| Scholes
propone un nuevo término para designar a esta ficción, el
de fabulación, del que destaca su carácter didáctico
y lúdico, un tipo de ficción que “tends away from direct
representation of the surface of reality but returns toward actual human
life by way of ethically controlled fantasy” (p. 3). Para Scholes,
la metaficción es un tipo de fabulación marcado por su carácter
experimental, señalando con este término un modelo de ficción
que incluye formas como el romance, la fábula, la alegoría
o el mito, y que está dirigida hacia un mundo imaginado, distanciado
del mundo de la experiencia. Este tipo de ficción invierte el tiempo
y el espacio, rechaza convenciones tradicionales y hace referencia al placer
de la creación artística y al renacimiento de la imaginación
frente al realismo tradicional. Se dirige por tanto al abandono de dicho
realismo convencional o más concretamente, a la exploración
de las relaciones entre ficción y realidad:
It is my contention that modern fabulation
grows out of an attitude which may be called “fallibilism”, just as nineteenth-century
realism grew out of an earlier attitude called positivism. Fabulation,
then, means not a turning away from reality, but an attempt to find more
subtle correspondences between the reality which is fiction and the fiction
which is reality.
(p. 8)
Michael Boyd en The Reflexive Novel:
Fiction as Critique (1975), considera la nueva ficción como
un producto del rechazo radical de las convenciones del realismo formal,
de lo que él denomina “falacia mimética”, la cual se basa
en la complacencia epistemológica de aceptar pasivamente lo real
como dado. El alejamiento radical de la estética realista lleva
implícito en sí mismo una preocupación, una duda en
torno a la naturaleza de la realidad, al mismo tiempo que hace que la novela
se vuelva hacia sí misma, para verse como lo que realmente es, una
ficción: “the reflexive novel seeks to examine the act of writing
itself, to turn away from the project of representing an imaginary world
and to turn inward to examine its own mechanism” (Boyd 1975: 7).
En este sentido, la novela posmodernista
se aleja de la narrativa realista que presupone un universo coherente guiado
por principios racionales. En el ámbito literario de la posmodernidad,
la novela trata cada vez más de ella misma y menos de la realidad
exterior. De hecho, no acepta lo real como referente, le preocupa la indagación
de los límites de la propia ficción. Así lo señala
Ronald Sukenick en In Form (1985):
As soon as fiction gets frozen into one
particular model, it loses that responsiveness to our immediate experience
that is its hallmark. It becomes literary. It seems to me that this is
one of the major factors contributing to the recent decline in the popularity
of fiction: People no longer believe in the novel as a medium that gets
at the truth of their lives.
(p. 241)
Raymond Federman en su ensayo “Surfiction:
A Postmodern Position” (1973) rechaza de forma radical la muerte de
la novela y se reafirma en el hecho de que la nueva ficción implica
una concepción de la relación arte-realidad distinta de la
que se tenía en épocas anteriores. Para esta ficción,
que incluye todo tipo de irracionalidad antirrealista, acuña un
nuevo término, el de “surfiction”, que describe como
..., the only fiction that still means
something today is the kind of fiction that tries to explore the possibilities
of fiction beyond its own limitations; the kind of fiction that challenges
the tradiction that governs it; the kind of fiction that constantly renews
our faith in man´s intelligence and imagination rather that man´s
distorted view of reality; the kind of fiction that reveals man´s
playful irrationality rather than his righteous rationality.
(p. 37)
La surficción de la que habla Federman
implica una mayor preocupación por la naturaleza de la realidad
que por la naturaleza de la ficción. En este sentido, la surficción
sólo se relaciona indirectamente con la metaficción, puesto
que esta ficción está interesada fundamentalmente en el fenómeno
de la escritura de la ficción, en cuanto que ésta permite
escribir la realidad, afirmando, no la artificialidad de la ficción,
sino la ficcionalidad de la realidad. Esta ficción de la que habla
Federman no es una literatura popular, sino que ofrece productos de gran
elaboración y sofisticación y exige por lo tanto lectores
entrenados. En este punto, se aleja de la novela posmodernista que proclaman
críticos como Robert Alter, quienes consideran básico el
propósito de deleitar y entretener.
