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LOS SEFARDÍES:  CONSECUENCIAS DEL DECRETO DE EXPULSIÓN
SEGUNDA PARTE: LOS SEFARDÍES DESDE 1492 HASTA HOY
 

LECTURA NÚMERO 2
LA DIÁSPORA SEFARDITA

Ya hemos visto la situación de los judíos en el siglo XV, veamos en los textos siguientes cómo fue esta Diáspora o exilio de los ya sefarditas.

Diáspora sefardita
¿Que fue de aquellos judíos españoles que, tras ser expulsados de su país, consiguieron llegar a tierra extranjera? Muchos de ellos fueron a Portugal, pero allí poco les duró la dicha porque también fueron expulsados cinco años después. Comenzó entonces una diáspora de españoles de religión judía que se dispersaron por todo el mundo entonces conocido. 

Francia 
En este país, del que habían sido expulsados los judíos en 1394, se afincaron decenas de conversos portugueses a partir de la primera mitad del siglo XVI. Obviamente muchos conversos que huían del peligro inquisitorial preferían refugiarse en las vecinas localidades fronterizas de Francia, especialmente al sudoeste del país. En 1550 el rey Enrique II les otorgó el permiso oficial para poder establecerse en cualquier parte del territorio francés y gozar de la protección real.

Desde entonces, en sitios como Bayona, Burdeos, Labastide-Clairence, Peyrehorade, etc., se fueron formando asentamientos de cristianos nuevos, que en su gran mayoría eran criptojudíos. Casi todos estos asentamientos perduraron bajo estas mismas características hasta comienzos del siglo XVIII, cuando Luis XV les permitió declarar abiertamente su judaísmo. El privilegio otorgado en junio de 1723 en Meudon les concedió el derecho de ejercer libremente su culto judaico, y desde entonces las Nations portugaises de las diferentes localidades se fueron convirtiendo paulatinamente en Nations juives portugaises, según señala Kaplan.

A principios del siglo XVIII se planteó el problema de los entierros, y los judíos de Francia iniciaron la lucha por tener sus propios cementerios. Es interesante este aspecto porque se organizarán en dos bandos reveladores de su origen: uno claramente meridional, y por tanto sefardí, y otro septentrional y más bien compuesto por judíos askenazíes. En vísperas de la Revolución Francesa se estima que vivían en Francia unos 40.000 judíos, de los que un 20% aproximadamente eran sefardíes, asentados principalmente en Bayona y Burdeos.

Bayona y Burdeos fueron las dos comunidades más importantes del sefardismo francés. La primera se destacó por la intensa actividad religiosa que caracterizó su vida comunitaria. La segunda hizo más hincapié en la esfera económica, en la que descollaron algunos de sus miembros más adinerados. Los judíos de esta ciudad, cuyo fervor religioso fue mucho menos pronunciado que el de sus correligionarios de Bayona, se destacaron más en la creación de valores culturales laicos. Muchos de ellos se habían formado académicamente en las universidades de Salamanca o Alcalá de Henares. Leyendo a Kaiserling se comprueba la preparación humanística y el dominio de la lengua y literatura que tenían estos sefardíes del sur de Francia. 

