| THESAURUS:
África, Chinua Achebe, Wole Soyinka, Nadine Gordimer, Nigeria, Sudáfrica.
Igbo, Hausas, Yorubas, ikolo y ogene.
Introducción.
Todo análisis
de las relaciones del hombre con su entorno supone en el caso de África
adentrarse en una dimensión distinta. Atendiendo en particular al
área subsahariana y su evolución desde finales del
siglo XIX, asistimos a un rosario de cambios traumáticos destinados
a conducir a miles de comunidades en estado tribal, imperturbable al paso
de los milenios, al más rabioso empuje de la sociedad actual; y
ello sin pasar por más etapas que el breve período colonial.
La literatura no
es ajena a este cambio de actitudes, y en el caso del África al
sur del Sahara, la capacidad creadora de escritores como Chinua Achebe,
o los premios Nóbel Wole Soyinka y Nadine Gordimer demuestra el
vigor y la alta calidad de la nueva –cási recién nacida-
literatura africana hecha en inglés. De ellos, de sus obras y sus
entornos y condicionantes, de sus motivos y sentimientos, trataremos en
este capítulo dedicado a la literatura de los estandartes del imperio
británico en África: Nigeria y Sudáfrica.
Contexto General
Africano: Nigeria
El dominio colonial
ejercido sobre África por las potencias europeas desde la segunda
mitad del s.XIX marcó un punto de inflexión en el continente
negro, un ántes y un después, que daría como resultado
un hombre africano distinto en un mundo distinto. En efecto, las sociedades
al sur del Sahara pasarían por cambios drásticos: durante
siglos se habían estructurado sin necesidad de escritura, basando
la transmisión de costumbres, leyendas, rituales sociales, mitos
e incluso leyes, en la palabra hablada, y consiguiendo así una notable
estabilidad social, económica y religiosa, e incluso contando con
instituciones de tintes democráticos (1) . La palabra era
suficiente para que las estructuras básicas de una comunidad permaneciesen
inalterables al paso del tiempo.
Esta notable estabilidad
sociopolítica se conjugaba con un impresionante mosáico de
miles y miles de lenguas y dialectos, que en ocasiones imposibilitaba el
entendimiento entre comunidades distantes entre sí apenas 100 Km.
Pensemos que entre los ríos Senegal y Congo -por poner un ejemplo-
una franja de menos de 4.000 kilómetros, hay registrados 2.000 idiomas
y dialectos distintos. La propia estructuración de los poblados
distaba de ser uniforme, pasando del pueblo “compacto” y unido a la disgregación
total de las viviendas con un único nexo en un lugar común
para reuniones o celebraciones -y con una lógica carencia de sentimientos
“étnicos”-. Ni que decir tiene que en este contexto tan variado,
normas sociales, creencias, modos de comportamiento individual y colectivo,
costumbres, formas de vestir o de hacer la guerra e incluso las actitudes
ante los extranjeros, todos los parámetros que podamos analizar
de forma antropológica van a conocer diferentes valores aunque hablemos
de etnias vecinas o fronterizas. Un universo increíble.
En este contexto,
el dominio colonial supondría un nuevo orden histórico: se
impusieron las lenguas de las metrópolis como elementos culturales
globalizantes, introduciendo la escritura donde nunca había existido;
se separaron comunidades que compartían troncos históricos
comunes en países artificiales siguiendo criterios arbitrarios,
quedando bajo gobiernos –y a menudo lenguas- distintos; se implantaron
religiones que al final, lejos de excluir las creencias locales, incrementaron
el “efecto mosaico” al coexistir con los miles de olimpos existentes. Se
cambiaron las leyes de cada pueblo por códigos europeos, se modificó
la propia administración de las riquezas; y se fundaron escuelas,
misiones, iglesias, para consolidar el molde europeo. En suma, en pocos
años la cima del logro social del individuo africano había
pasado de ser el esfuerzo y la mejora personal mediante el trabajo o la
guerra, a lograr un puesto en la administración colonial, al precio
de hablar otra lengua y rezar a otro dios.
