| THESAURUS:
:
Ruskin. Balzac. Wagner. Stendhal, Flaubert. Mallarmé. Maupassant.
Huysmans. Realismo. Naturalismo. Simbolismo.Proust, Marcel. La Recherche.
Balbec. Combray. Guermantes.Swan.Zola. Dreyffus.
DE LA LITERATURA COMO FORMA DE VIDA.
En 1927 se publica Le Temps retrouvé,
volumen final y póstumo de À la Recherche du Temps perdu
a la que Proust habrá dedicado intensamente los últimos años
de su vida. En él se efectua la clausura retórica y estructural
de una obra immensa, plural y fragmentaria, que recompone, al final del
trayecto, su sentido y su unidad en el conocido momento de recapitulación
final, en el que el personaje narrador descubre que la vida verdadera,
la única vida que merece ser vivida es la vida realizada en un libro:
“la vie réalisée dans un livre” (vol. IV: 609). Esa revelación
que habría llevado al narrador de la Recherche a emprender
la redacción de la misma y que origina, por tanto, la escritura
de la obra que acabamos de leer, nos permite comprender el sentido del
proyecto de Proust y de la función que confiere a la literatura:
la verdadera vida es la vida atrapada, recompuesta y comprendida en la
literatura, vivida a través de la literatura.
Si el narrador se esfuerza, en ese
mismo volumen, en subrayar el carácter no autobiográfico
de su obra -“où il n´y a pas un seul fait qui ne soit fictif,
où il n´y a pas un seul personnage à “clefs”, où
tout a été inventé par moi selon les besoins de ma
démonstration (vol. IV: 424)-, y si la crítica, por su parte,
ha superado definitivamente la versión popular según la cual
la Recherche es una autobiografía, cabe no obstante señalar
la profunda imbricación que en ella se da entre vida y literatura.
Imbricación que, como se verá, va más allá
de la estricta reconstrucción de una biografía, y compromete
una concepción de la escritura como forma de acceder, aun por medio
de la ficción, al sentido pleno de una vida y de una identidad aún
no verdaderamente vividas y aprehendidas.
Jean-Yves Tadié ha demostrado
que, si bien existen ciertas similitudes entre el narrador de La Recherche
y el mismo Proust (la infancia, la vida mundana, la vocación de
escritor), hay también notorias discrepancias entre uno y otro que
dificultan una identificación rotunda. Comprender en toda su extensión
esa relación entre vida y literatura que formula la obra de Proust
requerirá así, en primer término, volver al Yo biográfico
con el fin de delimitar las distancias y las afinidades que se dan entre
la realidad histórica, social y personal del autor Marcel Proust
y la de ese otro Yo que se va construyendo en el trabajo de escritura.
De modo ciertamente significativo,
la cronología de la vida de Proust se confunde progresivamente con
la de su obra: los datos referentes a su formación, a sus relaciones
familiares y sociales, a sus actividades mundanas y a sus viajes, dejan
paso progresivamente a aquellos que refieren las peripecias de una actividad
literaria cada vez más absorbente, y a la que Proust se dedicará
en exclusividad durante los últimos años de su existencia.
Se podría aplicar a Proust lo que él mismo escribía
a propósito de Ruskin: “Les évènements de sa vie sont
intellectuels et les dates importantes sont celles où il pénètre
une nouvelle forme d´art” (Prefacio a La Bible d´Amiens).Vida
y creación literaria se funden pues en la biografía proustiana,
como “metonimia perfecta –dice Javier Del Prado- de la vida recluida en
escritura en la que poco a poco se ha convertido la existencia del autor”
(1990:34).
Marcel Proust nace en Auteuil en
1971, donde su madre se refugia durante la Comuna de París. Su padre
es un conocido médico de Illiers, su madre pertenece a la alta burguesía
financiera judía. La familia se instala en París, poco despues
del nacimiento de su hermano Robert, en 1873, y pasa las vacaciones de
verano en Illiers, hasta la primera de las crisis de asma de Marcel, a
los nueve años, que habrán de puntuar su infancia enfermiza
y protegida y que le acompañarán, hasta el final de su vida,
como uno de sus mayores tormentos, tanto físicos como psicológicos.
