| THESAURUS:
Yoruba, Fulani, Hausa, Igbo, Swahili, Jihad, Pidgin.
Introducción.
Dentro de la primera
generación de escritores subsaharianos, al nigeriano Soyinka le
correspondió el primer momento de gloria que supone recibir
un premio Nóbel. Fue en 1986, y con ello la literatura al sur del
desierto adquirió una dimensión mundial, afianzada con el
reconocimiento hecho en 1991 a la sudafricana Nadine Gordimer –a quien
estudiaremos tras Soyinka- y definiendo así el sentir de un mundo
distinto.
Si Achebe es un
Igbo, Soyinka es un Yoruba; ambas etnias (mayoritarias junto con los Hausa-Fulani
del norte) comparten un espacio al sur de Nigeria junto con multitud de
pueblos minoritarios y frecuentemente discriminados como los Ibibio, los
Efik, los Ogoni, los Kalabari, los Okrika, los Annang y muchos otros (1)-.Un
espacio en el que los Yoruba no parecen tener suficiente terreno, y es
que la etapa colonial aportó dos factores clave en la historia
de esta “macroetnia” de más de 10 millones de habitantes: en primer
lugar una captura masiva de esclavos, causa de la fuerte implantación
de la raza y el pensamiento Yoruba en el Caribe, y en segundo lugar un
reparto de fronteras al margen de los pueblos, ya entrado el siglo XX,
que motiva que la lengua Yoruba se hable también en los estados
vecinos de Benin y Togo.
En este contexto
étnico, cuya riqueza ampliaremos más adelante, Soyinka nació
y vivió al igual que el resto de su generación , a caballo
de dos filosofías de la vida tan distintas como el día de
la noche, la colonial en su última época y la tradicional
africana; pese a estas distancias, y haciendo gala del eclecticismo Yoruba
del que hablaremos, Soyinka supo extraer lo mejor de ambos mundos para
construir uno nuevo, un híbrido extraordinariamente rico en imágenes
y sólido en su estructura. Soyinka ocupa un lugar de liderazgo entre
los dramaturgos y poetas africanos a las puertas del siglo XXI, sin olvidar
unas autobiografías e incluso un par de novelas, que
forman ya parte inseparable de la evolución literaria de África
en las últimas décadas.
Biografía
Oluwole Akinwande
Soyinka nació el 13 de Julio de 1934 en Ijebu-Isara, en la entonces
llamada “Western Region” de una Nigeria tripartita. Sus padres procedían
de los reinos yoruba de Ijebu y Egba, y pertenecían a la comunidad
cristiana de Abeokuta, una de las grandes ciudades del estado de Ogun.
Su primera escuela fue St. Peter en Aké, Abeokuta, pasando después
un año en la Grammar School también de Abeokuta. En 1946
ingresó en el Government College de Ibadan, donde cursó sus
estudios de Secundaria. Es el momento en el que comienza a cultivar su
talento, pero no como autor, sino en el campo de la música (2).
Su carrera en el teatro se inició escribiendo piezas cortas para
representaciones escolares; antes de entrar en la universidad comenzó
a escribir para el Nigerian Broadcasting Service, siendo el primer nigeriano
en ver su obra emitida por las ondas.
En octubre de 1952,
cuatro años después de Achebe, un Soyinka de 18 años
entra en el University College de Ibadan, estrechamente vinculado con la
Universidad de Londres. Allí Soyinka comenzó a escribir poesía
y editó un periódico de estudiantes. Sus buenas calificaciones
le hicieron ser seleccionado en 1954 para acabar su licenciatura
en la Universidad de Leeds, pasando allí tres años. Soyinka
reconoce que fue en esa etapa cuando comenzó a escribir, según
su propia definición,“seriously” (3). Escribió una
obra sobre Sudáfrica que después rompió, y una serie
de historias cortas, algunas publicadas como Madame Etienne’s Establishment,
muy al estilo de Guy de Maupassant. En piezas como esta es donde se ve
al mejor Soyinka imitador de estilos y creador de argumentos elaborados
e ingeniosos.
