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50: Teoría Literaria Norteamericana II: De la Deconstrucción hasta Nuestros Días. 2
Félix Rodríguez  Rodríguez
Universidad Complutense
ISBN-84-9714-084-2
 

II. La Crítica Psicoanalítica Norteamericana
 

La ubicación de la crítica psicoanalítica aquí, tras la deconstrucción, se debe, fundamentalmente, a la influencia crucial de las teorías de Jacques Lacan en los estudios literarios postestructuralistas.  Sin embargo, las relaciones entre la psicología y los estudios literarios constan ya de una larga historia dentro de la crítica literaria norteamericana.  Se remontan a los años veinte cuando algunos críticos emplean conceptos de la teoría psicoanalítica de Sigmund Freud para estudiar la obra de ciertos autores, i.e., de Mark Twain (Van Wyck Brooks) o de Edgar Allan Poe (Joseph Wood Krutch).  Posteriormente, en la década de los cincuenta, las teorías psicoanalíticas de Freud y Carl Jung influirán, respectivamente, en algunos miembros del grupo de los Intelectuales de Nueva York,que desarrolla su labor desde finales de los treinta hasta mediados de los cincuenta, y en la crítica arquetípica o del mito.  Más adelante, en la década de los setenta y antes de la recepción plena de Lacan, el psicoanálisis también aparece con fuerza en la crítica fenomenológica de la lectura de Norman Holland y David Bleich. 

Si bien la generalizaciones sobre un periodo tan extenso suelen resultar simplistas y no demasiado fidedignas, cabe decir que dichas tendencias psicoanalíticas se atienen al principio fundamental que el psicoanálisis ha aportado a los estudios literarios: la existencia de motivos,  deseos y temores reprimidos que permanecen en nuestro subconsciente.  A veces, en particular en las primeras etapas, la atención se ha centrado en el autor y en el proceso creativo dando lugar a análisis de tipo psicobiográfico.  Se psicoanaliza al autor y su proceso creador empleando datos de su biografía y descubriendo ocultos en su obra  motivos, ansiedades o deseos subconscientes.  Esta clase de estudio se solía basar en el modelo neurótico de creatividad; en la idea freudiana de los artistas como seres neuróticos.  Así, el intelectual de Nueva York, Edmund Wilson trata de elaborar en The Wound and The Bow (1941) una teoría de la creatividad literaria de acuerdo a la cual en el autor se combinan, al tiempo, el genio y la enfermedad.  Lionel Trilling, otro miembro de los intelectuales de Nueva York, igualmente influido por Freud, rechaza, sin embargo, esta teoría neurótica del artista y la creatividad.  Valora positivamente la profundidad con la que el psicoanálisis ha penetrado en los motivos y significados de las acciones humanas, pero añade al método psicoanalítico elementos de estética y de la crítica sociológica.  Al igual que el resto de los Intelectuales de Nueva York, incluido Wilson, Trilling desarrolló entre los años cuarenta y cincuenta un tipo de crítica cultural que subrayaba las relaciones entre el arte y la sociedad: ésta condiciona el arte y éste, a su vez, refleja la realidad social y cultural.

En la década de los setenta, Harold Bloom también recurre al psicoanálisis y a Freud para explicar la creatividad.  Bloom indaga en su libro The Anxiety of Influence (1974) en las relaciones de rivalidad e imitación que los escritores establecen con quienes les preceden en la historia literaria.  El modelo que adopta es edípico; una versión del freudiano romance de familia en el que la identidad se construye asimilando y transformando aspectos del otro.  El poeta recién llegado se convierte en un poeta fuerte a lo largo de un proceso subconsciente en el que se suceden fijaciones, represiones de su voluntad de independizarse e inmortalizarse y mecanismos diversos de defensa.  Próximo, no obstante, como ya vimos, a la deconstrucción, Bloom sitúa este conflicto familiar y psíquico en la retórica del texto.  En este sentido, la deslectura o lectura errónea inevitable de cualquier texto es consecuencia del proceso de emergencia del poeta en lucha con sus predecesores.

