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Literaturas extranjeras



 
 
VICTOR HUGO Y EL ROMANTICISMO FRANCÉS 3/3
ISBN-84-9714-081-8
Pilar Andrade Boue
 

3. Genio y lenguaje.

En fin, el instrumento por excelencia de la contemplación es el lenguaje. En primer lugar, porque lo contemplado, ese mundo del más allá, el propio Dios, después de un largo mutismo, hablan al visionario. Sus palabras están escritas por vez primera en el poema "Lo que dice la boca de sombra" (Contemplations, VI); la voz surgida de esta caverna cercana al "dolmen qui domine Rozel" explica una metafísica y una cosmología a la que ya hemos hecho alusión: el mundo está lleno de almas; para ser creado necesitaba ser imperfecto, y por tanto el mal es inherente a la materia; la naturaleza humana expía precisamente el defecto de la creación, que le ha hecho encenagarse en el mal. En este animismo espiritualista si lo inefable habla, y deja de ser tal, es porque el visionario le ha obligado a ello, justamente a través de su propia palabra. El "mago", el poeta, saca fuera de su antro a la criatura Dios con el espíritu... y el escalpelo (Les Contemplations, VI, XXIII). Además, este nuevo Prometeo tiene la múltiple misión de comunicar a los hombres los mensajes de ultratumba, de interpretar la historia en su complejidad, de guiar al pueblo indicándole el ideal hacia el que siempre debe caminar (y no volar: sólo ellos vuelan), y, por supuesto, de dejar testimonio escrito de todo esto. A pesar de lo cual será un incomprendido en su época (pero Hugo vendió toneladas de libros), y a su muerte formará con los otros magos un grupo de espíritus aparte. Por último, la característica psicológica más notable de esta raza es que piensa, claro está, por antítesis. "Les génies ont la reflexión double" (William Shakespeare), fieles a la retórica del contraste. Otro aspecto fundamental de la poética hugoliana, en su evocación del misterio, es la analogía, dentro de la cual destaca lo que se ha llamado "metáfora máxima", que consiste en colocar uno junto a otro los dos términos de la comparación, obteniendo expresiones como "le bronze monument", "le pâtre promontoire" o "le monstre univers". Son igualmente célebres, además de las ya apuntadas a lo largo de esta introducción, imágenes como la de la torre de Babel (polisémica, volveremos más tarde a ella), la araña (el mal, o la fatalidad) atrapando a la mosca, el pulpo gigantesco, el laberinto, el ojo, y por supuesto el pozo o el agujero. Además a veces se organizan en verdaderas alegorías, como la conocida analogía de los campesinos-revolucionarios arando y sembrando el campo-sociedad, en el Étude sur Mirabeau. Puede pensarse que esta riqueza analógica nace de la fantasía de su autor, o bien por el contrario que es la propia figura retórica la que da origen a la visión, en cuyo caso el motor del imaginario sería el lenguaje mismo; recordemos que para la mentalidad hugoliana las palabras generan realidades (en La Fin de Satan, el grito de "Mort!" generó a Caín, y el de "Tu mens!" a Judas): Nomen, numen, el nombre es un dios, un misterio viviente que fascina al escritor y le arrastra en locas cabalgatas por el universo del léxico y de la onomástica, y también por el de la sonoridad que a veces fundamenta curiosos catálogos:

"A quoi bon être Arsès, Darius, Armamithres,

Cyaxare, Séthos, Dardanus, Dercylas,

Xercès, Nabonassar, Asar-Addon, hélas!

On est Antiochus, Chosroès, Artaxerce,

Sésostris, Annibal, Astyage, Sylla,

Achille, Omar, César, on meurt, sachez cela." (La Légende des siècles, XVI,I)

Estos delirios verbales no deben ocultar, sin embargo, que para Hugo el lenguaje puede asimismo domeñar la realidad, poner un orden en el caos que ésta presenta, ceñir su increíble fecundidad. La poesía, la palabra, reordena el cosmos, y lo hace mediante una gran variedad estrófica y de versificación, aunque con una marcada preferencia hacia el alejandrino, el verso que mejor se adapta a la amplitud de la reflexión del escritor.

  1. La Historia, el Pueblo, la Libertad.

  2.  

