LECTURA NÚMERO 2:
LA EXPULSIÓN DE LOS JUDÍOS.
Fuente : Fernando Franco
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El día 31
de marzo de 1492 los Reyes Católicos firmaban en Granada el edicto
de expulsión de los judíos de la Corona de Castilla, mientras
otro documento con ligeras variaciones era firmado sólo por Fernando
para los judíos de la Corona de Aragón; ambos textos partían
de un borrador elaborado pocos días antes por el inquisidor general.
fray Tomás de Torquemada. Las argumentaciones oficiales de tan rigurosa
medida eran fundamentalmente religiosas:
"combatir
la herética pravedad que los judíos extendían por
toda la Corona, pues según es notorio y según somos informados
de los inquisidores y de otras muchas personas religiosas, eclesiásticas
y seglares, consta y parece el gran daño que a los cristianos se
ha seguido y sigue de la participación, conversación, comunicación
que han tenido y tienen con los judíos, los cuales se prueba que
procuran siempre, por cuantas vías y maneras pueden, de subvertir
y sustraer de nuestra santa fe católica a los fieles cristianos
y los partar della y atraer y pervertir a su danada creencia y opinión".
El edicto recordaba
las medidas de expulsión y segregación tomadas anteriormente,"pero,
como ello no basta para entero remedio para obviar y remediar como cese
tan gran oprobio y ofensa de la fe y religión cristiana, porque
cada día se halla y parece que los dichos judíos crecen en
continuar su malo y danado propósito", era necesario, en
defensa de la colectividad del reino, suprimir de raíz la comunidad
judía, utilizando para la expulsión global el recurso argumental
de "porque cuando algún grave y detestable crimen es cometido
por algunos de algún colegio y universidad (colectividad), es razón
que tal colegio y universidad sean disolvidos y aniquilados y los menores
por los mayores, y los unos por los otros punidos y que aquellos que pervierten
el buen y honesto vivir de las ciudades y villas y por contagio pueden
danar a los otros sean expelidos de los pueblos, y aun por otras más
leves causas que sean en dano de la república, cuanto más
por el mayor de los crímenes y más peligroso y contagioso,
como lo es éste".
Seguidamente el
edicto fijaba las condiciones de la expulsión. Se ordenaba salir
con carácter definitivo y sin excepción a todos los judíos,
los cuales no solamente eran expulsados de los reinos peninsulares, sino
de todos los dominios de los reyes. El plazo para su marcha era de cuatro
meses, es decir, hasta el 31 de julio, aunque un edicto posterior del inquisidor
Torquemada lo prolongó en diez días para compensar el tiempo
pasado en la promulgación y conocimiento del decreto. Se imponía
la salida en ese plazo bajo pena de muerte y confiscación de bienes,
dando los reyes su seguro real para que en esos cuatro meses negociasen
los judíos toda su fortuna y se la llevasen en forma de letras de
cambio, pues debían respetarse las leyes que prohibían la
saca de oro, plata, monedas, armas y caballos. Aunque el edicto no hacía
ninguna alusión a la posibilidad de conversión al cristianismo,
ésta era una alternativa que se sobreentendía, y fueron especialmente
muchos individuos de la elite hebrea los que abrazaron la religión
cristiana para evitar la expulsión. Entre ellos figuró Abraham
Senior, rabí mayor de Castilla, que recibió el bautismo el
15 de junio de 1492 con el padrinazgo de los mismos reyes, pasando desde
entonces a llamarse Fernán Núñez Coronel y desempeñando
después de su conversión los cargos de regidor de Segovia,
miembro del Consejo Real y contador mayor del príncipe Juan. Las
conversiones se dieron en un grado muy distinto según las zonas
y las localidades, aunque probablemente fue mucho mayor el número
de judíos que eligieron el camino del exilio que el de los que abjuraron
de la ley mosaica para permanecer en la Sefarad de sus antepasados.
