LECTURA NÚMERO 2
LA DIÁSPORA SEFARDITA
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Ya hemos visto la
situación de los judíos en el siglo XV, veamos en los textos
siguientes cómo fue esta Diáspora o exilio de los ya sefarditas.
Diáspora
sefardita
¿Que fue
de aquellos judíos españoles que, tras ser expulsados de
su país, consiguieron llegar a tierra extranjera? Muchos de ellos
fueron a Portugal, pero allí poco les duró la dicha porque
también fueron expulsados cinco años después. Comenzó
entonces una diáspora de españoles de religión judía
que se dispersaron por todo el mundo entonces conocido.
Francia
En este país,
del que habían sido expulsados los judíos en 1394, se afincaron
decenas de conversos portugueses a partir de la primera mitad del siglo
XVI. Obviamente muchos conversos que huían del peligro inquisitorial
preferían refugiarse en las vecinas localidades fronterizas de Francia,
especialmente al sudoeste del país. En 1550 el rey Enrique II les
otorgó el permiso oficial para poder establecerse en cualquier parte
del territorio francés y gozar de la protección real.
Desde entonces,
en sitios como Bayona, Burdeos, Labastide-Clairence, Peyrehorade, etc.,
se fueron formando asentamientos de cristianos nuevos, que en su gran mayoría
eran criptojudíos. Casi todos estos asentamientos perduraron bajo
estas mismas características hasta comienzos del siglo XVIII, cuando
Luis XV les permitió declarar abiertamente su judaísmo. El
privilegio otorgado en junio de 1723 en Meudon les concedió el derecho
de ejercer libremente su culto judaico, y desde entonces las Nations portugaises
de las diferentes localidades se fueron convirtiendo paulatinamente en
Nations juives portugaises, según señala Kaplan.
A principios del
siglo XVIII se planteó el problema de los entierros, y los judíos
de Francia iniciaron la lucha por tener sus propios cementerios. Es interesante
este aspecto porque se organizarán en dos bandos reveladores de
su origen: uno claramente meridional, y por tanto sefardí, y otro
septentrional y más bien compuesto por judíos askenazíes.
En vísperas de la Revolución Francesa se estima que vivían
en Francia unos 40.000 judíos, de los que un 20% aproximadamente
eran sefardíes, asentados principalmente en Bayona y Burdeos.
Bayona y Burdeos
fueron las dos comunidades más importantes del sefardismo francés.
La primera se destacó por la intensa actividad religiosa que caracterizó
su vida comunitaria. La segunda hizo más hincapié en la esfera
económica, en la que descollaron algunos de sus miembros más
adinerados. Los judíos de esta ciudad, cuyo fervor religioso fue
mucho menos pronunciado que el de sus correligionarios de Bayona, se destacaron
más en la creación de valores culturales laicos. Muchos de
ellos se habían formado académicamente en las universidades
de Salamanca o Alcalá de Henares. Leyendo a Kaiserling se comprueba
la preparación humanística y el dominio de la lengua y literatura
que tenían estos sefardíes del sur de Francia.
Italia
Hasta la llegada
de los desterrados de España y Portugal la población judía
en los diferentes estados italianos era muy reducida, y debido a su gran
dispersión geográfica, su presencia social y cultural casi
permaneció desapercibida en los primeros momentos, aunque en ciertos
lugares como Roma y Ferrara, por ejemplo, hallaron asilo algunos de los
expulsados de España en 1492, y tal vez puedan estos exilados ser
considerados como los pioneros del judaísmo sefardí en Italia.
El propio papa Alejandro VI (de origen español, ya que pertenecía
a la familia valenciana de los Borja, italianizados como Borgia) acogió
bien en los territorios pontificios de Italia y Francia tanto a los judíos
expulsos como a los conversos. Sabemos que en 1524, en época de
Clemente VII, había en Roma una sinagoga llamada de los catalanes
y otra de los castellano-aragoneses, evidentemente constituidas por judíos
expulsos. La situación, empero, se deteriora con el pontificado
de Pablo IV (1555-1559), quien obliga a los judíos a vivir en los
barrios más insalubres de Roma, les impone el uso de distintivos
en la ropa y les prohibe determinadas actividades comerciales. Es también
durante este papado cuando la Inquisición abre un gran proceso contra
los marranos o criptojudíos de Ancona. Pero las primeras corrientes
inmigratorias que imprimieron un sello significativo en el judaísmo
sefardí italiano llegaron en la cuarta década del siglo XVI.
