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22.PROUST Y EL TIEMPO RECOBRADO EN LA ESCRITURA. 1/4
ISBN- 84-9714-004-4
Por Patricia Martínez García
Universidad Autónoma Madrid
Coordinadora área Literatura francesa
 

THESAURUS: : Ruskin. Balzac. Wagner. Stendhal, Flaubert. Mallarmé. Maupassant. Huysmans. Realismo. Naturalismo. Simbolismo.Proust, Marcel. La Recherche. Balbec. Combray. Guermantes.Swan.Zola. Dreyffus.

DE LA LITERATURA COMO FORMA DE VIDA.

 En 1927 se publica Le Temps retrouvé, volumen final y póstumo de À la Recherche du Temps perdu a la que Proust habrá dedicado intensamente los últimos años de su vida. En él se efectua la clausura retórica y estructural de una obra immensa, plural y fragmentaria, que recompone, al final del trayecto, su sentido y su unidad en el conocido momento de recapitulación final, en el que el personaje narrador descubre que la vida verdadera, la única vida que merece ser vivida es la vida realizada en un libro: “la vie réalisée dans un livre” (vol. IV: 609). Esa revelación que habría llevado al narrador de la Recherche a emprender la redacción de la misma y que origina, por tanto, la escritura de la obra que acabamos de leer, nos permite comprender el sentido del proyecto de Proust y de la función que confiere a la literatura: la verdadera vida es la vida atrapada, recompuesta y comprendida en la literatura, vivida a través de la literatura.

 Si el narrador se esfuerza, en ese mismo volumen, en subrayar el carácter no autobiográfico de su obra -“où il n´y a pas un seul fait qui ne soit fictif, où il n´y a pas un seul personnage à “clefs”, où tout a été inventé par moi selon les besoins de ma démonstration (vol. IV: 424)-, y si la crítica, por su parte, ha superado definitivamente la versión popular según la cual la Recherche es una autobiografía, cabe no obstante señalar la profunda imbricación que en ella se da entre vida y literatura. Imbricación que, como se verá, va más allá de la estricta reconstrucción de una biografía, y compromete una concepción de la escritura como forma de acceder, aun por medio de la ficción, al sentido pleno de una vida y de una identidad aún no verdaderamente vividas y aprehendidas.

 Jean-Yves Tadié ha demostrado que, si bien existen ciertas similitudes entre el narrador de La Recherche y el mismo Proust (la infancia, la vida mundana, la vocación de escritor), hay también notorias discrepancias entre uno y otro que dificultan una identificación rotunda. Comprender en toda su extensión esa relación entre vida y literatura que formula la obra de Proust requerirá así, en primer término, volver al Yo biográfico con el fin de delimitar las distancias y las afinidades que se dan entre la realidad histórica, social y personal del autor Marcel Proust y la de ese otro Yo que se va construyendo en el trabajo de escritura.

 De modo ciertamente significativo, la cronología de la vida de Proust se confunde progresivamente con la de su obra: los datos referentes a su formación, a sus relaciones familiares y sociales, a sus actividades mundanas y a sus viajes, dejan paso progresivamente a aquellos que refieren las peripecias de una actividad literaria cada vez más absorbente, y a la que Proust se dedicará en exclusividad durante los últimos años de su existencia. Se podría aplicar a Proust lo que él mismo escribía a propósito de Ruskin: “Les évènements de sa vie sont intellectuels et les dates importantes sont celles où il pénètre une nouvelle forme d´art” (Prefacio a La Bible d´Amiens).Vida y creación literaria se funden pues en la biografía proustiana, como “metonimia perfecta –dice Javier Del Prado- de la vida recluida en escritura en la que poco a poco se ha convertido la existencia del autor” (1990:34).

