| LA
VOZ NARRATIVA Y EL PROBLEMA DE LA PERSPECTIVA.
De sus antecesores más cercanos,
Proust hereda la ambición totalizadora de crear una única
obra que se presente como totalidad o como suma, capaz de reflejar un mundo,
ambición presente ya en las grandes sagas realistas y naturalistas
de Balzac y de Zola, y también en el ideal simbolista que Mallarmé
no alcanzó a cumplir de escribir un único libro capaz de
dar cuenta de la totalidad del cosmos.
Sin embargo, desde sus comienzos,
este proyecto parece escollarse contra el sentimiento de la imposiblidad
de realizarlo desde los presupuestos de un arte realista, y ello por dos
razones. La primera sería de orden epistemológico: “la realidad
verdadera –afirma Proust en Contra Sainte-Beuve- es interior” (Vol
V, 300) y aquí nos topamos con el relativismo epistemológico
que el autor de La Recherche hereda de su presente más contemporáneo.
Como observa Raimond, “si la concepción más moderna de la
relatividad afirma la ausencia de un punto de vista absoluto y cifra el
conocimiento en la relación de una conciencia cambiante con un mundo
en permanente cambio” (1956: 324), entonces la representación objetiva
del mundo propia del realismo es falsa, y así lo constata Proust
cuando denuncia “la falsedad misma del arte que se pretende realista” (Vol.
III, 25). La visión del yo interior de la que habrá de emerger
esa “vida verdadera” parece incompatible con la figura del narrador en
3ª persona propio de la ficción realista y de su pretendida
objetividad.
La segunda razón de esta
imposibilidad de llegar a la gran suma por medio de una estética
realista, es de carácter compositivo o estructural: la realización
del proyecto de un libro único en el que estaría recogido
y explicado un mundo –el mundo de la realidad vista por el Yo – requiere
de una forma capaz de unificar, cohesionar y organizar en narración
total esa materia heterogénea, plural y fragmentaria que es la vida
interior de una conciencia. Una forma que pueda integrar todos los géneros:
escritura autobiográfica, novela social, novela psicológica,
ideológica, poema en prosa y ensayo.
La gran innovación de Proust
respecto de los escritores realistas residiría, para muchos,
en el hallazgo de una voz y de una situación narrativa desde donde
desplegar ese proyecto de una obra total, una gran suma que recree un cosmos
completo y en la que tengan cabida todos los géneros discursivos
que requiere su plasmación artística.
Existe toda una escritura preparatoria,
anterior a la obra definitiva -borradores, pastiches, misceláneas,
ensayos, fragmentos de memorias y de novelas- que da cuenta de un tanteo,
una andadura, una búsqueda: la de un “estílo propio”
que, como se verá, no es para Proust sino un problema de voz, de
punto de vista. De Les plaisirs et les jours, a Jean Santeuil,
novelas en tercera persona, y tal vez por ello mismo inacabadas, se desprende
el esfuerzo de un aprendiz de escritor obsesionado por la búsqueda
de una forma personal de narrar, esa misma búsqueda que lleva a
cabo y nos refiere el narrador en el interior mismo de La Recherche:
desde
niño, desde los primeros textos presentados al profesor o a los
amigos del padre, y criticados por éstos, hasta el hallazgo final,
el descubrimiento que nos es relatado en las últimas páginas
de Le Temps retrouvé.
El descubrimiento que el narrador
refiere al término de su obra, sentado en la biblioteca de los Guermantes
- esa gran revelación que le habría llevado a emprender la
redacción de la Búsqueda y que origina la escritura de la
obra que acabamos de leer- es el de la perspectiva o del punto de vista
como piedra de toque de la construcción artística.
El problema planteado por Proust no es
tanto el de cómo representar la realidad, sino como representar
nuestra realidad, como dar cuenta de ese universo fenomenológico
singular e intransferible para cada conciencia individual que Proust define
como “ce qui se passe en nous au moment où une chose
nous fait une certaine impression” (Vol. IV: 365).
Lo que permite iniciar la búsqueda
– o empezar a escribir – es el hallazgo de una voz y de una perspectiva
personal, eso que Proust llama “estílo”: “le style pour l´écrivain,
aussi bien que la couleur pour le peintre, est une question non de technique
mais de vision. Il est la révélation, qui serait impossible
par des moyens directs et conscients de la différence qualitative
qu´il y a dans la façon dont nous apparaît le monde”
(Vol IV, 400). El arte - y aquí se resume uno de los pilares básicos
de la teoría estética de Proust- no es sino un modo de percibir
y de representar la realidad. “La anécdota no importa lo que importa
es ese modo peculiar de mirar propio de cada existencia, esa mirada: un
estilo de vida y un estilo de escritura, la mirada y la voz que es preciso
conquistar” (Del Prado, 1990: 91).
