II.
La Crítica Psicoanalítica Norteamericana
La ubicación de la crítica
psicoanalítica aquí, tras la deconstrucción, se debe,
fundamentalmente, a la influencia crucial de las teorías de Jacques
Lacan en los estudios literarios postestructuralistas. Sin embargo,
las relaciones entre la psicología y los estudios literarios constan
ya de una larga historia dentro de la crítica literaria norteamericana.
Se remontan a los años veinte cuando algunos críticos emplean
conceptos de la teoría psicoanalítica de Sigmund Freud para
estudiar la obra de ciertos autores, i.e., de Mark Twain (Van Wyck Brooks)
o de Edgar Allan Poe (Joseph Wood Krutch). Posteriormente, en la
década de los cincuenta, las teorías psicoanalíticas
de Freud y Carl Jung influirán, respectivamente, en algunos miembros
del grupo de los Intelectuales de Nueva York,que desarrolla su labor
desde finales de los treinta hasta mediados de los cincuenta, y en la crítica
arquetípica o del mito. Más adelante, en la década
de los setenta y antes de la recepción plena de Lacan, el psicoanálisis
también aparece con fuerza en la crítica fenomenológica
de la lectura de Norman Holland y David Bleich.
Si bien la generalizaciones sobre un periodo
tan extenso suelen resultar simplistas y no demasiado fidedignas, cabe
decir que dichas tendencias psicoanalíticas se atienen al principio
fundamental que el psicoanálisis ha aportado a los estudios literarios:
la existencia de motivos, deseos y temores reprimidos que permanecen
en nuestro subconsciente. A veces, en particular en las primeras
etapas, la atención se ha centrado en el autor y en el proceso creativo
dando lugar a análisis de tipo psicobiográfico. Se
psicoanaliza al autor y su proceso creador empleando datos de su biografía
y descubriendo ocultos en su obra motivos, ansiedades o deseos subconscientes.
Esta clase de estudio se solía basar en el modelo neurótico
de creatividad; en la idea freudiana de los artistas como seres neuróticos.
Así, el intelectual de Nueva York, Edmund Wilson trata de
elaborar en The Wound and The Bow (1941) una teoría de la
creatividad literaria de acuerdo a la cual en el autor se combinan, al
tiempo, el genio y la enfermedad. Lionel Trilling, otro miembro de
los intelectuales de Nueva York, igualmente influido por Freud,
rechaza, sin embargo, esta teoría neurótica del artista y
la creatividad. Valora positivamente la profundidad con la que el
psicoanálisis ha penetrado en los motivos y significados de las
acciones humanas, pero añade al método psicoanalítico
elementos de estética y de la crítica sociológica.
Al igual que el resto de los Intelectuales de Nueva York, incluido
Wilson, Trilling desarrolló entre los años cuarenta y cincuenta
un tipo de crítica cultural que subrayaba las relaciones entre el
arte y la sociedad: ésta condiciona el arte y éste, a su
vez, refleja la realidad social y cultural.
En la década de los setenta, Harold
Bloom también recurre al psicoanálisis y a Freud para explicar
la creatividad. Bloom indaga en su libro The Anxiety of Influence
(1974) en las relaciones de rivalidad e imitación que los escritores
establecen con quienes les preceden en la historia literaria. El
modelo que adopta es edípico; una versión del freudiano romance
de familia en el que la identidad se construye asimilando y transformando
aspectos del otro. El poeta recién llegado se convierte en
un poeta fuerte a lo largo de un proceso subconsciente en el que se suceden
fijaciones, represiones de su voluntad de independizarse e inmortalizarse
y mecanismos diversos de defensa. Próximo, no obstante, como
ya vimos, a la deconstrucción, Bloom sitúa este conflicto
familiar
y psíquico en la retórica del texto. En este sentido,
la deslectura o lectura errónea inevitable de cualquier texto
es consecuencia del proceso de emergencia del poeta en lucha con sus predecesores.
La teoría psicoanalítica
que repercute de manera central en la crítica literaria postestructuralista
coincide prácticamente con la revisión que Jacques Lacan
realiza de los conceptos de identidad y constitución del sujeto
de Freud. Lacan se muestra disconforme con la confianza freudiana
en alcanzar una identidad completa y unificada por medio de un proceso
psicológico de identificaciones con el otro. En opinión
de Lacan, la identidad aparece siempre dividida, fragmentada, porque estas
identificaciones son parciales y nunca acaban por completarse. Influido
por la teoría lingüística de Ferdinand Saussure, va
a ligar la constitución de la identidad a la adquisición
del lenguaje. El sujeto se forma en dos etapas de la infancia: la
etapa
especular o de lo Imaginario y la etapa del orden Simbólico.
