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“LA NOVELA POSTMODERNISTA EN LOS ESTADOS UNIDOS: FICCIÓN, REALIDAD, COMPLEJIDAD” 3/4
Francisco Collado Rodríguez,
Universidad de Zaragoza
ISBN- 84-9714-039-7
 

III. 2. La “metaficción historiográfica.”

 Es precisamente en esta concepción del lenguaje como creador y protector de las ideologías donde cabe encontrar la razón de ser del segundo tipo de narrativa contemporánea antes mencionada: la “metaficción historiográfica.” Alejándose de lo que algunos entendieron como mero juego sobre el carácter artificial de la lengua, existen autores también claramente tipificados como “postmodernistas” de la talla de los escritores blancos Thomas Pynchon, Kurt Vonnegut, Gore Vidal o Don DeLillo, del afroamericano Ishmael Reed, de los judíos Joseph Heller o E.L. Doctorow, o de mujeres de varias etnias como Toni Morrison, Pamela Sargent o Bharati Mukherjee. La narrativa de estos autores se caracteriza, en líneas generales, por haber heredado el interés de sus predecesores por el simbolismo y la metaficción, estrategias que, sin embargo, utilizan en sus obras para desarrollar una reflexión crítica de las estructuras sociales norteamericanas. La historia de los Estados Unidos, las costumbres de la sociedad de consumo o la marginación social son elementos que se agolpan en las mejores novelas de estos escritores junto con estrategias textuales que pretenden hacer reflexionar a los lectores sobre el carácter artificial y discursivo que tienen los supuestos valores tradicionales norteamericanos sobre los que se ha erigido la sociedad actual, una sociedad que comienza a percatarse ya a partir de la postguerra del hecho de que el ser humano se ha convertido en una víctima del sistema capitalista. En su vida y sus acciones los protagonistas de este tipo de narrativa parodian ampliamente la tradición burguesa-realista hasta el punto de que ya no cabe calificarlos como “héroes” sino como seres neuróticos, temperamentalmente inestables, perdidos en un universo que se encuentra sumido en el caos y donde cualquier tipo de orden es sospechoso de ser un mecanismo del sistema para controlar al individuo. En otras palabras, la tradición y la versión oficial de la Historia estadounidense se “desconstruyen” progresivamente en este tipo de novela que, a la vez, insiste en desconstruir la propia credibilidad de su discurso por medio de técnicas metaficcionales donde se cuestiona la validez ideológica del mismo texto que estamos leyendo. Esta modalidad literaria fue ya catalogada en 1988 por Linda Hutcheon, en su libro A Poetics of Postmodernism, como una categoría de obras que “are both intensely self-reflexive and yet paradoxically also lay claim to historical events and personages,” subvirtiendo de esta manera tanto la “verdad” discursiva de la novela en sí como de los acontecimientos y personajes históricos, y por tanto aparentemente verdaderos, que en ella se presentan.

Esta corriente de “metaficción historiográfica” es también fácilmente perceptible en la novela europea contemporánea representada por escritores como el italiano Umberto Eco, los españoles Torrente Ballester y Pérez-Reverte, o los británicos Lawrence Durrell, John Fowles y Peter Ackroyd, y responde claramente a esa revisión y crítica de los valores tradicionales que constituye uno de los grandes pilares sobre los que se erigió el postmodernismo. Sin embargo, si bien los escritores europeos han ido frecuentemente a investigar el lejano pasado histórico de sus países respectivos, en el caso del país americano el período objeto de análisis suele estar muy cercano en el tiempo. Dentro de esta vertiente narrativa sobresalen en especial los nombres de Thomas Pynchon (1937– ) y de Kurt Vonnegut (1922– ), virtualmente dos de los grandes “padres” de la novela postmodernista norteamericana y ambos muy interesados además en la nueva concepción del mundo que las teorías científicas del siglo XX han producido. Todas las novelas del primero de ellos pueden ser fácilmente calificadas como productos de metaficción historiográfica. Desde V. (1961) hasta Mason & Dixon (1997), su última obra, el interés por la historia y los historiadores es más que evidente en la narrativa pynchoniana. Fallidos héroes que acaban por desaparecer literalmente de las páginas del libro, mujeres investigadoras que parodian tanto a héroes clásicos como al detective de la novela californiana, personajes históricos como los cartógrafos Mason y Dixon o seres marginados producidos por la sociedad de consumo se agolpan en las páginas de Pynchon para dibujar la transformación implacable del viejo Sueño Americano de libertar y felicidad en la Pesadilla Americana contemporánea, poblada de seres paranoicos que se sienten las marionetas de fuerzas desconocidas –“They”– que han existido desde el principio de la Historia para controlar el destino de los seres humanos. De los prodigios fantásticos a las teorías científicas, del servicio postal a la cartografía o de California a la Alemania de la postguerra, pasando por el humor, la metaficción y la duda epistemológica modernista, la obra de Thomas Pynchon cabe ser definida, además de como postmodernista, como verdaderamente enciclopédica y, en ocasiones, difícil de entender por los lectores, hecho éste que, sin embargo, se ve compensado por su gran prestigio tanto nacional como internacional.

