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Literaturas extranjeras



 
 

22.  Ritual, símbolo y mito en la obra de James Joyce (1882-1941) Estudio de A Portrait of the Artist as a Young Man. 3/4


Jose L. Caramés Lage
Universidad de Oviedo
ISBN-84-9714-031-1

 

Estilo.

Joyce se puede decir que pertenece a la tradición literaria europea que se plasma en Flaubert. En ella se refleja una unión profunda entre una perspectiva romántica de la vida con la necesidad de universalizar esa misma expresión haciendo que, la obra literaria tenga un verdadero valor por si misma. La vida ordinaria es la que entrega al escritor el material literario. De éste se obtiene una sensibilidad irónica y, por ende, una atención muy meticulosa al detalle que implica una estética innovadora.

Su estilo trata de lo cotidiano físico y mental y, en El Retrato del Artista.... se convierte en algo dominador y dominante. Su lenguaje surge como un asunto elíptico, imaginativo, de aprendizaje existencial, con un enfoque del protagonista muy profundo y emocional. Se trata, en definitiva, de un tema autobiográfico y de mediación con su obra posterior, ya mucho más meditada.

El estilo de Joyce posee un tono superlativo pero, un enfoque objetivo. Las situaciones son siempre multipersonales como se manifiesta en El Retrato del Artista Adolescente que centra nuestro estudio de Joyce. En la obra se realiza un esfuerzo de contención en 5 capítulos en los que se diseña, entre otras cosas, todo lo relativo a su ritmo y teoría estética. Se hacen viñetas fílmicas en prosa, al estilo de T. S. Eliot y su The Wasted Land, pero en el caso de Joyce las experiencias son individuales, personales, tácticas, sensoriales y sensitivas, en una narración plena de paralelismos.

Su estilo en El Retrato  se encuentra lleno de laberintos que figuran alusiones tramposas, muy retorcidas y sinuosas, cambiantes. Se difunden analogías, se buscan paralelismos en una transformación lenta de un estilo, en el que se incluye el vocabulario, que camina desde lo infantil hasta hasta la multitud de narradores con estilos propios y diferentes.

El estilo de Joyce exige una lectura diferente. El diálogo, el narrador, las innovaciones estilísticas, el monólogo interior, la inconexión de los procesos narrativos, los contrastes, los reflejos de la conciencia individual en el lenguaje son características estilísticas que dominan El Retrato y toda la obra de nuestro autor.

Su léxico es rico. Se utiliza para construir onomatopeyas, simbología, innovación de los vocablos, un idioma nuevo, palabras que provienen del subconsciente y de los acertijos que se tienen que adivinar. Palabras dentro de un espacio temporal que ya no se limita al inglés para convertirse en una lengua universal.

Todas sus palabras sugieren fascinación y sensualidad y se encuentran en un devenir en el que aparecerá una gramática plena en la que podemos encontrar desde la frase corta sin verbo hasta las complicadas formas subordinadas. Se inclina por el adjetivo, por la distorsión en la tipografía de algunas palabras, las convecciones del lenguaje popular, algunos despropósitos y un gran poder de experimentación que recorre toda la Historia de la Literatura.

Símbolo.

            El lector debe participar en la lectura joyceana. Debe llenar los huecos simbólicos que deja, de una forma abierta, el decir de nuestro artista.  Se hace muy expresivo llevando en sus manos la copa del impacto emocional que debe beber el lector. Los ingredientes de esta particular bebida son las metáforas, imágenes, identificaciones, los juegos de palabras, la ironía y sus consecuencias, la sátira, las analogías, el suspense y los paralelismos reales y míticos de toda su obra.

Sus valores son los universales y su fe en las personas parece reconocible en toda su narrativa. La experiencia humana no es tan valorada y se rie o sonríe de ella en muchas ocasiones. Pero exite la energía humana de la imaginación, sobre todo, cuando el ser humano crea o ama.

Sus símbolos son ecos de lo que ya se ha logrado dentro de un círculo cosmológico que va, desde la inocencia del niño del Retrato  hasta  la pesadilla de su último libro Finnegans Wake.

El protagonista de El Retrato  realiza asociaciones verbales que asientan los símbolos de la experiencia, de una realidad compuesta por lugares, sonidos y olores, que son, a su vez, partes de la vida física de Dublín. 

Con Stephen se va a dar el concepto de epifanía que, lo mismo contiene el paso del umbral al estilo de The Hero with a thousand faces  de Joseph Campbell, Princeton University, 1968 ó a La estructura mítica del héroe  de Juan Villegas, Planeta, 1978. Este tránsito lleva consigo la apertura del ser a cualquier asunto que provenga del mundo objetivo y exterior.

