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50: Teoría Literaria Norteamericana II: De la Deconstrucción hasta Nuestros Días.1
Félix Rodríguez  Rodríguez
Universidad Complutense
ISBN-84-9714-084-2
 

THESAURUS:
Agencia, Aporía, Arqueología, Base, Canon, Centro/Margen, Clase, Crítica Afroamericana, Crítica cultural, Crítica feminista, Crítica homosexual, Crítica marxista, Crítica psicoanalítica, Deconstrucción, Écriture fémenine, Esencialista, Estudios culturales, Estudios de lo blanco, Estudios étnicos, Estudios de género, Estudios postcoloniales, Falogocentrismo, Genealógico, Ginocrítica, Habla/Escritura, Hegemonía, Hermenéutica de la sospecha, Heterosexual/Homosexual, Híbrido, Identidad, Ideología, Indeterminación, Intelectuales de Nueva York, Interpelación, Intertextualidad, Logocentrismo, Masculino/Femenino, Minoría, Modelo neurótico de creatividad, Muerte del autor, Multiculturalismo, Neohistoricismo, Patriarcal, Performativo, Postestructuralismo, Postmodernismo, Raza, Retórica, Subalterno, Sujeto, Teoría, Textualidad, Superestructura, Valor. 
 
I. Postestructuralismo y Deconstrucción

No resulta fácil señalar cuándo surgen las primeras disensiones dentro del propio estructuralismo que anuncian su superación por el postestructuralismo.  La obra estructuralista de Roland Barthes y de Michel Foucault quienes, junto al psicoanalista Jacques Lacan y a los filósofos Jacques Derrida y Louis Althusser, son los principales impulsores del cambio, ya muestra los primeros signos de distanciamiento a partir de la segunda mitad de los años sesenta.   En Estados Unidos, el postestructuralismo irrumpe, cual caballo de Troya, cuando el estructuralismo estaba todavía tratando de asentarse: entre los ensayos sobre el estructuralismo del libro The Languages of Criticism and the Sciences of Man, publicado en 1970, años antes de la aparición de dos de los libros capitales del estructuralismo norteamericano, Structuralism in Literature (1974) de Robert Scholes y Structuralist Poetics (1975) de Jonathan Culler, se incluía uno de Derrida que atacaba el concepto mismo de estructura.

El postestructuralismo, al que se puede considerar parte, a su vez, de esa contestación general de nuestros modos de conocimiento y representación que es el postmodernismo, no nombra  ningún movimiento crítico concreto.  Abarca, de manera flexible, aquellas propuestas teóricas que, tras el estructuralismo, se caracterizan, en primer término, por renunciar al objetivo de éste de desarrollar paradigmas críticos comprensivos y coherentes.   En el área específica de la teoría literaria, los enfoques postestructuralistas descartan los intentos científicos del estructuralismo de establecer sistemas de significación, poéticas y gramáticas de los tipos literarios o de los modelos interpretativos, que describan el fenómeno literario.  La inestabilidad y multiplicidad  de las formas y manifestaciones literarias, según los postestructuralistas, desafían y hacen fracasar el propósito de establecer totalidades epistemológicas. 
 
El pensamiento postestructuralista que influye en el desarrollo de los estudios literarios excede las fronteras de éstos.  Comprende escritos provenientes de otras disciplinas que se distinguen por poner en tela de juicio premisas del saber, no sólo de la literatura sino de la cultura en general, que se tenían por naturales, normales o evidentes.  La obra especulativa y radical de Foucault sobre las instituciones y las conductas sociales, o sobre las prácticas discursivas de la sociedad con sus normas y maneras de representar, están a medio camino entre la historia y la sociología.  Los ensayos de Lacan sobre el papel mediador del lenguaje en la formación de la identidad del sujeto pertenecen al psicoanálisis.  Algunos de los libros de Barthes, Mitologías, El imperio de los signos o Cámara lúcida, salen del terreno de la literatura para estudiar otras prácticas culturales como los vestidos, la publicidad, los modales y la escritura gráfica del Japón o la fotografía.  La renovación de la teoría marxista de Althusser se centra en la constitución y la autonomía de acción del sujeto en la realidad sociopolítica e ideológica.  Se crea así, como apunta Jonathan Culler, género misceláneo, apodado teoría, compuesto por obras que tienen la virtud de poner a prueba y modificar la teoría y la práctica de otras disciplinas que no son a las que, en principio, pertenecen (Literary Theory 3).  Esta teoría se caracteriza por ser compleja, por presentar descripciones y conceptos que no son particularmente rigurosos y científicos pero que, sin embargo, poseen una gran capacidad retórica y argumentativa y, en tercer lugar, por considerar la literatura como una práctica cultural más, relacionada con las demás que genera una sociedad dada.  Con respecto a esto último, la noción de literariedad en la crítica literaria  postestructuralista no se circunscribe, como ocurría en los enfoques formalistas, a los textos literarios, a los de supuesta naturaleza y fines estéticos, sino que se extiende a otros tipos de textos.
 