 El otro de los grandes “dinosaurios” literarios que hay que mencionar en esta segunda variante de la novela postmoderna, Kurt Vonnegut, tardó muchos años en encontrar un reconocimiento tanto crítico como de público. Tras veinte años en la profesión, fue su novela Slaughterhouse 5, publicada en 1969, la que le aupó sobre los hombros de la fama. Es ésta una obra claramente metaficcional e historiográfica donde el autor pudo conjurar por fin los fantasmas de su pasado como soldado de infantería en la Segunda Guerra Mundial. En 1944 Vonnegut había sido apresado por los alemanes y llevado a la ciudad de Dresde, donde fue recluido en las instalaciones del matadero de la ciudad, a falta de mejor prisión. Fue este hecho el que salvó la vida tanto al futuro autor como a sus compañeros de presidio cuando los aliados bombardearon Dresde, reduciéndolo literalmente a cenizas y matando a un mayor número de civiles que los que habrían de perecer en los bombardeos de Iroshima o de Nagasaki. El bombardeo fue una acción claramente de castigo psicológico contra los alemanes pues Dresde era una ciudad abierta donde no existía objetivo militar alguno y el hecho fue oficialmente silenciado por la historiografía oficial durante muchos años. A partir de este vergonzoso acto llevado a cabo por las potencias “democráticas” occidentales, Vonnegut compuso una obra maestra caracterizada por el humor negro, la parodia y la desconstrucción implacable de la “verdad histórica” de los informes oficiales, una gran novela que reforzaba postulados similares planteados años antes en otra de las grandes obras antimilitaristas de la década de los sesenta, Catch-22 (1961), del escritor de origen judío Joseph Heller, y que junto con el musical de Broadway Hair constituyen sin duda la gran tríada cultural que más influencia tuvo en la mentalidad colectiva del pueblo norteamericano para poner fin a una ideología oficial que todavía defendía la guerra como método para hacer valer los supuestos principios de libertad y democracia que caracterizarían la sociedad norteamericana.

 Tras los años sesenta la existencia real de estos dos principios, por supuesto, ya no se la creía nadie más que los fundamentalistas cristianos, los ignorantes y los miembros de las clases que dirigían el país económica y políticamente, y entre los mejores escritores de las minorías étnicas no faltaron voces, como las de la que habría de ser laureada con el Nobel Toni Morrison o la de Ishmael Reed, que progresivamente fueron desarrollando una literatura “no blanca” muy cercana en sus planteamientos a aquellos de los autores arriba mencionados. Mención especial merece en la novela de metaficción historiográfica, además, alguien también “blanco” pero que pertenece a una tradición muy específica dentro de la cultura norteamericana: el escritor de origen judío E.L. Doctorow (1931– ), un autor que a su continua querencia por la ciudad de Nueva York suma un gran interés por desconstruir la validez de la historiografía convencional. Novelas como su conocida Ragtime (1975) o, más recientemente, The Waterworks (1994) y City of God (2000) hacen de su obra una lectura necesaria para todos aquellos que quieran comprender los límites y la perfección intelectual a que un novelista puede llegar en su lucha para subvertir los valores obsoletos e hipócritas de la supuesta democracia norteamericana.

Similares intentos de desconstrucción de la historiografía tradicional pueden encontrarse en la obra del afroamericano Ishmael Reed (1938– ), a quien la crítica ha llegado a calificar como el “James Joyce negro” por su insistente uso asimismo de técnicas experimentales. En su obra, por razones obvias, el intento desconstructor de los valores tradicionales se centra en aquellos que más caracterizan el predominio social y cultural del hombre blanco. Humor, absurdo, descontextualización histórica, utilización de personajes extrapolados de la Historia norteamericana, inclusión de poemas y canciones dentro de la narración, la sátira o las más grotescas parodias son todos factores que se agolpan en novelas como Flight to Canada (1976) o en sorprendente y altamente experimental Yellow Back Radio Broke-Down (1969). Las técnicas de Reed que, como en el caso de esta última novela, rayan la alegoría humorístico-política hacen que podamos establecer conexiones entre su narrativa y la de otros practicantes blancos de la metaficción historiográfica que también incorporan un componente de humor y descontextualización a sus críticas contra el sistema norteamericano o contra los modos de comportamiento humano, novelistas postmodernistas tan conocidos como Donald Barthelme (The King, 1989) o Robert Coover (The Public Burning, 1969).

