| En
este tema nos vamos a concentrar en dos figuras muy representativas del
teatro norteamericano de posguerra. Aunque algunas de sus obras incipientes
se van a estrenar antes de 1945, sin embargo sólo un título
de Tennessee Williams, considerado por todos un gran éxito, El zoo
de cristal, se estrenará antes del fin de la segunda guerra mundial.
Se trata de dos grandes comunicadores, con una garra dramática indiscutible,
aunque cada uno con una personalidad propia. Se erigirán, sin aparentes
contratiempos, en los dos nombres más destacados de la posguerra
en Broadway durante al menos 20 años. Tras los grandes éxitos,
sus nombres quedarán ligados a los momentos de más esplendor
del Teatro Norteamericano al ofrecer fórmulas escénicas nuevas,
revestidas de una sensibilidad especial que le abrirán también
las puertas de los teatros europeos. Londres, París, Berlín
o Praga servirán de caja de resonancia a ese teatro nuevo que llega
desde el otro lado del Atlántico. España no se quedaría
a la zaga y durante la década de los ’50, a pesar de los problemas
de censura propios de la época, se prestaría con entusiasmo
a importar esos modelos. Los primeros estrenos no se harían esperar
y, sobre todo la obra de Miller, iba a despertar gran interés, estrenándose
y reponiéndose títulos diferentes a intervalos frecuentes.
No suele transcurrir mucho tiempo en los teatros de Madrid y Barcelona
sin acudir a algún título de estos dos grandes de la escena.
Sirvan como ejemplo las dos producciones recientes de La muerte de un viajante
(con José Sacristán como Willy y Juan Carlos Pérez
de la Fuente como Director) y Panorama desde el puente (con Sancho Gracia
como Eddie y Miguel Narros como Director), ambas de Arthur Miller. En realidad,
el teatro de estos dos grandes dramaturgos norteamericanos ha dejado de
ser ya herencia privilegiada y exclusiva de la cultura norteamericana y
ha pasado a ser patrimonio de la cultura universal. El referente dramático
de ambos en la inmediata posguerra fue decisivo para que la cultura americana
dispusiera de una magnífica cancha de reflexión y de creación
cuyo mensaje, a nivel interno en la sociedad norteamericana y a nivel externo,
en Europa especialmente, rompió moldes e impactó a múltiples
audiencias con formas nuevas de entender el arte dramático.
La novedad primordial radicaba en un alejamiento
consciente de la convención: sus personajes eran de carne y hueso
y la gente del pueblo se identificaba fácilmente con ellos en casi
todas las culturas. Aunque la situación actual ha cambiado ya que
el impacto social del teatro ha disminuido sustancialmente, todavía
la magia del escenario sigue tocando la fibra más sensible del hombre,
y le sigue hablando de sus miedos, de sus fracasos y de sus éxitos,
de sus grandezas y de sus miserias. Tanto Williams como Miller han sabido
sintonizar mejor que otros muchos con un tipo de espectador medio que entendía
perfectamente su teatro y algunos de sus arquetipos siguen siendo hoy el
paradigma más evidente de una forma nueva de entender el arte dramático.
Ellos, al igual que Eugene O’Neill, Elmer Rice, Maxwell Anderson o Thornton
Wilder habían hecho antes, lograron ganarse con facilidad el respeto
de los escenarios europeos introduciendo ese aire fresco que rompería
la inercia de los teatros más tradicionales, incluso la resistencia
de los más reaccionarios. Desde los multitudinarios éxitos
de O’Neill hasta bien entrada la década de los sesenta, los escenarios
de Broadway fueron un referente cultural de magnitudes insólitas.
Las grandes creaciones dramáticas como Blanche DuBois en A Streetcar
Named Desire (1947) (Un tranvía llamado deseo), Willy Loman
en Death of a Salesman (1949) (La muerte de un viajante), Brick
Pollit en Cat on a Hot Tin Roof (1955) (La gata sobre el tejado de
zinc caliente) o Maggie en After the Fall (1964) (Después
de la caída) trasladarían desde el escenario hasta la vida
real los anhelos, las angustias, los fracasos y los sueños de todo
un pueblo y de toda una cultura. Las versiones cinematográficas
de algunas de estas obras llevarían hasta el corazón de medio
mundo una forma fresca y nueva de entender el ser humano y sus relaciones
de grupo.
