3.
LA DRAMATIZACIÓN DE LA ACTUALIDAD : EL PERIODISTA CREADOR
3.1. Representante más señalados
Posiblemente, el más célebre
de los escritores que se contemplan en este capítulo sea Tom
Wolfe (1930), no ya por sus trabajos neoperiodísticos sino por
su trayectoria como autor de ficción. Es, sin embargo, uno de los
componentes más sobresalientes del Nuevo Periodismo y uno de sus
pensadores más destacados. Junto a In Cold Blood, de Truman
Capote, su obra The Electric Kool-Aid Acid Test (1968) fue considerada
una nueva orientación tanto para el periodismo de la época
como para la literatura. Narra la historia del novelista Ken Kesey (autor
de One Flew Over the Cuckoo’s Nest ,1962) y su grupo de consumidores
de LSD, los Merry Pranksters. En 1964, reconstruyeron un autobús
escolar, instalaron un complejo equipo electrónico, y salieron hacia
Nueva York para luego volver a California. Esta aventura hippie fue dada
a conocer como the movie, porque fue filmada minuciosomente a lo largo
del trayecto. Kesey tuvo que huir a Mexico a causa de unos cargos por tenencia
de drogas, fue arrestado, y finalmente puesto en libertad unos meses
después. Wolfe le conoció entonces, y se empeñó
en transmitir todos estos acontecimientos de la forma más inmediata
y vital posible, como lo vivieron los pranksters y como correspondía
a the movie. Esta obra resulta imaginativa, barroca, psicodélica,
veloz y crítica, e imposible de pasar por alto. Como otros escritores
de este periodismo innovador, Wolfe aspira a un principio organizativo
que sujete la información sin que ésta pierda dinamismo y
que aporte unidad narrativa al texto. En este caso, se decanta por una
búsqueda trágica, en la línea del homo viator
norteamericano, tan identificable en la literatura norteamericana. Años
más tarde, con un estilo más templado y más próximo
a la novela social, publicó The Right Stuff (1979),
un relato sobre los pilotos de pruebas espaciales y la mitología
social creada en torno a ellos.
Truman Capote (1924-1984)
había escrito ya ocho libros de ficción y había flirteado
con el reportaje antes de crear In Cold Blood (1966). La simbiosis entre
ambos produjo el relato realista de un hecho verídico en forma de
libro. Cuenta la historia de un asesinato múltiple y sus artífices,
Perry Smith y Dick Hickock desde horas antes del suceso hasta la ejecución
de los asesinos. In Cold Blood carece del sello personal de Wofe y se muestra
más comedido en punto de vista y lenguaje, pero explora en profundidad
los recovecos de la muerte irracional. Capote enfoca el asesinato y la
pena de muerte desde varios ángulos, exhibiendo un elaborado trabajo
de documentación y de entrevistas. Esta riqueza de ópticas
resulta en una intriga por el alejamiento de los hechos desnudos, como
pudieron aparecer en los medios en su época, y también en
cierto desasosiego moral por la ausencia de maniqueísmo acerca del
tema. Esta novela de no-ficción es la única de este capítulo
que aparece clasificada como ficción en el catálogo de la
Biblioteca del Congreso norteamericana.
Norman Mailer (1923) es otro
autor muy conocido por sus novelas de ficción. Sus dos obras de
no ficción novelada que más representativas resultan aquí
son The Armies of the Night : History as a Novel, The Novel as History,
que le valió un premio Pulitzer en 1968, y The Executioner’s
Song, premiada con otro Pulitzer en 1979. La primera relata la marcha
hacia el Pentágono de un colectivo en contra de la guerra de Vietnam.
