| AL-ÁNDALUS
I (711-1010)EL CALIFATO DE CÓRDOBA |
Cuando se habla
de España y el Islam, se suele hacer referencia a un concepto con
claro significado religioso y a otro con contenido muy directo, de carácter
lingüístico. Se habla así, de España musulmana
o de España árabe.
Sin embargo, en
términos populares, con significado antropológico físico
en primer lugar, se habla de la España mora. La palabra castellana
moro viene, sin duda, del latín "maurus", y del griego "mávros",
que significa "oscuro", "negro". Escritores latinos como Juvenal (60-140)
y Lucano (39-65) mencionan a los mauros, también conocidos como
númidas, que constituían en tiempos de Iugurta (160-104),
un pueblo caracterizado por su energía física y belicosidad.
Recordemos a la famosa caballería númida empleada por los
cartagineses en las guerras púnicas. La designación étnica
en suma, es muy antigua y al principio no tuvo el carácter peyorativo,
como lo adquirió después.
Parece que la palabra
«morisco» se forma como «berberisco», y es un diminutivo
cariñoso, que más tarde se empleó para identificar
a los hispanomusulmanes que permanecieron en la Península luego
de la caída de Granada. Otros sinónimos son moruno, morería,
almoraima, etc.
La acepción
de bereber, que es otra forma de llamar a los moros, está relacionada
con la denominación utilizada por griegos y romanos para designar
a los pueblos extranjeros: bárbaros. En la antigüedad clásica
el norte de Africa era conocido como Berbería o país de los
bereberes. El país de los mauros o mauritanos se conocía
como Mauritania, que luego fue provincia romana y hoy es una república
islámica.
Los musulmanes de
los siglos VII, VIII y IX aplicaron el nombre de al-Ándalus a todas
aquellas tierras que habían formado parte del reino visigodo: la
Península Ibérica, la Septimania francesa y las Islas Baleares.
En un sentido más estricto, al-Andalus comprenderá la parte
de aquellos territorios administrados por el Islam.
Conforme avanzaba
la conquista cristiana, su extensión se iba reduciendo progresivamente
y a partir del siglo XIII designó exclusivamente al reino nazarí
de Granada. La prolongada resistencia musulmana granadina contra las incursiones
castellano-aragonesas permitirá que se fije el nombre de al-Andalus
y se perpetúe en el actual de Andalucía.
El islamólogo
holandés Reinhart Dozy (1820-1883), autor de la famosa obra Historia
de los musulmanes de España (4 vols., Turner, Madrid, 1994),
impulsó la teoría que fue apoyada por muchos historiadores
modernos según la cual el nombre de al-Andalus está relacionado
con los Vándalos, suponiendo sin ningún fundamento, que la
Bética pudo llamarse en alguna ocasión Vandalicia o Vandalucía.
Nosotros compartimos
la opinión del eminente filólogo español don Joaquín
Vallvé Bermejo, vertida en su trabajo erudito La división
territorial de la España musulmana (CSIC, Madrid, 1986). Este
dice que la expresión árabe Ÿazirat al-Andalus (isla
de al-Andalus)() es una traducción pura y simple de "isla del Atlántico"
o "Atlántida"(). Los textos musulmanes que dan las primeras noticias
de la isla de al-Andalus y del mar de al-Andalus, se clarifican extraordinariamente
si sustituimos dichas expresiones por isla de los Atlantes o Atlántida
y por mar Atlántico. Lo mismo podemos decir del tema de Hércules
y las Amazonas, cuya isla, según los comentaristas musulmanes de
estas leyendas grecolatinas, estaba situada en el ÿauf al-Andalus,
lo
cual cabe interpretar como al norte o en el interior del Mar Atlántico.
Diversos malentendidos,
provocados muchas veces por los historiadores españoles y los hispanistas,
conducen al neófito a llamar ‘españoles’ tanto a Viriato
—en vez de lusitano—, a Pelayo —en vez de godo—, a Averroes y Maimónides
—en vez de andalusíes.
