- El rincón del poeta
- Relatos breves
- Libros digitales
- Trabajos de investigación
 
 
Cultura en general (museos, exposiciones, patrimonio, etc...)
Enseñanza de español y didáctica de otras lenguas
Cooperación, igualdad, dependencia, desarrollo, etc.
Publicaciones e información sobre el mundo del libro.
 
 
Publicar en Liceus
Literaturas extranjeras



 
 
49.Teoría literaria norteamericana I: De la Nueva Crítica al Estructuralismo. 3
Autor: Félix Rodríguez  Rodríguez
Universidad Complutense
ISBN-84-9714-086-9
 

VI. Hermenéutica y Estética de la Recepción.
 

La decisión de presentar conjuntamente estas dos metodologías críticas, que suelen explicarse por separado, se funda en que ambas proceden de la renovación que los filósofos alemanes Martin Heidegger y Hans Gadamer llevan a cabo de la tradición hermenéutica germánica representada por el autor romántico Friedrich Schleiermacher.  Éste había proclamado la necesidad y la posibilidad de que el intérprete de un texto del pasado salvase la distancia histórica que le separaba de él y su significado primero.  Una premisa que niega la noción de círculo hermenéutico de Heidegger: todas y cada una de nuestras experiencias y actos de conocimiento están permeados por nuestro Welt, por el mundo histórico en el que habitamos.  Tal es así, que siempre nos resultará imposible reconstruir de manera certera cualquier texto del pasado.  Nuestra interpretación no podrá evitar estar teñida por el mundo presente desde el que nos acerquemos.  No podemos dejar en suspenso o anular nuestra situación temporal distinta y distante de la del texto que queremos conocer.  Gadamer acepta esta atadura temporal del intérprete pero no la considera un hecho que necesariamente deteriore sus actos hermenéuticos.  Los valores de sus tiempo, sus creencias y prejuicios no sólo no tienen por qué entorpecer el encuentro entre el intérprete y el texto del pasado sino que, muy al contrario, lo enriquecen ya que lo que importa, dice, es la interacción, el diálogo, entre los dos, lo que él mismo denomina la fusión de horizontes.  Por más que estemos insertos en unas circunstancias sociohistóricas específicas, somos capaces de entender valores y percepciones del pasado.

Es el crítico también alemán Hans-Robert Jauss quien, a finales de los los años sesenta, aplica con mayor provecho y repercusión esta nueva hermenéutica a la teoría literaria.  El término más representativo de su teoría es el de horizonte de expectativas, el cual incluye las normas y criterios a los que recurre el público lector en cada periodo histórico a fin de leer y valorar los textos literarios.  Este concepto implica que cada periodo literario lee una obra de distinta manera; supone que el significado de una obra no es intemporal e inmediatamente accesible sino que varía con las modificaciones en las expectativas que presenten los diversos contextos culturales.  No existe un significado siempre igual y disponible, sólo una variedad interminable de lecturas y significados que puede ser estudiada por medio de una historia o estética de la recepción que recoja las diferentes interpretaciones de la obra a lo largo de la tradición literaria.  El crítico, o quizá más bien, el historiador de la literatura, reconstruye el horizonte de expectativas de cada época y descubre cómo el lector del momento entendió la obra (Jauss 90).

Esta nueva hermenéutica provocó en Estados Unidos, desde finales de los sesenta hasta mediados de los ochenta, un interesante debate crítico entre seguidores y detractores.  En su libro Hermeneutics: Interpretation Theory in Schleiermacher, Dilthey, Heidegger, and Gadamer (1969), Robert Palmer se ponía del lado de Gadamer y Jauss.  Él también creía evidente que la lectura suscita un diálogo entre el texto, producto de unas circunstancias históricas que es preciso asumir, y el lector enclavado en una determinada situación temporal.  En lugar de esforzarse por recuperar el significado histórico del texto, su significado cuando se escribió o su primer horizonte de expectativas, es preciso examinar las relaciones de sentido que surgen entre la obra y los intereses e intenciones del lector anclado en su propia historicidad. 