Desde los escenarios de Broadway irrumpió
en Europa la más variada gama de personajes desarraigados, psicópatas,
tarados, morbosos, etc., que muy pronto cambiarían la tipología
convencional de muchos escenarios en el mundo. La fauna particular de Williams,
por ejemplo, mujeres ávidas, homosexuales disimulados, alcohólicos
irrecuperables, prostitutas desquiciadas y dementes místicos, no
eran tipos comunes en los escenarios europeos. Su magia nos hace vivir
problemas escondidos en nuestro subconsciente, explorar zonas ignotas de
nuestra mente. Los “freaks” williamsianos no son un invento de la
crítica. El mismo Williams recurre a esa palabra con relativa frecuencia
tanto en sus ensayos como en sus poemas. Al espectador más tolerante,
a aquél dispuesto a identificarse con un tipo de teatro cáustico,
duro y crítico se le antojan de carne y hueso, pero el espectador
tradicional, aquél que va al teatro a evadirse de la dura realidad
cotidiana, los ve más como ejemplares circences, un motivo colorista
y exótico, aunque entrañable. A la gran mayoría, no
obstante, le suenan como elementos reales, quizá pertenecientes
a una realidad poco cercana pero reales al fin y al cabo. Se trata de artistas
alienados, antihéroes melancólicos, criaturas posesas y maniáticas,
santos a su manera pero esencialmente humanos, que representan una rica
iconografía escénica e ilustran de forma palmaria y evidente
las contradicciones más íntimas de ese sur americano mítico
y trágico que Williams intenta pintar.
Los personajes de Miller, por otra parte,
son más realistas, más fáciles de aceptar, nos identificamos
mejor con ellos. Son los “common men” que tan magníficamente ha
descrito en sus ensayos y con los que llega fácilmente al gran público,
a ese ser humano urbano y desorientado tan característico en nuestras
sociedades modernas. Resultan mucho más cercanos al espectador.
Son los hombres-víctima de una
sociedad materialista y consumista que termina aniquilando al individuo.
Representan arquetipos con una problemática humana (social o psicológica)
que nos tocan muy de cerca. Joe Keller, Willy Loman o Eddie Carbone, aunque
sacados de una realidad típicamente americana, se nos antojan familiares
conocidos. Todos sus problemas, especialmente los del entrañable
Willy, son nuestros problemas y pertenecen ya al acervo de la cultura occidental.
No cabe duda que la tragedia de los Loman (una familia típicamente
americana de la época) servirá de referente obligado durante
mucho tiempo para cualquier estudio literario, sociológico o psicológico
de la América de la segunda mitad de siglo. La obra de Arthur Miller
no sólo resulta atractiva e interesante para el crítico o
el estudioso literario también lo es para el sociólogo o
el psicólogo.
Las criaturas de ambos autores se convirtieron
en poco tiempo en magníficas muestras literarias y escénicas
pero también en arquetipos de conducta para el mundo occidental.
Nuestros autores se erigen en intérpretes de unas formas de convivencia
que desde la Norteamérica de posguerra se exportarían a Europa
sin dificultad. Su particular sensibilidad ante los problemas del momento
que les tocó vivir, la frescura y espontaneidad de su lenguaje y
su peculiar sentido del arte y de la belleza les han proporcionado a ambos
una perfecta sintonía con el público de medio mundo.