Tiene como principio organizativo la farsa heroica, una parodia hacia lo
épico en donde un supuesto héroe, él mismo, descalifica
la hazaña. Resulta iluminador el subtítulo del texto, mencionando
la novela y también la historia. La relación entre lo novelado
y lo periodístico será recogida en las páginas que
siguen, pero la crónica como historia despierta atractivo en cuanto
que si el periodismo puede ser auténtico y subjetivo al tiempo,
la historia también. John Dos Passos experimentó con las
tres narraciones –periodismo, novela, e historia—en Manhattan Transfer
en 1925. La segunda de estas obras es menos interpretativa y más
mimética que The Armies of the Night, y no le tiene por protagonista
a él sino a Gary Gilmore, condenado a muerte por asesinato. Como
en In Cold Blood, estamos ante una historia profunda y coral, de multiplicidad
de voces, ofrecida a través de la conciencia de las personas implicadas,
entrevistas, documentos, y cartas. El hilo que hilvana la cantidad ingente
de material con el que se encontró el autor fue el romance entre
el condenado y su novia. Estructural y afectivamente, el relato queda así
enfocado.
En Slouching Towards Bethlehem
(1968), Joan Didion denuncia la fragmentación y la falta de
centro en la modernidad. La obra surgió de un asesinato en un pueblecito
californiano, y es una colección de viñetas de la vida norteamericana,
desde biografías de personajes públicos hasta retratos costumbristas.
Salvador (1983), basada en sus experiencias en el país
como periodista y narrada desde una perspectiva personal, fue llevada al
cine. Michael Herr también guarda contacto con el séptimo
arte, ya que la ambientación que imprimió en Dispatches
(1968) a la guerra de Vietnam inspiró a Francis Ford Coppola
para Apocalypse Now, y de hecho Herr escribió la narración
de la película. Se trata de uno de los libros más impactantes
escritos sobre Vietnam, una auténtica contrapartida a los comunicados
oficiales y al reportaje conservador de los sesenta, y una versión
norteamericana del Heart of Darkness de Joseph Conrad. Su colección
de artículos fue escrita como un fluido de impresiones, más
que como un intento por recoger información sobre la guerra misma.
El propio Herr admite : “I went to cover the war, and the war coverred
me” (citado en Hellmann : 133).
3.2. La novela de no-ficción
como literatura postmoderna
“If you can’t make something
up, you’re no better than a journalist.” (J. Irving, A Widow for One
Year, 1998)
Henry James, uno de los exponentes
más notables de la literatura norteamericana y de la teoría
de la ficción, declaraba en The Art of Fiction (1884) que
la novela se ocupa de crear “an illusion of life” (recogido en Litz : 5).
En otras palabras, el novelista crea una apariencia de realidad con material
ficticio. El nuevo periodista, por su parte, crea una apariencia de ficción
con material auténtico. El término “crear” no es gratuito
en este contexto, puesto que damos por hecho la creatividad del autor literario.
La cita que comienza este apartado apunta en esta dirección: la
creatividad del legítimo escritor consiste en inventar, mientras
que el periodista no produce nada original. Cuestionable como es, la idea
no deja de tener un hueco dentro de las reflexiones de los propios periodistas:
I will assert that there is one
sacred rule of journalism. The writer must not invent. The legend of the
license must read : NONE OF THIS WAS MADE UP. The ethics of journalism,
if we can be allowed such a boon, must be based on the simple truth that
every journalist knows the difference between the distortion that comes
from subtracting observed data and the distortion that comes from adding
and inventing data. . . . [T]he moment the reader suspects additions, the
earth begins to skid underfoot, for the idea that there is no way of knowing
what is real and what is not real is terrifying. (J. Hersey, citado en
González de la Aleja : 124)
Todo acto de escritura exige un proceso
mental previo. Por consiguiente, el periodista más convencional
configura e interpreta la realidad, seleccionando sus elementos y su lenguaje
en la forma que considera más adecuada. El trabajo del periodista
y del novelista frente a la experiencia no son tan dispares, después
de todo. A pesar de la irreprochable documentación y de la labor
investigadora que respaldan estas narraciones no inventadas, el periodista
se alza como artista :
“However exhaustive or important his
reporting or analysis may be, his ultimate aim and achievement is an artistic
one.... Their works are aesthetic experiences embodying the result of this
confrontation between external events and personal mind” (Hellmann : 25)
La realidad supera a la ficción,
y su riqueza y dramatismo pueden ser destilados con los mecanismos simbólico-representativos
a los que la novela o el cine nos han acostumbrado. Es por ello que uno
de los atractivos de la narrativa no ficticia es su naturaleza marcadamente
fronteriza, fluctuante entre dos universos que preferimos juzgar perfectamente
diferenciados : la imaginación y la realidad. Leer novela de no-ficción
entraña una desorientación inicial por parte del lector.
