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Alfred de Vigny
IV. Platonicismo, dualismo, simbolismo.
El proceso de alejamiento del catolicismo se salda, como hemos
apuntado, con la adopción de
tesis platónicas y un cierto barniz de sincretismo helenístico. La primera
de estas tendencias está ya esbozada en un par de poemas de los Antiques
et Modernes (« Paris », 1831,
y « Les Amants de
Montmorency », herederos de Eloísa según la tradición, 1832) que
Vigny, de acuerdo con su costumbre, preveía incluir en un florilegio llamado Elévations.
Dichas elevaciones partirían « de la peinture d’une image toute
terrestre pour s’élever à des vues d’une nature plus divine et laisser,
autant que je le puis faire, l’âme qui me suivra dans les régions supérieures ;
la prendre sur terre et la déposer aux pieds de Dieu » (Carta a Camilla
Maunoir, 21 de diciembre de 1838). La contemplación de este Dios o Principio
Inteligible es por tanto el objetivo de la labor tanto intelectual como poética
del hombre : « La pensée seule, la Pensée pure, l’exercice intérieur
des idées et leur jeu entre elles, est pour moi un véritable bonheur »
(Journal, 1858). En realidad, el
hecho de que lo Inteligible necesite tomar cuerpo a través del lenguaje para
ser captado por el hombre resulta una molestia, una inevitable concesión .
Lo absolutamente perfecto es el silencio : el poema no es sino su mediocre trasunto : « Eh quoi !
ma pensée n’est-elle pas assez belle pour se passer du secours des mots et
de l’harmonie des sons ? Le silence est la Poésie même pour moi »
(Journal, 1832). Vigny siempre
conservó, como Lamartine y otros románticos, esa tendencia dualista que le
hace rechazar la materia y abrazar los credos platónicos :
« Je crois qu’après
la mort, quand l’union s’achève,
L’âme retrouve alors
la vue et la clarté,(…)
Que le corps seulement
empêchait l’équilibre »
(« La flûte »)
Pese a todo, las Ideas han de encarnarse,
transmitirse en representaciones que adquieren categoría de símbolos ;
de ahí que se haya hablado de Vigny como precursor del simbolismo (cf. M.
Eigeldinger : Alfred de Vigny,
París, P.Seghers, 1965, p.39). Cristo, Moisés, el lobo, Beethoven, Semelé y
tantos otros atestiguan la existencia de las Ideas o del Pensamiento, del
Logos.
Es importante observar
también que el poema vigniano no surge, como el de Lamartine o Musset, de un
estado anímico, de una experiencia amorosa o traumática, sino de una idea
(Idea) que se concreta, para su expresión poética, en un mito («fable»), símbolo
o incluso anécdota. Concreciones cuya forma privilegiada es el verso,
« elixir des idées » (Journal,
1843). Y de aquí brota otro aspecto importante del metadiscurso de Vigny.
V. Una poética de la cristalización.
Esteticismo vigniano.
Porque en efecto, y también al contrario de lo que ocurre en la estética
lamartiniana, donde lo que caracteriza al discurso poético es la expansión y
la dilatación formales (de ahí el uso de metáforas como la lava del volcán,
los ríos de inspiración, etc.), para Vigny lo que genera el poema es la
cristalización del pensamiento, de la voluntad, de la pasión : « La
poésie, c’est l’Enthousiasme cristalisé » (Journal,
1837 ; ver a este respecto J. del Prado, « Estructura metafórica
del metalenguaje de la poesía en V.Hugo y en A. de Vigny », Revista
de Filología Moderna, 1981, nº 73). El poema es una perla
condensada, un licor destilado, un tesoro o un diamante con rayos de oro,
plata y púrpura (« Les Oracles »). Es también un espejo donde el
poeta se contempla, no porque se conozca a través de la escritura, sino
porque los lectores le juzgarán en sus escritos (« L’Esprit Pur »).
