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Literaturas extranjeras



 
 
VICTOR HUGO Y EL ROMANTICISMO FRANCÉS 2/3
ISBN-84-9714-081-8
Pilar Andrade Boue
 

VIDA Y OBRAS II. EN EL EXILIO

Bruselas y las dos islas anglonormandas de Jersey y Guernesey van a acoger sucesivamente a Hugo desde 1851 hasta 1870. En Bruselas escribe la Historia de un crimen, que no acabó ni publicó, contando con todo lujo de nombres y detalles la insurrección del futuro emperador, y luego Napoleón el Pequeño, más modesto y panfletario; en Jersey completa sus ataques con los poemas de Les Châtiments. Desde aquí también se hace paladín del grupo de franceses exiliados, y cuando se le ofrece la posibilidad de regresar, en 1852, 1859 y 1869, renuncia dignamente a ella. Se ha dicho que el exilio, aunque obligó a Hugo a vivir lejos de París (cosa que todo francés, y él mucho más que cualquiera, lamenta), le fue beneficioso a fin de cuentas, porque dio campo a su inagotable vena literaria, asentada desde entonces en un papel político y existencial bien definido, papel que había sido ilustrado un sinnúmero de veces en sus obras y las de los románticos: el del proscrito por el poder y defensor del oprimido. 

También en el exilio va Hugo a internarse cada vez más profundamente en los territorios de lo sobrenatural y lo numinoso, tanto que a veces casi pierde pie en la realidad. Esto comienza cuando la familia acoge en 1853 a la amiga de infancia Delphine de Girardin, ahora enferma de cáncer y siempre vestida de negro. Ella les inicia a las experiencias espiritistas de las mesas giratorias, en que espíritus de diversas condiciones hablaban por golpes a los asistentes a las sesiones nocturnas. Estas sesiones fueron transcritas oportunamente, y dejaban a Hugo en un estado de nerviosismo y a veces terror que reforzaban su propensión natural a las visiones (rasgo de familia: no olvidemos ni la enfermedad de su hermano, ni la posterior locura de su pobre hija Adèle). De hecho no era el único en sentirse así, dado que en 1855, una amiga que asistía a las reuniones tuvo un súbito ataque de locura, por lo que la señora Hugo, velando por la salud mental de la familia, decidió que ya era hora hacer callar a las mesas. 

Por lo que respecta a la producción literaria del exilio, impresiona la cantidad y cantidad de escritura generada en diecinueve años. Además de escribir las obras políticas antes señaladas, Hugo termina las Contemplaciones y las publica en 1856, compone una inmensa trilogía de poesía épica, tres grandes novelas y un último drama en verso, y aún tiene tiempo para entretenerse con pequeños poemas (Les Chansons des rues et des bois, 1865) u obras de teatro más livianas (recogidas en Le Théâtre en liberté, publicado en 1886). La trilogía épica está compuesta por La légende des siècles,La fin de Satan y Dieu, que en el orden citado narran en verso la historia de la humanidad y la regeneración de Satán, terminando con una paráfrasis explicativa de las grandes religiones y filosofías por boca de seis animales y un ángel. Sin embargo Hugo escribió antes las dos últimas, que no llegó a publicar porque un espíritu de las mesas le aconsejó esperar; de todas formas ambas quedaron inacabadas. Puede decirse que se trata de las mejores epopeyas decimonónicas, escritas con una versificación impecable, bajo una inspiración genial. La Légende, en tres entregas (1859, 1877 y 1883, póstuma) tiene poemas de grandísima belleza y perfección formal que recrean pasajes bíblicos, textos medievales o episodios de la mitología grecorromana, mezclando fechas y nombres reales e imaginarios (entre los que destaca el famoso Jérimadeth, "la-rima-es-deth"). Y en La fin de Satan, tras la soberbia caída de éste en el vacío y las sombras abisales, seguida del episodio de Nemrod y el suplicio y muerte de Cristo, Hugo había proyectado relatar la victoria de la Revolución francesa, donde el pueblo redime la Historia guiado por el ángel Libertad. Véase que aquí la epopeya de la humanidad se identifica para el escritor, adorador de su lejano terruño, con la historia de Francia.

