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Alfred de Vigny
Victor-Alfred de Vigny
es, junto con Hugo y Balzac, el más sesudo de los escritores románticos.
Pero no principalemente porque su obra esté impregnada de reflexiones filosóficas,
sino porque parte de una concepción platónico-dualista de la creación artística,
según la cual un texto no es sino la expresión menos mala (ya que toda
encarnación es mala) de lo Inteligible, de las Ideas eternas que descansan en
el mundo supraempírico. Sin embargo y además de esta idea, que precisaremos
más adelante, la idea germinal en torno a la que giran todas las producciones
de Vigny es el característico enfrentamiento del hombre moderno con la
sociedad. La sociedad es una hiena que acecha al hombre eminente, esperando su
desfallecimiento para devorarlo sin piedad (Journal
1844) – Vigny descuella en la forja de analogías sorpresivas.
I. Estética de la desilusión y sus causas
biográficas.
En general se considera a este autor como un perfecto exponente de la
desilusión decimonónica. En primer lugar, porque sus escritos repiten hasta
la saciedad este sentimiento de decepción tanto ante la acogida fatal que da
la sociedad mercantilista a los genios, como ante los entusiasmos político-revolucionarios,
que se convierten a la postre en meras algaradas demagógicas (especialmente
la Revolución de 1830). Y en segundo lugar también su trayecto vital recorre
en parte el camino de la desilusión : militar, al comprobar la transformación de un ejército orgulloso y
noble en un enemigo odiado por el pueblo (experiencia que le llevará a dejar
su cargo de capitán, tras 14 años de servicio),
y amorosa, cuando le abandona su sexta amante Marie d’Orval, una
actriz muy amiga de Georges Sand (amante a su vez de Musset). Bien es verdad
que en este caso la desilusión es al menos mutua, porque Vigny en ese momento albergaba
en su casa a las hermanas Battlegang, y relativa, dado que llevaba
varios años casado con la inglesa Lydia Bunbury, que sí le era fiel.
La azarosa vida sentimental del autor (como la de todos los románticos,
que se salda sin embargo con una escasa fecundidad biológica) bate de hecho
records numéricos (si excluimos los de Hugo), e incluye también a Delphine
Gay, Marceline Desbordes-Valmore, Marie d’Agoult, Louise Colet y Augusta
Bouvard, de quien tuvo un hijo póstumo. A pesar de ello, y a pesar también
de que buscaba en las mujeres un ideal concebido previamente (o quizá sobre
todo por eso), Vigny insiste en mantener una estomagante actitud paternalista
hacia la mujer, que es siempre una niña
(Stello, III), como último
recurso para poder otorgarle su perdón. No obstante lo cual
es también capaz de crear una imagen de mujer amorosa y sacrificada,
como Eva, Eloa o Kitty Bell, que ayuda al hombre a cumplir su destino, o una
imagen de mujer fuerte y buena madre, como la mariscala de Ancre, que lleva
las riendas del país durante la regencia de María de Médecis.
II. Un estoicismo que busca la gloria póstuma.
Trasunto de la desilusión global a la que nos referíamos es una
actitud, conjuntamente espontánea y reflexiva, de soledad y altanería. La
soledad implica sobre todo el rechazo de la acción política y del compromiso
político por parte del poeta, pero no conlleva el abandono de una misión que
Vigny considera fundamental: « Quand j’ai dit : la
solitude est sainte, je n’ai pas entendu par solitude une séparation et
un oubli entier des hommes et de la société, mais une retraite où l’âme
puisse se recueillir en elle-même, puisse jouir de ses propres facultés et
rassembler ses forces pour produire quelque chose de grand » (Journal 1832). El escritor debe producir obras de arte que
enriquezcan a la humanidad, o más bien a la élite que sabrá apreciarlas,
dado que la masa (la hiena) le despreciará. Así que la verdadera vocación
de Vigny es la gloria póstuma, y su lector privilegiado, la posteridad :
« Jeune Postérité d’un vivant qui vous aime ! (…)
Juges toujours nouveaux de nos travaux passés !