 Marcel Proust nace en Auteuil en 1971, donde su madre se refugia durante la Comuna de París. Su padre es un conocido médico de Illiers, su madre pertenece a la alta burguesía financiera judía. La familia se instala en París, poco despues del nacimiento de su hermano Robert, en 1873, y pasa las vacaciones de verano en Illiers, hasta la primera de las crisis de asma de Marcel, a los nueve años, que habrán de puntuar su infancia enfermiza y protegida y que le acompañarán, hasta el final de su vida, como uno de sus mayores tormentos, tanto físicos como psicológicos. En 1989, finalizados sus estudios de bachillerato, brillantes aunque irregulares, en el Liceo Condocet, Marcel se enrola voluntario en el servicio militar, y en ese mismo año muere su abuela materna. En 1980 comienza sus estudios de derecho y de ciencias políticas, y publica sus primeros textos en la revista Le Banquet, algunos de los cuales serán agrupados en 1896 en un volumen titulado Les Plaisirs et les Jours, prologado por Anatole France. En ellos se percibe lo que será una constante en la obra de Proust: la reflexión estética sobre las formas y la función del arte que, marcada por el ideal simbolista de una síntesis de todas las artes, indaga en las correspondencias entre literatura, música, pintura y arquitectura.

Sus relaciones mundanas le abren los restringidos salones del Faubourg Saint-Germain en el que descubre y aprende a descifrar las leyes y los rituales de todo un microcosmos social que quedará reflejado en La Recherche. Entre sus amistades se encuentran Madeleine Lemaire, Alphonse Daudet, Reynaldo Hahn y Robert de Montesquiou del que se inspira el personaje de Charlus. En 1894, pasa sus vacaciones en Trouville, enclave que servirá de telón de fondo a toda una parte de su obra, rebautizado como Balbec.

 Los conflictos familiares son frecuentes, particularmente con su padre que le reprocha su despreocupación y sus gastos. Proust se esfuerza por satisfacer las expectativas de su familia, deseosa de verle adoptar una situación estable. Tras licenciarse en letras, obtiene en 1895 un empleo en la Biblioteca Mazarine. Pero no tarda en pedir un permiso y marcharse.

Ese mismo año empieza una novela, Jean Santeuil, que no llegará a concluir,  al tiempo que toma parte en el asunto Dreyffus del lado de Zola. En 1897 descubre a John Ruskin y, dejando de lado su novela,  se dedica, a partir de 1900, al estudio y a la traducción de dicho autor, compaginando sus artículos y sus traducciones con los viajes: a Venecia, primero con su madre y más tarde solo, por toda Francia visitando catedrales con sus amigos los príncipes de Bibesco, o a Holanda acompañado de Bertrand de Salignac-Fénelon.

En 1903 muere su padre. Proust sigue trabajando en sus traducciones, ayudado y animado por su madre. En 1905, ésta enferma y muere al poco tiempo. Años más tarde, Proust le dirá a Céleste Albarte que su madre, al morir, “a emmené son petit Marcel avec elle”. Tras una breve estancia en un sanatorio, Proust se instala solo en el Boulevard Haussmann en un apartamento tapizado de corcho para prevenir sus ataques de asma, que sólo abandona en verano para trasladarse a Cabourg, lugar al que regresará durante siete años, hasta el inicio de la guerra. Allí conoce a Alfred Agostinelli, al que emplea como chofer y con el que visita en automóvil la costa normanda. Se intensifican, en esta época, sus colaboraciones en Le Figaro, donde publica artículos de crítica de arte, al tiempo que empieza a trabajar en dos obras: los Pastiches, auténticos ejercicios de estílo en los que ejercita la pluma imitando a Balzac, Flaubert, Sainte-Beuve, Goncourt o Michelet, publicados en 1908, y su estudio sobre Sainte-Beuve, en el que se recoge su pensamiento literario, y que poco a poco se va transformando en una novela cuyos fragmentos serán publicados despues de su muerte, en 1954.