E.D. Hirsch, por su parte, no acepta las conclusiones de este vuelco hermenéutico que nos incapacita para aproximarnos a la historia original de la obra y, por contra, nos aprisiona en nuestra propia historicidad.  A su juicio, si las asumiésemos, derivaríamos hacia una arbitrariedad  interpretativa que haría peligrar no sólo el significado original de la obra sino también la posibilidad de acordar entre todos, o la mayoría, una metodología hermenéutica común, unos normative principles of interpretation (Hirsch 246).  A fin de alcanzar, afirma en su conocido ensayo Three Dimensions of Hermeneutics (1972), un espacio de acuerdo teórico que nos libre del relativismo de las infinitas interpretaciones personales y contingentes, propone distinguir entre meaning y significance, entre significado y significación.  El primer término, un principio de estabilidad, se corresponde, básicamente, con la intención original de autor, con lo que el autor trataba de expresar o creía estar expresando en su obra.  El segundo, un principo de cambio, incluye todas aquellas otras interpretaciones constituidas por la proyección de los intereses personales y del contexto histórico del lector.  El texto representa un significado definido, estable e igual para todos los intérpretes, que, después, el intérprete particular puede relacionar con sus propias circunstancias dando lugar a  significaciones que ya no son interpersonales.  Frente a la sucesión ilimitada de estas significaciones históricas e individuales, el significado inmutable e interpersonal nos asegura la posesión de normas interpretativas comunes y, así pues, la pertenencia a una misma empresa hermenéutica.  Para Hirsch, esta hermenéutica de la recuperación, que preserva el significado original de la obra, requiere del crítico o del intérprete el imperativo ético de escapar de los límites estrechos de su propia historia y respetar la intención del autor.   Sólo así se restablecerá el consenso crítico y se respetarán los viejos principios hermenéuticos: la premisa de que no todas las interpretaciones son igualmente correctas y aceptables y, por otro lado, la certeza de que es posible descubrir el mejor significado (Hirsch 261); que no es otro que el original. 

La hermenéutica de la recuperación de Hirsch ha sido fuertemente contestada; entre otras razones, porque su insistencia en reconstruir una intención original, alejada de las preocupaciones del lector, rebaja la capacidad vigorosa de la obra literaria para suscitar el interés de otros lectores que no sean los contemporáneos a ella, para entablar un diálogo fértil con otros contextos históricos.  De otra parte, aunque el propósito sea el mismo, esto es, evitar el relativismo y el subjetivismo en la interpretación literaria, Hirsch se aparta de la Nueva Crítica al rescatar para alcanzarlo un aspecto, la intención del autor, que los nuevos críticos consideran extrínseco y, por consiguiente, irrelevante y perjudicial.

VII. La Crítica Estructuralista Norteamericana

El estructuralismo europeo, en especial el francés, llega a Estados Unidos en los últimos años sesenta y se difunde con cierto éxito y repercusión durante aproximadamente una década.  El escenario crítico del país se abre a las enseñanzas y teorías de estudiosos de la talla e influencia de los franceses Roland Barthes, Gerard Genettte, Michel Foucault, Louis Althusser o Claude Lévi-Strauss y del que fuese miembro del Formalismo ruso, Roman Jakobson.  Si bien algunos de ellos pertenecen a campos distintos del de los estudios literarios, la antropología (Lévi-Strauss), la historia y la cultura (Foucault) o la teoría marxista (Althuser), sus trabajos de este periodo estructuralista parten de las conclusiones sobre la naturaleza y el funcionamiento de la lengua del lingüista suizo Ferdinand Saussure.  En su libro Curso de lingüística general,  Saussure concibe la lengua como un sistema integrado por unidades interrelacionadas, es decir, como una estructura en la que sus elementos se combinan y ordenan siguiendo ciertos principios que son, precisamente, el objeto de estudio del lingüista.   De manera semejante, la crítica literaria estructuralista entiende la literatura como un sistema del que es posible y preciso analizar sus componentes, desde los más sencillos a los más complejos, desde la oración hasta las obras particulares y los géneros literarios, y las relaciones que mantienen entre sí.  Aquel estudio literario, afirma Robert Scholes en Structuralism in Literature (1974), uno de los libros que sientan las bases del estructuralismo en Estados Unidos, que se detenga en las relaciones entre las unidades sistemáticas de la estructura que es la literatura será estructuralista (Scholes 10).  De otro lado, si Saussure distingue entre langue y parole, entre la lengua como el sistema de signos y el habla como las realizaciones particulares de dicho sistema, y afirma que el objeto de estudio de la lingüística debe ser la primera, los críticos estructuralistas atienden, de igual modo, a la configuración general del sistema de la literatura y sus subsistemas, los géneros, y no a sus manifestaciones particulares.  Abordan los códigos, recursos, técnicas y convenciones, las poéticas en suma, de la literatura general y de los diversos géneros en particular y dejan a un lado el análisis del texto literario individual.  Algo que, a pesar de ser ambos métodos básicamente formalistas, les diferencia de la Nueva Crítica y su lectura atenta de los recursos estilísticos y semánticos del poema particular.

