1.
INTRODUCCIÓN : PERIODISMO Y LITERATURA EN LOS ESTADOS UNIDOS
Que la literatura y el periodismo
se alimentan mutuamente no es novedad. Concretamente, el género
narrativo se asemeja al discurso periodístico en cuanto que reproducen
mundo con herramientas similares : personas que pueblan ese mundo, narrador,
acontecimientos, espacio y tiempo... y cierta relación con lo que
entendemos por “realidad” o “lo auténtico” :
It is, of course, not simply fact qua
fact that characterizes the novel but its remarkable fusion of fact with
lie, its freedom of invention superimposed upon a base of authenticity.
A whole history of the novel could be made of those two contrary but integrated
impulses. (Zavarzadeth : 95)
De hecho, la novela de los siglos XVI
y XVII tiene los mismos orígenes que el periodismo, como afirma
Davies en un estudio sobre los inicios de la ficción inglesa, y
esta forma literaria se consolida en un siglo altamente informativo como
es el XVIII. Sin embargo, el censo de escritores-periodistas estadounidenses
es sorprendentemente rico, hasta tal punto que S. Fisher Fishkin afirma
que llega a imprimir cierto sello a la literatura norteamericana, “the
contours of what one may consider a distinctively American aesthetic” (Fishkin
: 5). Es necesario considerar otros factores en este parentesco de formas
en la literatura de los Estados Unidos. Por ejemplo, sirva el interés
desde los tiempos coloniales por recoger la experiencia americana en textos
de no ficción tales como diarios, crónicas, y relatos de
viajes. la trascendencia del relato breve en la literatura de esta nación
también tiene algo que aportar, gracias al adiestramiento periodístico
que conlleva el dominio de un género tan exigente en términos
formales. Se hace oportuno mencionar el acercamiento de los naturalistas
como Theodore Dreiser al universo del periodista, con su desvinculación
autorial y su prosa fotográfica, a finales del siglo XIX y principios
del XX. No podemos extrañarnos de que, finalmente, lo real y lo
imaginario, la ficción y lo no ficticio, se abracen en una única
forma literaria en la cultura norteamericana. A pesar de que las condiciones
para tal abrazo se darán en la segunda mitad del siglo XX, los antecedentes
literarios con que cuenta el periodismo novelado son más que favorables.
2. EL NUEVO PERIODISMO NORTEAMERICANO
Cuando se rescatan las opiniones
de los periodistas entre los años sesenta y setenta, es fácil
descubrir declaraciones encontradas ante lo que aquí va a aparecer
como “Nuevo Periodismo”. Ronald Weber agrupó un conjunto de estas
opiniones en The Reporter as Artist (1974), libro en el que es posible
descubrir por ejemplo que este modo periodístico ni es nuevo ni
es periodismo. Es innegable que Twain, Crane, o Hemingway podrían
sumarse a este capítulo en calidad de periodistas-novelistas. Y
si delimitamos el periodismo a la transcripción objetiva de un hecho,
tal vez habría que buscar un nuevo título para el surtido
de obras que se van a tratar. Sin embargo, tal título surgió
de forma espontánea en los años sesenta, posiblemente como
respuesta a la atrevida lozanía que presentaban los artículos
de ciertos periodistas en un medio aturdido y aletargado.
El caldo de cultivo para ese nuevo género
literario es la cultura norteamericana de los años 60. Para ser
más exactos, el papel que desempeñan los medios de comunicación
en estos años, incapaces de transmitir con profundidad, conciencia
y frescura acontecimientos tan desconcertantes como los asesinatos de John
y Robert Kennedy, paseos espaciales, Vietnam, disturbios raciales, la cultura
underground o las nuevas voces de la juventud norteamericana. Tom
Wolfe, espectador y actor a partes iguales en este paisaje social, lo describe
como “the whole crazed uproarious Mamo-faced drug-doaked mau-mau lust oozing
Sixties in America” (1973 : 31). Para algunos periodistas resultaba obvio
que la aproximación anónima, formulaica y tibia del periodismo
tradicional dejaba mucho que desear. La apariencia de objetividad y la
fe en las fuentes oficiales tampoco contribuían a darle a la nueva
realidad el vuelco que necesitaba, ante lo cual el advocacy journalism
o periodismo militante ya estaba presentando batalla. Por último,
la omnipresencia de los medios escritos y audiovisuales aportaba una visión
caleidoscópica de la existencia, múltiple y efectista, que
el ciudadano no era capaz de digerir y procesar.
