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Posmodernidad,
posmodernismo, experimentación, vanguardismo, vanguardia, modernismo,
modernidad, literatura, narrativa, norteamericana.
El término posmodernidad es un
término impreciso, un concepto contemporáneo de difícil
definición. A pesar del gran número de ensayos dedicados
al modo artístico y cultural posmoderno, la posmodernidad es, en
el momento actual, muy difícil de definir categóricamente,
tanto por el hecho de que las diversas variantes críticas perciben
el fenómeno de diferente manera, como por el hecho de que a esta
noción comúnmente hacen referencia perspectivas tan diversas
como un nuevo talante social, un estilo de pensamiento, una tendencia estética,
unos valores culturales y hasta un determinado momento histórico.
No sólo es difícil hallar
una definición del término, sino también un consenso
acerca de su comienzo, radicalidad de sus implicaciones en el discurso
contemporáneo o su relación con la modernidad. Lo que sí
puede constatarse es su presencia a lo largo del siglo XX en los ámbitos
culturales más diversos, puesto que como señala Ihab Hassan
en The Dismemberment of Orpheus: Toward a Postmodern Literature (1982),
la posmodernidad y sus implicaciones teóricas impregnarán
todas las áreas culturales, agrupando incluso las perspectivas más
opuestas:
Postmodernism now adverts to tendencies
in many fields: in literature, music, dance, the visual arts, and architecture;
in various humanistic disciplines, including philosophy, historiography,
psychoanalysis, linguistics, and especially literary theory; in mass communications
and cybernetic technologies; sometimes even in the sciences, which are
making “new alliances” with humanistic thought: and indeed in Western societies
as a whole, with their pluralistic life styles, their cultural Sargasso
Seas.
(p. XI)
Aunque el fenómeno puede contemplarse
desde una pluralidad de perspectivas, existe cierto consenso entre pensadores
de la posmodernidad en cuanto a las implicaciones o inquietudes que ésta
provoca en el conjunto social. La mayoría de los autores parecen
coincidir en describir la posmodernidad como un nuevo estilo, una nueva
tendencia o corriente de pensamiento en el que estamos inmersos tras la
crisis, transformación u ocaso de la modernidad. Desde esta perspectiva
la posmodernidad se elevaría al rango de hipótesis global
que describe el paso lento y complejo a un nuevo tipo de sociedad,
de cultura y de individuo, y que por tanto supone un cambio de rumbo en
el pensamiento dejando a un lado la autoridad, en beneficio de una preeminencia
cada vez más acusada de los sistemas flexibles y abiertos.
De hecho es evidente que la posmodernidad,
como su mismo nombre expresa, se relaciona con la modernidad. Esta relación
entre ambos paradigmas culturales no es entendida por los diversos críticos
de una manera unívoca , puesto que mientras algunos ven en la posmodernidad
una ruptura radical con el periodo anterior, otros la consideran únicamente
como una transformación en diferentes grados de intensidad. Sin
embargo, lo cierto es que la posmodernidad hace su aparición
cuando se comienza a dudar del proyecto moderno.
Ya sea la relación modernidad-posmodernidad
una tendencia continua, distanciada o enfrentada, lo cierto es que desde
finales del siglo XIX, y de modo progresivo, en el debate actual ha surgido
un afán de búsqueda tras la duda acerca de la validez de
los fundamentos de la modernidad. Ésta, que recogerá las
ideas ilustradas de confianza en la razón y en el progreso, y que
se había presentado como el proceso emancipador de la sociedad,
sufre una inadecuación entre proyecto y realidad.