     

    La interpretación hugoliana de la Historia resulta bastante compleja, porque ensambla dos piezas aparentemente contradictorias: una perspectiva pesimista según la cual no se puede acceder a un sentido global, y una perspectiva optimista por la que se atisba la luz de los ideales que iluminan la marcha de la humanidad. En cuanto a la primera de las perspectivas, se fundamenta en dos nociones claves cuales son el intrincamiento ("enchêvetrement") y el borrado ("effacement"). Ambas dificultan la visión nítida de la Historia: el intrincamiento por la enorme complejidad que presentan los acontecimientos históricos, que se imbrican entre sí y generan cantidades infinitas de consecuencias, obligando a una lectura cíclica de la Historia; el borrado, porque elimina las huellas del hombre, y en este sentido expresa uno de los temas recurrentes en Hugo, la fatalidad. De hecho tanto Les Misérables como Notre-Dame de Paris y Les travailleurs de la mer fueron escritas para mostrar la fatalidad de las leyes, dogmas y cosas. Esto sin contar con la peor de las fatalidades, la del corazón humano, que puede explicarse como la obstinación en el mal o la ignorancia que origina maldad. 

    No obstante la Historia también puede leerse positivamente. El contemplador sabe que existe un Ideal brillando como una estrella, "Stella", como el guijarro de oro que Dios lanza con su fronda contra la negra frente de la noche (Les Châtiments). La creencia en la perfectibilidad de la humanidad, inspirada en Ballanche otros, implica la confianza en que el futuro aporta mejoras (es la respuesta del escritor al pesimismo conservador de Frollo), y la convicción ardiente de que es posible una sociedad ideal, como profetiza Enjolras desde lo alto de la barricada en Les Misérables (V,I,V): "le vingtième siècle sera heureux (...); on n’aura plus à craindre la famine, l’exploitation, la prostitution par détresse, la misère par chômage, et l’échafaud, et le glaive, et les batailles, et tous les brigandages du hasard dans la forêt des événements". Más aún, en ese mundo venidero no habrá acontecimientos: se habrán hecho a un lado para dar paso a los valores transhistóricos, hacia los cuales convergerán la mente del pensador y el corazón del justo. Los libros reflejarán el cielo, el estudio será una liberación (bello porvenir para los estudiantes del siglo entrante), y todo convergerá hacia el espíritu libre (L’Âne, vv.2656-2692). No ha faltado, claro está, quien señale el carácter, demasiado utópico como para ser convincentemente socialista, de todas estas expresiones. En cualquier caso, la clave para comprender la Historia consiste, desde la perspectiva hugoliana, en concebir el progreso como un ascenso, una subida del caos al cielo, una de cuyas imágenes esenciales en la escritura hugoliana es la torre de Babel. O más bien ciertas variantes de dicha torre, esencialmente polisémica: aquellas en las que representa un edificio construido por la inteligencia humana, una montaña de escritos que forman el acerbo cultural de la humanidad, la colmena a la que "toutes les imaginations, ces abeilles dorées, arrivent avec leur miel "(Notre-Dame de Paris, V,II). La torre, siempre inacabada, simboliza igualmente la obra literaria, obra abierta, compuesta por fragmentos que afluyen constantemente como los tiempos históricos; entonces es también ruina, formada por restos del pasado: "Ce livre, c’est le reste effrayant de Babel", dice Hugo de su Légende des siècles. En otros momentos Babel también representa el misterio que atrae y aterroriza, en forma de un cielo estrellado como una espiral siniestra (Les Contemplations, III,XXX), de monumento funerario con laberínticos pasillos (Les Rayons ..., XIII), de arquitectura de pesadilla con escaleras que se pierden en la oscuridad (Les Contemplations, VI,XVI), o de mero vaciado de sí misma (Dieu, XII) (Cf. J. Gaudon, 1969:299-312).

    Por otra parte la progresión hacia arriba tiene que darse necesariamente desde lo bajo o abyecto, para que se realice la regeneración completa de la sociedad y del individuo. El pueblo, pese a su lado oscuro (el populacho), debe participar directa y definitivamente en la Historia; por su parte el artista debe dar una imagen positiva de él: "Le réel n’est efficacement peint qu’à la clarté de l’idéal. Un tas de fumier n’est qu’un tas de fumier" (Philosophie, II). Esta imagen no excluye la Revolución (aunque Hugo siempre prefirió los medios pacíficos), que es un gesto de Dios (Les Misérables, V, I, XX) porque forma parte del progreso. En realidad el providencialismo jacobino de Dios se ve matizado intensamente por la lectura humanitaria que Hugo hace de la Historia, en la línea del cristianismo social de Lammenais, Buchez o Cabet. Para todos ellos el desarrollo histórico debe estar guiado en primer lugar por el amor al prójimo y la piedad hacia el desfavorecido. 
     