Les Misérables (1862) es por su parte una de las mejores novelas de la literatura francesa, y una de las más leídas. Su argumento, cuajado de golpes de efecto y de recursos afectivos, favorece también las versiones cinematográficas y teatrales, que no han dejado de gestarse hasta nuestros días (destaca la de Robert Hossein, de 1982). También, como todas las grandes novelas, ha suscitado copias y segundas partes, incluida una de próxima aparición que está provocando las suspicacias de los herederos de Hugo. La novela original narra básicamente una historia de regeneración y salvación, tema como se ha visto recurrente en Hugo. El héroe, Jean Valjean, es un condenado a trabajos forzados por robo, recién liberado tras varios años de cárcel. Rechazado por todos a causa de su pasaporte amarillo que indica de dónde proviene, es al fin acogido en casa de un bondadoso obispo que le encamina por la senda del bien. Sin embargo inmediatamente antes de su conversión Valjean ha hurtado una moneda, de forma que vuelve a ser buscado como delincuente; se encarga de su persecución un policía íntegro pero implacable, el inefable inspector Javert. En este punto la narración salta en el tiempo y nos sitúa en 1817. Fantine, una joven engañada por un burguesito, trabaja y luego se prostituye para alimentar a su hija, Cosette. En Montreuil-sur-Mer es liberada de la cárcel por el alcalde, el señor Madeleine – Valjean bajo una falsa identidad. Poco después muere, y éste le promete ir a buscar a su hija. Los destinos del condenado, de la niña y del policía se cruzan desde entonces, mezclados con el del horrendo Thénardier, filousophe, ladrón y extorsionador, que ha sido presentado cuando desvalijaba a los caídos en la batalla de Waterloo (símbolo aquí del cambio histórico y de una carencia futura), y con el bello Marius, joven idealista que se enamora de Cosette. Todos ellos coinciden en París en 1832, en torno a la barricada que construye el pueblo sublevado en la calle Saint-Denis. Valjean salva allí a Javert, quien se suicida trastornado por este gesto de magnanimidad, y a Marius, atravesando las alcantarillas parisinas para llevarlo desvanecido hasta la casa del abuelo del joven, un noble aristócrata. En la barricada los republicanos mueren, incluido el pequeño Gavroche, niño prácticamente de la calle. Poco después Cosette y Marius se casan sin saber quién salvó al joven, y Valjean se sacrifica aún más confesando su origen y alejándose de los esposos. Sólo al final éstos descubren la verdad, por una maniobra fallida de Thénardier, y corren a ver al héroe que, agonizante, muere en olor de santidad.

Les misérables es una novela social, en primer lugar. Quiere denunciar la fatalidad de las leyes y las injusticias sociales; de ahí las largas descripciones de ambientes sórdidos y de personajes lamentables o perversos a quienes, sin embargo, se les cede la palabra, una palabra expresada en el rico y tenebroso argot parisino. Les misérables es además una novela histórica, transmite la imagen de un ideal de progreso anunciado con la Revolución (y su episodio final: Waterloo) y aún imposible en el presente (fracaso de las barricadas en 1832), pero alcanzable quizá en el futuro. Finalmente, se trata también de una novela del individuo. En ella se plantean problemas eternos como la identidad, el destino y el deber; se llega al conocimiento de sí mismo con sucesivas iniciaciones (falso entierro de Valjean, travesía de las alcantarillas), y el despertar de una conciencia, en palabras hugolianas, provoca su lenta ascensión hacia la luz (la verdad) y su regeneración final.