Italia 

Hasta la llegada de los desterrados de España y Portugal la población judía en los diferentes estados italianos era muy reducida, y debido a su gran dispersión geográfica, su presencia social y cultural casi permaneció desapercibida en los primeros momentos, aunque en ciertos lugares como Roma y Ferrara, por ejemplo, hallaron asilo algunos de los expulsados de España en 1492, y tal vez puedan estos exilados ser considerados como los pioneros del judaísmo sefardí en Italia. El propio papa Alejandro VI (de origen español, ya que pertenecía a la familia valenciana de los Borja, italianizados como Borgia) acogió bien en los territorios pontificios de Italia y Francia tanto a los judíos expulsos como a los conversos. Sabemos que en 1524, en época de Clemente VII, había en Roma una sinagoga llamada de los catalanes y otra de los castellano-aragoneses, evidentemente constituidas por judíos expulsos. La situación, empero, se deteriora con el pontificado de Pablo IV (1555-1559), quien obliga a los judíos a vivir en los barrios más insalubres de Roma, les impone el uso de distintivos en la ropa y les prohibe determinadas actividades comerciales. Es también durante este papado cuando la Inquisición abre un gran proceso contra los marranos o criptojudíos de Ancona. Pero las primeras corrientes inmigratorias que imprimieron un sello significativo en el judaísmo sefardí italiano llegaron en la cuarta década del siglo XVI. Por aquel entonces comenzaron a establecerse en diferentes localidades italianas grupos de judíos levantinos provenientes del Imperio Otomano de los cuales un elevado porcentaje era de origen ibérico. A ellos se fueron sumando por esos mismos años nuevas olas de refugiados lusitanos que escaparon de las primeras persecuciones inquisitoriales en Portugal. Pero no todos los conversos que arribaron al territorio italiano optaron por plegarse al judaísmo, no faltaron quienes prefirieron mantener la identidad cristiana, algunos por convicción religiosa, otros por conveniencia social y económica. La cuestión es que una importante masa de estos refugiados optó por asumir declaradamente su identidad judía. En Italia se les designaba con el nombre de "ponentinos", para diferenciarlos de los "levantinos" que llegaron del oriente.

Rápidamente se integraron a una extensa red de firmas comerciales y financieras que se extendía desde el Imperio otomano hasta los Países Bajos y aunaban intereses económicos de judíos y conversos por igual.

Muchos de ellos se destacaron como empresarios de gran creatividad y banqueros de vastos recursos, en conjunto desempeñaron un papel preponderante en el tráfico mediterráneo, muy particularmente en el que se llevaba a cabo entre Italia y el Imperio Otomano. Su experiencia comercial y su falta de miedo ante el riesgo económico, los convirtió en un elemento social codiciado por muchos príncipes y gobernantes italianos. Tampoco los papas pudieron permanecer indiferentes ante las amplias posibilidades comerciales que estos mercaderes y hombres de negocios les abrían. Es así que incluso los príncipes de la Iglesia Católica optaron por no prestar atención al origen de aquellos judíos ponentinos, que no eran sino excristianos nuevos que habiéndose desentendido de su bautismo se plegaron a la fe judaica.

Para evitarles inconvenientes con cualquier autoridad secular o eclesiástica, les fueron otorgados privilegios y franquicias que los excluían de toda posible investigación respecto a su pasado. Esta actitud tan magnánima, condicionada por un evidente pragmatismo, permitió el establecimiento de comunidades sefardíes en Ancona, Ferrara y Florencia. En la ciudad de Ferrara, los duques d'Este permitieron el asentamiento ya desde 1492. En 1538 el duque Ercole II invita expresamente a venir a todos los judíos de España o que hablen español o portugués, produciendo el efecto deseado: la afluencia de judíos orientales y criptojudíos portugueses, que contribuyen a animar no sólo la vida comercial de la ciudad sino también la cultural. En la imprenta ferrarina de Abraham Usque y Yom Tob Atias (ambos de origen portugués) se imprime en 1553 una de las obras capitales de la literatura de los sefardíes: la Biblia de Ferrara, traducción ladinada (es decir, calcada del hebreo con palabras españolas) que continúa la tradición de romanceamientos bíblicos medievales y que se seguirá imprimiendo hasta el siglo XVIII. Y en la misma imprenta el hermano de Abraham, Samuel Usque, publicará una de las obras más importantes de la literatura de los sefardíes portugueses: la Consolaçam as tribulaçoens de Israel (Díaz Más, 1986, p. 55 y ss).