Proust cede la palabra a una conciencia
que explicita, desde la primera persona y desde un punto de vista subjetivo,
su relación con la realidad. Un Yo narrador cuya relación
con el autor no deja de ser equívoca: el lector tiene que recorrer
más de dos mil páginas antes de que ese Narrador reciba el
nombre de “Marcel. Para gran parte de la crítica ese Yo es una máscara
tras la que el autor se oculta y a un tiempo se deja ver. Para el propio
Marcel Proust (que de hecho subraya el carácter no autobiográfico
de su obra), “le je est une pure formule”, una opción que
le permite sustituir la objetividad realista por el relativismo subjetivo
y, al mismo tiempo, unificar en una sola instancia las distintas formas
de escritura que requiere su proyecto narrativo en su vocación totalizadora:
una voz que narra, discurre, rememora, analiza, fabula, comenta y transfigura
poéticamente la realidad narrada.
El problema que se plantea entonces
el narrador es el de cómo acometer esa narración total, como
construir la gran suma narrativa, desde un único punto de vista
limitado y parcial.
La escritura parte, en su arranque
inicial, de un foco de perspectiva limitado, que da cuenta de la incertidumbre
y de la parcialidad del campo de visión, para ir ampliándolo
progresivamente. El proceso de descubrimiento paulatino del mundo y del
Yo pasa necesariamente por el ensanchamiento del campo de observación.
El primer volumen de la Recherche indica ya ese movimiento: del
primer recuerdo aislado de la infancia – el drama de las despedidas nocturnas-
a la reconstrucción de todo el mundo de Combray; del misterio en
torno a Swann, inconsciente causante de la desgracia del niño, a
la revelación de su vida desconocida y de su drama íntimo,
que es en sí mismo un tratado sobre la relatividad del punto de
vista y la dificultad de conocer.
Partiendo de una perspectiva limitada,
el narrador se sume en un proceso casi épico de búsqueda
epistemológica mediante la cual aspira a acceder a una visión
completa del mundo que refiere. Construida en torno a la visión
de ese Yo central, la obra no hará sido multiplicar y diversificar
los ángulos de visión, para sobrepasar esa limitación
inicial y conquistar progresivamente, desde la desde la diversificación
y la amplificación del punto de vista, una perspectiva totalizadora.
Lo hará desplegando, en primer lugar, una serie de focos de observación
secundarios sometidos a esa visión central que se nutre de todas
las informaciones, y les confiere su orden y su significado. La obra podría
dividirse –de acuerdo con lo que ha comprobado Tadié- “entre lo
que el narrador ha visto, lo que ha sabido, creído ver o creído
saber” (1971: 55).
Pero además de ese proceso de recuperación
y asimilación de las visiones y opiniones de los otros, la multiplicación
de los puntos de vista es promovida por la movilidad del sujeto que percibe.
Ya sea movilidad espacial del observador, que desplaza el ángulo
de visión, multiplicándo los puntos de vista sobre un objeto,
un ser, un paisaje, acercándonos a su verdad, hasta agotar cada
uno de sus planos (como ocurre ante el campanario de Martinville o en la
descripción física de Albertine que va cambiando según
el ángulo desde dónde el narrador se sitúa). Ya sea
por efecto de una movilidad temporal, asimilándose el tiempo en
Proust –como sugiere Raimond (1967: 341)- a un “superespacio” que posee
la virtualidad de ofrecer “cambios de perspectivas para observar a los
seres” (Vol. II, 865) y de mostrarnos una sucesión potencialmente
infinita de “planos descubiertos uno tras otro por la vida” (Vol. II, 361).
En razón de esa movilidad espacial
y temporal del punto de vista, el mundo se dispone no sólo en su
extensión sino que se abre también en su profundidad temporal,
lo observado se desplaza espacial y temporalmente con el observador y cobra,
en razón del lugar y del momento desde dónde se mira, un
aspecto y un significado nuevos. Pensemos en las metamorfosis de Odette
en Un amour de Swan, transfigurada por la mirada de éste
en las sucesivas etapas de la relación amorosa, constituyendo a
pequeña escala una transposición –puesta en abismo- del procedimiento
epistemológico que el narrador aplica en el conjunto de la obra.
Determinado por su inscripción
espacial y su condición temporal, el narrador multiplica incesantemente
los ángulos de visión, completando, matizando y corrigiendo
en aproximaciones succesivas, su percepción del mundo, acercándose
sin llegar a aprehenderla nunca plenamente a “la vida verdadera”. La historia
del Narrador es pues la historia de sus puntos de vista sobre el mundo,
que van corrigiéndose y reemplazándose unos a otros. Los
límites de la visión subjetiva marcan los límites
del propio relato y de la actividad cognitiva que éste va desplegando,
en busca de una verdad cambiante, siempre en fuga: Odette para Swann, Charlus,
Saint-Loup y sobre todo Albertine para el Narrador. “Ce n´est qu´après
avoir reconnu, non sans tâtonnements, les erreurs d´optique
du début, que l´on pourrait arriver à une connaissance
exacte d´un être, si cette connaissance était possible.
