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3.3
.- TRABAJO FEMENINO
El trabajo
de las mujeres en el ámbito doméstico.
Las actividades
productivas de las mujeres desde los albores de la historia de Europa han
sido fundamentales para el mantenimiento y desarrollo de los núcleos
familiares y las comunidades respectivas. Una parte importante de estas
actividades se ha centrado en el ámbito doméstico en donde
se han producido objetos y alimentos, y donde se ha reproducido la fuerza
de trabajo. La elaboración del alimento, la fabricación del
vestido y de instrumentos de trabajo, el acarreo del agua, la recogida
de leña, el mantenimiento del fuego, el cuidado de los animales
domésticos, la venta en los mercados locales de los productos de
campo o por ellas elaborados, el cuidado de las personas, la crianza de
los hijos, la preparación y administración de remedios y
medicinas, la limpieza del entorno, etc. constituyen tareas productivas
sin las cuales no puede reproducirse ni prosperar ningún grupo humano.
Estas circunstancias tienen especial incidencia en las sociedades precapitalistas,
donde producción y parentesco están profundamente imbricados.
En esas circunstancias
la mayoría de las mujeres era explotada, a la vez, en su trabajo
y en su capacidad de reproducción, y el producto de su trabajo y
de su cuerpo era controlado por el marido, el padre, el tutor o el patrono.
La gestión y dirección estaban, por lo general, en manos
de varones, a través del vínculo marital, parental o de dependencia,
reforzado por la posición pública y política de los
varones.
Han sido las mujeres
las encargadas de mantener y reproducir a lo largo de toda la historia
estas unidades domésticas con su trabajo, su tiempo y sus capacidades.
Ahora bien el trabajo de las mujeres en el ámbito doméstico
no ha sido considerado como tal, sino como una parte fundamental de su
«virtud» como mujeres. Su "virtud" ha sido fundamental para
la familia. Su "virtud" ha sido clave para el bienestar de la "sociedad"
(Vease 2.7.)
Ya en las sociedades
antiguas, cuando se formulan las primeras teorizaciones sobre los patrones
de género, se encuentra claramente expuesta esta valoración
del trabajo de las mujeres como «virtud», y, por tanto, como
algo atribuido por «su naturaleza» a las mujeres. Es significativo
que los primeros tratados sobre economía especifiquen claramente
las tareas femeninas como algo propio de su naturaleza. Estos planteamientos
argumentados en el pensamiento clásico griego, son recogidos más
tarde por los escritores romanos. Así Columela, en el siglo I se
hace eco de este pensamiento:
"...
la naturaleza ha destinado el trabajo de la mujer para el cuidado doméstico,
y el del marido para los ejercicios forenses y para los exteriores...Casi
todo el trabajo doméstico fue peculiar de las mujeres, como si los
padres de familia, al volver a sus casas a descansar de los negocios forenses,
desecharan todos los trabajos caseros...La esposa..ponía mucho empeño
en aumentar y mejorar por su cuidado los bienes de su marido...ambos colaboraban
a beneficiar el caudal común, de suerte que la exactitud de la mujer
en las cosas de la casa era igual a la industria del marido en los negocios
forenses".(Columela, De re rústica, 12, pref.)
Y esa exactitud de
las mujeres en el ejercicio de «sus tareas» no sólo
se consideraba que contribuía al buen funcionamiento de la unidad
doméstica, sino también del conjunto de la comunidad. De
ahí que Aristóteles, al hablar de la política dijese
que
"la
licencia de las mujeres va también contra el propósito del
régimen y la felicidad de la ciudad, pues de la misma manera que
la casa se compone del hombre y de la mujer, es evidente que la ciudad
debe considerarse dividida en dos partes aproximadamente iguales: los hombres
y las mujeres; de modo que en todos aquellos regímenes en que la
condición de las mujeres es mala, habrá de considerar que
la mitad de la ciudad vive sin ley..."(Aristóteles, La Política.
II, 1269-1270)
El trabajo doméstico
de las mujeres a lo largo del tiempo se ha regido por esta doble perspectiva.
De un lado la de un trabajo agotador y no reconocido, por tanto incapaz
de procurar prestigio social y político; por otro el discurso sobre
las bondades de dicho trabajo, su atribución a las mujeres por su
propia "naturaleza", y, por tanto, el único prestigio que podían
alcanzar las mujeres estaba íntimamente unido a su correcta reproducción.
