| THESAURUS:
Anti-fundacionalista, Aristotélicos de Chicago, Canon, Círculo
hermenéutico, Close reading, Competencia literaria, Comunidades
interpretativas, Comunidades solidarias, Concretizar, Modelos interpretativos,
Crítica de la identificación, Crítica fenomenológica,
Críticos de la conciencia, Estética de la recepción,
Estético, Estructuralismo, Falacia afectiva, Falacia biográfica,
Falacia Intencional, Formalista, Fusión de horizontes, Herejía
didáctica, Herejía de la paráfrasis, Horizontes de
expectativas, Hermenéutica, Hermenéutica de la recuperación,
Huecos, Intersubjetivo, Intrínseco, Lector implicado, Literariedad,
Narratología, Neopragmatismo, Nueva Crítica, Poética,
Relativismo, Retórica, Significado/significación, Subconsciente
colectivo, Tensión, Teoría arquetípica/del mito, Teoría
del lector, Totalidad, Valor.
I. Introducción: Apología
de la teoría literaria.
Adviértase, en primer lugar, el
tono algo irónico del término apología: en este tiempo
postmoderno de dudas sobre nuestros modos de conocimiento y representación,
no parece procedente mostrarse tan convencidos y entusiastas, cual Philip
Sidney a favor de la poesía, en la defensa de, digamoslo así,
un campo del saber. Valga, no obstante, la parte no irónica
del término, la más importante, para compensar la actitud
reticente, descreída o altiva que, a menudo, se tiene hacia la teoría
literaria. Una resistencia que no es la de Paul de Man a la instauración
de un sistema descriptivo e interpretativo solvente, ni la negativa de
Stanley Fish a que sirva como reguladora de la práctica sino, más
bien, el gesto entre perezoso y confiado de quienes optan por desconocer
o desmerecer las dimensiones y consecuencias de los libros y la lectura.
Entre ellos aún están los que, como diría Antonio
Machado, confunden la crítica con las malas tripas; quienes
retienen la acepción combativa de la palabra criticar y piensan
en el crítico como un autor literario malogrado que redime su frustración,
no ya despedazando las obras de otros sino, de forma más inteligente
y contemporáneamente postestructuralista, elaborando metodologías
complejas o escribiendo disquisiciones enrevesadas de dudosa utilidad que,
a veces, se atreven a comparar en calidad artística y en creatividad
con lo analizado; (exagero, pero aplíquese aquí, como en
el resto de esta apología, la canción también de Machado:
A las palabras de amor/ les sienta bien su poquito/ de exageración).
Están, por otra parte, quienes reducen la teoría y crítica
literarias a la adquisición y buen manejo de las técnicas
y conocimientos necesarios para convertirnos en lectores más competentes:
las características, propiedades y funciones formales y temáticas
de los distintos tipos de texto, y de los procedimientos y estrategias
para hallarlas y darles sentido.
La crítica literaria, desde luego,
comprende todo esto. Pero es también mucho más;
incluso cuando es algunas de dichas cosas. Porque si hay algo que
distingue a la crítica y la teoría literarias es su reflexión
sobre el significado de lo que hacemos; sobre el sentido y las consecuencias
no sólo de la literatura sino también, y en conjunción
con ello, de las estrategias y modelos que empleamos en nuestras aproximaciones
a los textos. Nuestras lecturas e interpretaciones, incluidas las
hechas con las tripas, responden, como cualquier otro de nuestros
actos, a determinadas circunstancias y valores ideológicos y culturales.
No existen modelos e instrumentos descriptivos e interpretativos incontaminados.
Aun aquel análisis que parezca más inocente,por limitarse
a rasgos intrínsecos y textuales, metáforas, aliteraciones,
tramas, tipos de narrador, etc., favorece una concepción de la literatura
que, a su vez, fomenta una cierta perspectiva social y cultural: puede
atribuírsele una noción formalista de la literatura al dar
prioridad a ciertas propiedades y organización del lenguaje y, de
este modo, insinuar que lo literario es separable de lo no literario; puede
ser acusado de subrayar que esos rasgos formales son claramente identificables
e interpretables y, por tanto, de presentar la literatura como una práctica
estable de significación y comunicación; es posible que se
diga que está empleando un modelo interpretativo, perteneciente
a un grupo social y cultural determinado, que precisa un lector ejercitado
en determinadas estrategias lectoras; lo que, a su vez, le conduzca a ser
tachado de cierto elitismo cultural y de impulsar un cierto canon en el
que no todas las obras son igualmente buenas; asimismo, puede que alguien,
finalmente, denuncie que se han descuidado los vínculos del texto
con la realidad circundante, o sus efectos en el lector.
