| Así,
los Igbos vieron la llegada del hombre blanco como algo ajeno a ellos,
un cuerpo extraño pero poderoso enquistado en sus tierras; en suma,
los europeos eran una pura contradicción a ojos de los Igbos en
su entorno histórico y geográfico, y prueba de ello fueron
los casi veinte años que los ingleses tardaron en conquistar los
distintos pueblos de esta etnia, pequeños poblados diseminados y
atomizados en un territorio desconocido y hostil para los europeos (8).
Había muy poca gloria militar que ganar ante este panorama, y mucho
que sufrir.
En cambio los Yoruba asimilaron la llegada
de los británicos desde otra perspectiva, y de aquí podemos
sacar conclusiones respecto a la actitud del propio Soyinka: así,
palabras como “traición” -negadas en su momento por Achebe (9)
pero implícitas en la mentalidad Igbo ante la conquista- pierden
sentido. La filosofía de los Yoruba desarrolló
desde finales del s.XIX un sentido del eclecticismo tal que incluso en
un choque cultural tan traumático buscaron extraer lo mejor de uno
y otro mundo para así moldear una sociedad nueva. Así, por
ejemplo, los Yoruba aceptaron de buen grado la imposición del inglés,
pero mantuvieron intacto el uso de su lengua; y si años antes habían
mostrado reticencias a la Jihad islámica de los Fulani, la llegada
de los misioneros vino a reforzar las enseñanzas cristianas que
los eslavos liberados habían dado a sus gentes, por lo que la nueva
fe se extendió con rapidez.
Es un sincretismo al que Soyinka
no puede ser ajeno dada su herencia. Su contribución a la generación
de su padre, lejos de la incapacidad de Achebe para abordar el mismo aspecto,
es una muestra del reconocimiento a quienes asimilaron el modo de
vida del hombre blanco sin por ello olvidar su propio mundo. La fusión
de ambos mundos a los ojos del entonces niño Soyinka aparece con
toda su fuerza en obras como Aké:The Years of Childhood,
donde
ya desde el comienzo vemos ambos esquemas culturales de forma equidistante:
en un entorno donde conviven cristianos y paganos, Dios se personifica
y baja de las alturas. La primera página de Aké es
sencillamente soberbia, sin que falte sitio para el desfile de enmascarados
del egúngún, variante Yoruba del egwugwu Igbo.
On a misty day, the steep rise towards Itoko would join
the sky. If God did not actually live there, there was little doubt
that he descended first on his crest, then took his own
gigantic
stride over those babbling markets – which dared
to sell on
Sundays- into St. Peter’s Church,
afterwards visiting the
parsonage for tea with
the Canon. There was a
small
consolation that … he never stopped first at the
Chief’s, who
was known to be a pagan; certainly the chief was
never seen
at a church service except at the anniversaries
of the Alake’s
coronation. Instead God strode
straight into St.Peter’s for
morning service, but reserved his most formal, exotic presence
for the evening service which, i n his honour, was always
held
in the English tongue. … there was
no doubt that the organ
was adapting its normal sounds
to accompany God’s own
sepulchral responses, with its timbre of the egúngún
to those
prayers that were offered to him (10).
Esta vida diaria entre dos culturas, el
“crossroads” del que hablaba Achebe, hizo mella en un Soyinka que
desde su juventud -y gracias a ella- supo conciliar de forma intuitiva
mundos aparentemente opuestos, el yoruba y el cristiano, pasando esa conciliación
después a una etapa artística consciente. En todo caso, el
Soyinka de Aké, hijo de cristianos, parece más cercano
al mundo yoruba, como vemos cuando participa en la ceremonia de iniciación
a la madurez que supone matar y comer una serpiente, o cuando su abuelo
le practica incisiones rituales en tobillos y muñecas para hacer
de Wole un hombre valiente, que nunca ceda en una pelea (11).
El final de Aké muestra a un Soyinka
listo para ingresar en la escuela secundaria de Ibadan, y en el que su
sentimiento africano y yoruba se vería completado con una educación
occidental en un eclecticismo clave a lo largo de su trayectoria. Como
el propio Soyinka escribió en su ensayo “Neo-Tarzanism: The Poetics
of Pseudo-Tradition”:
I cannot claim a transparency of communication even from
the sculpture, music and poetry of my own
people, the Yoruba,
but the aesthetic matrix is the fount of my own creative inspiration;
it influences my critical responses to other cultures
and validates
selective eclecticism as the
right of every productive being,
scientist or artist. (12)
Pero es un eclecticismo que va más
allá de reflejos coloristas o celebraciones folclóricas,
de índole más o menos reivindicativa, en un estilo literario
europeo. Es un molde cultural que llena toda una personalidad, una
experiencia global que no precisa realce y sí ser completada, analizada
y transmitida en un marco occidental. Como el propio Soyinka señalaba
en una entrevista publicada en Interviews with Six Nigerian Writers
(13)
… “we must not think that traditionalism means raffia skirts”.
