VI.
Hermenéutica y Estética de la Recepción.
La decisión de presentar conjuntamente
estas dos metodologías críticas, que suelen explicarse por
separado, se funda en que ambas proceden de la renovación que los
filósofos alemanes Martin Heidegger y Hans Gadamer llevan a cabo
de la tradición hermenéutica germánica representada
por el autor romántico Friedrich Schleiermacher. Éste
había proclamado la necesidad y la posibilidad de que el intérprete
de un texto del pasado salvase la distancia histórica que le separaba
de él y su significado primero. Una premisa que niega la noción
de círculo hermenéutico de Heidegger: todas y cada una de
nuestras experiencias y actos de conocimiento están permeados por
nuestro Welt, por el mundo histórico en el que habitamos.
Tal es así, que siempre nos resultará imposible reconstruir
de manera certera cualquier texto del pasado. Nuestra interpretación
no podrá evitar estar teñida por el mundo presente desde
el que nos acerquemos. No podemos dejar en suspenso o anular nuestra
situación temporal distinta y distante de la del texto que queremos
conocer. Gadamer acepta esta atadura temporal del intérprete
pero no la considera un hecho que necesariamente deteriore sus actos hermenéuticos.
Los valores de sus tiempo, sus creencias y prejuicios no sólo no
tienen por qué entorpecer el encuentro entre el intérprete
y el texto del pasado sino que, muy al contrario, lo enriquecen ya que
lo que importa, dice, es la interacción, el diálogo, entre
los dos, lo que él mismo denomina la fusión de horizontes.
Por más que estemos insertos en unas circunstancias sociohistóricas
específicas, somos capaces de entender valores y percepciones del
pasado.
Es el crítico también alemán
Hans-Robert Jauss quien, a finales de los los años sesenta, aplica
con mayor provecho y repercusión esta nueva hermenéutica
a la teoría literaria. El término más representativo
de su teoría es el de horizonte de expectativas, el cual
incluye las normas y criterios a los que recurre el público lector
en cada periodo histórico a fin de leer y valorar los textos literarios.
Este concepto implica que cada periodo literario lee una obra de distinta
manera; supone que el significado de una obra no es intemporal e inmediatamente
accesible sino que varía con las modificaciones en las expectativas
que presenten los diversos contextos culturales. No existe un significado
siempre igual y disponible, sólo una variedad interminable de lecturas
y significados que puede ser estudiada por medio de una historia o estética
de la recepción que recoja las diferentes interpretaciones de la
obra a lo largo de la tradición literaria. El crítico,
o quizá más bien, el historiador de la literatura, reconstruye
el horizonte de expectativas de cada época y descubre cómo
el lector del momento entendió la obra (Jauss 90).
Esta nueva hermenéutica provocó
en Estados Unidos, desde finales de los sesenta hasta mediados de los ochenta,
un interesante debate crítico entre seguidores y detractores.
En su libro Hermeneutics: Interpretation Theory in Schleiermacher, Dilthey,
Heidegger, and Gadamer (1969), Robert Palmer se ponía del lado de
Gadamer y Jauss. Él también creía evidente que
la lectura suscita un diálogo entre el texto, producto de unas circunstancias
históricas que es preciso asumir, y el lector enclavado en una determinada
situación temporal. En lugar de esforzarse por recuperar el
significado histórico del texto, su significado cuando se escribió
o su primer horizonte de expectativas, es preciso examinar las relaciones
de sentido que surgen entre la obra y los intereses e intenciones del lector
anclado en su propia historicidad.
E.D. Hirsch, por su parte, no acepta las
conclusiones de este vuelco hermenéutico que nos incapacita para
aproximarnos a la historia original de la obra y, por contra, nos aprisiona
en nuestra propia historicidad. A su juicio, si las asumiésemos,
derivaríamos hacia una arbitrariedad interpretativa que haría
peligrar no sólo el significado original de la obra sino también
la posibilidad de acordar entre todos, o la mayoría, una metodología
hermenéutica común, unos normative principles of interpretation
(Hirsch 246). A fin de alcanzar, afirma en su conocido ensayo Three
Dimensions of Hermeneutics (1972), un espacio de acuerdo teórico
que nos libre del relativismo de las infinitas interpretaciones personales
y contingentes, propone distinguir entre meaning y significance, entre
significado
y significación. El primer término, un principio
de estabilidad, se corresponde, básicamente, con la intención
original de autor, con lo que el autor trataba de expresar o creía
estar expresando en su obra. El segundo, un principo de cambio, incluye
todas aquellas otras interpretaciones constituidas por la proyección
de los intereses personales y del contexto histórico del lector.
