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Grandes voces de la poesía romántica: Lamartine, Vigny, Musset.1/5
ISBN-84-9714-081-8
Pilar Andrade Boue
 

Alphonse de Lamartine.

I. Versos para su época y para la posteridad.

Alphonse-Marie-Louis Prat de Lamartine fue, de entre todos los escritores franceses de la primera mitad del siglo XIX, quien divulgó con más éxito el conjunto de temas y motivos de la literatura romántica. Este prolífico autor era, en efecto, un maestro en el arte de llegar a la sensibilidad del gran público, y aún hoy se citan a menudo en las escuelas versos suyos que expertamente acuñaba para la posteridad : « Borné dans sa nature, infini dans ses vœux,/ L’homme est un dieu tombé qui se souvient des cieux » (Méditations, « L’Homme »), por ejemplo,  que expresa la esencia trágica del hombre romántico, siempre tensado hacia el infinito. O bien « Pour tout peindre il faut tout sentir » (Méditations, « L’Enthousiasme »), neta afirmación de la necesidad de la vivencia previa a la creación  estética. Igualmente « Honte a qui peut chanter / pendant que Rome brûle » (« Réponse à Némésis »), llamada a la poesía comprometida. Y, en fin, los archiconocidos versos de « Le lac »(Méditations) :

            « Ô temps, suspends ton vol ! et vous, heures propices,

                        Suspendez votre cours !

            Laissez-nous savourer les rapides délices

                        Des plus beaux de nos jours ! »

en los que con una fascinante musicalidad se glosa el tempus fugit y la precariedad de la existencia humana. Estos y muchos, o muchísimos, otros versos hicieron las delicias de sus lectores, se recitaron en la intimidad, y luego, progresivamente, fueron cayendo en el olvido, salvo para las antologías y manuales.  Precisamente las Meditaciones es el tipo de libros que uno encuentra subrayados y anotados por lectores de hace medio siglo, con esa sensibilidad que hoy nos parece un poco dulzona y trasnochada. Y Jocelyn o La chute d’un ange se cuentan entre los volúmenes que, con su encuadernación en rústica oscura, dorados y guardas barrocas, acumulan polvo en las bibliotecas de los francófilos.

            No pasa un autor a la posteridad, sin embargo, únicamente por haber gustado a su época. Lamartine escribió también obras que hoy se leen con más disfrute e interés. Por ejemplo su Histoire des Girondins, sobre la primera parte de la Revolución francesa, sus novelas, su drama Toussaint Louverture, y también ciertas poesías como esa misma « Le Lac », o  «Le génie», « Gethsémani » (escrita tras la muerte de su hija), « La vigne et la maison » (de su madurez), o algunas de las políticas. El encanto de los poemas reside básicamente en su musicalidad, pues Lamartine era un poeta nato y versificaba con una increíble facilidad. Pero también interesan  en ellos la expresión del ideario que caracteriza a la producción lamartiniana casi en su conjunto, ideario político-social y religioso que se proyecta en la historia de la humanidad. Lamartine concibe además tal proyección desde una perspectiva romántica, es decir, grandiosa, como una gigantesca epopeya del alma humana, una epopeya que lleva a la salvación de la humanidad y al reino de la Paz y la Concordia.

II. Un « epopeya humanitaria ».

            Desde luego este visionario bosquejo de la historia tiene su parte de entelequia, tanta como la de los socialismos utópicos y cristianismos sociales con los que se emparenta, así como las demás epopeyas humanitarias (Ballanche, Soumet, o Hugo). Pero Lamartine creía sinceramente en la fuerza del progreso, aunque a veces desbordara los cauces de lo razonable : es lo que expresa en el célebre episodio de la caravana humana (Jocelyn, 8ª época) y su « ravage sublime », donde una caravana (metáfora privilegiada de la humanidad) se ve obligada a abatir un bosque para construir un puente y franquear un precipicio. También en este episodio se expresa la idea de que es el propio Dios quien guía la historia hacia tiempos mejores :

            « C’est ainsi que le temps, par Dieu même conduit,

Passe pour avancer sur ce qu’il a détruit »

de modo que la misma Revolución francesa habría estado, de algún modo, auspiciada por la voluntad divina. Además Lamartine también defendía la justicia social,  la caridad y la fraternidad universales, ideales que implicaban progresos prácticos como la abolición de la esclavitud y de la pena de muerte, el sufragio universal o la libertad de prensa.