Las causas de la
expulsión de los judíos han dado lugar a un intenso debate
historiográfico en el que se han manejado Interpretaciones muy diversas,
Se han aducido explicaciones basadas en la presión de la opinión
popular antijudía, el odio del pueblo (Américo Castro), o
en la animadversión hacia los judíos a causa de la práctica
de la usura y de su acumulación de riquezas (Claudio Sánchez
Albornoz). También se han esgrimido causas funda mentadas en alineamientos
sociales: un episodio de la lucha de clases entre los tradicionales grupos
privilegiados nobleza y clero y la burguesía incipiente de los judíos
(Henry Kamen) o la expulsión como resultado de la alianza de las
oligarquías urbanas antijudías con la Monarquía (Stephen
Haliczer). Sin embargo, en aquella época, ni la opinión de
las masas populares tenía gran incidencia en las decisiones de la
alta política, ni la ecuación judíos = burguesía
tiene fundamento, como tampoco la tiene el antagonismo nobleza <> judíos,
pues muchos hebreos eran administradores de los estados de la aristocracia;
asimismo las oligarquías ciudadanas tampoco tenían la impronta
suficiente para imponer una decisión de tanta trascendencia sobre
una monarquía autoritaria que, por otro lado, controlaba a los municipios
a través de los corregidores. A pesar de la dificultad de establecer
con precisión la razón última que llevó a los
Reyes Católicos a la expulsión tal como reconoció
recientemente un congreso de especialistas celebrado en Jerusalén
en 1992 hay algunos puntos que parecen bastante asentados en el debate
historiográfico actual. Uno seria el hecho de que la iniciativa
de la expulsión partió de los inquisidores que pretendían,
con tan radical medida, acabar con la "herética pravedad que
conllevaba el contacto entre judíos y cristianos".
En segundo lugar,
en general, se reconoce un fondo político a esta decisión:
constituir un paso más de la monarquía autoritaria de los
Reyes Católicos en su afán por lograr una mayor cohesión
social repetidamente resquebrajada, no lo olvidemos, por los tumultos antijudíos
de la década de los años ochenta a partir de la unidad de
la fe. En este sentido, Joseph Pérez ha afirmado que Isabel y Fernando
esperan que la eliminación del judaísmo facilite la asimilación
definitiva y la integración de los conversos en la sociedad española,
mientras Luis Suárez ha sostenido que los reyes aspiraban a un máximo
religioso concretado en la unidad de la fe católica que habría
que interpretar como un elemento de la maduración del poder de la
monarquía en la construcción del estado moderno español.
Las cifras de la expulsión han constituido otro tema polémico.
Las limitaciones de las fuentes, las conversiones y los retornos dificultan
los intentos de precisar el volumen de judíos expulsados. Las cifras
globales manejadas tienen un carácter tan dispar que José
Hinojosa Montalvo no ha dudado en calificarlas como cifras de la discordia.
Reproducimos a continuación algunos cálculos de reconocidos
especialistas:
|
Historiador
|
Cantidad de expulsados
|
| Yitzhar Baer |
150.000 a 170.000 |
| Haim Beinart |
200.000 |
| Bernard Vicent |
100.000 a 150.000 |
| Joseph Pérez |
50.000 a 150.000 |
| A. Domínguez Ortiz |
100.000 |
| Luis Suárez |
100.000 |
| Julio Valdeón |
100.000 |
| Ladero Quesada |
+/ 90.000 |
| Jaime Contreras |
70.000 a 90 000 |
Como puede observarse,
las estimaciones defendidas por los historiadores hebreos son sensiblemente
superiores a las cifras de expulsados salidas de las investigaciones de
los estudiosos españoles, los cuales, en general, olvidándose
de las apreciaciones de los cronistas coetáneos, han extrapolado
los resultados de los análisis de padrones fiscales, relaciones
fragmentarias de expulsados, contratos de embarque, etc., que ofrecen datos
parciales pero documentados. La pérdida demográfica que significó
la expulsión no fue excesivamente relevante aproximadamente un 2
por 100 del potencial poblacional conjunto de las coronas de Castilla y
Aragón, si aceptamos la cifra de 100.000 judíos expulsados,
pero cabe subrayar la desigual incidencia que tuvo en los distintos territorios.
