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Lo real y lo fantástico en Guy de Maupassant.2/5
ISBN-84-9714-078-8
Isabel Veloso Santamaría (UAM)
 

I. LA VIDA DE MAUPASSANT: una carrera contra sí mismo
 
 
Or si je devais jamais avoir assez de notoriété pour qu'une postérité curieuse s'intéressât au secret de ma vie, la pensée de l'ombre où je tiens mon cœur éclairée par des publications, des révélations, des citations, des explications me donnerait une inexprimable angoisse et une irrésistible colère (Maupassant, Lettre à une inconnue, 1890) 
A efectos literarios Guy de Maupassant sólo vivió diez años, los que separan la fecha de publicación de su primera gran obra -Boule de Suif- en 1880, de la última -L’inutile beauté- en 1890. En tan corto período condensó una ingente producción: una recopilación de versos, siete obras de teatro, tres libros de viajes destinados a configurar un diario que nunca llegó a escribir, ocho prefacios a obras diversas, dos estudios críticos, unas doscientas crónicas periodísticas, más de trescientos cuentos y novelas cortas reunidos en quince volúmenes y cinco novelas. 
 
Este fulgurante paso por las letras no fue más que el reflejo de su paso por la vida. Una existencia breve e intensísima que, en los cuarenta y tres años que duró, le permitió gozar y padecer con la vehemencia de quien sabe que la vida es un instante irrepetible y fugaz, condenado irremisiblemente a desaparecer apenas ha surgido. 
La vida de Maupassant se desarrollará siguiendo un triple eje que condicionó toda su trayectoria vital:
la mujer; la naturaleza; la literatura.
 
En Maupassant, la recreación del universo femenino, la consideración social de la mujer, el amor y el sexo, son en cierto modo tributarios de la gran y poderosa influencia que Laure Le Poittevin, su madre, ejerció sobre él hasta el final de sus días. La figura de la madre planeó sobre el mayor de sus dos hijos proyectando en él su propio desencanto existencial, su desprecio aristocrático por lo burgués, cierta tendencia genética a la depresión y a los desórdenes neurológicos, pero también su afición por la literatura. Entre ambos se desarrolló una relación simbiótica: ella, al ser una mujer desencantada por un matrimonio frustrado, vertió en su hijo toda su necesidad de afecto y protección insatisfechos; él, al carecer de la figura paterna, pues el matrimonio entre Laure le Poittevin y Gustave de Maupassant acabó tempranamente en divorcio, se volcó en su madre, que ejerció de ambos progenitores. 
 
Normandía, su tierra natal, dejó en él una profunda huella que no desaparecería jamás. Desde muy pequeño sintió una pasión desbordada por fundirse casi físicamente con la poderosa naturaleza de la región de los acantilados. Durante muchos años recorrió sus costas, sus ciudades, sus aldeas, sus bosques, experimentando verdaderos momentos epifánicos en ese estrecho contacto con lo natural, muy especialmente con el medio acuático, del que en ningún momento de su vida pudo mantenerse alejado, ya fuera en forma de mar –el bravío Atlántico o el plácido Mediterráneo-, en forma de río –las orillas del Sena– o cualquier arroyo, pantano o marisma. 
 
Los paisajes normandos muchas veces contribuyen al desarrollo de la acción de sus relatos o condicionan la psicología de los personajes. Por ejemplo, en la novela Bel-Ami, el cínico protagonista sólo recupera la sinceridad y la ternura cuando vuelve a su tierra, cerca de Rouen, o en Notre coeur, en la que la única escena de amor verdadero tiene lugar en el Mont-Saint-Michel. 
 
El contacto íntimo con el medio natural, especialmente durante su juventud y adolescencia, desarrolló en él una doble tendencia estética y existencial que obviamente condicionaría años más tarde su producción literaria. 

Su juventud vio nacer en él las primeras inquietudes poéticas, muy alentadas por su madre y por sus dos "tutores", que pronto lo acogieron como pupilo: el poeta Louis Bouilhet y Gustave Flaubert. En aquellos años, el joven Guy no pasaba de ser un poeta titubeante, imbuido de romanticismo y parnasianismo, entregado a todo tipo de hazañas deportivas y a sus primeros encuentros amorosos. Una vida ciertamente idílica cuya despreocupación se truncaría con la llegada de la guerra franco-prusiana en 1870, en la que participó directamente.
 

