| Prólogo
La presente es una de las exposiciones
realizadas por el Profesor Elía en el seminario "El Islam: arte,
derecho, economía, filosofía, historia y teología.
15 siglos de civilización y cultura", que tuvo lugar en Buenos
Aires, en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Lomas de
Zamora, del 23 de Octubre al 27 de Noviembre de 1.996.
Introducción
Cuando se habla de España y el
Islam, se suele hacer referencia a un concepto con claro significado religioso
y a otro con contenido muy directo, de carácter lingüístico.
Se habla así, de España musulmana o de España árabe.
Sin embargo, en términos populares, con significado antropológico
físico en primer lugar, se habla de la España mora. La palabra
castellana moro, viene, sin duda, del latín "maurus", y del griego
"mávros", que significa "oscuro", "negro". Escritores latinos como
Juvenal (60-140) y Lucano (39-65) mencionan a los mauros, también
conocidos como númidas, que constituían en tiempos de Lugurta
(160-104) un pueblo caracterizado por su energía física y
belicosidad. Recordemos a la famosa caballería númida empleada
por los cartagineses en las guerras púnicas. La designación
étnica en suma, es muy antigua y al principio no tuvo el carácter
peyorativo, como lo adquirió después.
Parece claro que la palabra "morisco"
se forma como "berberisco", y es un diminutivo cariñoso que más
tarde se empleó para identificar a los hispano-musulmanes que permanecieron
en la Península luego de la caída de Granada. Otros sinónimos
son moruno, morería, almoraima, etc. La acepción de beréber,
que es otra forma de llamar a los moros, está relacionada con la
denominación utilizada por griegos y romanos para designar a los
pueblos extranjeros: bárbaros. En la antigüedad clásica
el norte de Africa era conocido como Berbería o país de los
beréberes. El país de los mauros o mauritanos se conocía
como Mauritania, que luego fue provincia romana y hoy es un estado islámico.
Los musulmanes de los siglos VII, VIII y IX aplicaron el nombre de Al Andalus
a todas aquellas tierras que habían formado parte del reino visigodo:
la Península Ibérica, la Septimanía francesa y las
Islas Baleares. En un sentido más estricto, Al Andalus comprenderá
la parte de aquellos territorios administrados por el Islam. Conforme avanzaba
la conquista cristiana, su extensión se iba reduciendo progresivamente
y a partir del siglo XIII designó exclusivamente al reino nazarí
de Granada. La prolongada resistencia musulmana granadina contra las incursiones
castellano-aragonesas permitirá que se fije el nombre de Al Andalus
y se perpetúe en el actual de Andalucía. El islamólogo
holandés Reinhart Dozy (1.820-1.883), autor de la famosa obra "Historia
de los musulmanes de España", impulsó la teoría
que fue apoyada por muchos historiadores modernos según la cual
el nombre de Al Andalus está relacionado con los Vándalos,
suponiendo sin ningún fundamento que la Bética pudo llamarse
en alguna ocasión Vandalicia o Vandalucía.
Nosotros compartimos la opinión
del eminente filólogo español don Joaquín Vallvé,
vertida en su trabajo erudito "La división territorial de la
España musulmana". Éste dice que la expresión
árabe Yazirat al Andalus (isla de Al Andalus) (1) es una
traducción pura y simple de "isla del Atlántico" o "Atlántida"
(2). Los textos musulmanes que dan las primeras noticias de la isla de
Al Andalus y del mar de Al Andalus, se clarifican extraordinariamente si
sustituimos dichas expresiones por isla de los Atlantes o Atlántida
y por mar Atlántico. Lo mismo podernos decir del tema de Hércules
y las Amazonas, cuya isla, según los comentaristas musulmanes de
estas leyendas grecolatinas estaba situada en el Yauf al Andalus,
lo cual cabe interpretar como "al norte o en el interior del Mar Atlántico".
La entrada de los musulmanes en la
Península.