Alter en la introducción a su obra
Partial Magic: The Novel as a Self-Conscious Genre (1975) subraya el
componente lúdico de la literatura posmodernista, señalando
que su estudio se centrará en aquel tipo de novela “that expresses
its seriousness through playfulness that is acutely aware of itself as
a mere structure of words even as it tries to discover ways of going beyond
words to experiences words seek to indicate” (p. ix). Alter coincide
con otros críticos al reflejar el carácter autoconsciente
de la nueva ficción, centrándose en el hecho de que el arte
se refleja a sí mismo para, al exponer deliberadamente el artificio,
presentarse como lo que en el fondo es, un simulacro de realidad. En este
sentido, Alter describe múltiples posibilidades que la obra de ficción
desarrolla al re-inventar su propia elaboración, alterando antiguas
convenciones:
Self-conscious novels, because they are
so aware of the arbitrariness of narrative conventions, tend to diverge
in a variety of ways from the linear unitary structure of the usual traditional
narrative; and as a result they exhibit a fondness for reproducing themselves
en abime, as Gide liked to say, working with Chinese-box constructions,
or at least, repeatedly illuminating their devious narrative ways with
small replicas of the innovative structure of the whole.
(p. 186-187)
Steven Kellman, en referencia a
la exposición de la propia ficcionalidad en el seno de la novela
misma, publica The Self-Begetting Novel (1980), cuyo título
hace referencia al carácter que para Kellman tiene la nueva ficción:
The self-begetting novel project the illusion
of art creating itself... it is an account, usually first-person, of the
development of a character to the point at which he is able to take up
his pen and compose the novel we have just finished reading. Like an infinite
recession of Chinese boxes, the self-begetting novels begins where it ends
(p. 3)
De todos los términos utilizados
para definir esta forma de ficción, como son novela autoconsciente
(Alter, Stonehill), narcisista (Hutcheon), reflexiva (Boyd), autorrepresentacional
(Ricardou), autogeneradora (Kellman), surficción (Federman), fabulación
(Scholes), e incluso otros menos precisos, como novela introvertida, automática
o irrealista, uno de los más acertados es el de metaficción
(McCaffery, Christensen, Scholes, Waugh) que es, según afirma Patricia
Waugh en su obra Metafiction (1984), no un subgénero novelístico,
sino una tendencia dentro de la novela que opera a través de la
exageración de las tensiones y oposiciones inherentes a toda novela.
Para Waugh, la metaficción se interesa por el carácter de
ficcionalidad aplicado al producto literario, explorando las relaciones
entre sus distintos elementos y su complicada relación con lo real.
En este sentido, la metaficción es “writing which consistently displays
its conventionality, which explicity and overtly lays bare its condition
of artifice, and which thereby explores the problematic relationship between
life and fiction” (Waugh 1984: 4). De esta manera, entre esta variedad
de términos que, haciendo referencia a las distintas facetas de
la nueva novela, ilustran la heterogeneidad de las realizaciones de ésta,
el término metaficción parece ser el mejor acogido entre
los críticos, puesto que es más inclusivo que el resto.
Waugh desarrolla en Metafiction
(1984) uno de los estudios más acertados sobre la metaficción
que más tarde amplia en su libro Feminine Fictions. Revising
the Postmodern (1989). Waugh (1984) considera la metaficción
como un concepto más amplio para caracterizar a la ficción
contemporánea, que incluye diversos tipos de ficción, como
la surficción (a la que también llama “self-begetting novel”),
la fabulación y lo que denomina “nuevo realismo”:
There are those novels at one end of the
spectrum which take fictionality as a theme to be explored (and in this
sense would include the ‘self-begetting novel’), as in the work of Iris
Murdoch or Jerzy Kosinski, whose formal self-consciousness is limited.
At the centre of this spectrum are those texts that manifest the symptoms
of formal and ontological insecurity but allow their deconstructions to
be finally recontextualized or ‘naturalized’ and given a total interpretation
(which constitute, therefore, a ‘new realism’), as in the work of John
Fowles or E.L. Doctorow. Finally, at the furthest extreme (which would
include ‘fabulation’) can be placed those fictions that, in rejecting realism
more thoroughly, posit the world as a fabrication of competing semiotic
systems which never correspond to material conditions, as in the work of
Gilbert Sorrentino, Raymond Federman or Christine Brooke-Rose.
