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Alphonse de Lamartine.
I. Versos para su época y para la posteridad.
Alphonse-Marie-Louis
Prat de Lamartine fue, de entre todos los escritores franceses de la primera
mitad del siglo XIX, quien divulgó con más éxito el conjunto de temas y
motivos de la literatura romántica. Este prolífico autor era, en efecto, un
maestro en el arte de llegar a la sensibilidad del gran público, y aún hoy
se citan a menudo en las escuelas versos suyos que expertamente acuñaba para
la posteridad : « Borné dans sa nature, infini dans ses vœux,/
L’homme est un dieu tombé qui se souvient des cieux » (Méditations,
« L’Homme »), por ejemplo,
que expresa la esencia trágica del hombre romántico, siempre tensado
hacia el infinito. O bien « Pour tout peindre il faut tout sentir »
(Méditations, « L’Enthousiasme »),
neta afirmación de la necesidad de la vivencia previa a la creación
estética. Igualmente « Honte a qui peut chanter / pendant que
Rome brûle » (« Réponse à Némésis »), llamada a la poesía
comprometida. Y, en fin, los archiconocidos versos de « Le lac »(Méditations) :
« Ô temps, suspends ton vol ! et vous, heures propices,
Suspendez votre cours !
Laissez-nous savourer les rapides délices
Des plus beaux de nos jours ! »
en los que con una fascinante musicalidad se glosa
el tempus fugit y la precariedad de
la existencia humana. Estos y muchos, o muchísimos, otros versos hicieron las
delicias de sus lectores, se recitaron en la intimidad, y luego,
progresivamente, fueron cayendo en el olvido, salvo para las antologías y
manuales. Precisamente las Meditaciones
es el tipo de libros que uno encuentra subrayados y anotados por lectores de
hace medio siglo, con esa sensibilidad que hoy nos parece un poco dulzona y
trasnochada. Y Jocelyn o La chute d’un ange se cuentan entre los volúmenes que, con su
encuadernación en rústica oscura, dorados y guardas barrocas, acumulan polvo
en las bibliotecas de los francófilos.
No pasa un autor a la posteridad, sin embargo, únicamente por haber
gustado a su época. Lamartine escribió también obras que hoy se leen con más
disfrute e interés. Por ejemplo su Histoire
des Girondins, sobre la primera parte de la Revolución francesa, sus
novelas, su drama Toussaint Louverture,
y también ciertas poesías como esa misma « Le Lac », o
«Le génie», « Gethsémani » (escrita tras la muerte de
su hija), « La vigne et la maison » (de su madurez), o algunas de
las políticas. El encanto de los poemas reside básicamente en su
musicalidad, pues Lamartine era un poeta nato y versificaba con una increíble
facilidad. Pero también interesan en
ellos la expresión del ideario que caracteriza a la producción lamartiniana
casi en su conjunto, ideario político-social y religioso que se proyecta en
la historia de la humanidad. Lamartine concibe además tal proyección desde
una perspectiva romántica, es decir, grandiosa, como una gigantesca epopeya
del alma humana, una epopeya que lleva a la salvación de la humanidad y al
reino de la Paz y la Concordia.
II. Un « epopeya humanitaria ».
Desde luego este visionario bosquejo de la historia tiene su parte de
entelequia, tanta como la de los socialismos utópicos y cristianismos
sociales con los que se emparenta, así como las demás epopeyas humanitarias
(Ballanche, Soumet, o Hugo). Pero Lamartine creía sinceramente en la fuerza
del progreso, aunque a veces desbordara los cauces de lo razonable : es
lo que expresa en el célebre episodio de la caravana humana (Jocelyn,
8ª época) y su « ravage sublime », donde una caravana (metáfora
privilegiada de la humanidad) se ve obligada a abatir un bosque para construir
un puente y franquear un precipicio. También en este episodio se expresa
la idea de que es el propio Dios quien guía la historia hacia tiempos mejores :
« C’est ainsi que le temps, par Dieu même conduit,
Passe pour avancer sur
ce qu’il a détruit »
de modo que la misma Revolución francesa habría
estado, de algún modo, auspiciada por la voluntad divina. Además Lamartine
también defendía la justicia social, la
caridad y la fraternidad universales, ideales que implicaban progresos prácticos
como la abolición de la esclavitud y de la pena de muerte, el sufragio
universal o la libertad de prensa.
III. Breve bosquejo biográfico.
Pero para conocer al autor en sí mismo quizá sea un ejercicio
interesante contemplarlo tal y como lo presentó Caisne en un conocido
retrato. Aparece aquí en una elegante pose inglesa, acompañado de dos
lebreles (era un apasionado amante de los canes), con un libro a su derecha y
ante un ocre paisaje campestre. Todo ello refleja exactamente la esencia del
carácter lamartiniano : hombre de campo, terrateniente, aristócrata y
un poco remilgado y triste.