El texto representa un significado definido, estable e igual para todos
los intérpretes, que, después, el intérprete particular
puede relacionar con sus propias circunstancias dando lugar a significaciones
que ya no son interpersonales. Frente a la sucesión ilimitada
de estas significaciones históricas e individuales, el significado
inmutable e interpersonal nos asegura la posesión de normas interpretativas
comunes y, así pues, la pertenencia a una misma empresa hermenéutica.
Para Hirsch, esta hermenéutica de la recuperación,
que preserva el significado original de la obra, requiere del crítico
o del intérprete el imperativo ético de escapar de los límites
estrechos de su propia historia y respetar la intención del autor.
Sólo así se restablecerá el consenso crítico
y se respetarán
los viejos principios hermenéuticos: la premisa
de que no todas las interpretaciones son igualmente correctas y aceptables
y, por otro lado, la certeza de que es posible descubrir el mejor significado
(Hirsch 261); que no es otro que el original.
La hermenéutica de la recuperación
de Hirsch ha sido fuertemente contestada; entre otras razones, porque su
insistencia en reconstruir una intención original, alejada de las
preocupaciones del lector, rebaja la capacidad vigorosa de la obra literaria
para suscitar el interés de otros lectores que no sean los contemporáneos
a ella, para entablar un diálogo fértil con otros contextos
históricos. De otra parte, aunque el propósito sea
el mismo, esto es, evitar el relativismo y el subjetivismo en la interpretación
literaria, Hirsch se aparta de la Nueva Crítica al rescatar para
alcanzarlo un aspecto, la intención del autor, que los nuevos críticos
consideran extrínseco y, por consiguiente, irrelevante y perjudicial.
VII. La Crítica Estructuralista
Norteamericana
El estructuralismo europeo, en especial
el francés, llega a Estados Unidos en los últimos años
sesenta y se difunde con cierto éxito y repercusión durante
aproximadamente una década. El escenario crítico del
país se abre a las enseñanzas y teorías de estudiosos
de la talla e influencia de los franceses Roland Barthes, Gerard Genettte,
Michel Foucault, Louis Althusser o Claude Lévi-Strauss y del que
fuese miembro del Formalismo ruso, Roman Jakobson. Si bien algunos
de ellos pertenecen a campos distintos del de los estudios literarios,
la antropología (Lévi-Strauss), la historia y la
cultura (Foucault) o la teoría marxista (Althuser), sus trabajos
de este periodo estructuralista parten de las conclusiones sobre la naturaleza
y el funcionamiento de la lengua del lingüista suizo Ferdinand Saussure.
En su libro Curso de lingüística general, Saussure concibe
la lengua como un sistema integrado por unidades interrelacionadas, es
decir, como una estructura en la que sus elementos se combinan y ordenan
siguiendo ciertos principios que son, precisamente, el objeto de estudio
del lingüista. De manera semejante, la crítica
literaria estructuralista entiende la literatura como un sistema del que
es posible y preciso analizar sus componentes, desde los más sencillos
a los más complejos, desde la oración hasta las obras particulares
y los géneros literarios, y las relaciones que mantienen entre sí.
Aquel estudio literario, afirma Robert Scholes en Structuralism in Literature
(1974),
uno de los libros que sientan las bases del estructuralismo en Estados
Unidos, que se detenga en las relaciones entre las unidades sistemáticas
de la estructura que es la literatura será estructuralista (Scholes
10). De otro lado, si Saussure distingue entre langue y parole, entre
la lengua como el sistema de signos y el habla como las realizaciones particulares
de dicho sistema, y afirma que el objeto de estudio de la lingüística
debe ser la primera, los críticos estructuralistas atienden, de
igual modo, a la configuración general del sistema de la literatura
y sus subsistemas, los géneros, y no a sus manifestaciones particulares.
Abordan los códigos, recursos, técnicas y convenciones, las
poéticas en suma, de la literatura general y de los diversos
géneros en particular y dejan a un lado el análisis del texto
literario individual. Algo que, a pesar de ser ambos métodos
básicamente formalistas, les diferencia de la Nueva Crítica
y su lectura atenta de los recursos estilísticos y semánticos
del poema particular.
