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49.Teoría literaria norteamericana I: De la Nueva Crítica al Estructuralismo. 2
Autor: Félix Rodríguez  Rodríguez
Universidad Complutense
ISBN-84-9714-086-9
 

III.  La Teoría Arquetípica o del Mito
 

Un enemigo más temible de la Nueva Crítica fue el grupo heterogéneo de enfoques críticos basados en las relaciones del mito con la literatura.  Sus principales figuras, Richard Chase, Francis Fergusson, Philip Wheelwright, Leslie Fiedler y, en especial, el canadiense Northrop Frye que se uniría algo más tarde, no llegaron realmente a constituir una escuela sino más bien un movimiento que, aunque tuvo su periodo de mayor pujanza desde finales de los años cuarenta hasta mediados de los sesenta, alargó su vida hasta la década de los años 80.  Todos ellos comparten la opinión de que las investigaciones antropológicas, filosóficas y psicológicas sobre la persistencia en la mente humana de imágenes simbólicas, de formas y modelos míticos subconscientes y heredados, pueden ser herramientas útiles para estudiar las obras literarias.  Los investigadores antropológicos, con Sir James George Frazer y su libro The Golden Bough a la cabeza, habían ya impulsado el interés por estos temas en las primeras décadas del siglo por medio de su indagación y examen de los mitos y rituales no sólo de la Antigüedad clásica sino también prehistóricos.  Pero quien ejerce una influencia capital en este movimiento es el psicoanalista suizo, apóstata de su maestro, Sigmund Freud, Carl Gustav Jung.  A su juicio, la psique humana tiene la capacidad inherente de producir imágenes arquetípicas inmemoriales que lejos de desaparecer son heredadas por las sucesivas generaciones de hombres y mujeres.  Estos arquetipos, agrupados en lo que denomina el subconsciente colectivo, pueden aparecer en los sueños del individuo o articularse a través de los mitos.

Los críticos del mito consideran que estos arquetipos reaparecen asimismo en la literatura, si bien modificados de algún modo, en forma de tramas, personajes, temas e imágenes.  De manera que un buen conocimiento de los mitos, de su estructura y significados, permitirá al investigador ahondar en el significado de la obra literaria.  Puesto que los escritores acuden repetida e impulsivamente, indica Leslie A. Fiedler, a los símbolos arquetípicos, el crítico debe servirse de los mitos para desentrañar los significados más profundos de la obra que, de otra manera, no observaríamos (Scott 249).  Este material arquetípico no tiene por qué limitarse a mitos concretos y reconocidos.  También se adoptan como tales creencias y sentimientos culturales no conscientes que por su reiteración alcanzan una naturaleza mítica.  Este es el caso del descubrimiento por parte del propio Fiedler de arquetipos americanos en su libro Love and Death in the American Novel (1960): por ejemplo, la presencia recurrente de relaciones próximas a la homosexualidad entre los personajes masculinos de novelas como Moby Dick de Herman Melville y Huckleberry Finn de Mark Twain. 

Es Northrop Frye quien mejor ha representado las aportaciones de la crítica arquetípica a la teoría literaria.  Convencido, como él mismo asegura en la introducción a su libro más conocido, Anatomy of Criticism (1957), de que la crítica debe, además de comentarlos, clasificar los textos literarios, (Frye 29), desarrolla una teoría de los géneros basada en sus correspondencias con diversos arquetipos.  Cada género literario y cada forma literaria surgen como las diversas posibilidades que generan un número reducido de fórmulas.  Frye se propone elaborar una verdadera poética, un estudio sistemático, (17), que supere la interpretación, a la manera de la Nueva Crítica, de textos individuales y ordene el conjunto de posibilidades genéricas de la literatura.  En este sentido, Frye se adelanta a los objetivos científicos del estructuralismo de desarrollar una poética de los tipos literarios que clasifique y describa sus rasgos, recursos y convenciones más recurrentes y comunes.

Este estudio sistemático de la literatura también significa que la crítica no debe perseguir, como sí ocurre en la Nueva Crítica, los juicios de valor sobre los textos literarios.   De hecho, aclara cautelosamente Frye, la crítica nunca ha ideado a definitive technique for separating the excellent from the less excellent(Frye 20).  A pesar de todo lo cual, tanto él como el resto de los críticos del mito comparten en buena parte con los nuevos críticos un parecido enfoque intrínseco despreocupado de las relaciones del texto literario con la realidad sociohistórica, de sus efectos sobre el lector o de las intenciones y circunstancias biográficas del autor.

