| III.
4. “Realismo Postmodernista”.
En el análisis de una cuarta
variante de novela contemporánea, que vendría definida por
su relación con el realismo y la condición postmodernista,
tenemos que considerar, en primer lugar, que el realismo literario importado
de Europa representa en sí mismo un modo de percibir el mundo que
cabe asociar con la ideología burguesa, ideología que es
a su vez responsable, en buena medida, del proyecto de la Ilustración.
Hoy en día parece claro que las estrategias discursivas de los escritores
realistas no solo no proporcionan a los lectores una visión “objetiva”
del mundo sino que llevan a cabo una configuración ideológica
del mismo donde se presenta como natural, por ejemplo, la capacidad visual
humana para discriminar objetos o para percibir eventos. Pero si
ver era creer para el burgués del siglo XIX, y si se entendía
también entonces que el ser humano es un animal eminentemente racional,
el desarrollo de las ciencias y de la filosofía en el siglo XX supuso
ya grandes dudas, como se ha mencionado a lo largo de este ensayo, sobre
nuestra capacidad para conocer efectivamente no solamente el mundo sino
nuestra propia personalidad.
Tras la Segunda Guerra Mundial y,
en parte, como un intento de garantizar al ser humano un cierto grado de
comprensión y análisis ante tragedia de tal magnitud, se
desarrollaron algunos intentos para adaptar las estrategias realistas tradicionales
a la nueva percepción del mundo, el ser y la sociedad. Cabe hablar,
en este sentido, de la importancia de una “novela de costumbres” practicada
por autores como el laureado Saul Bellow (1915– ), un escritor al que también
cabe calificar a veces como típicamente postmodernista por obras
como, por ejemplo, Henderson the Rainking (1959), una gran parodia
sobre la visión mítica modernista. Below debe, no obstante,
buena parte de su fama a novelas de realismo psicológico que retratan
la angustia de personajes de la clase media perdidos en medio de la jungla
de asfalto, como es el caso de Seize the Day (1956) o de la más
célebre Herzog (1964). Otra variante del realismo que vio
su apogeo en los años sesenta fue el “Nuevo Periodismo,” un intento
de disolver las barreras existentes entre las técnicas y temas propios
de la novela y del periodismo. Novelistas como Truman Capote con su célebre
In Cold Blood (1965), Norman Mailer con The Armies of the Night
(1968) o Tom Wolf, conocido incluso por su manifiesto “The New Journalism”
(1968), abordaron la tarea de “novelar” una serie de eventos reales. Este
intento de renovación del realismo clásico, paradójicamente,
cabe ser calificado como experimental pues se trataba, en definitiva, de
encontrar nuevas formas de desarrollo para el género de la novela
a la vez que se motivaba la reflexión sobre los límites entre
verdad y ficción, límites que, como ya se ha comentado, se
volvieron muy problemáticos a lo largo de todo el siglo XX. A estas
variantes del realismo clásico podemos sumar también el “minimalismo,”
representado principalmente por la narrativa de Raymond Carver (1939-1988),
y que se caracterizaría por su poder de condensación y por
la supuesta simplicidad con que el escritor consigue que fluyan las emociones
de los personajes. En los tempranos años noventa la obra de este
autor se popularizó debido, en parte, a la versión cinematográfica
que Robert Altman rodó de la recopilación de algunos de sus
cuentos en Short Cuts (1993).
Las estrategias literarias utilizadas
por otros autores de gran prestigio como William Kennedy (Legs,
1975), Richard Ford (The Sportswriter, 1986), Joyce Carol Oates
(Where is Here?, 1992), Annie Proulx (The Shipping News,
1993) o el enciclopédico Don DeLillo (Libra, 1988), iban
a motivar desde finales de los años ochenta algunos intentos críticos
por definir un nuevo concepto: el realismo postmodernista. La expresión
sería aparentemente paradójica si entendiésemos que
“postmodernista” es tan solo sinónimo de experimental o metaficcional,
pero si extendemos el significado del vocablo hasta abarcar los valores
que conforman la experiencia postmodernista se entenderá que esta
nueva variante del realismo tiene mucho sentido: se trata de adaptar el
realismo como técnica de descripción a una realidad que el
postmodernismo nos ha descubierto como incierta, insegura y para cuyo conocimiento
objetivo el sujeto humano no está suficientemente equipado. La incertidumbre,
el caos de lo asistemático y lo casual, la incapacidad de escapar
de la red tendida por los códigos semióticos, el desarrollo
de simulaciones de lo real (simulacra) o la importancia de los medios de
comunicación en la representación de la realidad son todos
factores que se acumulan en una nueva comprensión o, casi deberíamos
decir, incomprensión del mundo por parte de un ser humano también
caracterizado por su inestabilidad tanto física como psíquica.