La segunda de las novelas compuestas en el exilio, Les travailleurs de la mer (1866), gira en torno a un joven y excelente marino, Gilliat, que lleva a cabo una gigantesca hazaña de salvamento: recuperar el motor de un barco de vapor encallado en unos espeluznantes arrecifes llamados los Douvres. Lo hace por el amor a una mujer, Déruchette, hija del propietario del barco, a la que finalmente dejará marchar con el pastor protestante de quien ella se ha enamorado. Aparte de la creación del Sieur Clubin, maestro de la hipocresía ("le Tantale du cynisme", I,VI,IV) que durante años ha fraguado una venganza sibilina, el episodio más célebre de la novela es la lucha de Gilliat con un gigantesco pulpo agazapado bajo el bajo naufragado, y símbolo del mal puro. Este combate espantoso y la pugna que mantiene el héroe con las fuerzas de la naturaleza desencadenadas (el mar inicuo y siempre amenazador) van esculpiendo la personalidad de un héroe tan prometeico como Valjean; sin embargo, y aunque las digresiones abundan también en la novela anterior, aquí se complican porque incluyen el ingente acerbo de léxico marinero asimilado por Hugo durante su estancia en las islas anglonormandas. Algo parecido ocurre en L’homme qui rit (1869), tercera novela del exilio, pero esta vez porque el autor se interna en el reino del onirismo y del terror visionario, que pueblan páginas enteras e ilustran el consabido y a menudo reprochado delirio verbal hugoliano. Pese a ello L’homme qui rit logra ser una emotiva historia de amor y una rotunda crítica de la Inglaterra de finales del XVII, así como una denuncia del mal a través del propio héroe, Gwynplaine (la onomástica de Hugo sigue resultando apasionante), marcado de por vida por la operación quirúrgica que le ha dejado desfigurado, en risa perpetua. Además también él aprende la importancia del amor, de la justicia y de la libertad, en su odisea que le lleva de un grupo de comprachicos a la cámara de los lores inglesa, en donde su discurso sobre la opresión social provoca una algaraza indescriptible, y ésta un desagrado rechinante en el ánimo del lector. Es interesante subrayar que las tres novelas concluyen con la muerte de los protagonistas, siempre salvífica aunque sea suicidaria (Gilliat y Gwynplaine se dejan ahogar en el mar, espacio del más allá) – y por otra parte contraria al suicidio de Javert, nuevo Judas desesperado ante la Bondad. La dureza de éste ultimo recuerda igualmente a la de Torquemada, protagonista del drama escrito en Guernesey (publicado en 1882). La Inquisición española es esta vez el marco para presentar a un miembro de esa raza inexorable que tanto obsesiona a Hugo, raza de hombres que purifican quemando, encerrando en prisión o condenando a muerte, - pero que purifican de acuerdo con altos ideales, ya sean religiosos, políticos o jurídicos, venerados hasta el fanatismo. No obstante el rey de este linaje aparece en la última novela del autor, Quatre-vingt treize (escrita entre 1872-1874, y publicada ese mismo año). En ella Cimourdain, sacerdote convertido a la Revolución, es encargado de reprimir la guerrilla bretona junto a su protegido y amadísimo Gauvain y contra el tío de éste, un cruel monárquico llamado Lantenac.

El gran combate se desarrolla en La Tourge, una torre emergente del bosque tupido, donde los bretones han encerrado a tres niños que morirán si los revolucionarios atacan (el suspense de la novela hugoliana se nutre de estas situaciones límite); un inesperado sacrificio de Lantenac fuerza a su sobrino a entregarse a su vez, liberándole pero haciéndose reo de justicia por ayudar a un enemigo. Cimourdain será quien, en una sublime pero siniestra (el adjetivo es de Hugo) obediencia a las leyes, se encargue de hacer ejecutar la sentencia. Esta es además la novela de la Revolución francesa, proyecto largamente acariciado por Hugo, que destina varios capítulos a las discusiones de Marat, Robespierre y Danton, y plantea la ilegitimidad de la violencia revolucionaria. Aun apoyando a los republicanos, Hugo descubre las bajezas y crímenes del proceso que acaba con una sociedad, eso sí, mucho más criminal, asentada en la desigualdad y en la extorsión. La presencia sombría de la guillotina (decapitación del rey en 1793, de Gauvain, y más tarde de Danton y Robespierre), presencia que ya regía los destinos en Notre-Dame de Paris, y que siempre ronda la utopía hugoliana, marca el desarrollo y la conclusión de esta última novela histórica.

Todo ello fue gestado durante sus paseos por la isla de Guernesey ("J’étais le vieux rôdeur sauvage de la mer", L’Année Terrible, "Octobre"), y escrito en su look-out, es decir, una especie de pequeño faro instalado en la azotea de su casa, que diseñó él mismo. Esta mansión, llamada Hauteville House, había sido concebida y decorada para comodidad y loa del escritor, que sigue cultivando en el exilio la autoestima y su grandioso egotismo. Lo interesante es que encontró adalides de tal actitud en su propia familia: su mujer escribirá laboriosamente el Victor Hugo contado por un testigo de su vida, y su hijo Charles le inmortalizó en numerosas fotografías para las que el escritor posaba con donaire visionario. Además en un gran ensayo (William Shakespeare, 1864) escrito en principio como prefacio para las obras de Shakespeare que su hijo François-Victor traducía, Hugo explica con ejemplos de grandes autores o personajes bíblicos (entre los cuales se halla Cervantes) las características de la genialidad.