En 1989, finalizados sus estudios de bachillerato, brillantes aunque irregulares,
en el Liceo Condocet, Marcel se enrola voluntario en el servicio militar,
y en ese mismo año muere su abuela materna. En 1980 comienza sus
estudios de derecho y de ciencias políticas, y publica sus primeros
textos en la revista Le Banquet, algunos de los cuales serán
agrupados en 1896 en un volumen titulado Les Plaisirs et les Jours,
prologado por Anatole France. En ellos se percibe lo que será una
constante en la obra de Proust: la reflexión estética sobre
las formas y la función del arte que, marcada por el ideal simbolista
de una síntesis de todas las artes, indaga en las correspondencias
entre literatura, música, pintura y arquitectura.
Sus relaciones mundanas le abren los restringidos
salones del Faubourg Saint-Germain en el que descubre y aprende a descifrar
las leyes y los rituales de todo un microcosmos social que quedará
reflejado en La Recherche. Entre sus amistades se encuentran Madeleine
Lemaire, Alphonse Daudet, Reynaldo Hahn y Robert de Montesquiou del que
se inspira el personaje de Charlus. En 1894, pasa sus vacaciones en Trouville,
enclave que servirá de telón de fondo a toda una parte de
su obra, rebautizado como Balbec.
Los conflictos familiares son frecuentes,
particularmente con su padre que le reprocha su despreocupación
y sus gastos. Proust se esfuerza por satisfacer las expectativas de su
familia, deseosa de verle adoptar una situación estable. Tras licenciarse
en letras, obtiene en 1895 un empleo en la Biblioteca Mazarine. Pero no
tarda en pedir un permiso y marcharse.
Ese mismo año empieza una novela,
Jean
Santeuil, que no llegará a concluir, al tiempo que toma
parte en el asunto Dreyffus del lado de Zola. En 1897 descubre a John Ruskin
y, dejando de lado su novela, se dedica, a partir de 1900, al estudio
y a la traducción de dicho autor, compaginando sus artículos
y sus traducciones con los viajes: a Venecia, primero con su madre y más
tarde solo, por toda Francia visitando catedrales con sus amigos los príncipes
de Bibesco, o a Holanda acompañado de Bertrand de Salignac-Fénelon.
En 1903 muere su padre. Proust sigue trabajando
en sus traducciones, ayudado y animado por su madre. En 1905, ésta
enferma y muere al poco tiempo. Años más tarde, Proust le
dirá a Céleste Albarte que su madre, al morir, “a emmené
son petit Marcel avec elle”. Tras una breve estancia en un sanatorio, Proust
se instala solo en el Boulevard Haussmann en un apartamento tapizado de
corcho para prevenir sus ataques de asma, que sólo abandona en verano
para trasladarse a Cabourg, lugar al que regresará durante siete
años, hasta el inicio de la guerra. Allí conoce a Alfred
Agostinelli, al que emplea como chofer y con el que visita en automóvil
la costa normanda. Se intensifican, en esta época, sus colaboraciones
en Le Figaro, donde publica artículos de crítica de
arte, al tiempo que empieza a trabajar en dos obras: los Pastiches,
auténticos ejercicios de estílo en los que ejercita la pluma
imitando a Balzac, Flaubert, Sainte-Beuve, Goncourt o Michelet, publicados
en 1908, y su estudio sobre Sainte-Beuve, en el que se recoge su pensamiento
literario, y que poco a poco se va transformando en una novela cuyos fragmentos
serán publicados despues de su muerte, en 1954.
En 1909, Proust se aleja de la vida
social, abandona este último proyecto y se consagra enteramente
a la planificación y elaboración de la “gran obra definitiva”:
À
la Recherche du Temps perdu. El resumen que presenta ese mismo año
a la editorial Mercure de France, muestra que se parece ya mucho a La
Recherche. Pero Mercure de France lo rechaza, y su autor aprovecha
la ocasión para enriquecerlo y ampliarlo, introduciendo nuevos episodios.