La primera es una fase de afirmación del sujeto como un todo.
Ante el espejo, el niño contempla una imagen completa de sí
y experimenta una sensación de identidad propia que contrasta con
la impresión de dispersión que su cuerpo le causaba.
Se produce entonces una serie de fusiones imaginarias con el mundo y con
los otros. En la segunda etapa, el sujeto accede al lenguaje y, así
pues, a una realidad de separación y división. La estructura
del lenguaje permite al sujeto diferenciarse de los demás y, por
tanto, construir su identidad. Pero al tiempo, el sujeto siente que
el lenguaje también le atribuye papeles ya definidos de los que
no puede escapar ni a los que puede dominar. Sufre, así, un
sentimiento de carencia que ya nunca desaparecerá y que trae consigo
el deseo y el subconsciente. La noción de deseo representa
el anhelo de una identidad completa y unificada. Un propósito
imposible ya que en el orden simbólico del lenguaje los significados
que lo asegurarían son huidizos. En el subconsciente, por
su parte, se acumula todo aquello que la imposición del lenguaje
reprime.
El deseo fallido de obtener una identidad
definida e independiente ha cimentado en gran medida las críticas
postestructuralistas a la idea esencialista y humanista de identidad
como algo constituido por marcas inmutables que se encuentran en el centro
del yo, por esencias idiosincrásicas del individuo
que no son modificables, de manera sustancial, por los condicionamientos
de la realidad exterior. En cambio, la identidad inestable de Lacan
conduce a representaciones de la subjetividad en permanente construcción
e interacción con el lenguaje y las prácticas discursivas.
Marcas como las del género, la orientación sexual o la raza
no se consideran esenciales o naturales sino simplemente construcciones.
Precisamente, señalan Philip Rice y Patricia Waugh, la teoría
postestructuralista prefiere el término sujeto a los
de ser o individuo para dejar claro que el lenguaje modela
la identidad humana, para subrayar que no existe una identidad estable
y fija prior to its entrance into the symbolic order of language
and discourse(Rice & Waugh 119). Mientras que los seres
son estables y esenciales, los sujetos son formaciones provisionales
siempre expuestas a alteraciones.
La contestación lacaniana de la
noción de identidad emergerá aquí y allá en
los movimientos críticos que siguen. Ahora sólo cabe
mencionar el impacto que tuvo en el crítico fenomenológico
primero y deconstruccionista después, Geoffrey Hartman. En
Saving
the Text (1981), la mediación del lenguaje en la constitución
lacaniana del sujeto le sirve para reafirmar su posición heterodoxa,
como dijimos, dentro de la deconstrucción a favor del autor y del
significado. A su juicio, a pesar de la inestabilidad y fragmentación
que provoque, la intervención crucial del lenguaje no hace desaparecer
al sujeto sino que, muy al contrario, confirma su presencia.
III. La Crítica Literaria Feminista
Pocos movimientos teóricos de los
últimos veinticinco años, acaso ninguno, han provocado cambios
tan sustanciales en la práctica cotidiana de nuestros modelos de
lectura e interpretación como la crítica feminista.
Y ello pese o, quizás, gracias a la heterogeneidad de perspectivas
y enfoques que la han ido configurando en sus diferentes etapas.
Su diversidad metodológica comprende postulados de prácticamente
todos los movimientos críticos más representativos de los
últimos años: la crítica psicoanalítica, la
marxista, la teoría del lector, la deconstrucción o los estudios
de minorías étnicas o sexuales. La crítica feminista
ha procurado observar su asunto central, el género, desde los ángulos
del discurso y la textualidad, la formación de la subjetividad,
las clases sociales, la raza o la orientación sexual. No obstante
esta variedad, sus estudiosos comparten principios comunes: la situación
de opresión de la mujer en vida real, la presencia indiscutible
del concepto y categoría de género en la literatura y la
concepción de la crítica literaria como herramienta
para acabar con dicha opresión.
