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| El David |
El mundo escultórico de Miguel Ángel es un mundo de gigantes, de grandes prototipos humanos, en actitudes grandiosas, con facciones perfectas, a menudo en tensión y con gestos terribles (“terribilitá”): todo ello transforma el idealismo del siglo XVI. Miguel Ángel representa cuerpos, preferentemente desnudos, con la musculatura muy marcada, rasgo éste en el que le influyó notablemente el descubrimiento, en 1506, del grupo escultórico helenístico del “Laoconte y sus hijos”.
Se inicia en el mundo del arte en Florencia, su ciudad natal, bajo la protección de los Médicis, a los que de una u otra forma permanecerá ligado de por vida. Se educa en la formas clásicas y le influyen los modelos de Jácopo della Quercia. A esta primera etapa corresponde su relieve La Virgen de la Escalera.
En 1495 viaja Roma. Allí conoce directamente la escultura clásica, perfecciona su estilo y entre 1498 y 1499 realiza su primera gran obra: la Piedad del Vaticano, un encargo del Cardenal Jean Bilhiéres de Langraulas para el Vaticano. El grupo representa a la Virgen prácticamente con la misma edad que su hijo muerte, con una belleza muy clásica y serena, sin ningún tipo de dramatismo. Los acabados de la obra son perfectos y muy refinados. Miguel Ángel, sin duda orgulloso de su creación, la firmó (es la única en la que lo hace), tallando su nombre en la banda que cruza el pecho de la Virgen.
En 1501 regresa a Florencia. Allí recibe el encargo de, a partir de un trozo de mármol muy alargado y estrecho, que ya había sido abandonado por otro escultor, realizar una obra que simbolice el poderío de la ciudad, y que habría de situarse en la Plaza de la Signoría. De aquí saldrá su David, hoy conservado en la Galería de la Academia (se conserva una réplica en su emplazamiento original). Se trata de una enorme escultura de más de cuatro metros de alto, un desnudo masculino perfecto, en la línea de la escultura clásica y con una poderosa energía y tensión contenidas.
En 1504 recibe Miguel Ángel el encargo que se convertirá en su obsesión y su problema hasta el final de su vida. El Papa Julio II le encarga el que debería ser su sepulcro, un gigantesco monumento que se situaría en el centro de la basílica de San Pedro. Se compondría de un gran cuerpo rectangular presidido por la propia escultura del pontífice, cuatro figuras de profetas, y varias piezas secundarias. El proyecto sufrirá diversas modificaciones, no avanzará por los otros encargos que tiene el autor (entre ellos, la Capilla Sixtina, encargada también por Julio II), y finalmente se verá reducido a algo mucho más modesto que lo pensado inicialmente: un sepulcro adosado a la pared, que se encuentra en la Iglesia de San Pietro in Víncoli (Roma), y con la estatua de un solo profeta, estatua que es una de las obras maestras de Miguel Ángel: el Moisés (1515-1516, instalado en su actual emplazamiento en 1547 ). El conjunto se completa con el retrato de Julio II y una Madonna en la parte superior, y las figuras alegóricas de Raquel y Lía -vida contemplativa y vida activa-, además de los esclavos , que hoy se conservan, separados del conjunto, en la Galería de la Academia (Florencia) y el Lovre (París) - estos esclavos aparecen inacabados, como “sujetos” por la piedra, representando precisamente su falta de libertad- . El Moisés es una grandiosa figura que manifiesta mejor que ninguna otra de su autor la “terribilitá”, ese gesto terrible del profeta captado en el momento en que descubre a su pueblo adorando el Becerro de Oro (1). La tensión contenida aparece aquí mucho más marcada que en el David, al igual que el estudio de la musculatura, aquí casi exagerada.
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| El Moisés |
Entre 1520 y 1534 realizó Miguel Ángel otro de sus trabajos monumentales, este sí concluido: la Capilla Sepulcral de los Médicis (San Lorenzo, Florencia), encargo del Papa Clemente VII. En este conjunto aparecen los sepulcros de Giuliano de Médicis, Duque de Nemours (arrogante, joven, guerrero) y su hermano Lorenzo, Duque de Urbino (pensativo, meditando). Ambos sepulcros tienen la misma estructura: adosados a la pared, los túmulos tienen forma de frontón curvo partido; sobre ellos se sitúan figuras alegóricas, y, encima del conjunto, introducidas en la pared, las estatuas de los difuntos, representados sentados y vivos, como formando parte de un retablo que se completa con pilastras adosadas y otros frontones también curvos. Las figuras alegóricas son una masculina y una femenina en cada sepulcro: en el de Giuliano, la Noche y el Día, y en el de Lorenzo, la Aurora y el Crepúsculo; todas ellas, con unos magníficos estudios anatómicos, desnudas, y apareciendo la técnica vista en los esclavos de no acabarlas en parte, representando su condición de prisioneras de la piedra.
En la etapa final de su vida, retoma Miguel Ángel el tema de la Piedad, pero con unas características muy diferentes a las que presentaba su Piedad del Vaticano. Coincide con un momento de viva piedad e intenso pesimismo en sus obras, siendo estas las características que las obras presentan. Concretamente, son tres conjunto escultóricos, con el dramatismo como cualidad principal: la Piedad de la Catedral de Florencia, que el artista pensó para su propio sepulcro, y en la que se autorretrató en la figura de José de Arimatea, la Piedad de Palestrina, y la Piedad Rondanini, esta última inacabada.
(1) “ Dijo Yahveh a Moisés: sube hasta mí al monte, quédate allí y te daré las tablas de piedra –la ley y los mandamientos- que tengo escritos para su instrución...Y permaneció Moisés en el monte cuarenta días...Cuando el pueblo vio que Moisés tardaba, se reunió en torno a Aarón y le dijeron: anda, haznos un Dios que vaya delante de nosotros...Aaron fundió un becerro...y le ofrecieron holocaustos y presentaron sacrificios...Entonces habló Yahveh a Moisés: anda, baja, porque tu pueblo ha pecado...Déjame que se encienda mi ira contra ellos y los devore... Pero Moisés trató de aplacar a Yahveh...Bajó del monte con las dos tablas en la mano...Cuando llegó cerca del campamento y vio el becerro y las danzas, ardió de ira, arrojó de sus manos las tablas y las hizo añicos, leugo tomó el becerro, lo quemó y lo molió hasta reducirlo a polvo, que esparció en el agua y se lo dio a beber a los israelitas...”
- Éxodo, 24 (12-14), (1-21) -. |