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mismo Engels nos señala que al estadio matriarcal de la civilización
humana siguió un período de promiscuidad y de matrimonios
en grupo, dentro del cual el único “padre” que se conocía
era la madre. La madre poseía la supremacía en el hogar
considerado como la unidad productiva, pero en cierta forma alejada siempre
del poder que no podía ser entendido como político puesto
que el ser humano aún era bárbaro. De todas maneras
no fueron la fertilidad o la organización religiosa las causas
de la ruptura, sino que fueron las relaciones sociales de producción
y los cambios ocurridos cuando se dió el paso de las relaciones
comunales a las privadas, transformación que dió lugar a
la monogamia y al comienzo de las divisiones de clase social.
Desde aquí
se planteó la división entre el hombre y la mujer, en cuanto
que las relaciones de propiedad se asociaron a las de parentesco
que favorecieron una determinada relación de poder entre los
dos sexos.
Otro aspecto a tener
en cuenta dentro de las categorías que tratamos es la relación
de subordinación que se intuye en toda la obra de Tan como factor
constante de elaboración cultural. Aquí podríamos
desarrollar la categoría de la experiencia de la que nos habla Teresa
de Laurentis (1984: 159) cuando dice que la experiencia es un proceso por
medio del cual se construye la subjetividad. A través de este proceso
uno se sitúa en la realidad social y así percibe y comprende
como subjetivo las relaciones materiales, económicas e interpersonales
que son sociales y a la larga históricas. Como para cada mujer la
subjetividad es algo propio no poseerá los puntos de referencia
del principio y del final, ni las ideas externas, valores y causas llamadas,
por el hombre, objetivas, sino que enfocará su vida hacia algo propio,
personal, subjetivo y si se compromete con algo será porque ese
algo supone una práctica, un discurso o unas instituciones que contienen
valor real, significado y afecto. Por eso, el término subordinación
hay que verlo con referencia al mundo masculino histórico, lineal,
centralizado en la “objetividad” y en la razón más abstracta,
mundo que choca con toda construcción de la experiencia basada en
la subjetividad al estilo de Laurentis..
Otra importante
categoría en la escritora emigrante es la de interpolación.
Desde el punto de vista literario el escritor/escritora emigrante es visto
como alguien que se recrea para su creatividad en la historia oral de su
país, contada a través de la familia posiblemente, y en la
sociología, con los contrastes entre su viejo y nuevo
mundo. Son considerados más juglares o trovadores que escritores;
más como sujetos fragmentados o descentrados que como escritores
completos.
Literariamente,
además, la mujer en la emigración y adaptación al
mundo nuevo tiene un poder e influencia casi negativa: alimentan demasiado
a sus hijos, trabajan a ratos libres para ayudar a sostener a la
familia y guardan silencio en público pues no han aprendido
el nuevo idioma.
Este es utilizado
en primera persona, en un ejercicio confesional o de semi-autobiografía,
y que, empleado al principio de su carrera por la escritora post-colonial
y/o minoritaria, nos lleva a tratamientos realistas y no demasiado problematizados
que parecen conducirnos en la escritura femenina a temas unificados que
hacen referencias sobre el género y sus diferencias: le ocurre a
Tan en su primera novela. Es, quizás el comienzo consciente de una
metafísica de la presencia femenina en la obra de arte basada en
recoger la tradición oral de su familia y su contexto, como es el
caso de Tan, para ir componiendo una literatura propia femenina. Aquí
se podría introducir el claro interés que, hoy en día,
existe por la narrativa autobiográfica.
La tradición
oral recogida en una escritura como la de Amy Tan servirá para asimilarse
y naturalizarse con el nuevo contexto aportando su experiencia en un discurso
que, creemos, también puede formar historia y relacionarse con la
sociología y con las construcciones abstractas de un mundo de las
ideas hasta ahora masculino. Con ésto la escritora y, aún
más claro, la mujer, dejaría de ser un problema para
la sociología y sus asuntos se convertirían en problemas
de mujeres (no la mujer como un problema) lo mismo que existen problemas
de hombres. Sería claramente un paso hacia la igualdad de género
en cuanto, por lo menos, al mundo de las ideas.