En todas las épocas
y en todos los países de Europa encontramos testimonios de esta
doble línea. Los discursos sobre las virtudes de las mujeres están
íntimamente unidos al hogar. Dice el español Fray Luis de
León (s. XVI) en La perfecta casada que «su andar ha de
ser en su casa, y que ha de estar presente siempre en todos los rincones
della.. sus pies son para rodear sus rincones.. no.. para rodear los campos
y las calles». Pero también en la Europa de la Reforma
se mantienen similares posiciones. Para Lutero «una mujer piadosa
y temerosa de Dios es un raro beneficio... Ella alegra a su marido. Trabaja
el lino y la seda, le gusta servirse de sus manos, gana la vida en la casa.
Se levanta pronto en la mañana.. la noche no apaga sus facultades.
Limpieza y trabajo son sus alhajas». Calvino lo dice de forma
más clara y más actual «el hombre en la oficina
y la mujer en la cocina». (ANDERSON, ZINSER, 1991; 271-289)
Las mujeres lo cuentan
de otro modo. Una mujer de Hampshire, en 1739, describe su vida doméstica
después de pasar el día trabajando como lavandera:«..nuestras
tareas domésticas se suceden incesantes; para vuestra llegada al
hogar nos disponemos a terminar nuestro trabajo: ordenamos la casa, cocinamos
en la olla tocino y bollos, hacemos las camas y alimentamos a los cerdos;
luego esperamos a la puerta para veros llegar y disponemos la mesa para
vuestra cena.. A la mañana siguiente temprano nos ocupamos de vosotros,
vestimos a los niños, les damos de comer, remendamos sus ropas..».
Desde nuestra perspectiva
actual es indudable el valor económico y social del trabajo doméstico
a lo largo de la historia, aunque haya sido invisibilizado y no reconocido
como tal. Su consideración como natural y complementario del otro
trabajo, el realizado por los varones, ha sido la trampa que lo ha ocultado,
que ha impedido hacer una valoración adecuada del mismo, y ha contribuido
a minusvalorar a las mujeres en sus respectivas sociedades.
Ha sido en el siglo
XX, gracias a la reflexión del pensamiento feminista, cuando se
han introducido otros criterios sobre lo que es trabajo y producción.
La consideración de las actividades ligadas tradicionalmente a la
reproducción de la mano de obra como productivas; la inclusión
de actividades no remuneradas dentro del concepto de trabajo; la revisión
del uso del tiempo, entre otros temas, ha llevado a hacer visible el trabajo
de las mujeres y a darle el valor económico y social que ha tenido
en sus sociedades respectivas.
Las mujeres
y el trabajo en el ámbito rural
El trabajo en el
campo ha aparecido casi siempre como una extensión del trabajo doméstico,
y, por tanto, formando parte de la "naturaleza" de las actividades de las
mujeres. Es cierto que difícilmente pueden separarse, pues como
hemos indicado, producción y parentesco están íntimamente
unidas en las sociedades precapitalistas, y las tareas agrícolas
formaban parte integrante de la casa. De cualquier modo, dado que no son
consideradas como domésticas las tareas agrícolas de los
campesinos, merece la pena dedicar este apartado a su contribución
a las faenas del campo como una constante en todas las sociedades europeas
a lo largo del tiempo.
Una hacienda sin
una mujer es impensable. Ningún hombre puede encargarse de su explotación
si no tiene mujeres en su casa. En los primeros textos escritos sobre agricultura,
en el s. VII a.C., ya se dice que un agricultor ha de tener buey y mujer.
Las mujeres campesinas constituyen el grueso de la población femenina
desde la Antigüedad hasta el s. XIX, y en algunas zonas de Europa
hasta bien entrado el s. XX. Ellas son las hijas y las mujeres de los pequeños
y medianos campesinos, de los siervos, de los labriegos o de los jornaleros.
Pero también son esclavas, en aquellas sociedades donde existe los
esclavos trabajan la tierra, y jornaleras allí donde se emplea trabajo
asalariado barato.
El trabajo de las
mujeres es duro y abarca todo tipo de faenas agrícolas. Siembran,
escardan y siegan; recogen la vid y la aceituna; preparan y mantienen las
herramientas de trabajo; cuidan los huertos y el ganado; ordeñan
las cabras y las vacas y esquilan las ovejas; cuidan las aves domésticas;
participan en la elaboración del vino, de la cerveza y del aceite;
preparan la grasa que se utiliza en algunas sociedades como luz y alimento
en lugar del aceite. Junto a ello hay que mencionar las tareas relacionadas
con la preparación y conserva de los productos: guardar y cuidar
el grano, molerlo; hacer la conserva de los productos de primavera y verano,
etc.