Y es el intento de describir este nuevo sentido postmodernista de la realidad
lo que puede encontrarse en las páginas de autores que, a primera
vista, parecen debatirse entre la experimentación formal y el realismo
clásico, escritores como los citados unas líneas más
arriba o como los conocidos veteranos de la guerra de Vietnam Robert Olen
Butler (A Good Scent From a Strange Mountain, 1993) y Tim O’Brian
(Going After Cacciato, 1978; The Things They Carried, 1990).
Este último es capaz de motivar la reflexión de sus lectores
sobre la realidad de la guerra, la paz o la verdad simplemente haciendo
que el narrador de su célebre relato “How to Tell a True War Story”
afirme: “That’s a true story that never happened.” Otros escritores provenientes
de todos los rincones de los Estados Unidos pueden hacer que sus lectores
se recreen en la importancia aparentemente nimia de temas como la basura
(el sureño Stephen Dixon en Garbage, 1988) o, por el contrario,
en las injusticias que azotan y son generadas por la sociedad postindustrial
(Russell Banks en Continental Drift, 1985); otros nos hacen reflexionar,
con grandes dosis de ironía y humor, sobre el modo de vida de los
jóvenes artistas de la vanguardia postmodernista en Nueva York (Tama
Janowitz en Slaves of New York, 1987) o sobre los años cincuenta,
a través de la mirada nostálgica y astuta de un narrador
que es firme creyente en los postulados científicos de las teorías
del caos (Eric Kraft en Leaving Small’s Hotel, 1998).
El postmodernismo ha traído
al terreno de la novela una gran amalgama de elementos y ha supuesto la
redefinición o incluso la desaparición de los límites
y taxonomías impuestos por la poética tradicional. Novelas
que incorporan poemas, colecciones de cuentos que se estructuran o se pueden
leer como si fuesen una única novela, parodia, experimentación
y realismo son todos factores que se acumulan no solo para difuminar los
límites entre lo popular y lo intelectual sino también para
metaforizar la incapacidad del ser humano para fijar sus propios límites
tanto físicos como psíquicos. Una variante de la ciencia-ficción
surgida en los años ochenta, el “cyberpunk,” ofrece quizá
el mejor ejemplo de la plasmación de esta crítica y disolución
de las fronteras ideológicas tradicionales. El subgénero
narrativo del cyberpunk arrancó ya como un intento consciente, por
parte de cuatro escritores, de crear un tipo de narrativa a caballo entre
la ciencia-ficción y la novela “culta,” narrativa que habría
de dibujar un panorama futurista caracterizado por la distopía,
con un mundo dramáticamente dividido entre los muy ricos y los muy
pobres, donde los primeros tendrían acceso a una tecnología
y unos servicios médicos que les garantizarían prácticamente
la inmortalidad. En el universo del cyberpunk el ser humano entra ya en
un decidido proceso de transformación en ser post-humano, en el
“cyborg” cuyas implicaciones ideológicas ya había analizado
proféticamente Thomas Pynchon en su primera novela, V. (1961),
y que ahora constituyen uno de los motivos favoritos de la crítica
cultural contemporánea. Pero las historias escritas por autores
como William Gibson (Neuromancer, 1984) o Bruce Sterling (Islands
in the Net, 1989) reflejan no solamente la disolución física
del cuerpo humano y su transformación en cyborg sino también
las implicaciones ideológicas que ello conlleva, unas implicaciones
que no distan mucho de las existentes en las novelas de autores de realismo
postmodernista como los arriba mencionados: el ser (post)humano se ha ido
apartando progresivamente de la manera de entender la realidad que nació
con el Humanismo renacentista y, como ya apuntase hace algunos años
el académico Ihab Hassan, tenemos que evaluar críticamente
el hecho de que nos encontramos ya en una fase ideológicamente post-humanista,
donde los viejos valores tradicionales y la concepción que de sí
mismo tiene el sujeto de conocimiento se han visto notablemente alterados,
un cambio de perspectiva que ya no tiene vuelta atrás y que la novela
postmodernista norteamericana ha sabido reflejar en toda su complejidad,
erigiéndose así en un inestable, confuso y contraproducente
pero también atractivo instrumento del saber (¿post-?)humano.
BIBLIOGRAFÍA
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