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clave: eclecticismo-realismo referencial-realismo científico
-pantalla -derivas-mito-diégesis-utopía.
I. La evolución artística y existencial
de Émile Zola: un recorrido por su trayectoria biográfica.
Las líneas que siguen a continuación no pretenden ser
la biografía detallada de un novelista. Nuestra intención
es llamar la atención sobre una particularidad: el paralelismo existente
entre el desarrollo ideológico y estético de nuestro autor,
y la evolución de los acontecimientos de la segunda mitad de siglo
XIX. Esto nos permite afirmar que Zola fue un hombre de su tiempo que supo
adaptarse a los cambios, muchas veces traumáticos, que sufrieron
las conciencias finiseculares. De ahí que las fases de su trayectoria
sean plenamente coincidentes con las del siglo
I.1 La infancia o la convergencia de factores geográficos
y familiares.
Aunque Zola nació en París, a la edad de tres años
se trasladó junto con su familia al sur francés, a la Provenza,
más concretamente, a la ciudad de Aix-en-Provence, donde pasaría
toda su infancia y parte de su juventud. Zola resultó ser doblemente
meridional, por parte geográfica y por parte familiar, al ser hijo
de veneciano y nieto de griego. Esa tierra, tan rica estéticamente,
impregnó la vista y la sensibilidad del joven Émile, despertando
en él una conciencia artística que, no sólo podemos
apreciar en sus críticas pictóricas –Mes salons-, sino
también en muchas de sus novelas.
Por aquel entonces, las diferencias socio-culturales entre el norte
y el sur, entre la capital y la provincia, eran muy notables. La modernidad
y la tradición dividían Francia transversalmente a mediados
del siglo XIX. El sur francés vivía plácidamente instalado
en su cálido pasado e inmerso en las creencias populares de honda
raigambre: familia, trabajo y religión, valores éstos que
dejarán una profunda huella en la formación de Zola y que,
como la estética meridional, formarán parte del substrato
que nutre su producción.
I.2 La adolescencia: de Aix a París.
...j'ai mis beaucoup de ma jeunesse dans mes livres, où
j'ai retracé, je pense, plus largement qu'aucun romancier
e l'a jamais fait, mes expériences personnelles et même mes
sentiments..(Zola, cfr., Mitterand, 1980 :34)
La primera adolescencia de Zola estuvo marcada por su archiconocida amistad
con Cézanne y por el despertar de sus primeras lecturas, algo que
le hizo zambullirse plenamente en la lírica romántica. El
poso romántico en nuestro autor es innegable; sin embargo, en sus
inicios como novelista, lo reconocía, de mala gana, como si de un
desliz de adolescen se tratara. Sólo muchos años después
llegaría a esgrimirlo como un valor esencial de su producción.
Ideológicamente escritores románticos como Rousseau, Hugo,
Musset o Michelet, favorecieron la elaboración de un moralismo idealista
en el joven Zola, que, torpemente todavía, se empezaba a debatir
entre la ciencia y la religión, la fe y la razón.
Literariamente, el Zola de adolescencia romántica creía
en la capacidad regeneradora y moral de la poesía, y criticaba los
textos que se complacían en reproducir el aspecto más crudo
y escatológico de la realidad, como una traba insalvable en su vuelo
hacia el ideal. Estos planteamientos resultan sorprendentes si los comparamos
con los del Zola más conocido. El tópico del escritor maldito,
obsceno y blasfemo, contrasta con ese joven que cree en el cometido divino
de las manifestaciones artísticas, especialmente de la poesía
lírica, la única, según él, capaz de llevar
a cabo, dignamente, la función moralizante que Dios había
atribuido al poeta.
Le poète a une mission sainte: montrer à toute
heure, en tout lieu, l'âme à ceux qui ne pensent qu'au corps,
et Dieu à ceux dont la science a tiré la foi. (Zola, 1978:
223)
A finales de la década de los cincuenta, Zola se trasladó
a vivir a París, y fue allí, donde, en medio de la vida de
bohemia y estrecheces, comenzó a olvidar su herencia romántica
y a encaminarse hacia presupuestos materialistas y positivistas.