Al respecto, dice
el investigador e historiador español Américo Castro:"La
palabra España era pronunciada en esa forma por el vulgo
que hablaba latín en la península hacia el año 300
d. de C.; español, por el contrario, es vocablo venido del
sur de Francia, del Languedoc, en el siglo XIII, comenzado a usar en Provenza
desde el siglo XII en la lengua escrita (...) Según queda dicho,
en 1948 el profesor suizo Paul Aebischer (Estudios de toponomia y lexicofría
románicas, CSIC, Barcelona, 1948) que español es voz originaria
de Provenza (...) La palabra "español" ofrece la particularidad
de ser el único gentilicio de nuestra lengua terminado en ol. Ya
en el siglo pasado, Friedrich Christian Díez (1794-1876), el fundador
de la lingüística romance, señaló la existencia
de españón en el poema de Fernán González,
y apuntó la hipótesis de que esta forma, paralela de borgonón,
frisón, bretón, etc., hubiera pasado a español por
disimulación de la n final respecto de la otra nasal, la ñ,
que la precedía. La explicación de Díez fue aceptada
por otros lingüístas, entre ellos mi venerado maestro don Ramón
Menéndez Pidal (1869-1968), que en su Manual de Gramática
Histórica Española (1904) propuso como étimo un hipotético
hispanione latino vulgar. Otros romanistas se preguntaron por qué
había disimilado la n final de españón para dar español,
mientras permanecía inalterada en sabañón, cañón,
piñón, riñón, etc. Pero hispanoilus hubiera
tenido que dar en castellano españuelo, igual que de aviolus salió
abuelo y de filiolus proviene hijuelo (...) Todo ello enlaza con el desconcierto
creado por confundir la España de 1500 con la España de milenios
atrás; los españoles de la misma época, con quienes
nada tenían de españoles quince siglos antes. Incluso aumenta
ese caos semántico llamar ‘andaluces’ a los ‘andalusíes’
de la España musulmana —al-Andalus— y quienes hoy viven en Andalucía.
Y hasta hay franceses que no distinguen entre el ‘Andalou’ musulmán
y el ‘Andalou’ de hoy: usan el mismo nombre" (Américo Castro,
Sobre
el nombre y el quién de los españoles, Sarpe, Madrid,
1985, págs. 25, 26, 29, 39 y 40).
LA ENTRADA DE
LOS MUSULMANES EN LA PENÍNSULA
La cuestión
de cómo y por qué entraron los musulmanes en la Península
Ibérica estuvo sustentada durante muchos siglos por mitos, leyendas
y relatos históricos sumamente parciales. Gracias a la labor encomiable
e imparcial de estudiosos e investigadores españoles como Pascual
Gayangos y Arce (1809-1897), Eduardo Saavedra y Moragas (1829-1912), Francisco
Codera y Zaidín (1836-1917), Julián Ribera y Tarragó
(1858-1934), Miguel Asín Palacios (1871-1944), Américo Castro
(1885-1972), Julio Caro Baroja (1914-1995), y Juan Goytisolo (n. en 1931),
hemos podido reconstruir una historia que se creía perdida para
siempre. Por ejemplo, Ribera ha descubierto gran cantidad de interesante
información en la crónica de Ibn al-Qutíyya, un historiador
hispanomusulmán descendiente de los príncipes visigodos,
cuyo nombre significa "descendiente de la Goda". El análisis de
los toponimios está rindiendo poco a poco información útil,
y recientemente se ha podido demostrar así con casi total certeza
que muchos de los bereberes que llegaron a España con los árabes
musulmanes eran aun cristianos y luego, más tarde, se islamizaron.
Antecedentes
históricos.