Son muchos los relatos que tienen como asunto principal o como trasfondo referencial ese terrible acontecimiento en la historia de Francia; aunque, más que la guerra, el tema es, esencialmente, la derrota, mucho más productiva estética y literariamente que el conflicto en sí mismo, como podemos apreciar en uno de los grandes textos que la recrean, La Débâcle, de Zola.
 
Superada su participación en la contienda, Maupassant entró como funcionario en el Ministerio de la Marina. A partir de entonces la mayor parte de su vida se verá vinculada al funcionariado ministerial, como un medio tedioso y mediocre de asegurarse el pan. El trabajo y los tipos sociales que encontró en su vida como oficinista aparecerán con relativa frecuencia en sus textos, reflejados con una ácida ironía no exenta de cierta conmiseración, al presentarlos como seres vegetativos que subsisten letárgicamente sin percatarse de constituir un grupo más de los explotados por la sociedad. 
 
Esta es la época que vio nacer sus primeros cuentos, una época de alternancia constante entre la monotonía del trabajo del ministerio y la entrega a la diversión desaforada a orillas del Sena. Al trasladarse a París buscó, casi inconscientemente, un sustituto para su añorado mar normando. Las principales localidades ribereñas de los alrededores de París -Asnières, Chatou, Bougival, Poissy- vieron surgir a finales del siglo XIX un tipo especial de establecimientos, mezcla de merenderos y cabarets, a donde acudían los parisinos para disfrutar de un espacio campestre en el que bañarse, remar, comer, bailar, etc. Fueron estos lugares, especialmente el de La Grenouillère, donde Maupassant y sus amigos compartieron bebida, sexo, música y otra de sus pasiones: la navegación. 

Aquellos años de desenfreno aparecerán en muchos de sus cuentos, teñidos de la nostalgia del tiempo irrecuperable, pues fue, sin duda, junto con su adolescencia normanda, la mejor etapa de su vida, ajena aún al hastío, a la amargura y a la enfermedad que le aguardaban acechantes. 
 

J'étais un employé sans le sou; maintenant, je suis un homme arrivé qui peut jeter des grosses sommes pour un caprice d'une seconde. J'avais au coeur mille désirs modestes et irréalisables qui me doraient l'existence de toutes les attentes imaginaires. Aujourd'hui, je ne sais pas vraiment quelle fantaisie me pourrait faire lever du fauteuil où je somnole.
Comme c'était simple, et bon, et difficile de vivre ainsi, entre le bureau à Paris et la rivière à Argenteuil" (Maupassant, Mouche: 1169)
 
Ávido de todo tipo de placeres, Maupassant se entregó con apasionamiento dionisíaco a esta faceta de su vida dominada por el agua y el sexo. Joven, guapo y atlético, pronto fue reconocido por su maestría en ambos campos, practicándolos con auténtica voracidad y cierta inconsciencia. Tanto es así que este tipo de vida no tardaría mucho en pasarle la primera y más grave de sus facturas: el contagio de la sífilis, fruto de esos múltiples encuentros amorosos con las jóvenes prostitutas que solían acompañar a ese grupo de amigos. Esta etapa de su vida quizás contribuyera a la configuración casi ciclotímica de su personalidad, tendente a la alternancia extrema, que lo llevaría periódicamente del desenfreno sensual a la melancolía meditabunda. 
 
Mientras tanto los lazos con Flaubert se fueron estrechando. Convencido del talento de su protegido, Flaubert lo fue introduciendo en los círculos literarios más importantes del momento. En casa del "maestro" Maupassant conoció a Taine, Daudet, Zola, Turgueniév o Goncourt, por ejemplo. En medio de tanto talento consagrado, el joven Maupassant no pasaba de ser un personajillo simpático y chocante, uno de tantos aspirantes a escritor en el que sólo Flaubert parecía confiar. Más a gusto se sentía en el círculo de Catulle Mendès, Villiers de L’Isle-Adam y Mallarmé. 
 
