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4: Wole Soyinka y la literatura simbólica.1/4
ISBN- 84-9714-064-8
Por José Luis Caramés y Herminio José García-Riaño Fernández, Universidad de Oviedo.
 

THESAURUS: Yoruba, Fulani, Hausa, Igbo, Swahili, Jihad, Pidgin.

Introducción.

Dentro de la primera generación de escritores subsaharianos, al nigeriano Soyinka le correspondió el  primer momento de gloria que supone recibir un premio Nóbel. Fue en 1986, y con ello la literatura al sur del desierto adquirió una dimensión mundial, afianzada con el reconocimiento hecho en 1991 a la sudafricana Nadine Gordimer –a quien estudiaremos tras Soyinka- y definiendo así el sentir de un mundo distinto.

Si Achebe es un Igbo, Soyinka es un Yoruba; ambas etnias (mayoritarias junto con los Hausa-Fulani del norte) comparten un espacio al sur de Nigeria junto con multitud de pueblos minoritarios y frecuentemente discriminados como los Ibibio, los Efik, los Ogoni, los Kalabari, los Okrika, los Annang y muchos otros (1)-.Un espacio en el que los Yoruba no parecen tener suficiente terreno, y es que la etapa colonial  aportó dos factores clave en la historia de esta “macroetnia” de más de 10 millones de habitantes: en primer lugar una captura masiva de esclavos, causa de la fuerte implantación de la raza y el pensamiento Yoruba en el Caribe, y en segundo lugar un reparto de fronteras al margen de los pueblos, ya entrado el siglo XX, que motiva que la lengua Yoruba se hable también en los estados vecinos de Benin y Togo.

En este contexto étnico, cuya riqueza ampliaremos más adelante, Soyinka nació y vivió al igual que el resto de su generación , a caballo de dos filosofías de la vida tan distintas como el día de la noche, la colonial en su última época y la tradicional africana; pese a estas distancias, y haciendo gala del eclecticismo Yoruba del que hablaremos, Soyinka supo extraer lo mejor de ambos mundos para construir uno nuevo, un híbrido extraordinariamente rico en imágenes y sólido en su estructura. Soyinka ocupa un lugar de liderazgo entre los dramaturgos y poetas africanos a las puertas del siglo XXI, sin olvidar unas  autobiografías  e incluso un par de novelas, que forman ya parte inseparable de la evolución literaria de África en las últimas décadas.

Biografía
Oluwole Akinwande Soyinka nació el 13 de Julio de 1934 en Ijebu-Isara, en la entonces llamada “Western Region” de una Nigeria tripartita. Sus padres procedían de los reinos yoruba de Ijebu y Egba, y pertenecían a la comunidad cristiana de Abeokuta, una de las grandes ciudades del estado de Ogun. Su primera escuela fue St. Peter en Aké, Abeokuta, pasando después un año en la Grammar School también de Abeokuta. En 1946 ingresó en el Government College de Ibadan, donde cursó sus estudios de Secundaria. Es el momento en el que comienza a cultivar su talento, pero no como autor, sino en el campo de la música (2). Su carrera en el teatro se inició escribiendo piezas cortas para representaciones escolares; antes de entrar en la universidad comenzó a escribir para el Nigerian Broadcasting Service, siendo el primer nigeriano en ver su obra emitida por las ondas.  

En octubre de 1952, cuatro años después de Achebe, un Soyinka de 18 años entra en el University College de Ibadan, estrechamente vinculado con la Universidad de Londres. Allí Soyinka comenzó a escribir poesía y editó un periódico de estudiantes. Sus buenas calificaciones le hicieron ser  seleccionado en 1954 para acabar su licenciatura en la Universidad de Leeds, pasando allí tres años. Soyinka reconoce que fue en esa etapa cuando comenzó a escribir, según su propia definición,“seriously” (3). Escribió una obra sobre Sudáfrica que después rompió, y una serie de historias cortas, algunas publicadas como Madame Etienne’s Establishment, muy al estilo de Guy de Maupassant. En piezas como esta es donde se ve al mejor Soyinka imitador de estilos y creador de argumentos elaborados e ingeniosos.