En el campo que
nos ocupa, la literatura nacida ya avanzado el siglo XX en el Africa subsahariana,
una vez la nueva generación de africanos había pasado por
el tamiz colonial, y recién iniciado el proceso de independencia
de los nuevos países, se iban a plantear distintas aproximaciones
a este proceso sufrido por tres generaciones –abuelos, padres y los propios
autores-, intentando éstos plasmar lo bueno y lo malo de este trauma
histórico desde sus atalayas de híbridos culturales. Y es
que, en efecto, los primeros escritores africanos, los primeros no solo
en escribir sino en poner su nombre a la historia escrita, lo hicieron
a caballo de dos mundos: el intemporal autóctono a escala familiar
y el recién implantado modelo europeo en las escuelas y la vida
pública. En este peculiar universo cultural se mueven los dos máximos
representantes de la literatura nigeriana actual, Chinua Achebe y Wole
Soyinka, quienes plasmaron en novelas, verso y teatro las peculiaridades
de una sociedad convulsionada. A ellos dedicaremos las siguientes páginas
de este trabajo.
La narrativa
nigeriana de Chinua Achebe.
Albert Chinualumogu
Achebe nació en 1930 en Ogidi, un pueblo de etnia Igbo –o Ibo- al
sureste de Nigeria. Fue el quinto de los seis hijos de un matrimonio ya
inmerso en el cambio colonial: eran evangelistas. Su padre, Isaiah Okafor
Achebe, fue uno de los primeros Igbo convertidos a la nueva religión,
siendo maestro de la escuela local dependiente de la Church Missionary
Society. Achebe fue a la escuela de su padre, y tras empezar a aprender
inglés a los 8 años de edad, pasó a estudiar en el
Government College de Umuahia en 1944. A los 18 años ingresó
en el University College de Ibadan, que ofrecía posibilidades de
estudiar en la metrópoli londinense. En Ibadan Achebe inició
su fallida carrera de medicina, ya que solo tardaría un año
en centrarse en la literatura, licenciándose en 1953. Dado que en
esta época los temarios apenas diferían entre universidades
de metrópoli y colonia, Achebe se introdujo de lleno en las corrientes
literarias británicas, en su historia, sus tendencias y sus críticas.
Sin embargo, nunca siguió o imitó corriente literaria alguna,
al contrario que otros escritores africanos que buscaban una rápida
aceptación; más bien diríamos que creó un estilo
propio.
Achebe centró
sus estudios de literatura en la complejidad y meticulosidad de autores
como Joseph Conrad (1857-1924), de quien criticó la carga
racista de Heart of Darkness,(2) pero no perdió
de vista el conjunto de escritores británicos que habían
abordado el tema de Africa desde la lejanía geográfica o
psicológica, y con notables carencias de calidad y fiabilidad en
no pocos casos.
De forma paralela
a sus pasos literarios, ingresó en la Nigerian Broadcasting
Corporation en 1954 en calidad de Talks Producer, y estudió
en la BBC de Londres en 1956. De vuelta a casa, los numerosos viajes por
Nigeria motivados por su trabajo le proporcionaron no poco material sobre
el mundo y vida de sus gentes, algo que en su mente chocaba con las historias
superficiales y huecas sobre Africa escritas por autores británicos
o irlandeses de relativo éxito que había leído en
la Universidad, y que impulsaron su creatividad como respuesta. Así,
poco a poco se iría formando el Achebe novelista sobre el que profundizaremos
más adelante; en 1958 publica su primera novela, Things Fall
Apart, un éxito inmediato, premiada con el Margaret Wrong prize.
En 1960 salió la segunda, No Longer at Ease, premiada con
al Nigerian National Trophy. En esta época, en la que Nigeria se
hacía independiente, ya dirigía la NBC en Lagos, de la que
fue director de Servicios Internacionales hasta 1966, viajando por Africa
con una Beca de Investigación Rockefeller. Se casó en 1961
con Christie Chinwe Okoli, naciendo en 1962 su
primera hija, Chinelo. En 1964 saldrá su tercera
novela, Arrow of God, ganadora del Jock Campbell
award, naciendo su hijo Ikechukwu. Ya en 1966, en puertas de la guerra
de Biafra, publica su cuarta novela, A Man of the People.