Flots d’amis renaissants ! – Puissent mes Destinées
Vous amener à moi, de
dix en dix années
Attentifs à mon œuvre,
et pour moi c’est assez ! »
(« L’Esprit
Pur »)
De ahí también esa altanería, esa conciencia de
superioridad, que es la propia no sólo del poeta, sino igualmente de dos
figuras señeras en la literatura de Vigny : el noble, y el soldado - que
es otro noble : la Nobleza es « una gran familia de soldados
hereditarios » (Servitude et
grandeur militaires, I).
II.1. Cinq-Mars.
Pero no cualquier noble :
sólo la nobleza feudal y renacentista, que no estaba domesticada por el rey.
Vigny consagra una novela histórica (proyectó tres) precisamente a explicar
este proceso de decadencia de la aristocracia francesa, que se saldó con su
fin en la Revolución. En dicho texto se narra el amansamiento del caballero Cinq-Mars
(que da título a la novela, 1826) en la corte de Luis XIII, y su posterior
conspiración fallida contra el cardenal Richelieu. Todo el texto respira la
nostalgia de una época
desaparecida en que los grandes señores hacían
locuras, pero para demostrar su
independencia, y llevaban coronas
con tantos diamantes como la real (cap. I). Con la muerte de Cinq-Mars
expira, como explica Corneille a Milton al final de la novela,
el mundo de la antigua monarquía, y adviene el de la monarquía
absoluta.
II.2. Stello.
Otra obra en la que
aparece este elogio del noble, y sobre todo el tema del necesario divorcio
entre la poesía y la acción, es la novela dialogada Stello
(1832). En ella se emplean de nuevo, heredando recursos diderotianos, anécdotas
históricas para recrear la situación social del escritor – aunque más
propiamente debería decirse del « poeta », que Vigny distingue
tanto del simple « hombre de letras », voluble y apreciado por el
vulgo, como del más respetable « gran escritor », razonable, pero
carente de imaginación, que es el don fundamental del artista genial
(Prefacio de Chatterton). En Stello por tanto se narran tres episodios contados por un tal
« Doctor-Negro » a su paciente, un autor melancólico, para
mostrar el comportamiento de los diferentes regímenes políticos (monarquía
absoluta, monarquía representativa y república) con los « poetas ».
Los gobernantes, explica el doctor, desprecian, temen u odian a los « magos » ;
muestra de ello son los suicidios de Gilbert y Chatterton (este último luego
llevado a escena en la obra dramática que lleva el mismo título) y el
guillotinamiento de André Chenier. De forma que en la receta para el enfermo
que expende finalmente el doctor se incluye en primer lugar la obligación de
separar la vida política de la vida poética ; también se recomienda
renunciar a la esperanza y se anima a comportarse en el mundo como las
intocables golondrinas o los libérrimos delfines.
Esta novela es
interesante igualmente por la
pintura de la última época del Terror, que Vigny escoge para ilustrar su
visión de la Revolución (como Lamartine, más elogioso, escogerá la de los
Girondinos, y Hugo, la fecha de 1793 : pero a los Vigny se les
confiscaron las tierras, un tío fue guillotinado y la madre de Alfred
encarcelada). La descripción detallada de la prisión de San Lázaro tiene
una vida y un impacto innegables, así como la escena en que conversan
Robespierre y Saint-Just, que Vigny, muy hugoliano (o Hugo muy vigniano) en la
elección de calificativos, denomina hyènes
affamées, jacobins hydrophobes, béat cruel, o Grand Inquisiteur de la liberté. Junto a esta crítica del
fanatismo revolucionario se incluye sin embargo otra del fanatismo
antirrevolucionario, defendido por Joseph de Maistre (Pieux Impie) con sus teorías de la justificación de la guerra y el
sacrificio expiatorio.
II.3. Servitude
et grandeur militaires.
