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31.Tennessee Williams (1911- 1985) y Arthur Miller (1915-      dos grandes figuras del teatro de posguerra. 3
Antonio R. Celada
Universidad de Salamanca
ISBN-84-9714-087-7
 

Estrenada en marzo de 1959 permanece en cartel durante 383 representaciones hasta enero de 1960. Violencia, brutalidad y culpabilidad vuelven a ser puntos referenciales obligados en la temática. No es que Williams esté obsesionado con el tema es que cree sinceramente que el denunciar la violencia como una servidumbre de la condición humana en el escenario puede resultar un antídoto excelente para librarse de ella. Esta obra representa el enésimo intento de Williams por hacer aflorar el sentimiento de culpa desde su subconsciente. Paradójicamente, y como contrapunto a su imagen permisiva, nuestro autor raras veces logra escapar de su educación puritana. La ecuación pecado/castigo suele reproducirse en sus dramas de forma invariable. Sólo ocasionalmente deja traslucir la figura de Dios pero sí continuamente, ya sea de forma explícita o implícita, la del pecado. Muchos de sus personajes se deslizan hacia su autodestrucción y desintegración por su obsesiva conciencia de culpa. La necesidad de justificar como algo natural sus deseos instintivos siempre amenazados por su conciencia puritana, genera en él un sentimiento de esquizofrenia que, con frecuencia, le sirve de inspiración. En opinión de muchos de sus críticos, la atracción por lo prohibido (el mito bíblico del árbol del bien y del mal) se le antoja irresistible. 

Alexandra, al igual que Blanche, Brick o Sebastian, había pecado y no puede escapar al castigo. Sin un castigo acorde tampoco hay redención de la culpa. Pero la contradicción sigue latente pues si prescindimos del juez ¿quién va a castigar la trasgresión? Nuevos arquetipos a añadir a la larga lista: derrotados, desamparados, solos. La soledad va a ser su destino, no sin antes disfrutar de la oportunidad de ganarse estatura trágica a través del reconocimiento de sus errores: caídos y humillados pero con posibilidad de redención. Olvidadas sus ambiciones y ansias de grandeza, reconociéndose a sí mismos como débiles, sin posibilidad de huida, se enfrentan a su propia verdad y, al aceptarla, sus figuras se agrandan, se ennoblecen. De héroes pasan a víctimas, de figuras trágicas a patéticas. La liturgia de la redención funciona pero sin llegar a la salvación. Williams se apiada de ellos y les permite languidecer en piadosa resignación, acogerse a un cierto sentimiento de liberación pero no se atreve a brindarles la salvación. Destruiría la ecuación reconocimiento de culpa/necesidad de penitencia y, en consecuencia, arruinaría el mensaje. 
Alexandra es el producto de esa sociedad americana consumista y materialista que azuza y arrastra al individuo hasta su propia destrucción. Fascinada por el “American Dream” no dudó en competir para llegar a lo más alto sin reparar en quién caía en el camino. Apartada ahora del mundo del espectáculo enfila aterrada y sola la recta final de su vida. La vejez y la muerte le aterran pero hay que seguir escapando aunque sea en dirección cero. En el ocaso de su belleza, bebe para olvidar. Incapaz de sentir compasión, admiración o respeto por los otros se angustia contemplando su propia decadencia física y moral. No se resigna a la pérdida de su dulce juventud y, su egocentrismo y falta de principios, le precipitan en el abismo.

Desde esta perspectiva existe un efecto catártico que nos incita a la piedad, a la conmiseración. Los tenues apuntes de afecto y comprensión de Alexandra hacia Chance conmueven al espectador. En ese corazón duro todavía hay sitio para los sentimientos. El monstruo frío, solo y fracasado, se ha convertido, por fin, en ser humano. La confesión pública le ha ayudado a redimir su culpa pero de ahí no se desprende que pueda aspirar a su salvación. De hecho, en la última escena es consciente de que ya no le queda tiempo. Su hora ha llegado y es demasiado tarde. 