Aunque a lo largo de los años sesenta
ya
aparecen libros que recogen las reivindicaciones del emergente movimiento
de las mujeres, la reforma de las estructuras políticas que conduzca
a su emancipación social y jurídica, se suele señalar
el libro de Kate Millet, Sexual Politics (1970), como el primero
en situar dichas reivindicaciones en el plano de la crítica literaria.
Su libro precede lo que será el primer tipo de crítica feminista
norteamericana de la década de los setenta, el denominado feminismo
cultural, el cual se ocupará, en líneas generales, de analizar
las representaciones o imágenes de la mujer en la literatura
escrita, fundamentalmente, por hombres. Se trata de averiguar de
qué manera se ha constituido a la mujer como objeto de representación
en la literatura tradicional o canónica.
Este tipo de análisis comprende
una parte de lo que la británica Elaine Showalter llama, en la segunda
mitad de los setenta, feminist critique: la crítica de la
mujer como lectora, como receptora y consumidora de obras escritas
por hombres, y, también, la crítica de las imágenes
y estereotipos de las mujeres en la literatura, en la historia literaria
y en la crítica (Showalter 92). Frente a esta crítica
feminista, Showalter propone otra, la ginocrítica, que se
interese por la mujer como escritora, como productora de textos
literarios. En este sentido, la ginocrítica supuso el primer
paso serio en la labor sucesiva de la crítica feminista de revisión
del canon literario tradicional, de esa selección de obras y autores
a los que se confiere una marca de calidad estética y cultural por
la que obtienen el privilegio de ser leídas en escuelas y universidades.
La crítica feminista no ha discutido tanto la propia noción
de canon como el hecho de que éste haya dejado fuera y, por tanto,
haya infravalorado y apartado a los márgenes de la historia literaria,
las obras de mujeres escritoras que merecerían estar en él.
A fin de combatir la escasa presencia de obras de mujeres, la crítica
feminista ha expandido el canon incluyendo obras poco conocidas hasta el
momento, ha propuesto nuevas definiciones de canon que contengan géneros
más femeninos como los diarios y las cartas y, también,
ha intentado establecer un canon o tradición literaria alternativa.
Todo ello, en fin, para deshacer un canon que, escogido abrumadoramente
por críticos masculinos, transmite a estudiantes y lectores unas
experiencias determinadas y soslaya otras.
La nueva orientación abierta por
la ginocrítica de Showalter tuvo su reflejo casi inmediato en el
conocido libro de las norteamericanas Sandra Gilbert y Susan Gubar,
The Madwoman in the Attic (1979). En él, estudian el tratamiento
que de diversos temas hacen algunas escritoras, desde Jane Austen hasta
Sylvia Plath, para consolidar su autonomía como creadoras dentro
de una sociedad patriarcal. También fueron ellas las compiladoras
de la antología de escritoras, Norton Anthology of Literature
by Women (1985), que, además de realzar la importancia de las
ya canónicas, recuperó para el canon, la lectura y la enseñanza,
autoras y obras menos célebres.
En estos años, coexisten en Estados
Unidos las dos tendencias diferenciadas por Showalter. Se intercalan
los estudios que analizan las descripciones sexistas y patriarcales de
la literatura masculina, la construcción de la mujer como lectora
por parte de su contexto sociohistórico y la propia literatura,
o el establecimiento del canon, y aquellos otros que se preocupan por la
estética de las mujeres escritoras, por la realidad y maneras de
una experiencia creadora distinta de la masculina. Con frecuencia,
no obstante, se superan las divisiones y aparecen investigaciones, entre
las que destacan las de Josephine Donovan y Annette Kolodny, que intentan
combinar la ginocrítica con la crítica feminista.