 En 1909, Proust se aleja de la vida social, abandona este último proyecto y se consagra enteramente a la planificación y elaboración de la “gran obra definitiva”: À la Recherche du Temps perdu. El resumen que presenta ese mismo año a la editorial Mercure de France, muestra que se parece ya mucho a La Recherche. Pero Mercure de France lo rechaza, y su autor aprovecha la ocasión para enriquecerlo y ampliarlo, introduciendo nuevos episodios. En Junio de 1912, el primer libro, Du côté de chez Swann, alcanza las 900 páginas; en julio se habrá ampliado a 1400. Algunos fragmentos se publican en Le Figaro, pero el conjunto de la obra es rechazado por varios editores (André Gide se reprochará siempre haber desaconsejado su edición a Gallimard). El año siguiente, Proust decide costear él mismo la publicación y la distribución de su libro. La editorial Grasset acepta y Du côté de chez Swann aparece el 14 de noviembre de 1913. Proust anuncia entonces la publicación de los dos siguientes volúmenes con los que piensa clausurar la obra: Du côté de Guermantes y Le temps retrouvé, pero en realidad los tres primeros capítulos de Du côté de Guermantes y el primero de Le temps retrouvé darán origen a un nuevo volumen, À l´ombre des jeunes filles en fleur, al que se van incorporando numerosos añadidos posteriores a 1913.

 Sin embargo, los planes de Proust se modifican en razón de dos acontecimientos de orden muy distinto: la Primera Guerra Mundial que marca una nueva etapa en su vida y, coincidiendo con ésta, el drama íntimo que Proust vive en su relación con Alfred Agostinelli, a quien conoció en 1907 y contrató primero como chofer y más tarde como secretario personal, que muere en un accidente de aviación en 1914, poco despues de haber abandonado al escritor.  El autor de la Recherche introduce entonces el personaje de Albertine en torno al cual desarrolla dos nuevos volúmenes, La Prisionnière y La Fugitive, díptico de la separación y del duelo. 

 Con la Guerra, un nuevo periodo se abre en la vida de Proust: su duelo íntimo se funde con las desgracias que conlleva la guerra, que le arrebata a numerosos amigos. Pero Proust no está del todo sólo: desde la mobilización se instala en su apartamento Cécile Albaret, la esposa de su chofer, por aquel entonces en el frente, que más que de simple sirvienta pronto ejercerá de confidente y se convertirá en una fiel colaboradora de su quehacer literario:   ella es quien clasifica y ordena las cuartillas que se van amontonando por doquier,  quien inventa el sistema de “banderillas” mediante el cual se van pegando las interminables correcciones y ampliaciones que se injertan en las páginas ya escritas.

Retirado de la vida social, enfermo y acuciado por la urgencia de culminar su proyecto, Proust trabaja intensamente revisando y desarrollando una obra en contínua expansión, que crece y se matiza al albur de una conciencia  que el tiempo y la propia escritura, en su repliegue introspectivo, van transformando. Los episodios que se van añadiendo así como las sucesivas remodelaciones que sufren los textos ya redactados, no alteran en lo sustancial el proyecto inicial, aunque sí lo enriquecen y refuerzan, trenzando vínculos y religando las distintas partes del conjunto. 

En esa misma época establece nuevas relaciones: con Jean Cocteau, con Paul Morand y su futura esposa Soutzo, y con Walter Berry, un americano admirador de su obra. Pero apenas sale de casa: recibe a sus visitantes de noche, al pie de su cama, o cena con ellos a horas muy tardías en el Ritz, donde conocen sus costumbres. En 1919, los problemas económicos imponen serios cambios en la vida de Proust: el apartamento de alquiler en el que vive – y trabaja- es vendido a un banco, obligándole a mudarse de forma provisional a casa de la actriz Réjane y, poco despues, a un lejano apartamento en la calle Hamelin, en el XVIème arrondissement.

 Ese mismo año se publica el segundo volumen de la Recherche, À l´ombre des jeunes filles en fleur, que obtiene el premio Goncourt. A partir de entonces, las publicaciones de los siguientes libros se van sucediendo a ritmo regular: en 1920, el primer tomo de Du côté de Guermantes; en 1921, el segundo tomo y la primera parte de Sodome et Gomorhe, cuya segunda parte aparece en 1922. 

