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I. Postestructuralismo y Deconstrucción
No resulta fácil señalar
cuándo surgen las primeras disensiones dentro del propio estructuralismo
que anuncian su superación por el postestructuralismo. La
obra estructuralista de Roland Barthes y de Michel Foucault quienes, junto
al psicoanalista Jacques Lacan y a los filósofos Jacques Derrida
y Louis Althusser, son los principales impulsores del cambio, ya muestra
los primeros signos de distanciamiento a partir de la segunda mitad de
los años sesenta. En Estados Unidos, el postestructuralismo
irrumpe, cual caballo de Troya, cuando el estructuralismo estaba todavía
tratando de asentarse: entre los ensayos sobre el estructuralismo del libro
The Languages of Criticism and the Sciences of Man, publicado en
1970, años antes de la aparición de dos de los libros capitales
del estructuralismo norteamericano, Structuralism in Literature
(1974) de Robert Scholes y Structuralist Poetics (1975) de Jonathan
Culler, se incluía uno de Derrida que atacaba el concepto mismo
de estructura.
El postestructuralismo, al que se puede
considerar parte, a su vez, de esa contestación general de nuestros
modos de conocimiento y representación que es el postmodernismo,
no nombra ningún movimiento crítico concreto.
Abarca, de manera flexible, aquellas propuestas teóricas que, tras
el estructuralismo, se caracterizan, en primer término, por renunciar
al objetivo de éste de desarrollar paradigmas críticos comprensivos
y coherentes. En el área específica de la teoría
literaria, los enfoques postestructuralistas descartan los intentos científicos
del estructuralismo de establecer sistemas de significación,
poéticas y gramáticas de los tipos literarios o de los modelos
interpretativos, que describan el fenómeno literario. La inestabilidad
y multiplicidad de las formas y manifestaciones literarias, según
los postestructuralistas, desafían y hacen fracasar el propósito
de establecer totalidades epistemológicas.
El pensamiento postestructuralista que
influye en el desarrollo de los estudios literarios excede las fronteras
de éstos. Comprende escritos provenientes de otras disciplinas
que se distinguen por poner en tela de juicio premisas del saber, no sólo
de la literatura sino de la cultura en general, que se tenían por
naturales, normales o evidentes. La obra especulativa y radical de
Foucault sobre las instituciones y las conductas sociales, o sobre las
prácticas discursivas de la sociedad con sus normas y maneras de
representar, están a medio camino entre la historia y la sociología.
Los ensayos de Lacan sobre el papel mediador del lenguaje en la formación
de la identidad del sujeto pertenecen al psicoanálisis. Algunos
de los libros de Barthes, Mitologías, El imperio de los signos
o Cámara lúcida, salen del terreno de la literatura para
estudiar otras prácticas culturales como los vestidos, la publicidad,
los modales y la escritura gráfica del Japón o la fotografía.
La renovación de la teoría marxista de Althusser se centra
en la constitución y la autonomía de acción del sujeto
en la realidad sociopolítica e ideológica. Se crea
así, como apunta Jonathan Culler, género misceláneo,
apodado teoría, compuesto por obras que tienen la virtud
de poner a prueba y modificar la teoría y la práctica de
otras disciplinas que no son a las que, en principio, pertenecen (Literary
Theory 3). Esta teoría se caracteriza por ser compleja,
por presentar descripciones y conceptos que no son particularmente rigurosos
y científicos pero que, sin embargo, poseen una gran capacidad
retórica y argumentativa y, en tercer lugar, por considerar la literatura
como una práctica cultural más, relacionada con las demás
que genera una sociedad dada. Con respecto a esto último,
la noción de literariedad en la crítica literaria
postestructuralista no se circunscribe, como ocurría en los enfoques
formalistas, a los textos literarios, a los de supuesta naturaleza y fines
estéticos, sino que se extiende a otros tipos de textos.
La deconstrucción ocupa, sin duda,
el lugar más destacado dentro del postestructuralismo. De
hecho, no es raro encontrar ambos términos identificados, como si
fuesen la misma cosa. El impulsor y principal teórico de la
deconstrucción, el filósofo francés Jacques Derrida,
publica los libros que exponen sus ideas acerca del lenguaje y la escritura,
De la Gramatología y La escritura y la diferencia, a finales
de la década de los años sesenta. Ambos aparecen traducidos
en los años 1976 y 1978, respectivamente, en Estados Unidos.