La teoría psicoanalítica que repercute de manera central en la crítica literaria postestructuralista coincide prácticamente con la revisión que Jacques Lacan realiza de los conceptos de identidad y constitución del sujeto de Freud.  Lacan se muestra disconforme con la confianza freudiana en alcanzar una identidad completa y unificada por medio de un proceso psicológico de identificaciones con el otro.  En opinión de Lacan, la identidad aparece siempre dividida, fragmentada, porque estas identificaciones son parciales y nunca acaban por completarse.  Influido por la teoría lingüística de Ferdinand Saussure, va a ligar la constitución de la identidad a la adquisición del lenguaje.  El sujeto se forma en dos etapas de la infancia: la etapa especular o de lo Imaginario y la etapa del orden Simbólico.  La primera es una fase de afirmación del sujeto como un todo.  Ante el espejo, el niño contempla una imagen completa de sí y experimenta una sensación de identidad propia que contrasta con la impresión de dispersión que su cuerpo le causaba.  Se produce entonces una serie de fusiones imaginarias con el mundo y con los otros.  En la segunda etapa, el sujeto accede al lenguaje y, así pues, a una realidad de separación y división.  La estructura del lenguaje permite al sujeto diferenciarse de los demás y, por tanto, construir su identidad.  Pero al tiempo, el sujeto siente que el lenguaje también le atribuye papeles ya definidos de los que no puede escapar ni a los que puede dominar.  Sufre, así, un sentimiento de carencia que ya nunca desaparecerá y que trae consigo el deseo y el subconsciente.  La noción de deseo representa el anhelo de una identidad completa y unificada.  Un propósito imposible ya que en el orden simbólico del lenguaje los significados que lo asegurarían son huidizos.  En el subconsciente, por su parte, se acumula todo aquello que la imposición del lenguaje reprime.

El deseo fallido de obtener una identidad definida e independiente ha cimentado en gran medida las críticas postestructuralistas a la idea esencialista y humanista de identidad como algo constituido por marcas inmutables que se encuentran en el centro del yo, por esencias idiosincrásicas del individuo que no son modificables, de manera sustancial, por los condicionamientos de la realidad exterior.  En cambio, la identidad inestable de Lacan conduce a representaciones de la subjetividad en permanente construcción e interacción con el lenguaje y las prácticas discursivas.  Marcas como las del género, la orientación sexual o la raza no se consideran esenciales o naturales sino simplemente construcciones.  Precisamente, señalan Philip Rice y Patricia Waugh, la teoría postestructuralista prefiere el  término sujeto a los de ser o individuo para dejar claro que el lenguaje modela la identidad humana, para subrayar que no existe una identidad estable y fija  prior to its entrance into the symbolic order of language and discourse(Rice & Waugh 119).  Mientras que los seres son estables y esenciales, los sujetos son formaciones provisionales siempre expuestas a alteraciones.

La contestación lacaniana de la noción de identidad emergerá aquí y allá en los movimientos críticos que siguen.  Ahora sólo cabe mencionar el impacto que tuvo en el crítico fenomenológico primero y deconstruccionista después, Geoffrey Hartman.  En Saving the Text (1981), la mediación del lenguaje en la constitución lacaniana del sujeto le sirve para reafirmar su posición heterodoxa, como dijimos, dentro de la deconstrucción a favor del autor y del significado.  A su juicio, a pesar de la inestabilidad y fragmentación que provoque, la intervención crucial del lenguaje no hace desaparecer al sujeto sino que, muy al contrario, confirma su presencia.
 
 

III. La Crítica Literaria Feminista
 

Pocos movimientos teóricos de los últimos veinticinco años, acaso ninguno, han provocado cambios tan sustanciales en la práctica cotidiana de nuestros modelos de lectura e interpretación como la crítica feminista.  Y ello pese o, quizás, gracias a la heterogeneidad de perspectivas y enfoques que la han ido configurando en sus diferentes etapas.  Su diversidad metodológica comprende postulados de prácticamente todos los movimientos críticos más representativos de los últimos años: la crítica psicoanalítica, la marxista, la teoría del lector, la deconstrucción o los estudios de minorías étnicas o sexuales.  La crítica feminista ha procurado observar su asunto central, el género, desde los ángulos del discurso y la textualidad, la formación de la subjetividad, las clases sociales, la raza o la orientación sexual.  No obstante esta variedad, sus estudiosos comparten principios comunes: la situación de opresión de la mujer en vida real, la presencia indiscutible del concepto y categoría de género en la literatura y la concepción de la crítica  literaria como herramienta para acabar con dicha opresión.