Por aquel entonces comenzaron a establecerse en diferentes localidades
italianas grupos de judíos levantinos provenientes del Imperio Otomano
de los cuales un elevado porcentaje era de origen ibérico. A ellos
se fueron sumando por esos mismos años nuevas olas de refugiados
lusitanos que escaparon de las primeras persecuciones inquisitoriales en
Portugal. Pero no todos los conversos que arribaron al territorio italiano
optaron por plegarse al judaísmo, no faltaron quienes prefirieron
mantener la identidad cristiana, algunos por convicción religiosa,
otros por conveniencia social y económica. La cuestión es
que una importante masa de estos refugiados optó por asumir declaradamente
su identidad judía. En Italia se les designaba con el nombre de
"ponentinos", para diferenciarlos de los "levantinos" que llegaron del
oriente.
Rápidamente
se integraron a una extensa red de firmas comerciales y financieras que
se extendía desde el Imperio otomano hasta los Países Bajos
y aunaban intereses económicos de judíos y conversos por
igual.
Muchos de ellos
se destacaron como empresarios de gran creatividad y banqueros de vastos
recursos, en conjunto desempeñaron un papel preponderante en el
tráfico mediterráneo, muy particularmente en el que se llevaba
a cabo entre Italia y el Imperio Otomano. Su experiencia comercial y su
falta de miedo ante el riesgo económico, los convirtió en
un elemento social codiciado por muchos príncipes y gobernantes
italianos. Tampoco los papas pudieron permanecer indiferentes ante las
amplias posibilidades comerciales que estos mercaderes y hombres de negocios
les abrían. Es así que incluso los príncipes de la
Iglesia Católica optaron por no prestar atención al origen
de aquellos judíos ponentinos, que no eran sino excristianos nuevos
que habiéndose desentendido de su bautismo se plegaron a la fe judaica.
Para evitarles inconvenientes
con cualquier autoridad secular o eclesiástica, les fueron otorgados
privilegios y franquicias que los excluían de toda posible investigación
respecto a su pasado. Esta actitud tan magnánima, condicionada por
un evidente pragmatismo, permitió el establecimiento de comunidades
sefardíes en Ancona, Ferrara y Florencia. En la ciudad de Ferrara,
los duques d'Este permitieron el asentamiento ya desde 1492. En 1538 el
duque Ercole II invita expresamente a venir a todos los judíos de
España o que hablen español o portugués, produciendo
el efecto deseado: la afluencia de judíos orientales y criptojudíos
portugueses, que contribuyen a animar no sólo la vida comercial
de la ciudad sino también la cultural. En la imprenta ferrarina
de Abraham Usque y Yom Tob Atias (ambos de origen portugués) se
imprime en 1553 una de las obras capitales de la literatura de los sefardíes:
la Biblia de Ferrara, traducción ladinada (es decir, calcada del
hebreo con palabras españolas) que continúa la tradición
de romanceamientos bíblicos medievales y que se seguirá imprimiendo
hasta el siglo XVIII. Y en la misma imprenta el hermano de Abraham, Samuel
Usque, publicará una de las obras más importantes de la literatura
de los sefardíes portugueses: la Consolaçam as tribulaçoens
de Israel (Díaz Más, 1986, p. 55 y ss).
