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Grandes voces de la poesía romántica: Lamartine, Vigny, Musset. 2/5
ISBN-84-9714-081-8
Pilar Andrade Boue
 

Alfred de Vigny

Victor-Alfred de Vigny es, junto con Hugo y Balzac, el más sesudo de los escritores románticos. Pero no principalemente porque su obra esté impregnada de reflexiones filosóficas, sino porque parte de una concepción platónico-dualista de la creación artística, según la cual un texto no es sino la expresión menos mala (ya que toda encarnación es mala) de lo Inteligible, de las Ideas eternas que descansan en el mundo supraempírico. Sin embargo y además de esta idea, que precisaremos más adelante, la idea germinal en torno a la que giran todas las producciones de Vigny es el característico enfrentamiento del hombre moderno con la sociedad. La sociedad es una hiena que acecha al hombre eminente, esperando su desfallecimiento para devorarlo sin piedad (Journal 1844) – Vigny descuella en la forja de analogías sorpresivas.

I. Estética de la desilusión y sus causas biográficas.

            En general se considera a este autor como un perfecto exponente de la desilusión decimonónica. En primer lugar, porque sus escritos repiten hasta la saciedad este sentimiento de decepción tanto ante la acogida fatal que da la sociedad mercantilista a los genios, como ante los entusiasmos político-revolucionarios, que se convierten a la postre en meras algaradas demagógicas (especialmente la Revolución de 1830). Y en segundo lugar también su trayecto vital recorre en parte el camino de la desilusión : militar,  al comprobar la transformación de un ejército orgulloso y noble en un enemigo odiado por el pueblo (experiencia que le llevará a dejar su cargo de capitán, tras 14 años de servicio),  y amorosa, cuando le abandona su sexta amante Marie d’Orval, una actriz muy amiga de Georges Sand (amante a su vez de Musset). Bien es verdad que en este caso la desilusión es al menos mutua, porque Vigny en ese momento albergaba en su casa a las hermanas Battlegang, y relativa, dado que llevaba varios años casado con la inglesa Lydia Bunbury, que sí le era fiel.  La azarosa vida sentimental del autor (como la de todos los románticos, que se salda sin embargo con una escasa fecundidad biológica) bate de hecho records numéricos (si excluimos los de Hugo), e incluye también a Delphine Gay, Marceline Desbordes-Valmore, Marie d’Agoult, Louise Colet y Augusta Bouvard, de quien tuvo un hijo póstumo. A pesar de ello, y a pesar también de que buscaba en las mujeres un ideal concebido previamente (o quizá sobre todo por eso), Vigny insiste en mantener una estomagante actitud paternalista hacia la mujer, que es siempre una niña (Stello, III), como último recurso para poder otorgarle su perdón. No obstante lo cual  es también capaz de crear una imagen de mujer amorosa y sacrificada, como Eva, Eloa o Kitty Bell, que ayuda al hombre a cumplir su destino, o una imagen de mujer fuerte y buena madre, como la mariscala de Ancre, que lleva las riendas del país durante la regencia de María de Médecis.

II. Un estoicismo que busca la gloria póstuma.

            Trasunto de la desilusión global a la que nos referíamos es una actitud, conjuntamente espontánea y reflexiva, de soledad y altanería. La soledad implica sobre todo el rechazo de la acción política y del compromiso político por parte del poeta, pero no conlleva el abandono de una misión que Vigny considera fundamental: « Quand j’ai dit : la solitude est sainte, je n’ai pas entendu par solitude une séparation et un oubli entier des hommes et de la société, mais une retraite où l’âme puisse se recueillir en elle-même, puisse jouir de ses propres facultés et rassembler ses forces pour produire quelque chose de grand » (Journal 1832). El escritor debe producir obras de arte que enriquezcan a la humanidad, o más bien a la élite que sabrá apreciarlas, dado que la masa (la hiena) le despreciará. Así que la verdadera vocación de Vigny es la gloria póstuma, y su lector privilegiado, la posteridad :

            « Jeune Postérité d’un vivant qui vous aime ! (…)

            Juges toujours nouveaux de nos travaux passés !