La cuestión de cómo y por
qué entraron los musulmanes en la Península Ibérica
estuvo sustentada durante muchos siglos por mitos, leyendas y relatos históricos
sumamente parciales. Gracias a la labor encomiable e imparcial de estudiosos
e investigadores españoles como don Américo Castro (1.885-1.972),
Julián Ribera (1.858-1.934), Julio Caro Baroja (1914-1995), y Juan
Goytisolo (nacido en 1.931), hemos podido reconstruir una historia que
se creía perdida para siempre. Por ejemplo, Ribera ha descubierto
gran cantidad de interesante información en la crónica de
Ibn Al Qutiyya, un historiador hispano-musulmán descendiente de
los príncipes visigodos, cuyo nombre significa descendiente de
la Goda. El análisis de los toponimios está rindiendo
poco a poco información útil, y recientemente se ha podido
demostrar así con casi total certeza que muchos de los beréberes
que llegaron a España con los árabes musulmanes eran aun
cristianos y luego, más tarde, se islamizaron.
La historia de la España musulmana
comienza en el año 711, a finales de abril en que Tariq Ibn Ziad,
a la cabeza de un ejército de siete mil hombres en el que domina
la etnia beréber de la que él forma parte (los árabes
eran menos de 300), cruza el estrecho que llevará a partir de entonces
su nombre, para desembarcar en la Península Ibérica. El contingente
islamo-beréber hizo la travesía a bordo de la flota del conde
Don Julián, el antiguo gobernador cristiano de Ceuta que se había
puesto al servicio del gobernador musulmán de la Ifriqiyah, Musa
lbn Nusair, con sede en Qairauan (hoy Tunicia). Ahora hay algo clave para
contárabe: Por un lado, el conde Don Julián era un cristiano
unitario, es decir un monoteísta puro, que adhería a las
enseñanzas de los cristianos primitivos y de los llamados Padres
y Doctores de la Iglesia, como Orígenes (185-254), Clemente de Alejandría
(m. 215), Tertuliano (155-220) y Justino Mártir (100-165), y especialmente
al obispo griego Arrio (256-336), nacido en Libia, todos ellos defensores
de un acendrado monoteísmo que rechazaba la divinidad de Jesús.
La doctrina de la Trinidad, recordemos, fue instaurada en la Iglesia Católica
recién a partir del Primer Concilio de Nicea, en 325, y, produjo
un gran cisma entre los cristianos de oriente, partidarios del monoteísmo,
y los obispos occidentales liderados por Osio (257-358) que a través
del llamado pacto constantiniano monopolizaron desde entonces la orientación
y el poder de la Iglesia. El historiador español Ignacio Olagüe
explica en su obra "La Revolución Islámica en Occidente",
que a partir de entonces «la doctrina trinitaria fue impuesta
a hierro y fuego» por todo el norte de África y la Península
Ibérica. Eso también explica la relativa facilidad con que
los musulmanes avanzaran por esas regiones, y la hospitalidad con que fueron
recibidos, particularmente la de los beréberes. Luego de consolidar
su dominio en la lfriqiyah (Tunicia) hacia el 670, en 701 alcanzaron el
extremo occidental del Magrib (3) y en 708 entraron en Tánger.
Respecto a Musa Ibn Nusair, el historiador
musulmán almohade Ibn al Kardabus, del siglo XII, nos dice que pertenecía
a la escuela de pensamiento shi'i. Su padre había sido Nusair al
Bakri, nacido en 640, a quien el fundador de la dinastía omeya,
Mu'awyah Ibn Abu Sufián había conferido el mando de su guardia,
pero él se negó a combatir contra el cuarto califa, 'Ali
Ibn Abu Talib (600-661). Musa Ibn Nusair haría la alianza con el
arriano conde Don Julián, señor de Tánger y Ceuta.