Su acercamiento al movimiento naturalista, verdadero protagonista de la literatura francesa del momento, tuvo más de cinismo que de comunión de ideas. Sus contactos con el representante de esta corriente –Émile Zola- fueron justificando su inclusión en círculos naturalistas, algo que Maupassant consintió más por sentido de la oportunidad que por convicciones estéticas o ideológicas, ya que, desde muy joven, nuestro autor defendió férreamente su independencia en cualquiera de los ámbitos de su vida -amoroso, moral, literario o político-. 
 
Par égoïsme, méchanceté ou éclectisme, je veux n'être jamais lié à aucun parti politique, quel qu'il soit, à aucune religion, à aucune secte, à aucune école ; (…) j'ai peur de la plus petite chaîne qu'elle vienne d'une idée ou d'une femme.(Maupassant, Lettre à Catulle Mendès,1876) 
1880 será un año clave en la vida de Maupassant: es el año de su despegue literario y, paradójicamente, el inicio de la espiral de pesimismo y trastornos de salud que lo acompañarán hasta el final, no muy lejano, de su existencia. La difícil vida que Maupassant emprenderá a partir de entonces será inversamente proporcional a su labor de escritor: cuanto peor vaya la primera, mejor irá la segunda. Y es que el autor normando se lanzará casi compulsivamente al trabajo, como quien se entrega a la bebida, para huir, para olvidar, para agotarse hasta caer rendido y no pensar. 

Literariamente asistimos al acontecimiento profesional que le abrió las puertas del mundo de las letras: la colaboración con una novelita en un volumen colectivo compuesto por relatos naturalistas de Alexis, Céard, Huysmans, Maupassant y del propio Zola. El volumen se tituló Les soirées de Médan, en alusión a la localidad donde Zola solía reunirse con novelistas afines al naturalismo. Las novelas cortas que lo componen versan todas ellas sobre la guerra de 1870, presentándola desde perspectivas diferentes; no obstante, participan todas del sentimiento común de desmitificación tanto del acontecimiento como de los participantes en él. Maupassant contribuyó con Boule de Suif, sin duda la mejor de las novelas que componen el libro. Narra la historia de una prostituta que viaja en una diligencia por la Francia ocupada, en compañía de otros pasajeros amedrentados, egoístas y engreídos -todo un símbolo de la nación dominada-, que la menosprecian y humillan sin cesar. Hasta que un oficial alemán detiene el coche y no les deja continuar su marcha en tanto que esa prostituta -Bola de Sebo- no se acueste con él. Ante tal tesitura los mismos que la denigraban antes la apoyan ahora, incitándola a sacrificarse por el bien común, exculpándola por semejante acción, dado el loable fin que persigue. La pobre prostituta termina por vencer la repugnancia que le provoca ese acto, convencida de hacerlo por el bien de todos. Sin embargo, una vez consumado, y libres para seguir su camino, el grupo de burgueses vuelve a su verdadero carácter y cargan contra ella acusándola de inmoral, de desvergonzada y de haberse vendido al invasor. 

El mismo Flaubert y la crítica en general hablaron con entusiasmo del texto de Maupassant, destacando la fluidez de su escritura, la perspicacia en la presentación de los personajes y su finísimo humor irónico. 

Pero como ya dijimos, a medida que se consolidaba su posición en los ambientes de letras, se iba ennegreciendo su panorama personal. Por un lado aparecieron los primeros trastornos en su estado de salud. Los síntomas de lo que no era sino el avance de la sífilis fueron manifestándose a través de intensísimos dolores de cabeza que le hacían descuidar su trabajo en el ministerio, creándole un ambiente muy adverso entre sus compañeros y superiores. Se añadió, además, una esporádica parálisis en el ojo derecho que empezó por dificultarle la lectura y la escritura prolongadas y que terminaría por ocasionarle estados de ceguera transitoria. Pero, a pesar de todo, consiguió ir sacando adelante su incipiente producción, aunque muy a menudo en estrecha dependencia de sustancias calmantes como el éter. 