En Junio de 1912, el primer libro, Du côté de chez Swann,
alcanza las 900 páginas; en julio se habrá ampliado a 1400.
Algunos fragmentos se publican en Le Figaro, pero el conjunto de la obra
es rechazado por varios editores (André Gide se reprochará
siempre haber desaconsejado su edición a Gallimard). El año
siguiente, Proust decide costear él mismo la publicación
y la distribución de su libro. La editorial Grasset acepta y Du
côté de chez Swann aparece el 14 de noviembre de 1913.
Proust anuncia entonces la publicación de los dos siguientes volúmenes
con los que piensa clausurar la obra: Du côté de Guermantes
y
Le
temps retrouvé, pero en realidad los tres primeros capítulos
de Du côté de Guermantes y el primero de Le temps
retrouvé darán origen a un nuevo volumen,
À
l´ombre des jeunes filles en fleur, al que se van incorporando
numerosos añadidos posteriores a 1913.
Sin embargo, los planes de Proust
se modifican en razón de dos acontecimientos de orden muy distinto:
la Primera Guerra Mundial que marca una nueva etapa en su vida y, coincidiendo
con ésta, el drama íntimo que Proust vive en su relación
con Alfred Agostinelli, a quien conoció en 1907 y contrató
primero como chofer y más tarde como secretario personal, que muere
en un accidente de aviación en 1914, poco despues de haber abandonado
al escritor. El autor de la Recherche introduce entonces el
personaje de Albertine en torno al cual desarrolla dos nuevos volúmenes,
La Prisionnière y La Fugitive, díptico de la separación
y del duelo.
Con la Guerra, un nuevo periodo
se abre en la vida de Proust: su duelo íntimo se funde con las desgracias
que conlleva la guerra, que le arrebata a numerosos amigos. Pero Proust
no está del todo sólo: desde la mobilización se instala
en su apartamento Cécile Albaret, la esposa de su chofer, por aquel
entonces en el frente, que más que de simple sirvienta pronto ejercerá
de confidente y se convertirá en una fiel colaboradora de su quehacer
literario: ella es quien clasifica y ordena las cuartillas
que se van amontonando por doquier, quien inventa el sistema de “banderillas”
mediante el cual se van pegando las interminables correcciones y ampliaciones
que se injertan en las páginas ya escritas.
Retirado de la vida social, enfermo y
acuciado por la urgencia de culminar su proyecto, Proust trabaja intensamente
revisando y desarrollando una obra en contínua expansión,
que crece y se matiza al albur de una conciencia que el tiempo y
la propia escritura, en su repliegue introspectivo, van transformando.
Los episodios que se van añadiendo así como las sucesivas
remodelaciones que sufren los textos ya redactados, no alteran en lo sustancial
el proyecto inicial, aunque sí lo enriquecen y refuerzan, trenzando
vínculos y religando las distintas partes del conjunto.
En esa misma época establece nuevas
relaciones: con Jean Cocteau, con Paul Morand y su futura esposa Soutzo,
y con Walter Berry, un americano admirador de su obra. Pero apenas sale
de casa: recibe a sus visitantes de noche, al pie de su cama, o cena con
ellos a horas muy tardías en el Ritz, donde conocen sus costumbres.
En 1919, los problemas económicos imponen serios cambios en la vida
de Proust: el apartamento de alquiler en el que vive – y trabaja- es vendido
a un banco, obligándole a mudarse de forma provisional a casa de
la actriz Réjane y, poco despues, a un lejano apartamento en la
calle Hamelin, en el XVIème arrondissement.
Ese mismo año se publica
el segundo volumen de la Recherche, À l´ombre des jeunes
filles en fleur, que obtiene el premio Goncourt. A partir de entonces,
las publicaciones de los siguientes libros se van sucediendo a ritmo regular:
en 1920, el primer tomo de Du côté de Guermantes; en
1921, el segundo tomo y la primera parte de Sodome et Gomorhe, cuya
segunda parte aparece en 1922.