Desde los escenarios más prestigiosos
han reflexionado con originalidad, con atrevimiento y con tacto, y el teatro
se convirtió para ellos en su mejor arma de denuncia y de creación
de belleza. Decía Williams en 1960 “the theater has made in our
time its greatest artistic advance through the unlocking and lighting up
of human behavior and experience.” (Véase “Tennessee Williams Presents
his POV” en The New York Times Magazine, 12-06-1960, pp. 17 y 18). La gran
aportación de Williams y Miller en la ventilación de esos
sótanos y áticos metafóricos de la conciencia humana
radica en su profundidad y amplitud: no se refieren exclusivamente a la
sociedad norteamericana; sus modelos y críticas son extensible a
toda la cultura occidental. Los que admiramos su obra estamos de acuerdo
en que un análisis crítico, aunque corrosivo, de esa sociedad
que desde la segunda guerra mundial lidera el mundo occidental, era totalmente
necesario. Pero no todos piensan igual. Muchos críticos, sobre todo
norteamericanos, creen que la imagen que tiene, el ciudadano europeo especialmente,
sobre la cultura y la forma de vida norteamericana ha sido distorsionada
por arquetipos provenientes de Broadway que después fueron llevados
con gran éxito a la pantalla.
1. Tennessee Williams (1911-1985).
Parece existir una cierta coincidencia
entre la crítica en general al afirmar que Williams hereda muchas
de las preocupaciones del teatro de entreguerras en América. Cuando
O’Neill muere en 1953 ya tenía un joven heredero ansioso de recoger
su testigo. La escena dramática norteamericana contaría así
con dos psicoanalistas de lujo: uno para el norte (urbano), otro para el
sur (rural). Cronistas ambos que iban a documentar, con todo detalle y
con una sinceridad brutal, las frustraciones, la hipocresía y la
tragedia de unos personajes muy peculiares, sacados, todos ellos, de la
realidad americana más pura. Ambos coinciden en muchos de sus planteamientos
escénicos pero sobre todo en un acercamiento estético muy
original hacia nuestra existencia: si la vida merece la pena vivirla es
por lo que de liturgia dramática hay en ella.
El teatro no sólo es espectáculo
para ellos, es también vida, su vida. Porque Williams vive por y
para el teatro. Escribe para poder vivir y refugiarse del mundo real al
que encuentra poco atractivo. Escribiendo escapa de la soledad y el sentimiento
de pérdida que le invade. Es un autor complejo, a veces barroco.
No cree en valores estables, de ahí el dinamismo de sus personajes
y sus profundas contradicciones. Es un trasgresor consciente pero sin buscar
el escándalo de forma intencionada. En absoluto se siente en posesión
de la verdad. La creación de paradigmas no está en su lista
de prioridades. En su opinión, lo moralmente correcto ni siquiera
existe; de ahí su forma peculiar de entender la fuerza instintual
en el ser humano. Es un autor oblicuo, curvo, iconoclasta, que ha renunciado
a poner orden en el caos. Resulta admirable verlo caminar tropezando junto
al abismo pero sin llegar a caerse. Se acerca a la vida sin prejuicios
ni valoraciones previas, como el primer explorador de una selva virgen
cuyo mapa carece de señales. A pesar de su timidez, le fascina lo
desconocido, lo tenebroso y consigue abrir ventanas y recrear paisajes
humanos, nunca imaginados hasta entonces. Para pintar lo turbio sin caer
en el fango no sólo hace falta talento, también una valentía
considerable. Y sobre todo sinceridad. En el fondo, Williams es un hombre
tímido e introvertido, de una susceptibilidad extrema, y muy dado
a la fantasía, probablemente por influencia de sus parientes femeninos
que forjaron en él un carácter tímido y dado a la
ternura, cada vez más encerrado en sí mismo.
Para él, el hombre es pequeño
pero su corazón es grande. El referente de soledad, debilidad, pequeñez,
etc., se recubre cuidadosamente de poesía evitando la sensación
de sarcasmo. Incluso, lo corrosivo y degradante se disfraza de sofisticación
y seducción; de ahí que la mayor parte de los arquetipos
que la crítica mojigata ha tachado de provocativos o nauseabundos
no sean, en opinión de sus admiradores, sino ejemplares pura-raza
de esa sociedad sureña que él intenta recrear. La violencia,
la dureza del entorno, la frustración y la pasión se acentúan
al someterlas al prisma de visión de un Sur desposeído, mutilado
y moralmente desintegrado. De ahí, esos personajes angustiados y
marcados por la tragedia, que se torturan escapando de un ambiente hostil.
Él los comprende y los arropa: no son ellos los que deben cambiar
sino el mundo al que hay que hacer más comprensivo y acogedor. En
estos detalles descubrimos al Williams romántico, al soñador,
al que recubre de lirismo y ternura ese mundo de represión y fracaso.