La posmodernidad se inicia con un desencanto
y desconfianza en la razón ilustrada y la metafísica tradicional,
lo que conduce a una debilidad de pensamiento. Esta “posmodernidad débil”
ha sido propiciada por un conjunto de pensadores italianos y franceses
como Vattimo, Lyotard, Baudrillard, Derrida o Foucault que ponen en tela
de juicio los axiomas filosóficos que caracterizaban épocas
anteriores. Este conjunto de pensadores reconocen cómo la posmodernidad
siente la necesidad de cuestionar los grandes ideales de la sociedad válidos
desde la época ilustrada y así, tras dudar de la validez
de la razón, dice adiós a todo fundamento y a los grandes
principios que regían la modernidad para abrirse a una nueva época
en la que reina la indeterminación, la discontinuidad y el pluralismo.
Tras el debilitamiento de la razón y la pérdida del fundamento,
el hombre comienza a cuestionarse la disolución del sentido de la
historia, el ocaso de toda verdad y la estructura estable del ser y su
sujeto, y a partir de estas reflexiones va elaborando una concepción
del mundo que le rodea y de él mismo radicalmente distinta a aquella
sobre la que se asentaba la modernidad. El hombre vive ya en un nuevo paradigma
y, como describe Pauline Rosenau en Post-Modernism and the Social Science
(1992), nuevas son también las inquietudes que le caracterizan:
Post-modernists criticize all that modernity
has engendered: the accumulated experience of Western civilization, industrialization,
urbanization, advanced technology, the nation state, life in the “fast
lane”. They challenge modern priorities: career, office, individual responsibility,
bureaucracy, liberal democracy, tolerance, humanism, egalitarianism, detached
experiment, evaluative criteria, neutral procedures, impersonal rules,
and rationality.
(p. 6)
La posmodernidad, entendida ésta
como un amplio cambio de actitud en la sensibilidad occidental que ha venido
marcado por la carencia de referentes y la multiplicidad de signos de apertura,
se revela en sus manifestaciones artísticas y sin duda, pues, también
en la esfera literaria. Puesto que las manifestaciones artísticas
de cada periodo se adaptan y reflejan las inquietudes y problemáticas
de cada época, también la ficción se hará eco
de esta incertidumbre que gobierna todos los ámbitos culturales.
Tony Hilfer en American Fiction Since 1940 (1992), corrobora esta
conexión entre épocas socioculturales e inquietudes correspondientes
en el marco de la ficción:
Thus, literary developments responded
to major historical changes and, more directly, to the philosophical, psychological
and sociological discourses used to moralize or rationalize such changes.
These discourses, frequently employed to interpret contemporary fiction,
are also its subject matter, the floating debris of ideas, clichés,
fears and presentiments that novelist draw on as ideas of order or targets
of satire.
(p. 1)
Así, en consonancia con esta nueva
tendencia a la que hace referencia el término posmodernidad, se
ha venido desarrollando una nueva sensibilidad narrativa que participa
de las mismas dudas y preocupaciones de este nuevo talante, y que agrupa
sus múltiples facetas bajo la controvertida e imprecisa denominación
de posmodernismo literario.
Llegados a este punto creemos conveniente
añadir una puntualización que aclare nuestra posición
ante los ambiguos términos posmodernidad y posmodernismo, que a
menudo aparecen como sinónimos e intercambiables en multitud de
contextos. Posmodernidad es un término mucho más amplio que
describe la condición cultural e intelectual contemporánea,
y como tal hace referencia al discurso intelectual y especialmente filosófico
que incide en la multidireccional cultura y sociedad de los últimos
tiempos. El término posmodernismo, en cambio, hace referencia a
un tipo concreto de discurso, que argumenta o interpreta diversos planteamientos
teóricos, y en el cual se instaura la problemática e inquietudes
de un nuevo tipo de ficción lejos ya de los cánones tradicionales,
a la que suele aludirse con el genérico y no menos problemático
término de ficción posmodernista. La propuesta que hace Christopher
Norris en su ensayo “De cómo el mundo real se tornó fábula”
(1995) respecto a estos equívocos términos ilustra perfectamente
nuestra posición:
Pero sí que debemos tomar en consideración
la diferencia entre posmodernidad y posmodernismo, una distinción
que, no obstante, no siempre se tiene en cuenta, a pesar de ser muy importante.