Otro concepto de la lingüística
de Saussure que influye en la metodología estructuralista es el
que afirma que el significado de los signos deriva de su pertenencia al
sistema de convenciones de la lengua. La literatura compone un sistema
igual de convenciones, de elementos recurrentes, que son los que en gran
parte generan los significados y los efectos que la obra individual pueda
producir. Cada obra singular se construye con recursos artísticos,
relacionados y estructurados por el estudioso en una gramática de
la literatura, o en las diversas gramáticas o poéticas de
los diferentes géneros, que son los que ayudan en gran medida a
que signifique esto o aquello y afecte de esta o aquella manera al lector.
No es, así pues, el estructuralista un método hermenéutico
interesado en recuperar, en desvelar el significado hasta entonces
oculto de una obra dada, sino que pretende hallar y explicar las características,
presentes en multitud de obras similares, que hacen posible ese significado.
No es tanto el significado, que ya incluso se conocería, su propósito
sino los elementos que han dado lugar a él y que, por regla general,
son comunes a obras de la misma clase.
Desde esta posición poética
y no hermenéutica, algunos críticos estructuralistas, como
Jonathan Culler, se han ocupado, en paralelo a los estudios de la teoría
del lector, no tanto de sistematizar las propiedades y estructuras formales
y temáticas de los textos como de los códigos o modelos interpretativos
que el lector activa durante la lectura. A la poética de los
géneros literarios se añade la poética de la lectura.
El significado y los efectos de un texto son, en definitiva, los que los
lectores extraen y experimentan y, así pues, importa descubrir y
describir las estrategias lectoras de que se sirve el lector gracias a
su competencia literaria. Culler dedica sendos capítulos de
su libro Structuralist Poetics (1975) a los sistemas de convenciones
lectoras que operan en la lectura de textos líricos y narrativos.
El estructuralismo ha sobresalido por
su contribución al tipo de literatura, la narrativa, que mejor parecía
adaptarse a sus métodos críticos. Tal es así
que, como señala Scholes, es posible calibrar con claridad las virtudes
y las limitaciones del estructuralismo examinando su tratamiento de la
literatura narrativa, su poética de la ficción (Scholes 59).
Buena parte de los estructuralistas, entre ellos los norteamericanos Seymour
Chapman, Story and Discourse: Narrative Structure in Fiction and Film
(1978), y Gerald Prince, Narratology: The Form and Functioning
of Narrative (1982), dieron un gran empuje al desarrollo de la narratología
estudiando detalladamente el valor y función de los diversos componentes
narrativos: los diferentes tipos de trama, las distintas maneras de presentación
y focalización de la historia narrada a través de diversos
narradores en circunstancias espaciales y temporales varias y con grados
desiguales de conocimiento, etc. Cabe decir que sus esfuerzos han
colaborado a que la narrativa ocupe en los estudios literarios de las últimas
décadas el lugar central que había sido propiedad de la poesía.
Existe el convencimiento, según asegura Culler en su libro,
Literary
Theory: A Very Short Introduction (1997), entre las tendencias críticas
y culturales recientes de que es a través, principalmente, de las
narraciones como percibimos y entendemos la realidad que nos rodea.
La narratología, por este papel intermediario de nuestras ficciones,
nos lleva a interrogarnos acerca de la verdad o carácter ilusorio
de las representaciones narrativas; sobre su poder para aproximarnos a
la verdad de las cosas o, por el contrario, su poder para distorsionar
y manipular la realidad.
El enfoque esencialmente formalista del
estructuralismo sufrió los embates de la crítica marxista
por aislar la obra literaria del trasfondo político, económico,
cultural e ideológico que reflejan y trasmiten. Sus sistemas
de códigos y convenciones, bien del texto literario, bien de la
lectura, soslayaban las relaciones de la literatura y del lector con el
contexto socioeconómico. A la vez, esa misma pretensión
científica
de lograr una descripción sistemática del funcionamiento
y mecanismos de significación de la literatura mereció el
rechazo de los postestructuralistas. El postestructuralismo, que
más que una redifinición del estructuralismo es su superación,
va a cuestionar el establecimiento de epistemologías consistentes
y totalizadoras.
BIBLIOGRAFÍA
ENLACES
DE INTERÉS

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