Son los testimonios vivos de un universo propio: el williamsiano.
Tennessee Williams (Thomas Lanier Williams)
es un hijo paradigmático de ese sur rural y mágico. Nace
en Columbus, Mississippi, en 1911, de ascendencia puritana y pionera, y
a los 12 años se traslada con su familia a San Luis (Missouri).
Los recuerdos de su niñez están desperdigados en multitud
de cartas, artículos y ensayos que nos demuestran una infancia dura.
Era un niño débil con una extraña percepción
de la belleza natural, que había estado excesivamente protegido
en el hogar de sus abuelos maternos y que, a sus 12 años, se enfrenta
a la miseria de la gran ciudad: grandes diferencias entre ricos y pobres,
viviendas pequeñas y malas condiciones sanitarias, trabajo duro
y ambiente sucio típico de una sociedad industrial. En pocos años,
durante la Gran Depresión, tendrá la oportunidad de conocer
en carne propia, como trabajador de una fábrica de zapatos, la dramática
situación de los obreros eventuales, con jornales bajos, interminables
horas de trabajo, la angustia del despido en cualquier momento y la frustración
de pertenecer a una clase con un poder adquisitivo escaso que le impedirá
disfrutar de las bondades del consumismo, las mismas que el sistema americano
prodiga en su publicidad.
Todos estos recuerdos están maravillosamente
plasmados en un ensayo que él mismo titula “Facts About Me” (Véase
Where I Live, editado por Day & Woods, New York: New Directions,
1978, pp. 58-62) y en sus Memoirs (London: W. H. Allen, 1977.) En ambas
obras, nos describe con nostalgia y con pena los años de su infancia,
los recuerdos de su familia y las dolorosas escenas sobre el ambiente agresivo
que le tocó vivir hasta llegar a la Universidad. En ese ambiente
se va a inspirar para escribir su teatro dolorido y poético. La
soledad, el sentirse marcado, el sentimiento de culpa por su homosexualidad
conformarán una personalidad contradictoria: reflexivo y temerario,
retraído y ocurrente, cordial y desabrido serán características
que harán de nuestro autor una figura entrañable. Ama la
belleza y le aterra la contemplación de las debilidades humanas.
A pesar de todo las busca, las disecciona y procura racionalizarlas. No
obstante, en el fondo, prima el corazón que siente sobre la mente
que piensa y, al final, la respuesta, cuando existe, es simbólica,
mítica.
Si se siente atrapado se ladea hacia una
interpretación redentora. La poesía redime la tragedia del
ser humano. Su actividad creativa se desdobla en dos proyecciones estéticas
complementarias: el poeta/dramaturgo y/o el dramaturgo/poeta. El hombre
de teatro, el creador, el psicoanalista que desciende a los infiernos más
sórdidos de la experiencia humana se enternece ante lo bello, se
preocupa por el débil y, en realidad, a pesar de sus bravuconadas,
le aterra la soledad. Sus experiencias infantiles y adolescentes le habían
dejado una huella indeleble que iba a arrastrar toda su vida.
Será en la Universidad donde Williams
descubrirá su vocación teatral y no va a una sola sino a
tres diferentes, la University of Missouri en Columbia, la Washington University
en San Luis, ambas en el estado de Missouri y la University of Iowa en
Iowa City, en el estado del mismo nombre. Ya por esta época comienza
a interesarse por el teatro y a colaborar con grupos de aficionados en
los que encuentra comprensión y apoyo para su vocación dramática.
Escribe obras cortas para ellos haciendo, en ocasiones, las veces de telonero.
Sus recuerdos entrañables sobre The Mummers demuestran cuán
agradecido se sentía nuestro autor hacia estos teatros de barrio
que desarrollaban una excelente labor como referentes culturales en zonas
aisladas del medio oeste.
De aquellos actores y directores que vivían
por y para el teatro pero no del teatro recibió nuestro dramaturgo
apoyo suficiente como para ganar cierta confianza en sí mismo e
iniciar así su carrera dramática. Aquellos consejos contribuyeron
en parte a que Williams tomara la decisión de estudiar arte dramático
en la Universidad de Iowa donde conseguiría su Licenciatura (B.A.)
en 1938.