Otras ciudades de Italia habían imitado el ejemplo de Ferrara, admitiendo a los expulsados de la Península Ibérica y sus descendientes: así, los duques de Toscana procuraron atraer por su buena fama de comerciantes a marranos a las ciudades de Pisa y Liorna, cuyas comunidades judías adquirieron así un fuerte componente sefardí. El puerto de Ancona, tan importante para la economía del estado papal, se convirtió, gracias a la actividad de sus mercaderes judíos, en un centro vital para el tráfico con Ragusa y desde allí con Vallona, Salónica y Constantinopla. Esta situación cambió radicalmente en tiempos de Paulo IV, que concebía semejante actitud como sacrílega por lo que anuló todos los privilegios concedidos por sus antecesores a los judíos de sus estados.

Los comienzos de los sefardíes en Venecia no fueron fáciles, porque en esta ciudad no había comunidad judía constituida en el momento de la expulsión. Sin embargo, poco a poco fueron asentándose judíos (sefardíes y de otros orígenes) en el Véneto, y ya en 1513 se les autorizó a vivir dentro de la ciudad, en una isla que se llamó el Ghetto Nuovo. Venecia, con su pujante actividad comercial fue asentamiento de muchos comerciantes y también una importante escala para otros que, tras pasar unos años en la ciudad acabaron por asentarse en el vecino imperio turco. Venecia se convirtió indudablemente en el centro más importante de la diáspora sefardí occidental, desde finales del siglo XVI. Muchos conversos de la Península Ibérica optaron por mantener su identidad cristiana. Otros continuaron con la doble vida de criptojudíos que los caracterizará allí. A mediados del siglo XVI fueron expulsados de la ciudad todos los habitantes cristianos nuevos, ante la firme e insistente presión de los comerciantes locales. Pero cuando las autoridades de la República Veneciana tomaron conciencia de que los comerciantes judíos levantinos y ponentinos por igual eran los únicos dispuestos a tomar sobre sí los riesgos que acarreaban las largas y peligrosas travesías al Oriente, les concedieron la posibilidad de volver a establecerse en la ciudad, ofreciendo incluso incentivos para los que volviesen o se asentasen allí por primera vez. 

Hamburgo y Amsterdam.

Las comunidades de Hamburgo y Amsterdam se desarrollaron después de la rebelión de las Provincias Unidas contra el dominio español, y llegaron a ser los grandes centros del judaísmo sefardí en el NE europeo. La caída de Amberes en 1585 en manos, de las fuerzas españolas provocó una impresionante ola inmigratoria y muchos comerciantes calvinistas de aquella ciudad prefirieron refugiarse en las Provincias del Norte. Con ellos llegaron algunos hombres de negocios de la "nación portuguesa" de Amberes, que alrededor de 1570 contaba con por lo menos 400 miembros y había sido uno de los centros económicos más importantes de la diáspora conversa.