  3. El hombre y su abismo personal.
No obstante, a pesar de la importancia que adquieren en la obra hugoliana las cuestiones sociales, los temas morales y religiosos o existenciales suscitan mayores desvelos aún. En la idea de que las revoluciones son capaces de transformar todo, salvo el corazón humano (Prefacio de Les Feuilles d’automne), está también inscrita la convicción de que el hombre individual es un hueso mucho más duro de roer inclusive que la tribu humana. Debe tenerse en cuenta asimismo que existe toda una constelación de metáforas puestas al servicio del análisis de los paisajes anímicos, algunas de las cuales hemos citado con anterioridad, y a las que hay que añadir el símbolo hugoliano por excelencia, el más obsesivo, el más cargado de implicaciones y denso de referencias: la sima, pobre traducción española de "gouffre", que engloba abismo, agujero, precipicio, misterio y horror. El "gouffre" está en el corazón humano, cueva oscura a la que Olympio-Hugo se acerca con un farolillo (Les Rayons..., XXXIV). Pero además provoca la doble respuesta de acción y repulsión que ejerce el mal en general, y lo macabro o lo morboso en particular. Es un pozo negro, una cloaca donde hormiguean míriadas de insectos, reptan criaturas amorfas, se pudren indefinibles despojos; se asocia a él también la promiscuidad sexual y la miseria, como en la famosa Corte de los milagros de Notre-Dame de Paris. Esta visión de pesadilla puede interpretarse como una fobia ante lo microscópico insondable (Les Contemplations, VI, XXIII), o bien ante la infinitud de lo grande, sobre todo del universo estrellado (Les travailleurs de la mer, II,II,V). Pero el "gouffre" es simultáneamente el "porche", o la puerta que el poeta entreabre desde la tierra y desde lo corpóreo, al mundo de más allá de la muerte, al mundo de los espíritus. En el osario de la iglesia de San Miguel en Burdeos, decenas de esqueletos mantienen un secreto diálogo desde su agujero de lo infinito (Alpes et Pyrenées, 27 de julio). El abismo se identifica a Dios, a la presencia de la divinidad inmensa, inquietante y enigmática; entonces el "gouffre" puede igualmente ser ojo, pupila gigantesca vigilante, y a veces cegada, "oeil crevé" (Les Contemplations, III,XXX), inspirado en la órbitra negra de Jean-Paul o el sol negro de Nerval. Otras veces el "gouffre" simboliza la prisión, bien política (La pitié suprême, IV), bien del alma (la tierra, o el infierno, donde los espectros de la humanidad desfilan ante el ángel exterminador (La Légende des siècles, I,XIII). Y en tanto que infierno, el agujero simboliza la obra literaria, el poema-volcán de verso estrecho y lívido como las fisuras de una solfatara (William Shakespeare, I).

En fin, una variante esencial del abismo es la Naturaleza, concebida en la línea de las mitologías universales, como fuerza germinadora de ilimitada y por ello terrible fecundidad. La Naturaleza, a menudo personificada, devora y gesta simultáneamente, es una feroz Geo y un hormigueo vegetal, asiste al celo del cosmos y a la metamorfosis de Pan (Le Satyre, en La Légende des siècles, I). Maléfica, rodea de horror al viajero del bosque – o a los niños, como a Cosette en Les misérables: Hugo es magistral para captar el espíritu infantil, baste recordar al inolvidable Gavroche. Toda una serie de paisajes de Hugo, excelente dibujante, ilustran este sentimiento de la Naturaleza y otros aspectos de la reflexión del escritor.

POSTERIDAD DE VICTOR HUGO.

Ya en vida Hugo había generado una copiosa bibliografía, y tras su muerte surgirán estudios de su estética (A.Joussain), filosofía (Ch. Renouvier) y fuentes (P. Berret). No obstante buena parte de la crítica de la primera mitad del siglo XX, reaccionando frente a la glorificación de que fue objeto el escritor, le acusó de ampulosidad, vacuidad o falta de sinceridad. Desde los años 60 sin embargo se ha analizado con una mirada más objetiva la metáfora y símbolo hugolianos (Albouy), la poética (Gaudon, Seebacher), el teatro (Ubersfeld) o la visión de la historia (Brombert). En cuanto a la acogida de las obras mismas por parte del público, las versiones teatrales y cinematográficas (y las continuaciones de novelas) que siguen realizándose hoy dan fe de que la gloria de Hugo sigue todavía viva a comienzos del siglo XXI.

BIBLIOGRAFÍA