Así, en 710 envió a su lugarteniente Tarif con 500 hombres
a ocupar el saliente sur de la Península donde la ciudad de Tarifa
lleva su nombre y a la cual impuso un pesado tributo, o sea "la tarifa",
para castigar los excesos de la gobernación visigoda contra los
cristianos arrianos de la región. Vale aquí puntualizar que
la población mayoritaria de la Península adhería a
los principios unitarios y al arrianismo. Por el contrario, la corte y
el clero visigodo respondían a los dictados de Roma y al dogma trinitario.
La oligarquía visigoda con sede en Toledo explotaba y oprimía
hasta los más crueles extremos a sus súbditos arrianos. El
profesor Olagüe en la obra ya citada, muy recomendable ciertamente,
brinda pormenorizados detalles de este asunto. Volviendo a nuestro tema
anterior del cruce de Taríq, éste al frente de sus hombres
desembarcó en las cercanías del famoso peñón
al que se dio su nombre: Yabal al Tariq, "Monte de Tariq", es decir, Gibraltárabe:
El 19 de julio de ese mismo año, por las orillas del río
Guadalete, logra una victoria decisiva sobre el rey visigodo Don Rodrigo.
Un mes más tarde, su lugarteniente Mughit ar Rumi cerca la ciudad
de Córdoba. Dice Haim Zafrani en su obra "Los judíos del
Occidente Musulmán":
«Durante el asedio, los judíos
se encierran en sus hogares esperando impacientemente el desenlace. Contrariamente
a lo que sienten por los godos y su clero, no temen en absoluto la llegada
de los musulmanes en los que tienen puestas todas sus esperanzas, pues
no olvidan que los reyes visigodos los han oprimido despiadadamente. Sirviéndose
de estratagemas, los judíos -según narran los historiadores
musulmanes y cristianos- contribuyeron a facilitar la entrada del ejército
islámico a la ciudad, celebrando su victoria. Mughit los tomó
a su servicio, confiándoles la guardia de la ciudad. Lo mismo ocurrió
en Toledo, y en Sevilla, donde Musa Ibn Nusair dejó una guarnición
judía para mantener el orden».
A partir de entonces, España entra
en el seno de Dar al Islam, (la Casa del Islam), y los cristianos
arrianos y judíos se integran
armoniosamente en el estado musulmán que se va forjando. Así,
los judíos españoles, al convertirse en miembros de un dominio
que se extiende desde el Atlántico hasta la China, se reencuentran
con sus hermanos de las demás comunidades judías de Oriente
y de África del Norte, reanudando sus lazos socio-culturales y económicos.
Por otra parte, los cristianos unitarios españoleo
an y
reafirman su identidad monoteísta junto con sus hermanos en la fe,
musulmanes y judíos. Esta explicación de los orígenes
de la España musulmana, tal vez un tanto extensa para el reducido
tiempo que tenemos, la creemos necesaria para contrarrestar la historia
oficial que sin fuentes ni argumentos serios afirma que España fue
conquistada a sangre y fuego por los musulmanes. Como hemos visto, la población
nativa mayoritariamente arriana y la numerosa comunidad judía recibieron
a los musulmanes como libertadores y comulgaron con su fe, costumbres y
tradiciones, que eran prácticamente las mismas que ellos tenían.
El pueblo ibero romano, no se puede hablar de pueblo español en
esa época, fue más bien cómplice que conquistado.
Además, en menos de una generación, los musulmanes bereberes
y árabes se integraron completamente a la población autóctona
a través de múltiples matrimonios mixtos, ya que la inmensa
mayoría había llegado a España sin mujeres.
Como mejor prueba de lo que aseveramos,
se puede decir que los musulmanes pacificaron la Península en menos
de dos años y establecieron un estado islámico integrado
por cristianos y judíos que llegó a durar casi ocho siglos,
hasta 1.492. Recordemos que los fenicios y cartagineses habían tratado
infructuosamente de sojuzgar a los béticos y celtíberos durante
cuatro siglos, y los romanos durante casi seis, provocando espantosas matanzas
como aquella de la heroica Numancia, la cual resistió durante 20
años su asedio y fue destruida por las legiones de Escipión
Emiliano (185-129 a.C.). Los musulmanes no destruyeron nada de lo que había,
sino que reconstruyeron las antiguas obras dejadas por los romanos, como
puentes y acueductos, erigiendo una "cultura del agua", y construyeron
monumentos maravillosos que han sobrevivido hasta nuestros días.