Es verdad que no siempre se han planteado
y examinado estos diversos factores de la comunicación literaria
de manera profunda y seria. El objeto de estudio, los principios
y las metodologías de la crítica literaria no han permanecido
inalterables a lo largo de su historia. En los últimos treinta
años, en particular, se han abandonado o renovado buena parte de
sus premisas y métodos. Aunque todavía aparezca como
tema de debate, se ha dejado de lado, por imposible, cualquier intento
de definir lo literario, la literariedad: ni el lenguaje, ni la
estructura artística, ni la finalidad estética, ni la relación
intertextual con otros textos, son características que distingan
con claridad lo literario de lo no literario. Por el contrario, los
movimientos críticos más recientes han tratado de difuminar
las diferencias entre ambos tipos de escritura apelando, por ejemplo, a
que tanto una como otra son formas interrelacionadas de una misma cultura.
Así, se ha desvanecido la esperanza de la crítica literaria
hasta los años sesenta, aproximadamente, de desarrollar una disciplina
independiente, desligada de otras, con objetivos y procedimientos propios.
Y junto con ello, ha desaparecido el acuerdo y el consenso teórico
acerca de múltiples asuntos: la existencia de un significado único,
estable e interpersonal codificado en las marcas textuales de la obra literario,
la creencia en una escala que mida la calidad estética y literaria
de las obras, etc. El significado es el resultado inestable, cambiante,
de otros factores además de los formales e intrínsecos: las
circunstancias históricas, sociales y personales en que se
sitúa el lector o los modelos interpretativos a su disposición.
La noción de valor, de otro lado, no se presenta ligada a rasgos
textuales sino a consideraciones de representatividad social, cultural
o literaria. Un texto literario, dicen quienes así hacen,
es ensalzado, colocado en el canon, no ya por supuestos valores artísticos
sino por lo que representa para la historia de la literatura o la historia
en general.
Estos cambios, con la multiplicidad de
perspectivas que conlleva, no deben hacernos desesperar. Muy al contrario,
nos han de confirmar en la relevancia de la literatura y de los estudios
literarios. Cabe decir que los desacuerdos y disensiones que impiden
que la crítica literaria sea alguna vez una disciplina autónoma,
objetiva, consensuada y progresiva son los elementos que la han dado una
presencia y una vitalidad impensables hace no tanto tiempo. Más
que en ninguna otra época, la teoría literaria se ha convertido
en el verdadero lugar de confluencia y discusión de las ideas, valores
y preocupaciones que afectan al individuo y a la sociedad: el carácter
y constitución psíquica, social y cultural de la subjetividad,
la naturaleza artificial e histórica de todas y cada una de nuestras
construcciones y prácticas culturales, el problema de nuestra libertad
de acción y nuestra responsabilidad como agentes, la formación
de la identidad genérica y sexual, los conflictos sociales, económicos
y culturales que se originan por la pertenencia a minorías sexuales
o étnicas, a una clase social o a una cultura colonizada/descolonizada,
etc. La literatura y, por ende, la crítica literaria brindan
su territorio para todos estos asuntos que participan de la historia, la
sociología, la psicología, la filosofía, la lingüística
y otras áreas de conocimiento más. En la rivalidad
que, desde los principios de la civilización occidental, les enfrenta
a filósofos e historiadores, los literatos, las letras en general,
obra y crítica literarias, han vuelto a mostrarse, como proclamaba
Sidney, más comprensivos y centrales a lo humano. El
propio poeta renacentista inglés concluía su Defense of Poesie
deseando que quienes no creían en la poesía no pasasen nunca
por una serie de trances amargos; uno de ellos, terrible, el de no tener
a mano un buen soneto que aliviase sus cuitas de amor. Bien, deseemos
nosotros también que aquellos que recelan de la crítica literaria
siempre cuenten con un ensayo que ilumine su lectura de los libros y de
la vida.