Ese mismo año de 1880 traerá el duro golpe de la muerte de Flaubert. Ocurrida inesperadamente el 8 de mayo, supuso para Maupassant algo más que la muerte de su padre espiritual, de su mentor y maestro, de su amigo del alma y de su modelo como artista. Supuso el inicio de un período de orfandad existencial y de desorientación creativa, a la búsqueda de nuevos guías. 

El final de tan intenso año lo pasará junto a su madre en Córcega, disfrutando de una baja por enfermedad. El contacto con lo meridional despierta en él nuevas ganas de vivir y de confundirse con la explosión sensorial -luz, calor, color, olor- que le ofrece el Mediterráneo. Sus retinas absorberán como si de un pintor impresionista se tratara los paisajes de Ajaccio, Vico, Bastelica o Piana, que veremos luego en las delicadas descripciones de muchas de sus páginas. 

La renovación que supuso para él ese viaje le hizo emprender con más ahínco, si cabe, su labor de escritor, que compaginaba con la de cronista en Le Gaulois, el Gil Blas y Le Figaro. Fruto de ese nuevo ímpetu es la aparición de su novela corta La maison Tellier, unas páginas que participan de ese mismo sentimiento colorista, alegre y brillante que el autor se trajo del Mediterráneo. El texto nos narra las peripecias de un grupo de prostitutas invitadas a la primera comunión de la sobrina de la Madame. 

Maupassant encontró rápidamente una enorme acogida entre el público europeo, especialmente el ruso, que valoró determinadas características de su estilo, muy acordes con el talante soviético como la espontaneidad y viveza del texto, la infiltración de lo fantástico en lo cotidiano, el gusto por el detalle aparentemente nimio pero muy pertinente o su tendencia más al sentimiento y a la sensibilidad que a la reflexión intelectual. Este éxito hizo que nuestro autor se planteara la posibilidad de dejar la narración corta y embarcarse en aventuras de mayor peso como una gran novela; detrás de esa posibilidad se hallaba la frustración de creerse un autor menor, incapaz de reunirse con los grandes escritores del momento. Para Maupassant el cuento no era más que una manera de ganar dinero sin demasiado esfuerzo; "las grandes palabras" pertenecían al teatro, a la poesía y a la novela. Une vie es la respuesta a ese giro profesional que, sin embargo, no consiguió desterrar de su producción los relatos cortos. 

Une vie, primera gran novela de Maupassant, es, en cierta medida, un compendio de sus obsesiones: la incomprensión entre el hombre y la mujer -especialmente en el matrimonio-, la dualidad que enfrenta la feminidad de la mujer con su maternidad y hacia la que el autor experimenta una repugnancia casi física; su fascinación por el elemento acuático y su pasión por Normandía. El texto es la historia de una decepción, de la gran decepción que preside la vida de una recién casada que esperaba demasiado de su marido, de su matrimonio, de su hijo. Toda la novela está, pues, teñida de pesimismo, del mismo desencanto que se iba evidenciando cada vez con mayor claridad en la personalidad de Maupassant. El cinismo de sus actitudes primeras se va transformando poco a poco en una máscara de franco escepticismo pesimista que actuará en todas las facetas de su vida: la artística, la moral, la social, etc. Siempre que pueda hará alarde de ese nihilismo heredado de Schopenhauer, cuya filosofía empezaba a calar entonces entre la intelectualidad francesa. 

A mediados de la década de los ochenta su producción siguió un ritmo frenético, alternando la producción de narración corta y los relatos más extensos, aumentando así el peso de su fama y de sus ganancias. Esto empezó a granjearle enemistades, especialmente entre algunos compañeros de profesión que, bajo las críticas a su estilo "plano", demasiado popular y nada elaborado, escondían una profunda envidia y hostilidad provocadas por sus enormes ventas, nacionales y extranjeras, así como por su indiscutible éxito entre las mujeres. 