Lamartine en efecto había nacido (1790) en la campiña lionesa, en el
seno de una familia noble pero no muy adinerada. Se había criado en Milly,
entre viñas y hermanas : pues tuvo cinco – hermanas por supuesto, a
las que durante toda su vida pagó nutridas rentas. Tras la educación que hoy
llamaríamos secundaria, convenció a sus padres para pasar una temporada en
Lyon y luego en París, mientras durase el Imperio, pues su progenitor era un
furibundo antinapoleónico. En la ciudad siguió leyendo (Voltaire, Delille,
Saint-Lambert, Parny), aunque menos que en el campo, pero sobre todo disfrutó
y se endeudó jugando a los naipes – la afición le duraría toda la vida, y
las deudas también. Sus padres le pagaron dos substitutos y alentaron su
nombramiento como alcalde de Milly (a los veintidós años) para ahorrarle el
obligado alistamiento ; luego le hicieron viajar por Italia, donde
aprendió el arte de amar con Antonia Iacomino (la futura Graziella). Su
educación sentimental continuó en París con Nina de Pierreclau, de la que
tuvo un hijo natural al que siempre protegió, y después, de vuelta a Italia,
con Léna de March (de quien dijo, según Des Cognets, « je en sais quel
feu courait dans ses veines, elle aurait épuisé un dieu »).
A su vuelta, y para
sentar la cabeza, se casa con la inglesa Marianne-Élisa Birch, mujer nada
guapa pero con gran talento – pese a lo cual Lamartine, siempre ingrato y
mujeriego, dirá que su conversación le parecía aburrida. Con ella tendrá
dos hijos : el primero, Alphonse, se muere a los dos años, y la segunda,
Julia (llamada así en recuerdo de la amante Julie Charles), a los diez. Es
esencial para la comprensión del escritor esta vivencia desgarradora no sólo
de la muerte de su prole (él que siempre deseó tener familia numerosa), sino
también de la de su madre en un accidente (1829), sus hermanas Césarine y
Suzanne (1824), de hijo ilegítimo Léon de Pierreclau (1841) y posteriormente
su esposa (1863). Estos óbitos
deciden tanto de su tendencia poética marcadamente elegíaca, como de su
ambición política, a la que se consagra plenamente desde 1830. Pero con
anterioridad a esta fecha ya ha escrito varias obras poéticas y épicas, en
verso.
IV. Primeros poemas : éxitos editoriales.
La primera de estas
obras, publicada en 1820, es las Méditations
poétiques. En ella expresa, con lenguaje clasicista pero de inflexiones
nuevas y armoniosa cadencia, las vivencias anímicas desgarradas del poeta :
angustia ante el tiempo que fluye y ante la muerte, soledad y tristeza,
aspiración al más allá, exilio del alma o hastío del mundo, todo ello en
decorados otoñales y boscosos que son un refugio amable (« Mais la
nature est là qui t’invite et qui t’aime ; / Plonge-toi dans son
sein qu’elle t’ouvre toujours », « Le vallon »). La
mayor parte de estos poemas fueron inspirados por Julie Charles, amante de
Lamartine en Aix-les-Bains que falleció tuberculosa ; alguno también
evoca a la napolitana Antonia. Y el tono general es de confianza trágica en
la inmortalidad, aunque se mantengan ciertas dudas religiosas, y el recuerdo
de la pugna entre razón y fe de herencia ilustrada (« Ma raison qui pâlit
m’abandonne aux ténèbres », « La foi »). Este tipo de
religiosidad esperanzada aunque melancólica también impregna las páginas de
las Harmonies poétiques et religieuses
(1830) y algunas de las Nouvelles
Méditations (1823).
Las Harmonies habían sido concebidas en Florencia, entre 1825 y 1828,
durante la estancia de Lamartine allí en calidad de secretario de Legación
de la Embajada francesa, y son consideradas como la obra poética cumbre del
autor (quizá porque fue la que más trabajó). La mayoría de los poemas son
salmos a Dios, muy teñidos de neoplatonicismo (« Élance-toi mon âme
et d’essor en essor / Remonte de ce monde aux beautés eternelles »,
« Poésie ou Paysage dans le golfe de Gênes») e incluso de
panteísmo, pero otros expresan el dolor ante la muerte (de su madre o de
Antonia) e incluso desesperación (« Novissima verba »), temas
esta vez enmarcados en un paisaje a menudo toscano, pero a veces francés,
como en « Milly, ou la Terre natale », extenso cántico al terruño.