Tras la muerte del
Profeta Muhammad (BPD) en 632, sus fieles seguidores fueron conquistando
grandes extensiones de terreno y naciones, tanto hacia Oriente (Península
Arábiga, Palestina, Siria, Irán, hasta la India), como hacia
Occidente hasta el Océano Atlántico. Pero la fe del Islam
no sólo se expandió por los fuertes ejércitos árabes
que derrotaron sucesivamente a las huestes de los tiránicos imperios
de bizantinos y sasánidas. Lo que Napoleón Bonaparte (1769-1821)
gustó decir «El Islam conquistó la mitad del
globo en sólo diez años, mientras el Cristianismo necesitó
trescientos años» es rigurosamente cierto y tiene
su explicación en que los distintos pueblos que recibieron a esos
puros y esforzados musulmanes de mediados del siglo VII los reconocieron
como a libertadores que venían a romper yugos milenarios. Si eso
no hubiese sido así, ese avance fulminante que permitió alcanzar
casi al mismo tiempo, en apenas ochenta años, a la India en el este
y a España en el oeste jamás se podría haber logrado
sin esa incuestionable voluntad popular.
En el 670 (50 de
la Hégira) se funda la ciudad-campamento de Qairauán (al
sur de Túnez) y Cartago es conquistada el año 689/69. Todo
el área de la actual Tunicia era, a grandes rasgos, la provincia
musulmana de Ifriqiya, que según el historiador musulmán
Ibn Jaldún recibe este nombre de su primer conquistador, Ifricos
o Efriqish que vino con los himÿaríes o fenicios unos mil doscientos
años antes de la era occidental (cfr. Ibn Jaldún: Introducción
a la historia universal. Al Muqaddimah, FCE, México, 1977, pág.
104), que a su vez daría origen a la denominación del continente
negro: Africa.
Desde la Ifriqiya
partieron sucesivas expediciones que anexionaron al califato omeya el Norte
de las actuales naciones de Argelia y Marruecos. Algunas expediciones musulmanas
ya se aventuraron a explorar las costas de la Península Ibérica
en los años 705/85-86 y 709/90.
El desembarco
en Gibraltar
La historia de
la España musulmana comienza en el año 711/92, a finales
de abril en que Tariq Ibn Ziad (m. 720), a la cabeza de un ejército
de siete mil hombre en el que domina la etnia bereber de la que él
forma parte (los árabes eran menos de 300), cruza el estrecho que
llevará a partir de entonces su nombre para desembarcar en la Península
Ibérica. El contingente islamo-bereber hizo la travesía a
bordo de la flota del conde Don Julián, el antiguo gobernador bizantino
de Ceuta (Septum) que se había puesto al servicio del gobernador
o walf musulmán de la provincia de Ifriqiya, Musa Ibn Nusair
(640-714), con sede en Qairauán.
Ahora hay algo clave
para contar. Por un lado, el conde Don Julián era un cristiano unitario,
es decir un monoteísta puro, que adhería a las enseñanzas
de los cristianos primitivos y de los llamados Padres y Doctores de la
Iglesia, como Orígenes (185-254), Clemente de Alejandría
(m. 215), Tertuliano (155-220) y Justino Mártir (100-165), y especialmente
al obispo griego Arrio (256-336), nacido en Libia, todos ellos defensores
de un acendrado monoteísmo que rechazaba la divinidad de Jesús.
La doctrina de la Trinidad, recordemos, fue instaurada en la Iglesia Católica
recién a partir del Primer Concilio de Nicea, en 325, y produjo
un gran cisma entre los cristianos de oriente, partidarios del monoteísmo,
y los obispos occidentales liderados por Osio (257-358) que a través
del llamado "pacto constantiniano" monopolizaron desde entonces la orientación
y el poder de la Iglesia. El historiador español Ignacio Olagüe
explica en su obra La Revolución Islámica en Occidente
(Fundación
Juan March, Barcelona, 1974), que a partir de entonces "...la doctrina
trinitaria fue impuesta a hierro y fuego" por todo el norte de Africa y
la Península Ibérica. Eso también explica la relativa
facilidad con que los musulmanes avanzaron por esas regiones, y la hospitalidad
con que fueron recibidos, particulamente la de los bereberes. Luego de
consolidar su dominio en la Ifriqiyah (Tunicia) hacia el 670, en 701 alcanzaron
el extremo occidental del Magrib () y en 708 entraron en Tánger.
