I. LA VIDA DE MAUPASSANT:
una carrera contra sí mismo
Or si je devais jamais avoir assez de notoriété
pour qu'une postérité curieuse s'intéressât
au secret de ma vie, la pensée de l'ombre où je tiens mon
cœur éclairée par des publications, des révélations,
des citations, des explications me donnerait une inexprimable angoisse
et une irrésistible colère (Maupassant, Lettre à
une inconnue, 1890)
A efectos literarios Guy de Maupassant
sólo vivió diez años, los que separan la fecha de
publicación de su primera gran obra -Boule de Suif- en 1880,
de la última -L’inutile beauté- en 1890. En tan corto
período condensó una ingente producción: una recopilación
de versos, siete obras de teatro, tres libros de viajes destinados a configurar
un diario que nunca llegó a escribir, ocho prefacios a obras diversas,
dos estudios críticos, unas doscientas crónicas periodísticas,
más de trescientos cuentos y novelas cortas reunidos en quince volúmenes
y cinco novelas.
Este fulgurante paso por las letras no
fue más que el reflejo de su paso por la vida. Una existencia breve
e intensísima que, en los cuarenta y tres años que duró,
le permitió gozar y padecer con la vehemencia de quien sabe que
la vida es un instante irrepetible y fugaz, condenado irremisiblemente
a desaparecer apenas ha surgido.
La vida de Maupassant se desarrollará
siguiendo un triple eje que condicionó toda su trayectoria vital:
la
mujer; la naturaleza; la literatura.
En Maupassant, la recreación del
universo femenino, la consideración social de la mujer, el amor
y el sexo, son en cierto modo tributarios de la gran y poderosa influencia
que Laure Le Poittevin, su madre, ejerció sobre él hasta
el final de sus días. La figura de la madre planeó sobre
el mayor de sus dos hijos proyectando en él su propio desencanto
existencial, su desprecio aristocrático por lo burgués, cierta
tendencia genética a la depresión y a los desórdenes
neurológicos, pero también su afición por la literatura.
Entre ambos se desarrolló una relación simbiótica:
ella, al ser una mujer desencantada por un matrimonio frustrado, vertió
en su hijo toda su necesidad de afecto y protección insatisfechos;
él, al carecer de la figura paterna, pues el matrimonio entre Laure
le Poittevin y Gustave de Maupassant acabó tempranamente en divorcio,
se volcó en su madre, que ejerció de ambos progenitores.
Normandía, su tierra natal, dejó en él una profunda
huella que no desaparecería jamás. Desde muy pequeño
sintió una pasión desbordada por fundirse casi físicamente
con la poderosa naturaleza de la región de los acantilados. Durante
muchos años recorrió sus costas, sus ciudades, sus aldeas,
sus bosques, experimentando verdaderos momentos epifánicos en ese
estrecho contacto con lo natural, muy especialmente con el medio acuático,
del que en ningún momento de su vida pudo mantenerse alejado, ya
fuera en forma de mar –el bravío Atlántico o el plácido
Mediterráneo-, en forma de río –las orillas del Sena– o cualquier
arroyo, pantano o marisma.
Los paisajes normandos muchas veces contribuyen
al desarrollo de la acción de sus relatos o condicionan la psicología
de los personajes. Por ejemplo, en la novela Bel-Ami, el cínico
protagonista sólo recupera la sinceridad y la ternura cuando vuelve
a su tierra, cerca de Rouen, o en Notre coeur, en la que la única
escena de amor verdadero tiene lugar en el Mont-Saint-Michel.
El contacto íntimo con el medio
natural, especialmente durante su juventud y adolescencia, desarrolló
en él una doble tendencia estética y existencial que obviamente
condicionaría años más tarde su producción
literaria.
Su juventud vio nacer en él las primeras
inquietudes poéticas, muy alentadas por su madre y por sus dos "tutores",
que pronto lo acogieron como pupilo: el poeta Louis Bouilhet y Gustave
Flaubert. En aquellos años, el joven Guy no pasaba de ser un poeta
titubeante, imbuido de romanticismo y parnasianismo, entregado a todo tipo
de hazañas deportivas y a sus primeros encuentros amorosos. Una
vida ciertamente idílica cuya despreocupación se truncaría
con la llegada de la guerra franco-prusiana en 1870, en la que participó
directamente.