En 1957 comienza
sus estudios de Master of Arts, abandonados poco después por su
pasión por el teatro: así, completó en este año
la primera versión de su comedia The Lion and the Jewel. Decidió
remitirla al Royal Court Theatre de Londres y la respuesta fue una oferta
de empleo: lector de obras, lo que marcó el final de sus estudios
de postgrado, y el comienzo de otra carrera fulgurante: la literaria.
En 1958 fue productor
de su obra The Swamp Dwellers, representada por estudiantes en Londres.
Esa misma obra, junto con The Lion and the Jewel fueron representadas
en el University College de Ibadan en 1959, iniciando en el público
nigeriano una consciencia de la posibilidad de recrear un drama local en
inglés. De vuelta en Nigeria en 1960 se representan sus obras The
Trials of Brother Jero y The Good Woman of Setzuan (donde actuó
en el papel de Yang Sun), y acaba, dirige y actúa en A Dance
of the Forests con su nueva compañía de teatro, “1960
Masks”.
Entre 1960 y 1964
comienzan sus enfrentamientos al sistema político de Nigeria, mientras
ingresa en el departamento de inglés de la Universidad de Ibadan.
Allí critica la manipulación de los medios de comunicación
y sus escritos se tiñen de sátira política.
Entre 1962-63 fue también lector de inglés en la Universidad
de Ife, y en 1964 cofundó la Drama Association of Nigeria. En 1965
se interna en la novela con The Interpreters, sin olvidar el teatro:
escribe y dirige Before the Blackout en Orisun, y dirige Kongi’s
Harvest en Lagos. Entre 1965-67 es Senior Lecturer de inglés en
la Universidad de Lagos, desde donde critica los cultos a la persona y
la dictadura. Estas críticas, unidas al apoyo que prestó
a la fallida secesión de Biafra, lo llevaron a prisión entre
1967-69.En ese tiempo recibió el Jock Campbell Literary Award. Tras
salir de la cárcel dirigió el departamento de Theatre Arts
en la Universidad de Ibadan. Su etapa de preso político incomunicado
se reflejó en Poems from Prison, de 1969, The Man Died:Prison
Notes of Wole Soyinka, de 1972, y también ese año publica
sus poemas A Shuttle in the Crypt.
En 1973 recibió
el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Leeds, publicando su novela
Season of Anomy y Collected Plays I. En 1973-74 fue Profesor Invitado
en la Universidad de Sheffield y en el Churchill College de Cambridge,
publicando Collected Plays II. En 1974 edita Poems from Black Africa
y entre 1974-75 es Profesor Invitado en la Universidad de Ghana en Legon.
En 1975 es elegido Secretario general de la nueva “Union of Writers of
the African Peoples”, mientras sus obras siguen representándose
en teatros nigerianos y en la radio (BBC). Ese año volvió
a Nigeria: la Universidad de Ife le esperaba en calidad de profesor de
literatura. En 1976 publica sus ensayos Myth, Literature and the
African World. En 1978 dirigió el Departamento de Arte Dramático
de la Universidad de Ife. Entre 1979-80 fue Profesor Invitado en la Universidad
de Yale, dirigiendo en Chicago y Washington representaciones de su obra
Death and the King’s Horseman en 1979
En 1981 publica
su primera incursión en la autobiografía: Aké,
the Years of Childhood, -continuada en Ìsarà: A Voyage
around Essay (1990) Ibadan: The Penkelemes Years y Memories
of a Nigerian Childhood (1994) - además del ensayo The Critic
and Society, mientras siguen las representaciones de sus obras tanto
en Nigeria como en la metrópoli. En 1985 publica su obra Requiem
for a Futurologist.1986 fue el año de su consagración definitiva
al obtener el premio Nóbel de literatura En 1988 publica Mandela’s
Earth and Other Poems.Ya en 1993 fue nombrado Doctor Honoris Causa
por la Universidad de Harvard. Mientras, su ya antiguo enfrentamiento con
el dictador Sani Abacha provoca que en 1994 Soyinka se vea privado de su
pasaporte, iniciando desde entonces una larga etapa de exilio; se publica
Memories of a Nigerian Childhood, un paso más en su análisis
autobiográfico. En 1996 publica su obra de reflexión The
Open Sores of a Continent: A Personal Narrative of the Nigerian Continent.
En 1997 su rivalidad con la tiranía de Abacha le lleva a ser acusado
de traición por la dictadura militar.
