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Literaturas extranjeras



 
 
50: Teoría Literaria Norteamericana II: De la Deconstrucción hasta Nuestros Días. 3
Félix Rodríguez  Rodríguez
Universidad Complutense
ISBN-84-9714-084-2
 

IV. La Crítica Literaria Marxista y los Estudios Culturales

Bajo el epígrafe de este capítulo pretendemos acoger, de modo general, aquellas tendencias y métodos de la investigación literaria que tienen su origen, en mayor o menor medida, en principios y conceptos del marxismo.  En Estados Unidos, el enfoque marxista propiamente dicho ha mantenido, con sucesivas modificaciones de sus postulados y objetivos, una tradición ininterrumpida desde la década de los treinta.  En aquellos años, figuras  de la importancia de Granville Hicks, partiendo de la premisa marxista de que las condiciones económicas, la base, determinan la superestructura, es decir, la ideología, las instituciones y las producciones culturales, examinaron las funciones políticas del arte y la literatura en la sociedad y, principalmente, los modos en que la obra literaria refleja la ideología de la sociedad de su tiempo.  Por otro lado, también veían en la literatura la posibilidad, con la que todos ellos estaban comprometidos, de propiciar cambios en la sociedad capitalista.  Tanto su afirmación de los vínculos de la obra literaria con la ideología dominante como sus expectativas de reformas políticas y sociales les convirtió en blanco de los ataques del formalismo de la Nueva Crítica que, como sabemos, se concentra en el lado estético de la obra y renuncia a contemplar sus probables factores afectivos y didácticos.

La crítica marxista supera esta primera etapa, a veces denominada marxismo vulgar por su manera más directa y simplista de analizar el condicionamiento de la superestructura por la base económica, y adquiere nuevos bríos y recursos interpretativos a comienzos de los años setenta.  Al igual que sucede con otras metodologías del periodo postestructuralista, la creciente complejidad de sus planteamientos se va a deber  no sólo a las aportaciones de nuevos teóricos marxistas, sino también a sus contactos con otros enfoques críticos.   De tal forma que los estudiosos a los que pudiéramos adjudicar perspectivas marxistas componen un conjunto heterogéneo difícil de clasificar y sistematizar.  Más si cabe aún, cuando algunas de estas perspectivas marxistas constituyen, por otro lado, la base de otros dos movimientos críticos actuales que se estudian por separado: el neohistoricismo norteamericano y la crítica cultural británica.

Tres nombres destacan dentro de la teoría marxista norteamericana de los últimos treinta años, los de Fredric Jameson, Gerald Graff y Frank Lentricchia.  En su primer libro, Marxism and Form: Twentieth-Century Dialectical Theories of Literature, publicado en 1971,  Jameson analizaba las teorías de pensadores marxistas europeos, Walter Benjamin, Georg Lukács, T.W. Adorno o Jean-Paul Sartre, que parecían, sin duda, más útiles para la comprensión de unas circunstancias históricas diferentes de aquellas a la que se habían conocido los críticos de los años treinta.  Su propósito manifiesto era lograr una metodología crítica que sumase, a la descripción de sus rasgos estilísticos y retóricos, el estudio de las relaciones que la obra mantiene con el contexto histórico, político y socio-económico.  Una década más tarde, en The Political Unconscious (1981), Jameson optó por una nueva hermenéutica que revelase el subtexto ideológico e histórico que subyace en todo texto literario.  El texto rescribe y articula la realidad por medio del propio lenguaje, es decir, la textualiza.  La vida real sólo nos es accesible en forma textual y es, así pues,  la interpretación la que debe desentrañar el modo en que el lenguaje incorpora lo real como algo intrínseco a él.  En la crítica de Jameson, como en la de otros de filiación semejante, la metodología marxista confirma ser, empleando el término del filósofo francés Paul Ricouer, una hermenéutica de la sospecha empeñada en descubrir lo que el texto esconde; aquello sobre lo que permanece en silencio. 