En 1967, en plena guerra, nació Chidi.La guerra de Biafra – la guerra
de los Igbo- marcó profundamente la vida y obra de Achebe; hasta
la caída de Biafra en enero de 1970, viajó a modo de embajador
del nuevo estado Igbo por Europa y Norteamérica, difundiendo el
mensaje de los insurgentes, los vejados y masacrados. Al mismo tiempo,
entre 1967 y 1972 fue Senior Research Fellow en la universidad de Nigeria,
en Nsukka. En 1970 había nacido su hija Nwando. Alejado de la novela,
Achebe dedicaría los cuatro años del conflicto y los posteriores
a la narrativa corta como Girls at War and other Stories (1971)
o la poesía en Beware Soul Brother (1972). Son piezas breves
de clara y permanente conexión con Biafra y su tragedia humana,
aparecidas en un momento en el que comenzó su recorrido brillante
por universidades de Europa y América, publicando a la vez soberbios
ensayos de índole política y literaria (3) .
En sus colaboraciones
con Universidades fue Profesor Invitado de Inglés en la de Massachusetts
(1972-75), siendo en 1974 nombrado doctor Honoris Causa por las universidades
británicas de Stirling y Southampton. Fue profesor en la de Connecticut
en el curso 1975/76. Paralelamente, y en Nigeria, en 1979, fue nombrado
Secretario de la Asociación de Escritores Nigerianos y en 1983 Vicepresidente
del People’s Redemption Party. En 1984 fue Profesor Invitado de Inglés
en la universidad de Guelph, Canada, y Regent Professor de Inglés
en la de California (Los Angeles).
A nivel universitario
en Nigeria, en 1985 fue nombrado Profesor Emérito en la universidad
de Nsukka y en 1986 entró en el equipo rectoral de la State University
of Anambra en Enugu. Volvió a la universidad de Massachusetts en
1987-88 en calidad de Profesor Invitado de Estudios Africanos. En esta
época se publicó su quinta y última novela, Anthills
of the Savannah (1987), una soberbia alegoría sobre la división
étnica en Nigeria. En 1989 fue Profesor Invitado de Inglés
en la de Nueva York. Finalmente, destacar su presencia en el Bard College
de Nueva York en 1990 como Profesor Invitado de literatura, prolongando
allí su labor docente. En ese año, sin embargo,
Achebe sufrió un grave accidente de circulación
que le causó paraplejia, cortando toda
posibilidad de
avance en su entonces ya larga trayectoria. Destacar finalmente que en
1993 el periódico inglés “The Times” lo incluyó entre
los 1.000 “makers of the 20th century”, en reconocimiento de su relevancia
en el mundo literario africano.En 1996 aceptó la concesión
del “Campion Award” en el Bard College. Su padre se habría sentido
orgulloso, pues se trata de un premio que se otorga a grandes hombres
de letras cristianos, recordando la figura de un mártir jesuíta.
Si a todo ello sumamos los numerosos premios, nombramientos y reconocimientos
en Gran Bretaña y América –ya menos en Nigeria- No es un
mal bagage para el hijo de un maestro evangelista y nieto de Igbos en estado
tribal.
1. Tal es el caso de pueblos como los Igbo, al sureste de Nigeria,
que pese a su natural disgregación en sus poblamientos contaba con
órganos de gobierno como el consejo de ancianos o la asamblea de
hombres libres.
2. Achebe,Ch.(1975) “An Image of Africa: Racism in Conrad’s Heart of
Darkness; en Hopes and Impediments:Selected Essays. Heinemann, Londres,1988
3. Caso de Morning Yet on Creation Day (1975), The Trouble
with Nigeria (1983) o Hopes and impediments:Selected Essays (1988),
siempre publicados por Heinemann.

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