El discurso femenino
visto desde esa doble perspectiva de la “otredad” será equivalente,
al menos de momento, al de la autora post-colonial o de minorías,
puesto que en su escritura encontramos diferencias con la escritura del
primer mundo, europea y masculina. Las distinciones que caben señalar
aquí no se diferencian en contenido, pero sí en enunciación,
debido a sus modos de discurso: sentimental, irónico, a veces científico;
en la presencia de connotaciones obligadas femeninas como puede ser la
genealogía de lo femenino : abuelas, madres e hijas en la obra de
Amy Tan; en el de no emplear el yo o el nosotros, o en el deseo de utilizarlos
con connotaciones femeninas; en la adhesión o disidencia a/de los
movimientos feministas; en la tensión entre permanecer extremista
o ser tomada en serio como escritora en un mundo en el que aún
domina el hombre. Con ésto y pese a la resistencia de un mundo patriarcal
autoritario como es el de la crítica literaria y el de la creación
escrita, se sabe que la mujer es ya consciente de que está en el
camino de corregir el haberse dedicado solamente a trabajar en los modos
de enunciar sus temas puesto que ha empezado a escribir la Historia, situándose
ya dentro del proceso histórico y como sujeto del mismo.
El texto de la escritora
emigrante contiene otra categoría analizable que es la nostalgia.
En principio existe la inclinación a considerar todos los textos
de minorías como textos nostálgicos, algunos agresivamente
nostálgicos, como nos dice Sneja Gunew ( 1988: 120), refiriéndose
a Australia. Esto trae como consecuencia que tardan en ser admitidos como
textos pertenecientes a una determinada tradición literaria, la
norteamericana en este caso, y de ser entendidos como textos propiamente
nacionales y comprehensivos de una identidad y cultura determinadas. Aquí
aparece la marginalidad que ejerce el primer mundo sobre los demás
y la que ha sufrido el texto femenino con referencia al canón masculino.
En este punto la equivalencia está clara, lo mismo que su hostilidad.
Por lo que, discutir sobre la autenticidad de un determinado grupo o minoría
de escritores es hablar de las posibilidades de diferentes lecturas. Todos
leeemos parcialmente, no leemos todo, lo que quiere decir que puede, y
debe diría yo, haber más posibilidades narrativas que ayuden
a las personas en proceso de construcción contínua.
Ya desde una
perspectiva más teórica el feminismo considerado como un
reconocimiento del “otro “ es un problema de revaluación..
No sólo de búsqueda de una identificación, de una
inversión o diversificación de los valores patriarcales tradicionales,
como nos señala Steven Connor (1992: 158), sino también la
formación y afirmación de los contravalores. Es decir, la
construcción de una metaética centrada en la evaluación
de las estructuras patriarcales que sostienen la civilización y
la historia, a través de la que se puedan revelar las más
íntimas profundidades de los contextos de una civilización
dominante como la occidental. Esta metaética valorará los
movimientos de un discurso que también puede y debe dirigirse hacia
los niveles de la lógica y la razón, bases de la convivencia,
después de una descontaminación de los valores dominantes.
Este movimiento no tendrá, en principio, porque evaluarse comparativamente
al masculino, sino que deberá desprenderse de todo lo relativo
para fijar sus bases y coordenadas de acción. Por eso, tendrá
que adentrarse en otra explicación de lo binario, o en su eliminación,
añadiendo experiencias culturales no occidentales que no se basen
en esa relación binaria de maldad y bondad; ofreciendo alternativas
a la ética invariable masculina y aún a sus dioses: el poder,
la creación hasta ahora viril y satisfactoria, la verdad, la razón;
experimentando la autonomía y alejándose de una fragmentación
del mundo impuesta y de una transvaluación que conduciría
a los mismos errores que ahora tenemos en la sociedad dominante, y separarse
de una posible tiranía de la tolerancia, algo en lo que este ponente
pueda estar cayendo en este momento, aunque mi deseo sea otro.