... chaque adolescent venu à Paris (...) se énètre
en l'espace d'une semaine d'idées républicaines, quelles
que soient les convictions avec lesquelles il était arrivé
(...). Cela, semble-t-il, est dans l'air du quartier Latin(...). Zola,
cfr., Ouvrard :145)
De estos primeros años parisinos, data una de las constantes
deológicas más interesantes en su producción: el redentorismo,
aún en el aire del Romanticismo. Se trata, obviamente de una redención
en el amor, lo cual implica que, previamente a esa salvación, ha
habido un "pecado" que la requiriera; y ¿Cuál es el pecado
en el amor? ¿Cuál su traición, su hipocresía?:
la prostitución. No en vano, el objeto de la redención
es siempre mujer y prostituta, especialmente en la época romántica,
que recreó hasta la saciedad esta situación, en la que el
hombre era siempre el redentor y la mujer, obviamente la redimida. Este
tema se inicia con una novela casi desconocida llamada La confession de
Claude (1865) que podemos considerar como la frontera que separa
la adolescencia romántica de la juventud positivista de nuestro
autor. En la primera parte del libro, el protagonista, de claras
resonancias autobiográficas, cree todavía en esa idealista
redención por el amor al estilo de Michelet o de Hugo; sin embargo,
en la segunda parte, renuncia a esa posibilidad encaminándose
hacia otros presupuestos, más de su tiempo. Pero, aunque el espíritu
redentor de los primeros años fracasará en su intento regenerador,
volverá más tarde, con toda la fuerza y la madurez que dan
los años, para triunfar plenamente en la mujer y en el amor. Nos
referimos a ese segundo estadio del redentorismo zoliano que protagonizará
sus últimas novelas, especialmente, a partir de Le Docteur Pascal
(1893) y, de un modo casi obsesivo, en Les Quatre Évangiles (1899-1903).
No obstante, entre esta primera novela y las últimas se abre un
foso enorme de más de una veintena de años, que corresponde
a su obra más monumental y conocida, Le Rougon-Macquart (1870-1893).
A la idea de salvación le sucederá, en el tiempo y en
la obra, la idea de investigación. No se tratará ya de curar,
sino de estudia los motivos y circunstancias que han llevado a las gentes
a la decadencia social, moral y física.
Quand une société se putréfie, quand la
machine sociale se détraque, le rôle de l'observateur et du
penseur est de
oter chaque plaie nouvelle, chaque secousse inattendue.
(...). Nous vivons sur les ruines d'un monde. Notre devoir est d'étudier
ces ruines avec franchise, sans peur ni mensonge, pour en tirer les éléments
du monde futur. (Zola, 1978, t.II : 307,n.9)
Así, a la primera intención religiosa, aún de herencia
romántica, sucederá el impulso científico, entre la
sociología, la historia y la fisiología, hijas todas ellas
de la nueva época positivista que comenzaba a mediados de siglo.
Émile Zola comenzó a caminar por las sendas de la doctrina
positiva, que iba imponiéndose con fuerza en Francia, en el momento
en que entró a trabajar en la librería Hachette, en 1862.
Este empleo supuso para él un verdadero proceso de iniciación
en la mentalidad positivista y cientifista. La editorial, dirigida por
Louis Hachette, se había convertido en un foro de pensamiento e
ideología republicanos próximo a la burguesía ilustrada
y liberal. El momento de la incorporación de Zola a la empresa coincidió
con la ampliación de la misma y los grandes trabajos de expansión
que, de 1862 a 1864, contribuyeron a hacer de ella el gran coloso que conocemos.
Al poco tiempo de su entrada, Zola accedió al puesto de jefe del
recientemente creado departamento de publicidad, un puesto clave para un
joven con pretensiones literarias. Allí conoció las obras
de divulgación científica de Hippolyte Taine, Claude Bernard
y sobre todo de Émile Littré, el gran autor de la casa. Este
período de formación en las nuevas ideas se vio reforzado
por la asidua lectura del periódico Le Siècle, fuertemente
republicano y anticlerical.
Su llegada a París y su contacto con medios positivistas le hicieron,
además, reafirmarse en algo que venía sospechando desde 1860:
su mediocridad como poeta. Quedaron, pues, definitivamente olvidados aquellos
poemas grandiosos sobre la creación del Universo, enterrados bajo
la besogne du siècle: su tarea de novelista.