            Flots d’amis renaissants ! – Puissent mes Destinées

Vous amener à moi, de dix en dix années

Attentifs à mon œuvre, et pour moi c’est assez ! »

(« L’Esprit Pur »)

De ahí también esa altanería, esa conciencia de superioridad, que es la propia no sólo del poeta, sino igualmente de dos figuras señeras en la literatura de Vigny : el noble, y el soldado - que es otro noble : la Nobleza es « una gran familia de soldados hereditarios » (Servitude et grandeur militaires, I).

II.1. Cinq-Mars.

Pero no cualquier noble : sólo la nobleza feudal y renacentista, que no estaba domesticada por el rey. Vigny consagra una novela histórica (proyectó tres) precisamente a explicar este proceso de decadencia de la aristocracia francesa, que se saldó con su fin en la Revolución. En dicho texto se narra el amansamiento del caballero Cinq-Mars (que da título a la novela, 1826) en la corte de Luis XIII, y su posterior conspiración fallida contra el cardenal Richelieu. Todo el texto respira la nostalgia  de una época desaparecida en que los grandes señores hacían locuras, pero para demostrar su independencia, y llevaban coronas con tantos diamantes como la real (cap. I). Con la muerte de Cinq-Mars expira, como explica Corneille a Milton al final de la novela,  el mundo de la antigua monarquía, y adviene el de la monarquía absoluta.

II.2. Stello.

Otra obra en la que aparece este elogio del noble, y sobre todo el tema del necesario divorcio entre la poesía y la acción, es la novela dialogada Stello (1832). En ella se emplean de nuevo, heredando recursos diderotianos, anécdotas históricas para recrear la situación social del escritor – aunque más propiamente debería decirse del « poeta », que Vigny distingue tanto del simple « hombre de letras », voluble y apreciado por el vulgo, como del más respetable « gran escritor », razonable, pero carente de imaginación, que es el don fundamental del artista genial (Prefacio de Chatterton). En Stello por tanto se narran tres episodios contados por un tal « Doctor-Negro » a su paciente, un autor melancólico, para mostrar el comportamiento de los diferentes regímenes políticos (monarquía absoluta, monarquía representativa y república) con los « poetas ». Los gobernantes, explica el doctor, desprecian, temen u odian a los « magos » ; muestra de ello son los suicidios de Gilbert y Chatterton (este último luego llevado a escena en la obra dramática que lleva el mismo título) y el guillotinamiento de André Chenier. De forma que en la receta para el enfermo que expende finalmente el doctor se incluye en primer lugar la obligación de separar la vida política de la vida poética ; también se recomienda renunciar a la esperanza y se anima a comportarse en el mundo como las intocables golondrinas o los libérrimos delfines.

Esta novela es interesante igualmente  por la pintura de la última época del Terror, que Vigny escoge para ilustrar su visión de la Revolución (como Lamartine, más elogioso, escogerá la de los Girondinos, y Hugo, la fecha de 1793 : pero a los Vigny se les confiscaron las tierras, un tío fue guillotinado y la madre de Alfred encarcelada). La descripción detallada de la prisión de San Lázaro tiene una vida y un impacto innegables, así como la escena en que conversan Robespierre y Saint-Just, que Vigny, muy hugoliano (o Hugo muy vigniano) en la elección de calificativos, denomina  hyènes affamées, jacobins hydrophobes, béat cruel, o Grand Inquisiteur de la liberté. Junto a esta crítica del fanatismo revolucionario se incluye sin embargo otra del fanatismo antirrevolucionario, defendido por Joseph de Maistre (Pieux Impie) con sus teorías de la justificación de la guerra y el sacrificio expiatorio.

II.3. Servitude et grandeur militaires.