Sólo unas pocas palabras más
sobre este resumen, en dos capítulos, de la crítica literaria
de Estados Unidos. En primer lugar, debemos señalar que la
brevedad de esta introducción nos ha obligado a seleccionar entre
las escuelas, movimientos y críticos; a comenzar el recorrido en
un punto determinado y a omitir nombres, ideas y, sobre todo, matices y
gradaciones. Hemos procurado, sin embargo, no olvidar ninguno de
los temas y conceptos principales de la crítica literaria de los
últimos setenta años. En segundo lugar, el hecho de
ser una historia nos ha forzado a escoger una disposición diacrónica,
de escuela en escuela, de enfoque en enfoque, de la que reconocemos sus
males y limitaciones: la tendencia a ver cada escuela o movimiento como
totalidades, más o menos homogéneas, con fecha de inicio
y de caducidad, y sin conexiones con el resto de perspectivas críticas;
dos, la repetición de temas en distintas secciones, i.e. la teoría
de Louis Althusser sobre la constitución del agente y su agencia
se cita en relación con diversos movimientos postestructuralistas;
y tres, el sacrificio de aquellos críticos de difícil o imposible
acomodo en escuelas o perspectivas definidas. Confiamos en haber
rebajado el primero de estos problemas destacando las relaciones, tanto
de enfrentamiento como de coincidencia, entre los distintos enfoques.
De otra parte, la medida contra los solapamientos ha consistido en hacerlos
reconocibles y breves. En cuanto a los sacrificados de diversa índole,
a los que apenas o ni siquiera se les nombra, la solución mejor
será pedirles disculpas y citarlos, aunque algunos ya lo hayan sido,
para dar fe de su labor y de sus méritos: F.O. Matthiessen, Kenneth
Burke, Irving Howe, Harry Levin, Murray Krieger, M.H. Abrams, Ihab Hassan,
etc.
II. El Enfoque Formalista de
la Nueva Crítica y los Aristotélicos de Chicago
Ningún otro movimiento crítico
ha ejercido posiblemente una influencia tan profunda y ha ocupado una posición
hegemónica tan duradera en los estudios literarios norteamericanos
como el denominado Nueva Crítica. Ningún otro ha estado
tan identificado con el estudio de la literatura que haya parecido durante
un largo periodo de tiempo, y aún parezcan hoy en día, aunque
sea en menor medida, que sus modos y principios no son los de una metodología
crítica entre otras sino the natural and definitive conditions
for criticism in general (Cain 105).
Esta influyente escuela parte de las ideas
acerca de la literatura y el análisis literario expresadas a principios
de la década de los años veinte por el poeta T.S. Eliot,
los críticos ingleses I.A. Richards y William Empson y los poetas
norteamericanos John Crowe Ransom y Allen Tate. El primero exige
que la atención del crítico recaiga sobre la obra como estructura
autónoma y no sobre la biografía del escritor. Richards
y su discípulo Empson subrayan el significado múltiple de
las palabras y de las relaciones que mantienen entre sí en el contexto
limitado de la obra literaria. En los escritos de Ransom y Tate ya
se encuentran el conservadurismo y la desconfianza hacia la ciencia que
definirán a los nuevos críticos. Ambos eran poetas fugitivos
y agrarios del Southern Renaissance que denunciaba la ética
tecnológica, industrial y científica imperante que alienaba
al ser humano y abogaba por una vuelta a una sociedad rural más
coherente enraizada en valores tradicionales.
A esta fase inicial de influencias y primeras
actitudes le sigue otra de desarrollo, consolidación y supremacía
en las décadas posteriores. Además de la novedad y
consistencia de su metodología, la Nueva Crítica se va a
ver favorecida, en especial tras la Segunda Guerra Mundial, por un gran
auge de los estudios literarios y una demanda creciente de ensayos y conferencias
a la que sólo es capaz de dar respuesta su tipo de análisis
e interpretación de textos, el denominado close reading o
lectura atenta. A los nombres de Ransom y Tate se añaden
los de Cleanth Brooks, Robert Pen Warren, R.P. Blackmur, René Wellek,
W.K. Wimsatt y los heterodoxos de Kenneth Burke y Yvor Winters: un grupo
heterogéneo con posturas muchas veces encontradas que puede que
nunca constituyese una escuela, según indica Wellek en un ensayo
retrospectivo, pero que comparten suficientes premisas críticas.