A principios de los ochenta, la crítica
feminista norteamericana recibe la influencia de su homóloga francesa
que preconizaba unos derroteros distintos. El feminismo francés,
al frente del cual se encuentran Hélene Cixous, Luce Irigaray y
Julia Kristeva, se asienta en dos de los pilares máximos del pensamiento
postestructuralista, la crítica de Derrida de la textualidad y del
discurso y la teoría psicoanalítica de Lacan sobre la articulación
por el lenguaje de la identidad del sujeto. En opinión de
éste último, como ya hemos explicado, tras el complejo de
Edipo el niño accede a un orden Simbólico en el que
la constitución conjunta de la subjetividad y del lenguaje y, por
ende, la integración en la sociedad sustentada por el Padre, conlleva
irremediablemente la aparición de sentimientos de pérdida,
deseo y alienación. Si bien con variaciones entre ellas, para
Cixous, Irigaray y Kristeva la tarea de la crítica feminista consiste
en describir los efectos en la mujer de esta masculina, represiva
y alienante construcción del yo y, al tiempo, explorar su
superación por medio de una écriture fémenine, de
un lenguaje nuevo del Otro femenino, que escape de este modelo psicoanalítico
y lingüístico y rompa con los pares binarios asimétricos
hombre/mujer, masculino/femenino. El acercamiento a lo femenino implica
escudriñatr, con la vista puesta en la recuperación de la
écriture fémenine, en estas elaboraciones del pensamiento
occidental que han considerado a la mujer lo otro, lo reprimido.
Apoyándose, de manera similar,
en premisas derridianas y lacanianas, las deconstruccionistas norteamericanas
Barbara Johnson y Shoshana Felman también se han ocupado de los
conflictos y asimetrías que comprende el par masculino/femenino.
En opinión de Felman, el análisis del lenguaje del texto
pone al descubierto contradicciones e incongruencias que desestabilizan
la noción habitual de la identidad femenina y, así pues,
socavan la subordinación de lo otro femenino al falo, al hombre,
al centro, que supuestamente la otorga sentido. El carácter
múltiple, contradictorio e inestable del significado textual erosiona
cualquier forma de falogocentrismo, de permanencia del falo
como centro psicoanalítico y discursivo masculino desde el que se
generan los significados que constituyen y oprimen la femineidad.
Otras estudiosas ya no encuadradas en
la deconstrucción, Nancy Chodorow, Jane Gallop, Jacqueline Rose
o Kaja Silverman, han reafirmado la idoneidad del psicoanálisis
para comprender de qué forma se modelan la subjetividad y el género,
lo femenino y lo masculino. El modelo de identificaciones conducentes
a la identidad ideado por Freud permite, en su opinión, entender
cómo se interiorizan las normas y, así pues, demostrar que
la asignación de los papeles sexuales y genéricos no son
hechos naturales sino, por el contrario, procesos arbitrarios y culturales
regulados, como sucede en el análisis del propio psicoanalista austriaco,
por las tendencias patriarcales de nuestra civilización. El
género no es una propiedad esencial sino el resultado de la interiorización
de atributos e identificaciones.
A partir de los escritos del feminismo
francés, la crítica feminista norteamericana se ha interesado
por aspectos que intervienen en la formación lacaniana de la identidad:
el cuerpo, el deseo, la mirada. Sin embargo, y pese a que las diferencias
entre los diversos enfoques son, con frecuencia, difusas, su principal
preocupación ha seguido siendo siempre las relaciones con la historia,
es decir, las diversas maneras en que el texto literario o crítico
refleja, representa o influye en la experiencia diaria de la mujer.
Así, Gayatri Chakravorty Spivak, deconstruccionista pero, a la vez,
cercana a los planteamientos de la crítica marxista, cree necesario
situar la posición dependiente de las mujeres y de la identidad
femenina en un contexto más general que comprenda las circunstancias
ideológicas, políticas, económicas y sociales.
Los conflictos que surgen del par logocéntrico, falocéntrico
o falogocéntrico, masculino/femenino se marcan con más
claridad al contempar éste en el entramado sociohistórico
mayor del que es parte. Esta perspectiva más ideológica
de Spivak continúa en una de las diversas tendencias de la crítica
feminista actual, el, a veces, denominado feminismo materialista, que subraya
la subordinación de las mujeres a factores sociales e históricos
y los lazos de la constitución y definición del género
con las formaciones de clase o las ideologías del trabajo.
En esta interacción entre lo contingente y el género se integran
también aquellos otros estudios numerosos que añaden, al
hecho de por sí difícil de la identidad femenina, la pertenencia
a una raza, a un grupo étnico o a una minoría social o sexual.
Finalmente, queda por decir que el debate
y las metodologías sobre el género se han extendido en la
última década aproximadamente a la otra unidad del par binario;
a la noción de masculinidad, su naturaleza, su formación
y sus relaciones con lo otro femenino. El término gender
studies, estudios del género, revela aquí su utilidad
para englobar, en el área específica de la literatura y la
crítica literaria, todos los estudios que se centren en discutir
la categoría e institución del género.

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