En 1957 comienza sus estudios de Master of Arts, abandonados poco después por su pasión por el teatro: así, completó en este año la primera versión de su comedia The Lion and the Jewel. Decidió remitirla al Royal Court Theatre de Londres y la respuesta fue una oferta de empleo: lector de obras, lo que marcó el final de sus estudios de postgrado, y el comienzo de otra carrera fulgurante: la literaria.

En 1958 fue productor de su obra The Swamp Dwellers, representada por estudiantes en Londres. Esa misma obra, junto con The Lion and the Jewel fueron representadas en el University College de Ibadan en 1959, iniciando en el público nigeriano una consciencia de la posibilidad de recrear un drama local en inglés. De vuelta en Nigeria en 1960 se representan sus obras The Trials of Brother Jero y The Good Woman of Setzuan (donde actuó en el papel de Yang Sun), y acaba, dirige y actúa en A Dance of the Forests con su nueva compañía de teatro, “1960 Masks”. 

Entre 1960 y 1964 comienzan sus enfrentamientos al sistema político de Nigeria, mientras ingresa en el departamento de inglés de la Universidad de Ibadan. Allí critica la manipulación de los medios de comunicación y sus escritos se tiñen de sátira política.  Entre 1962-63 fue también lector de inglés en la Universidad de Ife, y en 1964 cofundó la Drama Association of Nigeria. En 1965 se interna en la novela con The Interpreters, sin olvidar el teatro: escribe y dirige Before the Blackout en Orisun, y dirige Kongi’s Harvest en Lagos. Entre 1965-67 es Senior Lecturer de inglés en la Universidad de Lagos, desde donde critica los cultos a la persona y la dictadura. Estas críticas, unidas al apoyo que prestó a la fallida secesión de Biafra, lo llevaron a prisión entre 1967-69.En ese tiempo recibió el Jock Campbell Literary Award. Tras salir de la cárcel dirigió el departamento de Theatre Arts en la Universidad de Ibadan. Su etapa de preso político incomunicado se reflejó en Poems from Prison, de 1969, The Man Died:Prison Notes of Wole Soyinka, de 1972, y también ese año publica sus poemas A Shuttle in the Crypt.

En 1973 recibió el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Leeds, publicando su novela Season of Anomy y Collected Plays I. En 1973-74 fue Profesor Invitado en la Universidad de Sheffield y en el Churchill College de Cambridge, publicando Collected Plays II. En 1974 edita Poems from Black Africa y entre 1974-75 es Profesor Invitado en la Universidad de Ghana en Legon. En 1975 es elegido Secretario general de la nueva “Union of Writers of the African Peoples”, mientras sus obras siguen representándose en teatros nigerianos y en la radio (BBC). Ese año volvió a Nigeria: la Universidad de Ife le esperaba en calidad de profesor de literatura. En 1976  publica sus ensayos Myth, Literature and the African World. En 1978 dirigió el Departamento de Arte Dramático de la Universidad de Ife. Entre 1979-80 fue Profesor Invitado en la Universidad de Yale, dirigiendo en Chicago y Washington representaciones de su obra Death and the King’s Horseman en 1979

En 1981 publica su primera incursión en la autobiografía: Aké, the Years of Childhood, -continuada en Ìsarà: A Voyage around Essay (1990) Ibadan: The Penkelemes Years  y Memories of a Nigerian Childhood (1994) - además del ensayo The Critic and Society, mientras siguen las representaciones de sus obras tanto en Nigeria como en la metrópoli. En 1985 publica su obra Requiem for a Futurologist.1986 fue el año de su consagración definitiva al obtener el premio Nóbel de literatura En 1988 publica Mandela’s Earth and Other Poems.Ya en 1993 fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Harvard. Mientras, su ya antiguo enfrentamiento con el dictador Sani Abacha provoca que en 1994 Soyinka se vea privado de su pasaporte, iniciando desde entonces una larga etapa de exilio; se publica Memories of a Nigerian Childhood, un paso más en su análisis autobiográfico. En 1996 publica su obra de reflexión The Open Sores of a Continent: A Personal Narrative of the Nigerian Continent. En 1997 su rivalidad con la tiranía de Abacha le lleva a ser acusado de traición por la dictadura militar.