Otro concepto de la lingüística de Saussure que influye en la metodología estructuralista es el que afirma que el significado de los signos deriva de su pertenencia al sistema de convenciones de la lengua.  La literatura compone un sistema igual de convenciones, de elementos recurrentes, que son los que en gran parte generan los significados y los efectos que la obra individual pueda producir.  Cada obra singular se construye con recursos artísticos, relacionados y estructurados por el estudioso en una gramática de la literatura, o en las diversas gramáticas o poéticas de los diferentes géneros, que son los que ayudan en gran medida a que signifique esto o aquello y afecte de esta o aquella manera al lector.  No es, así pues, el estructuralista un método hermenéutico interesado en recuperar, en desvelar el significado hasta entonces oculto de una obra dada, sino que pretende hallar y explicar las características, presentes en multitud de obras similares, que hacen posible ese significado.  No es tanto el significado, que ya incluso se conocería, su propósito sino los elementos que han dado lugar a él y que, por regla general, son comunes a obras de la misma clase.

Desde esta posición poética y no hermenéutica, algunos críticos estructuralistas, como Jonathan Culler, se han ocupado, en paralelo a los estudios de la teoría del lector, no tanto de sistematizar las propiedades y estructuras formales y temáticas de los textos como de los códigos o modelos interpretativos que el lector activa durante la lectura.  A la poética de los géneros literarios se añade la poética de la lectura.  El significado y los efectos de un texto son, en definitiva, los que los lectores extraen y experimentan y, así pues, importa descubrir y describir las estrategias lectoras de que se sirve el lector gracias a su competencia literaria.  Culler dedica sendos capítulos de su libro Structuralist Poetics (1975) a los sistemas de convenciones lectoras que operan en la lectura de textos líricos y narrativos. 

El estructuralismo ha sobresalido por su contribución al tipo de literatura, la narrativa, que mejor parecía adaptarse a sus métodos críticos.  Tal es así que, como señala Scholes, es posible calibrar con claridad las virtudes y las limitaciones del estructuralismo examinando su tratamiento de la literatura narrativa, su poética de la ficción (Scholes 59).  Buena parte de los estructuralistas, entre ellos los norteamericanos Seymour Chapman, Story and Discourse: Narrative Structure in Fiction and Film (1978),  y Gerald Prince, Narratology: The Form and Functioning of Narrative (1982), dieron un gran empuje al desarrollo de la narratología estudiando detalladamente el valor y función de los diversos componentes narrativos: los diferentes tipos de trama, las distintas maneras de presentación y focalización de la historia narrada a través de diversos narradores en circunstancias espaciales y temporales varias y con grados desiguales de conocimiento, etc.  Cabe decir que sus esfuerzos han colaborado a que la narrativa ocupe en los estudios literarios de las últimas décadas el lugar central que había sido propiedad de la poesía.  Existe el convencimiento, según asegura Culler en su  libro, Literary Theory: A Very Short Introduction (1997), entre las tendencias críticas y culturales recientes de que es a través, principalmente, de las narraciones como percibimos y entendemos la realidad que nos rodea.  La narratología, por este papel intermediario de nuestras ficciones, nos lleva a interrogarnos acerca de la verdad o carácter ilusorio de las representaciones narrativas; sobre su poder para aproximarnos a la verdad de las cosas o, por el contrario, su poder para distorsionar y manipular la realidad. 

El enfoque esencialmente formalista del estructuralismo sufrió los embates de la crítica marxista por aislar la obra literaria del trasfondo político, económico, cultural e ideológico que reflejan y trasmiten.  Sus sistemas de códigos y convenciones, bien del texto literario, bien de la lectura, soslayaban las relaciones de la literatura y del lector con el contexto socioeconómico.  A la vez, esa misma pretensión científica de lograr una descripción sistemática del funcionamiento y mecanismos de significación de la literatura mereció el rechazo de los postestructuralistas.  El postestructuralismo, que más que una redifinición del estructuralismo es su superación, va a cuestionar el establecimiento de epistemologías consistentes y totalizadoras.
 
 


BIBLIOGRAFÍA                                   ENLACES DE INTERÉS