Les une, para comenzar, una común disconformidad hacia los enfoques
predominantes hasta entonces: 1) una crítica de carácter
impresionista sin fundamento en un análisis consistente y exhaustivo
de los elementos del texto; 2) el tipo de estudio ideológico de
los críticos de influencia marxista que olvidaba salvaguardar la
autonomía de la obra literaria frente a la realidad sociohistórica;
y 3) los diversos estudios humanistas que resaltaban las ideas y
valores morales de la literatura y las circunstancias históricas
de la obra y de su autor; datos y hechos todos ellos extrínsecos
de escasa pertinencia, a juicio de los nuevos críticos, para entender
y, más allá aún, juzgar el texto literario.
Hay que decir que Burke y Winters, no obstante, discrepan pronto de estos
dos últimos principios puramente formalistas.
Los nuevos críticos proclaman un
método formal o formalista que reduce la labor del estudioso al
mejor examen posible de los elementos textuales y estructurales de la obra.
Cualquier otro aspecto es extrínseco y debe quedar fuera de su atención.
Así, por ejemplo, no es asunto relevante de estudio la biografía
del autor; la obra terminada es independiente de su creador y poco o nada
cuentan para su análisis e interpretación su intención
o intenciones de decir, comunicar o convencer de esto o aquello.
El crítico debe cuidarse de caer en lo que W.K. Wimsatt denominó
la falacia intencional: The poem ... is detached from its author
at birth and goes about the world beyond his power to intend about it or
control it(Wimsatt 5). Las posibles intenciones del autor ni
suelen estar disponibles ni son deseables para la correcta apreciación
crítica de la obra. Otro aspecto extrínseco irrelevante,
especialmente rebatido por Allen Tate, es el efecto o los efectos emocionales,
psicológicos, morales o de cualquier otro tipo que la obra literaria
pudiera tener sobre el lector. La función didáctico-afectiva
de la literatura, su capacidad para instruir, conmover o persuadir, no
es parte de lo que define artística y estéticamente a una
obra y, por tanto, no es tarea del crítico. De serlo, se produciría
otra falacia, otro gesto crítico que falsea la realidad estética
del objeto de estudio, la Afalacia afectiva. Por medio de ella,
la Nueva Crítica pone en entredicho cualquier concepción
de la literatura como actividad cultural ligada a la sociedad y a la historia,
como práctica social vinculada a las circunstancias económicas,
culturales, ideológicas, etc.
Cleanth Brooks, así, , desaprobaba
la herejía didáctica a la que conducía el análisis
ideológico del marxismo y su inclinación a relacionar lo
estético con lo político y social. Qué
duda cabe, por otro lado, que este rechazo de las dimensiones didáctica
y afectiva lleva aparejada la pretensión de que el lector
se mantenga por encima de sus circunstancias sociohistóricas; la
obligación de que su lectura esté libre de condicionamientos
individuales y sociales. La Nueva Crítica soslaya la historicidad
del texto y del lector. Da por sentado que el significado y relevancia
de una obra, una vez concedidos, son inmutables. El mismo texto significa
lo mismo para todos los lectores sin que incida en sus interpretaciones
el contexto histórico, social y cultural en el que cada uno de ellos
lo lea. La obra literaria es inmediatamente accesible.
Su voluntad científica de
establecer una disciplina de lo estrictamente estético les hace
recelar de cualquier intento de ligar la literatura a otras disciplinas
como la filosofía, la sociología o la psicología.
Siempre mostraron una firme confianza en poder distinguir lo literario
de lo no literario, en separar la obra de estructura y fines estéticos
de otros tipos de escritura de carácter científico o didáctico.