Mais elle ne l´est pas.” (Vol. I, 874)
Pero a ese saber ulterior que modifica
las experiencias rememoradas, a ese incremento de conocimiento que procuran
el cambio del ángulo de visión o el simple paso del tiempo,
se suma, en la obra de Proust, el saber que se va desplegando del acto
mismo de escribir, analizando e interpretando los gestos y los actos
de una existencia. El narrador de La Recherche es un ser cambiante
que crece, se construye con su texto, se va conformando con él.
De tal modo que la escritura deviene acto existencial que va modificando
al sujeto de la misma y, por ende, al punto de vista desde el que el mundo
es percibido e interpretado. En ese proceso de rememoración por
medio la escritura, pasado y presente son revivificados una y otra
vez desde la perspectiva siempre cambiante de ese Yo temporal que se va
alimentando a medida que escribe de experiencia existencial personal, ensanchando
el horizonte de su observación reflexiva y profundizando en él.
Así visto y mostrado, el mundo se carga también de sentido,
desplegándose en toda la extensión de sus posibles significados.
Lo que se obtiene así es una visión ilimitada, virtualmente
inagotable, pues como decía Paul Valéry, el texto de Proust
ofrece “un infini en puissance, qui n´est que la propriété
de tous nos souvenirs de se combiner entre eux” (Oeuvres,
t. I, Gallimard, Pléiade, 1957, 769).
La imposibilidad de llegar a un conocimiento
definitivo es lo que confiere a la obra su capacidad de desarrollo infinita,
en la que cada experiencia, cada recuerdo o reflexión, retomados
por una subjetividad que se está haciendo con el texto, deviene
núcleo potencial de una expansión ilimitada.
Existe una clausura retórica
de la búsqueda en ese momento de recapitulación final que,
tras la aceleración en cascada de los recuerdos involuntarios, desemboca
en una meditación sobre el tiempo que se retroproyecta sobre todo
lo anterior y lo ilumina, confiriéndole un nuevo sentido y
haciendo visibles los hilos que religan transversalmente cada fragmento
y sustentan la unidad del conjunto. La realidad, la verdadera vida es interior,
una “creación del espíritu”: es la vida atrapada, recompuesta
y comprendida en la literatura, vivida a través de la literatura.
Esa clausura es la de un narrador
que ha recompuesto a partir de los fragmentos una totalidad, y a partir
de un punto de vista parcial una visión ilimitada, virtualmente
inagotable. Ello no quita que ese movimiento final que aspira a la síntesis
totalizadora quede empañado, desde el interior el texto, por aquello
mismo que la sustenta. Si no hay certezas objetivas para la conciencia
modernista, si las verdades se alojan, viven y se extinguen para dar paso
a otras en cada experiencia subjetiva individual, entonces la búsqueda
narrativa puede convertirse en una aventura infinita. A pesar del broche
final, pervive la sospecha, de que nada es constante o definitivo,
de que toda conquista es efímera y provisional, de que el campo
de la realidad es inagotable.
La condición temporal del
Yo que, en su movilidad, posibilita el despliegue múltiple de perspectivas
y el consiguiente avance hacia la visión totalizadora, entraña,
al mismo tiempo la percepción dolorosa de la fragilidad de esa conquista.
La experiencia de la recuperación del tiempo es siempre ambivalente:
júbilo ante hallazgo, euforia del reencuentro, pero también
de duelo y de pérdida ante su transitoriedad: “la permanence
et la durée ne sont promises à rien, pas même à
la douleur” (Vol IV, 211). La meditación sobre el poder del arte
no conjura el sentimiento de pérdida de las cosas sometidas a la
universal erosión del tiempo, la gran obra de recapitulación
no deja de ser –como dice Paul Ricoeur- una extenuante lucha contra
“l´effacement”, contra el borrado de las huellas, contra el olvido.
ESTRUCTURA DE LA RECHERCHE.
À la recherche du temps
perdu ofrece una organización cuanto menos problemática
pues es, en cierta medida, una obra inacabada, publicada sólo en
parte en vida del autor. Según la edición de las Obras Completas
de La Pléïade (1987), La Recherche se divide en 7 libros,
división que obedece más a las exigencias editoriales que
a los designios del propio Proust, el cual se quería autor de una
sola obra, un único libro publicado en un solo volumen.