Contexto:

 De manera similar al caso de Achebe y al de tantos otros autores africanos, la obra del yoruba Soyinka  nos lleva a una tierra en la que la convivencia humana y la propia existencia están marcadas por la pluralidad; una característica ya existente antes de la llegada de los europeos, en un continente de pueblos atomizados, y que llegó a su grado más elevado con el choque cultural impuesto.

Dentro del mosaico africano, la Yoruba está entre las etnias más extendidas y con mayor historia y legado cultural (4). Como se indicó al comienzo, superan los 10 millones de habitantes y ocupan no solo territorio nigeriano, sino de Benin y Togo. Tenemos datos de presencia cultural Yoruba ya en el siglo VI de nuestra era, contando en épocas más recientes con datos de pequeños “Reinos de Taifas” de esta etnia como Ijebu, Ijesa, Owo, Egba o Ekiti, por poner unos ejemplos; cada uno de estos reinos contaba con esquemas políticos distintos en función de la mayor o menor preponderancia del papel del rey y sus jefes, la manera de llamarlos, el grado de accesibilidad al poder o su carácter hereditario o no,  pero siempre estarían unidos por un tronco común de lenguas y costumbres, el tronco Yoruba, siendo las diferencias sociales mucho más exiguas.

 Vistas en conjunto, las señas de identidad histórica Yoruba muestran una etnia con fuertes raíces democráticas en su organización social, combinadas con unos esquemas de poder fuerte y centralista pero no excluyente -en oposición a sociedades sin un órgano de poder central como los Igbo, o a pueblos del norte como los Hausa y los Fulani, con una pirámide estructurada en torno a la realeza y la aristocracia-. En el caso Yoruba la sociedad se estructura en torno a  la familia y los linajes, las alianzas interfamiliares y el concepto de patriarcado, todo centrado en el hombre de más edad en una familia como figura de referencia para el resto del clan: el que sabía y contaba la historia de su linaje, su procedencia, los nombres de antepasados ilustres y las costumbres y tabúes que debían ser observados.

Los Yoruba sufrieron tres etapas calificables de coloniales, comenzando por el comercio de esclavos -con su apogeo entre 1750 y 1800-, el Islam que llegó de los reinos del norte mediante el comercio trans-sahariano, reforzado por la “Jihad” de los Fulani a comienzos del s.XIX, y por supuesto, la dominación europea que los integró en la inestable Federación de Nigeria y cambió sus modos de vida de forma radical.

Comenzando con misioneros metodistas establecidos en Badagry (oeste de Lagos) a mediados del s.XIX, la expansión de la nueva fe por todo el territorio Yoruba -con epicentro en Abeokuta- provocó la fundación de numerosas iglesias y escuelas. La educación de los Yoruba se centró desde entonces en estas instituciones, siempre enfocando a Europa como referente social y religioso. Así, las escuelas procuraban alejar a los niños de las deidades y costumbres consideradas paganas, proporcionándoles una inmersión cultural en los valores occidentales que a su vez ridiculizaba ritos e incluso canciones tradicionales. En todo caso el premio a los mejores estudiantes era un puesto en la administración colonial, con lo que conllevaba de riquezas y cambio de vida, y suponía suficiente incentivo para moldear conciencias.

Esta tendencia social y educativa se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX, es decir, hasta los últimos días del imperio, como ya vimos en el caso de Achebe (5). Mientras tanto, y de forma paralela, la metrópoli se preocupó de sembrar Nigeria de carreteras y ferrocarriles, buscando no solo una mayor eficacia del control sobre las distintas –y distantes- regiones, sino también un acceso fácil al mar de las riquezas extraídas tierra adentro(6) . De este modo, la transformación tanto del hombre como del paisaje nigerianos llegaba a su final a principios del s.XX.