Estilo
La educación recibida por Soyinka
le sitúa en un lugar de privilegio a la hora de contactar con la
tradición dramática y poética de la literatura inglesa
o escrita en inglés. Tanto las técnicas de redacción,
producción y dirección como los movimientos y gestos de actores
siguen una línea en principio ajena a la tradición africana,
incluyendo el uso sistemático del inglés. Dentro del debate
lingüístico abierto en los escritores africanos, ya mencionado
en el caso de Achebe, Soyinka tampoco cuestiona el uso de lenguas
coloniales en su calidad de transmisores universales, si bien es curiosa
la cita que reproducimos a continuación, en la que el autor Yoruba
parece mostrar un aparente desconocimiento o despreocupación sobre
las lenguas vernáculas nigerianas:
We have about four main languages and about thirty-
something other languages in Nigeria. So English, some kind
of English, is mostly used. English is the common language
–not always the Queen’s English but what
you call broken
English or pidgin English. The result is that literally
every
man in the street can understand some form of English. (14)
Curioso, cuando son casi 300 los idiomas
cuantificados en Nigeria, y discutible también el grado de conocimiento
popular que atribuye al inglés en las calles nigerianas. En todo
caso, es comprensible desde el punto de vista comunicativo la postura de
poner lenguas coloniales en boca de personajes autóctonos, y es
previsible en Soyinka el uso de un inglés impecable combinado con
desviaciones pidgin, e incluyendo en sus obras elementos extralingüísticos
propios de los yoruba como vestuarios extraordinariamente ricos y coloristas,
música frenética, bailes y menciones a deidades y costumbres
locales.
Soyinka ha sido a menudo tachado de “eurófilo”-valga
la expresión- dada su admiración declarada hacia personajes
como Shakespeare, Tolstoy, Beethoven, Pablo Picasso, y sus aproximaciones
a la tragedia griega clásica y su comparación -e incluso
unión- con el mundo psíquico yoruba, por no hablar del uso
casi exclusivo del inglés. En realidad, Soyinka va más allá
de una simple admiración por la cultura occidental, y haciendo gala
del sentido ecléctico enraizado en los yoruba, busca puntos de unión
y de desunión entre ambos esquemas, explotando en sus obras esas
similitudes y contradicciones que en conjunto suponen un factor
enriquecedor de la creatividad y del propio intelecto. Aspectos como la
globalizante “herencia africana” defendidos por sectores puristas deben,
según su opinión, estar al margen de la búsqueda de
conocimientos a escala universal, y éstos no deben en ningún
caso excluirse por razones de procedencia. Incluso los factores religiosos
son para Soyinka imprescindibles en la formación del nuevo orden:
si en el último siglo la Jihad musulmana primero, y los misioneros
después, se ocuparon de minar y destruir el universo de dioses y
creencias autóctonas tachándolas de demoníacas, no
por ello dejan ambas religiones de formar parte del sentir y la estética
yoruba y nigeriana en general, y por tanto sería impensable prescindir
de sus legados en aras de un Olimpo tradicionalista mal entendido. (15)
Pero volviendo al tema del idioma, tampoco
seríamos precisos si pensásemos que, por el hecho de usar
el inglés, Soyinka escribe en primer lugar para una comunidad occidental
o extra-africana. El uso del inglés no deja de tener una causa colonial,
pero las palabras de Soyinka buscan siempre llegar en primer lugar a un
público africano, o en su lugar, de raza negra esté donde
esté. Como en su momento declaró, la audiencia europea no
es sino el último objetivo de su mensaje:
English…continues to be my medium of expression as it is
… for millions of people in Nigeria,Ghana, Sierra Leone,Gambia,
Kenya, who I want to talk to, if possible. And I want to talk
also
to our black brothers in the United States,
in the West Indies. I
want to talk also even to Europeans,
if they are interested in
listening. But they are at the very periphery of my concerns. (16)
Y ni siquiera podemos pensar en que el
autor yoruba no haya buscado alternativas al uso del inglés, cuando
en su momento –1975 y 1977- sugirió el uso del Swahili como lengua
común de todo el África negra (¡quién sabe con
qué convicción cuando también declaró improbable
que él mismo escribiese en esa lengua!). En cualquier caso, Soyinka
nunca vió contradicción alguna en la lengua inglesa como
transmisor/
traductor del sentimiento yoruba, ni menos aún un sentido de
culpabilidad.