III. Breve bosquejo biográfico.

            Pero para conocer al autor en sí mismo quizá sea un ejercicio interesante contemplarlo tal y como lo presentó Caisne en un conocido retrato. Aparece aquí en una elegante pose inglesa, acompañado de dos lebreles (era un apasionado amante de los canes), con un libro a su derecha y ante un ocre paisaje campestre. Todo ello refleja exactamente la esencia del carácter lamartiniano : hombre de campo, terrateniente, aristócrata y un poco remilgado y triste.

            Lamartine en efecto había nacido (1790) en la campiña lionesa, en el seno de una familia noble pero no muy adinerada. Se había criado en Milly, entre viñas y hermanas : pues tuvo cinco – hermanas por supuesto, a las que durante toda su vida pagó nutridas rentas. Tras la educación que hoy llamaríamos secundaria, convenció a sus padres para pasar una temporada en Lyon y luego en París, mientras durase el Imperio, pues su progenitor era un furibundo antinapoleónico. En la ciudad siguió leyendo (Voltaire, Delille, Saint-Lambert, Parny), aunque menos que en el campo, pero sobre todo disfrutó y se endeudó jugando a los naipes – la afición le duraría toda la vida, y las deudas también. Sus padres le pagaron dos substitutos y alentaron su nombramiento como alcalde de Milly (a los veintidós años) para ahorrarle el obligado alistamiento ; luego le hicieron viajar por Italia, donde aprendió el arte de amar con Antonia Iacomino (la futura Graziella). Su educación sentimental continuó en París con Nina de Pierreclau, de la que tuvo un hijo natural al que siempre protegió, y después, de vuelta a Italia, con Léna de March (de quien dijo, según Des Cognets, « je en sais quel feu courait dans ses veines, elle aurait épuisé un dieu »).

A su vuelta, y para sentar la cabeza, se casa con la inglesa Marianne-Élisa Birch, mujer nada guapa pero con gran talento – pese a lo cual Lamartine, siempre ingrato y mujeriego, dirá que su conversación le parecía aburrida. Con ella tendrá dos hijos : el primero, Alphonse, se muere a los dos años, y la segunda, Julia (llamada así en recuerdo de la amante Julie Charles), a los diez. Es esencial para la comprensión del escritor esta vivencia desgarradora no sólo de la muerte de su prole (él que siempre deseó tener familia numerosa), sino también de la de su madre en un accidente (1829), sus hermanas Césarine y Suzanne (1824), de hijo ilegítimo Léon de Pierreclau (1841) y posteriormente su esposa (1863).  Estos óbitos deciden tanto de su tendencia poética marcadamente elegíaca, como de su ambición política, a la que se consagra plenamente desde 1830. Pero con anterioridad a esta fecha ya ha escrito varias obras poéticas y épicas, en verso.

IV. Primeros poemas : éxitos editoriales.

La primera de estas obras, publicada en 1820, es las Méditations poétiques. En ella expresa, con lenguaje clasicista pero de inflexiones nuevas y armoniosa cadencia, las vivencias anímicas desgarradas del poeta : angustia ante el tiempo que fluye y ante la muerte, soledad y tristeza, aspiración al más allá, exilio del alma o hastío del mundo, todo ello en decorados otoñales y boscosos que son un refugio amable (« Mais la nature est là qui t’invite et qui t’aime ; / Plonge-toi dans son sein qu’elle t’ouvre toujours », « Le vallon »). La mayor parte de estos poemas fueron inspirados por Julie Charles, amante de Lamartine en Aix-les-Bains que falleció tuberculosa ; alguno también evoca a la napolitana Antonia. Y el tono general es de confianza trágica en la inmortalidad, aunque se mantengan ciertas dudas religiosas, y el recuerdo de la pugna entre razón y fe de herencia ilustrada (« Ma raison qui pâlit m’abandonne aux ténèbres », « La foi »). Este tipo de religiosidad esperanzada aunque melancólica también impregna las páginas de  las Harmonies poétiques et religieuses  (1830) y algunas de las Nouvelles Méditations (1823).

Las Harmonies habían sido concebidas en Florencia, entre 1825 y 1828, durante la estancia de Lamartine allí en calidad de secretario de Legación de la Embajada francesa, y son consideradas como la obra poética cumbre del autor (quizá porque fue la que más trabajó). La mayoría de los poemas son salmos a Dios, muy teñidos de neoplatonicismo (« Élance-toi mon âme et d’essor en essor / Remonte de ce monde aux beautés eternelles », « Poésie ou  Paysage dans le golfe de Gênes») e incluso de panteísmo, pero otros expresan el dolor ante la muerte (de su madre o de Antonia) e incluso desesperación (« Novissima verba »), temas esta vez enmarcados en un paisaje a menudo toscano, pero a veces francés, como en « Milly, ou la Terre natale », extenso cántico al terruño.