Las obras que escribe para estos grupos
en su temprana juventud no llegaron a publicarse ya que, en opinión
del propio Williams, no merecían semejante reconocimiento público.
Hemos de esperar a 1939 con American Blues para que nuestro autor comenzara
a ser conocido en los círculos selectos del teatro al ganar el Group
Theatre Award. Se trata de obras cortas de un solo acto que, junto a Battle
of Angels (Batalla de ángeles, 1940), irían preparando al
autor para el gran éxito que se le avecinaba. Esta es su primera
obra larga, estrenada en Boston por el grupo Theatre Guild y que fue recibida
con indiferencia por el público retirándose del cartel a
los pocos días.
Williams ronda ya en estos momentos los
treinta años y su vocación está claramente orientada
hacia el mundo de la escena. Va de un trabajo a otro: desde camarero y
ascensorista en Nueva Orleans hasta operador de teletipos en Florida; desde
acomodador en Broadway hasta guionista en Hollywood. Tras varios intentos
fallidos, el éxito le va a llegar en 1944 con The Glass Menagerie
(El zoo de cristal). Se trata del primer buceo del autor en aguas turbulentas
y escenifica la vida de una familia del Sur profundo, con rasgos bastante
similares a la del propio Williams. Lugar: un apartamento oscuro, pequeño
e impersonal, situado en un barrio residencial cualquiera de cualquier
gran ciudad americana, en este caso San Luis. Tiempo: los años de
la Gran Depresión, circunstancia que acentúa la desesperación
y la angustia de aquella familia condenada a la tragedia inevitable. Tema:
la impotencia, la frustración, la soledad y la culpa, sobre todo
la culpa que impide a los personajes ver la luz al final del túnel.
Tom nos recuerda al autor. Es el joven
poeta que se siente atrapado en una existencia mediocre, conviviendo con
una familia sin futuro y desempeñando un trabajo duro y monótono
en una fábrica de zapatos. Laura Wingfield no se aleja mucho de
Rose Williams, la hermana del dramaturgo. Éste nos ofrece múltiples
detalles de su propia vida aún frescos en su memoria. No será
la última vez que utilice su obra dramática para hacernos
una confesión pública de sus remordimientos, buscando el
perdón y la contrición. El haber abandonado a su hermana,
enferma y desamparada, le perseguirá como un trauma obsesivo durante
toda su vida. Asistimos a un desdoblamiento de su personalidad en tres
personajes distintos: la hiperestesia de Laura, la susceptibilidad de Amanda
y los sueños fallidos de Tom son experiencias vitales que él
ha vivido y que las transporta al escenario con una sinceridad brutal.
En este viaje retrospectivo hasta lo más profundo de su consciencia,
el dramaturgo busca el perdón y la comprensión y, de paso,
consigue una maravillosa recreación poética de un mundo de
frustración y de fantasía. Lo ridículo y lo sublime
se aproximan demasiado en muchos momentos del drama, pero el genio del
autor le permite salir airoso. La magia de la palabra y la belleza de la
escena transcienden a la tragedia de los individuos allí representados
y la obra traspasa el mero localismo colorista. Williams no sólo
nos cuenta una historia entrañable: sublima la ineptitud de Laura,
la maquilla y trata de integrarla como un aspecto básico de nuestra
condición humana. Nos da una lección magistral sobre el comportamiento
humano con exquisitas observaciones acerca del sufrimiento, la frustración
y la soledad del individuo. La figura quebradiza de Laura, la belleza marchita
de Amanda, la delicadeza de las figuras de vidrio, el instinto de huida
de Tom encierran un hálito poético con gran carga dramática.
Es la primera bajada a su infierno particular
y significará su primer gran éxito. Son escenas recortadas
de la vida misma como nos repetirá en sus ensayos. Los personajes
que rondan por la mente de nuestro autor representan una simulación
perfecta de ese zoo de cristal que Laura mima y cuida, un documento escénico
con retazos de su propia vida.

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