Son muchos los relatos que tienen como
asunto principal o como trasfondo referencial ese terrible acontecimiento
en la historia de Francia; aunque, más que la guerra, el tema es,
esencialmente, la derrota, mucho más productiva estética
y literariamente que el conflicto en sí mismo, como podemos apreciar
en uno de los grandes textos que la recrean, La Débâcle,
de Zola.
Superada su participación en la contienda, Maupassant entró
como funcionario en el Ministerio de la Marina. A partir de entonces la
mayor parte de su vida se verá vinculada al funcionariado ministerial,
como un medio tedioso y mediocre de asegurarse el pan. El trabajo y los
tipos sociales que encontró en su vida como oficinista aparecerán
con relativa frecuencia en sus textos, reflejados con una ácida
ironía no exenta de cierta conmiseración, al presentarlos
como seres vegetativos que subsisten letárgicamente sin percatarse
de constituir un grupo más de los explotados por la sociedad.
Esta es la época que vio nacer sus primeros cuentos, una época
de alternancia constante entre la monotonía del trabajo del ministerio
y la entrega a la diversión desaforada a orillas del Sena. Al trasladarse
a París buscó, casi inconscientemente, un sustituto para
su añorado mar normando. Las principales localidades ribereñas
de los alrededores de París -Asnières, Chatou, Bougival,
Poissy- vieron surgir a finales del siglo XIX un tipo especial de establecimientos,
mezcla de merenderos y cabarets, a donde acudían los parisinos para
disfrutar de un espacio campestre en el que bañarse, remar, comer,
bailar, etc. Fueron estos lugares, especialmente el de La Grenouillère,
donde Maupassant y sus amigos compartieron bebida, sexo, música
y otra de sus pasiones: la navegación.
Aquellos años de desenfreno aparecerán en muchos de sus
cuentos, teñidos de la nostalgia del tiempo irrecuperable, pues
fue, sin duda, junto con su adolescencia normanda, la mejor etapa de su
vida, ajena aún al hastío, a la amargura y a la enfermedad
que le aguardaban acechantes.
J'étais un employé sans le sou; maintenant, je
suis un homme arrivé qui peut jeter des grosses sommes pour un caprice
d'une seconde. J'avais au coeur mille désirs modestes et irréalisables
qui me doraient l'existence de toutes les attentes imaginaires. Aujourd'hui,
je ne sais pas vraiment quelle fantaisie me pourrait faire lever du fauteuil
où je somnole.
Comme c'était simple, et bon, et difficile de vivre ainsi, entre
le bureau à Paris et la rivière à Argenteuil" (Maupassant,
Mouche: 1169)
Ávido de todo tipo de placeres, Maupassant se entregó
con apasionamiento dionisíaco a esta faceta de su vida dominada
por el agua y el sexo. Joven, guapo y atlético, pronto fue reconocido
por su maestría en ambos campos, practicándolos con auténtica
voracidad y cierta inconsciencia. Tanto es así que este tipo de
vida no tardaría mucho en pasarle la primera y más grave
de sus facturas: el contagio de la sífilis, fruto de esos múltiples
encuentros amorosos con las jóvenes prostitutas que solían
acompañar a ese grupo de amigos. Esta etapa de su vida quizás
contribuyera a la configuración casi ciclotímica de su personalidad,
tendente a la alternancia extrema, que lo llevaría periódicamente
del desenfreno sensual a la melancolía meditabunda.
Mientras tanto los lazos con Flaubert se fueron estrechando. Convencido
del talento de su protegido, Flaubert lo fue introduciendo en los círculos
literarios más importantes del momento. En casa del "maestro" Maupassant
conoció a Taine, Daudet, Zola, Turgueniév o Goncourt, por
ejemplo. En medio de tanto talento consagrado, el joven Maupassant no pasaba
de ser un personajillo simpático y chocante, uno de tantos aspirantes
a escritor en el que sólo Flaubert parecía confiar. Más
a gusto se sentía en el círculo de Catulle Mendès,
Villiers de L’Isle-Adam y Mallarmé.