Otras ciudades de
Italia habían imitado el ejemplo de Ferrara, admitiendo a los expulsados
de la Península Ibérica y sus descendientes: así,
los duques de Toscana procuraron atraer por su buena fama de comerciantes
a marranos a las ciudades de Pisa y Liorna, cuyas comunidades judías
adquirieron así un fuerte componente sefardí. El puerto de
Ancona, tan importante para la economía del estado papal, se convirtió,
gracias a la actividad de sus mercaderes judíos, en un centro vital
para el tráfico con Ragusa y desde allí con Vallona, Salónica
y Constantinopla. Esta situación cambió radicalmente en tiempos
de Paulo IV, que concebía semejante actitud como sacrílega
por lo que anuló todos los privilegios concedidos por sus antecesores
a los judíos de sus estados.
Los comienzos de
los sefardíes en Venecia no fueron fáciles, porque en esta
ciudad no había comunidad judía constituida en el momento
de la expulsión. Sin embargo, poco a poco fueron asentándose
judíos (sefardíes y de otros orígenes) en el Véneto,
y ya en 1513 se les autorizó a vivir dentro de la ciudad, en una
isla que se llamó el Ghetto Nuovo. Venecia, con su pujante actividad
comercial fue asentamiento de muchos comerciantes y también una
importante escala para otros que, tras pasar unos años en la ciudad
acabaron por asentarse en el vecino imperio turco. Venecia se convirtió
indudablemente en el centro más importante de la diáspora
sefardí occidental, desde finales del siglo XVI. Muchos conversos
de la Península Ibérica optaron por mantener su identidad
cristiana. Otros continuaron con la doble vida de criptojudíos que
los caracterizará allí. A mediados del siglo XVI fueron expulsados
de la ciudad todos los habitantes cristianos nuevos, ante la firme e insistente
presión de los comerciantes locales. Pero cuando las autoridades
de la República Veneciana tomaron conciencia de que los comerciantes
judíos levantinos y ponentinos por igual eran los únicos
dispuestos a tomar sobre sí los riesgos que acarreaban las largas
y peligrosas travesías al Oriente, les concedieron la posibilidad
de volver a establecerse en la ciudad, ofreciendo incluso incentivos para
los que volviesen o se asentasen allí por primera vez.
Hamburgo
y Amsterdam.
Las comunidades
de Hamburgo y Amsterdam se desarrollaron después de la rebelión
de las Provincias Unidas contra el dominio español, y llegaron a
ser los grandes centros del judaísmo sefardí en el NE europeo.
La caída de Amberes en 1585 en manos, de las fuerzas españolas
provocó una impresionante ola inmigratoria y muchos comerciantes
calvinistas de aquella ciudad prefirieron refugiarse en las Provincias
del Norte. Con ellos llegaron algunos hombres de negocios de la "nación
portuguesa" de Amberes, que alrededor de 1570 contaba con por lo menos
400 miembros y había sido uno de los centros económicos más
importantes de la diáspora conversa.
La colonia de mercaderes
portugueses en Hamburgo comenzó a desarrollarse, y hacia finales
del siglo XVI se perfilaba como el centro más importante de Europa
del norte en lo concerniente al tráfico del azúcar, las especias
y otros productos coloniales . En 1595 una docena de familias portuguesas
recibió el permiso oficial para establecerse en aquella ciudad,
siendo ellos los que sentaron las bases de la futura comunidad sefardí
hamburguesa. A pesar de ser una ciudad en la que predominaba la religión
luterana, Hamburgo se mostró relativamente tolerante con la minoría
católica que vivía en su seno, y dentro de esta minoría
se hallaban también los cristianos nuevos portugueses. Pero desde
el momento en que fue detectado el carácter criptojudío de
estos mercaderes lusitanos, se comenzaron a esgrimir argumentos contra
su presencia en la ciudad. Las voces más vehementes contra el establecimiento
de los "portugueses" en Hamburgo provenían de las filas de los mercaderes
locales. La comunidad portuguesa de Amsterdam también cobraba importancia
por entonces. La tregua con España permitió nuevamente a
los navíos holandeses el libre acceso a los puertos lusitanos y
castellanos y Amsterdam se convirtió en la "Venecia del Norte".
Su fabuloso crecimiento económico atrajo a nuevos grupos de comerciantes
criptojudíos provenientes de la Península Ibérica.