Contexto:
De manera
similar al caso de Achebe y al de tantos otros autores africanos, la obra
del yoruba Soyinka nos lleva a una tierra en la que la convivencia
humana y la propia existencia están marcadas por la pluralidad;
una característica ya existente antes de la llegada de los europeos,
en un continente de pueblos atomizados, y que llegó a su grado más
elevado con el choque cultural impuesto.
Dentro del mosaico
africano, la Yoruba está entre las etnias más extendidas
y con mayor historia y legado cultural (4). Como se indicó
al comienzo, superan los 10 millones de habitantes y ocupan no solo territorio
nigeriano, sino de Benin y Togo. Tenemos datos de presencia cultural Yoruba
ya en el siglo VI de nuestra era, contando en épocas más
recientes con datos de pequeños “Reinos de Taifas” de esta etnia
como Ijebu, Ijesa, Owo, Egba o Ekiti, por poner unos ejemplos; cada uno
de estos reinos contaba con esquemas políticos distintos en función
de la mayor o menor preponderancia del papel del rey y sus jefes, la manera
de llamarlos, el grado de accesibilidad al poder o su carácter hereditario
o no, pero siempre estarían unidos por un tronco común
de lenguas y costumbres, el tronco Yoruba, siendo las diferencias sociales
mucho más exiguas.
Vistas en
conjunto, las señas de identidad histórica Yoruba muestran
una etnia con fuertes raíces democráticas en su organización
social, combinadas con unos esquemas de poder fuerte y centralista pero
no excluyente -en oposición a sociedades sin un órgano de
poder central como los Igbo, o a pueblos del norte como los Hausa y los
Fulani, con una pirámide estructurada en torno a la realeza y la
aristocracia-. En el caso Yoruba la sociedad se estructura en torno a
la familia y los linajes, las alianzas interfamiliares y el concepto de
patriarcado, todo centrado en el hombre de más edad en una familia
como figura de referencia para el resto del clan: el que sabía y
contaba la historia de su linaje, su procedencia, los nombres de antepasados
ilustres y las costumbres y tabúes que debían ser observados.
Los Yoruba sufrieron
tres etapas calificables de coloniales, comenzando por el comercio de esclavos
-con su apogeo entre 1750 y 1800-, el Islam que llegó de los reinos
del norte mediante el comercio trans-sahariano, reforzado por la “Jihad”
de los Fulani a comienzos del s.XIX, y por supuesto, la dominación
europea que los integró en la inestable Federación de Nigeria
y cambió sus modos de vida de forma radical.
Comenzando con misioneros
metodistas establecidos en Badagry (oeste de Lagos) a mediados del s.XIX,
la expansión de la nueva fe por todo el territorio Yoruba -con epicentro
en Abeokuta- provocó la fundación de numerosas iglesias y
escuelas. La educación de los Yoruba se centró desde entonces
en estas instituciones, siempre enfocando a Europa como referente social
y religioso. Así, las escuelas procuraban alejar a los niños
de las deidades y costumbres consideradas paganas, proporcionándoles
una inmersión cultural en los valores occidentales que a su vez
ridiculizaba ritos e incluso canciones tradicionales. En todo caso el premio
a los mejores estudiantes era un puesto en la administración colonial,
con lo que conllevaba de riquezas y cambio de vida, y suponía suficiente
incentivo para moldear conciencias.
Esta tendencia social
y educativa se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX, es decir, hasta
los últimos días del imperio, como ya vimos en el caso de
Achebe (5). Mientras tanto, y de forma paralela, la metrópoli
se preocupó de sembrar Nigeria de carreteras y ferrocarriles, buscando
no solo una mayor eficacia del control sobre las distintas –y distantes-
regiones, sino también un acceso fácil al mar de las riquezas
extraídas tierra adentro(6) . De este modo, la transformación
tanto del hombre como del paisaje nigerianos llegaba a su final a principios
del s.XX.
El contexto colonial
y postcolonial es prácticamente idéntico para muchos escritores
africanos, no solo nigerianos. Pero incluso dentro de Nigeria, y más
aún, en territorios casi catalogables de “vecinos” (salvando las
distancias entre Igbos y Yorubas), las reacciones literarias de Achebe
y Soyinka, productos de las herencias familiares y culturales, fueron bien
distintas: ambos autores crecieron en entornos cristianos, y por tanto
sus infancias sufrieron restricciones en cuanto al simple contacto con
el universo pagano que les rodeaba. Sin embargo aquí acaban las
semejanzas.