Su acercamiento al movimiento naturalista,
verdadero protagonista de la literatura francesa del momento, tuvo más
de cinismo que de comunión de ideas. Sus contactos con el representante
de esta corriente –Émile Zola- fueron justificando su inclusión
en círculos naturalistas, algo que Maupassant consintió más
por sentido de la oportunidad que por convicciones estéticas o ideológicas,
ya que, desde muy joven, nuestro autor defendió férreamente
su independencia en cualquiera de los ámbitos de su vida -amoroso,
moral, literario o político-.
Par
égoïsme, méchanceté ou éclectisme, je
veux n'être jamais lié à aucun parti politique, quel
qu'il soit, à aucune religion, à aucune secte, à aucune
école ; (…) j'ai peur de la plus petite chaîne qu'elle vienne
d'une idée ou d'une femme.(Maupassant, Lettre à Catulle
Mendès,1876)
1880 será un
año clave en la vida de Maupassant: es el año de su despegue
literario y, paradójicamente, el inicio de la espiral de pesimismo
y trastornos de salud que lo acompañarán hasta el final,
no muy lejano, de su existencia. La difícil vida que Maupassant
emprenderá a partir de entonces será inversamente proporcional
a su labor de escritor: cuanto peor vaya la primera, mejor irá la
segunda. Y es que el autor normando se lanzará casi compulsivamente
al trabajo, como quien se entrega a la bebida, para huir, para olvidar,
para agotarse hasta caer rendido y no pensar.
Literariamente asistimos al acontecimiento
profesional que le abrió las puertas del mundo de las letras: la
colaboración con una novelita en un volumen colectivo compuesto
por relatos naturalistas de Alexis, Céard, Huysmans, Maupassant
y del propio Zola. El volumen se tituló Les soirées de
Médan, en alusión a la localidad donde Zola solía
reunirse con novelistas afines al naturalismo. Las novelas cortas que lo
componen versan todas ellas sobre la guerra de 1870, presentándola
desde perspectivas diferentes; no obstante, participan todas del sentimiento
común de desmitificación tanto del acontecimiento como de
los participantes en él. Maupassant contribuyó con Boule
de Suif, sin duda la mejor de las novelas que componen el libro. Narra
la historia de una prostituta que viaja en una diligencia por la Francia
ocupada, en compañía de otros pasajeros amedrentados, egoístas
y engreídos -todo un símbolo de la nación dominada-,
que la menosprecian y humillan sin cesar. Hasta que un oficial alemán
detiene el coche y no les deja continuar su marcha en tanto que esa prostituta
-Bola de Sebo- no se acueste con él. Ante tal tesitura los mismos
que la denigraban antes la apoyan ahora, incitándola a sacrificarse
por el bien común, exculpándola por semejante acción,
dado el loable fin que persigue. La pobre prostituta termina por vencer
la repugnancia que le provoca ese acto, convencida de hacerlo por el bien
de todos. Sin embargo, una vez consumado, y libres para seguir su camino,
el grupo de burgueses vuelve a su verdadero carácter y cargan contra
ella acusándola de inmoral, de desvergonzada y de haberse vendido
al invasor.
El mismo Flaubert y la crítica en
general hablaron con entusiasmo del texto de Maupassant, destacando la
fluidez de su escritura, la perspicacia en la presentación de los
personajes y su finísimo humor irónico.
Pero como ya dijimos, a medida que se consolidaba
su posición en los ambientes de letras, se iba ennegreciendo su
panorama personal. Por un lado aparecieron los primeros trastornos en su
estado de salud. Los síntomas de lo que no era sino el avance de
la sífilis fueron manifestándose a través de intensísimos
dolores de cabeza que le hacían descuidar su trabajo en el ministerio,
creándole un ambiente muy adverso entre sus compañeros y
superiores. Se añadió, además, una esporádica
parálisis en el ojo derecho que empezó por dificultarle la
lectura y la escritura prolongadas y que terminaría por ocasionarle
estados de ceguera transitoria. Pero, a pesar de todo, consiguió
ir sacando adelante su incipiente producción, aunque muy a menudo
en estrecha dependencia de sustancias calmantes como el éter.