 Mientras tanto, las salidas se han hecho cada vez más escasas, reemplazadas por una intensa correspondencia en la que Proust explica y defiende su obra. A principios de 1922, anuncia a Céleste que ha puesto la palabra “fin” a su libro: “Maintenant je peux mourir”. En definitiva, estos dos útimos años los habrá dedicado Proust, quitando algunos importantes artículos de crítica literaria, a las incesantes correcciones de los volúmenes en vías de publicación. En noviembre de ese mismo año, Proust contrae una gripe, pero se niega a ser tratado y la gripe se transforma, en el frío apartamento de la rue Hamelin, en neumonía. Muere el 18 de Noviembre, con cincuenta y un años.

 De la edición de los últimos volúmenes de su obra se ocupan, a petición del propio autor, Jacques Rivière y  otros amigos. La Prisionnière aparece en 1923, Albertine disparue (primer título de La Fugitive) en 1925, y Le Temps retrouvé en 1927. Por estas circunstancias y por su condición de obra abierta, en contínua expansión y remodelación, la configuración final de la gran suma proustiana, sobre todo en sus últimas partes, puede difícilmente ser considerada como la versión definitiva tal y como su autor la habría proyectado. ¿Pero puede una obra como La Recherche en algún momento detenerse y asumir una forma definitiva si no es interrumpida por la sorpresa de la muerte?
 
 

PROUST Y LA TRADICIÓN. HERENCIAS Y APERTURAS.

 Hemos visto que aunque la redacción de La Recherche comienza en 1909, la concepción de la obra y el “aprendizaje” del escritor por medio de artículos, ensayos, traducciones y pastiches –que despues se verán trasladados y engastados en la gran obra - se van gestando desde finales del siglo XIX. Por su condición fronteriza entre dos siglos, la obra de Proust acoje la herencia de toda una época literaria, pero también se abre a los aires renovadores y rupturistas que recorren la Europa de las vanguardias de principios del siglo XX. Proust es contemporáneo de Zola, pero también lo es de Apollinaire, de Cocteau y de Picasso.  En la encrucijada entre la herencia de un pasado reciente y la apertura de una contemporaneidad  marcada por la exigencia vanguardista de ruptura y renovación, se constituye la obra de Proust originando, para muchos, una revolución en la concepción de la novela que aún hoy, entrados ya en el nuevo milenio, no ha cesado de propagar sus influencias.

 Comprender la modernidad de Proust es comprender como su obra asimila una herencia artística y literaria y cómo la renueva, cómo se conjuga en ella la ambición totalizadora de las grandes sagas narrativas o musicales del XIX (Balzac, Zola, Wagner) con una concepción del sujeto y de su percepción de la realidad  impregnadas del relativismo y de la incertidumbre que serán  propias del pensar del siglo XX, y que ponen en cuestión la posibilidad misma de toda representación y de todo conocimiento absolutos. O dicho de otro modo: ¿cómo construir esa obra total que daría cuenta de un mundo completo desde la fragmentación, la discontinuidad y el relativismo propios del sujeto moderno?

 De sus antecesores más cercanos Proust hereda la ambición totalizadora de crear una única obra, una gran suma, capaz de dar cuenta de la totalidad de un mundo. Como señala Javier Del Prado, el proyecto del gran Libro está presente en los simbolistas mayores, y muy especialmente en  Mallarmé y en su obsesión de crear la “Gran Obra” que nunca llegó a escribir, compendio, resumen y, en cierto modo, sustituto de la vida (1990:57-58).  Con el Simbolismo también comparte Proust la idea de una síntesis entre todas las artes, en la que quedarían religadas pintura, música, arquitectura y literatura, concepción que en la obra proustiana se expresa –como se verá más adelante- en la aplicación de recursos compositivos propios de la música, la pintura o la arquitectura, o en el contínuo trasvase entre lenguaje narrativo y lenguaje poético. 