La colonia de mercaderes portugueses en Hamburgo comenzó a desarrollarse, y hacia finales del siglo XVI se perfilaba como el centro más importante de Europa del norte en lo concerniente al tráfico del azúcar, las especias y otros productos coloniales . En 1595 una docena de familias portuguesas recibió el permiso oficial para establecerse en aquella ciudad, siendo ellos los que sentaron las bases de la futura comunidad sefardí hamburguesa. A pesar de ser una ciudad en la que predominaba la religión luterana, Hamburgo se mostró relativamente tolerante con la minoría católica que vivía en su seno, y dentro de esta minoría se hallaban también los cristianos nuevos portugueses. Pero desde el momento en que fue detectado el carácter criptojudío de estos mercaderes lusitanos, se comenzaron a esgrimir argumentos contra su presencia en la ciudad. Las voces más vehementes contra el establecimiento de los "portugueses" en Hamburgo provenían de las filas de los mercaderes locales. La comunidad portuguesa de Amsterdam también cobraba importancia por entonces. La tregua con España permitió nuevamente a los navíos holandeses el libre acceso a los puertos lusitanos y castellanos y Amsterdam se convirtió en la "Venecia del Norte". Su fabuloso crecimiento económico atrajo a nuevos grupos de comerciantes criptojudíos provenientes de la Península Ibérica. Amsterdam asumió la hegemonía del mundo mercantil sefardí sustituyendo a Hamburgo, que fue relegada a segundo lugar. A partir de 1 62 1, cuando la reanudación de las hostilidades con España afectó seriamente al comercio entre Holanda y la Península Ibérica, volvió a tener la comunidad portuguesa de Hamburgo varios años de crecimiento, a cuenta del receso de Amsterdam. Muchos miembros de la "nación portuguesa" optaron por trasladarse al próspero centro hanseático, que parecía volver a ostentar el liderazgo en el mundo de los negocios de la diáspora sefardí. Efímera prosperidad pues a finales del XVII la comunidad hamburguesa decayó definitivamente. Por otra parte, como veremos más adelante, los sefardíes de Amsterdam no tardaron mucho en recuperarse del impacto de la guerra con España y a pesar del receso económico la comunidad logró revivir y recobrar su ahora indisputable hegemonía en toda la diáspora sefardí occidental. La comunidad amsterdama puede considerarse sin lugar a dudas, a partir del siglo XVII, como la "madre" de la diáspora judeo-españolaportuguesa del occidente. Las tres congregaciones que hasta entonces existían se unificaron en 1652 para formar la comunidad de "Beth Israel". Durante todo este periodo también vivían en Hamburgo judíos askenazíes, que buscaron su albergue en aquella ciudad. La riqueza y opulencia de sus correligionarios sefardíes destacaba aún más el estado de pobreza de estos askenazíes que procedentes de Europa Oriental y, a causa de las constantes persecuciones que se producían en aquellas partes, habían buscado refugio junto a sus correligionarios, quienes en la medida de lo posible se lo prestaron, pero siempre fueron considerados como miembros de una clase inferior, tanto por las autoridades de Hamburgo como por sus correligionarios sefardíes.

De todas maneras, a comienzos del siglo XVII, ni las autoridades de Amsterdam ni los gobernantes de la provincia holandesa habían tomado aún alguna decisión con respecto al establecimiento de una comunidad judía en el lugar. Pero ya desde entonces, a pesar de no haber sido reconocidos de iure, estos mercaderes portugueses y españoles gozaron de ciertas libertades y de una relativa tolerancia religiosa, que les permitió ejercer, aunque solo fuera en privado, el culto judaico sin ser perseguidos ni molestados. Entre los años 1602 y 1604 se fundó la primera congregación cuyo nombre fue "Bet Yaskob", en homenaje a Jacob Tirado, un importante hombre de negocios que fue al mismo tiempo uno de sus principales promotores.

Pero aunque la población sefardí en Amsterdam fue creciendo y desarrollándose a pasos acelerados desde comienzos del siglo XVII. Su reconocimiento jurídico tardó mucho tiempo en llegar. De todas formas, los sefardíes de Amsterdam se habían consolidado como factor social y económico de significativa importancia tanto para la ciudad como para la República. Nunca se vieron forzados a vivir en barrios o en calles determinadas pero desde un principio prefirieron vivir concentrados en una misma zona. Es así como su gran mayoría se domiciliaba en las calles de Houtgracht, Vloyenburg y Breedestraat. En esta última vivió Rembrandt, siendo sus vecinos judíos portugueses. Es probable que su cercanía haya contribuido al interés del artista por los temas judíos.