En este contexto, tanto el periodista
como el novelista debían reformular los modos en que convencionalmente
trasladaban mundo al texto, para así encontrar nuevas formas de
expresión. Philip Roth se manifestaba con toda claridad al respecto,
descubriendo al tiempo una crisis similar a la del reportero:
The American writer in the middle of
the 20th century has his hands full in trying to understand, and then describe,
and then make credible much of the American reality. It stupefies, it sickens,
it infuriates, and finally it is even a kind of embarrassment to one’s
own meager imagination. (En Klein : 144)
En su edición de artículos
titulada The Reporter as Artist, Ronald Weber agrupa un número
de tales crónicas bajo el rótulo “Fact in the Fiction Void”.
En un estudio dedicado al poder de los medios en la segunda mitad del siglo
XX, Carey afirma que la nuestra es una época de “disbelief in art”
(9-11). Los escritores “creativos” parecían padecer su propia crisis
a la hora de transcribir la experiencia humana en forma de narración
imaginativa. Ambos, periodistas y novelistas, perseguían una salida
a la crisis que aunara una representación coherente de una realidad
ciertamente incoherente, y un reto a la pasividad que los medios
ocasionaban en el lector. Nathaniel West, ya en su novela de 1939 The
Day of the Locust, denunciaba la pasividad y la comodidad del individuo
entre la masa. El personaje de la historia, Homer Simpson, es un certero
antecedente del personaje de la famosa serie televisiva, y portavoz de
este tipo de espectador para quien cada suceso es similar a cualquier otro
transmitido por los medios.
Tom Wolfe relata uno de los primeros
pasos de la nueva forma artística en la introducción a The
Kandy-Kolored Tangerine-Flake Streamline Baby (1965). Cuando el
New York Herald Tribune le encargó escribir sobre el “Hot Rod
& Custom Car Show” él escribió, diligentemente, lo que
se esperaba de un periodista en estas circunstancias: “the usual totem
story” (en Weber: 30). Wolfe se dio cuenta de que sus impresiones ante
el espectáculo y el ambiente emocional que lo rodeaba se escapaba
a la fórmula periodística al uso :
The thing was, I knew I had another
story all the time, a bona fide story, the real story of the Hot Rod &
Custom Car show, but I didn’t know what to do with it. It was outside the
system of ideas I was used to working with, even though I had been through
the whole Ph.D. route at Yale, in American Studies and everything. (30)
Obrando en consecuencia, envió
sus personalísimas notas a la revista Esquire, y el resultado
fue “There Goes (Varoom ! Varoom !) That Kandy-Kolored (Thphhhhhh !) Tangerine-Flake
Streamline Baby (Rahghhh !) Around the Bend (Brummmmmmmmmmmmmmmmm)...”.
Esta historia prestó su sugerente titular, en versión reducida,
a la colección de relatos mencionada anteriormente y clasificable
en lo que más tarde se denominó “Nuevo Periodismo”. Presentando
la antología The New Journalism (1973), Wolfe interpretó
la composición de “Kandy-Kolored” como sigue :
It was the discovery that it was possible
in non-fiction, in journalism, to use any literary device, from the traditional
dialogisms of the essay to stream-of-consciousness, and to use many different
kinds simultaneously, or within a relatively short space ... to excite
the reader both intellectually and emotionally. I am not laying all those
gladiolas on that rather curious first article of mine, you understand.
I’m only talking about what it suggested to me. (28)
Por su parte, un novelista y autor
de relatos, Truman Capote, se acercaba al mismo punto desde el otro extremo
de esa hipotética escala entre la narrativa más imaginativa
y la más realista. El punto de partida de In Cold Blood (1965)
fue un artículo aparecido en el New York Times sobre el asesinato
de la familia Clutter en Kansas en 1959. Capote vio el potencial
narrativo del caso, y tras años de intensa documentación,
logró reunir un corpus de datos al que dio forma y volumen. Si los
experimentos de periodistas como Wolfe fueron bautizados con el nombre
de “Nuevo Periodismo”, Capote se decantó por “non fiction novel”
para designar su obra. En los estudios de literatura la nomenclatura es
siempre escurridiza, y el movimiento que nos ocupa no es diferente a otros
en este particular. Podemos encontrar este tipo de periodismo literario
bajo la etiqueta de “parajournalism”, “journalit”, “factual fiction”, “faction”,
periodismo de vanguardia, ficción ensayística, no-ficción
creativa... (González de la Aleja : 31). En cualquier caso, los
ejemplos de Wolfe y Capote nos indican que nos encontramos con textos basados
en acontecimientos reales, cubiertos por la prensa tradicional, que la
sensibilidad del autor recrea y organiza en un texto coherente, autosuficiente,
y con un interés estético, presentándolo en forma
de ficción. En definitiva, textos que no sólo parecen literatura,
sino que exigen una actitud lectora propia de una novela o un relato.