En realidad, esto supone un intento de resolver el dualismo estético
que venía arrastrando: su opción entre la realidad y el ideal,
la prosa y la poesía, lo contemporáneo y lo eterno.
I.3 Madurez: del positivismo al espiritualismo
Como ya dijimos más arriba, la evolución personal y estética
de Zola coincide plenamente con la evolución del siglo. Por eso,
no nos debe extrañar la sucesión de etapas, en apariencia
contradictorias, que no son sino el reflejo del rumbo que tomaron los últimos
años del siglo XIX.
Sus primeros años en París coincidieron con la época
del cientifismo a ultranza, de la denostación de influencias románticas
anteriores y del más acusado anticlericalismo. Éstas, que
son las 3 características generales de mediados de siglo, lo son
de igual modo, de la primera madurez de Zola.
Ideológicamente, asistimos al reinado de la ciencia; la ciencia
que todo lo puede y todo lo invade. El método científico
aplicado a la pintura, a la novela, a la filosofía, a la educación,
a la política, la historia, a un mundo "cientificado". Del tronco
común que representa August Comte, verdadero creador del positivismo,
se desarrollaron fuertes y notables ramas representadas por Ernest Renan,
Taine, Claude Bernard o Littré, pilares fundamentales de la intelectualidad
francesa de la segunda mitad de siglo.
La invasión que llevó a cabo la ciencia, en todos los
órdenes de la vida trajo como consecuencia, el repudio a cualquier
dimensión metafísica, especialmente religiosa.
Le monde d'aujourd'hui est sans mystère . La conception
rationelle prétend tout éclairer et tout comprendre; elle
'efforce de donner de toutes choses une explication positive et logique,(...).
C'est par la connaissance des lois physiques que la science a renouvelé
la conception du monde et qu'elle a renversé sans retour la notion
du miracle et du surnaturel. (Marcelin Berthelot, Origines de ’alchimie,
cfr., Six : 106)
Se abrió entonces una fuerte incompatibilidad entre ciencia y religión.
Esta incompatibilidad orquestará en Zola un dualismo feroz que,
como una corriente subterránea, irá alimentando el nivel
más profundo de sus obras. Esa dialéctica, de tan difícil
solución, entre lo material y lo espiritual, la inmanencia y la
rascendencia, el cuerpo y el alma, lo cronológico y lo intemporal
es, a nuestro juicio, el eje sobre el que se articula la gran serie de
novelas Les Rougon-Macquart, como veremos más adelante.
En el devenir de esa exaltación materialista se esperó
todo de una ciencia que avanzaba despacio, demasiado despacio para unas
mentes hambrientas de respuestas. El hombre no supo acomodarse a su nuevo
papel, en el aquí y el ahora positivistas, y corrió de nuevo
a refugiarse en las antiguas creencias. "La moral de los fuertes" no conquistó
a las conciencias.
Proclamada por el estoicismo post-naturalista, defendía la convivencia
del hombre consigo mismo, aceptando sus límites y las condiciones,
a menudo adversas, de una existencia nada fácil de llevar. Esta
moral se hallaba muy lejos de triunfar en la sociedad francesa, que, en
medio del sufrimiento, seguía manteniendo su necesidad antropológica
de la esperanza en el más allá.
El último tercio del siglo XIX vio nacer lo que se llamó
la faillite de la science. Al furor cientifista le sucedió un retorno
a la trascendencia, a la fe religiosa y a la figura de Dios, relegada enlos
días del positivismo. Semejante trastorno del orden de prioridades
para el hombre que se decía "moderno", no pudo dejar indiferente
a nadie: ni a los que, abandonando los dictados positivistas, se zambulleron
en la renovada trascendencia, ni a los que desarrollaron una mayor hostilidad
ante tal "retorno al pasado", ni a los que -como el caso de Zola-, tras
un primer momento de incertidumbre y desconcierto, intentaron una
tópica aproximación.
Estas particulares circunstancias contribuyeron a que los principios
teóricos del naturalismo comenzasen a tambalearse, así como
su aplicación en la música, la literatura o la pintura, en
un intento de responder a las nuevas necesidades.
