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señala McCaffery (1988), durante los años setenta los diversos
debates sobre la muerte de la novela, habían establecido una aceptación
generalizada de que el “realismo” abarca muchos enfoques estilísticos
diferentes y de que “even seemingly anti (or non) realistic fictional methods
express a vision of exernal reality” (p. 1164). En este sentido apunta
también Federman (1993) cuando señala:
This brings us to reflect further on
the novel in our time: Can it be said that by denouncing the fraudulence
of a usual realistic novel that tends to totalize existence and misses
its pluridimensionality, the experimental work in a way frees us from the
illusion of realism? I rather believe that it encloses us in it, because
the goal of fiction remains the same: it is always a question of expressing,
or translating something which is already there -even if to be already
there, in this new perspective, consists paradoxicaly of not being there.
(p. 73)
El tradicional grupo de realismo,
que parecía disolverse durante los sesenta ante el fervor suscitado
por el experimentalismo formal, se recupera en esta nueva novela de los
ochenta, mediante unos autores que necesitan expresar una referencia directa
a la realidad, y se convierten en “secretarios” puntuales de ésta,
aparentemente dedicados a transcribir literalmente lo que observan. Pero
es éste un realismo renovado, ampliado, lejos del concepto de representación
mimética del realismo tradicional; un realismo más plural
desde el que muchos de los autores más recientes se acercan a los
nuevos contenidos que rodean y preocupan al hombre contemporáneo.
Como señala Hilfer (1992), “Some of the most affecting recent fiction
has taken the form of realist explotation of family dynamics, examining
the effects of divorce, alcoholism, mental illness, loss of a child, child
abuse” (p. 187).
De hecho el realismo no había
desaparecido. Aunque éste se volvió más escéptico
y su apoyo filosófico en el existencialismo se desdibujó
en la época del estructuralismo y la deconstrucción, siguió
no obstante participando en la labor de ampliar, explorar e intervenir
en la concepción humana del mundo. Y de hecho, a partir de los años
setenta, ha vuelto a emerger una nueva corriente de realismo, minimalizado
y escéptico, en la obra muy variada de escritores como Walter Abish,
Raymond Carver, Joyce Carol Oates, Toni Morrison, Rober Stone, Richard
Ford, William Gibson o Leslie Silko.
Mucha de la nueva ficción se inscribe,
por tanto, en esta tendencia literaria en la que las obras de ficción
no renuncian a su relación con el referente externo, no cortan sus
lazos con lo real. De esta forma, nos ofrece en sus obras historias que,
desde una perspectiva cotidiana, hablan de acontecimientos o sucesos anclados
en la vida diaria, en el mundo diario. Sin embargo, este mundo diario aparece
como una ambiciosa construcción en flujo constante, cuya realidad
misma es imposible conocer. De ahí deriva el escepticismo que caracteriza
el reconocimiento de que este mundo diario es una entidad cambiante, un
mundo que como señala Hutcheon (1989) podemos “sentir” pero no “explicar”:
“have we ever known the ‘real’ except through representations? We may see,
hear, smell, and touch it, but do we know it in the sense that we give
meaning to it? (p. 33).
La descripción de este mundo
diario exigía una definición de “realismo” lo bastante flexible
como para acomodar los nuevos “modos realistas” que imperan en gran parte
de la ficción de los ochenta. De hecho, esta literatura más
reciente ha tomado el nombre de neorrealismo porque tiende a realizar
un reportaje sobre la vida contemporánea americana, pero acercándose
al tradicional realismo desde una nueva perspectiva, más escéptica,
en gran medida irónica, y con frecuencia marcada por una violencia
extrema. La obra adquiere así un nuevo talante que Hutcheon (1989)
describe de la siguiente manera: “our common-sense presuppositions about
the ‘real’ depend upon how that ‘real’ is described, how it is put into
discourse and interpreted” (p. 33).
Para este nuevo realismo, la realidad
misma es una fantasía decadente y absurda, una realidad que tiene
la cualidad de un paradigma ficcional, permitiendo al mundo que hay dentro
de la novela ser descrito o representado como real. Como señala
el protagonista de Brigh Lights, Big City, de Jay McInerney (1984): “In
fact, you don´t want to be in fact, you want to be in fiction” (p.
22), y en la ficción a partir de los ochenta se hizo incluso más
difícil distinguir entre las dos.
Realidad y ficción se funden, y
así mucha de la ficción americana más reciente contribuye
a uno de los planteamientos eternos dentro de la creación artística
norteamericana como es la tensión entre la realidad y la ficción,
enlazando de esta manera con la ruptura de dualidades y fronteras rígidas
que, tal como afirma Federman (1973), trae consigo la novela postmodernista:
In the fiction of today and tomorrow,
all distinctions between the real and the imaginary, between the conscious
and the subconscious, between the past and the present, between truth and
untruth will be abolished. All forms of duplicity will disappear. And above
all, all forms of duality will be negated -yes, especially duality: that
double-headed monster which for centuries subjected us to a system of ethical
and aesthetical values based on the principles of good and bad, true and
false, beautiful and ugly.