Amsterdam asumió la hegemonía del mundo mercantil sefardí
sustituyendo a Hamburgo, que fue relegada a segundo lugar. A partir de
1 62 1, cuando la reanudación de las hostilidades con España
afectó seriamente al comercio entre Holanda y la Península
Ibérica, volvió a tener la comunidad portuguesa de Hamburgo
varios años de crecimiento, a cuenta del receso de Amsterdam. Muchos
miembros de la "nación portuguesa" optaron por trasladarse al próspero
centro hanseático, que parecía volver a ostentar el liderazgo
en el mundo de los negocios de la diáspora sefardí. Efímera
prosperidad pues a finales del XVII la comunidad hamburguesa decayó
definitivamente. Por otra parte, como veremos más adelante, los
sefardíes de Amsterdam no tardaron mucho en recuperarse del impacto
de la guerra con España y a pesar del receso económico la
comunidad logró revivir y recobrar su ahora indisputable hegemonía
en toda la diáspora sefardí occidental. La comunidad amsterdama
puede considerarse sin lugar a dudas, a partir del siglo XVII, como la
"madre" de la diáspora judeo-españolaportuguesa del occidente.
Las tres congregaciones que hasta entonces existían se unificaron
en 1652 para formar la comunidad de "Beth Israel". Durante todo este periodo
también vivían en Hamburgo judíos askenazíes,
que buscaron su albergue en aquella ciudad. La riqueza y opulencia de sus
correligionarios sefardíes destacaba aún más el estado
de pobreza de estos askenazíes que procedentes de Europa Oriental
y, a causa de las constantes persecuciones que se producían en aquellas
partes, habían buscado refugio junto a sus correligionarios, quienes
en la medida de lo posible se lo prestaron, pero siempre fueron considerados
como miembros de una clase inferior, tanto por las autoridades de Hamburgo
como por sus correligionarios sefardíes.
De todas maneras,
a comienzos del siglo XVII, ni las autoridades de Amsterdam ni los gobernantes
de la provincia holandesa habían tomado aún alguna decisión
con respecto al establecimiento de una comunidad judía en el lugar.
Pero ya desde entonces, a pesar de no haber sido reconocidos de iure, estos
mercaderes portugueses y españoles gozaron de ciertas libertades
y de una relativa tolerancia religiosa, que les permitió ejercer,
aunque solo fuera en privado, el culto judaico sin ser perseguidos ni molestados.
Entre los años 1602 y 1604 se fundó la primera congregación
cuyo nombre fue "Bet Yaskob", en homenaje a Jacob Tirado, un importante
hombre de negocios que fue al mismo tiempo uno de sus principales promotores.
Pero aunque la población
sefardí en Amsterdam fue creciendo y desarrollándose a pasos
acelerados desde comienzos del siglo XVII. Su reconocimiento jurídico
tardó mucho tiempo en llegar. De todas formas, los sefardíes
de Amsterdam se habían consolidado como factor social y económico
de significativa importancia tanto para la ciudad como para la República.
Nunca se vieron forzados a vivir en barrios o en calles determinadas pero
desde un principio prefirieron vivir concentrados en una misma zona. Es
así como su gran mayoría se domiciliaba en las calles de
Houtgracht, Vloyenburg y Breedestraat. En esta última vivió
Rembrandt, siendo sus vecinos judíos portugueses. Es probable que
su cercanía haya contribuido al interés del artista por los
temas judíos.