Otras obras que
completan el panorama de la época juvenil y diplomática de Lamartine son las
filhelénicas La Mort de Socrate
(1823), donde hace de Sócrates un precursor del Evangelio, y Le
dernier chant du pélèrinage d’Harold (1825), mitad autobiográfico y
mitad homenaje a Byron, con una crítica a las viciadas costumbres italianas
que costó a su autor nada menos que un duelo con cierto coronel Pepe. En fin,
Jocelyn (1836) fue concebido tras un viaje a Oriente (relatado en el Voyage
en Orient, 1835) ; todo el empeño de Lamartine para desarrollar un
hilo narrativo en 8.000 versos tiene un éxito hoy relativo, pero que fue
fulgurante en sus días. Con esa « langue de feu » (4ª
época) se nos cuenta, en 8 « épocas », la biografía de un joven
seminarista que se refugia en una gruta de los Alpes para escapar de la furia
revolucionaria. Allí, alimentándose de cervatillos y huevos de águila, vive
una idílica temporada junto a un supuesto adolescente bretón, Laurence, que
el padre de éste le confía al morir (las promesas a agonizantes son una
pieza clave en la dinámica narrativa romántica). También en la gruta se va
perfilando su deísmo (« Dieu m’écoute, il est vrai, mais il ne me répond
pas », 3ª época) y sus aspiraciones espirituales, así como
ese amor ambiguo por una criatura andrógina y, al descubrir que se trata de
una jovencita, por el ideal romántico de mujer angélica (la compara con las
vírgenes de Rafael –aunque también, fiel a sus aficiones, con una hembra
de lebrel). Pero Jocelyn acude a la llamada de un obispo moribundo que le
advierte de las trampas del maligno y le ordena sacerdote : el joven
saboyano debe renunciar entonces trágicamente a su pasión y se consagra al
cuidado de los parroquianos de Valneige, dejando sumida a Laurence en la
desesperación ; ella se prostituirá en París y mucho después morirá
en brazos de su ex-amante. Obviamente el poema ofrece una fuerte impregnación
de tendencias dualistas, y de hecho se inscribe en la ingente historia de los
ángeles redimidos que Lamartine habría proyectado escribir desde 1821. En
dicha historia o epopeya, sucesivas encarnaciones angélicas en hombres (de
las épocas vetero y neotestamentaria, socrática, romana, medieval y
revolucionaria) deben renunciar al mundo para purgar el pecado de un ángel-nodriza,
castigado por Dios al haber preferido las delicias terrestres a la felicidad
celestial. Jocelyn es pues una de esas encarnaciones exitosas, y ya desde su
entrada al seminario confiesa su contemptus
mundi (« Je ne veux pas salir mes pieds dans ces chemins / Où
s’embourbe en marchant ce troupeau des humains », 1ª época). De los
demás ángeles encarnados sólo vieron la luz un Tristán medieval (en el
poema inacabado « Les Chevaliers », compuesto hacia 1824, pero que
comienza a publicarse en 1851), un Eloïm de la Roma de después de Cristo (Les Visions, también incompleto, compuesto entre 1823 y 1829) y el
Cédar bíblico de La chute d’un ange,
gigantesco episodio cuya publicación en 1838 supuso un rotundo fracaso
editorial. Pero de este ángel fracasado (origen de los demás) ni siquiera su
creador estaba satisfecho.
Por otra parte desde el Jocelyn Lamartine
va a mostrarse partidario de una lectura más abierta de las escrituras ;
muy volteriano, combate las « impostures » o dogmas (incluida la
encarnación), que considera contrarios a la razón, y, también rousseauniano,
ve en la naturaleza la prueba de la existencia de Dios y refuta el valor de
los sacramentos ; en fin, defiende la separación de Iglesia y Estado,
ideas todas ellas que bastaron para incluir en el Índice los episodios de su
epopeya publicados.
V. Actividad política.
Pero antes de que estas
últimas obras vieran la luz, la vocación política de Lamartine se había
precisado en un sentido muy concreto. En 1830 había renunciado a su carrera
diplomática para consagrarse a la política dentro de Francia (y astutamente
presentó su dimisión como un sacrificio a la patria). Decide entonces que la
poesía « ne sera plus lyrique dans le sens où nous prenons ce mot…
La poésie sera de la raison chantée, voilà sa destinée pour longtemps ;
elle sera philosophique, religieuse, politique, sociale, comme les époques
que le genre humain va accomplir… Elle va se faire peuple, et devenir
populaire comme la religion, la raison et la philosophie » (« Des
Destinées de la poésie », artículo en prosa publicado en1834). Con
este espíritu escribe sus poemas « Contre la peine de mort »,
« À Némesis » y « Les Révolutions », así como
algunos de los Recueillements poétiques
(« Utopie », « Epître à M. Adolphe Dumas », « Toast
porté dans un banquet national des Gallois et des Bretons »)
publicados en 1839. Sin embargo la vena poética le parece poco conciliable
con la política, motivo por el cual pronto dirá su adiós a la poesía –
que nunca fue definitivo, puesto que incluso algunas entregas del Cours
familier de littérature, escrito en los últimos años de su vida, incluyen
algunos poemas.