El contexto colonial y postcolonial es prácticamente idéntico para muchos escritores africanos, no solo nigerianos. Pero incluso dentro de Nigeria, y más aún, en territorios casi catalogables de “vecinos” (salvando las distancias entre Igbos y Yorubas), las reacciones literarias de Achebe y Soyinka, productos de las herencias familiares y culturales, fueron bien distintas: ambos autores crecieron en entornos cristianos, y por tanto sus infancias sufrieron restricciones en cuanto al simple contacto con el universo pagano que les rodeaba. Sin embargo aquí acaban las semejanzas.

 Achebe parece recoger en sus obras (nacidas, recordemos, como respuesta de autoafirmación) un sentimiento de distanciamiento con respecto a lo hecho por los coetáneos de su padre, religiosos que intentaron siempre una redefinición social en aras de una mayor igualdad, en una sociedad como la Igbo estructurada en castas (7). No hay en la obra de Achebe un lugar para las clases más desfavorecidas de su etnia, aquéllas por las que lucharon los misioneros, y sí lo hay para el guerrero y hombre ejemplar (Okonkwo en Things Fall Apart) o el sacerdote (Ezeulu en Arrow of God), hombres que en una sociedad Igbo parten de la cima y van cayendo en su prestigio. La base de la pirámide apenas merece su atención ante la caída de los que la gobiernan y la plasmación de señas de identidad panafricanas simbolizadas en las Igbo.

Soyinka reaccionó de forma distinta. Lejos de alejarse de la obra de su padre y los de su generación, e incluso negar un hueco en su memoria literaria a dicho personaje, el Yoruba recoge en obras de tinte autobiográfico, como Aké:The Years of Childhood, o en  Ìsarà: A Voyage around Essay, una niñez que gira precisamente en torno al mundo creado por su padre; Soyinka no lo ve como una dimensión ajena de la existencia africana, sino como un cambio de valores culturales del que siempre se puede obtener algo positivo: así, Soyinka deja a menudo en sus obras un sitio a personajes desfavorecidos o debilitados para que intenten un reforzamiento de su situación, mientras el único que en Achebe merece esta consideración –Clara, la mujer de casta “osu” en  No Longer at Ease- está destinada a la frustración y el aislamiento.

 Esta distinta actitud social y literaria de Soyinka respecto a Achebe se ve en momentos puntuales de sus obras, como en la citada Ìsarà: A Voyage around Essay, donde un personaje desconocido, Damian, aparece en el pueblo sin que nadie sepa nada de él ni de su procedencia o estatus, pero poco a poco se afianza como un miembro importante de la sociedad local. Semejante tratamiento de personajes “foráneos” sería impensable en Achebe. En todo caso, al ver a Soyinka y Achebe no estamos viendo sino un reflejo de dos concepciones distintas del impacto colonial, transmitidas en sus herencias culturales: hablamos al fín y al cabo de Igbos y de Yorubas, sureste y suroeste de Nigeria, pueblos cercanos pero distintos.



1. Nigeria es un inmenso mosaico, del doble de tamaño que España, donde conviven en relaciones muy inestables 120 millones de personas,  repartidas en más de 250 etnias y tribus distintas, con prácticamente igual número de lenguas y dialectos diferentes. 

2. En no pocas ocasiones, y en varias publicado, el propio Soyinka justifica su entrada en el teatro por su excesiva pereza para estudiar música

3. Duerden,D. & Pieterse, C. –eds.- (1972) African Writers Talking, p.172. Heinemann, Londres

4. Curiosamente, y como bien señala Elizabeth Isichei en su obra A History of Nigeria, la palabra “Yoruba” nació ya en el siglo XIX. Originalmente los pueblos del norte calificaban como “Yoruba” solo a los Oyo, mientras el término más extendido para llamar a esta etnia era Olukumi (“mi amigo”). Al oeste se les llamaba Anago. Isichei, E. (1987),pg.49 

5. Recordemos a Obi Okonkwo en No Longer at Ease.

6.  Precisamente la construcción de una carretera, y el revuelo social que creó, centra el desarrollo de la novela de Joyce Cary Mister Johnson (1952) que desataría el ansia de respuesta en Achebe. En Soyinka, el trazado del ferrocarril ocupa y preocupa en  obras como The Lion and the Jewel, como luego veremos.

7. No olvidemos a Clara, la “osu” en No Longer at Ease, casi una intocable.