En esta época aparecen su segunda y tercera novela: Bel-Ami (1884) y Mont-Oriol (1887). La primera presenta las andanzas de un arribista misógino y manipulador, localizadas en el mundo del periodismo. Los personajes aparecen retratados con enorme crueldad, tanto más cuanto que corresponden perfectamente a un ambiente específico de la sociedad parisina de la época, dominado por el sexo y las altas finanzas, la corrupción, el chantaje y el tráfico de influencias. Es evidente que la acogida entre los periodistas no fue muy buena, pero el público en general quedó entusiasmado con esta nueva muestra del genio narrativo de Maupassant. 

Mont-Oriol continúa la tónica emprendida con la obra anterior en lo que a azote de las clases dominantes se refiere. El objetivo es, esta vez, la aristocracia judía y su concentración de poder financiero y político, como símbolo del capitalismo emergente, con lo que Maupassant pasa a engrosar la corriente de antisemitismo que recorría Europa. Las fuerzas actanciales que mueven el relato -dinero, arribismo y amor- se generan como excluyentes y originan una serie de conflictos sin solución que hacen participar al texto de la misma tónica ideológica de la novela anterior. Se va intensificando su desprecio hacia ese mundo donde todo se compra y se vende, y donde la única manera de sobrevivir es jugando con esas mismas armas. 

El final de esta década fue para Maupassant una etapa en la que la muerte y la decrepitud comenzaron a obsesionarlo y a convencerlo de que el hombre sólo ha sido creado para ser destruido. Todo parece orientado a ese destino final, sinónimo de la nada. Poco a poco el Maupassant más negro y desasosegado va ganando terreno al feliz y vitalista que fue hasta entonces. Él mismo se daba cuenta de cómo en su desdoblada personalidad se iba perfilando el dominio de ese "otro" oscuro, que de huésped se estaba transformando en amo. El joven y brillante normando, el devorador de placeres sensuales se veía vaciado progresivamente de sí mismo, invadido por un ser que empezará a manipularlo, minando su voluntad, para acabar por expulsarlo de sí mismo El tema del "otro" es para Maupassant algo más que una anécdota literaria perteneciente al género fantástico, considerada desde una perspectiva estética como la de Musset o Hoffmann; es un hondo conflicto metafísico con repercusiones en su vida cotidiana (en varias ocasiones experimentó alucinaciones en las que se veía a sí mismo escribiendo o mirándose en un espejo sin ver su reflejo). Ante esa situación sólo dos salidas son posibles: sacar provecho de esa dualidad, dominándola (Bel-Ami), o soportar semejante sensación de desesperación y alienación hasta que sea posible; el límite lo pondrá la sombra de la locura que se cierne amenazadora, ante la cual solo queda la muerte como opción. 

Quizá el estado de salud de su hermano Hervé tuviera algo que ver con la sombría evolución del pensamiento de Maupassant. Hervé comenzó a sufrir ciertos "ataques" que eran los prolegómenos de una enfermedad nerviosa que Maupassant interpretó como el preludio de lo que fatalmente podría sucederle a él. 

En medio de tan abrumador estado mental apareció Le Horla, uno de sus mejores cuentos y contribución esencial a la literatura fantástica de la época. El cuento es, en cierta medida, un ejercicio catártico respecto a sus miedos, angustias y amarguras. Supone la exposición de ese tema del "otro" vinculado estrechamente al de la locura, a lo que se añade la fatalidad del destino del hombre, juguete en las manos de fuerzas desconocidas que lo manipulan. La única solución para recuperar el yo desahuciado es asesinar a ese invasor, pero ese "asesinato" tiene siempre la forma de suicidio. 

Como si fuera consciente de que sus trastornos de salud avanzaban más aprisa que él, Maupassant aprovechó las escasas treguas que le concedían sus neuralgias y episodios de ceguera, amén de sus frecuentes lapsus de memoria, para seguir escribiendo. Al año siguiente a la aparición de Le Horla lo hacía Pierre et Jean. Es ésta una novela que desarrolla detenidamente otra de las obsesiones de Maupassant: el hijo bastardo. Tras una trama muy sencilla- la descomposición de una familia burguesa al recibir el hijo menor la herencia imprevista de un amigo de los padres- se esconde la ansiedad que provoca la ilegitimidad, la mentira y la volubilidad de la mujer. Como siempre, la acogida popular fue muy buena, pero más que nunca las críticas censuraron su tono triste y negativo, cuando no francamente deprimente. Intentando huir de ese "tono" que no era sino el suyo propio, el autor normando viaja, sin darse tregua, al poderoso sur mediterráneo y al norte de África, buscando infructuosamente un bálsamo para su mente y su cuerpo doloridos. 