La posmodernidad es un fenómeno cultural mucho más amplio
y un término bastante neutro. Con Frederic Jameson podríamos
afirmar que está en todas partes, en la publicidad, en los edificios,
en la narrativa, en la música, en nuestra vida cotidiana, en la
forma de vestir, de hablar. La posmodernidad es en cierta medida, la condición
de nuestro tiempo. El posmodernismo en cambio, es algo diferente. Es una
serie de argumentaciones, tesis, proposiciones; es una interpretación
de la historia y de la política, de la ética y de la relación
entre ética y política.
(p. 100)
De hecho, al hablar de literatura,
la etiqueta posmodernismo es muy poco precisa, puesto que el término
carece de especificidad crítica y las divergencias entre los diferentes
críticos respecto a sus implicaciones teóricas son abismales.
Ante la confusión que genera el término, muchos teóricos
prefieren hacer referencia a la nueva ficción utilizando vocablos
más específicos como surficción, ficción experimental,
metaficción, relato no-fictivo, fabulación...
Pero pese a tales dificultades en relación
a la poca especificidad crítica del término posmodernismo,
la multiplicidad de formas y facetas que puede adoptar la literatura que
entendemos como posmodernista e incluso la falta de consenso en cuanto
a la precisa localización temporal de este nuevo camino que emprende
la novela, sí podemos constatar que en la segunda mitad del siglo
XX aparecen claros indicios de un nuevo talante narrativo, que se construye
unas veces al lado y otras a mayor o menor distancia de la estética
modernista. El posmodernismo, pues, más que un movimiento literario
coherente, alude al desacato de la estética modernista, tendencia
dominante en la primera mitad de nuestro siglo, y que constituye por tanto
el contexto más próximo a esta nueva manera de concebir la
novela.
El modernismo literario (Woolf, Joyce,
Eliot), como coinciden ya en sostener casi todos los teóricos, se
caracterizó por un tono artísticamente aristocrático,
que defendía la originalidad de la obra artística, la autonomía
del artista y la atenuación de la realidad social en favor de una
perspectiva psicologista en la que primaba la interiorización de
la experiencia personal. Se concebía la mente del artista como el
pilar de una estética organizada, puesto que como señala
Hilfer (1992), “the mind and feelings themselves could be efficiently
rationalized” (p. 101), lo cual permitió en el campo de la novela
una clara distinción entre los niveles de realidad y ficción
al tiempo que implicaba una cierta unidad o coherencia del arte ante el
aspecto caótico de la experiencia humana. Como señala África
Vidal en su obra ¿Qué es el posmodernismo?(1989),
Los maestros modernos se enfrentaron a
un mundo carente de orden, temían la entropía, y decidieron
tratar de intuir, sobre todo a través de la metáfora y el
mito, un orden en o más allá de la experiencia del mundo
moderno: “Ningún artista tolera la realidad”, afirma Nietzsche.
“Lo
que me gustaría hacer es un libro sobre la nada, un libro sin ataduras
externas”; éste es el sueño flaubertiano de la independencia
del arte. El poeta debe ser capaz de abstraer la realidad,
“localizándola
en su imaginación” (Wallace Stevens), creando ese “silencioso
éxtasis de placer estético” del que habla Joyce.
(p. 40)
La obsesión por resaltar
la superioridad del yo del artista da como resultado un arte elitista,
que ignorando voluntariamente su contexto político, social y económico,
se encierra en un hermetismo cultista que a menudo excluye la cultura más
popular. El posmodernismo en muchas de sus variantes, aún manteniendo
esa autonomía del artista y la defensa de la autorreferencialidad
que también a veces le lleva al hermetismo, adopta una actitud de
mayor apertura, lo cual se traduce, como afirma Rosenau (1992), en la desaparición
de cualquier frontera o marco rígido:
Post-modernists question any possibility
of rigid disciplinary boundaries between the natural sciences, humanities,
social sciences, art and literature, between culture and life, fiction
and theory, image and reality in nearly every field of human endeavor.