Puede sorprender que
Vigny, oficial, lugarteniente y capitán, censure la exaltación de la guerra,
pero es así. Y resulta todavía más sorpresivo si se piensa que, a su pesar,
nunca participó en ninguna batalla. Ello no obsta para que conste en su
haber, como apuntamos antes, una de las más firmes defensas del soldado y más
clarividentes reflexiones acerca de su papel en la sociedad. Vigny ve con
nitidez cómo el ejército ya en su época está pasando de ser el símbolo de
la defensa de la patria a representar un estorbo en la vida cotidiana y un
propulsor de la guerra civil. Por eso toma su defensa particularmente en Servitude et Grandeur militaires, triple novela de nuevo, inspirada
en sus recuerdos de la vida de cuartel. Los episodios protagonizados por los
militares quieren ser demostración (aunque hoy no lo parezca) de tres
virtudes del soldado : la obediencia, el sentido del deber y el carácter
sacrificado. Y sobre todo ilustran la posibilidad de mantener un código ético
en el naufragio universal de las creencias (cf. Conclusion),
código que Vigny denomina « religión del Honor », definida como
« le respect de soi-même et de la beauté de sa vie porté jusqu’à
la plus pure élevation et jusqu’à la passion la plus ardente » (ibid.).
III. Texto poético y epopeya ; texto poético
y reflexión metafísica.
Por otra parte, toda la
meditación social de la desilusión en Vigny corre paralela a una meditación
metafísica, que gira en torno a la pregunta por la existencia de Dios y de la
Providencia. Precisamente la duda y luego la negación de esa existencia, que
son características de todo el Romanticismo francés, tienen un cauce
expresivo, la epopeya (también particularmente apreciada por los románticos),
fuertemente desarrollado en la escritura de Vigny. Desde sus primeros textos
este autor manifiesta su voluntad de verter una idea filosófica en el molde
épico, como explica en el prefacio a los Poèmes
Antiques et Modernes (publicados con
añadidos y modificaciones de 1822 a 1859). Esta obra reunía, en tres partes,
como viene siendo habitual, composiciones « místicas » (« Moïse »,
« Eloa », y « Le Déluge »,
inspirado en un cuadro de Poussin), « antiguas » (situadas en
tiempos veterotestamentarios y homéricos) y «modernas ». Algunas eran
glosas o ilustraciones a pequeñas anécdotas históricas (« La neige »,
« Le cor », « Madame de Soubise », « La frégate
La sérieuse »), entre las que destacan, por su temática española
(vista por cierto desde un prisma francés totalmente deformante),
« Le Trappiste », sobre la ayuda prestada a Fernando VII,
prisionero en las Cortes, por un monje de la Trapa. En otros poemas (« Le
Bain » de la bíblica Susana)
se saborea ya el gusto oriental que luego inspirará a Vigny su novela egipcia
L’Alméh, o la admiración por una
belleza femenina muy voluptuosa (ese mismo Baño,
y el de « Une dame romaine »).
Recurrente es, en fin, el tema del adulterio femenino (« La femme
adultère », « Dolorida »), retomado en la comedia Quitte pour la peur.
Sin embargo los poemas más
conocidos de este compendio son aquellos que traducen las dudas y convicciones
religioso-filosóficas de Vigny. Y es que de 1819 a 1823 se va precisando la
evolución que le lleva a profesar un deísmo chillón, luego matizado con
platonismo o neoplatonismo. En efecto, si en « La femme adultère »
(1819) se resalta la piedad de Cristo, en « La fille de Jephté »,
escrita en 1820, el poeta ya increpa a un Dios cruel que exige sacrificios
sangrientos, y en « Le Déluge », de 1823, se consuma la creencia
en una divinidad colérica que se ceba en el inocente :
« La mort de l’Innocence
est pour l’homme un mystère,
Ne t’en étonne pas,
n’y porte pas les yeux ;
La pitié du mortel n’est
point celle des Cieux.
Dieu ne fait point de
pacte avec la race humaine :
Qui créa sans amour
fera périr sans haine » (« Le Déluge », II)
La reflexión sobre el
misterio del mal abarca también otras corrientes de inspiración, como la
redención de Satán (frustada en Eloa,
ángel femenino enamorado con beata inocencia del Arcángel tenebroso) o la
analogía calderoniana vida-prisión-sueño (en La
prison, sobre la « máscara de hierro » o presunto hermano de
Luis XIV, que habría sido encerrado de por vida con una máscara sobre el
rostro).