Hoy se puede afirmar que el 80% de los quince millones de turistas que
llegan anualmente a España tienen como meta principal visitar la
Giralda -la torre-campanario que fuera el minarete de la mezquita mayor
de Sevilla-, la Mezquita de Córdoba y el palacio-fortaleza de la
Alhambra de Granada.
Tolerancia y convivencia.
Pero más allá de las obras
públicas y arquitectónicas, y los prodigios científicos
y culturales de Al Andalus, lo que mejor caracteriza el legado hispano-musulmán
es su espíritu de la tolerancia. Si hablamos de la tolerancia del
Islam, no se trata de un tópico repetido con fines propagandísticos,
sino de una experiencia y una realidad histórica irrefutable. En
la llamada Edad de Oro del Islam, cuando el territorio musulmán
se extendía de España hasta la China, entre los siglos VIII
y XIV, convivían en su seno en un ambiente de libertad y mutuo respeto
cristianos arrianos, nestorianos, monofisitas y coptos, judíos,
budistas, zoroastrianos, maniquéos e hinduistas, cuyas creencias
y tradiciciones eran garantizadas por el Islam por el estatuto de Ahl al
Dhimma, es decir, la "Gente del Pacto". Esto es algo que el Islam puso
en práctica hace más de 1.400 años y que Occidente
a duras penas comenzó a llevarlo a cabo a mediados del siglo XX.
Y es precisamente uno de estos pactos,
el firmado entre el godo Teodomiro, gobernador de Orihuela, y 'Abdul 'Aziz,
el hijo de Musa lbn Nusair, el 5 de abril del año 713, el que conforma
el documento más antiguo de la historia andalusi (ver Apéndice).
En virtud de este tratado Teodomiro quedó como gobernador inamovible
y Orihuela (la de Miguel Hernández) fue un estado autónomo
durante muchos años. Cuando los musulmanes llegaron a la Península,
traían un concepto absolutamente revolucionario basado en el Corán
y la Sunnah o Tradición del Profeta Muhammad, por el cual se trataba
a los seres humanos por igual, respetando sus derechos y propiedades. El
pacto entre 'Abdul 'Aziz y Teodomiro prueba que hace 14 siglos el Islam
no sólo respetaba los derechos humanos, que Occidente recién
descubrió hace menos de 300 años, sino que tenía códigos
y regulaciones que las propias Naciones Unidas no son capaces de aplicar
a las puertas del siglo XXI. Por eso, vale remarcar aquí que ese
concepto o idea sobre "el oscurantismo de la Edad Media" tan en boga en
los medios de comunicación y en la lectura de los escritores postmodernos,
es algo que compete a la historia de Occidente, pero no a la del Islam.
Pongamos otro ejemplo muy conocido. Después de afirmar su posición
en la Península, los musulmanes escalaron los Pirineos y entraron
en Francia. En 732, entre Tours y Poitiers, dos mil kilómetros al
norte de Gibraltar, y a 450 kilómetros de Londres y a menos de 200
de París, fue el punto más septentrional que alcanzaron esos
predicadores carismáticos. En 735 entraron en Arlés y en
737 llegaron a Aviñón, el valle del Ródano y Lyon.
Y aunque en 759 se vieron obligados a retirarse del mediodía francés,
sus cuarenta años de circulación por aquellas tierras contribuyeron,
en el Languedoc, a la insólita tolerancia de diversas creencias,
la pintoresca alegría y el amor romántico y caballeresco
que desde entonces caracterizó a los lugareños.
EL
ESPLENDOR DEL CALIFATO DE CÓRDOBA

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