(p. 6)
En las últimas décadas,
la nueva ficción pierde sus referencias, rechaza principios preestablecidos
y no lucha por la coherencia ni el significado, puesto que éste
se ha perdido favoreciendo las visiones fragmentadas y parciales. Desde
los tiempos griegos la literatura ha venido suponiendo una certeza en el
conocimiento pero, como señala Raymond Federman en su artículo
“Fiction
Today or The Pursuit of Non-Knowledge” (1978: 10), en la posmodernidad
“what replaces knowledge of the world and of man is the act of searching...”
y en esta búsqueda, la ficción debe partir de cero. Así
lo expone Ronald Sukenick en The Death of the Novel and Other Stories (1969):
Fiction constitutes a way of looking at
the world. Therefore I will begin by considering how the world looks in
what I think we may now begin to call the contemporary post-realistic novel.
Realistic fiction presupposes chronological time as the medium of a plotted
narrative, an irreductible individual psyche as the subject of its characterization,
and, above all, the ultimate concrete reality of things as the object and
rationale of its descrition. In the world of post-realism, however, all
of these absolutes have become absolutely problematic. The contemporary
writer -the writer who is acutely in touch with the life of which he is
part- is forced to start from scratch: reality does not exist, time does
not exist, personality does not exist.
Así en su acción de búsqueda,
la novela posmodernista no está sujeta a norma alguna, no se apoya
en ningún canon preexistente; el único compromiso que tiene
es consigo misma. De esta manera, los elementos que llegan a formar la
novela posmoderna son inestables e impredecibles, han perdido la conexión
con el mundo real. Raymond Federman en su estudio Critifiction: Postmodern
Essays (1993), explica claramente cómo es la fisonomía de
la nueva novela:
In fact, it can be said of the New Fiction
that it presented itself as a mess, and that therefore deliberate disorder,
chaos, fragmentation, dislocation, discontinuity were its most-striking
aspects. But in this multiplicity of voices that echoed one another across
the devastated landscape of fiction, there was a complicity of pupose that
Jerome Klinkowitz loosely classified under the terms of literary disruptions
(the title of his 1975 seminal study of what he called “Post-contemporary
Fiction”.)
(p. 22)
La ficción, pues, haciéndose
eco de las transformaciones sufridas en las últimas décadas
inicia una fructífera transformación que le lleva a cuestionar
conceptos, plantear interrogantes y plasmar inquietudes conceptuales. El
pluralismo, la incertidumbre, la apertura y el escepticismo que caracterizan
culturalmente a esta época, marcan las pautas que sigue la nueva
ficción y le permiten desarrollar nuevas posibilidades que rompen
con convenciones literarias anteriores. La ruptura de los límites
genéricos tradicionales, el nuevo papel del lector, la experimentación
formal, la creencia en las infinitas posibilidades del lenguaje, el desafío
a la mímesis, la autorreflexividad o autoconsciencia, son algunas
de las inquietudes de las que participa la nueva novela. Éstas constatan
en la segunda mitad de siglo la presencia de una nueva sensibilidad narrativa
que lejos de las antiguas convenciones literarias, indaga en su condición
y busca articular sus diferentes posibilidades.
Estos cambios experimentados por la literatura
no son casuales, sino espejo de las transformaciones políticas,
culturales y sociales de las últimas décadas. De esta manera
lo indica Ronald Sukenick en su novela In Form (1985), cuando afirma: “fiction
is the most fluid and changing of literary forms, the one that most immediately
reflects the changes in our collective consciousness, and in fact that
is one of its greatest virtues” (p. 241). También Hilfer (1992)
hace referencia a los continuos cambios experimentados por la sociedad
y cultura occidental tras la Segunda Guerra Mundial y señala éstos
como la posible causa de una situación estética poco definida:
“postmodernism reflects the tension of contemporary experience” (p. 129).