Puede sorprender que Vigny, oficial, lugarteniente y capitán, censure la exaltación de la guerra, pero es así. Y resulta todavía más sorpresivo si se piensa que, a su pesar, nunca participó en ninguna batalla. Ello no obsta para que conste en su haber, como apuntamos antes, una de las más firmes defensas del soldado y más clarividentes reflexiones acerca de su papel en la sociedad. Vigny ve con nitidez cómo el ejército ya en su época está pasando de ser el símbolo de la defensa de la patria a representar un estorbo en la vida cotidiana y un propulsor de la guerra civil. Por eso toma su defensa particularmente en Servitude et Grandeur militaires, triple novela de nuevo, inspirada en sus recuerdos de la vida de cuartel. Los episodios protagonizados por los militares quieren ser demostración (aunque hoy no lo parezca) de tres virtudes del soldado : la obediencia, el sentido del deber y el carácter sacrificado. Y sobre todo ilustran la posibilidad de mantener un código ético en el naufragio universal de las creencias (cf. Conclusion), código que Vigny denomina « religión del Honor », definida como « le respect de soi-même et de la beauté de sa vie porté jusqu’à la plus pure élevation et jusqu’à la passion la plus ardente » (ibid.).

III. Texto poético y epopeya ; texto poético y reflexión metafísica.

Por otra parte, toda la meditación social de la desilusión en Vigny corre paralela a una meditación metafísica, que gira en torno a la pregunta por la existencia de Dios y de la Providencia. Precisamente la duda y luego la negación de esa existencia, que son características de todo el Romanticismo francés, tienen un cauce expresivo, la epopeya (también particularmente apreciada por los románticos), fuertemente desarrollado en la escritura de Vigny. Desde sus primeros textos este autor manifiesta su voluntad de verter una idea filosófica en el molde épico, como explica en el prefacio a los Poèmes Antiques et Modernes (publicados con añadidos y modificaciones de 1822 a 1859). Esta obra reunía, en tres partes, como viene siendo habitual, composiciones « místicas » (« Moïse », « Eloa », y « Le Déluge », inspirado en un cuadro de Poussin), « antiguas » (situadas en tiempos veterotestamentarios y homéricos) y «modernas ». Algunas eran glosas o ilustraciones a pequeñas anécdotas históricas (« La neige », « Le cor », « Madame de Soubise », « La frégate La sérieuse »), entre las que destacan, por su temática española (vista por cierto desde un prisma francés totalmente deformante),  « Le Trappiste », sobre la ayuda prestada a Fernando VII, prisionero en las Cortes, por un monje de la Trapa. En otros poemas (« Le Bain » de la bíblica Susana) se saborea ya el gusto oriental que luego inspirará a Vigny su novela egipcia L’Alméh, o la admiración por una belleza femenina muy voluptuosa (ese mismo Baño, y el de « Une dame romaine »). Recurrente es, en fin, el tema del adulterio femenino (« La femme adultère », « Dolorida »), retomado en la comedia Quitte pour la peur.

Sin embargo los poemas más conocidos de este compendio son aquellos que traducen las dudas y convicciones religioso-filosóficas de Vigny. Y es que de 1819 a 1823 se va precisando la evolución que le lleva a profesar un deísmo chillón, luego matizado con platonismo o neoplatonismo. En efecto, si en « La femme adultère » (1819) se resalta la piedad de Cristo, en « La fille de Jephté », escrita en 1820, el poeta ya increpa a un Dios cruel que exige sacrificios sangrientos, y en « Le Déluge », de 1823, se consuma la creencia en una divinidad colérica que se ceba en el inocente :

« La mort de l’Innocence est pour l’homme un mystère,

Ne t’en étonne pas, n’y porte pas les yeux ;

La pitié du mortel n’est point celle des Cieux.

Dieu ne fait point de pacte avec la race humaine :

Qui créa sans amour fera périr sans haine » (« Le Déluge », II)

La reflexión sobre el misterio del mal abarca también otras corrientes de inspiración, como la redención de Satán (frustada en Eloa, ángel femenino enamorado con beata inocencia del Arcángel tenebroso) o la analogía calderoniana vida-prisión-sueño (en La prison, sobre la « máscara de hierro » o presunto hermano de Luis XIV, que habría sido encerrado de por vida con una máscara sobre el rostro).