La deconstrucción ocupa, sin duda, el lugar más destacado dentro del postestructuralismo.  De hecho, no es raro encontrar ambos términos identificados, como si fuesen la misma cosa.  El impulsor y principal teórico de la deconstrucción, el filósofo francés Jacques Derrida, publica los libros que exponen sus ideas acerca del lenguaje y la escritura, De la Gramatología y La escritura y la diferencia, a finales de la década de los años sesenta.  Ambos aparecen traducidos en los años 1976 y 1978, respectivamente, en Estados Unidos.  Los deconstruccionistas no llegaron nunca a constituirse en escuela crítica.  Ni lo pretendieron ya que, como el propio Derrida advirtió en alguna ocasión, tal cosa hubiera supuesto admitir la misma posibilidad, que ellos niegan al estructuralismo, de poner en pie una metodología sistemática y normativa.  Los seguidores norteamericanos de la deconstrucción más representativos han sido J. Hillis Miller y Geoffrey Hartman, procedentes de la crítica fenomenológica, Paul de Man y Harold Bloom; todos ellos profesores de la Universidad de Yale por lo que se les suele agrupar bajo el nombre de Escuela de Yale.  Este hecho de ser  profesores y el más relevante de, también como los nuevos críticos, centrar su interés en las características textuales de la obra, descuidando otros aspectos de la comunicación literaria como el autor, el lector o el contexto sociohistórico, les ha valido asimismo el sobrenombre de la Nueva Nueva Crítica.

Derrida comienza por desmontar o deconstruir el par binario tradicional de las teorías del lenguaje, de Platón a Saussure, en el que uno de sus elementos, el habla, se considera superior y más digno de atención que el otro, la escritura.  Esta preeminencia del habla se funda en la noción dominante del pensamiento occidental que Derrida denomina la metafísica de la presencia. En cualquier enunciado hablado, las palabras están aún próximas al emisor, a la persona, a la voz, es decir, al centro que ancla, autentifica y garantiza su significado.  Lo que se quiere decir se mantiene cerca de la intención, la mente, el sujeto, el logos, que lo formuló y que puede responder por él, verificándolo o corrigiéndolo en caso de disputa o conflicto.  Este logocentrismo, que presupone una presencia tras el lenguaje, cumple la función fundamental de  asegurarnos que el lenguaje será el vehículo fiable que precisamos para transmitir información o comunicar ideas y emociones.
 
Sin embargo, como Platón ya temía, la escritura, señala Derrida, no procede de acuerdo a este logocentrismo y a dicha metafísica de la presencia.   El lenguaje escrito teje una red textual que obstaculiza y paraliza esa presunta función y capacidad del lenguaje, según parecía observarse en el habla, de comunicar fiablemente un significado o de referirse directa y transparentemente a las cosas de la realidad.  La textualidad de la escritura pone en marcha dos mecanismos que Derrida califica respectivamente como difference y deference.  El primero ya estaba en Saussure e indica que el significado de una palabra deriva primordialmente de sus diferencias con otras palabras.  El segundo es una aportación de Derrida y alude al hecho de que el significado de las palabras en el texto permanece aplazado y diferido continuamente; no alcanza nunca su cierre o closure.  Ambas propiedades de las palabras en el texto se unen en el término differance acuñado por el propio filósofo francés.  Esta differance de la escritura ocasiona la indeterminación del texto, el hecho de que su significado o significados no se puedan fijar o determinar con claridad y de una vez para siempre, las aporías, o puntos, momentos concretos en el texto en los que se pone en evidencia la vacilación irreductible de los significados de las palabras, y la indecibilidad de su lectura, la imposibilidad de atrapar su significado.   
 
El juego de los signos en la escritura, que produce esta diseminación perenne del significado, anula evidentemente lo que, hasta entonces, había sido el fin de la crítica interpretativa: la obtención de lecturas mejores y más correctas de las obras literarias.   No hay una interpretación única ni tampoco una gradación de la bondad de las diversas que se pudieran realizar.  Sólo la constatación del juego indecible e indeterminado del texto escrito.  Existen dos tipos de interpretación irreconciliables, sostiene Derrida en su conocido ensayo de La escritura y la diferencia, La estructura, el signo y el juego en el discurso de las ciencias humanas, una, la más tradicional y anterior a sus investigaciones sobre la naturaleza del discurso escrito, pretende descifrar, sueña con descifrar una verdad o un origen que se sustraigan al juego y al orden del signo, ...  La otra, ..., afirma el juego ....(Derrida 401).
 