Los deconstruccionistas no llegaron nunca a constituirse en escuela crítica.
Ni lo pretendieron ya que, como el propio Derrida advirtió en alguna
ocasión, tal cosa hubiera supuesto admitir la misma posibilidad,
que ellos niegan al estructuralismo, de poner en pie una metodología
sistemática y normativa. Los seguidores norteamericanos de
la deconstrucción más representativos han sido J. Hillis
Miller y Geoffrey Hartman, procedentes de la crítica fenomenológica,
Paul de Man y Harold Bloom; todos ellos profesores de la Universidad de
Yale por lo que se les suele agrupar bajo el nombre de Escuela de Yale.
Este hecho de ser profesores y el más relevante de, también
como los nuevos críticos, centrar su interés en las características
textuales de la obra, descuidando otros aspectos de la comunicación
literaria como el autor, el lector o el contexto sociohistórico,
les ha valido asimismo el sobrenombre de la Nueva Nueva Crítica.
Derrida comienza por desmontar o deconstruir
el par binario tradicional de las teorías del lenguaje, de Platón
a Saussure, en el que uno de sus elementos, el habla, se considera superior
y más digno de atención que el otro, la escritura.
Esta preeminencia del habla se funda en la noción dominante del
pensamiento occidental que Derrida denomina la metafísica de
la presencia. En cualquier enunciado hablado, las palabras están
aún próximas al emisor, a la persona, a la voz, es decir,
al centro que ancla, autentifica y garantiza su significado. Lo que
se quiere decir se mantiene cerca de la intención, la mente, el
sujeto, el logos, que lo formuló y que puede responder por
él, verificándolo o corrigiéndolo en caso de disputa
o conflicto. Este logocentrismo, que presupone una presencia
tras el lenguaje, cumple la función fundamental de asegurarnos
que el lenguaje será el vehículo fiable que precisamos para
transmitir información o comunicar ideas y emociones.
Sin embargo, como Platón ya temía,
la escritura, señala Derrida, no procede de acuerdo a este logocentrismo
y a dicha metafísica de la presencia. El lenguaje escrito
teje una red textual que obstaculiza y paraliza esa presunta función
y capacidad del lenguaje, según parecía observarse en el
habla, de comunicar fiablemente un significado o de referirse directa y
transparentemente a las cosas de la realidad. La textualidad de la
escritura pone en marcha dos mecanismos que Derrida califica respectivamente
como difference y deference. El primero ya estaba en Saussure
e indica que el significado de una palabra deriva primordialmente de sus
diferencias con otras palabras. El segundo es una aportación
de Derrida y alude al hecho de que el significado de las palabras en el
texto permanece aplazado y diferido continuamente; no alcanza nunca su
cierre o closure. Ambas propiedades de las palabras en el
texto se unen en el término differance acuñado por
el propio filósofo francés. Esta differance de
la escritura ocasiona la indeterminación del texto, el hecho
de que su significado o significados no se puedan fijar o determinar con
claridad y de una vez para siempre, las aporías, o puntos,
momentos concretos en el texto en los que se pone en evidencia la vacilación
irreductible de los significados de las palabras, y la indecibilidad
de su lectura, la imposibilidad de atrapar su significado.
El juego de los signos en la escritura,
que produce esta diseminación perenne del significado, anula
evidentemente lo que, hasta entonces, había sido el fin de la crítica
interpretativa: la obtención de lecturas mejores y más correctas
de las obras literarias. No hay una interpretación única
ni tampoco una gradación de la bondad de las diversas que se pudieran
realizar. Sólo la constatación del juego indecible
e indeterminado del texto escrito. Existen dos tipos de interpretación
irreconciliables, sostiene Derrida en su conocido ensayo de La escritura
y la diferencia, La estructura, el signo y el juego en el discurso de las
ciencias humanas, una, la más tradicional y anterior a sus investigaciones
sobre la naturaleza del discurso escrito, pretende descifrar, sueña
con descifrar una verdad o un origen que se sustraigan al juego y al orden
del signo, ... La otra, ..., afirma el juego ....(Derrida 401).
Fue el profesor de origen belga Paul
de Man quien con mayor agudeza y originalidad indagó en este
carácter conflictivo e inestable de la escritura tanto literaria
como no literaria. A su entender, la indeterminación del significado
de un texto literario deriva de la fuerza retórica de su lenguaje.
