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describe Irmer (1993), algunos críticos, destacando que uno de los
cambios claves entre los años ochenta y los sesenta es la actitud
cada vez más conservadora y represiva hacia la política y
los estilos de vida en general de la cultura americana, se han apresurado
a unir la estética literaria de esta época con el clima político
autoritario y reaccionario de los años ochenta. Así, Joe
David Bellamy en su artículo “On the New Fiction” (1985), describiendo
la actitud compartida de un conjunto de críticos que colaboraron
en un número especial de “ficción minimalista” en Mississipi
Review, sugiere que la literatura americana está actualmente
soportando un “downpour of literary Republicanism”.
(1)
Este mayor conservadurismo existente
en la década de los ochenta lleva a Morris Dickstein a señalar
en su obra Gates of Eden. American Culture in the Sixties (1989)
la existencia de un “pendulum effect” comparando esta década con
la de los sesenta y considera una consecuencia de “this festival of sounds
and images” en la década de los sesenta el hecho de que los ochenta
lleven “to engender its opposite” (p. V-XIV). Matthew Wills en su artículo
“Vampire of the Banalities” (1990) sobre la obra de Tom Wolfe, concluye
manifestando que “conservatism yearns always for the simple story” (2)
y Bradbury (1983) sobre esta misma obra sostiene que “the work could reasonably
read as a novel of the New Conservatism of the leaner, keener, meaner Reagan
years, when liberalism became a dirty word” (p. 263).
Sin embargo, la asociación
entre un clima político más conservador y una estética
literaria más tradicional resulta demasiado ingenua, como señala
Larry McCaffery en su ensayo “The Fictions of the Present” (1988):
“The actual current state of American fiction is, however, hardly reducible
to this simplistic association” (p. 1161). Aunque existe alguna indicación
en el sentido de que la estética de la ficción en Estados
Unidos se hizo generalmente más conservadora durante los últimos
años setenta y primeros ochenta, hablar de “muerte del experimentalismo”
resulta exagerado, como demuestran las obras Letters (1979) de John
Barth, Mulligan Stew (1979) de Gilbert Sorrentino o The Names
(1982) de Don DeLillo. Sin embargo, sí es cierto que en la ficción
de este periodo va a encontrarse menos cantidad de experimentalismo, como
apunta Bradbury (1983): “today the experimental novel, perhaps in part
thanks to the digestive practices of commercial publishing, seems to be
simply one more genre in an area of plural and multiplying genres” (p.
283), y tal como continúa señalando este crítico,
la ficción norteamericana al llegar a la década de los ochenta
tiene una estética menos definida que la ficción de décadas
anteriores, pero en su seno pueden señalarse ciertas corrientes
que acogen los nuevos cambios ocurridos en la vida americana:
But though the American novel as it
developed from the Seventies and into the Nineties may have grown less
dominated by a clear aesthetic attitude, it has certainly been dominated
by clear tendencies, they mostly arising from the deep changes that have
been reordening an American society which has been more conservative in
its mood and less certain than before in its direction and future.
(Bradbury 1983: 273)
Estas nuevas direcciones incluyen
la emergencia de la ciencia ficción como género importante,
que ha producido una gran obra de conjunto en la que domina la heterogeneidad
y donde destacan Samuel Delany, Steve Erickson, Ursula Le Guin o William
Gibson; por otra parte, el derrumbamiento postmodernista de las categorías
literarias propicia la interacción más general entre géneros
literarios, incluyendo teoría crítica y literaria, como muestran
Ihab Hassan, Harold Bloom, Susan Griffin, Lyn Hejinian, o Kathy Acker;
también resurge con más fuerza en los años ochenta
la vitalidad y diversidad de formas, voces y mitos desarrollados por autores
de grupos anteriormente marginados, autores de color como Ishmael Reed,
Toni Morrison, Nathaniel Mackey, Clarende Major, indios como N. Scott Momaday,
Gerald Vizenor, Leslie Silko, Louise Erdrich o gays como Kate Millet, Joanna
Russ, Bertha Harris, Coleman Dowell o Edmund White; el surgimiento de la
ficción minimalista o “nuevo realismo” con autores como Donald Barthelme,
Ann Beattie, Tobias Wolff, Mary Robison o Raymond Carver.
