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Literaturas extranjeras



 
 
PARA UNA LITERATURA DE LAS CICATRICES: LA   
VUELTA A LA IDENTIDAD PERDIDA EN AMY TAN. 2/2
ISBN-
por José Luis Caramés Lage, Universidad de Oviedo.
 

El mismo Engels nos señala que al estadio matriarcal de la civilización humana siguió  un período de promiscuidad y de matrimonios en grupo, dentro del cual el único “padre” que se conocía era la madre. La madre poseía la supremacía en el hogar  considerado como la unidad productiva, pero en cierta forma alejada siempre del poder que no podía ser entendido como político puesto que el ser humano aún era bárbaro.  De todas  maneras no fueron  la fertilidad o la organización religiosa las causas de la ruptura, sino que fueron las relaciones sociales de producción y los cambios ocurridos cuando se dió el paso de las relaciones comunales a las privadas, transformación que dió lugar a la monogamia y al comienzo de las divisiones de clase social.

Desde aquí se planteó la división entre el hombre y la mujer, en cuanto que las relaciones de propiedad se asociaron a las de parentesco  que favorecieron  una determinada relación de poder entre los dos sexos.

Otro aspecto a tener en cuenta dentro de las categorías que tratamos es la relación de subordinación que se intuye en toda la obra de Tan como factor  constante  de elaboración cultural. Aquí podríamos desarrollar la categoría de la experiencia de la que nos habla Teresa de Laurentis (1984: 159) cuando dice que la experiencia es un proceso por medio del cual se construye la subjetividad. A través de este proceso uno se sitúa en la realidad social y así percibe y comprende como subjetivo las relaciones materiales, económicas e interpersonales que son sociales y a la larga históricas. Como para cada mujer la subjetividad es algo propio no poseerá los puntos de referencia del principio y del final, ni las ideas externas, valores y causas llamadas, por el hombre, objetivas, sino que enfocará su vida hacia algo propio, personal, subjetivo y si se compromete con algo será porque ese algo supone una práctica, un discurso o unas instituciones que contienen valor real, significado y afecto. Por eso, el término subordinación hay que verlo con referencia al mundo masculino histórico, lineal, centralizado en la “objetividad” y en la razón más abstracta, mundo que choca con toda construcción de la experiencia basada en la subjetividad al estilo  de Laurentis..

Otra importante categoría en la escritora emigrante es la de interpolación. Desde el punto de vista literario el escritor/escritora emigrante es visto como alguien que se recrea para su creatividad en la historia oral de su país, contada a través de la familia posiblemente, y en la sociología, con los contrastes entre su  viejo  y nuevo mundo. Son considerados más juglares o trovadores que escritores; más como sujetos fragmentados o descentrados que como escritores completos. 
Literariamente, además, la mujer en la emigración y adaptación al mundo nuevo tiene un poder e influencia casi negativa: alimentan demasiado a sus hijos, trabajan a ratos libres  para ayudar a sostener a la familia y guardan silencio en público pues no  han aprendido  el nuevo idioma. 

Este es  utilizado en primera persona, en un ejercicio confesional o de semi-autobiografía,  y que, empleado al principio de su carrera por la escritora post-colonial y/o minoritaria, nos lleva a tratamientos realistas y no demasiado problematizados que parecen conducirnos en la escritura femenina a temas unificados que  hacen referencias sobre el género y sus diferencias: le ocurre a Tan en su primera novela. Es, quizás el comienzo consciente de una metafísica de la presencia femenina en la obra de arte basada en recoger la tradición oral de su familia y su contexto, como es el caso de Tan, para ir componiendo una literatura propia femenina. Aquí se podría introducir el claro interés que, hoy en día, existe por la narrativa autobiográfica. 

La tradición oral recogida en una escritura como la de Amy Tan servirá para asimilarse y naturalizarse con el nuevo contexto aportando su experiencia en un discurso que, creemos, también puede formar historia y relacionarse con la sociología y con las construcciones abstractas de un mundo de las ideas hasta ahora masculino. Con ésto la escritora y, aún más claro, la mujer, dejaría de ser  un problema para la sociología y sus asuntos se convertirían en problemas de mujeres (no la mujer como un problema) lo mismo que existen problemas de hombres. Sería claramente un paso hacia la igualdad de género en cuanto, por lo menos, al mundo de las ideas.