Esto también podría ser aplicado al autor. Tiene ya 48 años, siente que una parte considerable de su vida se le ha escapado y que aún no ha encontrado la paz consigo mismo. Hasta ese momento, sus obras habían estado repletas de violencia y se había regodeado en los aspectos más destructivos de la condición humana. El autor quiere iniciar ahora un nuevo rumbo en su producción dramática, con obras que escenifiquen la parte más atractiva de nuestra existencia: el amor, la espiritualidad, la armonía; y llega a tiempo con dos títulos que le reportarán un relativo éxito. Period of Adjustment (Hasta llegar a entenderse) que se estrenará en 1960 y aguantará 132 representaciones y The Night of the Iguana (La noche de la iguana) que se estrenará en 1961 y se mantendrá en cartel durante 316 representaciones. 

A partir de aquí la estrella de Williams irá apagándose poco a poco. Al igual que muchos de sus personajes se convierte en una pieza más que el sistema americano, depredador donde los haya, se cobrará sin miramientos. El alcohol y los fármacos harán el resto. Aún estrenará otras once obras, sin incluir las cortas, pero la cota de cartel será testimonial en comparación con los momentos álgidos de su carrera. En algunas de ellas encontrará un tono más comedido y unos planteamientos más comprensivos hacia las debilidades propias de la condición humana, en otras llevará estas debilidades demasiado lejos convirtiéndolas en espectáculos patéticos. 

Probablemente, ésta sea la razón esencial de su declive. Habían sido demasiados años -19- hurgando sin complejos en el corazón enfermo del ser humano y, por qué no decirlo, alimentando el morbo de un tipo de espectador que le seguía con expectación y admiración. El poeta idealista y malherido deja paso al analista complaciente, el transgresor se vuelve integrador, el rebelde con causa se muestra adaptadizo y renuncia a un merecido martirio. La ira se dulcifica y el héroe se desvanece hasta convertirse en figura patética.

Hemos podido comprobar que la vena dramática de nuestro autor, con escasas excepciones, se enriquece del torrente caudaloso y turbulento de la vida en continuo movimiento hacia adelante. Su energía resulta desbordante, imparable por su fuerza, genuina por su brutal sinceridad. 

Paradójicamente, no obstante, asistimos también a la impotencia del creador que se debate en su más profunda soledad. El poeta que canta a la vida desde el escenario se encierra con frecuencia en su torre de marfil a mascullar sus recelos y sus miedos. Acude a un psicoanalista a que le libere de sus torturas psicológicas. Pero precisamente ese estado de tensión entre lo prohibido y lo correcto es lo que hace saltar la chispa de su inspiración. Las sesiones son turbulentas y los consejos del Doctor se convierten en insultos al genio del poeta. Al final la anarquía y la indisciplina se imponen a la norma, pero al precio de la soledad y la incomprensión. En su retiro se castiga, se aísla y se desespera, porque nuestro autor se siente insultantemente solo. La ventana del escenario le había abierto en multitud de ocasiones la perspectiva hacia fuera, la conexión con el mundo, pero ahora se siente atrapado. En sus conclusiones, suele primar la idea de que, en el fondo, todos estamos solos. Y ese será su destino en los años finales de su vida. Durante los últimos meses, se convertirá en un hombre vencido y solo. Se recluirá en su apartamento del Elysee Hotel, en Nueva York, y se negará a recibir visitas hasta que el 25 de febrero de 1983 le encuentran muerto sin nadie a su lado en el último momento. Murió como había vivido: solo. Ningún otro epitafio más bello que el de Arthur Miller cuando escribe apenado ante la pérdida del compañero de oficio:

Mientras haya actores en el mundo, las obras de Tennessee Williams vivirán. El autocrático poder del gusto veleidoso no importará en su caso; su textura, sus personajes, su personalidad dramática son únicos y están tan firmemente asentados en el panorama teatral de este siglo como las estrellas en el cielo. ( Arthur Miller, "A Tennessee Williams", Cambio 16, nº 643, 26-III-1984. p. 155)
Nuestro autor había comenzado a escribir en sus años jóvenes para llenar su soledad pero también para acallar la soledad de los otros. En lo más profundo de su alma sentía una imperiosa necesidad de comunicación: de los planteamientos de muchos de sus personajes deducimos que todo aquél que elige vivir en soledad terminará autodestruyéndose. Esto le aterraba. El escenario le ayudará a redimir esa angustia con frecuencia. Cuando sus personajes acceden a la anagnórisis, sale de ellos una luz intensa que les ilumina a ellos, al autor y al patio de butacas. Es su forma de exorcizar sus fantasmas interiores. La catarsis aristotélica funciona. De una profunda sensación de ahogo e incomunicación se pasa a otra de relajo y redención. Es la forma en que Williams entiende la tragedia. El diálogo, la belleza de la palabra pone al corazón más duro en el camino de la liturgia redentora: la catarsis de los instintos más bajos genera predisposición para los más altos ideales. Él cree que este mecanismo se produce en prácticamente todas sus obras. Su teatro ilumina, no degrada; purifica, no envilece.

Y antes de terminar, una nota muy breve sobre su producción ensayística que también es ingente, sobrepasa los 40 títulos y aparece en las formas más variadas. Williams hace una excelente labor de crítico y sus comentarios en absoluto desmerecen de la altura reflexiva de sus dramas. La extrema complejidad de algunos temas y símbolos, la peculiar y personalísima visión que nuestro autor tiene del arte dramático y la heterogeneidad del público para el que escribe justifican con creces la ingente labor ensayística de Williams. Estoy convencido de que todo aquél que quiera entender en profundidad su complejidad escénica habrá de buscar muchas de las claves en sus reflexiones teóricas. Desgraciadamente es una vertiente de su producción muy poco conocida. Ni el estudioso, ni el aficionado, ni siquiera el crítico le ha prestado la atención que merece. Los éxitos brillantes de sus dramas han oscurecido sus aportaciones poéticas, narrativas y ensayísticas. Pero esta labor reflexiva resulta muy enriquecedora ya que no sólo trata de explicar el éxito o el fracaso de sus obras; en sus ensayos rastreamos recuerdos y vivencias para una mejor comprensión de las mismas. Hay detrás toda una filosofía de la vida y del arte. Y en el fondo vuelve a aparecer el hombre solitario, el poeta sensible, el aventurero ligero de equipaje, sin servidumbres ideológicas o estéticas. Al igual que en muchas de sus obras dramáticas se embarca frecuentemente en un viaje sin mapas. Sorprende la rapidez y la despreocupación con la que escribe. Cuando hace referencias a obras o autores, conocidos o no, raras veces ofrece la fuente completa. A veces, incluso, mutila sus propias citas por no consultar el texto. Su pluma vuela rápida, no cuida la expresión ni busca la palabra justa, su estilo es casual y poco pulido. Su prosa fluye como desbordada, llena de exuberancia e intensidad. Utiliza alusiones y metáforas, imágenes y símbolos que nos recuerdan las formas líricas. A veces parece estar escribiendo poesía. No le importa en absoluto el ceñirse a las formas del ensayo o al artículo periodístico. Tanto en el fondo como en la forma se siente totalmente libre. 

Unos se leen con placer, otros con resignación, pero todos con gran expectación. No escribe para un público en plural. Dialoga de forma íntima con el lector. Defiende sus convicciones con tesón, es claro en la argumentación y sólido en sus planteamientos. Raras veces se muestra arrogante. Sabe que la verdad es poliédrica. Cuando esporádicamente se adentra en un túnel oscuro y se angustia por la falta de luz recurre al mito, a la poesía, a la lírica de la palabra y consigue salir airoso del trance. Su forma de enviar el mensaje es rápida y limpia, nada se resiste a su curiosidad. Puede ser sutil y directo, íntimo y brutal, raras veces ambiguo y nunca superficial. Fresco, incluso descarado, alejado de la convención, someterá todo tipo de temas a su reflexión: la amistad, el arte, el amor, la soledad, la incomunicación, la fugacidad de la vida, la doblez moral, las múltiples caras de la verdad, etc. Pero sobre todo nos habla de teatro. De sus obras. De la riqueza que la ilusión teatral puede aportar a nuestra rutinaria existencia. Para él la escena es vida además de arte. La luz que sale del escenario ayudará a comprender mejor nuestras frustraciones y nuestros complejos, nuestras ansiedades y nuestras angustias.