Otras obras que completan el panorama de la época juvenil y diplomática de Lamartine son las filhelénicas La Mort de Socrate (1823), donde hace de Sócrates un precursor del Evangelio, y Le dernier chant du pélèrinage d’Harold (1825), mitad autobiográfico y mitad homenaje a Byron, con una crítica a las viciadas costumbres italianas que costó a su autor nada menos que un duelo con cierto coronel Pepe. En fin, Jocelyn (1836) fue concebido tras un viaje a Oriente (relatado en el Voyage en Orient, 1835) ; todo el empeño de Lamartine para desarrollar un hilo narrativo en 8.000 versos tiene un éxito hoy relativo, pero que fue fulgurante en sus días. Con esa « langue de feu » (4ª época) se nos cuenta, en 8 « épocas », la biografía de un joven seminarista que se refugia en una gruta de los Alpes para escapar de la furia revolucionaria. Allí, alimentándose de cervatillos y huevos de águila, vive una idílica temporada junto a un supuesto adolescente bretón, Laurence, que el padre de éste le confía al morir (las promesas a agonizantes son una pieza clave en la dinámica narrativa romántica). También en la gruta se va perfilando su deísmo (« Dieu m’écoute, il est vrai, mais il ne me répond pas », 3ª época) y sus aspiraciones espirituales, así como ese amor ambiguo por una criatura andrógina y, al descubrir que se trata de una jovencita, por el ideal romántico de mujer angélica (la compara con las vírgenes de Rafael –aunque también, fiel a sus aficiones, con una hembra de lebrel). Pero Jocelyn acude a la llamada de un obispo moribundo que le advierte de las trampas del maligno y le ordena sacerdote : el joven saboyano debe renunciar entonces trágicamente a su pasión y se consagra al cuidado de los parroquianos de Valneige, dejando sumida a Laurence en la desesperación ; ella se prostituirá en París y mucho después morirá en brazos de su ex-amante. Obviamente el poema ofrece una fuerte impregnación de tendencias dualistas, y de hecho se inscribe en la ingente historia de los ángeles redimidos que Lamartine habría proyectado escribir desde 1821. En dicha historia o epopeya, sucesivas encarnaciones angélicas en hombres (de las épocas vetero y neotestamentaria, socrática, romana, medieval y revolucionaria) deben renunciar al mundo para purgar el pecado de un ángel-nodriza, castigado por Dios al haber preferido las delicias terrestres a la felicidad celestial. Jocelyn es pues una de esas encarnaciones exitosas, y ya desde su entrada al seminario confiesa su contemptus mundi (« Je ne veux pas salir mes pieds dans ces chemins / Où s’embourbe en marchant ce troupeau des humains », 1ª época). De los demás ángeles encarnados sólo vieron la luz un Tristán medieval (en el poema inacabado « Les Chevaliers », compuesto hacia 1824, pero que comienza a publicarse en 1851), un Eloïm de la Roma de después de Cristo (Les Visions, también incompleto, compuesto entre 1823 y 1829) y el Cédar bíblico de La chute d’un ange, gigantesco episodio cuya publicación en 1838 supuso un rotundo fracaso editorial. Pero de este ángel fracasado (origen de los demás) ni siquiera su creador estaba satisfecho.

Por otra parte desde el Jocelyn Lamartine va a mostrarse partidario de una lectura más abierta de las escrituras ; muy volteriano, combate las « impostures » o dogmas (incluida la encarnación), que considera contrarios a la razón, y, también rousseauniano, ve en la naturaleza la prueba de la existencia de Dios y refuta el valor de los sacramentos ; en fin, defiende la separación de Iglesia y Estado, ideas todas ellas que bastaron para incluir en el Índice los episodios de su epopeya publicados.