El discurso femenino visto desde esa doble perspectiva de la “otredad” será equivalente, al menos de momento, al de la autora post-colonial o de minorías, puesto que en su escritura encontramos diferencias con la escritura del primer mundo, europea y masculina. Las distinciones que caben señalar aquí no se diferencian en contenido, pero sí en enunciación, debido a sus modos de discurso: sentimental, irónico, a veces científico; en la presencia de connotaciones obligadas femeninas como puede ser la genealogía de lo femenino : abuelas, madres e hijas en la obra de Amy Tan; en el de no emplear el yo o el nosotros, o en el deseo de utilizarlos con connotaciones femeninas; en la adhesión o disidencia a/de los movimientos feministas; en la tensión entre permanecer extremista o ser tomada en serio como  escritora en un mundo en el que aún domina el hombre. Con ésto y pese a la resistencia de un mundo patriarcal autoritario como es el de la crítica literaria y el de la creación escrita, se sabe que la mujer es ya consciente de que está en el camino de corregir el haberse dedicado solamente a trabajar en los modos de enunciar sus temas puesto que ha empezado a escribir la Historia, situándose ya dentro del proceso histórico y como sujeto del mismo.

El texto de la escritora emigrante contiene otra categoría analizable que es la nostalgia. En principio existe la inclinación a considerar todos los textos de minorías como textos nostálgicos, algunos agresivamente nostálgicos, como nos dice Sneja Gunew ( 1988: 120), refiriéndose a Australia. Esto trae como consecuencia que tardan en ser admitidos como textos pertenecientes a una determinada tradición literaria, la norteamericana en este caso, y de ser entendidos como  textos propiamente nacionales y comprehensivos de una identidad y cultura determinadas. Aquí aparece la marginalidad que ejerce el primer mundo sobre los demás y la que ha sufrido el texto femenino con referencia al canón masculino. En este punto la equivalencia está clara, lo mismo que su hostilidad. Por lo que, discutir sobre la autenticidad de un determinado grupo o minoría de escritores es hablar de las posibilidades de diferentes lecturas. Todos leeemos parcialmente, no leemos todo, lo que quiere decir que puede, y debe diría yo, haber más posibilidades narrativas que ayuden a las personas en proceso de construcción contínua.

Ya desde una  perspectiva más teórica el feminismo considerado como un reconocimiento del “otro “ es un problema de revaluación.. No sólo de búsqueda de una identificación, de una inversión o diversificación de los valores patriarcales tradicionales, como nos señala Steven Connor (1992: 158), sino también la formación y afirmación de los contravalores. Es decir, la construcción de una metaética centrada en la evaluación de las estructuras patriarcales que sostienen la civilización y la historia, a través de la que se puedan revelar las más íntimas profundidades de los contextos de una civilización dominante como la occidental. Esta metaética valorará los movimientos de un discurso que también puede y debe dirigirse hacia los niveles de la lógica y la razón, bases de la convivencia, después de una descontaminación de los valores dominantes. Este movimiento no tendrá, en principio, porque evaluarse comparativamente al masculino, sino que  deberá desprenderse de todo lo relativo para fijar sus bases y coordenadas de acción. Por eso, tendrá que adentrarse en otra explicación de lo binario, o en su eliminación, añadiendo experiencias culturales no occidentales que no se basen en esa relación binaria de maldad y bondad; ofreciendo alternativas a la ética invariable masculina y aún a sus dioses: el poder, la creación hasta ahora viril y satisfactoria, la verdad, la razón; experimentando la autonomía y alejándose de una fragmentación del mundo impuesta y de una transvaluación que conduciría a los mismos errores que ahora tenemos en la sociedad dominante, y separarse de una posible tiranía de la tolerancia, algo en lo que este ponente pueda estar cayendo en este momento, aunque mi deseo sea otro.