Una sirvienta de
la Inglaterra rural del s. XIV se queja de su situación con estas
palabras:
«Tengo
que aprender a hilar, rastrillar, cardar, tejer, limpiar los conejos y,
a mano, elaborar bebidas, hornear, hacer malta, cosechar, amontonar gavillas,
deshierbar, ordeñar, alimentar a los cerdos y limpiar sus pocilgas..»
(HANAWALT, 1986; 162)
Esta perspectiva
productiva es precisamente la que se tiene en cuenta a la hora de enumerar
las cualidades que deben adornar a las mujeres que estén al frente
de una hacienda. Debe ser joven, aunque no demasiado, y, sobre todo, tener
una salud robusta, para resistir vigilias y otros trabajos, pues, entre
los matrimonios o las uniones de campesinos se valora más en la
mujer su capacidad de participar en el trabajo que otros factores más
relacionados con la vida personal y afectiva. Las demás cualidades
también tienen alguna relación con este tema.
No debe ser fea
ni guapa, para que no distraiga a su marido de las faenas productivas,
no debe ser glotona, ni dormilona, además de no ser supersticiosa
ni gustarle los hombres.
Esta buena disposición
y la capacidad física eran totalmente necesarias para poder afrontar
las numerosas y diversas actividades que debían desarrollar a lo
largo de todo el año.
La importancia económica
de las mujeres en el medio rural hace que desde la Antigüedad se dediquen
parte de los libros "Sobre agricultura" a detallar los deberes de la mujeres
que están al frente de la casa, tanto las tareas permanentes como
las que se corresponden, de forma particular, al propio ciclo de las estaciones.
(MARTÍNEZ LÓPEZ, 1994; 12-23)
Así, conforme
la tierra se disponga a ofrecer sus frutos, las mujeres estarán
prestas para extraer de los mismos la máxima rentabilidad. Por eso
en primavera, cuando la tierra no está aún en su período
de máxima producción, prepararán las vasijas para
guardar las hortalizas, recolectarán y prepararán hierbas
aromáticas para aliños, prepararán salmuera fuerte,
el vinagre de vino, y comenzarán a conservar los productos más
tempranos, como el aliño de las lechugas, etc. Durante el verano,
cuando la cosecha de cereales, frutas y hortalizas alcanza su mejor momento,
también la actividad de las mujeres se intensifica con la preparación,
aliño y conserva de cebollas, peras, ciruelas; secarán peras
y manzanas, higos y serbas para el invierno; pasarán uvas, harán
vinagre de higo, etc.
Pero de todas estas
labores habría que destacar la relacionada con la vendimia. Dice
Columela que ".. no dejaremos de instruir a la casera para que tenga
entendido que todo lo que se hace en la casa relativo a la vendimia está
a su cargo" (COLUMELA, De re rustica, XII), y además supervisará
actividades como: preparar cestos y canastillas, preparar los instrumentos,
limpiar pozuelos, prensas, lagares, vasijas y la bodega: "en el tiempo
de la vendimia la casera no se separa de la prensa ni de la bodega del
vino, tanto para que los que sacan el mosto hagan todas las cosas con aseo
y curiosidad, como para que no se dé ocasión al ladrón
de robar parte del fruto" (COLUMELA, De re rustica, XII).
Durante la Edad
Media volvemos a encontrar la mano de obra femenina trabajando en los viñedos
en países como Italia, Francia y España.
"Después
de la vendimia del otoño siguen las preparaciones de las frutas
de otoño, las cuales ocupan asimismo la atención de la casera..."
(COLUMELA, De re rustica, XII), entre ellas conserva de membrillos, peras,
manzanas, el adobo de las aceitunas verdes o los trabajos necesarios para
guardar las granadas. Todos ellos imprescindibles si esa unidad doméstica
quería mantener una dieta algo variada y equilibrada a lo largo
del año.
Por último
"..llega
ya el frío del invierno durante el cual la recolección de
la aceituna reclama el cuidado de la casera no menos que la vendimia .."
(COLUMELA, De re rustica, XII) con unas preocupaciones y tareas similares.
Las mujeres del
norte participaron de actividades productivas similares, aunque adaptada
a la producción rural y recursos propios. En Finlandia la producción
rural también se basó en el cultivo de cereales, en la producción
de leche y en la economía forestal.