 Al proyecto proustiano de dar cuenta de toda una época y de toda una sociedad, la tradición autobiográfica y memorialista francesa – de Saint-Simon a Chateaubriand- le ofrece un modelo a seguir, en el que la materia histórica y social quedan religadas a la experiencia y a la peripecia personal del Yo narrador. Un narrador que, desde su posición de testigo, reflexiona sobre la sociedad y sus evoluciones, y analiza lo que Saint-Simon llamaba los “mecanismos de la corte”, transferibles a otros círculos, que en la obra de Proust reconocemos ya sea en el mundano círculo de la Duquesa de Guermantes, pero también en el reducido y doméstico mundo de Combray, cuyos rituales y leyes sociales el narrador se esforzará en descifrar por igual.

 Aunque de modo muy distinto, esa ambición totalizadora esta también presente en las grandes sagas narrativas del Realismo y del Naturalismo de Stendhal, de Balzac y de Zola que se proponen dar cuenta de toda una realidad histórica y social y de las leyes psicológicas y sociales que rigen sus mecanismos. La Comédie Humaine, la gran obra de Balzac, ofrece a Proust el modelo de una macroestructura narrativa mediante la cual aspiraba aquél a convertirse en “el historiador del presente” y reflejar “toda una sociedad”. En ella, Balzac  consigue interrelacionar el conjunto de las novelas que la integran a través de la reaparición, de una a otra, de los mismos personajes que van completando así sus destinos, aunque sin llegar a organizarse en una progresión lineal y cronológica como hará Zola en Los Rougon-Macquart. Éste último, como es bien sabido, organiza su ciclo narrativo siguiento la evolución del árbol genealógico que resulta de la fusión inicial de dos familias (los Rougon y los Macquart), esquema, en cierta medida, presente en el proyecto de Proust, aunque sin alcanzar la amplitud temporal de aquél, ni la sistematicidad en el análisis de las variantes hereditarias y ambientales que determinan el devenir de los distintos personajes de la saga. Se advertirá, a este respecto, que el autor de La Recherche invierte el esquema zoliano, recorriendo en su progresión narrativa el trayecto contrario, al relatar la historia paralela de dos familias, entre las cuales se situa el narrador, los Swann y los Guermantes, que acabarán uniéndose al término de la obra.

 Entre ambos, el realismo de Flaubert aporta la visión del declive de esa concepción épica del héroe y de la aventura social, propia del realismo romántico balzaciano y todavía presente en el naturalismo de Zola, al concebir una novela que renuncia y desmitifica los temas de la conquista social, y se centra en los avatares del “héroe doméstico” desprovisto de toda dimensión épica, cuyas peripecias, a menudo irrelevantes o anodinas, son  elevandas a rango de materia novelesca (nos referimos al Flaubert de Mme Bovary y de La educación sentimental). 

 Este triple legado se concreta en otros dos aspectos que hallaremos en la novela de Proust. El primero se refiere a la importancia y la amplitud que en ella se concede a la descripción, la cual cumple una función  simbólica y analítica: la fisionomía como signo de una psicología, el decorado como metáfora o metonimia del héroe. En segundo lugar, el análisis de las relaciones que se establecen entre el individuo y su entorno social, impregnado de una visión propia del Romanticismo y heredada de la Ilustración según la cual la cultura social  es concebida como fuerza alienante responsable de la  degeneración de la naturaleza humana, y lo patológico como atributo del hombre en sociedad, concepción que culmina con el naturalismo zoliano. Así, en términos generales, podría decirse que la novela francesa de la última parte del XIX se aboca al análisis de esa patología social e individual, desde Zola, Maupassant, los Goncourt, hasta el primer Huysmanns, preocupación también presente en la obra de Proust en la que todos los personajes, incluido el propio Narrador, viven sumidos en un proceso patológico en el que se anuncia el progresivo declive de ese mundo social del que La Recherche da cuenta.