(p. 39)
La técnica narrativa de esta
nueva ficción, su cuidadosa selección de detalles y su punto
de vista hacen que muchos de estos autores puedan ser también catalogados
como minimalistas. Algunas de sus obras tienen mucho en común con
las de Barthelme City Life (1970) y Sixty Stories (1985),
centradas las de éste último en una clase media baja americana,
y recuerdan también escenas del sórdido Los Ángeles
que presenta Raymond Chandler en Farewell, My Lovely (1940). Las
obras de Barthelme presentan un mundo de junglas de neón y antros
de comida rápida que en otros autores se sustituyen por restaurantes
lujosos, negocios y matrimonios fracasados. Escritores asociados con el
minimalismo como son Ann Beattie, Tobias Wolff, Raymond Carver, Mary Robison
se ocupan de personas anónimas que llevan una vida vacía,
que se sienten desorientados sin un rumbo que seguir, pero saben que todo,
a veces incluso ellos mismos, carece de importancia. Estos autores muestran
las coordenadas por las que se rigen estos personajes dejando a un lado
la introspección del personaje o el análisis psicológico,
y utilizando la acumulación de detalles superficiales. Esta manera
en apariencia descuidada de mostrar lo banal, esta presentación
desapasionada de detalles, sirve a una función simbólica,
de forma que una determinada marca de ropa, una conversación vacía
o la descripción de las bebidas o drogas que toman se convierten
en poderosas señas de identidad. Carver en su obra Fires (1983),
explica su elección de la historia corta como forma narrativa, asociándola
con su propia concepción del mundo:
To write a novel, it seemed to me,
a writer should be living in a world that makes sense, a world that the
writer can believe in, draw a bead on, and then write about accurately.
A world that will, for a time anyway, stay fixed in the place. Along with
this there has to be a belief in the essential correctness of that world.
A belief that the known world has reasons for existing, and is worth writing
about, is not likely to go up in smoke in the process. This wasn´t
the case with the world I knew and was living in. My world was one that
seemed to change gears and directions along with its rules, every day.
Time and again I reached the point where I couldn´t see or plan any
further ahead than the first of next month and gathering together enough
money, by hook or by crook, to meer the rent and provide the children school
clothes.
(p. 256)
Como señala Malcolm Bradbury (1983:
269), aunque se ha acusado a los métodos minimalistas de ser una
excusa o disfraz para la ironía, la forma de exposición tersa
y rígidamente controlada del minimalismo -que según este
crítico tiene mucho en común con el estilo altamente estilizado
y cuidadosamente esculpido de Hemingway y Chejov- permite la construcción
de escenas de gran viveza y profundidad emocional. Entre los autores americanos
asociados al minimalismo destaca Raymond Carver, autor de Put Yourself
in My Shoes (1974), Will you Please Be Quiet, Please (1976)
y What We Talk About When We Talk About Love (1981), también
poeta, que, concentrado en las historias cortas, nunca publicó una
novela. Así describe Bradbury (1983), el estilo minimalista, haciendo
referencia a la ficción de Carver:
Carver´s strength, and his influential
place in recent fiction, lies in the fact that, through his stories can
be read as pure observed experience, they acquire a metaphoric clarity
because of their flavour of pervasive unease. The characters are taciturn
and unexpressive, but also vulnerable and exposed; something in their lives
or situation appears to be unspoken. There is an implied further meaning
in each relationship, or some emotional disclosure yet to be supplied.
Carver is in fact a highly self-conscious minimalist, creating a sense
of a surface awaiting its own depth.
(p. 269)
Este continuo flujo de detalles
banales fuertemente contextualizados ha llevado también a relacionar
la obra de algunos de estos autores con el término dirty realism.
Este término, que parece haber sido inventado por Bill Buford en
la revista Granta, es la clase de ficción a la que Wolfe
llamó “K-mart realism”, y hace referencia a una forma plana de escribir,
con multitud de detalles y socialmente específica, que provee el
tono para mucha de la ficción de los años ochenta. El término
se asocia a un grupo de escritores -Raymond Carver, Richard Ford, Tobias
Wolff, Jayne Anne Phillips, Ann Beattie, Bobbie Ann Mason o Frederick Barthelme-
cuyo trabajo es extremadamente variado, pero que tienen en común
el restringir el marco espacial a zonas muy concretas de Estados Unidos
y el fijar su atención en la vida cotidiana.