A partir de los años cuarenta del siglo XVII fue cuando se dio el formidable crecimiento de esta comunidad. La independencia de Portugal en 1640 abrió nuevamente a los sefardíes de Amsterdam el acceso a los puertos lusitanos y fue así como comenzó un nuevo período de prosperidad económica para la comunidad. Una vez firmada la paz entre España y la República holandesa en 1648, se abrieron nuevas posibilidades para el tráfico con la Península Ibérica y fue a partir de entonces cuando los grandes comerciantes sefardíes de Amsterdam consolidaron sus grandes empresas. Nuevas olas de inmigrantes conversos multiplicaron el número de sefardíes en la ciudad. Muchos recién llegados escaparon de España tras la caída del conde duque de Olivares y la subsiguiente crisis financiera. Banqueros y asentistas de Felipe IV, entre los que figuraban algunas de las personalidades más descollantes en el mundo de las finanzas de la "nación", huyeron de Madrid y de Amberes para instalarse en Amsterdam, Hamburgo y otros centros comerciales. Además de los famosos hermanos Pinto, llegaron a la metrópoli holandesa los hermanos Pereyra, el barón Antonio Lópes Suasso, que fue indudablemente el más acaudalado miembro de la comunidad judía amsterdama, y algunos más.

Es así que cuando en 1657 los judíos fueron reconocidos como ciudadanos de la República Holandesa, la comunidad sefardí de Amsterdam había alcanzado ya su plenitud. El número de sus miembros siguió creciendo hasta llegar a dos mil quinientos en 1672. A ellos se sumaban otros dos mil judíos alemanes que habían entrado en Holanda hacia 1635 y formado su propia congregación en Amsterdam, la llamada Hochdeutsche Gemeinde de habla judeoalemana, además de otros quinientos de origen polaco y lituano penetraron en estas tierras hacia 1655, fugitivos de la invasión sueca. En aquel año la población total de Amsterdam llegaba ya a los doscientos mil habitantes.

Durante sus primeras décadas de existencia la comunidad amsterdama contó con la presencia de autoridades rabínicas que llegaron de los centros sefardíes del Imperio Otomano y de Italia. Uno de los más célebres rabinos de aquel entonces fue José Pardo, que ejerció de Haham (rabino) durante varios años en la comunidad de Beth Yaacob. En el último cuarto del siglo XVII actuó en Amsterdam, también como rabino, Jacob Sasportas, una de la autoridades rabínicas más singulares del mundo sefardí occidental, que imprimió su sello en la vida espiritual de la ciudad, tanto por Sus sólidos conocimientos como por su fuerte personalidad. Sasportas, que sirvió también en el rabinato de las comunidades de Londres, Hamburgo y Liorna, es conocido fundamentalmente por su combativa postura contra el movimiento mesiánico de Sabetai Zevi, que en los años de 1665-66, cuando alcanzara su auge en Oriente, tuvo repercusiones en las comunidades sefardíes occidentales. Si bien a lo largo del siglo XVII se manifestaron expresiones heterodoxas en todo el mundo sefardí, fue en Amsterdam donde se produjeron las eclosiones más dramáticas y de mayor trascendencia intelectual. Era natural que el mundo de la halajá judía, con sus rígidos preceptos, produjera resistencia y oposición entre algunos de los cristianos nuevos reconvertidos al judaísmo. La Ley Oral era para muchos de ellos irreconciliable con la razón, y no tenía ningún asidero en las Sagradas Escrituras. Uriel D'Acosta, por ejemplo, un converso portugués de Oporto, negó abiertamente la validez del Talmud y de los escritos talmúdicos y fue excomulgado por las comunidades de Venecia, Hamburgo y Amsterdam.

Pero mayor repercusión tuvo la crisis provocada por la actuación de Juan Prado y Benito Espinosa durante los años cincuenta del siglo XVII. Prado, un médico de origen portugués, que ya se había decantado por una concepción deísta siendo aún criptojudío en España, se convirtió en activo detractor de la Ley Oral después de haber llegado a Amsterdam en el año 1654. Su encuentro con el joven Espinosa, nacido en Amsterdam e hijo de padre converso que retornó al judaísmo, parece haber encendido en ellos la llama de la rebelión y ambos fueron excomulgados por la comunidad sefardí de Amsterdam: Espinosa en 1656, Prado en 1658, después de haberse retractado dos años antes. Este último, según parece no sólo negó la autoridad talmúdica y rabínica, sino también el origen divino del Antiguo Testamento y la idea de la elección del pueblo de Israel. Es probable que algunas de las concepciones de Espinosa sobre la crítica del texto bíblico y sobre el judaísmo en general, que años más tarde expusiera en su Tratado Teológico Político, ya hubieran germinado en aquel convulsionado periodo.