Fort comme la mort, que apareció en 1889, insiste de nuevo en la desesperación, esta vez centrada en la inexorabilidad del paso del tiempo, encarnada en un pintor cuyo arte se está quedando anticuado y que se ve impotente para recuperar sus años más jóvenes. Detrás de él se esconde un "anciano" novelista de treinta y cuatro años sumido en la amargura de una vejez prematura. En este texto se pone de manifiesto la paradoja existencial de Maupassant: a pesar de su creciente pesimismo cree que merecería la pena vivir en este mundo si nos tomásemos la molestia de vivirlo en plenitud en lugar de pasar de puntillas por él, preocupados sólo por los intereses materiales. Pero la inmensa mayoría de la gente no lo hace y vivir rodeado por ellos se convierte en una tortura: 
 

Ils vivent, disait-il, à côté de tout, sans rien voir et rien pénétrer ; à côté de la science qu'ils ignorent à côté de la nature qu'ils ne savent pas regarder ; à côté du bonheur, car ils sont impuissants à jouir ardemment de rien ; à côté de la beauté du monde ou de la beauté de l'art, dont ils parlent sans l'avoir découverte, et même sans y croire, car ils ignorent l'ivresse de goûter aux joies de la vie et de l'intelligence.(Maupassant, Fort comme la mort, cfr. Cogny, 1968: 37). 
Cuando murió Hervé, la salud y el estado mental de Maupassant estaban tremendamente resentidos. La enfermedad que se iba apoderando de él, verdadera invasora de su cuerpo y su razón, lo fue transformando en un ser en permanente estado de excitación y locuacidad, avasallador y mentiroso. En los momentos de lucidez empezó a plantearse si todo aquello no sería el precio que debía pagar por los excesos cometidos años atrás. Sin embargo, antes de que ese enemigo lo vaciara por completo de sí mismo, Maupassant tendría aún tiempo de terminar sus tres últimos textos. 

Le jardín des oliviers, cuyo protagonista es un sacerdote que ha perdido la fe, nos ofrece de nuevo la recopilación de sus obsesiones: la bastardía, la perfidia femenina, la fatalidad de nuestro destino o el suicidio. L’ inutile beauté desarrolla el horror patológico del autor frente a la materialidad del cuerpo femenino, incidiendo también en la progresiva repulsión que experimenta por la dimensión corporal del Hombre, resultado, sin duda, de su propia decadencia física. En esta novela la desesperación se deriva de no poder encontrar una mujer ideal, desprovista del lastre del cuerpo, estéril pero sexualmente activa, ajena a la enfermedad y la descomposición. La imposibilidad de encontrarlo vuelve las iras del autor contra el Creador, un dios despreocupado e irresponsable en las manos del cual el hombre es un simple accidente pasajero. 

Notre coeur (1890) insiste en la figura maléfica de la mujer, monstruo devorador de hombres que atrae tanto como repugna. 

Después de esta última obra, Maupassant no escribirá más. Únicamente podrá esbozar un último texto, L’ Angelus, que es una durísima diatriba contra Dios por su incompetencia a la hora de crear al hombre. 

El "otro" que había acabado con una mente que ya no distinguía entre realidad y fantasía se cebaba ahora en su cuerpo. Llevado al extremo por los dolores y las alucinaciones, alternando la demencia con brevísimos episodios de cruel lucidez, intentó suicidarse en varias ocasiones durante una misma noche, pero fracasó en todas. Terminó por ser internado, como su hermano, en una clínica a la que acudió con la docilidad de quien ya no es responsable de sí mismo. Maupassant ya estaba muerto para la literatura y para sus amigos y familiares. Murió el de julio de 1893. Editores, escritores y artistas asistieron a su entierro, donde Zola leyó un sentido discurso de despedida al joven normando, que pasó por la vida como un cometa y salió de ella con idéntica fugacidad.