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en su obra The New Journalism (1973), Wolfe describe cómo
el escribir una novela estaba estrictamente reservado a los novelistas,
sin dejar un lugar para el periodista, y muestra cómo los periodistas
pueden adoptar técnicas tradicionalmente reservadas para la ficción
dando lugar a una forma nueva de narrativa:
It was the discovery that it was possible
in non-fiction, in journalism to use any literary device, from the traditional
dialogism of the essay to stream-of-consciousness, and to use many different
kinds simultaneously, or within a relatively short space [...], to excite
the reader both intellectually and emotionally.
(p. 15)
Philip Roth, en su famoso ensayo
“Writing American Fiction” (1961), afirmaba que la realidad social americana
en la década de los sesenta estaba continuamente superando el talento
de los escritores, y que éstos se enfrentaban al reto de describir
esta realidad de manera mimética o dejar a un lado la narrativa
y moverse hacia otro género literario:
the American writer in the middle of
the 20th century has his hands full in trying to understand and then describe
and then make credible much of the American reality. It stupefies, it sickens,
it infuriates and finally it is even a kind of embarrassment to one´s
own meager imagination.
(p. 224)
Wolfe considera que el gran tema
de la época eran los cambios en los valores sociales que tenían
lugar en la sociedad urbana americana, y al incorporarse a la ficción
hechos diarios resaltados por los medios de comunicación, junto
al énfasis en los importantes cambios en el estilo de vida de la
sociedad americana, surgiría un nuevo género narrativo. Wolfe
(1973) decía que lo que la época necesitaba era una novela
social en la tradición de Balzac, Dickens, Thackeray y Zola, una
novela que fuese un documental de la vida urbana moderna de America, de
sus normas, sus costumbres y sus vicios.
Bradbury (1983: 262) señala que
Tom Wolfe había creído siempre que “the future of the fictional
novel would be in a highly detailed realism based on reporting, a realism
more thorough than any currently being attempted”, y que la tarea del novelista
“is not to leave the rude beast, the materia, also known as life around
us, but to do what journalists do, or are supposed to do, which is wrestle
the beast and bring it to terms” (p. 262). Wolfe dice que pretendía
hacer para la contemporánea New York lo que Vanity Fair (1847-48)
de William Thackeray hizo para el siglo XIX británico, crear una
novela de estilo metropolitano sobre modales, hipocresías y vanidades.
La alusión a Thackeray se repite en el título de la novela
y en su tono urbano e indiferente. Pero en realidad su novela debe más
a dos convenciones derivadas del periodismo americano contemporáneo:
el método exploratorio de investigación y documentación
de los procesos y prácticas sociales, y el método subjetivo
de capturar referencias a gustos, poses y modas de la época.
Con estas fuentes, unidas a su instinto
satírico, Wolfe confronta la cotidianeidad de la ciudad de Nueva
York, con su desenfrenado capitalismo, su fascinación por la riqueza
y el poder, y su acérrimo seguimiento de una moda que dicta un determinado
comportamiento. Wolfe destaca el importante papel de los medios de comunicación,
interesados en resaltar lo mejor y lo peor de una sociedad que, por un
lado muestra la riqueza y el lujo más extremo, y por otro presenta
también pobreza, violencia y corrupción. Wolfe recrimina
a los novelistas el haberse dirigido hacia su mundo interior experimentando
caminos hacia nuevos retos fictivos, y haberse olvidado de plasmar situaciones
concretas que describan los cambios sociales y culturales ocurridos en
la sociedad americana contemporánea. Wolfe apuesta, pues, por mostrar
no un suceso o personaje concreto, sino los ambientes, actitudes, circunstancias
o vicios sociales firmemente anclados en la sociedad americana del momento,
y que rodean a ese suceso. En definitiva, Wolfe se dirige hacia uno de
los pilares en los que tradicionalmente se había apoyado el creador
de ficción, las “manners”. El crítico Jerome Klinkowitz llamó
the “new American novel of manners” a este tipo de narrativa, una ficción
que habla de un mundo de estilos de vida rituales, formas y convenciones.
Así describe Klinkowitz en su obra del mismo título, The
New American Novel of Manners (1986), ciertos rasgos que caracterizan
este “estilo” literario:
The manners of the sixties did not
go unrecorded, and this is Wolfe´s point: that he and other “New
Journalist” stepped in, using both the discarded topics and abandoned conventions
of the novel in order to capture the times at hand. In such circumstances,
techniques rejected by the innovative fictionists -such as coherent characterization,
linear plot, and all the familiar routines from dialogue to symbolism-
could now be used by the journalist, who saw himself or herself as a literary
creator at the action´s very center.
(p. 6)
La ficción neorrealista continúa
la preocupación por las “manners” que tenía Tom Wolfe y,
como éste, insiste en centrarse en los gustos y costumbres de unos
personajes que pueblan determinados puntos de la geografía americana
en la década de los ochenta y noventa, mostrando la cotidianeidad
de estos seres y reflejando sus actitudes y conductas. En referencia al
interés que la novela de “manners” despierta en esta tendencia narrativa,
una de las citas que abre la novela American Psycho de Bret Easton
Ellis es significativa:
One of the major mistakes people make
is that they think manners are only the expression of happy ideas. There´s
a whole range of behaviour that can be expressed in a mannerly way. That´s
what civilization is all about -doing it in a mannerly and not antagonistic
way. One of the places we went wrong was the naturalistic Rousseauean movement
of the Sixties in which people said, “Why can´t you just say what´s
on your mind?” In civilization impulse, we´d be killing one another.