En la segunda mitad del siglo XX,
descubrimos que los acontecimientos ofrecidos por los medios son mucho
más atractivos que la versión original o la ficcionalizada
por la literatura. El simulacro de la era postindustrial ha devorado el
referente auténtico, y la imagen del mundo se impone al propio mundo
(Jean Baudrillard en Waugh : 188). Guy Debord, en su significativa observación
del la cultura occidental recogida en The Society of the Spectacle (1967),
resume esta tendencia occidental hacia la imagen del siguiente modo : “The
whole life of those societies in which modern conditions of production
prevail presents itself as an immense accumulation of spectacles. All
that was once directly lived has become mere representations” (12). La
existencia de la novela de no ficción parece sugerirnos que nuestra
percepción de la vida no es inmediata sino mediática,
y por ello la ficcionalización tradicional no es suficiente para
satisfacer esta nueva aprehensión de la experiencia (Hellmann :
10). En otras palabras, nuestro interés se traslada de lo “verosímil”
de la novela tradicional a lo ”verdadero”, como parece ratificar la plétora
de programas de sucesos y testimonios instalada en nuestro televisor.
El nuevo periodista, bien es cierto,
se halla en desventaja frente al vigor auditivo y visual de los medios
electrónicos. De hecho, una de las carencias más graves de
la prensa escrita es la frialdad de la palabra desnuda, es decir, cuando
no va acompañada de la voz humana o del apoyo de la imagen gráfica.
Por ello, se acogerá a recursos que acerquen el texto al lector
y provoquen alguna respuesta en él, recursos que revisaremos en
el apartado siguiente. Otra de las preocupaciones de este tipo de escritor
es que su obra trascienda la temporalidad, e incluso la espacialidad, intrínseca
a la noticia. No obstante, y a pesar del nombre que optemos por darle,
esta forma de escritura sigue siendo periodismo, y por tanto los acontecimientos
que han suscitado un interés en un contexto espacio-temporal concreto
siguen siendo un ingrediente fundamental. Raymond Mungo, en Famous Long
Ago (citado en Johnson: 20-22) matiza la importancia de los “hechos”
y asegura que no equivalen automáticamente a “verdad”:
[T]he distinctly Western insistence
on facts (and passive faith in science and technology) betrays our tragically,
perhaps fatally, limited consciousness of life. The facts, even if he can
get them, will never help a man realize who and what he is or aspire to
fulfill his natural role in the universe.
Deducimos que aunque el Nuevo Periodismo
opere aún con acontecimientos constatables, su objetivo primordial
no será simplemente dar a conocer estos hechos, sino la búsqueda
de una verdad más amplia. En su introducción a Fame and
Obscurity (1970), una colección de artículos neoperiodísticos,
Gay Talese defendía las razones del reportaje elevado a arte :
The New Journalism, though often reading
like fiction, is not fiction. It is, or should be as reliable as the most
reliable reportage although it seeks a larger truth than is possible through
the mere compilation of verifiable facts, the use of direct quotations,
and adherence to the rigid organizational style of the older form. (Citado
en Weber : 35)
Y es que resulta quimérico, dada
la complejidad de la realidad y la multitud de medios que intentan trasladarla,
dar una única versión de un suceso a través de una
única óptica objetiva. Esta idea que la novela ya lleva poniendo
en práctica desde finales del siglo XIX visita también el
universo periodístico. El anonimato del periodista, que en cierto
modo aseguraba aquella pretendida objetividad, se diluye en el Nuevo Periodismo.
Al tiempo, la verdad de los hechos cotejables es reemplazada por la verdad
aportada por el propio periodista (léase honestidad, poder de convicción,
o contacto de primera mano con la situación que reproduce).
Todos los periodistas literarios
comparten una inmersión en los acontecimientos que más tarde
narran. A diferencia de otros periodistas, meros intermediarios entre los
auténticos hechos y las crónicas que redactan, ellos actúan
de testigos y en muchos casos también de protagonistas de las historias.
El alcance artístico de este narrador es de consideración:
aporta una inmediatez desconocida anteriormente, pone de manifiesto la
limitación ontológica del individuo frente a su entorno,
llama a la desconfianza, e incluso representa al lector en su desconcierto
frente a lo que observa. La experiencia resulta ser tan impresionante y
opaca para el que narra como para el que lee, de ahí que la consistencia
de las obras sea más estructural y estética que ontológica.
Apunta David Lodge (1971 :33) que la novela no ficticia, como la de los
fabuladores (J. Barth, Thomas Pynchon...) es el resultado apocalíptico
de una realidad que desafía el seguimiento y la comprensión.
Por ello, los autores de no-ficción y los fabuladores renuncian
a crear un universo paralelo y semejante al nuestro, o a sondear la credibilidad
del lector.

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