En fin, el segundo y último libro de poemas que Vigny proyectara también abundaría en respuestas similares sobre el silencio de Dios - uno de cuyos remedios era también por cierto aquella religión del honor, que reemplaza la cristiana. Les Destinées es el significativo título que habría llevado esta obra  publicada sólo parcialmente, y que comprende una serie de cavilaciones angustiadas, cuyo protagonista es esta vez en primer lugar el propio Cristo en el Monte de los Olivos. Ya el Moisés de los Poèmes Antiques et Modernes había prefigurado la tremenda responsabilidad de ser el elegido, el que sabe, que ahora encarna Cristo ; pero si en la obra anterior, con el personaje de Moisés Vigny estaba pensando sobre todo en el poeta, aquí amplía el alcance de la reflexión y hace de Cristo el símbolo de toda la humanidad impotente ante el silencio de su Creador. Como para Nerval, la oración de antes del prendimiento significa el momento cumbre de la constatación moderna de la muerte de Dios. Y en el caso de Vigny la respuesta a este vacío es la que podía esperarse de un digno e indómito hijo de militar y noble: una actitud estoica de resignación :

« Le juste opposera le dédain à l’absence

Et ne répondra plus que par un froid silence

Au silence éternel de la Divinité. »

            El lobo que, cercado por los cazadores, muere sin exhalar una queja, ilustra igualmente este estoicismo y sus consecuencias existenciales en el célebre poema « La mort du loup », incluido también en Les Destinées :

« Fais énergiquement ta longue et lourde tâche

Dans la voie où le Sort a voulu t’appeler.

Puis, après, comme moi, souffre et meurs sans parler. »

            El sacrificio es, pues, el último recurso para el hombre que ha perdido la esperanza, como lo era para el soldado : « Sacrifice, ô toi seul peut-être est la vertu ! », exclama un francés que escucha la historia de la heroica hermana de Wanda (igualmente de esta última obra), que siguió a su noble marido al exilio en cautividad.

No sorprende así que la figura histórica con la que Vigny se indentifica muy particularmente (hasta sugerir que él quizá fuera su reencarnación) sea Juliano el Apóstata, emperador romano del siglo IV d.C. que renegó del catolicismo. La novela Daphné, prevista para formar parte del ciclo de consultas médicas de Stello, es una meditación acerca precisamente de los motivos que pudieron provocar esa apostasía – aunque para el momento en que Vigny la escribe, en 1837, admite la necesidad de una fe religiosa que salvaguarde la moral : « …les pures maximes, les institutions vertueuses, les lois prudentes ne se conservent pas si elles ne sont à l’abri d’un dogme religieux » (Première Lettre). El autor había previsto además otras dos partes para esta segunda sesión, también epopéyica, del psicólogo doctor Negro : una contaría la historia de Astrolabio, hijo de la medieval Eloísa y un Abelardo que armoniza cristianismo y platonismo ; la otra sería la biografía de Lamennais, « un prêtre qui, sentant que le Pape et les Rois laissent tomber la croix, a eu l’idée de la porter dans le camp des Barbares et de l’y planter comme firent les chrétiens du temps du Bas-Empire (es decir, en tiempos de Juliano) » (Journal, 7 nov. 1835). Sin embargo la falta de documentos históricos en un caso, y la amistad que le unió a Lammenais en otro, cortan la inspiración del poeta; en cuanto a Daphné, tampoco lo publica Vigny por miedo a que los católicos se jactaran de la derrota de Juliano - este relato no verá la luz pública hasta 1912.

