|
Estilo.
Joyce
se puede decir que pertenece a la tradición literaria europea que se plasma
en Flaubert. En ella se refleja una unión profunda entre una perspectiva
romántica de la vida con la necesidad de universalizar esa misma expresión
haciendo que, la obra literaria tenga un verdadero valor por si misma. La vida
ordinaria es la que entrega al escritor el material literario. De éste se
obtiene una sensibilidad irónica y, por ende, una atención muy meticulosa al
detalle que implica una estética innovadora.
Su
estilo trata de lo cotidiano físico y mental y, en El
Retrato del Artista.... se convierte en algo dominador y dominante. Su
lenguaje surge como un asunto elíptico, imaginativo, de aprendizaje
existencial, con un enfoque del protagonista muy profundo y emocional. Se
trata, en definitiva, de un tema autobiográfico y de mediación con su obra
posterior, ya mucho más meditada.
El
estilo de Joyce posee un tono superlativo pero, un enfoque objetivo. Las
situaciones son siempre multipersonales como se manifiesta en El Retrato del Artista Adolescente que centra nuestro estudio de
Joyce. En la obra se realiza un esfuerzo de contención en 5 capítulos en los
que se diseña, entre otras cosas, todo lo relativo a su ritmo y teoría
estética. Se hacen viñetas fílmicas en prosa, al estilo de T. S. Eliot y su
The Wasted Land, pero en el caso de
Joyce las experiencias son individuales, personales, tácticas, sensoriales y
sensitivas, en una narración plena de paralelismos.
Su
estilo en El Retrato se encuentra lleno de laberintos que figuran alusiones
tramposas, muy retorcidas y sinuosas, cambiantes. Se difunden analogías, se
buscan paralelismos en una transformación lenta de un estilo, en el que se
incluye el vocabulario, que camina desde lo infantil hasta hasta la multitud
de narradores con estilos propios y diferentes.
El
estilo de Joyce exige una lectura diferente. El diálogo, el narrador, las
innovaciones estilísticas, el monólogo interior, la inconexión de los
procesos narrativos, los contrastes, los reflejos de la conciencia individual
en el lenguaje son características estilísticas que dominan El
Retrato y toda la obra de nuestro autor.
Su
léxico es rico. Se utiliza para construir onomatopeyas, simbología,
innovación de los vocablos, un idioma nuevo, palabras que provienen del
subconsciente y de los acertijos que se tienen que adivinar. Palabras dentro
de un espacio temporal que ya no se limita al inglés para convertirse en una
lengua universal.
Todas
sus palabras sugieren fascinación y sensualidad y se encuentran en un devenir
en el que aparecerá una gramática plena en la que podemos encontrar desde la
frase corta sin verbo hasta las complicadas formas subordinadas. Se inclina
por el adjetivo, por la distorsión en la tipografía de algunas palabras, las
convecciones del lenguaje popular, algunos despropósitos y un gran poder de
experimentación que recorre toda la Historia de la Literatura.
Símbolo.
El lector debe participar en la lectura joyceana. Debe llenar los
huecos simbólicos que deja, de una forma abierta, el decir de nuestro
artista. Se hace muy expresivo
llevando en sus manos la copa del impacto emocional que debe beber el lector.
Los ingredientes de esta particular bebida son las metáforas, imágenes,
identificaciones, los juegos de palabras, la ironía y sus consecuencias, la
sátira, las analogías, el suspense y los paralelismos reales y míticos de
toda su obra.
Sus
valores son los universales y su fe en las personas parece reconocible en toda
su narrativa. La experiencia humana no es tan valorada y se rie o sonríe de
ella en muchas ocasiones. Pero exite la energía humana de la imaginación,
sobre todo, cuando el ser humano crea o ama.
Sus
símbolos son ecos de lo que ya se ha logrado dentro de un círculo
cosmológico que va, desde la inocencia del niño del Retrato
hasta la pesadilla de su
último libro Finnegans Wake.
El
protagonista de El Retrato
realiza asociaciones verbales que asientan los símbolos de la
experiencia, de una realidad compuesta por lugares, sonidos y olores, que son,
a su vez, partes de la vida física de Dublín.
Con
Stephen se va a dar el concepto de epifanía que, lo mismo contiene el paso
del umbral al estilo de The Hero with a
thousand faces de Joseph
Campbell, Princeton University, 1968 ó a La
estructura mítica del héroe de
Juan Villegas, Planeta, 1978. Este tránsito lleva consigo la apertura del ser
a cualquier asunto que provenga del mundo objetivo y exterior.
En
Joyce se va a encontrar un verdadero paralelismo con Homero. Esta concordancia
podemos verla en una estructuración paralela de todos los elementos
contenidos en la Odisea
y en el Ulyses.