Messieurs, j'entends dire couramment que le positivisme agonise,
que le naturalisme est mort, que la science est en train de faire faillite,
au point de vue de la paix morale et du bonheur ... qu'elle aurait promis.
(...). Vous ne mettriez plus dans la science tout votre espoir, vous
auriez reconnu, à tout bâtir sur elle, un tel danger social
et moral, que vous seriez résolus à vous rejeter dans le
passé, pour vous refaire, avec les débris des croyances mortes,
une croyance vivante. Certes, il n'est pas question d'un divorce complet
avec la science, il est entendu que vous acceptez les conquêtes nouvelles
et que vous êtes décidés à les élargir.
On veut bien que vous teniez compte des vérités prouvées,
on tâche même de les accomoder aux anciens dogmes. Mais au
fond, la science est mise à l'écart de la foi, on la repousse
à son ancien rang, ... , une enquête permise, tant qu'elle
ne touche pas au surnaturel de l'au-delà. (...) la science est incapable
de repeupler le ciel qu'elle a vidé, de rendre le bonheur aux âmes
dont elle a ravagé la paix naïve. Son temps de triomphe menteur
est fini, il faut qu'elle soit odeste, puisqu'elle ne peut pas tout
savoir en un coup, et tout enrichir et tout guérir. (...) il est
pourtant déjà des saints et des prophètes qui vont
par le monde en exaltant la vertu de l'ignorance, la sérénité
des simples, le besoin pour l'humanité trop savante et trop vieillie
d'aller se retremper, au fond du village préhistorique, parmi les
aïeux à peine dégagés de la terre, avant toute
société et tout savoir. (Zola, « Le Discours
aux étudiants », 1964-67, t.V :1610-1612)
El Zola de las palabras que acabamos de reproducir continua su exposición
entonando un mea culpa que sorprende, en boca de uno de los mayores defensores
de la aplicación del método científico a los restantes
campos del saber. No obstante, no se trata de una renuncia al método
positivista, sino el primer intento de comunión entre aquél
y un cierto tipo de religiosidad.
A cette heure, je puis même confesser que, personnellement,
j'ai été un sectaire, en essayant de transporter dans le
domaine des lettres la rigide méthode du savant.(Íbid.)
Ce que je puis concéder, c'est, en littérature, que nous
avions trop fermé l'horizon. J'ai, personnellement, regretté
déjà d'avoir été un sectaire, en voulant que
l'art se tînt aux vérités prouvées. Les nouveaux
venus ont rouvert l'horizon, en réconquérant l'inconnu, le
mystère, et ils ont bien fait.(Op. cit : 1614)
El Zola del "Discours aux Etudiants", texto clave para entender la evolución
ideológica de finales del siglo, defiende el papel de la ciencia
en nombre de la verdad, que no de la felicidad, porque, según él,
el hombre no siempre está preparado para vivir con una verdad amarga
e injusta. Sin embargo, tras estas palabras al parecer plenas de convicción
y confianza, propias de alguien que ve claramente las dificultades del
camino, y que aún así, está dispuesto a recorrerlo,
se esconde la vertiente más sombría de un Zola apesadumbrado
por las dudas, por un miedo inexplicable; un Zola que, pocos años
antes, estuvo a punto de naufragar en la desesperación tras las
muertes de seres muy queridos para él (Duranty, Flaubert o su madre)
Estas muertes, por lo que de trágico tuvieron para Zola, supusieron
en el plano existencial, un replanteamiento, consciente o no, de
sus convicciones materialistas de negación de toda trascendencia.
A estas desgracias hay que sumarle su entrada en una grave crisis personal,
acrecentada por un mal estado de salud y una débil moral, fruto
quizá de sus primeras aproximaciones a las lecturas de Schopenhauer.
Este estado de ánimo tiene como consecuencia la creación
de un proyecto novelístico, que, tras una pausa, vio la luz en 1884:
La joie de vivre, decimosegunda obra de Les Rougon-Macquart.