Respecto a Musa Ibn Nusair, el historiador musulmán almohade Ibn
al-Kardabús, del siglo XII, nos dice que pertenecía a la
escuela de pensamiento shií. Su padre había sido Nusair al-Bakrí,
nacido en 640, a quien el fundador de la dinastía omeya, Mu‘awiya
ibn Abu Sufián había conferido el mando de su guardia, pero
él se negó a combatir contra el cuarto califa, Alí
ibn Abi Talib (600-661). Musa Ibn Nusair haría la alianza con el
arriano conde Don Julián, señor de Tánger y Ceuta.
Así, en 710/91 envió a su lugarteniente Tarif con 500 hombres
a ocupar el saliente sur de la Península donde la ciudad de Tarifa
lleva su nombre y a la cual impuso un pesado tributo, o sea "la tarifa",
para castigar los excesos de la gobernación visigoda contra los
cristianos arrianos de la región. Vale aquí puntualizar que
la población mayoritaria de la Península adhería a
los principios unitarios y al arrianismo. Por el contrario, la corte y
el clero visigodo respondían a los dictados de Roma y al dogma trinitario.
La oligarquía visigoda con sede en Toledo explotaba y oprimía
hasta los más crueles extremos a sus súbditos arrianos. El
profesor Olagüe en la obra ya citada, muy recomendable por cierto,
brinda pormenorizados detalles de este asunto.
Volviendo a nuestro
tema anterior del cruce de Tariq, éste al frente de sus hombres
desembarcó en las cercanías del famoso peñón
al que se dió su nombre: Ÿábal al-Tariq, "Monte de Tariq",
es decir, Gibraltar. El 19 de julio de ese mismo año, por las orillas
del río Guadalete, logra una victoria decisiva sobre el rey visigodo
Don Rodrigo. Un mes más tarde, su lugarteniente Mughit ar-Rumí
cerca la ciudad de Córdoba. Dice el erudito judeomarroquí
y profesor emérito de la Universidad de París, Haim Zafrani:
"Durante
el asedio, los judíos se encierran en sus hogares esperando impacientemente
el desenlace. Contrariamente a lo que sienten por los godos y su clero,
no temen en absoluto la llegada de los musulmanes en los que tienen puestas
todas sus esperenzas, pues no olvidan que los reyes visigodos los han oprimido
despiadadamente. Sirviéndose de estratagemas, los judíos
—según narran los historiadores musulmanes y cristianos— contribuyeron
a facilitar la entrada del ejército islámico a la ciudad,
celebrando su victoria. Mughit los tomó a su servicio, confiándoles
la guardia de la ciudad. Lo mismo ocurrió en Toledo, y en Sevilla,
donde Musa Ibn Nusair dejó una guarnición judía para
mantener el orden" (H: Zafrani: Los Judíos del Occidente
Musulmán. Ál-Andalus y el Magreb, Editorial Mapfre, Madrid,
1994, pág. 21).
A partir de entonces,
España entra en el seno de Dar al-Islam, "la Casa del Islam",
y los cristianos arrianos y judíos se integran armoniosamente en
el estado musulmán que se va forjando. Así, los judíos
españoles, al convertirse en miembros de un dominio que se extiende
desde el Atlántico hasta la China, se reencuentran con sus hermanos
de las demás comunidades judías de Oriente y de Africa del
Norte, reanudando sus lazos socioculturales y económicos. Por otra
parte, los cristianos unitarios españoles consoliden y reafirman
su identidad monoteísta junto con sus hermanos en la fe, musulmanes
y judíos.
Esta explicación
de los orígenes de la España musulmana, tal vez un tanto
extensa para el reducido tiempo que tenemos, la creemos necesaria para
contrarrestar la historia oficial que sin fuentes ni argumentos serios
afirma que España fue conquistada a sangre y fuego por los musulmanes.
Como hemos visto, la población nativa mayoritariamente arriana y
la numerosa comunidad judía recibieron a los musulmanes como libertadores
y comulgaron con su fe, costumbres y tradiciones, que eran prácticamente
las mismas que ellos tenían. El pueblo íbero-romano, no se
puede hablar de pueblo español en esa época, fue más
bien cómplice que conquistado. Además en menos de una generación
los musulmanes bereberes y árabes se integraron completamente a
la población autóctona a través de múltiples
matrimonios mixtos, ya que la inmensa mayoría había llegado
a España sin mujeres.«A la luz de lo dado a conocer en
los últimos veinte años, es insostenible la creencia de ciertos
arabistas españoles de haber sido los musulmanes ‘depredadores’
e ‘invasores’ de una España previamente existente, y que retornó
a su ser prístino luego de ser expulsados tan indeseables ocupantes.