III. 3. Narrativa de minorías

 Si, por un lado, cabe caracterizar a Ishmael Reed como escritor altamente experimental pero también comprometido con la lucha mantenida por la minoría afroamericana contra la patriarquía blanca de Norteamérica, el caso de Toni Morrison (1931– ) nos permite un paso más fluido hacia la tercera variante de novela norteamericana contemporánea arriba mencionada. Morrison es fructífera heredera de un tipo de narrativa norteamericana que tiene en el uso del símbolo el elemento más notable para motivar al lector a la reflexión sobre la cultura del país. En su agenda literaria destaca principalmente, junto con un aparente realismo que disimula sus técnicas de metaficción historiográfica, su interés por recrear, sacar a la luz o, incluso, inventar descaradamente, la historia silenciada de los afroamericanos desde su llegada como esclavos a tierras americanas. El pasado, su ocultamiento oficial, las leyendas y los usos y ritos de una tradición afroamericana oral se re-escriben en las historias de Morrison y de otras escritoras pertenecientes tanto a la minoría negra como a la asiática, a la chicana o a la de los indios norteamericanos. Los textos de estas escritoras oscilan entre un aparente realismo mimético que esconde una gran carga simbólica y una experimentalidad que puede llegar a producir dificultades de comprensión en los lectores; por lo que respecta a su temática, cabe destacar la denuncia sistemática contra la doble opresión a que se ven expuestas las mujeres que pertenecen a una minoría étnica por razones tanto de género como de raza, situación ésta que frecuentemente lleva a una triple opresión si consideramos que los otros dos factores suponen casi con toda probabilidad la pertenencia a una clase social baja, sujeta por consiguiente a penurias económicas. Desde el punto de vista de la denuncia social, el espectro de este tipo de narración es muy extenso, al recorrer situaciones referidas a la raza, el género, la clase social y, en ocasiones, también la opción sexual, además de la necesidad arriba señalada de plantear una re-escritura de la historia de la minoría marginada y, dentro de ella, de la subsiguiente marginación de las mujeres. No es sorprendente, por tanto, que este tipo de narrativa recorra también el catálogo completo de estrategias discursivas, desde la metaficción más radical hasta el realismo más tradicional. La lista de escritoras norteamericanas y de novelas pertenecientes a esta corriente de denuncia social desde los años setenta es muy extensa pero al menos merecen destacarse aquellas que la crítica especializada ha entendido como más relevantes. De entre la brillante producción de Morrison cabe destacar, sin duda, The Song of Solomon (1977) pero también Sula (1973), Tar Baby (1981) o Beloved (1987). Otras novelistas afroamericanas que han influido en la importancia adquirida por este tipo de narrativa son Alice Walker, con The Third Life of Grange Copeland (1970) o su célebre The Color Purple (1982), Gayl Jones, autora de otra narrativa de re-creación histórica, Corregidora  (1975),  Gloria Naylor, consagrada ya con su primera novela, The Women of Brewster Place (1982), o Ntozake Shange con su novela de grandes dosis líricas Sassafrass, Cypress & Indigo (1982). A estas novelistas afroamericanas hay que añadir otros nombres procedentes de distintas etnias, como es el caso de las asiático-americanas Amy Tan (The Joy Luck Club, 1989) y Maxine Hong Kingston (The Woman Warrior, 1976), de la nativa americana y también excelente poeta Louise Erdrich (Love Medicine, 1984), de las escritoras pertenecientes a la tradición chicano-mejicana Gloria Anzaldúa (Borderlands/La Frontera, 1987) y Sandra Cisneros (The House on Mango Street, 1983), o de la escritora norteamericana nacida en la India Bharati Mukherjee, también profesora en Berkley y que es capaz de elaborar tanto narrativas aparentemente realistas (The Middleman and Other Stories, 1989) como obras caracterizadas por su complejidad experimental (The Holder of the World, 1993).

 En todo caso, la novela norteamericana contemporánea, realista o experimental, tradicional o postmoderna, parece seguir siendo motivada por su insistente tendencia a describir y analizar las costumbres que caracterizan el vivir contemporáneo aunque se busquen en las fuentes de la Historia las razones que justifican los hábitos y normas actuales. No puede olvidarse en este contexto que también existen hombres de prestigio en el campo de la novela de denuncia social, étnica o regional que utilizan estrategias bien metaficcionales o bien realistas como instrumento de crítica, si bien a veces no son tan reconocidos como sus colegas del otro sexo. Tal es el caso de autores nativos como Sherman Alexie (The Lone-Ranger and Tonto Fistfight in Heaven, 1993) o Gordon Henry Jr. (The Light People, 1994), o incluso de otros escritores de raza blanca que están condicionados por el lugar en el que viven y sobre el que escriben. Desde el más célebre Cormac McCarthy (All the Pretty Horses, 1992), que combina experimentalidad con su visión de la frontera del sur, hasta el aparentemente realista Chris Offut (Kentucky Straight, 1992; The Same River Twice, 1993), que denuncia las condiciones de abandono de la “América profunda,” hay que destacar la existencia de escritores regionalistas que nos hacen reflexionar sobre la validez que los métodos del realismo tienen para apoyar el carácter de denuncia social que frecuentemente invade las páginas de la novela contemporánea en los Estados Unidos. Pero cuando el realismo se combina con la nueva mentalidad postmodernista un curioso cambio tiene lugar y se hace necesaria la referencia a una cuarta variante narrativa: el realismo postmodernista.