Aunque a lo largo de los años sesenta ya aparecen libros que recogen las reivindicaciones del emergente movimiento de las mujeres, la reforma de las estructuras políticas que conduzca a su emancipación social y jurídica, se suele señalar el libro de Kate Millet, Sexual Politics (1970), como el primero en situar dichas reivindicaciones en el plano de la crítica literaria.  Su libro precede lo que será el primer tipo de crítica feminista norteamericana de la década de los setenta, el denominado feminismo cultural, el cual se ocupará, en líneas generales, de analizar las representaciones o imágenes de la mujer en la literatura escrita, fundamentalmente, por hombres.  Se trata de averiguar de qué manera se ha constituido a la mujer como objeto de representación en la literatura tradicional o canónica. 

Este tipo de análisis comprende una parte de lo que la británica Elaine Showalter llama, en la segunda mitad de los setenta, feminist critique: la crítica de la mujer como lectora, como receptora y consumidora de obras escritas por hombres, y, también, la crítica de las imágenes y estereotipos de las mujeres en la literatura, en la historia literaria y en la crítica (Showalter 92).  Frente a esta crítica feminista, Showalter propone otra, la ginocrítica, que se interese por la mujer como escritora, como productora de textos literarios.  En este sentido, la ginocrítica supuso el primer paso serio en la labor sucesiva de la crítica feminista de revisión del canon literario tradicional, de esa selección de obras y autores a los que se confiere una marca de calidad estética y cultural por la que obtienen el privilegio de ser leídas en escuelas y universidades.  La crítica feminista no ha discutido tanto la propia noción de canon como el hecho de que éste haya dejado fuera y, por tanto, haya infravalorado y apartado a los márgenes de la historia literaria, las obras de mujeres escritoras que merecerían estar en él.  A fin de combatir la escasa presencia de obras de mujeres, la crítica feminista ha expandido el canon incluyendo obras poco conocidas hasta el momento, ha propuesto nuevas definiciones de canon que contengan géneros más femeninos como los diarios y las cartas y, también, ha intentado establecer un canon o tradición literaria alternativa.  Todo ello, en fin, para deshacer un canon que, escogido abrumadoramente por críticos masculinos, transmite a estudiantes y lectores unas experiencias determinadas y soslaya otras.

La nueva orientación abierta por la ginocrítica de Showalter tuvo su reflejo casi inmediato en el conocido libro de las norteamericanas Sandra Gilbert y Susan Gubar, The Madwoman in the Attic (1979).  En él, estudian el tratamiento que de diversos temas hacen algunas escritoras, desde Jane Austen hasta Sylvia Plath, para consolidar su autonomía como creadoras dentro de una sociedad patriarcal.  También fueron ellas las compiladoras de la antología de escritoras, Norton Anthology of Literature by Women (1985), que, además de realzar la importancia de las ya canónicas, recuperó para el canon, la lectura y la enseñanza, autoras y obras menos célebres.

En estos años, coexisten en Estados Unidos las dos tendencias diferenciadas por Showalter.  Se intercalan los estudios que analizan las descripciones sexistas y patriarcales de la literatura masculina, la construcción de la mujer como lectora por parte de su contexto sociohistórico y la propia literatura, o el establecimiento del canon, y aquellos otros que se preocupan por la estética de las mujeres escritoras, por la realidad y maneras de una experiencia creadora distinta de la masculina.  Con frecuencia, no obstante, se superan las divisiones y aparecen investigaciones, entre las que destacan las de Josephine Donovan y Annette Kolodny, que intentan combinar la ginocrítica con la crítica feminista. 