Fue el profesor de origen belga Paul de Man quien con mayor agudeza y originalidad  indagó en este carácter conflictivo e inestable de la escritura tanto literaria como no literaria.  A su entender, la indeterminación del significado de un texto literario deriva de la fuerza retórica de su lenguaje.  La estructura verbal del discurso es esencialmente retórica y figurativa y no, como pudiéramos creer, gramatical.  La dimensión gramatical del lenguaje, señala en su ensayo Semiótica y Retórica de Alegorías de la lectura, nos promete un sentido único, un significado no problemático (de Man 22), pero esta dimensión permanece siempre supeditada a otra retórica que, empleando recursos gramaticales lingüísticos o de otro tipo, hace que emerjan dos significados entre los que no es posible decidir cuál prevalece(de Man 23).  La figuras, los tropos, la imágenes, son los elementos lingüísticos en que descansa el poder retórico del texto.  De Man muestra, por ejemplo, cómo la metáfora, más que un elemento unificador por basarse en la semejanza, tiende realmente a disfrazar las diferencias y no a disolverlas (de Man 30).  La lectura retórica del texto que él propugna en The Resistance to Theory habrá de ir, pues, más allá de la inútil gramaticalización de la metáfora o de cualquier otro tropo, es decir, de su reducción a un sentido lógico, y buscará, por contra, la retorización de la gramática, desenmascarar esas diferencias que produce, sin duda, la dimensión figurativa de los textos.  La crítica de Paul de Man es una consideración de la lectura como una experiencia textual y retórica en la que nos mantenemos invariablemente en una incertidumbre sostenida con respecto al significado y no, según él mismo afirma en otro ensayo de Alegorías de la lectura, Excusas, como una experiencia ontológica o hermenéutica (de Man 338), es decir, deseosa de un sentido o un significado.

Aunque sus análisis no incidan con tanta minuciosidad en la retoricidad del lenguaje como su causa principal, J. Hillis Miller también proclama la imposibilidad de identificar en el texto literario un sólo significado coherentemente unificado.  Así, la textualidad de la obra, las relaciones irresolublemente conflictivas entre lo literal y lo figurado, la ambigüedad tanto en los niveles temático y figurativo como en el nivel total de la organización del texto, de la narración de Henry James, The Figure in the Carpet, impiden, según la estudia Miller,  any single unequivocal interpretation (Miller 178).  La promesa de un logos, de un solo significado (Miller 178), es frustrada por la indecibilidad intrínseca del lenguaje del propio texto.   

En el mismo ensayo, Miller distingue esta conflictividad suya de la complejidad que la Nueva Crítica observaba y ensalzaba en la estructura verbal del poema.  Las aparentes contradicciones e incongruencias de ésta eran resueltos, finalmente, en un significado conciliador por el lector preparado y atento.  En cambio, afirma Miller, los conflictos formales y temáticos que revela la lectura deconstruccionista son irresolubles, conducen a una perpetual lack of closure (Miller 179), puesto que son intrinsecos a las palabras del texto literario.  Ambos son enfoques textualistas pero, según aclara acertadamente Richard Rorty en Consequences of Pragmatism, uno practica un weak textualism y el otro un strong textualism.  
 
Para Harold Bloom, durante su etapa deconstruccionista, la indecibilidad del significado, nuestras interpretaciones fallidas, deslecturas o misprisions, según él las denomina, están motivadas por el carácter intertextual de la obra literaria.  La noción de intertextualidad, desarrollada en primer lugar por la semiótica francesa Julia Kristeva en la década de los sesenta, sustituyó al concepto obsoleto y equívoco de influencia y alude, en términos generales, a las relaciones que un texto mantiene con los que le preceden.  Cada texto toma prestados, transforma o niega aspectos y elementos de obras anteriores.  A veces, los prestamos son explícitos; otras, implícitos, más difíciles de localizar y que, además, suelen confundirse con las convenciones heredadas del género literario empleado.  Debido a que no sólo describe la producción y naturaleza de los textos sino también la lectura que demandan, la intertextualidad se ha apuntado como uno de los rasgos que pudieran servir para definir la literatura.  
 