En fin, el segundo y último
libro de poemas que Vigny proyectara también abundaría en respuestas
similares sobre el silencio de Dios - uno de cuyos remedios era también por
cierto aquella religión del honor, que reemplaza la cristiana. Les Destinées es el significativo título que habría llevado esta
obra publicada sólo
parcialmente, y que comprende una serie de cavilaciones angustiadas, cuyo
protagonista es esta vez en primer lugar el propio Cristo en el Monte de los
Olivos. Ya el Moisés de los Poèmes
Antiques et Modernes había prefigurado la tremenda responsabilidad de ser
el elegido, el que sabe, que ahora encarna Cristo ; pero si en la obra
anterior, con el personaje de Moisés Vigny estaba pensando sobre todo en el
poeta, aquí amplía el alcance de la reflexión y hace de Cristo el símbolo
de toda la humanidad impotente ante el silencio de su Creador. Como para
Nerval, la oración de antes del prendimiento significa el momento cumbre de
la constatación moderna de la muerte de Dios. Y en el caso de Vigny la
respuesta a este vacío es la que podía esperarse de un digno e indómito
hijo de militar y noble: una actitud estoica de resignación :
« Le juste
opposera le dédain à l’absence
Et ne répondra plus que
par un froid silence
Au silence éternel de
la Divinité. »
El lobo que, cercado por los cazadores, muere sin exhalar una queja,
ilustra igualmente este estoicismo y sus consecuencias existenciales en el célebre
poema « La mort du loup », incluido también en Les
Destinées :
« Fais énergiquement
ta longue et lourde tâche
Dans la voie où le Sort
a voulu t’appeler.
Puis, après, comme moi,
souffre et meurs sans parler. »
El sacrificio es, pues, el último recurso para el hombre que ha
perdido la esperanza, como lo era para el soldado : « Sacrifice, ô
toi seul peut-être est la vertu ! », exclama un francés que
escucha la historia de la heroica hermana de Wanda
(igualmente de esta última obra), que siguió a su noble marido al exilio
en cautividad.
No sorprende así que la
figura histórica con la que Vigny se indentifica muy particularmente (hasta
sugerir que él quizá fuera su reencarnación) sea Juliano el Apóstata,
emperador romano del siglo IV d.C. que renegó del catolicismo. La novela Daphné, prevista para formar parte del ciclo de consultas médicas
de Stello, es una meditación acerca
precisamente de los motivos que pudieron provocar esa apostasía – aunque
para el momento en que Vigny la escribe, en 1837, admite la necesidad de una
fe religiosa que salvaguarde la moral : « …les pures maximes, les
institutions vertueuses, les lois prudentes ne se conservent pas si elles ne
sont à l’abri d’un dogme religieux » (Première
Lettre). El autor había previsto además otras dos partes para esta
segunda sesión, también epopéyica, del psicólogo doctor Negro : una
contaría la historia de Astrolabio, hijo de la medieval Eloísa y un Abelardo
que armoniza cristianismo y platonismo ; la otra sería la biografía de
Lamennais, « un prêtre qui, sentant que le Pape et les Rois laissent
tomber la croix, a eu l’idée de la porter dans le camp des Barbares et de
l’y planter comme firent les chrétiens du temps du Bas-Empire (es decir, en
tiempos de Juliano) » (Journal,
7 nov. 1835). Sin embargo la falta de documentos históricos en un caso, y la
amistad que le unió a Lammenais en otro, cortan la inspiración del
poeta; en cuanto a Daphné, tampoco
lo publica Vigny por miedo a que los católicos se jactaran de la derrota de
Juliano - este relato no verá la luz pública hasta 1912.
IV. Platonicismo, dualismo, simbolismo.
El proceso de alejamiento del catolicismo se salda, como hemos
apuntado, con la adopción de
tesis platónicas y un cierto barniz de sincretismo helenístico. La primera
de estas tendencias está ya esbozada en un par de poemas de los Antiques
et Modernes (« Paris », 1831,
y « Les Amants de
Montmorency », herederos de Eloísa según la tradición, 1832) que
Vigny, de acuerdo con su costumbre, preveía incluir en un florilegio llamado Elévations.