Achebe parece
recoger en sus obras (nacidas, recordemos, como respuesta de autoafirmación)
un sentimiento de distanciamiento con respecto a lo hecho por los coetáneos
de su padre, religiosos que intentaron siempre una redefinición
social en aras de una mayor igualdad, en una sociedad como la Igbo estructurada
en castas (7). No hay en la obra de Achebe un lugar para las clases
más desfavorecidas de su etnia, aquéllas por las que lucharon
los misioneros, y sí lo hay para el guerrero y hombre ejemplar (Okonkwo
en Things Fall Apart) o el sacerdote (Ezeulu en Arrow of God),
hombres que en una sociedad Igbo parten de la cima y van cayendo en su
prestigio. La base de la pirámide apenas merece su atención
ante la caída de los que la gobiernan y la plasmación de
señas de identidad panafricanas simbolizadas en las Igbo.
Soyinka reaccionó
de forma distinta. Lejos de alejarse de la obra de su padre y los de su
generación, e incluso negar un hueco en su memoria literaria a dicho
personaje, el Yoruba recoge en obras de tinte autobiográfico, como
Aké:The Years of Childhood, o en Ìsarà: A Voyage
around Essay, una niñez que gira precisamente en torno al mundo
creado por su padre; Soyinka no lo ve como una dimensión ajena de
la existencia africana, sino como un cambio de valores culturales del que
siempre se puede obtener algo positivo: así, Soyinka deja a menudo
en sus obras un sitio a personajes desfavorecidos o debilitados para que
intenten un reforzamiento de su situación, mientras el único
que en Achebe merece esta consideración –Clara, la mujer de casta
“osu” en No Longer at Ease- está destinada a la frustración
y el aislamiento.
Esta distinta
actitud social y literaria de Soyinka respecto a Achebe se ve en momentos
puntuales de sus obras, como en la citada Ìsarà: A Voyage
around Essay, donde un personaje desconocido, Damian, aparece en el pueblo
sin que nadie sepa nada de él ni de su procedencia o estatus, pero
poco a poco se afianza como un miembro importante de la sociedad local.
Semejante tratamiento de personajes “foráneos” sería impensable
en Achebe. En todo caso, al ver a Soyinka y Achebe no estamos viendo sino
un reflejo de dos concepciones distintas del impacto colonial, transmitidas
en sus herencias culturales: hablamos al fín y al cabo de Igbos
y de Yorubas, sureste y suroeste de Nigeria, pueblos cercanos pero distintos.
1. Nigeria
es un inmenso mosaico, del doble de tamaño que España, donde
conviven en relaciones muy inestables 120 millones de personas, repartidas
en más de 250 etnias y tribus distintas, con prácticamente
igual número de lenguas y dialectos diferentes.
2. En no
pocas ocasiones, y en varias publicado, el propio Soyinka justifica su
entrada en el teatro por su excesiva pereza para estudiar música
3. Duerden,D.
& Pieterse, C. –eds.- (1972) African Writers Talking, p.172. Heinemann,
Londres
4. Curiosamente,
y como bien señala Elizabeth Isichei en su obra A History of Nigeria,
la palabra “Yoruba” nació ya en el siglo XIX. Originalmente los
pueblos del norte calificaban como “Yoruba” solo a los Oyo, mientras el
término más extendido para llamar a esta etnia era Olukumi
(“mi amigo”). Al oeste se les llamaba Anago. Isichei, E. (1987),pg.49
5. Recordemos
a Obi Okonkwo en No Longer at Ease.
6.
Precisamente la construcción de una carretera, y el revuelo social
que creó, centra el desarrollo de la novela de Joyce Cary Mister
Johnson (1952) que desataría el ansia de respuesta en Achebe. En
Soyinka, el trazado del ferrocarril ocupa y preocupa en obras como
The Lion and the Jewel, como luego veremos.
7. No olvidemos
a Clara, la “osu” en No Longer at Ease, casi una intocable.
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