En Joyce se va a encontrar un verdadero paralelismo con Homero. Esta concordancia podemos verla en una estructuración paralela de todos los elementos contenidos en la Odisea  y en el Ulyses.  Por un lado, encontramos los valores heróicos de Homero; por otro lado, los del hombre moderno, aunque bien representados con una ironía crítica sobre la futilidad del hombre contemporáneo. Joyce emplea el mito como una manera de controlar, de ordenar, de dar forma y significado al universo y al panorama anárquico que es la historia contemporánea.

Además, para nuestro autor irlandés, el texto es algo sagrado, entendido por lo de sagrado  como un modelo crítico que puede ser ordenado, más o menos tradicionalmente, de manera más o menos moral, pero siempre en un marco de relaciones.

Mundo de las Ideas.

Como autor une lenguaje y experiencia al utilizar palabras que habiendo sido usadas anteriormente, parecen nuevas. Joyce remplaza la descripción de las experiencias por combinaciones de imágenes que nos conducen a una especie de sueño retórico. Las palabras para Joyce parecen tener el poder de transubstanciar la realidad como si de una shamán o sacerdote se tratase. Las palabras en Joyce conducen a un universo verbal que no sigue las normas generales de la escritura puesto que él considera el lenguaje como un sistema hermenéutico o cerrado.

Joyce pertenece a la cultura irlandesa y al movimiento renacentista de su literatura. Formó generación con Yeats, Synge y Lady Gregory que son los portavoces del manifiesto sobre teatro literario irlandés que aparece en el año 1899 y en el cual se señalaba que Irlanda no es la casa del hazme reir o de bufones de fácil sentimiento, como ha sido representada algunas veces, sino el hogar de un idealismo tradicional y antiguo.

El movimiento de renacimiento literario irlandés procede de la búsqueda de las virtudes heróicas en la Irlanda ancestral, sobre todo, en la Irlanda precristiana del héroe Cuchulain, más tarde aplicado a otras literaturas medievales en personajes como Sir Gawain. Todas las sagas épicas celebran el romanticismo primitivo, romanticismo campesino que se ha unido a la idea de la negación de la vida urbana. Quizás esto tenga que ver con el choque entre el sentimiento prelógico del buen salvaje y el pensamiento científico del siglo XX.

Joyce como antes le pasó a Swift, Goldsmith, Berkeley, Oscar Wilde y Bernard Shaw, todos irlandeses, tienen cierto complejo de inferioridad con respecto a la “poca nobleza” de la historia irlandesa llena de batallas perdidas.

Joyce ironizó siempre de ese resurgimiento literario irlandés y de la atmósfera creada por el deseo de extremar lo celta. En contra de este romanticismo va a presentar un realismo lacónico como podemos ver en su obra Dubliners .

Joyce va a escapar de todos los modelos literarios conocidos y, aun de la tradición cultural inglesa, aunque admire a autores como Tomas Hardy. Su estrategia literaria no es contar una historia, sino que, rompiendo con las normas de la novela tradicional, va a hacer un viaje a través del individuo sentando claramente las bases de la destrucción del argumento. Lo que hace Joyce son actos literarios de interpretación que contienen siempre dimensiones simbólicas. Para ello, utiliza la imaginación simbólica en el sentido de utilizar y abusar de las palabras como si se tratasen de acertijos y de rompecabezas.

El prototipo mítico de la Odisea  que aparece en el Ulises  ya había sido ensayado en Dublineses.  En este último trabajo, Joyce compagina el experimento sobre la estructura y los esquemas narrativos, con los ensayos de formaciones lingüísticas. En Dublineses  se ve al ser humano como una realidad en la que se han proyectado todos los niveles, planos y márgenes que la componen. Esta obra es importante porque con ella se están atacando las raíces culturales y vivenciales de una cultura que se piensa en la derrota histórica como es la irlandesa. Este ataque viene de la descripción de los personajes en tres niveles:

1. El nivel físico que es el que estudia la geografía anatómica del individuo.

2. El espiritual o psíquico que estudia el compromiso ético y moral de la persona en un contexto difícil.

3. El social, con la plasmación de un entorno acechante, perverso, duro y, para unos, gratificante y, para otros, desesperante.

Los personajes de Joyce se van a mover en estos niveles. Pero, además, forman la Historia, la contienen en sus manos y, en ella, la contada en su narrativa, se produce la red de relaciones en donde los personajes son casi siempre shakesperianos, es decir, aquellos que sin desearlo llevan un peso mortal en su tragedia.

En Joyce no hay principio no fin narrativo porque, la novela, su prosa, su construcción narrativa, no tiene como estructura una ley científica de la realidad, sino una imagen humana del universo.

En toda su producción literaria hay un claro paralelismo entre el mito universal de Ulises y el mito personal de Stephen Dedalus. En todos los casos se requiere huir del lugar del conflicto para retornar más tarde a la patria, al hogar, a la familia, a los amigos, y a la ciudad. Pero, al volver, el héroe viene cambiado, distinto y después de una gran experiencia que, en el caso de Joyce es de vida y literaria.