Las sucesivas remodelaciones y recomposiciones
que acarreó su laboriosa redacción dan cuenta del incesante
trasvase del material narrativo de un libro a otro, de una parte a otra.
Así, la versión de 1912 presentaba una estructura en tríptico
comprendiendo tres volúmenes ( Du côté de chez Swann,
À l´ombre des jeunes filles en fleur y Le Temps retrouvé)
al término de los cuales, Proust había escrito la palabra
“fin”. No obstante, si el primer libro no sufrió demasiadas
alteraciones, los dos siguientes se fueron dilatando hasta originar los
cinco restantes volúmenes que constituyen el centro de La Recherche:
Du côté de Guermantes I y II, Sodome et Gomorrhe I y II,
La Prisionnière, y La Fugitive.
Proust insistió siempre en
la sopesada construcción sobre la que se erige la gran suma, construcción
que, sin duda debido a las circunstancias de su publicación, muy
pocos críticos reconocieron. Así, en Agosto de 1919
escribía lo siguiente: “Il est pénible, quand on a construit
(et je le dis au sens architectural) un ouvrage d´une façon
si raisonnée que chaque phrase a sa symétrique, et qu´enfin,
à la première phrase du premier volume se superpose la dernière
phrase du dernier volume, il est pénible, dis-je, d´en entendre
parler comme d´un recueil de souvenirs fortuits” (Carta a Denys Amiel,
Agosto 1919). Pero la “incomprensión” de la crítica
se debió, sin duda también, a la forma de construir de Proust,
cuyos principios compositivos se apartaban del discurso narrativo tradicional,
organizado en torno a una intriga y construido a partir de una sarta de
sucesos temporal y causalmente encadenados.
En La Recherche hay una intriga
o, si se quiere, varias intrigas que se anudan en torno a un hilo conductor:
el descubrimiento, por parte del Narrador, de su vocación de escritor.
Pero el fluir de la narración hacia el desenlace es incesantemente
interrupido y diferido, dando lugar a digresiones, ensoñaciones
o recuerdos que dejan en suspenso el hilo narrativo, retomado más
adelante, en un proceder que recuerda la técnica wagneriana. Ese
efecto de dilatación se consigue también mediante el contínuo
trasvase de un estrato temporal a otro, obedeciendo el desarrollo de la
historia, más que a una estricta linealidad lógico-casual,
al orden subjetivo que la conciencia del Yo Narrador proyecta sobre el
mundo que refiere. El texto, en su dinámica discursiva, nos lleva
de la revivificación narrativa y descriptiva de las escenas
y de las impresiones del pasado a su interpretación desde el presente
de la escritura. La narración funciona pues no solamente en su eje
lineal, sino también en “profundidad”, remitiendo contínuamente
a diferentes momentos del pasado y construyendo en la interrelación
de todos ellos su espesor temporal.
Pero al mismo tiempo, la ausencia
de linealidad y causalidad narrativas así como la discontinuidad
cronológica, se ven compensadas por la recuperación reiterada
de los grandes motivos temáticos, los efectos de eco, de paralelismo,
de simetría y de inversión mediante los cuales éstos
se van entrelazando, y la reaparición intermitente de los mismos
personajes a lo largo de las distintas partes de la obra, que, a modo de
ritornello musical, garantizan la cohesión y la unidad del conjunto.
Las similitudes entre esta técnica
compositiva y la música –uno de los temas esenciales de la novela-
no son difíciles de entrever. Desde la estructura frástica,
en el ritmo y la cadencia musical de la prosa, en la disposición
cíclica de los motivos, hasta la macroestructura narrativa global,
que va entrelazando los diferentes hilos argumentales del universo proustiano
como si fueran melodías, y vinculando cada personaje a un motivo
temático que precede siempre a su aparición, de acuerdo con
la técnica wagneriana del leitmotiv.
Se ha dicho también, que
más que a una organización temporal, La Recherche obedece
a una organización espacial, en la que la estructuración
de los grandes conjuntos temáticos y argumentales se asimilaría
a una obra arquitectónica – una “catedral” en palabras del propio
Proust – sobre cuyas bases, planteadas desde el primer libro,
se irían alzando, adquiriendo volumen y espesor, de un libro
a otro, los diferentes cuerpos del edificio, hasta alcanzar su configuración
final.
El proceso constructivo desplegado
por Proust podría asimilarse igualmente al proceder de un pintor
ante un gran fresco, que comienza por abocetar el conjunto, rellenando
los grandes espacios de color, para ir definiendo y matizando progresivamente
esos volúmenes, dotándolos de perspectiva y de profundidad,
e incluso rectificando y corrigiendo, a medida que avanza la obra, aquello
que dispuso en un primer momento.
Leer la obra de Proust significa
rehacer ese camino, asistir a ese proceso constructivo, y comprender cómo
y porqué se escribe una novela.
|