En la Corona de Aragón la población hebrea era mucho menor
que en la Corona de Castilla y la expulsión sólo supuso una
pérdida de 10.000 ó 12.000 habitantes.
En la Corona de
Castilla, donde la población judía era más numerosa.
las aljamas eran escasas en la zona norte y en Galicia, concentrándose
la mayoría de ellas en las dos Castillas, Andalucía y Murcia.
El camino del exilio condujo a los judíos castellanos y aragoneses
mayoritariamente a Portugal y Navarra, reinos de donde después también
serían expulsados, y en menor medida a Flandes, el norte de África,
Italia y los territorios mediterráneos del imperio otomano, donde
el sultán Bayaceto II dio instrucciones de acogerlos favorablemente.
Pero para muchos de ellos el camino del destierro estuvo lleno de penalidades.
como las que relata Salomón ben Verga en su crónica Sebet
Yehuda: "Pero he ahí que por todas partes encontraron
aflicciones, extensas y sombrías tinieblas, graves tribulaciones.
rapacidad, quebranto, hambre y peste. Parte de ellos se metieron en el
mar, buscando en las olas un sendero , también allí se mostró
contraria a ellos la mano del Señor para confundirlos y exterminarlos
pues muchos de los desterrados fueron vendidos por siervos y criados en
todas las regiones de los pueblos y no pocos se sumergieron en el mar,
hundiéndose al fin, como plomo". Las consecuencias económicas
de la expulsión han sido muchas veces exageradas al interpretar
que la marcha de los judíos eliminó de la vida social y económica
hispana los únicos grupos que podían haber recogido el impulso
del primer capitalismo. Las consideraciones ya apuntadas anteriormente
sobre la situación económico-profesional de la comunidad
hebrea a finales del siglo XV invalidan esta interpretación: sólo
en las localidades donde los judíos eran numéricamente importantes,
los trastornos en el mundo artesanal y de los negocios fueron relevantes.
Pero, además de las económicas, no hay que olvidar las repercusiones
religiosas de la expulsión: el aumento del número de con
versos y falsos conversos y la consolidación de la división
social entre cristianos viejos y cristianos nuevos. Asimismo, la expulsión
supuso la pérdida de destacadas personalidades del mundo cultural
y científico, como Abraham Zacuto, ilustre astrónomo y cosmógrafo,
Salomón ben Verga, escritor sevillano autor del emocionado relato
antes citado sobre las vicisitudes de la expulsión o Judá
Abrabanel, hijo del consejero de los Reyes Católicos Isaac Abravanel
y autor de unos Dialoghi di Amore.
Llegamos aquí
a un punto muy interesante y clave para la situación de siglos posteriores
tanto para los judíos como para los conversos.
Trabajaremos en
profundidad los últimos años del siglo XIV y el siglo XV
hasta la ejecución del Decreto de Expulsión el 31 de Marzo
de 1492.
Tras la explicación
del profesor para resituar y sintetizar lo visto hasta ahora, proponemos
una serie de actividades que el profesor expondrá a
los alumnos, como las siguientes:
| Actividad tipo dilema para realizar
en pequeños grupos y después exponer ante la clase:
Una vez leídos y trabajados
los contenidos vistos hasta ahora, plantearos la siguiente cuestión:
¿Conversión o Expulsión?
Es decir quedarse o no quedarse, incluir las ventajas e inconvenientes
de ambas opciones.
Discutir en dos grupos estas opciones.
Esta actividad puede conectarse con
la realidad social de la actualidad, el profesor puede comparar la situación
vivida por los judíos del siglo XV con otras sociedades obligadas
a abandonar sus lugares de residencia. |

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