A partir de los
años cuarenta del siglo XVII fue cuando se dio el formidable crecimiento
de esta comunidad. La independencia de Portugal en 1640 abrió nuevamente
a los sefardíes de Amsterdam el acceso a los puertos lusitanos y
fue así como comenzó un nuevo período de prosperidad
económica para la comunidad. Una vez firmada la paz entre España
y la República holandesa en 1648, se abrieron nuevas posibilidades
para el tráfico con la Península Ibérica y fue a partir
de entonces cuando los grandes comerciantes sefardíes de Amsterdam
consolidaron sus grandes empresas. Nuevas olas de inmigrantes conversos
multiplicaron el número de sefardíes en la ciudad. Muchos
recién llegados escaparon de España tras la caída
del conde duque de Olivares y la subsiguiente crisis financiera. Banqueros
y asentistas de Felipe IV, entre los que figuraban algunas de las personalidades
más descollantes en el mundo de las finanzas de la "nación",
huyeron de Madrid y de Amberes para instalarse en Amsterdam, Hamburgo y
otros centros comerciales. Además de los famosos hermanos Pinto,
llegaron a la metrópoli holandesa los hermanos Pereyra, el barón
Antonio Lópes Suasso, que fue indudablemente el más acaudalado
miembro de la comunidad judía amsterdama, y algunos más.
Es así que
cuando en 1657 los judíos fueron reconocidos como ciudadanos de
la República Holandesa, la comunidad sefardí de Amsterdam
había alcanzado ya su plenitud. El número de sus miembros
siguió creciendo hasta llegar a dos mil quinientos en 1672. A ellos
se sumaban otros dos mil judíos alemanes que habían entrado
en Holanda hacia 1635 y formado su propia congregación en Amsterdam,
la llamada Hochdeutsche Gemeinde de habla judeoalemana, además de
otros quinientos de origen polaco y lituano penetraron en estas tierras
hacia 1655, fugitivos de la invasión sueca. En aquel año
la población total de Amsterdam llegaba ya a los doscientos mil
habitantes.
Durante sus primeras
décadas de existencia la comunidad amsterdama contó con la
presencia de autoridades rabínicas que llegaron de los centros sefardíes
del Imperio Otomano y de Italia. Uno de los más célebres
rabinos de aquel entonces fue José Pardo, que ejerció de
Haham (rabino) durante varios años en la comunidad de Beth Yaacob.
En el último cuarto del siglo XVII actuó en Amsterdam, también
como rabino, Jacob Sasportas, una de la autoridades rabínicas más
singulares del mundo sefardí occidental, que imprimió su
sello en la vida espiritual de la ciudad, tanto por Sus sólidos
conocimientos como por su fuerte personalidad. Sasportas, que sirvió
también en el rabinato de las comunidades de Londres, Hamburgo y
Liorna, es conocido fundamentalmente por su combativa postura contra el
movimiento mesiánico de Sabetai Zevi, que en los años de
1665-66, cuando alcanzara su auge en Oriente, tuvo repercusiones en las
comunidades sefardíes occidentales. Si bien a lo largo del siglo
XVII se manifestaron expresiones heterodoxas en todo el mundo sefardí,
fue en Amsterdam donde se produjeron las eclosiones más dramáticas
y de mayor trascendencia intelectual. Era natural que el mundo de la halajá
judía, con sus rígidos preceptos, produjera resistencia y
oposición entre algunos de los cristianos nuevos reconvertidos al
judaísmo. La Ley Oral era para muchos de ellos irreconciliable con
la razón, y no tenía ningún asidero en las Sagradas
Escrituras. Uriel D'Acosta, por ejemplo, un converso portugués de
Oporto, negó abiertamente la validez del Talmud y de los escritos
talmúdicos y fue excomulgado por las comunidades de Venecia, Hamburgo
y Amsterdam.
Pero mayor repercusión
tuvo la crisis provocada por la actuación de Juan Prado y Benito
Espinosa durante los años cincuenta del siglo XVII. Prado, un médico
de origen portugués, que ya se había decantado por una concepción
deísta siendo aún criptojudío en España, se
convirtió en activo detractor de la Ley Oral después de haber
llegado a Amsterdam en el año 1654. Su encuentro con el joven Espinosa,
nacido en Amsterdam e hijo de padre converso que retornó al judaísmo,
parece haber encendido en ellos la llama de la rebelión y ambos
fueron excomulgados por la comunidad sefardí de Amsterdam: Espinosa
en 1656, Prado en 1658, después de haberse retractado dos años
antes. Este último, según parece no sólo negó
la autoridad talmúdica y rabínica, sino también el
origen divino del Antiguo Testamento y la idea de la elección del
pueblo de Israel. Es probable que algunas de las concepciones de Espinosa
sobre la crítica del texto bíblico y sobre el judaísmo
en general, que años más tarde expusiera en su Tratado Teológico
Político, ya hubieran germinado en aquel convulsionado periodo.