IV. Platonicismo, dualismo, simbolismo.

            El proceso de alejamiento del catolicismo se salda, como hemos apuntado,  con la adopción de tesis platónicas y un cierto barniz de sincretismo helenístico. La primera de estas tendencias está ya esbozada en un par de poemas de los Antiques et Modernes (« Paris », 1831, y « Les Amants de Montmorency », herederos de Eloísa según la tradición, 1832) que Vigny, de acuerdo con su costumbre, preveía incluir en un florilegio llamado Elévations. Dichas elevaciones partirían « de la peinture d’une image toute terrestre pour s’élever à des vues d’une nature plus divine et laisser, autant que je le puis faire, l’âme qui me suivra dans les régions supérieures ; la prendre sur terre et la déposer aux pieds de Dieu » (Carta a Camilla Maunoir, 21 de diciembre de 1838). La contemplación de este Dios o Principio Inteligible es por tanto el objetivo de la labor tanto intelectual como poética del hombre : « La pensée seule, la Pensée pure, l’exercice intérieur des idées et leur jeu entre elles, est pour moi un véritable bonheur » (Journal, 1858). En realidad, el hecho de que lo Inteligible necesite tomar cuerpo a través del lenguaje para ser captado por el hombre resulta una molestia, una inevitable concesión . Lo absolutamente perfecto es el silencio : el poema  no es sino su mediocre trasunto : « Eh quoi ! ma pensée n’est-elle pas assez belle pour se passer du secours des mots et de l’harmonie des sons ? Le silence est la Poésie même pour moi » (Journal, 1832). Vigny siempre conservó, como Lamartine y otros románticos, esa tendencia dualista que le hace rechazar la materia y abrazar los credos platónicos :

« Je crois qu’après la mort, quand l’union s’achève,

L’âme retrouve alors la vue et la clarté,(…)

Que le corps seulement empêchait l’équilibre »

                                                (« La flûte ») 

Pese a todo, las Ideas han de encarnarse, transmitirse en representaciones que adquieren categoría de símbolos ; de ahí que se haya hablado de Vigny como precursor del simbolismo (cf. M. Eigeldinger : Alfred de Vigny, París, P.Seghers, 1965, p.39). Cristo, Moisés, el lobo, Beethoven, Semelé y tantos otros atestiguan la existencia de las Ideas o del Pensamiento, del Logos.

Es importante observar también que el poema vigniano no surge, como el de Lamartine o Musset, de un estado anímico, de una experiencia amorosa o traumática, sino de una idea (Idea) que se concreta, para su expresión poética, en un mito («fable»), símbolo o incluso anécdota. Concreciones cuya forma privilegiada es el verso, « elixir des idées » (Journal, 1843). Y de aquí brota otro aspecto importante del metadiscurso de Vigny.  

V. Una poética de la cristalización. Esteticismo vigniano.

            Porque en efecto, y también al contrario de lo que ocurre en la estética lamartiniana, donde lo que caracteriza al discurso poético es la expansión y la dilatación formales (de ahí el uso de metáforas como la lava del volcán, los ríos de inspiración, etc.), para Vigny lo que genera el poema es la cristalización del pensamiento, de la voluntad, de la pasión : « La poésie, c’est l’Enthousiasme cristalisé » (Journal, 1837 ; ver a este respecto J. del Prado, « Estructura metafórica del metalenguaje de la poesía en V.Hugo y en A. de Vigny », Revista de Filología Moderna, 1981, nº 73). El poema es una perla condensada, un licor destilado, un tesoro o un diamante con rayos de oro, plata y púrpura (« Les Oracles »). Es también un espejo donde el poeta se contempla, no porque se conozca a través de la escritura, sino porque los lectores le juzgarán en sus escritos (« L’Esprit Pur »). De hecho lo más relevante de la obra de arte, de esa imagen de lo eterno, es que también ella trasciende el tiempo y se proyecta en el futuro. Decir que el poema es el único y verdadero fruto del espíritu equivale a decir que es lo único que sobrevive a la muerte. Por eso el símbolo por excelencia del texto literario es la botella que se echa al mar, en un naufragio : « L’or pur doit surnager, et sa gloire est certaine » (« La bouteille à la mer »). El capitán del barco que se hunde sabe que sólo tiene verdadero valor su manuscrito, esencia cuajada de la Sabiduría, y lo confía al mar para que aproveche a la posteridad, instancia última, como dijimos anteriormente, del discurso de Vigny (y obsérvese que para este solemne y crucial momento sí se invoca a la Providencia):

« Jetons l’œuvre à la mer, la mer des multitudes :

-         Dieu la prendra du doigt pour la conduire au port. »