IV.  La Crítica Fenomenológica y los Críticos de la Conciencia
 

La crítica fenomenológica se inicia en Estados Unidos hacia la mitad de la década de los años cincuenta y se prolonga hasta los primeros años de la década de los setenta.  Supone el primer movimiento crítico, de otros que seguirán a partir de ahora, que tiene sus raíces en la filosofía europea, más en concreto, en la obra del filósofo alemán de principios del siglo XX, Edmund Husserl, fundador de la escuela fenomenológica.  La filosofía de Husserl gira alrededor del encuentro de la conciencia humana con el mundo: trata de explicar cómo son los actos de nuestra conciencia por los que conocemos la realidad fenoménica.  A su entender, aprehendemos lo dado, tal como se nos muestra, por medio de actos de conciencia intencionales: nuestra conciencia es siempre conciencia de algo y, en lugar de simplemente reflejar lo que se ofrece a ella, posee la capacidad de constituir los significados de los objetos de la realidad. 

Este concepto husserliano de las actuaciones de nuestra conciencia es el fundamento de la denominada Escuela de Ginebra que surge en los años treinta en Suiza bajo la guía de Marcel Raymond y Albert Beguin, y que alcanza su periodo de mayor influencia en la década de los cincuenta gracias a los escritos de su principal figura, George Poulet.  La labor crítica de Poulet tiene como principal propósito explorar y reconstruir, tal como se manifiesta en el conjunto de su obra, el conocimiento que del mundo lleva a cabo la conciencia del autor. Ahora bien, esta conciencia del escritor sólo puede entenderse y explicarse desde dentro y, por consiguiente, el crítico está obligado a recorrer el mismo camino seguido por la conciencia que busca recomponer.  El crítico fenomenológico es un crítico de la conciencia que para llevar a cabo su tarea debe sumergirse o identificarse de algún modo con la conciencia que intenta desentrañar.  De aquí que su discípulo más eminente en Estados Unidos, J. Hillis Miller, denominase a los estudios de Poulet la crítica de la identificación

Una de las consecuencias de esta metodología crítica es que el trabajo del crítico parece adquirir la naturaleza creativa de la obra que analiza.  La duplicación de la mente del autor en la mente del crítico, señalaba Miller en un ensayo sobre el método fenomenológico de Poulet, implica necesariamente la fusión en uno sólo de sus lenguajes respectivos.  El crítico logra reproducir en la suya la mente del escritor cuando puede escribir, alternativamente en el lenguaje del autor y en el suyo propio for the two languages have become the same (Miller 158).  De modo que se difuminan los límites entre el ensayo crítico y la obra literaria.  Por otro lado, este examen de la conciencia del autor no significa que la crítica fenomenológica considere relevante la biografía del escritor, sus intenciones o las circunstancias en las que escribe.  Lo que rodea al autor, su vida o sus experiencias, es anterior y, por tanto, distinto de su conciencia y del modo en que ésta, según emerge en la obra completa, se abre al mundo. 

Sin embargo, tanto este rechazo de lo biográfico como el desinterés que también demuestran por las relaciones de la literatura con el contexto social e histórico no les hace formalistas.  Tienden a soslayar, por irrelevante e innecesario, el lenguaje, las características textuales de temas y figuras de la obra particular así como su pertenencia genérica.  De hecho, como ya hemos hecho notar, no concentran su análisis en cada una de las obras individuales, consideradas como totalidades independientes, sino que examinan todas ellas como un conjunto indivisible en el que se plasma la conciencia única del autor.  Finalmente, queda por decir que también se apartan de la Nueva Crítica en que no entran a valorar la calidad literaria de la obra.

Además del mencionado Hillis Miller, la otra figura principal, aunque heterodoxa, de la crítica fenomenológica norteamericana es Geoffrey Hartman.  En su primer libro, The Unmediated Vision (1954), si bien presta atención a la necesidad del poeta moderno de entender la experiencia inmediata, el mundo físico de la naturaleza, demuestra una preocupación por la forma y por la singularidad de la obra individual inexistente en los círculos fenomenológicos.  Sin embargo, este lado formalista no le impidió lanzar en Beyond Formalism (1970) una dura crítica contra el formalismo imperante en los estudios literarios por producir incesantes exégesis que trataban las relaciones verbales y temáticas del texto y descuidaban la conexiones de los significados de éste con la experiencia histórica y espiritual del lector . 

V. Las Teorías de la Lectura y el Neopragmatismo.

La filosofía fenomenológica de Edmund Husserl también influyó en el cambio de orientación de la obra al lector propugnado por un amplio y heterogéneo grupo de críticos a partir de la década de los 60.   Si los críticos de la conciencia pretenden describir las relaciones entre la mente o cogito del autor y el mundo, la teoría del lector, o reader-response theory, trata de explicar la interacción el lector con el texto literario.  En lugar, por tanto, de centrarse en el análisis de los rasgos intrínsecos del texto, como pide la crítica formalista,  los críticos de la lectura optan por examinar las estrategias, mecanismos y operaciones interpretativas que se ponen en marcha durante la lectura.