La expulsión
de Prado y Espinosa no acabó con la efervescencia intelectual en
el ámbito de los sefardíes occidentales. Los múltiples
tratados y obras apologéticas escritas hasta mediados del siglo
XVIII, fundamentalmente en Amsterdam, pero también en otros centros
de la ''nación', en- donde continuamente se ataca a las concepciones
heterodoxas prevalecientes, atestiguan la existencia de corrientes y voces
divergentes dentro de la diáspora sefardí occidental, que
seguían cuestionando la autoridad rabínica, la validez de
la herencia talmúdica y el particularismo y la exclusividad de la
religión judía.
La organización
comunitaria estuvo en gran parte inspirada en la de Venecia, donde también
había un importante componente de origen sefardí, como hemos
visto. Contaba con instituciones de asistencia a los pobres y enfermos,
honras fúnebres, dotes para doncellas pobres, ayuda a los judíos
de Palestina y a los cautivos -en una época en que la piratería
convertía el cautiverio en un infortunio bastante frecuente y, sobre
todo, con instituciones educativas, la más importante de las cuales
fue la llamada Etz Havim (árbol de la vida) El nivel cultural de
los judíos de los Países Bajos fue elevadísimo, con
un número notable de doctores de la Ley y de cabalistas y una auténtica
pasión por la polémica religiosa y filosófica. Fueron
numerosas las imprentas que producían libros en hebreo, en español,
en portugués y en yidich (la lengua de los judíos centroeuropeos);
allí se publicó, de 1675 a 1 697, el primer periódico
judío, La Gazeta de Amsterdam, que recogía, en español,
noticias sobre todo relacionadas con el mundo de los negocios. Se tradujeron
al español libros de autores hispanojudíos medievales, como
las obras de Maimónides, la crónica de historia judía
Sebet Yehudá de Selomón Ibn Verga (de fines del siglo XV)
o el Kuzari de Yehudah Ha-Levi (siglo XII). Hasta el siglo XVIII se escribieron
y publicaron obras de creación autóctona en español
y portugués, como las meditaciones filosóficas de Abraham
Pereira, Certeza del camino (1666) y Espejo de la vanidad del mundo (1671),
la historia de la comunidad de Amsterdam redactada por Daniel Leví
de Barrios bajo el título de Triunfo del gobierno popular
(1683) o la curiosa sátira sobre la Bolsa de Amsterdam Confusión
de confusiones (1688), de Yosef Penso de la Vega.
Podemos señalar,
por último, que la actividad mercantil y bancaria de los judíos
sefardíes de Amsterdam vertebró en parte considerable la
expansión mercantil e imperial de Holanda en el siglo XVII y se
identifica con esa expansión. A bordo de naves holandesas, que muchas
veces eran suyas, los judíos de Amsterdam se asentaron pronto en
la futura metrópoli de Nueva Amsterdam (más tarde Nueva York);
y contribuyeron de forma decisiva a la gran experiencia conquistadora y
colonizadora de los holandeses en el norte de Brasil bajo el mando del
príncipe Mauricio de Nassau a partir de 1 630, mientras se establecían
en otras factorías holandesas del Caribe, como la isla de Curaçao
y la Guayana. Cuando pasada la mitad de ese siglo los brasileños
y los portugueses, que habían contado antes con una eficaz ayuda
española, acabaron con el dominio holandés en Brasil, muchos
judíos de Amsterdam quedaron, sin embargo, en el territorio, y otros
se dispersaron por otras ciudades de América, como Río de
Janeiro (llamada por ellos la Roca de Israel) y Buenos Aires, que veremos
más tarde.

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