Dichas elevaciones partirían « de la peinture d’une image toute
terrestre pour s’élever à des vues d’une nature plus divine et laisser,
autant que je le puis faire, l’âme qui me suivra dans les régions supérieures ;
la prendre sur terre et la déposer aux pieds de Dieu » (Carta a Camilla
Maunoir, 21 de diciembre de 1838). La contemplación de este Dios o Principio
Inteligible es por tanto el objetivo de la labor tanto intelectual como poética
del hombre : « La pensée seule, la Pensée pure, l’exercice intérieur
des idées et leur jeu entre elles, est pour moi un véritable bonheur »
(Journal, 1858). En realidad, el
hecho de que lo Inteligible necesite tomar cuerpo a través del lenguaje para
ser captado por el hombre resulta una molestia, una inevitable concesión .
Lo absolutamente perfecto es el silencio : el poema no es sino su mediocre trasunto : « Eh quoi !
ma pensée n’est-elle pas assez belle pour se passer du secours des mots et
de l’harmonie des sons ? Le silence est la Poésie même pour moi »
(Journal, 1832). Vigny siempre
conservó, como Lamartine y otros románticos, esa tendencia dualista que le
hace rechazar la materia y abrazar los credos platónicos :
« Je crois qu’après
la mort, quand l’union s’achève,
L’âme retrouve alors
la vue et la clarté,(…)
Que le corps seulement
empêchait l’équilibre »
(« La flûte »)
Pese a todo, las Ideas han de encarnarse,
transmitirse en representaciones que adquieren categoría de símbolos ;
de ahí que se haya hablado de Vigny como precursor del simbolismo (cf. M.
Eigeldinger : Alfred de Vigny,
París, P.Seghers, 1965, p.39). Cristo, Moisés, el lobo, Beethoven, Semelé y
tantos otros atestiguan la existencia de las Ideas o del Pensamiento, del
Logos.
Es importante observar
también que el poema vigniano no surge, como el de Lamartine o Musset, de un
estado anímico, de una experiencia amorosa o traumática, sino de una idea
(Idea) que se concreta, para su expresión poética, en un mito («fable»), símbolo
o incluso anécdota. Concreciones cuya forma privilegiada es el verso,
« elixir des idées » (Journal,
1843). Y de aquí brota otro aspecto importante del metadiscurso de Vigny.
V. Una poética de la cristalización.
Esteticismo vigniano.
Porque en efecto, y también al contrario de lo que ocurre en la estética
lamartiniana, donde lo que caracteriza al discurso poético es la expansión y
la dilatación formales (de ahí el uso de metáforas como la lava del volcán,
los ríos de inspiración, etc.), para Vigny lo que genera el poema es la
cristalización del pensamiento, de la voluntad, de la pasión : « La
poésie, c’est l’Enthousiasme cristalisé » (Journal,
1837 ; ver a este respecto J. del Prado, « Estructura metafórica
del metalenguaje de la poesía en V.Hugo y en A. de Vigny », Revista
de Filología Moderna, 1981, nº 73). El poema es una perla
condensada, un licor destilado, un tesoro o un diamante con rayos de oro,
plata y púrpura (« Les Oracles »). Es también un espejo donde el
poeta se contempla, no porque se conozca a través de la escritura, sino
porque los lectores le juzgarán en sus escritos (« L’Esprit Pur »).
De hecho lo más relevante de la obra de arte, de esa imagen de lo eterno, es
que también ella trasciende el tiempo y se proyecta en el futuro. Decir que
el poema es el único y verdadero fruto del espíritu equivale a decir que es
lo único que sobrevive a la muerte. Por eso el símbolo por excelencia del
texto literario es la botella que se echa al mar, en un naufragio :
« L’or pur doit surnager, et sa gloire est certaine » (« La
bouteille à la mer »). El capitán del barco que se hunde sabe que sólo
tiene verdadero valor su manuscrito, esencia cuajada de la Sabiduría, y lo
confía al mar para que aproveche a la posteridad, instancia última, como
dijimos anteriormente, del discurso de Vigny (y obsérvese que para este
solemne y crucial momento sí se invoca a la Providencia):
« Jetons l’œuvre
à la mer, la mer des multitudes :
-
Dieu la prendra du doigt pour la conduire au port. »
El metadiscurso de Vigny
se encauza de esta forma en un camino muy próximo al de filosofías como la
romántica alemana e incluso la nietzscheana, tanto más cuanto que evoluciona
hacia lo que este autor llama « aticismo », es decir, una
focalización en la contemplación y creación de lo bello, en detrimento de
objetivos morales al estilo clásico. Aticismo es « l’amour de toute
beauté» (Journal, 1851), amor que
se convierte en tarea fundamental del ser humano. De suerte que la escritura
se situaría por encima de cualquier otra meta existencial… La Gracia de la
que a veces habla Vigny, y que permite sobrellevar el fardo de la condición
del hombre-para-la-muerte, coincide con la inspiración poética ; el Espíritu
(identificado con el Espíritu Santo) se infunde básicamente en la voluntad
literaria del hombre, para crear la obra de arte imperecedera :
« Ton règne est
arrivé, PUR ESPRIT, Roi du monde !