Ese mismo año de 1880 traerá
el duro golpe de la muerte de Flaubert. Ocurrida inesperadamente el 8 de
mayo, supuso para Maupassant algo más que la muerte de su padre
espiritual, de su mentor y maestro, de su amigo del alma y de su modelo
como artista. Supuso el inicio de un período de orfandad existencial
y de desorientación creativa, a la búsqueda de nuevos guías.
El final de tan intenso año lo pasará
junto a su madre en Córcega, disfrutando de una baja por enfermedad.
El contacto con lo meridional despierta en él nuevas ganas de vivir
y de confundirse con la explosión sensorial -luz, calor, color,
olor- que le ofrece el Mediterráneo. Sus retinas absorberán
como si de un pintor impresionista se tratara los paisajes de Ajaccio,
Vico, Bastelica o Piana, que veremos luego en las delicadas descripciones
de muchas de sus páginas.
La renovación que supuso para él
ese viaje le hizo emprender con más ahínco, si cabe, su labor
de escritor, que compaginaba con la de cronista en Le Gaulois, el
Gil Blas y Le Figaro. Fruto de ese nuevo ímpetu es la
aparición de su novela corta La maison Tellier, unas páginas
que participan de ese mismo sentimiento colorista, alegre y brillante que
el autor se trajo del Mediterráneo. El texto nos narra las peripecias
de un grupo de prostitutas invitadas a la primera comunión de la
sobrina de la Madame.
Maupassant encontró rápidamente
una enorme acogida entre el público europeo, especialmente el ruso,
que valoró determinadas características de su estilo, muy
acordes con el talante soviético como la espontaneidad y viveza
del texto, la infiltración de lo fantástico en lo cotidiano,
el gusto por el detalle aparentemente nimio pero muy pertinente o su tendencia
más al sentimiento y a la sensibilidad que a la reflexión
intelectual. Este éxito hizo que nuestro autor se planteara la posibilidad
de dejar la narración corta y embarcarse en aventuras de mayor peso
como una gran novela; detrás de esa posibilidad se hallaba la frustración
de creerse un autor menor, incapaz de reunirse con los grandes escritores
del momento. Para Maupassant el cuento no era más que una manera
de ganar dinero sin demasiado esfuerzo; "las grandes palabras" pertenecían
al teatro, a la poesía y a la novela. Une vie es la respuesta
a ese giro profesional que, sin embargo, no consiguió desterrar
de su producción los relatos cortos.
Une vie, primera gran novela de Maupassant,
es, en cierta medida, un compendio de sus obsesiones: la incomprensión
entre el hombre y la mujer -especialmente en el matrimonio-, la dualidad
que enfrenta la feminidad de la mujer con su maternidad y hacia la que
el autor experimenta una repugnancia casi física; su fascinación
por el elemento acuático y su pasión por Normandía.
El texto es la historia de una decepción, de la gran decepción
que preside la vida de una recién casada que esperaba demasiado
de su marido, de su matrimonio, de su hijo. Toda la novela está,
pues, teñida de pesimismo, del mismo desencanto que se iba evidenciando
cada vez con mayor claridad en la personalidad de Maupassant. El cinismo
de sus actitudes primeras se va transformando poco a poco en una máscara
de franco escepticismo pesimista que actuará en todas las facetas
de su vida: la artística, la moral, la social, etc. Siempre que
pueda hará alarde de ese nihilismo heredado de Schopenhauer, cuya
filosofía empezaba a calar entonces entre la intelectualidad francesa.
A mediados de la década de los ochenta
su producción siguió un ritmo frenético, alternando
la producción de narración corta y los relatos más
extensos, aumentando así el peso de su fama y de sus ganancias.
Esto empezó a granjearle enemistades, especialmente entre algunos
compañeros de profesión que, bajo las críticas a su
estilo "plano", demasiado popular y nada elaborado, escondían una
profunda envidia y hostilidad provocadas por sus enormes ventas, nacionales
y extranjeras, así como por su indiscutible éxito entre las
mujeres.
En esta época aparecen su segunda
y tercera novela: Bel-Ami (1884) y Mont-Oriol (1887). La
primera presenta las andanzas de un arribista misógino y manipulador,
localizadas en el mundo del periodismo. Los personajes aparecen retratados
con enorme crueldad, tanto más cuanto que corresponden perfectamente
a un ambiente específico de la sociedad parisina de la época,
dominado por el sexo y las altas finanzas, la corrupción, el chantaje
y el tráfico de influencias. Es evidente que la acogida entre los
periodistas no fue muy buena, pero el público en general quedó
entusiasmado con esta nueva muestra del genio narrativo de Maupassant.