También en 1830
consigue lo que en 1824 no había podido : entra por fin en la Academia
francesa. Para entonces además sus ideas políticas han ido evolucionando
desde el legitimismo monárquico conservador, y en su discurso de recepción
se indispone con sus amigos de la Congregación al declararse partidario de
una monarquía parlamentaria. Desde este momento va a maniobrar con cautela
para no aliarse abiertamente a ningún partido, pero sí aparecer ante todos
como una imprescindible figura de mediación en el posible tránsito hacia la
República. No obstante su carrera política empieza con un relativo fracaso,
cuando, habiendo presentado su candidatura como liberal moderado,
no obtiene los votos suficientes para ser elegido diputado, ni siquiera
en Mâcon, su patria chica. Pero en 1833 y 34 sí recibe los ansiados
sufragios, y comienza a erigirse en sus discursos como defensor del progreso y
de la humanidad, e incluso como continuador de la Asamblea Constituyente (de
la Revolución). Se dice socialista por preconizar la bajada de los impuestos,
la asistencia estatal a los necesitados, o el control del trabajo femenino e
infantil, pero todo ello sin llegar a extremos que pusieran el peligro la
propiedad, base de su programa político, ni el orden, condición de todo buen
gobierno. Estas ideas están expresadas igualmente en los ensayos Sur
la Politique rationnelle, La
question d’Orient, la guerre et le ministère, y el Résumé
politique incluido en el Voyage en
Orient.
En 1840 colabora en la
caída del primer ministro Thiers, y ve con alivio cómo se le acaba dejando
de lado en la cartera de Guizot, que le hubiera alineado junto a los
conservadores. Es entonces cuando se acerca a la izquierda, tras su célebre
discurso de 1843, y escribe (también por necesidades monetarias) su Historia de los Girondinos, muy elogiosa para con estos primeros
revolucionarios. Poco a poco se erige como jefe de la oposición y en 1848 es
nombrado presidente del Gobierno Provisional que proclama la II República y
ministro de Asuntos Exteriores; promueve la formación de una Comisión
Ejecutiva y defiende los ideales republicanos, pero la exacerbación creciente
de las tendencias políticas en la sociedad le hace perder el favor de sus
votantes. Así que su candidatura a la presidencia de la República obtiene
tan sólo 17.910 votos frente a los cinco millones y medio de Luis Napoleón
Bonaparte. Esta elección y el posterior golpe de Estado representa para
Lamartine, como para todos los republicanos pensantes de la Francia decimonónica,
un aldabonazo a los ideales populares.
VI. Últimos textos. Últimos años.
El escritor borgoñón
abandona entonces descorazonado la política, y se consagra al pago de sus
deudas monetarias. Para ello escribe la Histoire
de la Restauration (1851-53), la
Histoire des Constituants (1854), la Histoire
de la Turquie (1854-55) (que incluye un razonado elogio del Islam), la Histoire
de la Russie (1855) y la Histoire de
l’humanité par les grands hommes (1852-56). También compone dos
novelas sociales para educar a la plebe con buenos ejemplos de sirvientas y
picapedreros humildes y piadosos aunque ignorantes (Geneviève,
histoire d’une servante y Le Tailleur
de pierres de Saint-Point, ambos 1851). Ya antes de estas novelas había
incluido una breve novelita, Graziella (casto
idilio del autor con una pescadora
napolitana), en sus Confidences (1849),
relato de sus años infantiles y juveniles. Y el mismo año cuenta otro
episodio amoroso, aquel de Julie Charles, en su novela Raphael.
Pero todo ello no basta para alejar a los acreedores y, después de vender
Milly y Saint-Point, Lamartine acaba viviendo en una casa cedida por la ciudad
de París en Passy, con su sobrina Valentine de Cessiat, con la que contrajo
matrimonio religioso ¡a los 77 años ! Dos años más tarde, en 1869,
muere, enajenado y solo, pero mantenido por una pensión que, ironías del
destino, le había concedido el Segundo Imperio.

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