Por un lado, encontramos los valores heróicos de Homero; por otro
lado, los del hombre moderno, aunque bien representados con una ironía
crítica sobre la futilidad del hombre contemporáneo. Joyce emplea el mito
como una manera de controlar, de ordenar, de dar forma y significado al
universo y al panorama anárquico que es la historia contemporánea.
Además,
para nuestro autor irlandés, el texto es algo sagrado, entendido por lo de sagrado
como un modelo crítico que puede ser ordenado, más o menos
tradicionalmente, de manera más o menos moral, pero siempre en un marco de
relaciones.
Mundo de
las Ideas.
Como
autor une lenguaje y experiencia al utilizar palabras que habiendo sido usadas
anteriormente, parecen nuevas. Joyce remplaza la descripción de las
experiencias por combinaciones de imágenes que nos conducen a una especie de
sueño retórico. Las palabras para Joyce parecen tener el poder de
transubstanciar la realidad como si de una shamán o sacerdote se tratase. Las
palabras en Joyce conducen a un universo verbal que no sigue las normas
generales de la escritura puesto que él considera el lenguaje como un sistema
hermenéutico o cerrado.
Joyce
pertenece a la cultura irlandesa y al movimiento renacentista de su
literatura. Formó generación con Yeats, Synge y Lady Gregory que son los
portavoces del manifiesto sobre teatro literario irlandés que aparece en el
año 1899 y en el cual se señalaba que Irlanda no es la casa del hazme reir o
de bufones de fácil sentimiento, como ha sido representada algunas veces,
sino el hogar de un idealismo tradicional y antiguo.
El
movimiento de renacimiento literario irlandés procede de la búsqueda de las
virtudes heróicas en la Irlanda ancestral, sobre todo, en la Irlanda
precristiana del héroe Cuchulain, más tarde aplicado a otras literaturas
medievales en personajes como Sir Gawain. Todas las sagas épicas celebran el
romanticismo primitivo, romanticismo campesino que se ha unido a la idea de la
negación de la vida urbana. Quizás esto tenga que ver con el choque entre el
sentimiento prelógico del buen salvaje y el pensamiento científico del siglo
XX.
Joyce
como antes le pasó a Swift, Goldsmith, Berkeley, Oscar Wilde y Bernard Shaw,
todos irlandeses, tienen cierto complejo de inferioridad con respecto a la
“poca nobleza” de la historia irlandesa llena de batallas perdidas.
Joyce
ironizó siempre de ese resurgimiento literario irlandés y de la atmósfera
creada por el deseo de extremar lo celta. En contra de este romanticismo va a
presentar un realismo lacónico como podemos ver en su obra Dubliners .
Joyce
va a escapar de todos los modelos literarios conocidos y, aun de la tradición
cultural inglesa, aunque admire a autores como Tomas Hardy. Su estrategia
literaria no es contar una historia, sino que, rompiendo con las normas de la
novela tradicional, va a hacer un viaje a través del individuo sentando
claramente las bases de la destrucción del argumento. Lo que hace Joyce son
actos literarios de interpretación que contienen siempre dimensiones
simbólicas. Para ello, utiliza la imaginación simbólica en el sentido de
utilizar y abusar de las palabras como si se tratasen de acertijos y de
rompecabezas.
El
prototipo mítico de la Odisea
que aparece en el Ulises ya había sido
ensayado en Dublineses. En
este último trabajo, Joyce compagina el experimento sobre la estructura y los
esquemas narrativos, con los ensayos de formaciones lingüísticas. En Dublineses
se ve al ser humano como una realidad en la que se han proyectado todos
los niveles, planos y márgenes que la componen. Esta obra es importante
porque con ella se están atacando las raíces culturales y vivenciales de una
cultura que se piensa en la derrota histórica como es la irlandesa. Este
ataque viene de la descripción de los personajes en tres niveles:
1.
El nivel físico que es el que estudia la geografía anatómica del individuo.
2.
El espiritual o psíquico que estudia el compromiso ético y moral de la
persona en un contexto difícil.
3.
El social, con la plasmación de un entorno acechante, perverso, duro y, para
unos, gratificante y, para otros, desesperante.
Los
personajes de Joyce se van a mover en estos niveles. Pero, además, forman la
Historia, la contienen en sus manos y, en ella, la contada en su narrativa, se
produce la red de relaciones en donde los personajes son casi siempre
shakesperianos, es decir, aquellos que sin desearlo llevan un peso mortal en
su tragedia.
En
Joyce no hay principio no fin narrativo porque, la novela, su prosa, su
construcción narrativa, no tiene como estructura una ley científica de la
realidad, sino una imagen humana del universo.
En
toda su producción literaria hay un claro paralelismo entre el mito universal
de Ulises y el mito personal de Stephen Dedalus. En todos los casos se
requiere huir del lugar del conflicto para retornar más tarde a la patria, al
hogar, a la familia, a los amigos, y a la ciudad. Pero, al volver, el héroe
viene cambiado, distinto y después de una gran experiencia que, en el caso de
Joyce es de vida y literaria.
|