Mont-Oriol continúa la tónica
emprendida con la obra anterior en lo que a azote de las clases dominantes
se refiere. El objetivo es, esta vez, la aristocracia judía y su
concentración de poder financiero y político, como símbolo
del capitalismo emergente, con lo que Maupassant pasa a engrosar la corriente
de antisemitismo que recorría Europa. Las fuerzas actanciales que
mueven el relato -dinero, arribismo y amor- se generan como excluyentes
y originan una serie de conflictos sin solución que hacen participar
al texto de la misma tónica ideológica de la novela anterior.
Se va intensificando su desprecio hacia ese mundo donde todo se compra
y se vende, y donde la única manera de sobrevivir es jugando con
esas mismas armas.
El final de esta década fue para Maupassant
una etapa en la que la muerte y la decrepitud comenzaron a obsesionarlo
y a convencerlo de que el hombre sólo ha sido creado para ser destruido.
Todo parece orientado a ese destino final, sinónimo de la nada.
Poco a poco el Maupassant más negro y desasosegado va ganando terreno
al feliz y vitalista que fue hasta entonces. Él mismo se daba cuenta
de cómo en su desdoblada personalidad se iba perfilando el dominio
de ese "otro" oscuro, que de huésped se estaba transformando en
amo. El joven y brillante normando, el devorador de placeres sensuales
se veía vaciado progresivamente de sí mismo, invadido por
un ser que empezará a manipularlo, minando su voluntad, para acabar
por expulsarlo de sí mismo El tema del "otro" es para Maupassant
algo más que una anécdota literaria perteneciente al género
fantástico, considerada desde una perspectiva estética como
la de Musset o Hoffmann; es un hondo conflicto metafísico con repercusiones
en su vida cotidiana (en varias ocasiones experimentó alucinaciones
en las que se veía a sí mismo escribiendo o mirándose
en un espejo sin ver su reflejo). Ante esa situación sólo
dos salidas son posibles: sacar provecho de esa dualidad, dominándola
(Bel-Ami), o soportar semejante sensación de desesperación
y alienación hasta que sea posible; el límite lo pondrá
la sombra de la locura que se cierne amenazadora, ante la cual solo queda
la muerte como opción.
Quizá el estado de salud de su hermano
Hervé tuviera algo que ver con la sombría evolución
del pensamiento de Maupassant. Hervé comenzó a sufrir ciertos
"ataques" que eran los prolegómenos de una enfermedad nerviosa que
Maupassant interpretó como el preludio de lo que fatalmente podría
sucederle a él.
En medio de tan abrumador estado mental apareció
Le
Horla, uno de sus mejores cuentos y contribución esencial a
la literatura fantástica de la época. El cuento es, en cierta
medida, un ejercicio catártico respecto a sus miedos, angustias
y amarguras. Supone la exposición de ese tema del "otro" vinculado
estrechamente al de la locura, a lo que se añade la fatalidad del
destino del hombre, juguete en las manos de fuerzas desconocidas que lo
manipulan. La única solución para recuperar el yo desahuciado
es asesinar a ese invasor, pero ese "asesinato" tiene siempre la forma
de suicidio.
Como si fuera consciente de que sus trastornos
de salud avanzaban más aprisa que él, Maupassant aprovechó
las escasas treguas que le concedían sus neuralgias y episodios
de ceguera, amén de sus frecuentes lapsus de memoria, para seguir
escribiendo. Al año siguiente a la aparición de Le Horla
lo hacía Pierre et Jean. Es ésta una novela que desarrolla
detenidamente otra de las obsesiones de Maupassant: el hijo bastardo. Tras
una trama muy sencilla- la descomposición de una familia burguesa
al recibir el hijo menor la herencia imprevista de un amigo de los padres-
se esconde la ansiedad que provoca la ilegitimidad, la mentira y la volubilidad
de la mujer. Como siempre, la acogida popular fue muy buena, pero más
que nunca las críticas censuraron su tono triste y negativo, cuando
no francamente deprimente. Intentando huir de ese "tono" que no era sino
el suyo propio, el autor normando viaja, sin darse tregua, al poderoso
sur mediterráneo y al norte de África, buscando infructuosamente
un bálsamo para su mente y su cuerpo doloridos.