(Miss Manners, Judith Martin, American
Psycho, p. 3)
Partiendo de esta documentación
de los procesos y prácticas sociales, la ficción neorrealista
se aleja de convenciones literarias tradicionales presentando personajes
que se definen a sí mismos a través de los objetos que les
rodean, y así su aspecto físico, su forma de hablar o de
relacionarse con los demás, se convierten en las coordenadas que
configurarán su identidad básica. La sociedad descrita se
asienta así sobre las normas rígidas que en cuestión
de “manners” impone la propia estructura social, simbolizándose
éstas a partir de un determinado contexto espacio-temporal.
Esta nueva tendencia narrativa comparte
así con Wolfe su preocupación por la contextualización
física y temporal de la narración. Las novelas de Tama Janowitz,
Richard Ford, David Leavitt o Tim O´Brian recrean el medio en el
cual se reflejan los hábitos y actitudes de sus personajes, por
lo que sus obras narrativas están llenas de referencias contextuales
o ambientales, que incluyen lugares, personajes y acontecimientos reales
que forman parte de la historia cotidiana de los seres que viven en Nueva
York o Los Ángeles en las últimas décadas.
Muchas de estas novelas continúan
la línea seguida por la ficción de décadas anteriores
al romper determinadas convenciones literarias tradicionales. En muchas
de ellas apenas hay línea argumental, son obras sin principio ni
fin, que giran sobre sí mismas e incluso presentan alteraciones
en la presentación del texto: sucesión anárquica de
las mayúsculas o encabezado de texto, el empleo de espacios en blanco
y la peculiar titulación de las diversas narraciones. Citamos como
ejemplo la novela Bright Lights, Big City (1984), novela de McInerney,
en la que el lenguaje aparece aislado, desconectado, como un material discontinuo
que no logra unirse en una secuencia coherente. Letras de gran tamaño
que invaden la página o mayúsculas que aparecen de forma
gratuita son reflejo del rechazo al formalismo tradicional: “You pass signs
for ‘GIRLS, GIRLS, GIRLS, GIRLS’, and one that says ‘YOUNG BOYAS’. Then,
in a stationery store, ‘DON´T FORGET MOTHER´S DAY’” (McInerney
1984: 86).
Mucha de la nueva ficción
continua la línea iniciada por la novela postmodernista de décadas
anteriores destruyendo deliberadamente el concepto tradicional de construcción
del personaje. Esto significa el fin del héroe como tal, o al menos,
supone un movimiento hacia la condición no-heroica, incluso hacia
el anonimato, o como señala Beckett en el título de una de
sus obras, The Unnamable (1953), hacia la “innombrabilidad”. Nos
enfrentamos a personajes fragmentados, con acciones y móviles incomprensibles,
que habitan en un mundo a la deriva, sin planes ni respuestas. En este
sentido, los personajes dejan de estar centrados en un entramado de relaciones
precisas de unos con otros, dentro de una secuencia definida de acontecimientos
históricos o sociales. Están, así, en movimiento,
en un constante deambular, dividiéndose, puesto que únicamente
están formados a través de imágenes inconexas que
reflejan su falta de estabilidad, dirección o propósito.
El flujo lineal de la narración
es a menudo interrumpido por escenas cortas, que con frecuencia contienen
elementos terriblemente dispares presentados en forma simultánea
como un “collage”. De hecho, muchas obras se componen de fragmentos que
pretenden captar momentos cotidianos de unos personajes sin objeto ni finalidad.
La cita de Going After Cacciato (1978) de Tim O´Brien, que
abre The Rules of Attraction de Ellis, muestra cómo
la ficción, al igual que la vida, se compone de fragmentos unidos
arbitrariamente, sin obedecer a ningún propósito y sin seguir
ningún orden preestablecido:
The facts even when beaded on a chain,
still did not have real order. Events did not flow. The facts were separated
and haphazard and random even as they happened, episodic, broken, no smooth
transition, no sense of events unfolding from prior events
(The Rules of Attraction, p. 10)
La tendencia neorrealista igualmente se
aleja de la narrativa convencional por una pérdida de la causalidad
en su ficción. Las novelas pierden su linealidad, pasando
a representar momentos que van articulando discontinuamente diversos aspectos
de la existencia de los personajes, a través de fragmentos que componen
su mundo personal. Ya no sucede como en la novela decimonónica,
donde hay un modo coherente de disponer los hechos que van sucediendo.
Si la linealidad caracteriza toda novela tradicional, de tal modo que los
acontecimientos se suceden en estricto orden cronológico, la novela
contemporánea no respeta esa sucesión racional del tiempo.
Por otra parte, la pérdida de causalidad aparece vinculada a la
perdida de significado: los personajes, acciones o sentimientos que impregnan
mucha de la narrativa de las últimas décadas suceden sin
ninguna razón para ello.
La ficción neorrealista comparte,
pues, con el postmodernismo el desafío a los presupuestos narrativos
tradicionales al destruir el desarrollo cronólogico y lógico
de las acciones, dividir a los personajes en fragmentos discontinuos, minar
el significado de la obra y especialmente, al realizar una desmitificación
del concepto de representación y, como tal, de la antigua relación
de la ficción y la vida basada en la mímesis. Es en este
sentido, en el que puede afirmarse que esta ficción se dirige hacia
una estética más “realista” que la literatura de décadas
anteriores. Es cierto que en la ficción de autores como Frederick
Barthelme, Ann Beattie o Raymond Carver, el interés por tramas sencillas,
la presentación de actitudes ambiguas en los personajes y la descripción
meticulosa de detalles vinculados fuertemente a un marco espacio-temporal
concreto, son aspecto de una estética más “realista”. De
hecho, estos aspectos narrativos en realidad son rasgos formales de un
estilo no tradicional, que proporcionan un espacio desde el que examinar
una vez más la complicada cuestión del realismo en ficción.

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