La sociedad del siglo XX es, evidentemente muy distinta a la del siglo
XIX y las nuevas formas de la novela reflejan los diferentes cambios de
actitud que predominan entre las dos épocas. Así lo afirma
Bradbury (1983):
All that is clear is that the postmodern
episode represented an attempt to break free of many of the established
conventions of genre and narrative, representation and characterization,
and that it has been a form of writing highly alert to the late twenty-century
cultural situation and its more open world of styles. Its chief achievement
is surely that, in returning to some of the fundamental questions of narrative,
representation, fictionality, literariness, surface, and depth, it has
opened the doors of literary convention and brought a new era of radical
enquiry not just to American fiction but the novel internationally.
(p. 209)
La consecuencia más importante
de este cambio de actitud impulsado por el abandono de todo sistema rigorista-disciplinario
que caracterizó a la sociedad moderna, es que la literatura de la
posmodernidad se enfrenta paradójicamente a la “muerte de la literatura”,
aunque como el mismo género se encargará de demostrar, la
novela no está cercana a su final sino que como señala Linda
Hutcheon en The Politics of Postmodernism (1989), “modes and categories
inherited from the past no longer seem to fit the reality experienced by
a new generation” (p. vii). Leslie Fiedler en Waiting for the End (1964)
manifiesta la preocupación que el supuesto apocalipsis de la novela
provoca en escritores y lectores:
Such predictions are received not with
the pious lack of interest or mild concern common to literary statements,
but with the sort of agitation more appropiate to a surmise that the United
States may be approaching its final days as a significant power, or that
the Church of Rome has outlived its last accomodation.
(p. 172)
Sin embargo, suponiendo la agonía
del género, es difícil imaginar qué nueva forma de
ficción sustituiría a la agotada novela. De nuevo citamos
textualmente a Fiedler (1964):
We cannot imagine anything after the novel
that is still literature, cannot conceive of an alternative form which
provide all the satisfactions of the novel, including the exercise of those
prestigeful skills we call “reading”. Such a failure does not, I think,
reflect the weakness of our imaginations, but rather our appreciation of
the fact that the novel is the last narrative art-form invented, or capable
of being invented, for literates.
(p. 172)
Estas elucubraciones sobre la agonía
de la novela como género literario, que llevarán a introducir
en el vocabulario crítico el término “antinovela”, son posteriormente
rechazadas al verse que el género novelístico no sólo
no desaparece sino que está atravesando una fructífera metamorfosis.
William Gass es el primer autor que se
decanta hacia la utilización del término metaficción
en lugar de antinovela, de carácter esencialmente negativo. En su
ensayo “Philosophy and the Form of Fiction” (1970), haciendo referencia
a las obras de José Luis Borges, John Barth y Flann O´ Brien,
afirma: “many of the so-called antinovels are really metafictions” (p.
25). Larry McCaffery en su artículo “The Art of Metafiction:
William Gass´s Willie Masters´ Lonesome Wife” (1976), apunta
una distinción entre ambos términos, señalando que
la antinovela hace referencia al proceso de elaboración de la ficción
de un modo indirecto, mientras que este proceso se convierte en la preocupación
fundamental de la metaficción: “the defining characteristic of metafiction,
however, is its direct and immediate concern with fiction-making itself”
(p. 22).
Robert Scholes, en su obra Fabulation
and Metafiction (1979), hace referencia a esta nueva ficción
de carácter experimental que se caracteriza por la conciencia de
su ficcionalidad, su autorreflexividad y su autocrítica. Scholes
destaca así uno de los principales aspectos de la metaficción,
la reflexión autocrítica, el hecho de que la nueva ficción
pueda contener dentro de ella tanto su propia crítica, como la referente
a otras disciplinas:
Metafiction assimilates all the perspectives
of criticism into the fictional process itself. It may emphasize structural,
formal, behavioral, or philosophical qualities, but most writers of metafiction
are thoroughly aware of all these possibilities and are likely to have
experimented with all of them.
(p. 114)

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