Fort comme la mort, que apareció
en 1889, insiste de nuevo en la desesperación, esta vez centrada
en la inexorabilidad del paso del tiempo, encarnada en un pintor cuyo arte
se está quedando anticuado y que se ve impotente para recuperar
sus años más jóvenes. Detrás de él se
esconde un "anciano" novelista de treinta y cuatro años sumido en
la amargura de una vejez prematura. En este texto se pone de manifiesto
la paradoja existencial de Maupassant: a pesar de su creciente pesimismo
cree que merecería la pena vivir en este mundo si nos tomásemos
la molestia de vivirlo en plenitud en lugar de pasar de puntillas por él,
preocupados sólo por los intereses materiales. Pero la inmensa mayoría
de la gente no lo hace y vivir rodeado por ellos se convierte en una tortura:
Ils vivent, disait-il, à côté
de tout, sans rien voir et rien pénétrer ; à côté
de la science qu'ils ignorent à côté de la nature qu'ils
ne savent pas regarder ; à côté du bonheur, car ils
sont impuissants à jouir ardemment de rien ; à côté
de la beauté du monde ou de la beauté de l'art, dont ils
parlent sans l'avoir découverte, et même sans y croire, car
ils ignorent l'ivresse de goûter aux joies de la vie et de l'intelligence.(Maupassant,
Fort
comme la mort, cfr. Cogny, 1968: 37).
Cuando murió
Hervé, la salud y el estado mental de Maupassant estaban tremendamente
resentidos. La enfermedad que se iba apoderando de él, verdadera
invasora de su cuerpo y su razón, lo fue transformando en un ser
en permanente estado de excitación y locuacidad, avasallador y mentiroso.
En los momentos de lucidez empezó a plantearse si todo aquello no
sería el precio que debía pagar por los excesos cometidos
años atrás. Sin embargo, antes de que ese enemigo lo vaciara
por completo de sí mismo, Maupassant tendría aún tiempo
de terminar sus tres últimos textos.
Le jardín des oliviers, cuyo
protagonista es un sacerdote que ha perdido la fe, nos ofrece de nuevo
la recopilación de sus obsesiones: la bastardía, la perfidia
femenina, la fatalidad de nuestro destino o el suicidio. L’ inutile
beauté desarrolla el horror patológico del autor frente
a la materialidad del cuerpo femenino, incidiendo también en la
progresiva repulsión que experimenta por la dimensión corporal
del Hombre, resultado, sin duda, de su propia decadencia física.
En esta novela la desesperación se deriva de no poder encontrar
una mujer ideal, desprovista del lastre del cuerpo, estéril pero
sexualmente activa, ajena a la enfermedad y la descomposición. La
imposibilidad de encontrarlo vuelve las iras del autor contra el Creador,
un dios despreocupado e irresponsable en las manos del cual el hombre es
un simple accidente pasajero.
Notre coeur (1890) insiste en la figura
maléfica de la mujer, monstruo devorador de hombres que atrae tanto
como repugna.
Después de esta última obra,
Maupassant no escribirá más. Únicamente podrá
esbozar un último texto, L’ Angelus, que es una durísima
diatriba contra Dios por su incompetencia a la hora de crear al hombre.
El "otro" que había acabado con una
mente que ya no distinguía entre realidad y fantasía se cebaba
ahora en su cuerpo. Llevado al extremo por los dolores y las alucinaciones,
alternando la demencia con brevísimos episodios de cruel lucidez,
intentó suicidarse en varias ocasiones durante una misma noche,
pero fracasó en todas. Terminó por ser internado, como su
hermano, en una clínica a la que acudió con la docilidad
de quien ya no es responsable de sí mismo. Maupassant ya estaba
muerto para la literatura y para sus amigos y familiares. Murió
el de julio de 1893. Editores, escritores y artistas asistieron a su entierro,
donde Zola leyó un sentido discurso de despedida al joven normando,
que pasó por la vida como un cometa y salió de ella con idéntica
fugacidad.

|