Mientras tanto, las salidas se han
hecho cada vez más escasas, reemplazadas por una intensa correspondencia
en la que Proust explica y defiende su obra. A principios de 1922, anuncia
a Céleste que ha puesto la palabra “fin” a su libro: “Maintenant
je peux mourir”. En definitiva, estos dos útimos años los
habrá dedicado Proust, quitando algunos importantes artículos
de crítica literaria, a las incesantes correcciones de los volúmenes
en vías de publicación. En noviembre de ese mismo año,
Proust contrae una gripe, pero se niega a ser tratado y la gripe se transforma,
en el frío apartamento de la rue Hamelin, en neumonía. Muere
el 18 de Noviembre, con cincuenta y un años.
De la edición de los últimos
volúmenes de su obra se ocupan, a petición del propio autor,
Jacques Rivière y otros amigos. La Prisionnière
aparece en 1923, Albertine disparue (primer título de La
Fugitive) en 1925, y Le Temps retrouvé en 1927. Por estas
circunstancias y por su condición de obra abierta, en contínua
expansión y remodelación, la configuración final de
la gran suma proustiana, sobre todo en sus últimas partes, puede
difícilmente ser considerada como la versión definitiva tal
y como su autor la habría proyectado. ¿Pero puede una obra
como La Recherche en algún momento detenerse y asumir una
forma definitiva si no es interrumpida por la sorpresa de la muerte?
PROUST Y LA TRADICIÓN. HERENCIAS
Y APERTURAS.
Hemos visto que aunque la redacción
de La Recherche comienza en 1909, la concepción de la obra
y el “aprendizaje” del escritor por medio de artículos, ensayos,
traducciones y pastiches –que despues se verán trasladados y engastados
en la gran obra - se van gestando desde finales del siglo XIX. Por su condición
fronteriza entre dos siglos, la obra de Proust acoje la herencia de toda
una época literaria, pero también se abre a los aires renovadores
y rupturistas que recorren la Europa de las vanguardias de principios del
siglo XX. Proust es contemporáneo de Zola, pero también lo
es de Apollinaire, de Cocteau y de Picasso. En la encrucijada entre
la herencia de un pasado reciente y la apertura de una contemporaneidad
marcada por la exigencia vanguardista de ruptura y renovación, se
constituye la obra de Proust originando, para muchos, una revolución
en la concepción de la novela que aún hoy, entrados ya en
el nuevo milenio, no ha cesado de propagar sus influencias.
Comprender la modernidad de Proust
es comprender como su obra asimila una herencia artística y literaria
y cómo la renueva, cómo se conjuga en ella la ambición
totalizadora de las grandes sagas narrativas o musicales del XIX (Balzac,
Zola, Wagner) con una concepción del sujeto y de su percepción
de la realidad impregnadas del relativismo y de la incertidumbre
que serán propias del pensar del siglo XX, y que ponen en
cuestión la posibilidad misma de toda representación y de
todo conocimiento absolutos. O dicho de otro modo: ¿cómo
construir esa obra total que daría cuenta de un mundo completo desde
la fragmentación, la discontinuidad y el relativismo propios del
sujeto moderno?
De sus antecesores más cercanos
Proust hereda la ambición totalizadora de crear una única
obra, una gran suma, capaz de dar cuenta de la totalidad de un mundo. Como
señala Javier Del Prado, el proyecto del gran Libro está
presente en los simbolistas mayores, y muy especialmente en Mallarmé
y en su obsesión de crear la “Gran Obra” que nunca llegó
a escribir, compendio, resumen y, en cierto modo, sustituto de la vida
(1990:57-58). Con el Simbolismo también comparte Proust la
idea de una síntesis entre todas las artes, en la que quedarían
religadas pintura, música, arquitectura y literatura, concepción
que en la obra proustiana se expresa –como se verá más adelante-
en la aplicación de recursos compositivos propios de la música,
la pintura o la arquitectura, o en el contínuo trasvase entre lenguaje
narrativo y lenguaje poético.