La expulsión de Prado y Espinosa no acabó con la efervescencia intelectual en el ámbito de los sefardíes occidentales. Los múltiples tratados y obras apologéticas escritas hasta mediados del siglo XVIII, fundamentalmente en Amsterdam, pero también en otros centros de la ''nación', en- donde continuamente se ataca a las concepciones heterodoxas prevalecientes, atestiguan la existencia de corrientes y voces divergentes dentro de la diáspora sefardí occidental, que seguían cuestionando la autoridad rabínica, la validez de la herencia talmúdica y el particularismo y la exclusividad de la religión judía.

La organización comunitaria estuvo en gran parte inspirada en la de Venecia, donde también había un importante componente de origen sefardí, como hemos visto. Contaba con instituciones de asistencia a los pobres y enfermos, honras fúnebres, dotes para doncellas pobres, ayuda a los judíos de Palestina y a los cautivos -en una época en que la piratería convertía el cautiverio en un infortunio bastante frecuente y, sobre todo, con instituciones educativas, la más importante de las cuales fue la llamada Etz Havim (árbol de la vida) El nivel cultural de los judíos de los Países Bajos fue elevadísimo, con un número notable de doctores de la Ley y de cabalistas y una auténtica pasión por la polémica religiosa y filosófica. Fueron numerosas las imprentas que producían libros en hebreo, en español, en portugués y en yidich (la lengua de los judíos centroeuropeos); allí se publicó, de 1675 a 1 697, el primer periódico judío, La Gazeta de Amsterdam, que recogía, en español, noticias sobre todo relacionadas con el mundo de los negocios. Se tradujeron al español libros de autores hispanojudíos medievales, como las obras de Maimónides, la crónica de historia judía Sebet Yehudá de Selomón Ibn Verga (de fines del siglo XV) o el Kuzari de Yehudah Ha-Levi (siglo XII). Hasta el siglo XVIII se escribieron y publicaron obras de creación autóctona en español y portugués, como las meditaciones filosóficas de Abraham Pereira, Certeza del camino (1666) y Espejo de la vanidad del mundo (1671), la historia de la comunidad de Amsterdam redactada por Daniel Leví de Barrios bajo el título de Triunfo del gobierno popular (1683) o la curiosa sátira sobre la Bolsa de Amsterdam Confusión de confusiones (1688), de Yosef Penso de la Vega.

Podemos señalar, por último,  que la actividad mercantil y bancaria de los judíos sefardíes de Amsterdam vertebró en parte considerable la expansión mercantil e imperial de Holanda en el siglo XVII y se identifica con esa expansión. A bordo de naves holandesas, que muchas veces eran suyas, los judíos de Amsterdam se asentaron pronto en la futura metrópoli de Nueva Amsterdam (más tarde Nueva York); y contribuyeron de forma decisiva a la gran experiencia conquistadora y colonizadora de los holandeses en el norte de Brasil bajo el mando del príncipe Mauricio de Nassau a partir de 1 630, mientras se establecían en otras factorías holandesas del Caribe, como la isla de Curaçao y la Guayana. Cuando pasada la mitad de ese siglo los brasileños y los portugueses, que habían contado antes con una eficaz ayuda española, acabaron con el dominio holandés en Brasil, muchos judíos de Amsterdam quedaron, sin embargo, en el territorio, y otros se dispersaron por otras ciudades de América, como Río de Janeiro (llamada por ellos la Roca de Israel) y Buenos Aires, que veremos más tarde.