En general, como apunta McCaffery (1988),
la ficción de los ochenta se basa en la exploración de diversas
metáforas nuevas poderosamente resonantes, y de sistemas de pensamiento
basados en la ciencia, los ordenadores, la lingüística, la
cultura pop, la economía y muchas otras fuentes contemporáneas.
Por tanto, la crítica frecuentemente escuchada de que la ficción
americana contemporánea es conformista, y no muestra ningún
tipo de inquietud tiene validez sólo cuando se comparan los logros
relativos de la ficción reciente con el heterogéneo y complejo
conjunto de obras postmodernas que aparecieron en los años sesenta.
De hecho, en conjunto, la ficción contemporánea ha seguido
pasando por una productiva variación mientras generaba nuevas formas
y lenguajes adecuados a los cambios culturales y sociológicos que
han tenido lugar en los últimos años en el seno de la vida
contemporánea.
Así, dentro de las tendencias narrativas
que comienzan a dibujarse a partir de la década de los ochenta,
la ficción frecuentemente catalogada como neorrealista comienza
por mostrar los nuevos contenidos que irrumpen en la vida contemporánea.
Las nuevas actitudes ante la familia, el sexo, el papel de los medios de
comunicación, y sobre todo, el retrato de la gran ciudad en la que
se instala el vivir cotidiano del hombre contemporáneo, -y en la
que no hay lugar para el sentimiento-, son temas recurrentes en la ficción
de Joyce Carol Oates, Ann Beattie, Tobias Wolf, Richard Ford, Bret Easton
Ellis, Jay McInerney, Annie Proulx, Tama Janowitz, David Leavitt, Michael
Chabon... Como señala el narrador de la primera novela de McInerney
Bright Lights, Big City (1984), la ficción de las
últimas décadas sigue siendo consciente de la tendencia autodestructiva
del género: “there is a general sense that if fiction isn´t
dead, it is at least beside the point” (p. 22).
Para los géneros narrativos
desarrollados por estos autores de la década de los ochenta y noventa,
la crítica ha utilizado términos tan variopintos como “neorealism”,
“minimalism”, “new naturalism”, o “regionalism”. Algunos de estos términos
conllevan connotaciones no precisamente neutras al intentar describir o
calificar la nueva ficción: “Dirty Realism”; “Pop Realism”; “White
Trash Fiction”; “Post- Alcoholic Blue-Collar Minimalist Hyperrealism”;
“Photo Realism”; “Ironic Realism”; “Around-the-house-and-in-the-yard Fiction”;
“High Tech Fiction”; “Designer Realism”; y “Post-Post-Modernist”.
Esta nueva orientación en la narrativa
constituye una prolongación de los presupuestos de la ficción
postmodernista en cuanto que rompe ciertos esquemas narrativos tradicionales,
mientras que se aleja de ellos al no incluir nuevas experimentaciones formales
y acercarse más a una estética “realista”. Siguiendo esta
premisa califica Malcolm Bradbury (1983), la narrativa norteamericana de
las últimas décadas:
The new writing of the present may
have moved closer to realism and to some degree away from radical innovations
of form. But it still displays many of those innovations, just as does
for that matter the architectural, social, and psychological landscape
of contemporary America itself.
(p. 282)
La nueva narrativa norteamericana de los
ochenta y noventa trata de romper con la tradición pasada adoptando
marcos diferentes en los que desarrollar sus posibilidades narrativas.
En este sentido enlaza con la problemática general que plantea la
ficción norteamericana de la segunda mitad del siglo XX, puesto
que rompe los esquemas dualistas de realidad e irrealidad, literatura pura
y literatura comprometida, adapta varios géneros tradicionales populares
a sus propósitos narrativos, y se siente libre para crear un laberinto
textual. Sin embargo, este grupo de jóvenes autores parece compartir
con el público en general la convicción de que era necesaria
una retirada de lo que se consideraban los “excesos” del postmodernismo,
y, en este sentido, parecen coincidir con Alter (1978), al advertir que
los excesivos rasgos experimentales pueden reducir la obra literaria a
un mero experimentalismo técnico o estilístico, que puede
llegar a ser gratuito o superficial, y que convertiría el espíritu
de juego en algo artificioso o intranscendente:
I have dwelt upon the two chief temptations
of the self-conscious novelist -arid exercise and indiscriminate invention-
precisely because they should be recognized as dangers, not taken as the
inevitable results whenever a writer determines artfully to expose the
fictiveness of his fiction.