Al proyecto proustiano de dar cuenta
de toda una época y de toda una sociedad, la tradición autobiográfica
y memorialista francesa – de Saint-Simon a Chateaubriand- le ofrece un
modelo a seguir, en el que la materia histórica y social quedan
religadas a la experiencia y a la peripecia personal del Yo narrador. Un
narrador que, desde su posición de testigo, reflexiona sobre la
sociedad y sus evoluciones, y analiza lo que Saint-Simon llamaba los “mecanismos
de la corte”, transferibles a otros círculos, que en la obra de
Proust reconocemos ya sea en el mundano círculo de la Duquesa de
Guermantes, pero también en el reducido y doméstico mundo
de Combray, cuyos rituales y leyes sociales el narrador se esforzará
en descifrar por igual.
Aunque de modo muy distinto, esa
ambición totalizadora esta también presente en las grandes
sagas narrativas del Realismo y del Naturalismo de Stendhal, de Balzac
y de Zola que se proponen dar cuenta de toda una realidad histórica
y social y de las leyes psicológicas y sociales que rigen sus mecanismos.
La
Comédie Humaine, la gran obra de Balzac, ofrece a Proust el
modelo de una macroestructura narrativa mediante la cual aspiraba aquél
a convertirse en “el historiador del presente” y reflejar “toda una sociedad”.
En ella, Balzac consigue interrelacionar el conjunto de las novelas
que la integran a través de la reaparición, de una a otra,
de los mismos personajes que van completando así sus destinos, aunque
sin llegar a organizarse en una progresión lineal y cronológica
como hará Zola en Los Rougon-Macquart. Éste último,
como es bien sabido, organiza su ciclo narrativo siguiento la evolución
del árbol genealógico que resulta de la fusión inicial
de dos familias (los Rougon y los Macquart), esquema, en cierta medida,
presente en el proyecto de Proust, aunque sin alcanzar la amplitud temporal
de aquél, ni la sistematicidad en el análisis de las variantes
hereditarias y ambientales que determinan el devenir de los distintos personajes
de la saga. Se advertirá, a este respecto, que el autor de La
Recherche invierte el esquema zoliano, recorriendo en su progresión
narrativa el trayecto contrario, al relatar la historia paralela de dos
familias, entre las cuales se situa el narrador, los Swann y los Guermantes,
que acabarán uniéndose al término de la obra.
Entre ambos, el realismo de Flaubert
aporta la visión del declive de esa concepción épica
del héroe y de la aventura social, propia del realismo romántico
balzaciano y todavía presente en el naturalismo de Zola, al concebir
una novela que renuncia y desmitifica los temas de la conquista social,
y se centra en los avatares del “héroe doméstico” desprovisto
de toda dimensión épica, cuyas peripecias, a menudo irrelevantes
o anodinas, son elevandas a rango de materia novelesca (nos referimos
al Flaubert de Mme Bovary y de La educación sentimental).
Este triple legado se concreta en
otros dos aspectos que hallaremos en la novela de Proust. El primero se
refiere a la importancia y la amplitud que en ella se concede a la descripción,
la cual cumple una función simbólica y analítica:
la fisionomía como signo de una psicología, el decorado como
metáfora o metonimia del héroe. En segundo lugar, el análisis
de las relaciones que se establecen entre el individuo y su entorno social,
impregnado de una visión propia del Romanticismo y heredada de la
Ilustración según la cual la cultura social es concebida
como fuerza alienante responsable de la degeneración de la
naturaleza humana, y lo patológico como atributo del hombre en sociedad,
concepción que culmina con el naturalismo zoliano. Así, en
términos generales, podría decirse que la novela francesa
de la última parte del XIX se aboca al análisis de esa patología
social e individual, desde Zola, Maupassant, los Goncourt, hasta el primer
Huysmanns, preocupación también presente en la obra de Proust
en la que todos los personajes, incluido el propio Narrador, viven sumidos
en un proceso patológico en el que se anuncia el progresivo declive
de ese mundo social del que La Recherche da cuenta.

|