En este texto, Zola lleva a cabo una especie de catarsis o depuración,
respecto a dos tendencias que estaban minando su equilibrio mental, la
hipocondría y el pesimismo de Schopenhauer, que ya habían
hecho mella en algunos de sus compañeros. Al borde del abismo, del
mismo precipicio que engulló a Maupassant, Zola supo vencer la tentación
de dejarse arrastrar por el vacío, aferrado a su natural fuerza
vital y a su esperanza en un futuro mejor, nacido de la feliz reunión
de esos contrarios que desgarraban las conciencias finiseculares. La inmensa
tarea que se había impuesto de recrear el universo en las veinte
novelas de Les Rougon-Macquart, contribuyó también a mantenerlo
firme y confiado en los tiempos venideros. La serie termina, como veremos,
con una nota de optimismo y de confianza, y abre las puertas a una época
de búsqueda de soluciones. A esta época corresponden Les
Trois illes.
I.4 La utopía de los últimos años.
La última etapa en la vida y la obra de Zola, se inicia con las
tres novelas que configuran la serie Les Trois Villes: Lourdes (1894),
Rome (1896) y Paris (1898) Cada una de ellas representa un alto en su evolución
ideológica y existencial de Zola; las dos primeras suponen el rechazo
ante las posibles "soluciones" a la crisis ideológica de finales
de siglo: el misticismo y el neo-cristianismo en Lourdes y el catolicismo
social en Rome. Paris, como es habitual en las novelas que cierran sus
series, termina esa etapa de búsqueda y abre otra nueva, en la que
Zola
desarrollará su "nueva religión".
Confirmada su ruptura con el catolicismo y la Iglesia, Zola insiste
en la necesidad que tiene el hombre de mantener cierto sentimiento religioso.
Zola propone, pues, una nueva religión, una "religión del
trabajo", edificada sobre los cimientos del primitivo cristianismo, como
la justicia, la defensa del pobre o el amor. Su desarrollo supondrá
la conclusión a Les Trois Villes y el preludio a la serie
siguiente.
En su nueva religión Zola rechaza cualquier dogma revelado, y
busca una vuelta al hombre natural, tradicionalmente negado por el catolicismo,
regido por la razón y el amor. Ideológicamente, estos planteamientos,
ciertamente utópicos, deben mucho a Darwin, al socialismo utópico
de Fourier (1772-1837), y literariamente al simbolismo naciente y a la
novela rusa -el evangelismo de Dostoyevski y el espiritualismo pacifista
de Tolstoi-.
Así, la última novela de Les Trois Villes es el fin de
las sucesivas tentativas y el comienzo de la particular religiosidad zoliana,
que se desarrollará plenamente en Les Quatre Evangiles.
Esta última e inacabada serie de novelas –Fécondité
(1899), Travail (1901) y Vérité (1903) ilustra la creación
de una nueva sociedad, muy alejada ya de la oscura y mísera sociedad
de Les Rougon-Macquart. Este nuevo orden se edificaría sobre la
fe en el trabajo, verdadero y único motor del progreso, sobre la
capacidad del hombre y la mujer para amar y crear enormes familias, sobre
la justicia y el reparto equitativo de los bienes, sobre el esfuerzo común,
en definitiva, sobre una vuelta a ese estado idílico y natural,
de comunión del hombre con el cosmos y consigo mismo, integrando,
por fin, las dos vertientes de esa tensión dual que lo dividía
años atrás. El tono de estas últimas propuestas puede
mover a dos interpretaciones de signo contrario. En primer lugar, la recreación
del mito de la ciudad perfecta, de la organización evangélica
y socializante del mundo provoca, lógicamente, una interpretación
optimista: después de las tragedias anteriores, del mundo bestial
y en descomposición, aparece una sociedad regenerada y radiante,
producto de alguien esperanzado que confía en que se avecinen tiempos
mejores. Sin embargo, el estudio de los textos deja alguna duda.
La mayor parte de sus novelas anteriores se desarrollan en un eje cronológico
y espacial muy detalladamente descrito, muy concreto y, reflejo de un tiempo
y una geografía perfectamente reconocibles. Abundan las referencias
históricas, los nombres de calles, de pueblos o regiones. Frente
a esta constante, en la última serie, asistimos a la desaparición
del espacio mimético y a la referencia al tiempo histórico.
Nos encontramos en medio de una utopía y una ucronía que
bien pueden entenderse como la desconfianza o el pesimismo de aquél
que no cree que sus esperanzas tengan cabida en el mundo real.

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