 A este respecto, la interpretación y el significado de la obra se asimilan a la propia experiencia lectora.  Es del proceso lector, de las relaciones que en él se producen entre el texto y los procedimientos y modelos interpretativos que trae el lector, de donde surge el significado y no, según quería la Nueva Crítica, de la marcas inscritas en la estructura verbal y temática del texto.  Por otra parte, la noción de literariedad,que distingue el texto literario del no literario, no se sitúa ya en las propiedades singulares del lenguaje literario, ni en la finalidad estética del conjunto orgánico que forman los elementos del texto, sino en la respuesta del lector a la que la obra le obliga.  Es esta participación activa del lector la que realmente describe lo literario.

Resulta difícil asignar a la crítica de la lectura el calificativo de escuela no sólo por los enfoques diversos de sus teóricos más conocidos, Stanley Fish, Norman Holland o  David Bleich, sino porque, además, otras metodologías o tendencias, la crítica feminista, la crítica psicoanalítica o, en especial, el estructuralismo, también han incorporado a sus postulados esta nueva centralidad del lector en la comunicación literaria.  La primera posición teórica de Fish es la que él mismo denominó en un artículo de 1970, Literature in the Reader: Affective Stylistics, la estilística afectiva.  Un término que nos remite a la herejía denostada por W.K. Wimsatt, la falacia afectiva, es decir, el error de conceder importancia crítica a la respuesta del lector, a sus reacciones durante la experiencia de la lectura o a los efectos de ésta sobre él.  Para Fish, en cambio, son los aspectos intrínsecos los que deben ocupar un segundo lugar tras el agente que  lee y responde al texto.

En dicho artículo, su noción de la figura del lector y su descripción del equipamiento literario y cultural con que se enfrenta al texto literario no estaban suficientemente elaboradas.  Aludía al que llama lector informado, un lector real que reunía la competencia literaria mínima para hacer frente al desafío que le plantea el texto.  Sólo más tarde, en Interpreting the Variorum (1976), ante los ataques recibidos por la falta de definición de su propuesta  y tras la presentación de poéticas de la lectura, como la descrita por el estructuralista Jonathan Culler en Structuralist Poetics (1975), propuso su concepto de las comunidades interpretativas.  Cada comunidad interpretativa está compuesta por aquellos que poseen estrategias interpretativas similares y, por tanto, leen o escriben, como prefiere decir Fish para subrayar el papel determinante del lector en la constitución del significado, un mismo texto de manera coincidente: Interpretative communities are made up of those who share interpretative strategies not for reading (in the conventional sense) but for writing texts, for constituting their properties and assigning their intentions (Fish 482).  Si diferentes lectores coinciden en una misma interpretación, si creen que han leído el mismo texto, se debe a que pertenecen a la misma comunidad (Fish 482).  De manera inversa, si sus significados divergen es porque son miembros de diferentes comunidades.  No existen textos fijos con significados estables codificados en sus estructuras y formas que el lector extrae sino estrategias interpretativas, anteriores a la propia lectura, que producen textos y significados: In my model, however, meanings are not extracted but made and made not by encoded forms but by interpretative strategies that call forms into being (Fish 485).

El concepto de comunidades interpretativas, como el mismo Fish admite, hace desaparecer el texto (Fish 485) en tanto que no parece que las marcas textuales puedan ejercer control alguno sobre la producción del significado.  Y es en este punto donde precisamente discrepa su versión de la teoría del lector representada por el crítico alemán de la Escuela de Constanza, Wolfgang Iser.  Para éste, la estructura indeterminada con huecos del texto permite la participación activa del lector.  A medida que avanza en su lectura, y teniendo presente la información que ya haya obtenido hasta ese momento así como las expectativas sobre lo que aún le resta por leer, el lector implicado va ajustando, corrigiendo, reformulando, etc. su constitución del significado del texto.  Sin embargo, y si bien Iser no es muy claro al respecto, este modelo de lectura sí parece poner ciertos límites a la libertad del lector para concretizar el texto al insinuar que los huecos que ha de rellenar están ya inscritos en dicho texto.  Es por medio de su estructura, afirma en un ensayo titulado Indeterminacy and the Reader=s Response (1971), que los textos literarios nos guían continuamente a las projections of meaning (Iser 45) que realizamos durante la lectura. 