El metadiscurso de Vigny se encauza de esta forma en un camino muy próximo al de filosofías como la romántica alemana e incluso la nietzscheana, tanto más cuanto que evoluciona hacia lo que este autor llama « aticismo », es decir, una focalización en la contemplación y creación de lo bello, en detrimento de objetivos morales al estilo clásico. Aticismo es « l’amour de toute beauté» (Journal, 1851), amor que se convierte en tarea fundamental del ser humano. De suerte que la escritura se situaría por encima de cualquier otra meta existencial… La Gracia de la que a veces habla Vigny, y que permite sobrellevar el fardo de la condición del hombre-para-la-muerte, coincide con la inspiración poética ; el Espíritu (identificado con el Espíritu Santo) se infunde básicamente en la voluntad literaria del hombre, para crear la obra de arte imperecedera :

« Ton règne est arrivé, PUR ESPRIT, Roi du monde !

(…) Aujourd’hui c’est l’ECRIT,

L’ECRIT UNIVERSEL, parfois impérissable,

Que tu graves au marbre ou traînes sur le sable,

Colombe au bec d’airain ! VISIBLE SAINT-ESPRIT ! »

                                    (« L’Esprit Pur »)

VI. El mundo contemporáneo y la búsqueda de un espacio utópico.

Fuera de esto no hay nada que valga la pena. De los tiempos modernos Vigny no admira ni la labor civilizadora (salvo que se imponga como castigo a quien no ha sabido autogobernarse : « La sauvage »), ni la ciencia o la técnica que avanzan a pasos agigantados, y que sus amigos saint-simonianos defienden. Y siempre mantendrá una actitud de desconfianza hacia los nuevos descubrimientos e inventos, como el ferrocarril, ese toro de hierro o dragón mugiente que salva distancias lo mismo que el relámpago, pero que sirve sobre todo los intereses del ávido comerciante (« La Maison du Berger », 1844). De hecho la naturaleza, herida por las vías férreas, ha dado la espalda al hombre y ni siquiera le ofrece el anhelado refugio. Sólo en el mundo de la infancia existió un entorno protector (cf. el sentido del adiós a la naturaleza de Cinq-Mars), y ahora hay que buscarse refugios totalmente clausurados al exterior, como el que inspira la conocida ensoñación benéfica del poema « La maison du Berger » : se trata de lo que hoy llamaríamos autocaravana, entonces casa rodante del pastor o del comediante en tournée (especialmente de la comediante Marie Dorval), núcleo sémico de la libertad y la autonomía del sujeto moderno y contemporáneo. La caravana, además de ser nido de amor, procura a la conciencia más viajera que errante el sentimiento delicioso de autosuficiencia y confort que ya Rousseau buscaba, como sabemos. La caravana proyecta al hombre fuera de la historia, fuera por tanto de la responsabilidad y preocupación de interpretar sus signos o de construir un vector de progreso. El poeta descansa y goza en ese remanso de calma y voluptuosidad que recogerán las utopías del futuro Esteticismo. El niño y adolescente entusiasmado por las proezas militares que fue Vigny (cf. Servitude et Grandeur Militaires, I) se deja acunar en el olvido.

VII. Batallas cotidianas. Últimos años.  

            Bien es verdad que su vida diaria tuvo otros combates, no sólo contra la página en blanco, sino por ejemplo para conseguir el ingreso en la Academia francesa, que se produjo en 1845. O en defensa de los jóvenes talentos, y de los derechos de autor… a perpetuidad (cf.  De mademoiselle Sédaine et de la propriété littéraire). Derechos que habría defendido desde el Parlamento si sus paisanos del Charente le hubieran votado las dos veces que se presentó, tras la Revolución del 48. Su simpatía hacia esta Revolución no le impidió, sin embargo, seguir manteniendo un trato cordial con Luis-Napoleón, ni siquiera después del golpe de Estado. Pero desde esa fecha básicamente llevó una vida recoleta, alternando estancias en París y en su casona de Maine-Giraud, cerca de Angulema, junto a su mujer. Vigny murió en 1863 de un cáncer de estómago, y en su cortejo fúnebre caminaron dos amigos cuya fama desbordaría la del propio escritor, en esa posteridad que tanto cantó : Baudelaire y Berlioz, su amigo íntimo.