Esta textualización de lo real complica indudablemente las relaciones entre la realidad política y económica y la literatura y, en este sentido, acerca las conclusiones de Jameson a las ideas del marxismo postestructuralista del francés Louis Althusser, a quien cita en su libro.  Althusser diversifica y mezcla los mecanismos a través de los que la ideología opera para definir al sujeto.  

Según él, la ideología no consiste en el sistema real de valores y creencias que modela y gobierna el modo en que percibimos la realidad sino, más bien, en las relaciones imaginarias que los sujetos mantienen con las condiciones sociales reales de su existencia.  Estas relaciones convierten a los individuos en sujetos, es decir, en individuos que reconocen en sí mismos, erróneamente, una identidad propia y distintiva: los diversos signos, discursos y prácticas de una cultura o sociedad interpelan al individuo como sujeto autónomo hasta que éste se convence de serlo y ocupa ese papel.  Así, la ideología no es algo transparente, como también asegura Jameson, sino que aparece inscrita de manera más indirecta y elaborada en la multiplicidad mistificada y compleja de las prácticas culturales, la literatura entre ellas. 

También Graff y Lentricchia abogan por unos estudios literarios que tengan en cuenta el carácter histórico y político de la literatura.  Ambos se muestran disconformes con los métodos y preocupaciones primordialmente formalistas de, a su juicio, buena parte de la crítica contemporánea.  Graff denuncia en Literature Against Itself: Literary Ideas in Modern Society (1979) que este interés central por los aspectos formales, en una línea sucesiva que discurre desde la Nueva Crítica hasta la deconstrucción, pasando por el estructuralismo o la teoría del lector, ha oscurecido el estudio de otras cualidades o propiedades de la literatura que la ligan a la realidad: la función referencial que abarca las relaciones de la obra con los distintos aspectos del contexto sociohistórico, la función expresiva que alude al impacto psicológico y emocional sobre el lector, y la función didáctica que atañe a la capacidad instructiva o pedagógica de la comunicación literaria.  El desinterés de la crítica, incluso de aquellos enfoques más recientes e innovadores como la deconstrucción, por estas funciones favorece, sostiene Graff, el mantenimiento del sistema capitalista.

Apoyándose, en mayor medida que Graff, en el corpus teórico marxista de Antonio Gramsci y  Herbert Marcuse o en las investigaciones sociológicas e históricas de Michel Foucault, Lentricchia ataca igualmente las tendencias apolíticas y ahistóricas del formalismo que, en su opinión, fomentan la desmovilización política y social.  La labor del crítico, por contra, debiera ser la de situar el texto literario en la historia y analizar sus vinculaciones con la ideología hegemónica.  Un tanto a la manera de Jameson o del británico Terry Eagleton, Lentricchia afirma en su libro Criticism and Social Change (1983) que la ideología, codificada  y articulada en el lenguaje y retórica del texto, ha de ser expuesta, y analizadas sus implicaciones y consecuencias, por un proyecto hermenéutico que él llama retórica marxista.  De este modo, el crítico es quien desenmascara el discurso ideológico dominante de una cultura particular; quien muestra la hegemonía, en la terminología del italiano Gramsci: el sistema de ideas, valores y creencias que modula el modo en que las cosas aparecen ante nosotros y lo que significan, y, así pues, el sistema que establece lo que la mayoría de nosotros cree que es la realidad de una cultura dada.  El crítico del proyecto de la retórica marxista revela esta hegemonía en la retórica del texto y, a la vez, descubre también su contenido antihegemónico, lo que dice sobre los valores e ideas marginadas o reprimidas por la ideología dominante.   De otra parte, el propósito de mostrar la ideología tras el texto lleva a Lentricchia, como a otros críticos de tendencia marxista, a revisar el concepto de canon y, por extensión, el de literatura.  No sólo se limita a denunciar el canon tradicional por elitista y por discriminar formas minoritarias y populares sino que, más allá aún, ensancha el campo de los estudios literarios hasta incluir cualquier expresión escrita en cuanto práctica significativa de una sociedad y cultura particulares.  De tal manera que la labor del crítico no tiene por qué circunscribirse únicamente a las obras con unas ciertas propiedades artísticas y una declarada o supuesta finalidad estética.