De hecho lo más relevante de la obra de arte, de esa imagen de lo eterno, es
que también ella trasciende el tiempo y se proyecta en el futuro. Decir que
el poema es el único y verdadero fruto del espíritu equivale a decir que es
lo único que sobrevive a la muerte. Por eso el símbolo por excelencia del
texto literario es la botella que se echa al mar, en un naufragio :
« L’or pur doit surnager, et sa gloire est certaine » (« La
bouteille à la mer »). El capitán del barco que se hunde sabe que sólo
tiene verdadero valor su manuscrito, esencia cuajada de la Sabiduría, y lo
confía al mar para que aproveche a la posteridad, instancia última, como
dijimos anteriormente, del discurso de Vigny (y obsérvese que para este
solemne y crucial momento sí se invoca a la Providencia):
« Jetons l’œuvre
à la mer, la mer des multitudes :
-
Dieu la prendra du doigt pour la conduire au port. »
El metadiscurso de Vigny
se encauza de esta forma en un camino muy próximo al de filosofías como la
romántica alemana e incluso la nietzscheana, tanto más cuanto que evoluciona
hacia lo que este autor llama « aticismo », es decir, una
focalización en la contemplación y creación de lo bello, en detrimento de
objetivos morales al estilo clásico. Aticismo es « l’amour de toute
beauté» (Journal, 1851), amor que
se convierte en tarea fundamental del ser humano. De suerte que la escritura
se situaría por encima de cualquier otra meta existencial… La Gracia de la
que a veces habla Vigny, y que permite sobrellevar el fardo de la condición
del hombre-para-la-muerte, coincide con la inspiración poética ; el Espíritu
(identificado con el Espíritu Santo) se infunde básicamente en la voluntad
literaria del hombre, para crear la obra de arte imperecedera :
« Ton règne est
arrivé, PUR ESPRIT, Roi du monde !
(…) Aujourd’hui c’est
l’ECRIT,
L’ECRIT UNIVERSEL,
parfois impérissable,
Que tu graves au marbre
ou traînes sur le sable,
Colombe au bec d’airain !
VISIBLE SAINT-ESPRIT ! »
(« L’Esprit Pur »)
VI. El mundo contemporáneo y la búsqueda de un
espacio utópico.
Fuera de esto no hay
nada que valga la pena. De los tiempos modernos Vigny no admira ni la labor
civilizadora (salvo que se imponga como castigo a quien no ha sabido
autogobernarse : « La sauvage »),
ni la ciencia o la técnica que avanzan a pasos agigantados, y que sus amigos
saint-simonianos defienden. Y siempre mantendrá una actitud de desconfianza
hacia los nuevos descubrimientos e inventos, como el ferrocarril, ese toro
de hierro o dragón mugiente que salva distancias lo mismo que el relámpago,
pero que sirve sobre todo los intereses del ávido comerciante (« La
Maison du Berger », 1844). De
hecho la naturaleza, herida por las vías férreas, ha dado la espalda al
hombre y ni siquiera le ofrece el anhelado refugio. Sólo en el mundo de la
infancia existió un entorno protector (cf. el sentido del adiós a la
naturaleza de Cinq-Mars), y ahora
hay que buscarse refugios totalmente clausurados al exterior, como el que
inspira la conocida ensoñación benéfica del poema « La maison du Berger » : se trata de lo que hoy llamaríamos
autocaravana, entonces casa rodante del pastor o del comediante en tournée
(especialmente de la comediante Marie Dorval), núcleo sémico de la
libertad y la autonomía del sujeto moderno y contemporáneo. La caravana,
además de ser nido de amor, procura a la conciencia más viajera que errante
el sentimiento delicioso de autosuficiencia y confort que ya Rousseau buscaba,
como sabemos. La caravana proyecta al hombre fuera de la historia, fuera por
tanto de la responsabilidad y preocupación de interpretar sus signos o de
construir un vector de progreso. El poeta descansa y goza en ese remanso de
calma y voluptuosidad que recogerán las utopías del futuro Esteticismo. El
niño y adolescente entusiasmado por las proezas militares que fue Vigny (cf. Servitude
et Grandeur Militaires, I) se
deja acunar en el olvido.
VII. Batallas cotidianas. Últimos años.
Bien es verdad que su vida diaria tuvo otros combates, no sólo contra
la página en blanco, sino por ejemplo para conseguir el ingreso en la
Academia francesa, que se produjo en 1845. O en defensa de los jóvenes
talentos, y de los derechos de autor… a perpetuidad (cf.
De mademoiselle Sédaine et de la
propriété littéraire). Derechos
que habría defendido desde el Parlamento si sus paisanos del Charente le
hubieran votado las dos veces que se presentó, tras la Revolución del 48. Su
simpatía hacia esta Revolución no le impidió, sin embargo, seguir
manteniendo un trato cordial con Luis-Napoleón, ni siquiera después del
golpe de Estado. Pero desde esa fecha básicamente llevó una vida recoleta,
alternando estancias en París y en su casona de Maine-Giraud, cerca de
Angulema, junto a su mujer. Vigny murió en 1863 de un cáncer de estómago, y
en su cortejo fúnebre caminaron dos amigos cuya fama desbordaría la del
propio escritor, en esa posteridad que tanto cantó : Baudelaire y
Berlioz, su amigo íntimo.

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