La necesidad de generar sistemas distintivamente femeninos, y más aún en casos como el de Amy Tan de minoría china-norteamericana, es algo que considero absolutamente necesario. El cómo imaginar los caminos y las formas para trascender a las normas y sistemas patriarcales puede que deba basarse en una revaluación simbólica y estética de todos los rituales, símbolos y mundo de las ideas imperantes, hoy por hoy, masculinos. El comienzo de éste, creo yo, largo proceso, habrá que llevarlo a la integración de la mujer en la lógica que razona el mundo y a la adquisición de la posibilidad de incluir en la reflexión y en sus prácticas al hombre, algo que éste siempre ha hecho con la mujer, y como ven por mi ejemplo, seguimos haciendo.

La crítica literaria feminista debería considerarse ilustrada y alejarse cada vez más de la idea de opresión. Esta idea podría comenzar a destruirse al equiparar la actividad intelectual de la mujer a la transcendencia, algo que sabemos ha hecho el hombre a lo largo de los siglos. La trascendencia llevaría como requisitos varios elementos: la estabilidad del ser, la objetividad y la universalidad de la razón, la transparencia del lenguaje, y hasta la posibilidad de obtener la verdad absoluta (presunción masculina hasta ahora). Trascender implica conocer la parcialidad y relatividad de los valores del mundo contemporáneo y eliminar la centralización del mundo para apoyar la tolerancia, la interpretación polivalente, la ambigüedad y la multiplicidad. La conclusión sería la eliminación del discurso monológico del hombre no por la negatividad, sino a través de un modelo femenino que sugiere la diferencia, base de la objetividad,  que debe contrastarse con la normativa a través de una praxis real.

Por todo ello, podemos decir que la escritura del “otro” es una verdadera representación cultural, se refiera a una minoría o a una mayoría, no sólo del mundo socio-político, sino también de lo que constituye las raíces personales impregnadas en una educación cultural como es el caso de Amy Tan. Esto puede verse en el interés tan intenso que posee nuestra autora en las prácticas representacionales, en las costumbres y en los rituales de significación que utiliza por caminos elegidos todos con el propósito de aproximarnos a una construcción consciente y particular del mundo, es decir, diferente, que para mí constituye la fuerza de una escritura plena de conocimiento etnográfico..

Este conocimiento etnográfico nos conduce a la transación de valores dentro de dos culturas: la china y la norteamericana, y a la idea de que ya que una cultura nunca es suficiente en sí misma, aunque se ocupe mucho de actividades de exteriorización y de auto-etnografía como la norteamericana, la conjunción de dos culturas pueda completar más las posibilidades de una creación que va a resultar diferente.

La asimilación y el posible intercambio producido, al menos en la narrativa de Tan, no es para llevarnos a la duda en las creencias y en los valores que constituyen y sostienen un determinado sistema, en este caso, el norteamericano, sino para conducirnos a un proceso de conocimiento propio de la realidad, a la percepción personal sobre ella, a otra clase de entendimiento, de identificación que nos hará preguntarnos quienes somos y entre quién estamos. Aquí podemos decir que las diferencias están basadas en las realidades étnicas pero también sabemos que aunque no hay rotura con la cultura propia la nostalgia del pasado puede ser algo alienante en la escritura.      

Por eso, en el caso de Amy Tan, deseamos que se cierren las cicatrices de su nostalgia, algo que ya comienza a hacer en su segunda novela, y que siga sin oponer la teoría a la diferencia, o su discurso  a la diferencia. Con ello abogamos por la experiencia como construcción contínua de la subjetividad que debe incluir un proceso de significación verdaderamente femenino. 

Bibliografía Utilizada.

-  Connor, S., Theory and  Cultural Value,  Blackwell, Oxford, 1992.
 - Crisa, D., Du modernisme à la génération perdue, Magazine Littéraire, nº 242,  mayo, 1987, págs. 55-57.
- de Laurentis, T., Alice Doesn´t: A Materialist Analysis of Women´s Oppression,  Cinema, Londres, 1984.
- Gunew, S., “ Authenticity and the Writing Cure: Reading Some Migrant  Women´s Writing” en S. Sheridan, ed. Grafts, Feminism Cultural Criticis,  Verso, Londres, 1988.
- Maxwell, D. E. S., Landscape and Theme, Press, Londres, 1965.