La estructura verbal del discurso es esencialmente retórica y figurativa
y no, como pudiéramos creer, gramatical. La dimensión
gramatical del lenguaje, señala en su ensayo Semiótica
y Retórica de Alegorías de la lectura, nos promete un
sentido único, un significado no problemático (de
Man 22), pero esta dimensión permanece siempre supeditada a otra
retórica que, empleando recursos gramaticales lingüísticos
o de otro tipo, hace que emerjan dos significados entre los
que no es posible decidir cuál prevalece(de Man 23).
La figuras, los tropos, la imágenes, son los elementos lingüísticos
en que descansa el poder retórico del texto. De Man muestra,
por ejemplo, cómo la metáfora, más que un elemento
unificador por basarse en la semejanza, tiende realmente a disfrazar
las diferencias y no a disolverlas (de Man 30). La lectura retórica
del texto que él propugna en The Resistance to Theory habrá
de ir, pues, más allá de la inútil gramaticalización
de la metáfora o de cualquier otro tropo, es decir, de su reducción
a un sentido lógico, y buscará, por contra, la retorización
de la gramática, desenmascarar esas diferencias que produce,
sin duda, la dimensión figurativa de los textos. La crítica
de Paul de Man es una consideración de la lectura como una experiencia
textual y retórica en la que nos mantenemos invariablemente en una
incertidumbre sostenida con respecto al significado y no, según
él mismo afirma en otro ensayo de Alegorías de la lectura,
Excusas, como una experiencia ontológica o hermenéutica
(de Man 338), es decir, deseosa de un sentido o un significado.
Aunque sus análisis no incidan
con tanta minuciosidad en la retoricidad del lenguaje como su causa principal,
J. Hillis Miller también proclama la imposibilidad de identificar
en el texto literario un sólo significado coherentemente unificado.
Así, la textualidad de la obra, las relaciones irresolublemente
conflictivas entre lo literal y lo figurado, la ambigüedad tanto en
los niveles temático y figurativo como en el nivel total de la organización
del texto, de la narración de Henry James, The Figure in the
Carpet, impiden, según la estudia Miller, any single
unequivocal interpretation (Miller 178). La promesa de un
logos, de un solo significado (Miller 178), es frustrada por
la indecibilidad intrínseca del lenguaje del propio texto.
En el mismo ensayo, Miller distingue esta
conflictividad suya de la complejidad que la Nueva Crítica observaba
y ensalzaba en la estructura verbal del poema. Las aparentes contradicciones
e incongruencias de ésta eran resueltos, finalmente, en un significado
conciliador por el lector preparado y atento. En cambio, afirma Miller,
los conflictos formales y temáticos que revela la lectura deconstruccionista
son irresolubles, conducen a una perpetual lack of closure (Miller
179), puesto que son intrinsecos a las palabras del texto literario.
Ambos son enfoques textualistas pero, según aclara acertadamente
Richard Rorty en Consequences of Pragmatism, uno practica un weak
textualism y el otro un strong textualism.
Para Harold Bloom, durante su etapa deconstruccionista,
la indecibilidad del significado, nuestras interpretaciones fallidas, deslecturas
o misprisions, según él las denomina, están
motivadas por el carácter intertextual de la obra literaria.
La noción de intertextualidad, desarrollada en primer lugar por
la semiótica francesa Julia Kristeva en la década de los
sesenta, sustituyó al concepto obsoleto y equívoco de influencia
y alude, en términos generales, a las relaciones que un texto mantiene
con los que le preceden. Cada texto toma prestados, transforma o
niega aspectos y elementos de obras anteriores. A veces, los prestamos
son explícitos; otras, implícitos, más difíciles
de localizar y que, además, suelen confundirse con las convenciones
heredadas del género literario empleado. Debido a que no sólo
describe la producción y naturaleza de los textos sino también
la lectura que demandan, la intertextualidad se ha apuntado como uno de
los rasgos que pudieran servir para definir la literatura.
Según Bloom, los textos están
formados de palabras que aluden a otras que, a su vez, están relacionadas
con otras, y así sucesivamente en la larga secuencia de la tradición
literaria. Así, cada poema es un interpoema y cada
lectura, una interlectura. El texto literario es, a la par,
el resultado y la causa de varias interlecturas que son siempre
fallidas o erróneas: el poeta lee mal, misreads, a sus antecesores
y los lectores, incluidos los propios autores y los críticos, leen
equivocadamente los textos. Toda interpretación es una Amisinterpretation.