V. Actividad política.

Pero antes de que estas últimas obras vieran la luz, la vocación política de Lamartine se había precisado en un sentido muy concreto. En 1830 había renunciado a su carrera diplomática para consagrarse a la política dentro de Francia (y astutamente presentó su dimisión como un sacrificio a la patria). Decide entonces que la poesía « ne sera plus lyrique dans le sens où nous prenons ce mot… La poésie sera de la raison chantée, voilà sa destinée pour longtemps ; elle sera philosophique, religieuse, politique, sociale, comme les époques que le genre humain va accomplir… Elle va se faire peuple, et devenir populaire comme la religion, la raison et la philosophie » (« Des Destinées de la poésie », artículo en prosa publicado en1834). Con este espíritu escribe sus poemas « Contre la peine de mort », « À Némesis » y « Les Révolutions », así como algunos de los Recueillements poétiques (« Utopie », « Epître à M. Adolphe Dumas », « Toast porté dans un banquet national des Gallois et des Bretons ») publicados en 1839. Sin embargo la vena poética le parece poco conciliable con la política, motivo por el cual pronto dirá su adiós a la poesía – que nunca fue definitivo, puesto que incluso algunas entregas del Cours familier de littérature, escrito en los últimos años de su vida, incluyen algunos poemas.

También en 1830 consigue lo que en 1824 no había podido : entra por fin en la Academia francesa. Para entonces además sus ideas políticas han ido evolucionando desde el legitimismo monárquico conservador, y en su discurso de recepción se indispone con sus amigos de la Congregación al declararse partidario de una monarquía parlamentaria. Desde este momento va a maniobrar con cautela para no aliarse abiertamente a ningún partido, pero sí aparecer ante todos como una imprescindible figura de mediación en el posible tránsito hacia la República. No obstante su carrera política empieza con un relativo fracaso, cuando, habiendo presentado su candidatura como liberal moderado,  no obtiene los votos suficientes para ser elegido diputado, ni siquiera en Mâcon, su patria chica. Pero en 1833 y 34 sí recibe los ansiados sufragios, y comienza a erigirse en sus discursos como defensor del progreso y de la humanidad, e incluso como continuador de la Asamblea Constituyente (de la Revolución). Se dice socialista por preconizar la bajada de los impuestos, la asistencia estatal a los necesitados, o el control del trabajo femenino e infantil, pero todo ello sin llegar a extremos que pusieran el peligro la propiedad, base de su programa político, ni el orden, condición de todo buen gobierno. Estas ideas están expresadas igualmente en los ensayos Sur la Politique rationnelle, La question d’Orient, la guerre et le ministère, y el Résumé politique incluido en el Voyage en Orient.

En 1840 colabora en la caída del primer ministro Thiers, y ve con alivio cómo se le acaba dejando de lado en la cartera de Guizot, que le hubiera alineado junto a los conservadores. Es entonces cuando se acerca a la izquierda, tras su célebre discurso de 1843, y escribe (también por necesidades monetarias) su Historia de los Girondinos, muy elogiosa para con estos primeros revolucionarios. Poco a poco se erige como jefe de la oposición y en 1848 es nombrado presidente del Gobierno Provisional que proclama la II República y ministro de Asuntos Exteriores; promueve la formación de una Comisión Ejecutiva y defiende los ideales republicanos, pero la exacerbación creciente de las tendencias políticas en la sociedad le hace perder el favor de sus votantes. Así que su candidatura a la presidencia de la República obtiene tan sólo 17.910 votos frente a los cinco millones y medio de Luis Napoleón Bonaparte. Esta elección y el posterior golpe de Estado representa para Lamartine, como para todos los republicanos pensantes de la Francia decimonónica, un aldabonazo a los ideales populares.

VI. Últimos textos. Últimos años.

El escritor borgoñón abandona entonces descorazonado la política, y se consagra al pago de sus deudas monetarias. Para ello escribe la Histoire de la Restauration (1851-53), la Histoire des Constituants (1854), la Histoire de la Turquie (1854-55) (que incluye un razonado elogio del Islam), la Histoire de la Russie (1855) y la Histoire de l’humanité par les grands hommes (1852-56). También compone dos novelas sociales para educar a la plebe con buenos ejemplos de sirvientas y picapedreros humildes y piadosos aunque ignorantes (Geneviève, histoire d’une servante y Le Tailleur de pierres de Saint-Point, ambos 1851). Ya antes de estas novelas había incluido una breve novelita, Graziella (casto idilio del autor con una pescadora napolitana), en sus Confidences (1849), relato de sus años infantiles y juveniles. Y el mismo año cuenta otro episodio amoroso, aquel de Julie Charles, en su novela Raphael. Pero todo ello no basta para alejar a los acreedores y, después de vender Milly y Saint-Point, Lamartine acaba viviendo en una casa cedida por la ciudad de París en Passy, con su sobrina Valentine de Cessiat, con la que contrajo matrimonio religioso ¡a los 77 años ! Dos años más tarde, en 1869, muere, enajenado y solo, pero mantenido por una pensión que, ironías del destino, le había concedido el Segundo Imperio.