Vocabulario.
La obra de Soyinka, al igual que la de
autores ya citados como Achebe, se desarrolla en momentos históricamente
cruciales no solo en la historia de Africa, sino en el caso particular
de Nigeria. Así, la declaración de Soyinka a favor del Swahili
como lengua del África negra viene después de una guerra
civil devastadora, en un contexto militarizado en muchos países
de la zona, y en medio de un naufragio económico que sacude todo
el continente. En tal contexto de desilusión (17) , parece
previsible que surjan perspectivas extremas como la del Swahili, o el llamamiento
a escribir en todas las lenguas africanas hecho por la “Union of the Writers
of the African Peoples” , primero en Accra (1975) y después en Dakar
(1976).
Sin embargo, en este remolino de opiniones
y polémicas, Soyinka se mantuvo fiel al inglés, pero a un
uso de la lengua inglesa en su vertiente más culta, más influida
por corrientes literarias de la metrópoli, más amplia en
su vocabulario y estructuras sintácticas y, según estos parámetros,
quizás más alejada de su entorno inmediato en tanto que artificial
en boca de personajes africanos. Leamos, por ejemplo, el complejo párrafo
que abre su primera novela, The Interpreters (1965):
“Metal on concrete jars my drink lobes”. This was Sagoe,
grumbling as he stuck fingers in
his ears against the mad
screeching of iron tables. Then his neck was nearly snapped
as
Dehinwa leapt up and Sagoe’s head dangled in the void
where
her lap had been”. (18)
En el caso del género más
explotado por el autor, el teatro, los personajes de etnia Yoruba pueden
llegar a aparecer a nuestros ojos como ajenos a su propio mundo, con sus
diálogos traducidos a un inglés clásico, casi digno
de Shakespeare en ciertos momentos, y aparentemente destinados a un público
occidental; al menos esa es la impresión que sus críticos
parecen extraer, y entre ellos el propio Achebe, quien censuró el
culto al barroquismo y la oscuridad lingüística del
Nobel Yoruba:
Well, I think he (Soyinka) makes a cult of
obscurity,
especially in his later work, which to my mind is unnecessary
and unfortunate. It’s got to a
point … when he’s almost
embarrased if you talk
about his earlier, or not
earlier
necessarily but simple plays, like The Trials of
Brother Jero,
which people like… . But the thing with him
is that he has a
gift for words which gets him out of trouble so that even if
you
don’t know what is going on, you suspect
that something is
being said. (19)
En el tema lingüístico, Achebe
defendía la diferencia de registros según se escriba novela
o teatro, basando su teoría en la presencia de personajes de carne
y hueso en un escenario frente al mero ejercicio de imaginación
que supone leer una novela o un poema. Según su opinión,
el teatro africano ganaría en credibilidad y facilidad de transmisión
del mensaje al público inmediato si se escribiese en lenguas africanas.
El propio Achebe manifestó en su momento su disposición a
usar la lengua Igbo, y no el inglés, si se hubiese puesto a escribir
un guión teatral sobre esta comunidad.
Obviamente Soyinka no compartía
esta opinión. Achebe y él llegaron a sus posiciones de privilegio
desde mundos distintos en función de sus análisis del impacto
colonial: Así, Soyinka nació y creció en un ambiente
donde escribir, publicar y representar tanto en Yoruba como en inglés
eran el pan de cada día, y donde el contacto con ambas culturas
era constante y simultáneo. Sin duda las vivencias de una educación
estrictamente ecléctica forman el ingrediente básico de su
complejidad lingüística y estilística. Y ese eclecticismo
no brota unicamente de sus años más jóvenes, sino
ya de su educación universitaria:
Así, cuando Soyinka volvió
a Nigeria tras su etapa en Leeds, a los 26 años, la influencia tanto
de su profesor de arte dramático Wilson Knight –experto en la obra
de Shakespeare- como de su etapa en el Royal Court Theatre, abrieron su
mente al teatro, desde la redacción de un texto a la forma de darle
vida y cuerpo en el escenario, y le dotaron a la vez de unos conocimientos
extensos sobre la tradición dramática en lengua inglesa.