A principios de los ochenta, la crítica feminista norteamericana recibe la influencia de su homóloga francesa que preconizaba unos derroteros distintos.  El feminismo francés, al frente del cual se encuentran Hélene Cixous, Luce Irigaray y Julia Kristeva, se asienta en dos de los pilares máximos del pensamiento postestructuralista, la crítica de Derrida de la textualidad y del discurso y la teoría psicoanalítica de Lacan sobre la articulación por el lenguaje de la identidad del sujeto.  En opinión de éste último, como ya hemos explicado, tras el complejo de Edipo el niño accede a un orden Simbólico en el que la constitución conjunta de la subjetividad y del lenguaje y, por ende, la integración en la sociedad sustentada por el Padre, conlleva irremediablemente la aparición de sentimientos de pérdida, deseo y alienación.  Si bien con variaciones entre ellas, para Cixous, Irigaray y Kristeva la tarea de la crítica feminista consiste en describir los efectos en la mujer de esta masculina, represiva y  alienante construcción del yo y, al tiempo, explorar su superación por medio de una écriture fémenine, de un lenguaje nuevo del Otro femenino, que escape de este modelo psicoanalítico y lingüístico y rompa con los pares binarios asimétricos hombre/mujer, masculino/femenino.  El acercamiento a lo femenino implica escudriñatr, con la vista puesta en la recuperación de la écriture fémenine, en estas elaboraciones del pensamiento occidental que han considerado a la mujer lo otro, lo reprimido. 

Apoyándose, de manera similar, en premisas derridianas y lacanianas, las deconstruccionistas norteamericanas Barbara Johnson y Shoshana Felman también se han ocupado de los conflictos y asimetrías que comprende el par masculino/femenino.  En opinión de Felman, el análisis del lenguaje del texto pone al descubierto contradicciones e incongruencias que desestabilizan la noción habitual de la identidad femenina y, así pues, socavan la subordinación de lo otro femenino al falo, al hombre, al centro, que supuestamente la otorga sentido.  El carácter múltiple, contradictorio e inestable del significado textual erosiona cualquier forma de falogocentrismo, de permanencia del falo como centro psicoanalítico y discursivo masculino desde el que se generan los significados que constituyen y oprimen la femineidad. 

Otras estudiosas ya no encuadradas en la deconstrucción, Nancy Chodorow, Jane Gallop, Jacqueline Rose o Kaja Silverman, han reafirmado la idoneidad del psicoanálisis para comprender de qué forma se modelan la subjetividad y el género, lo femenino y lo masculino.  El modelo de identificaciones conducentes a la identidad ideado por Freud permite, en su opinión, entender cómo se interiorizan las normas y, así pues, demostrar que la asignación de los papeles sexuales y genéricos no son hechos naturales sino, por el contrario, procesos arbitrarios y culturales regulados, como sucede en el análisis del propio psicoanalista austriaco, por las tendencias patriarcales de nuestra civilización.  El género no es una propiedad esencial sino el resultado de la interiorización de atributos e identificaciones.

A partir de los escritos del feminismo francés, la crítica feminista norteamericana se ha interesado por aspectos que intervienen en la formación lacaniana de la identidad: el cuerpo, el deseo, la mirada.  Sin embargo, y pese a que las diferencias entre los diversos enfoques son, con frecuencia, difusas, su principal preocupación ha seguido siendo siempre las relaciones con la historia, es decir, las diversas maneras en que el texto literario o crítico refleja, representa o influye en la experiencia diaria de la mujer.  Así, Gayatri Chakravorty Spivak, deconstruccionista pero, a la vez, cercana a los planteamientos de la crítica marxista, cree necesario situar la posición dependiente de las mujeres y de la identidad femenina en un contexto más general que comprenda las circunstancias ideológicas, políticas, económicas y sociales.   Los conflictos que surgen del par logocéntrico, falocéntrico o falogocéntrico, masculino/femenino se marcan con más claridad al contempar éste en el entramado sociohistórico mayor del que es parte.  Esta perspectiva más ideológica de Spivak continúa en una de las diversas tendencias de la crítica feminista actual, el, a veces, denominado feminismo materialista, que subraya la subordinación de las mujeres a factores sociales e históricos y los lazos de la constitución y definición del género con las formaciones de clase o las ideologías del trabajo.  En esta interacción entre lo contingente y el género se integran también aquellos otros estudios numerosos que añaden, al hecho de por sí difícil de la identidad femenina, la pertenencia a una raza, a un grupo étnico o a una minoría social o sexual. 

Finalmente, queda por decir que el debate y las metodologías sobre el género se han extendido en la última década aproximadamente a la otra unidad del par binario; a la noción de masculinidad, su naturaleza, su formación y sus relaciones con lo otro femenino.  El término gender studies, estudios del género, revela aquí su utilidad para englobar, en el área específica de la literatura y la crítica literaria, todos los estudios que se centren en discutir la categoría e institución del género.