(p. 214-215)
Así pues, la nueva ficción
de los ochenta se aleja de experimentos narrativos y laberintos textuales,
fabricaciones, juegos verbales o artefactos lingüísticos con
los que los autores postmodernistas de décadas anteriores intentaban
situar la obra literaria fuera del alcance de la realidad. Al excluir,
o al menos reducir en cierta medida la presencia en su técnica narrativa
de estos juegos semánticos, sintácticos y tipográficos,
las nuevas tendencias narrativas corroboran el hecho de que la ficción
contemporánea no se reduce sólo a productos elaborados y
herméticos, sino que también ofrece obras más populares
y menos restrictivas. De esta manera, la ficción no duda en renovar
los géneros tradicionales para adaptarlos a sus propósitos
narrativos, convirtiéndose en un postmodernismo popular, no elitista,
un postmodernismo más flexible que atrae a muchos lectores en busca
de novedades. Las artes se basan en medios menos “artísticos” y
utilizan fuentes procedentes de otros géneros como crítica,
periodismo, moda, videos musicales que entremezclan e interrelacionan en
la obra de ficción. En este sentido, la nueva novela de los ochenta
disminuye el énfasis puesto anteriormente en la subjetividad, la
metaficción y el hermetismo, a la vez que no renuncia a atraer a
grandes públicos y ofrecerles nuevas visiones de la realidad.
Gran parte de esta nueva tendencia
narrativa ha sido caracterizada como minimalista y regional. Mientras la
primera categoría hace referencia a la técnica narrativa,
la segunda muestra como estos autores centran su atención en el
mundo diario, describiendo “a slice of life” (Irmer 1993: 350) en el seno
de una región geográfica específica. Por el contrario,
las narrativas polifónicas de los sesenta no se fijaban en zonas
geográficas acotadas espacialmente, sino que insertaban en el texto
literario referencias cosmopolitas no específicas, a nivel nacional,
en textos narrativos influidos por la revolución poética
y semiótica del momento. De esta manera, las perspectivas del vivir
cotidiano se disolvían en narrativas basadas en la estética
de la contracultura, rebelándose así contra las convenciones
culturales.
Por el contrario, muchas de las novelas
de los años ochenta proponen la vuelta de una voz individual dentro
de una marco espacial específico y aparecen diversos autores procedentes
de numerosas regiones dentro de la geografía americana. Así,
la zona noroeste del Pacífico aparece en las historias de Raymond
Carver y Tobias Wolff, el Kentucky rural aparece en novelas de Bobbie Ann
Mason, Pittsburgh en obras de Michael Chabon, Los Ángeles en obras
de Bret Easton Ellis y Nueva York en novelas de Tama Janowitz y Jay McInerney
.
La inmensa ciudad americana era ya para
Tom Wolfe, el gran tema contemporáneo y así lo muestra en
su novela sobre Nueva York The Bonfire of Banalities (1988) que
fue un éxito en ventas. En 1989 Tom Wolfe publicó en Harper´s
el controvertido artículo “Stalking the Billion-Footed Beast: A
Literary Manifesto for the New Social Novel”. Como describe Bradbury (1983:
261-263), el artículo de Wolfe era principalmente una explicación
de los métodos que había usado para concebir e investigar
su obra, y describía cómo un nuevo periodista que una vez
había tachado la novela como una forma aburrida e irrelevante, y
había propuesto a los novelistas dar un paso adelante y dejar la
tarea literaria a los periodistas, había llegado a escribir una
él mismo. También contenía un ataque a los novelistas
de las dos décadas previas, quienes según él habían
negado a la novela su función, intentando “to establish an avant-garde
position way out beyond realism” (Bradbury 1983: 261). El resultado de
esto había sido una serie de experimentos basados en el amor propio
del escritor, que Wolfe señalaba como “absurdist novels, magical
realist novels, puppet-masters novels, neofabulist novels, minimalist novels,
even K-mart novels” (Bradbury 1983: 262).
(1) Citado por Larry McCaffery en
“The Fictions of The Present” (1988: 1161).
(2) Citado en Irmer (1993: 350).

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