Aunque en menor
grado, también encontramos a lo largo del tiempo, y en todos los
países, situaciones de unidades agrícolas dirigidas por mujeres
solas que tras guerras o fallecimiento del marido deben hacer frente a
estas unidades. Salvo las excepciones de las clases altas, suelen ser mujeres
que viven en la pobreza y que afrontan con escasos recursos el trabajo.
Sirva de ejemplo una copla puesta en boca de una campesina rusa del s.
XIX (Cit. en ANDERSON, ZINSER, 1991; 143)
"Y ahora
que la guerra ha terminado,
sólo
yo quedo con vida.
Yo soy el caballo,
el buey, la esposa
y el hombre
y la granja".
La propiedad y su transmisión
a mujeres y hombres ha tenido variaciones según épocas y
zonas europeas. Durante mucho tiempo, en muchos países ha existido
el derecho de primogenitura -como en Inglaterra y Noruega- y, a veces,
las mujeres hayan sido propietarias de la tierra no tenían capacidad
para disponer de dicho patrimonio. (BIRRIEL, 1992, 1993)
Con estas actividades
las mujeres contribuyen de forma significativa a la economía doméstica.
Es más la economía del medio rural sería impensable
sin éstas. Si importante es el ciclo de producción de la
tierra igualmente importante para cualquier unidad doméstica es
el proceso de elaboración y transformación de los productos
que tienen, como hemos visto un ciclo anual. El equilibrio alimenticio,
y por tanto la reproducción del grupo dependen, en gran medida de
ello. La división sexual del trabajo, en este caso valorada como
natural, era fundamental para reproducir el modelo económico existente.
El trabajo de las mujeres
fuera de su unidad familiar, no estaba reconocido como tal, se realizaba
de “forma natural”, este trabajo podía ser realizando las mismas
labores que ya desempeñaba en su casa, labores domésticas
para una familia ajena, era el caso de las criadas, la edad para entrar
a trabajar en el trabajo doméstico era muy temprana, se tienen datos
de niñas trabajando desde incluso antes de los 6 años para
el servicio doméstico.
La situación
de las criadas era muy variable, así no resultaba igual trabajar
como dama de compañía, camarera o criada, para una familia
acomodada que las acogía, sustentaba incluso les concertaba matrimonios
convenientes para las chicas y les obsequiaban con una dote, por lo general
este clase de servicio, se desempeñaba en casa nobles y acomodadas,
en las que el servicio era parte de la casa, algo así como una “valiosa
propiedad”, que las mujeres que ejercían los trabajos más
serviles, cuya situación era una sucesión lamentable
de explotación y abusos en todos los sentidos, tanto en el personal,
como en el trabajo y en el sexual, era común que las obligaciones
de una criada era también las de mantener relaciones sexuales con
sus amos.
Siguiendo las directrices
que la iglesia marcaba, no olvidemos que estamos en un período en
el que el poder eclesial domina todas las esferas de la sociedad, tanto
públicas, como privadas, al varón le estaba reservado el
papel de la vida pública en todas sus actividades : trabajo, estudio,
vida social, y a las mujeres la esfera privada y oculta, la casa, la vida
familiar, el cuidado de los hijo, el convento para las religiosas y el
trabajo doméstico o en el campo para las mujeres de clases más
desfavorecidas.
Veamos a continuación
algunos de los trabajos “reservados” a las mujeres pues su alejamiento
de la vida pública y social, no implica una vida fácil y
cómoda en la intimidad del hogar.
Las mujeres ejercían
su actividad, no reconocida como trabajo, tanto dentro como fuera de unidad
familiar, veamos a continuación los trabajos que realizaban las
mujeres.
La sociedad
medieval era eminentemente una sociedad rural, aunque el auge de las ciudades
y la vida urbana empezaba a tomar fuerza, ( recomendamos el estudio de
la Guía
Didáctica de Liceus: La Ciudad Medieval), por lo tanto la
población mayoritariamente realizaba su vida en los territorios
rurales, el trabajo de la mujer en el campo, el cuidado de los animales
y la obtención, transformación y elaboración
de las materias primas:
Lana, tintes, quesos,
productos alimenticios y otros productos tanto para el autoconsumo como
para su posterior venta en los mercados, eran trabajo de la mujer,
así como el cuidado de la casa y de los hijos, podemos ver numerosas
miniaturas y escenas que reflejan estas actividades.
Todas estas labores
se realizaban en el domicilio paterno hasta que las mujeres contraían
matrimonio y realizaban el mismo papel en su nueva vida de casadas.
 
Imágenes
de mujeres trabajando en el campo.

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