Las historias de Carver se sitúan
en la costa del noroeste del Pacífico o el Medio Oeste y la mayoría
trata de la clase trabajadora, mecánicos, secretarios, granjeros...
Plantean un entorno familiar -la comida rápida, la bolera, la televisión-
y se basan en pequeños y a menudo insignificantes incidentes que
ocurren a unos seres cuya existencia es totalmente gris. Basados en pequeñas
historias, gestos y detalles, preocupados por los objetos y bienes que
pueblan su mundo, presentados a través de diálogos banales,
los personajes y las historias experimentan con la sorpresa de la banalidad,
descubriendo que ésta a veces oculta matices sórdidos.
Los personajes son apáticos
e inexpresivos, pero muestran una absoluta vulnerabilidad al medio. Algo
en sus vidas o situación parece ser problemático, pero este
“algo” a menudo no se concreta, y a través de detalles banales,
de recopilar historias cotidianas, Estos autores plantean su propia concepción
de lo real, siendo capaz de crear en el lector una sensación de
desasosiego. Estos autores comparten con Barthelme y Carver su preocupación
por los detalles aparentemente cogidos al azar, detalles de lo ordinario,
por las cosas que Barthelme llamaba “la vie quotidienne”, y crean un ambiente
superficial que puede llenarse de profundidad. La vida cotidiana que presenta
la ficción catalogada como neorrealista se vincula a las “manners”
de la época para realizar un reportaje del mundo real, el cual se
nos llega a hacer familiar y extraño a la vez. Sus historias tienen
un aire de ausencia, tristeza, desconexión y negatividad, estando
unidas de manera literal al detalle preciso de lo más ordinario
de la vida.
Por tanto, la idea de Tom Wolfe
acerca de que el escritor de finales del siglo XX se debería comportar
como un secretario de la época y salir a la vida real para observar
las “manners”, experiencias y procesos sociales, es recogida por muchos
escritores de las últimas décadas. Como señala Bradbury
(1983), lo que es particularmente sorprendente sobre el argumento de Wolfe
y el “downpouring of literary republicanism” (p. 272) del que el mismo
Wolfe forma parte, es que nos hace volver a muchos de los debates de 1880
y 1890. Esa era otra época en la que el mundo parecía en
continuo cambio, las viejas ideas y valores parecían tambalearse,
el ser humano estaba expuesto a poderosas fuerzas externas y las energías
y direcciones de la historia de America parecían estar sin control.
Entonces el escritor quería también estar allí, en
las fábricas, calles, ghettos, rascacielos, en las guerras imperiales
y las batallas sociales, explorando los puntos de conflicto y los nuevos
estilos que marcaban la vida cotidiana. Esto también trajo consigo
un periodo en el que predominó el realismo, una literatura de voces
plurales, hasta que fue seguido por las formas más ordenadas del
movimiento moderno. Ese temprano realismo también reflejaba el sentido
de pérdida o convenciones cambiantes, ya que había nacido
en un tiempo en el que una fase de la historia parecía ir hacia
su final ante el surgimiento de un nuevo milenio. En años recientes,
ya en el umbral de un nuevo siglo, el sentimiento de duda y provisionalidad
resurge ante otros cambios que provocan el que las ideas fijas se tambaleen.
Las ciudades llegan a ser terroríficas y no gobernables, el bienestar
económico insuficiente para resolver los problemas relacionados
con drogas, enfermedad y pobreza que se muestran irresolubles. Quizá
entonces, como señala Bradbury, las formas plurales de realismo
que parecen resurgir en los años ochenta y noventa sean una entendible
respuesta a los tiempos. Con el siguiente pasaje Bradbury (1983), apoya
su argumento.
A hundred years previously, at the
start of the 1890, Henry Adams sat down in “helpless reflection” at the
Columbian Exhibition in Chicago, and wondered what the twentieth century
would become. He had an intimation of an imploding energy that would take
the mind into the twentieth century multiverse, while giving it no clear
guide, direction,or ordered education. He saw a world that was looking,
not backward towards the guiding agrarian past, but anxiusly forward, into
the age of great cities and new technologies, a world that was not post-something
but pre-something. The passage through the turn of a century was at hand;
there were imperial wars, signs of social chaos and class division, a confusion
of sexual roles, a sense of dangerous outside threats and epidemics. The
signals from the future were energetic, but obscure. Adam was perceiving
and interpreting that turbulence which has marked the turn of most of the
recent centuries, from the revolutions of the eighteenth century onward,
and which suggest the breakdown of orderly and familiar structures the
loss of habitual signposts and established canons in life and art. The
task was to look forward and onward, to see how the coming change might
best be ordered and expressed. It already seems very likely, if the fiction
around us is any guide, that this might also be the mark of our own passage
through the Nineties and beyond them, into the mysterious next century.
(p. 283-284)

BIBLIOGRAFÍA
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