Según Bloom, los textos están formados de palabras que aluden a otras que, a su vez, están relacionadas con otras, y así sucesivamente en la larga secuencia de la tradición literaria.  Así, cada poema es un interpoema y cada lectura, una interlectura.  El texto literario es, a la par, el resultado y la causa de varias interlecturas que son siempre fallidas o erróneas: el poeta lee mal, misreads, a sus antecesores y los lectores, incluidos los propios autores y los críticos, leen equivocadamente los textos.  Toda interpretación es una Amisinterpretation.  Sin embargo, y muy posiblemente porque la indeterminación no reside en el lenguaje, en la fuerza subversiva inherente a la retoricidad del texto, como ocurre en Miller y especialmente en de Man, sino en el juego de intertextos de la historia literaria, Bloom sí deja caer la promesa, al igual que hará Geoffrey Hartman, de que la falta de cierre de la actividad hermenéutica no será, como obervaba Miller, perpetua.  Hartman, a este respecto, mantiene el anclaje de la intención y del autor cuya muerte reclamaban los deconstruccionistas para erradicar la ilusión crítica de atrapar el sentido último y cierto del texto.  Mientras permanezca la voz, la fuente unificadora del autor, explicaba Roland Barthes en The Death of the Author, the text is >explained= - victory to the critic(Waugh 117).   
Esta postura heterodoxa de Bloom y Hartman les acerca algo a los postulados de los críticos que ven en la deconstrucción un movimiento que amenaza con destruir los fundamentos mismos no sólo de la literatura y los estudios literarios sino del conocimiento y de la verdad.  Para críticos como M.H. Abrams, Walter Jackson Bate o René Wellek la parálisis inevitable del significado de la obra deja sin sentido el desarrollo de la teoría literaria como disciplina autónoma y, también, la empresa continua y progresiva del saber humano.  Resulta curioso, de otro lado, que otra de las características de la deconstrucción que la asemejan precisamente a los métodos de quienes les acusan de antihumanistas, su interés por los aspectos textuales, les convierta en diana de los dardos de quienes, desde posiciones próximas a la crítica marxista o a los estudios culturales, desaprueban su ocultamiento de la ideología (Brenkman 55), su desafecto por las relaciones e implicaciones políticas, sociales y culturales de la literatura.   
 
Estas carencias ideológicas de la deconstrucción son, sin embargo, discutibles ya que posiblemente sea el movimiento teórico que, en mayor medida, haya influido en buena parte de las metodologías críticas que, más recientemente, han incidido en las relaciones de la literatura con la sociedad y la cultura.  El feminismo, la crítica psicoanalítica, la teoría marxista, los estudios culturales y postcoloniales o la crítica literaria de las minorías étnicas o sexuales se han beneficiado de su labor de desestabilización y desmantelamiento de las categorías en las que se fundaba el discurso crítico previo.  Todas ellas se han apoyado, de una manera u otra, en la crítica deconstruccionista al principio occidental y logocéntrico que ordena el conocimiento humano y las relaciones humanas en torno a pares binarios en el que la primera unidad supera en valor y ascendencia a la segunda: el ya mencionado habla/escritura, masculino/femenino, cuerpo/mente, derecha/izquierda, naturaleza/cultura, presencia/ausencia, mente/cuerpo, etc.   Cada una de estas oposiciones presupone un centro, un punto, desde el que se establece el sistema completo del conocimiento y la experiencia humanas y se garantiza su coherencia y significado: dios, hombre, esencia, ser, verdad, forma o conciencia.  La deconstrucción trata, por un lado, de mostrar que estos pares, centros y sistemas son ordenamientos humanos y, por tanto, ni lógicos o naturales ni inmutables, y, por otro, busca desarmarlos mostrando sus contradicciones.  El propósito no es invertir la situación jerárquica de los elementos de los pares, ni siquiera la de eliminarlos sino, más bien, la de poner en evidencia sus fricciones a fin de redefenir sus relaciones.  La crítica general de las posiciones habituales de primacía y de inferioridad, de centralidad y marginalidad, es una piedra angular, como se verá, de los postulados de los movimientos teóricos citados antes.  Hay que decir que, de hecho, algunas deconstruccionistas, rompiendo el aislamiento textual, ya incorporan estos aspectos que se abren a lo social y lo cultural.  Barbara Johnson y Shoshana Felman se han interesado por la identidad femenina y los conflictos que plantea la distinción entre lo masculino y lo femenino.  Gayatri Chakravorty Spivak, por su parte, ha trazado las dimensiones económica, histórica, política y sexual del texto literario.