Estaban convencidos, como asegura Wellek, de la specific nature of the
aesthetic transaction(Wellek 102). En este sentido, ni recurren
para la investigación literaria a los conocimientos que otros campos
de estudio les pudiese aportar ni, aún menos, aceptan el uso de
la obra literaria para ilustrar o ejemplificar aspectos o hechos de esas
otras disciplinas. No les parece bien que el texto literario se convierta
en documento de trabajo para el filósofo, el sociólogo o
el psicoanalista cuando tanto su creación como la experiencia que
suscita son plenamente estéticas.
Tras esta defensa de la literatura como
hecho estético, subyace el temor a que el texto literario se conciba
como un vehículo trasmisor de información, de ideas o pensamientos
y no como una obra de arte que presenta una estructura orgánica
y unificada en la que cada una de sus partes contribuye al efecto total.
Sin embargo, esta totalidad coherente es el resultado de complejas
y conflictivas interrelaciones entre sus componentes. Uno de sus
conceptos favoritos es el de tensión que alude a las oposiciones
que se establecen entre las distintas partes del texto, entre los temas,
las actitudes y el lenguaje figurado. El buen poema, que es el género
privilegiado por los nuevos críticos porque es el que mejor se acomoda
a su modelo de análisis, posee una estructura dramática en
que las posturas antitéticas y los conflictos entre actitudes dispares
logran reconciliarse en la unidad final. El crítico y el lector,
asegura Cleanth Brooks en The Well Wrought Urn (1947), tendrá
por aceptable aquel poema cuya actitud unificadora se confirma
(Brooks 255). Algunos de los términos recurrentes del vocabulario
crítico de Brooks, el principal valedor de este modelo interpretativo,
son ambivalencia, ambigüedad, tensión, ironía y paradoja.
Todos ellos rasgos y recursos de una estructura compleja en la que se incardina
el significado del poema. Para Brooks el significado es parte indisoluble
de la estructura de interacciones de la que emerge y, así pues,
comete una herejía, la herejía de la paráfrasis,
quien reduce la interpretación a resumir en unas pocas palabras
dicho significado.
El método a emplear por el intérprete
es el ya mencionado close reading o lectura atenta: el análisis
pormenorizado de las estructuras verbales del texto y de las relaciones
de contraste y de tensión que se dan entre ellas, el examen de las
características formales, metro, ritmo, rima, etc. y del lenguaje
figurado, metáfora, semejanza, símbolo, etc. Es, así
pues, un método centrado en lo textual que, según advierte
Wellek, no ha de confundirse con la explication de texte puesto que no
se contenta con el análisis formal y descriptivo sino que también
ha de conducir a un juicio de valor literario, a un standard of judgement
(Wellek 102). El close reading tiene como propósito no
sólo mostrar las propiedades que definen lo literario, la complejidad
múltiple de las interacciones entre las partes y su unificación
en una totalidad coherente, sino también constatar en qué
grado las cumple. Así, si el análisis del texto revela
un carácter dramático fuerte y unas tensiones poderosas que
finalmente se reconcilian en una estructura coherente, el crítico
no sólo habrá descrito el texto sino que habrá emitido
un juicio de valor. Le habrá colocado en el sitio preciso
de la escala que mide the value of poetry (Brooks 256). La
definición de lo literario, la metodología crítica
y la valoración estética se aúnan en la Nueva Crítica
para oponerse al relativismo y al subjetivismo en la lectura que equiparan
la obra literaria excelente y la manifiestamente inferior. Se dan,
pues, las condiciones para la existencia de un canon literario estable
integrado por aquellas obras de méritos interpersonalmente reconocidos
y dignas de ser leídas y estudiadas por el lector culto y el estudiante
de la literatura. La coincidencia del canon de los nuevos críticos
con la lista tradicional de grandes obras y autores de la cultura occidental
ha hecho que se les tache de elitistas y conservadores. Excluye los
géneros literarios más populares, los escritores de minorías
étnicas o sociales que, andando el tiempo, serán reivindicados
por movimientos críticos posteriores más contemporáneos,
así como otras tradiciones literarias distintas de la occidental.
Por otro lado, su enfoque judicial de la literatura asume no sólo
la tarea de establecer este canon sino también de preservarlo y
trasmitirlo. Se vuelven defensores y trasmisores de una determinada
tradición literaria con ciertos valores y creencias.
