginación de las mujeres.
No es sorprendente, por tanto, que este tipo de narrativa recorra también
el catálogo completo de estrategias discursivas, desde la metaficción
más radical hasta el realismo más tradicional. La lista de
escritoras norteamericanas y de novelas pertenecientes a esta corriente
de denuncia social desde los años setenta es muy extensa pero al
menos merecen destacarse aquellas que la crítica especializada ha
entendido como más relevantes. De entre la brillante producción
de Morrison cabe destacar, sin duda, The Song of Solomon (1977)
pero también Sula (1973), Tar Baby (1981) o Beloved
(1987). Otras novelistas afroamericanas que han influido en la importancia
adquirida por este tipo de narrativa son Alice Walker, con The Third
Life of Grange Copeland (1970) o su célebre The Color Purple
(1982), Gayl Jones, autora de otra narrativa de re-creación
histórica, Corregidora (1975), Gloria Naylor,
consagrada ya con su primera novela, The Women of Brewster Place
(1982), o Ntozake Shange con su novela de grandes dosis líricas
Sassafrass, Cypress & Indigo (1982). A estas novelistas afroamericanas
hay que añadir otros nombres procedentes de distintas etnias, como
es el caso de las asiático-americanas Amy Tan (The Joy Luck Club,
1989) y Maxine Hong Kingston (The Woman Warrior, 1976), de la nativa
americana y también excelente poeta Louise Erdrich (Love Medicine,
1984), de las escritoras pertenecientes a la tradición chicano-mejicana
Gloria Anzaldúa (Borderlands/La Frontera, 1987) y Sandra
Cisneros (The House on Mango Street, 1983), o de la escritora norteamericana
nacida en la India Bharati Mukherjee, también profesora en Berkley
y que es capaz de elaborar tanto narrativas aparentemente realistas (The
Middleman and Other Stories, 1989) como obras caracterizadas por su
complejidad experimental (The Holder of the World, 1993).
En todo caso, la novela norteamericana
contemporánea, realista o experimental, tradicional o postmoderna,
parece seguir siendo motivada por su insistente tendencia a describir y
analizar las costumbres que caracterizan el vivir contemporáneo
aunque se busquen en las fuentes de la Historia las razones que justifican
los hábitos y normas actuales. No puede olvidarse en este contexto
que también existen hombres de prestigio en el campo de la novela
de denuncia social, étnica o regional que utilizan estrategias bien
metaficcionales o bien realistas como instrumento de crítica, si
bien a veces no son tan reconocidos como sus colegas del otro sexo. Tal
es el caso de autores nativos como Sherman Alexie (The Lone-Ranger and
Tonto Fistfight in Heaven, 1993) o Gordon Henry Jr. (The Light People,
1994), o incluso de otros escritores de raza blanca que están condicionados
por el lugar en el que viven y sobre el que escriben. Desde el más
célebre Cormac McCarthy (All the Pretty Horses, 1992), que
combina experimentalidad con su visión de la frontera del sur, hasta
el aparentemente realista Chris Offut (Kentucky Straight, 1992;
The Same River Twice, 1993), que denuncia las condiciones de abandono
de la “América profunda,” hay que destacar la existencia de escritores
regionalistas que nos hacen reflexionar sobre la validez que los métodos
del realismo tienen para apoyar el carácter de denuncia social que
frecuentemente invade las páginas de la novela contemporánea
en los Estados Unidos. Pero cuando el realismo se combina con la nueva
mentalidad postmodernista un curioso cambio tiene lugar y se hace necesaria
la referencia a una cuarta variante narrativa: el realismo postmodernista.

|