(Waugh 1984: 18-19)
Waugh analiza en su estudio la problemática
en la que se inscribe la ficción actual y, partiendo del rechazo
de la estética realista, expone su visión de las inquietudes
que se plantea la ficción actual y de su trayectoria hacia el futuro.
Su estudio parte de la idea de la muerte de la novela, que Waugh rechaza
para afirmar que la novela actual se reafirma transgrediendo las convenciones
literarias del realismo, a la vez que la novela se vuelve hacia sí
misma e investiga su propio concepto de ficcionalidad, cuestionando las
relaciones entre la literatura y la realidad.
Desde este punto de vista, las ficciones
contemporáneas se vuelven más conscientes de ser construcciones
imaginarias, fabricadas arbitrariamente y situadas fuera del alcance de
la realidad, puesto que el mundo real es únicamente una ilusión,
es sólo un artificio inventado a través del lenguaje. En
este sentido, tal como señala Waugh, la metaficción hace
referencia a “fictional writing which selfconsciously and systematically
draws attention to its status as an artefact in order to pose questions
about the relationship between fiction and reality” (Waugh 1984: 2).
El enfoque de Waugh acerca de la
ficcionalidad de la obra literaria y su cuestionamiento acerca de la función
del lenguaje en su relación con el mundo real, permite contemplar
la obra literaria en un amplio contexto, facilitando, al cuestionar ciertas
convenciones tradicionales, que la novela se convierta también en
crítica social y literaria. Como describe Waugh (1994),
Metafiction thus converts what it sees
as the negative values of outworn literary conventions into the basis of
a potentially constructive social criticism. It suggests, in fact, that
there may be as much to be learnt from setting the mirror of art up to
its own linguistic or representational structures as from directly setting
it up to a hypothetical ‘human nature’ that somehow exists as an essence
outside historical systems of articulation.
(p. 11)
El término metaficción
es, pues, más inclusivo, pues a la vez que abarca los rasgos de
la surficción, va más allá explorando el proceso de
llegar a ser del producto literario, reduciendo todo a un determinado discurso
y a la vez cuestionando la validez de ese discurso. La metaficción
se preocupa de las relaciones entre los signos dentro del texto literario,
más que de las relaciones de estos signos con el mundo exterior.
Para Waugh la metaficción reexamina las convenciones del realismo,
para desenmascarar su condición de obra de ficción y revelar
sus estrategias en el proceso de creación. En este sentido, la metaficción
se plantea la dicotomía realidad-ficción, la relación
entre el autor y su obra o la interacción texto-lector.
Linda Hutcheon coincide con otros
teóricos al destacar el carácter narcisista de la literatura
metafictiva. En su obra Narcissistic Narrative (1980), afirma que
“metafiction... is fiction about fiction -that is, fiction that includes
within itself a commentary on its own narrative and/ or linguistic identity”
(p. 1). Para Hutcheon la narrativa narcisista es una forma esencialmente
didáctica a través de la cual se manifiesta una preocupación
principalmente por la ontología del relato y por la naturaleza de
la lectura. Este tipo de novela obliga a que el lector no olvide que lo
que está leyendo es una ficción, un simulacro de realidad.
De esta forma, le fuerza a mantener una determinada perspectiva que difiere
de la actitud pasiva característica de la lectura tradicional, puesto
que insiste en obtener una respuesta lectora. Para Hutcheon “metafiction
has two major focuses: the first is on its linguistic and narratives structures
and the second is on the role of the reader” (Hutcheon 1980: 6). En
este sentido el lector cambia su posición; se le exige ahora un
papel más activo, una mayor participación en cuanto que re-crea
el texto en cada lectura.
Como confirman la variedad de puntos
de vista presentados en torno al posmodernismo literario no es posible
establecer una teoría de éste sino solamente señalar
ciertas implicaciones teóricas. De este modo, de las aportaciones
presentadas anteriormente, podemos extraer no una definición, sino
un panorama teórico que describe algunas inquietudes de la ficción
en la segunda mitad de siglo. En realidad, se necesita una visión
más amplia y una mayor distancia temporal para constatar de manera
rigurosa la significación y repercusión del fenómeno
posmodernista, pero es evidente que los nuevos planteamientos que desarrolla
la ficción han traído consigo transformaciones fundamentales
que han modificado aspectos narrativos esenciales, alterando la fisonomía
de la novela. A modo de síntesis, reflexionaremos brevemente acerca
de algunas de estas transformaciones.