Esta labor de fijación y conservación
de una tradición literaria debe considerarse parte de sus misiones
pedagógicas(Leitch 38), en especial, de su cometido de enseñar
a leer e interpretar textos literarios. Su modelo de interpretación,
el close reading,con sus pautas claras acerca de qué buscar
y valorar en el texto, ha facilitado la tarea de la gran mayoría
de los profesores y alumnos en las clases de literatura. Y la sigue
facilitando porque, aunque actualmente se rechacen las líneas generales
del marco conceptual que la rodea, la metodología ideada y desarrollada
por la Nueva Crítica aún mantiene buena parte de su influencia
en lo que toca a las convenciones lectoras, a nuestras expectativas y nuestras
estrategias para esclarecer el texto literario, en particular, el poema
lírico. Continúa en uso, con frecuencia, la visión
del poema como un drama en que una persona poética, un hablante,
con actitudes contradictorias, intenta entender y resolver el problema
que le preocupa. Aún esperamos atrapar, después de
conciliar las previsibles dificultades y ambigüedades del texto, su
significado único. Todavía procuramos que todas las
partes del texto estén relacionadas entre sí formando una
estructura coherente en el que ningún elemento sobra. También,
finalmente, se sigue, a veces, señalando la complejidad del lenguaje
como signo, si no de la calidad, sí al menos, de la literariedad,
de la escritura literaria frente a la no literaria. Un legado diverso
que explica por qué, como dijimos al principio, la Nueva Crítica
ha conseguido, como ningún otro movimiento, sobrevivir de algún
modo a su declive y a su sustitución por otras teorías críticas
a partir de la década de los años sesenta.
Integrada mayoritariamente, de ahí
su nombre, por profesores de la Universidad de Chicago, la escuela
de Chicago supuso una de las dos principales tentativas contemporáneas
de disputar a los nuevos críticos su dominio en los estudios literarios.
Al igual que éstos, los críticos aristotélicos,
R.S. Crane, su principal figura y portavoz, Elder Olson, Richard McKeon,
Wayne Booth o Eugene H. Falk, están en desacuerdo con el tipo de
crítica biográfica, histórica, impresionista o afectiva
imperante en las universidades norteamericanas. Formalistas como ellos,
también propugnan un acercamiento intrínseco a las características
textuales de la obra literaria. Sin embargo, ponen reparos
a la importancia casi absoluta que la Nueva Crítica concedía
a las estructuras verbales a la hora de examinar el texto literario y que,
según denuncian, limita su método crítico al comentario
de textos individuales y, más en concreto, como ya se ha reseñado,
a textos poéticos de corta extensión. Los aristotélicos
van a subrayar, como componentes textuales de igual o más relevancia
crítica, la trama, el personaje y el pensamiento, los otros tres
elementos textuales, además de la dicción, que Aristóteles
distingue en los géneros que comenta más extensamente en
su Poética, el poema épico y la tragedia. Su elección
explica que sus investigaciones tiendan a ser estudios genéricos;
a describir y calibrar el empleo y función de los rasgos y convenciones
de un género particular presentes en un número determinado
de obras. Un método que les aleja en buena medida de la interpretación
judicial de la Nueva Crítica. La Escuela de Chicago demostró
un mayor interés por la descripción de los elementos y su
disposición en la obra que por el análisis de rasgos privilegiados
que conducían inevitablemente a un juicio de valor.
El hecho es que su modelo interpretativo
apenas mermó el éxito del propuesto por la Nueva Crítica.
Además de algún error oportunidad histórica,
el que puede considerarse su manifiesto, Critics and Criticism: Ancient
and Modern, se publica en 1952, una década más tarde
de lo que hubiese sido preciso y, de otra parte, su escasa producción
de crítica práctica, es decir, de exégesis de textos
individuales tan útiles para el aula y la publicación profesional,
a la escuela de Chicago le faltó principalmente, según señala
Vincent Leitch en American Literary Criticism from the Thirties to the
Eighties, lo que a aquella le sobró: la capacidad o habilidad
para propagar sus ideas a través de antologías y libros
de textos (Leitch 80).

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