Sin embargo, y muy posiblemente porque la indeterminación no reside
en el lenguaje, en la fuerza subversiva inherente a la retoricidad del
texto, como ocurre en Miller y especialmente en de Man, sino en el juego
de intertextos de la historia literaria, Bloom sí deja caer la promesa,
al igual que hará Geoffrey Hartman, de que la falta de cierre
de la actividad hermenéutica no será, como obervaba Miller,
perpetua. Hartman, a este respecto, mantiene el anclaje de
la intención y del autor cuya muerte reclamaban los deconstruccionistas
para erradicar la ilusión crítica de atrapar el sentido último
y cierto del texto. Mientras permanezca la voz, la fuente
unificadora del autor, explicaba Roland Barthes en The Death of the
Author, the text is >explained= - victory to the critic(Waugh
117).
Esta postura heterodoxa de Bloom y Hartman
les acerca algo a los postulados de los críticos que ven en la deconstrucción
un movimiento que amenaza con destruir los fundamentos mismos no sólo
de la literatura y los estudios literarios sino del conocimiento y de la
verdad. Para críticos como M.H. Abrams, Walter Jackson Bate
o René Wellek la parálisis inevitable del significado de
la obra deja sin sentido el desarrollo de la teoría literaria como
disciplina autónoma y, también, la empresa continua y progresiva
del saber humano. Resulta curioso, de otro lado, que otra de las
características de la deconstrucción que la asemejan precisamente
a los métodos de quienes les acusan de antihumanistas, su
interés por los aspectos textuales, les convierta en diana de los
dardos de quienes, desde posiciones próximas a la crítica
marxista o a los estudios culturales, desaprueban su ocultamiento de
la ideología (Brenkman 55), su desafecto por las relaciones
e implicaciones políticas, sociales y culturales de la literatura.
Estas carencias ideológicas de
la deconstrucción son, sin embargo, discutibles ya que posiblemente
sea el movimiento teórico que, en mayor medida, haya influido en
buena parte de las metodologías críticas que, más
recientemente, han incidido en las relaciones de la literatura con la sociedad
y la cultura. El feminismo, la crítica psicoanalítica,
la teoría marxista, los estudios culturales y postcoloniales o la
crítica literaria de las minorías étnicas o sexuales
se han beneficiado de su labor de desestabilización y desmantelamiento
de las categorías en las que se fundaba el discurso crítico
previo. Todas ellas se han apoyado, de una manera u otra, en la crítica
deconstruccionista al principio occidental y logocéntrico que ordena
el conocimiento humano y las relaciones humanas en torno a pares binarios
en el que la primera unidad supera en valor y ascendencia a la segunda:
el ya mencionado habla/escritura, masculino/femenino, cuerpo/mente, derecha/izquierda,
naturaleza/cultura, presencia/ausencia, mente/cuerpo, etc.
Cada una de estas oposiciones presupone un centro, un punto, desde el que
se establece el sistema completo del conocimiento y la experiencia humanas
y se garantiza su coherencia y significado: dios, hombre, esencia, ser,
verdad, forma o conciencia. La deconstrucción trata, por un
lado, de mostrar que estos pares, centros y sistemas son ordenamientos
humanos y, por tanto, ni lógicos o naturales ni inmutables, y, por
otro, busca desarmarlos mostrando sus contradicciones. El propósito
no es invertir la situación jerárquica de los elementos de
los pares, ni siquiera la de eliminarlos sino, más bien, la de poner
en evidencia sus fricciones a fin de redefenir sus relaciones. La
crítica general de las posiciones habituales de primacía
y de inferioridad, de centralidad y marginalidad, es una piedra angular,
como se verá, de los postulados de los movimientos teóricos
citados antes. Hay que decir que, de hecho, algunas deconstruccionistas,
rompiendo el aislamiento textual, ya incorporan estos aspectos que se abren
a lo social y lo cultural. Barbara Johnson y Shoshana Felman se han
interesado por la identidad femenina y los conflictos que plantea la distinción
entre lo masculino y lo femenino. Gayatri Chakravorty Spivak, por
su parte, ha trazado las dimensiones económica, histórica,
política y sexual del texto literario.

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