A partir de la década de los ochenta, a Fish se le ha identificado con la emergente filosofía neopragmática  y anti-fundacionalista de Richard Rorty.  Para  Rorty no existe una base última para el conocimiento de la realidad o de la Verdad.  Nuestro conocimiento está ligado a enunciados linguísticos cuya veracidad no se ancla en sus conexiones evidentes con el mundo referencial.  Lo cual plantea serios problemas en la interpretación y el entendimiento del significado de los textos, ya que no queda claro que ni el texto ni la realidad pongan límite a la interpretación de las proposiciones o descripciones del lenguaje.  El único remedio para que se den las condiciones de una comunicación interpersonal reside, a juicio de Rorty, en sustituir la noción de objetividad por la de solidaridad: los significados compartidos se alcanzan por medio de la persuasión entre los miembros de una comunidad libre.  Las restricciones a nuestra interpretaciones, sostiene en Consequences of Pragmatism (1982), no provienen de la naturaleza de los objetos, del pensamiento o del lenguaje sino de los significados libremente asumidos, a través del consenso y del convencimiento, por dicha comunidad. 

Como puede apreciarse, estas comunidades de significados solidarios se asemejan a las comunidades interpretativas de Fish en tanto que, fundamentalmente, la interpretación no se basa en el texto sino en estrategias colectivamente aceptadas.  Fish, según declara en su ensayo Rhetoric de Doing What Comes Naturally (1989), comparte la postura  neopragmática y antiesencialista de Richard Rorty que rechaza cualquier visión totalizadora y fija, cualquier metodología o teoría que crea poseer la medida de lo verdadero y correcto, y, por el contrario, confirma una condición epistemológica y cultural inestable siempre abierta a las revisiones y reinterpretaciones del contexto y lo contingente.  Tanto la Verdad como la interpretación de los textos depende de elementos retóricos como las circunstancias de la recepción, la comunidad interpretativa, la persuasión, el consenso y la conveniencia. 

Este relativismo afecta también a la formación y al cambio de las comunidades interpretativas.  Las comunidades se forman y modifican por cualquier causa.  No son consecuencia de decisiones ordenadas: ni protegen un status quo existente ni promueven uno nuevo.  De manera, pues, que parecen ser independientes, de algún modo, de las circunstancias históricas, sociales y políticas: una descripción que desató una dura reacción por parte, especialmente, de los críticos de izquierdas interesados en resaltar las relaciones no sólo del texto literario sino también de las estrategias y modelos interpretativos con la realidad circundante.  Para Fish, en cambio, tras esta insistencia en subrayar la influencia de la estructura social y el momento histórico están las creencias erróneas en la existencia de teorías mejores que otras y, segundo, en la posibilidad de controlar la práctica, la lectura, desde la teoría.

Otro aspecto polémico, en especial cuando hacia 1980 se inicia la revisión del canon y del significado de lo literario por parte de movimientos como los estudios culturales y el multiculturalismo, es dilucidar qué valores y prácticas culturales y literarias representan las nociones de comunidad solidaria de Rorty y de comunidades interpretativas de Fish.  A Rorty se le ha achacado, alguna vez, el etnocentrismo de su comunidad basada preferentemente en los principios y supuestos de una cierta clase media liberal y occidental.  A Fish se le imputa su nulo interés por modificar el canon literario tradicional.  La constitución y las estrategias de sus comunidades interpretativas se corresponden con los valores y formas reconocidas de dicho canon.

Las otras dos figuras centrales de la teoría del lector en Estados Unidos son Norman Holland y David Bleich.  El primero, en libros como The Dynamics of Literary Response (1968) o Poems in Persons (1972),  trata de elaborar en la década de los setenta un modelo psicoanalítico que explique la manera en que la personalidad particular del lector responde al texto.  La lectura permite al lector recrear su identidad: proyectar su personalidad en la obra y transformar sus deseos de placer y sus miedos por medio de la transacción que mantiene con ella.  Puesto que no se dan dos personalidades iguales y, por tanto, cada respuesta es distinta de cualquier otra, no es posible la existencia de reglas o guías interpretativas interpersonales.  Por su parte, Bleich centró sus esfuerzos en ligar la teoría del lector a la enseñanza de la literatura.  Su libros  Readings and Feelings (1975) y Subjective Criticism (1978) postulan cambios en las instituciones académicas y en el aula.  Bleich propone una pedagogía de signo claramente subjetivo en la que lo que más cuenta son las respuestas personales del lector a la obra.  Yendo quizá algo más lejos que Fish o Holland, a pesar de que en el segundo de sus libros conceda un cierto margen de influencia a las restricciones sociales y grupales, Bleich rechaza la posibilidad de una lectura objetiva del texto y aboga por la presencia activa en la interpretación de los afectos e intereses individuales del lector.  Como ocurría en Fish, el texto vuelve a desaparecer, aunque en este caso, más que a estrategias interpretativas comunes, se deba a experiencias lectoras subjetivas e individuales.