La necesidad de
generar sistemas distintivamente femeninos, y más aún
en casos como el de Amy Tan de minoría china-norteamericana, es
algo que considero absolutamente necesario. El cómo imaginar los
caminos y las formas para trascender a las normas y sistemas patriarcales
puede que deba basarse en una revaluación simbólica y estética
de todos los rituales, símbolos y mundo de las ideas imperantes,
hoy por hoy, masculinos. El comienzo de éste, creo yo, largo proceso,
habrá que llevarlo a la integración de la mujer en la lógica
que razona el mundo y a la adquisición de la posibilidad de incluir
en la reflexión y en sus prácticas al hombre, algo que éste
siempre ha hecho con la mujer, y como ven por mi ejemplo, seguimos haciendo.
La crítica
literaria feminista debería considerarse ilustrada y alejarse
cada vez más de la idea de opresión. Esta idea podría
comenzar a destruirse al equiparar la actividad intelectual de la mujer
a la transcendencia, algo que sabemos ha hecho el hombre a lo largo
de los siglos. La trascendencia llevaría como requisitos varios
elementos: la estabilidad del ser, la objetividad y la universalidad de
la razón, la transparencia del lenguaje, y hasta la posibilidad
de obtener la verdad absoluta (presunción masculina hasta ahora).
Trascender implica conocer la parcialidad y relatividad de los valores
del mundo contemporáneo y eliminar la centralización del
mundo para apoyar la tolerancia, la interpretación polivalente,
la ambigüedad y la multiplicidad. La conclusión sería
la eliminación del discurso monológico del hombre no por
la negatividad, sino a través de un modelo femenino que sugiere
la diferencia, base de la objetividad, que debe contrastarse con
la normativa a través de una praxis real.
Por todo ello, podemos
decir que la escritura del “otro” es una verdadera representación
cultural, se refiera a una minoría o a una mayoría, no sólo
del mundo socio-político, sino también de lo que constituye
las raíces personales impregnadas en una educación cultural
como es el caso de Amy Tan. Esto puede verse en el interés tan intenso
que posee nuestra autora en las prácticas representacionales, en
las costumbres y en los rituales de significación que utiliza por
caminos elegidos todos con el propósito de aproximarnos a una construcción
consciente y particular del mundo, es decir, diferente, que para mí
constituye la fuerza de una escritura plena de conocimiento etnográfico..
Este conocimiento
etnográfico nos conduce a la transación de valores dentro
de dos culturas: la china y la norteamericana, y a la idea de que ya que
una cultura nunca es suficiente en sí misma, aunque se ocupe mucho
de actividades de exteriorización y de auto-etnografía como
la norteamericana, la conjunción de dos culturas pueda completar
más las posibilidades de una creación que va a resultar diferente.
La asimilación
y el posible intercambio producido, al menos en la narrativa de Tan, no
es para llevarnos a la duda en las creencias y en los valores que constituyen
y sostienen un determinado sistema, en este caso, el norteamericano, sino
para conducirnos a un proceso de conocimiento propio de la realidad, a
la percepción personal sobre ella, a otra clase de entendimiento,
de identificación que nos hará preguntarnos quienes somos
y entre quién estamos. Aquí podemos decir que las diferencias
están basadas en las realidades étnicas pero también
sabemos que aunque no hay rotura con la cultura propia la nostalgia del
pasado puede ser algo alienante en la escritura.
Por eso, en el caso
de Amy Tan, deseamos que se cierren las cicatrices de su nostalgia, algo
que ya comienza a hacer en su segunda novela, y que siga sin oponer la
teoría a la diferencia, o su discurso a la diferencia. Con
ello abogamos por la experiencia como construcción contínua
de la subjetividad que debe incluir un proceso de significación
verdaderamente femenino.
Bibliografía
Utilizada.
- Connor,
S., Theory and Cultural Value, Blackwell, Oxford, 1992.
- Crisa,
D., Du modernisme à la génération perdue, Magazine
Littéraire, nº 242, mayo, 1987, págs. 55-57.
- de Laurentis,
T., Alice Doesn´t: A Materialist Analysis of Women´s Oppression,
Cinema, Londres, 1984.
- Gunew, S., “
Authenticity and the Writing Cure: Reading Some Migrant Women´s
Writing” en S. Sheridan, ed. Grafts, Feminism Cultural Criticis,
Verso, Londres, 1988.
- Maxwell, D. E.
S., Landscape and Theme, Press, Londres, 1965.

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