Basta pasar la vista por la superficie geográfica de la Península
para persuadirse de la total falsedad de ese aserto, por tantos compartido.
Los ‘depredadores’ y los ‘invasores’ no dejan tras sí montañas,
ríos y ciudades cuyos nombres revelan la presencia en un país
suyo, de quienes imprimieron la huella de su acción civilizadora
en la lengua y en todo lo obrado por ellos. Guadalquivir
es nombre árabe, y Tajo está arabizado, porque
de no haber habido árabes se llamaría Tago. Sin árabes
no habría ciudades que se llaman Alcalá, Medina, Almunia,
Alcolea, Alcázar, Madrid, Almansa (vea el lector el libro
de Miguel Asín, Toponimia árabe de España,Madrid,
1944, y el de Jaime Oliver Asín, Historia del nombre ‘Madrid’,
I. C. M. A, Madrid, 1991). Una casa española tiene
aljibe,
atarjea, zaguán, alcobas, alféizares, alacena, baldosas,
zaquizamí, azoteas, albañal. ¿No hacían
todo eso albañiles y alarifes cuya lengua fue inicialmente
el árabe? En una vivienda castellana o andaluza (¡no andalusí!)
se ponían tabiques, había azulejos, argollas,
arambeles
(antiguamente ‘colgaduras’), y otras cosas que servían para alhajar
la casa. En las paredes se empotraban alacenas, con anaqueles,
en donde se ponían cosas que se colocaban en un azafate (todavía
hoy en Colombia significa ‘bandeja’). El agua de beber se conservaba fresca
en una alcarraza, y se sacaba del pozo con un acetre. Se echaba dinero,
para ahorrarlo, en una alcancía. La algorfa era el sobrado en donde
se guardaba el grano.
¿Cuando
habrá un alma, lingüísticamente caritativa, que agrupe
en un léxico histórico-geográfico todos los arabismos
del castellano, del catalán y del gallego-portugués? (...)
En suma, quienes consideran a los musulmanes de al-Ándalus como
‘depredadores’ e ‘invasores’ de la auténtica España, proceden
como quien pretendiera hacer visible el interior de una cebolla despojándola
de sus capas por pensar que bajo ellas se encuentra el auténtico
bulbo» (Américo Castro, op. cit., págs. 40-42).
Como mejor prueba
de lo que aseveramos, se puede decir que los musulmanes pacificaron la
Península en menos de dos años y establecieron un estado
islámico integrado por cristianos y judíos que llegó
a durar casi ocho siglos, hasta 1492. Recordemos que los fenicios y cartagineses
habían tratado infructuosamente de sojuzgar a los béticos
y celtíberos durante cuatro siglos, y los romanos durante casi seis
provocando espantosas matanzas como aquella de la heroica Numancia, la
cual resistió durante 20 años su asedio y fue destruida por
las legiones de Escipión Emiliano (185-129 a.C.). Los musulmanes
no destruyeron nada de lo que había, sino que reconstruyeron las
antiguas obras dejadas por los romanos, como puentes y acueductos, erigiendo
una "cultura del agua", y construyeron monumentos maravillosos que han
sobrevivido hasta nuestros días.
Hoy se puede afirmar
que el 80% de los quince millones de turistas que llegan anualmente a España
tienen como meta principal visitar la Giralda —la torre-campanario que
fuera el minarete de la mezquita mayor de Sevilla—, la Mezquita de Córdoba,
el palacio-fortaleza de la Alhambra de Granada y muchas otras maravillas
como la Alcazaba de Guadix, la Torre del Oro de Sevilla, los campanarios
e iglesias mudéjares de Teruel, los pueblos moriscos de las Alpujarras,
los manuscritos árabes del monasterio de El Escorial, etc.

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