Es evidente que la forma de la novela
queda definitivamente alterada al pasar por esta nueva fase. La novela
modernista se caracterizaba por la búsqueda de una coherencia por
lo que la obra era concebida respondiendo a una estructura que permitiese
el ensamblaje de sus distintas partes o facetas. Esta concepción
del arte lleva al autor moderno a tratar de alcanzar esa coherencia intentando
aprehender y ordenar las distintas facetas del anárquico panorama
de
la vida contemporánea. El autor posmodernista no trata de ordenar
su entorno, sino que asume la incoherencia y el caos que le rodean como
inevitables por lo que considera improductivos los esfuerzos orientados
a dotar de estructura a la obra. Esta actitud conlleva la disolución
del concepto de estructura, y su sustitución por otros principios
como son la contingencia, la discontinuidad y la fragmentación.
Así, la novela posmodernista renuncia
a una estructura logocéntrica tradicional para, liberándose
de ella, girar sobre sí misma y dejar atrás la idea de centro.
El concepto de forma como estructura fija, estable y permanente desaparece
abriendo sus fronteras y privilegiándose el texto, que en la ficción
posmodernista deja de ser un elemento preciso de comunicación entre
autor y lector para convertirse en una colección de fragmentos incoherentes.
Como señala Derrida en Of Grammatology (1974) “the text is all and
nothing exists outside to” (p. 158). El texto posmoderno es un texto plural
abierto a un infinito número de distintas interpretaciones. Como
puntualiza Umberto Eco en Travels in Hyper Reality (1983) el texto posmoderno
es “a machine for generating interpretations” (p. 2), o como indica Ann
Jefferson en Modern Literary Theory (1982) “the more plural a text is,
the more it will make it impossible for the reader to find any origin for
it, whether it be in the form of an authorial voice, a representational
content or a philosophical truth” (p. 103).
En la novela posmodernista, el principio
de coherencia proporcionado por la visión mediatizada de un narrador
o narradores se diluye quedando sustituido por un agregado de voces dispersas
o múltiples puntos de vista que hacen que el relato pierda su unidad
y camine a través de disgresiones constantes. Como señala
Federman (1973), la nueva novela elimina la trama rechazando la estructura
tradicional de la obra de ficción eliminando la secuencia lógica
de acontecimientos y la cronología estable, y distorsionando tanto
la linealidad como la temporalidad de la obra de ficción:
If life and fiction are no longer distinguishable
one from the other, nor complementary to one another, and if we agree that
life is never linear, that in fact life is always discontinuous and chaotic
because it is never experienced in a straigh line or an orderly fashion,
then similarly linear, chronological, and sequential narration is no longer
possible.
(p. 42)
Por otra parte, puesto que el afán
por lograr una coherencia sólo era posible en el seno de una epistemología
basada en la causalidad y la búsqueda de sentido, al abandonarse
ésta, la obra literaria ya no busca seguir un orden causa-efecto,
ni una secuenciación cronológica ya que no se trata de imitar
la vida, sino de crear otra vida. De esta manera el autor no intenta presentar
hechos y personajes verosímiles, puesto que no intenta reflejar
una realidad exterior de cuya existencia duda. El autor no está
sujeto a ningún tipo de convención literaria, no tiene ningún
límite que restrinja su material, sólo cuenta con las barreras
que le imponga su imaginación y los límites del lenguaje:
Since writing means filling a space (blackening
pages), in those spaces where there is nothing to write, the writer can,
at any time, introduce material (quotations, pictures, charts, diagrams,
designs, illustrations, doodless, lists, pieces of other discourses, etc.)
totally unrelated to the story he is in the process of inventing. Or else
he can simply leave those spaces blank, because fiction is as much what
is said as what is not said, since what is said is not necessarily true,
and since what is said can always be said another way. There is no constriction
in the writing of fiction, only arbitrariness and freedom.
(Federman 1973: 44).

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