Esta relajación de los modelos y normas de lo verdaderamente literario y canónico, así como la noción de la literatura como un producto cultural más entre otros, son dos de los principios fundamentales de los estudios culturales: una actividad investigadora interdisciplinar más que movimiento crítico-literario que ha repercutido con gran fuerza, no obstante, en los estudios literarios.  De manera general, los estudios culturales estudian, como su nombre indica, la cultura, esto es, los sistemas de significación, organización y producción que constituyen la identidad, comportamiento y funcionamiento de los individuos, los grupos sociales y las instituciones.  La literatura, tanto la canónica como la más popular, es materia de los estudios culturales al ser uno de dichos sistemas culturales y, por consiguiente, participar de los mismos asuntos centrales sobre la identidad de los sujetos, los significados y formas de nuestras representaciones y modos de conocimiento, o la capacidad del sujeto para actuar responsable y autónomamente, su agencia en términos de Althusser. 

La irrupción vigorosa de los estudios culturales ha afectado de manera profunda a dos cuestiones centrales de la teoría de la literatura: una, el problema del valor y, en definitiva, el del canon, y dos, el debate acerca de la metodología a emplear.  En cuanto al primero, no está sólo el temor de algunos de que, al incluir producciones no literarias, los estudios literarios se disuelvan como área de conocimiento, sino que, al mismo tiempo, se elimine cualquier distinción de mérito y calidad entre las obras literarias.  Tres son las respuestas dadas, según nos detalla Jonathan Culler y resumimos a continuación por su trascendencia en los estudios literarios más contemporáneos, a quienes así piensan: 1)  La excelencia literaria siempre ha sido otro término para designar la representatividad de lo que se lee o se estudia.  Las obras literarias se eligen porque representan una forma, un género, un movimiento o un periodo literario.  Lo que ahora ha cambiado es que la representatividad la conceden no sólo elementos literarios, propiedades intrínsecas, sino una variedad de prácticas culturales.  2)  Dicha excelencia literaria siempre ha estado asociada a la elección de ciertas experiencias no literarias y no de otras: ha concedido, por ejemplo, mayor protagonismo a conductas, ideas y sentimientos masculinos en detrimento de experiencias femeninas similares.  Y 3)  El propio concepto de excelencia literaria es enormemente polémico ya que, con frecuencia, son aspectos extrínsecos, de relevancia cultural, institucional o nacional, los que intervienen en la valoración positiva del texto literario (Literary Theory 45-7).

En lo que toca a la segunda de las cuestiones, la metodología, los estudios culturales tienden a realizar interpretaciones sintomáticas.  El libro u objeto cultural se estudia como síntoma o expresión de la realidad sociohistórica que lo ha generado.  Lo cual significa abandonar los procedimientos más habituales de acercarse al texto literario: analizar sus propiedades estilísticas, retóricas y artísticas, las relaciones que mantiene con otros textos semejantes en la secuencia de la historia literaria, o la experiencia de su lectura y su interpretación por parte del lector.  Los estudios culturales parecen conllevar el cese de la crítica literaria como disciplina independiente con unas herramientas y modelos interpretativos distintivos que ahora, según propone Culler, podrían ser de gran utilidad para considerar otros fenómenos culturales (Literary Theory 49); es decir, para sustentar, paradójicamente, la actividad, los susodichos estudios culturales, que, de algún modo, la ha erosionado .  Como se observa, hemos recorrido un largo camino desde la insistencia de la Nueva Crítica, razón de ser de la escuela, en aislar la literatura como actividad estética, distinta de otras manifestaciones culturales, que demanda una disciplina y una metodología, igualmente, propias.