Para empezar, el propio término (un oxímoron, como lo es
“periodismo literario”) encierra una contradicción. Asimismo, narrar
un evento real como si se tratara de uno imaginado arruga nuestros esquemas
fundamentales acerca de lo que es una novela : un mundo paralelo que se
parece al nuestro, si bien no es el nuestro. Por último, oscilar
entre lo real y lo creado es fascinante pero psicológicamente perturbador
(recordemos películas como The Purple Rose of Cairo, Truman Show,
The Matrix, o la española Abre los Ojos, por citar los ejemplos
más populares). En un paisaje postmoderno de metanarraciones cuestionadas
(religión, filosofía, historia...) y pararealidades activadas
(ciberespacio, realidades virtuales), la novela de no-ficción se
revela como un género congruente, que guarda correspondencia con
la narrativa metafictiva.
El Nuevo Periodismo es periodismo
narcisista, como narcisista es la narrativa metafictiva (Hutcheon 1980),
y si ésta “explores the problematic relationship between life and
fiction” (Waugh 1984 : 4) aquél analiza el difícil encuentro
entre el reportero y la realidad que no se deja reportar. El periodismo
se ve reflejado como profesión y como discurso, y las limitaciones
del reportaje convencional salen a la luz. En Let Us Now Praise Famous
Men (1941), un pionero del Nuevo Periodismo llamado James Agee ya anunció
algunas trabas del trabajo de reportero : la capacidad de percepción,
memoria, y destreza lingüística es a menudo insuficiente para
comunicar la experiencia humana. El lenguaje y la mirada son múltiples,
personales y frágiles. Incluso cuando nos acercamos a narraciones
más objetivas o despersonalizadas estamos ante una re-construcción
artificial de la realidad. A menudo, el escritor nos brinda señales
que no nos permiten olvidar el tipo de texto que estamos percibiendo como
una ficción. Por ejemplo, John Hersey se exhibe como artífice
de The Algiers Motel Incident (1968) en un momento de esta historia
de muerte y cuestiones raciales, y comenta su reciente visibilidad :
At this point in the narrative, enter
myself. Reluctantly, I have always, before this, stayed out of my journalism,
even as a manipulative pronoun, having believed that it sufficed for a
writer to “come through” to the reader -by the nature of his selection
from the whole, his filtering of all that had gone through his eyes and
ears and mind ; by intensity of feeling that might be read in the lines
; by his “voice”. But this account is too urgent, too complex, too dangerous
to too many people to be told in a way that might leave doubts strewn along
its path. I cannot afford, this time, the luxury of invisibility. (1968
:24)
Otra estrategia recordatoria es el uso
de prólogos y epílogos. Por un lado, este recurso enmarca
la historia convirtiéndola en autónoma y comprensible aun
desvinculada de un contexto auténtico, certificando la existencia
de un agente re-creador (shaping consciousness, organizing agent, en Hellmann
14-5) que da forma a una miscelánea informe de datos. Por otro,
forewords y afterwords explican el origen y las circunstancias en que la
historia ha sido confeccionada, y ratifican el trabajo periodístico
que la apuntala. Truman Capote comienza In Cold Blood con lo siguiente
: “All the material in this book not derived from my own observation is
either taken from official records or is the result of interviews with
the persons directly concerned, more often than not numerous interviews
conducted over a considerable period of time”. Tom Wolfe afianza su obra
The Electric Kool-Aid Acid Test con este comentario final: “All the
events, details and dialogue I have recorded are either what I saw and
heard myself or were told to me by people who were there themselves or
were recorded on tapes or film or in writing” (1968 : 371).

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