(…) Aujourd’hui c’est
l’ECRIT,
L’ECRIT UNIVERSEL,
parfois impérissable,
Que tu graves au marbre
ou traînes sur le sable,
Colombe au bec d’airain !
VISIBLE SAINT-ESPRIT ! »
(« L’Esprit Pur »)
VI. El mundo contemporáneo y la búsqueda de un
espacio utópico.
Fuera de esto no hay
nada que valga la pena. De los tiempos modernos Vigny no admira ni la labor
civilizadora (salvo que se imponga como castigo a quien no ha sabido
autogobernarse : « La sauvage »),
ni la ciencia o la técnica que avanzan a pasos agigantados, y que sus amigos
saint-simonianos defienden. Y siempre mantendrá una actitud de desconfianza
hacia los nuevos descubrimientos e inventos, como el ferrocarril, ese toro
de hierro o dragón mugiente que salva distancias lo mismo que el relámpago,
pero que sirve sobre todo los intereses del ávido comerciante (« La
Maison du Berger », 1844). De
hecho la naturaleza, herida por las vías férreas, ha dado la espalda al
hombre y ni siquiera le ofrece el anhelado refugio. Sólo en el mundo de la
infancia existió un entorno protector (cf. el sentido del adiós a la
naturaleza de Cinq-Mars), y ahora
hay que buscarse refugios totalmente clausurados al exterior, como el que
inspira la conocida ensoñación benéfica del poema « La maison du Berger » : se trata de lo que hoy llamaríamos
autocaravana, entonces casa rodante del pastor o del comediante en tournée
(especialmente de la comediante Marie Dorval), núcleo sémico de la
libertad y la autonomía del sujeto moderno y contemporáneo. La caravana,
además de ser nido de amor, procura a la conciencia más viajera que errante
el sentimiento delicioso de autosuficiencia y confort que ya Rousseau buscaba,
como sabemos. La caravana proyecta al hombre fuera de la historia, fuera por
tanto de la responsabilidad y preocupación de interpretar sus signos o de
construir un vector de progreso. El poeta descansa y goza en ese remanso de
calma y voluptuosidad que recogerán las utopías del futuro Esteticismo. El
niño y adolescente entusiasmado por las proezas militares que fue Vigny (cf. Servitude
et Grandeur Militaires, I) se
deja acunar en el olvido.
VII. Batallas cotidianas. Últimos años.
Bien es verdad que su vida diaria tuvo otros combates, no sólo contra
la página en blanco, sino por ejemplo para conseguir el ingreso en la
Academia francesa, que se produjo en 1845. O en defensa de los jóvenes
talentos, y de los derechos de autor… a perpetuidad (cf.
De mademoiselle Sédaine et de la
propriété littéraire). Derechos
que habría defendido desde el Parlamento si sus paisanos del Charente le
hubieran votado las dos veces que se presentó, tras la Revolución del 48. Su
simpatía hacia esta Revolución no le impidió, sin embargo, seguir
manteniendo un trato cordial con Luis-Napoleón, ni siquiera después del
golpe de Estado. Pero desde esa fecha básicamente llevó una vida recoleta,
alternando estancias en París y en su casona de Maine-Giraud, cerca de
Angulema, junto a su mujer. Vigny murió en 1863 de un cáncer de estómago, y
en su cortejo fúnebre caminaron dos amigos cuya fama desbordaría la del
propio escritor, en esa posteridad que tanto cantó : Baudelaire y
Berlioz, su amigo íntimo.

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