Una vez en Nigeria, Soyinka se preocupó de estudiar a fondo las
tradiciones y la cultura del país, buscando una adaptación
lo más exacta y natural posible a sus esquemas creativos moldeados
en la metrópoli. La vuelta a Nigeria sería, en suma, la búsqueda
de dar forma a un sentido dramático que Soyinka intuía latente
pero sumergido en los pueblos africanos, potencialmente capaces de expresarse
en las tablas.
Tomemos como ejemplo un breve acercamiento
a su obra The Lion and the Jewel (20). Es uno de esos textos
que causaron ciertos problemas de crítica, y ello por el uso peculiar
de la lengua inglesa: The Lion and the Jewel se desarrolla en una
aldea donde, en teoría, solo el pedante maestro tiene un conocimiento
fluido del inglés, y donde la lengua común es la Yoruba.
En los diálogos de los demás personajes principales -Sidi,
Baroka y Sadiku- lo que hace Soyinka es sugerir en inglés imágenes
y dimensiones del sentir Yoruba: es, en suma, una traducción sin
cambiar de autor: el mismo que recoge unas ideas en una lengua las traslada
al idioma en el que ha cultivado y desarrollado su creatividad.
La técnica no tiene por qué
sonar demasiado ajena, máxime teniendo en cuenta la idiosincrasia
del mundo africano y su transformación cultural. Sin embargo, todo
en una traducción gira en torno a la capacidad del autor y del
idioma al que se traduce un texto, de trasladar no solo palabras, sino
ideas, expresividad y la propia filosofía que transporta el texto
original, sobre todo cuando esa filosofía es tan poderosa como la
Yoruba. ¿Es la de Soyinka una traducción –casi diríamos
autotraducción- que transmite esas ideas al margen del lenguaje?
Si duda alguna, y no solo a nivel del ritual verbal, sino por la
carga comunicativa del ritual no verbal implícito en el texto, es
decir, por la unión de imágenes del habla con aditamentos
extralingüísticos que hacen inconfundible la atmósfera
local. El problema, si existe, puede venir cuando para comunicar las ideas
Yoruba surge una lengua inglesa quizás demasiado elaborada para
que los personajes en el escenario tengan visos de realidad.
The Lion and the Jewel no es una
obra que pueda considerarse entre las más laureadas de Soyinka,
pero muestra de manera evidente la capacidad del autor Yoruba de moverse
con soltura entre los dos mundos, cogiendo datos antropológicos
y culturales de uno y lingüísticos del otro. Las escenas son
africanas, y sin embargo los movimientos por el escenario y el propio lenguaje
de los actores denuncian la incursión en las corrientes dramáticas
europeas. El vocabulario es rico quizás en exceso, máxime
cuando –aún siendo conscientes de estar ante una especie de traducción-
se pone en boca de personajes en teoría alejados de círculos
culturales, y en comunidades donde el inglés fue una lengua impuesta
en un pasado muy reciente.

8.Ya en 1892 los ingleses reconocían su desconocimiento
absoluto de las tierras Igbo situadas a unos 30 kilómetros del mar,
más allá de tener constancia de su naturaleza pantanosa,
como recoge Elizabeth Isichei en A History of Nigeria, pg.136 , editada
por Oxford University Press (1987).
9. Prólogo a The African Trilogy (1988) pag.x.
Picador, Londres
10. Soyinka, W. (1981), p.1
11. Ambos ritos aparecen en Aké: The Years of Childhood,
Capítulo IX
12. Katrak, Ketu H. (1986) p.5
13. 1975- Bendel Newspapers Corp. Benin City. Citado en
Katrak, Ketu H. (1986) p.5.
14. Morrell, Karen L.–ed- (1975) In person: Achebe, Awonoor
and Soyinka. Univ. of Washington. Seattle
15.En este sentido merece la pena leer con detenimiento la entrevista
a Soyinka que sirve de introducción a Wole Soyinka: Six Plays, una
recopilación de 6 de sus obras en la editorial Methuen, Londres
1984.
16. Ibid., pg.xx
17. Recordemos el reflejo de esta desilusión en la novela
de Achebe A Man of the People (1966)
18. Soyinka, Wole (1965) edición de 1987, p.7 Londres,
Heinemann.
19. Morrell, Karen L.–ed- (1975) op. cit. p.50-51
20. Escrita hacia 1958, representada por primera vez en 1959
y publicada de forma más extensa por Oxford University Press en
1963.
|